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MALVINAS

MALVINAS

Por Alejandro Duchini

El 9 de diciembre de 1984 se jugó el primer partido de fútbol entre argentinos e ingleses desde la guerra de Malvinas. En el estadio Olímpico de Tokio, Independiente le ganó 1 a 0 al Liverpool por la Copa Intercontinental. El gol lo hizo José Percudani. Lo apodaban Mandinga. Tenía 19 años. Había nacido en Bragado, provincia de Buenos Aires. Dos años antes, chicos de su misma edad caían muertos de frío, hambre y balas ante experimentados soldados británicos. Al día siguiente del partido se cumpliría un año desde la asunción presidencial de Ricardo Alfonsín tras la dictadura militar que empezó el 24 de marzo de 1976. La democracia era incipiente. El recuerdo de la guerra que comenzó el 2 de abril del 82 estaba tan fresco que un grupo de políticos había propuesto que los jugadores del Rojo pusieran en el pecho de sus camisetas un dibujo de las islas. Por suerte, aquello no prosperó.

En junio de 1986 se escribiría el capítulo que más se identifica entre Argentina e Inglaterra en materia de deportes. En el Mundial de México, los de Carlos Bilardo ganaban 2 a 1 con goles de Diego Maradona. El primero, el de la mano de Dios; el segundo, el de la apilada inolvidable. Los ingleses quedaban afuera del campeonato. En aquel contexto histórico era imposible no mezclar las cosas. Pero también era necesario separarlas.

Andrés Burgo escribió sobre este encuentro en su El Partido. Uno de los momentos más interesantes de su libro se produce cuando entrevista a ex combatientes de Malvinas que hablan de ese triunfo argentino. “Siempre me hizo ruido que se mezcle el triunfo de la Selección fundiendo imágenes de chicos muertos de frío en la guerra. Quería saber quiénes eran esos pibes. No podía llegar a todos, entonces me metí con los futbolistas. Sus historias fueron paralizantes, fuertes. ¿Cómo hacés para que se te curen las heridas? No lo sé. Hay gente que lucha con eso todos los días. Algunos después de Malvinas no pudieron seguir jugando. Son tipos muy agradecidos de que se acuerden de ellos. Sentí mucha emoción al hablar con algunos de ellos”, cuenta Burgo.

Al momento de la guerra había dos futbolistas argentinos en el fútbol inglés: Osvaldo Ardiles y Julio Villa jugaban en el Tottenham, donde eran ídolos. A pesar del clima bélico, fueron aplaudidos y respetados por sus hinchas. Pero los rivales los denostaban en cada partido.

“Lo de Villa y Ardiles es fantástico porque ocurrió en plena guerra de Malvinas. Su equipo, el Tottenham, llegó a la final de la Copa Inglesa en Wembley y estaba la Reina y tenías casi 100 mil aficionados cuando el conflicto llevaba mes y medio, porque era mayo del 82, y el tema importante era si los héroes argentinos iban a estar en el partido. ¡A los hinchas del Tottenham les importaba un carajo que fuesen argentinos! Porque era el club. ‘¡No me vengas con el país. Es mi club, es el equipo!’, decían. Pero finalmente se decidió que no jueguen, aunque fueron a ver el partido. Estaban ahí, con traje. Cuando terminó el encuentro, los miles de hinchas del Tottenham clamaron para que salieran Villa y Ardiles al campo para ovacionarlos. ¡En plena guerra! Fue tremendo, maravilloso. Me encantó. Fue una de las cosas más grandes que vi en mi vida: en plena guerra con Argentina miles de ingleses clamando por dos argentinos”, me dijo el periodista británico John Carlin cuando lo entrevisté para mi libro, La palabra hecha pelota.

Otro que refiere al tema es el historiador argentino Klaus Gallo, apasionado del fútbol y el rock y doctor en Historia Moderna por la Universidad de Oxford. En su reciente Las invasiones argentinas, donde cuenta sobre los jugadores que vistieron camisetas en la liga inglesa, dedica un gran espacio a Ardiles y Villa. “El ‘tiempo de Malvinas’ fue puntualmente muy corto, el par de meses que duró la guerra, donde Villa y Ardiles, en el Tottenham, empezaron a ser silbados por las hinchadas contrarias. Es cierto que después, y en gran parte por efecto de esa guerra, hubo un período de más o menos diez años donde no hubo ingreso de jugadores argentinos a la liga inglesa. Hoy es raro oír hostigamiento de hinchas a jugadores argentinos por la cuestión Malvinas”, me contesta cuando le pregunto sobre el tema.

Gallo cuenta en su libro que “la temporada 1981-82 fue la más exitosa de los Spurs en la era de Villa y Ardiles. El equipo logró retener la FA Cup, fue finalista en la League Cup, semifinalista en la Recopa europea y terminó cuarto en la liga, la mejor ubicación desde la llegada de los argentinos. Sin embargo, y más allá del excelente nivel de ambos durante esa temporada, tuvo un sabor agridulce para ellos por la guerra de Malvinas, invadida por la Argentina un día antes de que el Spurs disputaran la semifinal de la FA Cup ante el Leicester City. Fue el último partido de Ardiles de esa temporada. No por motivo de la guerra, sino porque había sido convocado a la Selección argentina por César Luis Menotti, quien quería a sus jugadores concentrados dos meses antes de que comenzara el Mundial de España. En esa última participación de Ardiles, el Tottenham derrotó 2 a 0 al Leicester (…). El partido se jugó en el estadio Villa Park de Birmingham, y se oyeron silbidos y el tradicional ‘boo’ de los hinchas del Leicester cada vez que tocaba la pelota alguno de los dos argentinos”.

Diego Maradona, en su Mi Mundial Mi verdad – Así ganamos la Copa, escrito junto al periodista Daniel Arcucci, recuerda: “En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. ¡No podía pasar! La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero si bien los ingleses son culpables, igual de culpables habían sido los argentinos que mandaron a los pibes a enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha. Uno nunca pierde el patriotismo, pero uno habría querido más que no hubiera habido guerra. No jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darles un alivio a los familiares de los chicos y a sacar a Inglaterra del plano mundial… futbolístico”.

“Estamos en octubre de 1982. Pos Malvinas. La gente hace oír su voz: ‘Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar’. El coro, unánime dentro del estadio, fue tremendo. Se terminaba una noche larga para la democracia argentina. ‘Después de tanto tiempo de represión, la gente, gracias al vóleibol, pudo expresar algo que necesitaba’”, recuerda el periodista Ezequiel Fernández Moores que le dijo el voleibolista Waldo Kantor para su libro Breve historia del deporte argentino.

Fernández Moores también menciona a un emblema de la dictadura como José María Muñoz -el relator de América, como se le decía-, quien hablaba de un día histórico por el debut del Seleccionado en el Mundial de España mientras los soldados argentinos morían de frío. También se lee que al torneo Metropolitano de entonces se lo llamó primero Malvinas Argentinas y después Soberanía Argentina en las Islas Malvinas. Y que en los estadios argentinos se quemaban banderas inglesas, se entonaba que el que no canta es un inglés y que durante el Mundial no se mencionaba la palabra Inglaterra.

El historiador y periodista Osvaldo Bayer refiere a Malvinas en Fútbol argentino: “1982 será otro año de pruebas para la sociedad argentina. La dictadura militar, para salvarse de su total desprestigio, utilizará una causa justa -la recuperación de Malvinas- para iniciar una guerra absurda que costará la vida de centenares de humildes soldados conscriptos, la mutilación y la ceguera para otros tantos y la rendición del pabellón nacional. Además de un costo de millones de dólares que habrían podido ser utilizados en fuentes energéticas, hospitales, escuelas, viviendas y esclarecer con la palabra, en el mundo entero, el acto de piratería inglés al ocupar por la fuerza el archipiélago en el siglo pasado”. Escribe además: “Un día antes de que los generales argentinos se rindieran ante los ingleses, juega en España la Selección Argentina su primer partido del Campeonato Mundial de 1982. En ese clima de tristeza, duelo e impotencia, el equipo de Menotti, con los mejores -Maradona incluido- pierde 1 a 0 con Bélgica”.

El 2 de abril, el día en que se inició la guerra, se disputó en el estadio de Gimnasia y Tiro de Salta el partido por el Grupo C del torneo Nacional entre Central Norte de Salta y Mariano Moreno, de Junín. Ganaron los locales 1 a 0, con gol de Jorge Hairala. Los otros partidos de la fecha comenzaron con la entonación del Himno Nacional Argentino. Eran los tiempos en que San Lorenzo llenaba cualquier cancha del ascenso.

El sábado 3 de abril, Hugo Porta era la figura de Los Pumas (que jugaron como Sudamérica XV) al anotar todos los tantos en la victoria ante los Springboks por 21 a 12, en Sudáfrica. Mientras, la Plaza de Mayo se llenaba de gente que apoyaba la decisión del gobierno dictador de reconquistar las Malvinas.

El 14 de junio se terminaba la guerra con la rendición argentina. En España se jugaba el Mundial de fútbol. Eduardo Galeano lo recordó así en su clásico El fútbol a sol y sombra: “En la primera jornada, el equipo argentino, campeón mundial, cayó derrotado en Barcelona. Pocas horas después, muy lejos de allí, en las islas Malvinas, los militares argentinos fueron vencidos en su guerra contra Inglaterra. Los atroces generales, que en varios años de dictadura habían ganado la guerra contra sus propios compatriotas, se rindieron mansamente ante los militares ingleses”.

Pasaron 35 años de aquella guerra y sus secuelas. El deporte también sirve para recordar, una vez más, que no hay que olvidar.

LA FUTBOLÍSTICA TRINIDAD

LA FUTBOLÍSTICA TRINIDAD

Por Alejandro Duchini

Ni puedo imaginarme (bah, sí, puedo) a Carlos Bilardo escondido en su disfraz de coya mientras baila en un salón, en Tilcara, para vigilar a sus dirigidos. Y cuesta imaginarse, también, qué pensarán los integrantes del seleccionado argentino que en junio de 1986 fueron campeones del mundo viendo a su entrenador en esa pose. Como no había mucho para hacer en la concentración en ese pueblo jujeño, los futbolistas fueron invitados a un baile de disfraces. “Pero yo no puedo estar y yo no sé qué van a hacer los jugadores, porque hay bebidas, ¿no?”, le preguntó el técnico a Sara Vera, dirigente del club local Puerto Nuevo. Ella le sugirió que él también se disfrace. “De repente vimos a un loco con una capa, con botas, que se metió a bailar en el medio, todo encapuchado… Después nos enteramos que había sido Carlos”, recuerda Oscar Garré. La anécdota la describen Gustavo Dejtiar y Oscar Barnade en 1986 – La verdadera historia (Planeta), el libro que sirvió como guión para el documental del mismo nombre que se vio este año en la pantalla de la TV Pública. Sirvió de conmemoración por las tres décadas del título de México. Se trata del tercer trabajo sobre la temática que se editó en el país durante los últimos meses. Los otros fueron El partido, de Andrés Burgo; y México 86 – Mi Mundial, mi verdad, una suerte de memoria de Diego Maradona sobre el antes, el durante y el después: se las escribió Daniel Arcucci.

Con esos libros se completa una trinidad sobre aquel campeonato: la mirada general de Dejtiar y Barnade; la de Burgo sobre el histórico encuentro entre Argentina e Inglaterra; y la de Diego, el gran protagonista de aquello.

1986 – La verdadera historia describe con detalles cómo se gestó aquel equipo. Apela, por momentos, a una escritura con tintes de humor, lo que hace más llevadera la lectura. Se mete en episodios desconocidos y desmenuza otros sobre los que había más rumores que certezas.

1986Los autores empiezan recordando qué ocurría a mediados de los 70, cuando se produjo en la AFA una revolución alrededor del Mundial del 78. Es imposible, claro, hablar de los campeones de México sin recordar la incidencia de César Luis Menotti con la obtención de aquel campeonato local y la pronta eliminación de España, en 1982, con una Argentina conmocionada por una dictadura que se iba y la derrota en la guerra de Malvinas. Metiendo el dedo en la llaga se llega al 86. Tiempos en los que nadie daba un peso por el equipo de Bilardo, aún cuando el técnico llegaba avalado por la buena campaña al frente de Estudiantes de La Plata.

Luego, Dejtiar y Barnade se meten en el armado del nuevo plantel y analizan el paso del menottismo al bilardismo. Después, ya en México, apoyan parte de su trabajo en el hallazgo de un video casero hecho por los jugadores. Quienes crecimos en los 80 -con mitos alrededor de aquel plantel- encontraremos en este libro certezas y desmentidas. Sabremos qué pasó con las camisetas azules que se utilizaron en la previa del partido contra Inglaterra y recordaremos cuánto se sufrió durante la etapa clasificatoria en la que Argentina casi queda afuera del Mundial. También sabremos en boca de Julio Olarticoechea cómo fue el momento en el que Bilardo le dio una charla técnica en las calles del Bajo Flores para convencerlo de que se sume al equipo, faltando dos meses para el inicio del campeonato. “Yo cruzado de brazos, la gente pasaba, era de día y me veía a mí cruzado de brazos y a Bilardo haciendo rayas en la pared… Te imaginás. Solamente él te puede hacer una charla técnica en la pared”, recuerda el Vasco.

Siguen los amistosos, la gira previa y la obsesión bilardiana por cuidar cada detale. Y finalmente México. De ahí, un análisis sobre la enfermedad de Daniel Passarella, quien se quedó afuera del equipo. Las aguas se dividen entre quienes niegan que le hayan dado una comida en mal estado para sacarlo de encima por su perfil menottista y aquellos que insinúan una mano negra. Las peleas internas de un plantel golpeado pero liderado por Maradona también tienen su capítulo. Obviamente, no escapan las diferencias entre Diego y Passarella.

José Luis Barrio, entonces periodista de la revista El Gráfico, es una de las patas del libro (y del documental): acompañó a Bilardo desde el inicio en el armado del equipo. Después lo siguió por Europa y en tierras aztecas, donde fue testigo de todo. Algo de lo que vio, no lo cuenta. Y en otros casos, insinúa.

Divertida primero, triste después, es buenísima la anécdota que tiene como protagonista a José Luis Cuciuffo, que se lee a partir de la página 153.

-¿Cómo te llamás?

-Cuciuffo, con una ce y doble efe.

Así comienza el recuerdo de cómo lo trataba la revista Humor por su apellido a aquel jugador de Vélez que era casi un desconocido. Dos páginas después los autores recuerdan su muerte, el 11 de diciembre de 2004: “El único de los 43 campeones del mundo del fútbol argentino que falleció”, escriben.

Leer 1986 no es sólo añorar una gesta deportiva. Es meterse de lleno en cómo era la Argentina de aquellos años. Y es, también, una forma de conocer historias de vida. Que, como describen Dejtiar y Barnade, son historias de jugadores que “llegaron a México escondidos, ahogados en críticas, sin una sola ficha que apostara por ellos. Se pelearon, lloraron, insultaron, cambiaron, se unieron y al final de un camino de escombros, construyeron una leyenda: la del segundo título mundial para Argentina. El primero fuera del país. El primero en democracia. Y son esos que están ahí, ellos que podrían haber sido chapistas, ferroviarios o borrachos del pueblo. Son los últimos campeones del mundo, pero sobre todo son personas que nos hacen recordar que los héroes no son personas extraordinarias. Son personas comunes que hacen cosas extraordinarias, como ganar un campeonato del mundial. Tan sencillo como eso. Tan maravilloso”.

EL PARTIDO DE ANDRÉS BURGO

EL PARTIDO DE ANDRÉS BURGO

Por Alejandro Duchini.

El periodista acaba de publicar El partido, un libro en el que cuenta, de manera original y magistral, todo lo que sucedió alrededor del Argentina-Inglaterra en México 86, hace ya 30 años.

Lo bueno que tiene la llamada literatura deportiva es que, como el fútbol, de vez en cuando sale un partidazo. O un librazo. Pienso en eso después de terminar la lectura de El partido (Tusquets), el último libro del periodista Andrés Burgo, que trata sobre todo lo que rodeó al Argentina-Inglaterra de México 86. Hay libros que no se leen sino que se devoran. Este es el caso.

Se lo digo mientras tomamos un café en El Galeón. Nos juntamos porque la idea es entrevistarlo para La Gaceta pero la verdad es que hablamos más allá de los términos supuestamente periodísticos. Eso es lo que tiene de bueno la charla: que es informal. Y esas terminan siendo las mejores entrevistas.

Burgo me dice en un momento que escribir sobre ese Argentina 2-Inglaterra 1 le significó un viaje a su infancia. Que aquellos jugadores eran sus héroes y que colgaban de los pósters de su habitación. Me cuenta también que cumplió un sueño al juntarse con algunos de ellos. Para verlo a Garré, por ejemplo, viajó unos 150 kilómetros. A Bilardo y Ruggeri los entrevistó en Palermo, donde trabajan. Con otros hubo intercambios de mails. Incluyendo dos jugadores ingleses. No pudo entrevistar a Maradona, pero cuando uno termina de leer el libro entiende que eso no es lo más importante. La voz de Diego no hubiera hecho mucho mejor de lo que es este producto final.

el_partido_andres_burgosOtra cosa que me gusta del buen periodismo que aportó Burgo con este libro es que rescató historias de personajes secundarios. “Que son los que más me interesan”, me cuenta después de hablar de, entre otros, del utilero Benros, quien falleció y no llegó a ver El partido publicado. Pero lo que más me sorprende de Benros es que (sobre) vivió sus últimos días en un geriátrico, sin un peso y pasando tardes en bares donde le invitaban rondas de café. También cuenta de un periodista que era capo de Crónica y que ahora es el casero de la AFA, en la calle Viamonte. Es increíble que personas que tan cerca estuvieron de aquella historia gloriosa, desde adentro o como testigos directos, hayan llegado a estos tiempos con apremios económicos. Tanto como que aquellos futbolistas campeones del mundo no sean millonarios. Lograron muchísimo más que jugadores actuales que con un pase a Europa tal vez ya se pararon para toda su vida.

Los personajes secundarios de Burgo no son sólo jugadores. Porque se tomó el trabajo de entrevistar a ex combatientes de Malvinas. Clase 62 que jugaban al fútbol y tuvieron que abandonar su carrera para combatir en el Atlántico Sur. “Por lo general, cuando se habla de aquella guerra se entrevista a Omar De Felippe. Yo quería hablar con otros que no hablaron nunca”, me explica. Así que aparecen nombres, historias. Uno, por ejemplo, que cuenta que le atajó en las inferiores un penal a Ruggeri.

El partido es una excusa para recordar aquella Argentina con democracia incipiente. Con un presidente como Alfonsín que quería echar a Bilardo pero no sabía cómo hacerlo y que después, con la gloria, lo recibió en la Casa de Gobierno. Es además la historia de la pelea entre Bilardo y Menotti, la de Passarella fuera del plantel campeón, la de Maradona convirtiéndose en genio y figura con dos goles increíbles. Es el recuerdo del relato de Víctor Hugo, aquel del barrilete cósmico que aún hoy sigue siendo inigualable. Es el viaje por una foto que delató una mano para hacer el primer gol y que derivó en un nombre inolvidable: la mano de Dios. Es la gestación de un plantel y el ocaso de estrellas que no pudieron esquivar las desgracias. “Después de las buenas siempre vienen las malas. Nadie tiene inmunidad. Ni siquiera los héroes. A estos tipos les pasó lo mejor, pero después le pasaron todas: lesiones, perder un dedo, adicciones, problemas de paternidad no reconocidas. Pero el pedacito de gloria no se los saca nadie. En cierta forma creo que todos los días un poquito se deben acordar de que jugaron ese partido”, me suelta Burgo. Y después, al hablar de las contradicciones entre lo ocurrió y cómo lo recuerdan sus protagonistas: “Es también un libro de cómo anteponemos nuestros recuerdos a lo que realmente pasó y cómo vamos cambiando nuestra visión de las cosas con el paso de los años de acuerdo a lo que queremos. La memoria es selectiva”.

Para Burgo, ese Argentina-Inglaterra fue el partido más importante de la historia del fútbol argentino. Más, inclusive, que la final contra Holanda, en el Mundial 78. “Porque tiene todo: el gol con la mano, Malvinas, los dos primeros goles con nombre propio: La mano de Dios y el del barrilete cósmico, la primera gran frase de Maradona (“lo hice con la mano de Dios”), el gran relato de Víctor Hugo Morales, La pelea Menotti-Bilardo, el periodismo y el fútbol. Todo”, me dice.

Y yo, que me sentí un privilegiado al leer su anterior libro, Ser de River, en el que cuenta sus viajes por todo el país para seguir al equipo de sus amores en pleno ascenso, pienso en que lo hizo de vuelta. Que otra vez Burgo aparece por el mundo editorial con una joyita.

SIN VÍCTOR HUGO

SIN VÍCTOR HUGO

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

(Gracias, Ariel Scher, por la pequeña pero no menos importante corrección)

“El gran narrador de las gestas argentinas es uruguayo. (…), Víctor Hugo es una leyenda de la radio que habla con autoridad de ópera, tango o futbol”. La presentación la leí en un libro genial del escritor mexicano Juan Villoro: Balón Dividido tiene columnas en las que este también periodista demuestra su pasión y calidad para referirse al fútbol. “Barrilete cósmico” se titula ésta que refiere a Víctor Hugo Morales, la radio y el gol de Diego a los ingleses.

Pienso en ese texto ahora que estoy en la ruta, un domingo a la tarde en el que juegan el clásico Independiente y Racing. Tenía entradas pero las dejé en el olvido. Había quedado con mi hijo, Santiago, en viajar a su pueblo a pasar el día juntos y entonces no llegaba a la cancha. El regreso, sabía, me encontraría en el camino. Así que ahí ando: encerrado en el auto con la radio encendida para saber cómo van las cosas por Avellaneda.

Hace años que no me gusta escuchar partidos por radio. Lo hago sólo en este tipo de situaciones. Se me ha vuelto algo depre. Tal vez porque los relatos radiales me llevan a mi infancia, a tiempos que recuerdo felices porque remiten a Héctor, mi papá, y a Antonio, mi padrino, cuando escuchábamos juntos los partidos, o los comentarios previos y posteriores mientras íbamos o volvíamos de la cancha. Entonces Independiente ganaba todo y eso ya no sucede. Siempre escuchábamos a Víctor Hugo, el mejor. Ayer y hoy.

Recuerdo eso mientras cambio de una radio a otra y todas me provocan aburrimiento y sueño. Paso por una y nada: una voz que imposta emoción. Pruebo con otra y necesito un Valium y estoy por la tercera y el que comenta es Luis Alberto Islas, una gloria del arco rojo. Nada me entusiasma. Otra estación que busco es Continental: Mariano Closs está ante el micrófono que utilizaba Víctor Hugo.

Y en tanto busco lo que no voy a encontrar, tomo conciencia de que, por primera vez desde aquellos comienzos de los años 80, cuando la radio era la única forma de enterarte al momento de cómo iban los partidos, ¡no hay relatos de Víctor Hugo!

No quiero referirme a cuestiones políticas. No me interesa, en este comentario, discutir si se vendió al kirchnerismo ni si Clarín -al que siempre atacó- le pasó factura. Simplemente quiero destacar que los futboleros nos estamos perdiendo al mejor. Al tipo que hizo escuela. Al hombre por el que muchos entramos al periodismo. A quien le dio cultura de la buena al ambiente del fútbol. Al que cambió la radio. Víctor Hugo es el tipo que nos dibujó, con palabras, lo que soñábamos mientras escuchábamos sus relatos. ¿Quién pudo relatar mejor que él el gol de Diego a los ingleses? ¿A quién se le habría ocurrido aquello de “barrilete cósmico” para dejar un sello que va más allá de una victoria?

“¿Era posible describir el delirio en tiempo real? Ante el micrófono, Víctor Hugo Morales, arrebatado por la emoción, cedió al flujo de su conciencia. Pocos locutores tienen un temple tan controlado y pocos saben enloquecer tan bien cuando vale la pena. Transcribo las palabras del rapsoda: ‘Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Puede tocar para Burruchaga… Siempre Maradona. ¡Genio, genio, genio! Ta, ta, ta, ta, ta… ¡Goooool!, ¡goooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo, viva el futbol! ¡Golaaaazo! ¡Diegooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme, Maradona en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos: barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2-Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol! Diego Armando Maradona. Gracias, Dios, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0’. De inmediato, el cronista advierte que algo se insinúa con poderosa inminencia (‘arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…’). Consumada la proeza, da con un calificativo impar: ‘barrilete cósmico’. En Argentina, ‘barrilete’ es cometa, papalote”, recuerda Villoro en la columna que les referí.

Cuando Víctor Hugo empezó a transmitir en nuestro país, pateó el tablero. Hasta entonces el único relator era José María Muñóz, una biblia del relato que no iba más allá de la pelota. Claro que si tenía que cruzar los límites no le importaba hacerlo a cualquier precio. Como cuando en el apogeo de la dictadura militar mandó a festejar a los hinchas argentinos la victoria del mundial juvenil del 79 a Plaza de Mayo, para demostrar a los visitantes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que el nuestro era un país feliz.

Víctor Hugo llegó, recuerdo, con un programa que se llamaba Sport 80 e iba por Radio Mitre el año en que Boca salió campeón con Maradona. Me hacía ver el partido que escuchaba en la radio y me provocaba una parálisis emotiva cuando empezaba con su original “ta ta ta ta…”, que no era otra cosa que el gol cantado. Como diciendo “está está está está el gol”. Y después, como un desaforado, largaba ese tremendo grito de “gooooooooooooooooollllll” en el que dejaba el alma y la vida. Nunca olvidaré su relato en el gol de Hugo Perotti al Ferro de Carlos Griguol, cuando La Bombonera se vino abajo. Su “ta ta ta ta” al momento en que Perotti quedó solo para definir ante Carlos Barisio fue mágico. Yo estaba lavando el Torino con mi papá en la vereda de la casa de mi abuela cuando nos quedamos detenidos en el tiempo para saber si era gol o no. Y fue. Boca, desde ahí, se sacó al rival más duro de encima y se encaminó hacia el título. También recordaré por siempre aquella tarde de radio en la que Juan Ramón Carrasco, un gran jugador uruguayo de Racing, pateó un tiro libre que era casi gol y Morales relató así: “¡Goooooooooooyén!”. Aquel gol que había sido durante las milésimas de segundos de su relato dejó de serlo por una volada espectacular de Carlos Goyén, el arquero rojo. También recuerdo uno nocturno que Ricardo Bochini le hizo a Estudiantes, cuando la rivalidad de los 80 entre ambos era increíble. “No quiero ver más fútbol por un año, señores”, se despachó para explicar que ahí, en el gol de Bocha, había más que suficiente.

El 25 de mayo de 1989 lo recuerdo por dos hechos: cumplía años mi papá y fuimos a la cancha de Ferro a ver el partido contra Deportivo Armenio. Esa tarde fuimos campeones después de ganar 2 a 1. Mi cuñado me grabó el relato. En un TDK que ya no tengo había quedado la voz de Víctor Hugo diciendo, mientras la hinchada invadía el campo de juego, “Independiente es el enorme campeón 1988-89. ¡Qué lástima que la vuelta olímpica no la vamos a poder ver porque la gente trepa el alambrado…!”. Esa parte de la grabación la escuché miles de veces.

Hay tanto para recordar de Víctor Hugo. Lo de México, claro, fue lo máximo. Una obra de arte para el museo del relato radial. Un cuento. ¡Eso! Que dejes de hacer lo que estabas haciendo para que alguien, en este caso Víctor Hugo, te cuente de manera mágica lo que pasa en una cancha de fútbol, a miles de kilómetros. “Fiel a su nombre, Víctor Hugo improvisa relatos clásico. Su mérito está en las muchas cosas dispersas que vincula de golpe y en su singular carácter: en el momento justo, sabe perder los nervios”, agrega Villoro.

Pero ya pasaron treinta años de aquello. En el medio hubo más genialidades suyas, aunque el “ta ta ta ta” fue desapareciendo a medida que su voz se manifestaba con otros recursos. De hecho, para que el partido de tu equipo fuese el más importante de la fecha, alcanzaba con que lo transmitiese Víctor Hugo. O sea, él lo certificaba con su presencia. Pero en todo este tiempo de imitadores, nadie pudo llegarle ni a los talones.

Pienso eso mientras en la Autopista del Oeste, con un tráfico del demonio y varado a la altura de Moreno desde hace un buen rato, grito en mi más absoluta soledad el 1 a 0 de Fernández a la Academia. Faltan cinco minutos para que el clásico termine y los goles que se festejan sobre la hora son los más felices. Sobre todo cuando el rival es Racing. En la cancha uno siempre tiene un desconocido o un amigo para abrazarse. Pero yo estoy solo, aunque feliz.

“El 22 de junio de 1986 Diego Armando Maradona dejó sin palabras al planeta, pero no a Víctor Hugo Morales”, cierra Villoro su formidable crónica. También yo me quedo sin palabras. Sigo varado adentro de mi coche. El tránsito, literalmente, no avanza. Casi cuando el partido está por terminar, Lisandro López hace un golazo. Racing empata. Yo continúo solo. A las puteadas.

EL FILÓSOFO BILARDISTA

EL FILÓSOFO BILARDISTA

Darío Sztajnszrajber (el de apellido dificilísimo) se puso la camiseta de Estudiantes y habló de por qué ama tanto a Bilardo y al Pincha. Fue durante una entrevista para la revista El Gráfico de este mes. El autor de esa nota, Alejandro Duchini, expone en las siguientes líneas algunas de sus declaraciones.

“Fueron muchos años de ser hincha de Atlanta, sin ningún tipo de conciencia ideológica en cuanto a estilos de fútbol. Nací a tres cuadras de la cancha. Con mi hermano (Mauro Zeta, el periodista) éramos socios del club e íbamos a ver los partidos. Nos identificamos rápidamente. Fue algo inmediato, casi sanguíneo. (…) Cuando empecé a pensar más el fútbol, y a la vez se desarrollaba otra conciencia en mí, más ideológica, no busqué, sino que observé el desarrollo de aquel torneo del 82. Me hizo ruido eso de que para los medios había un bueno y un malo. Me generó un sentimiento de afinidad con el débil, que claramente era el Estudiantes de Bilardo, con toda la animadversión histórica que hubo contra él y Estudiantes, pero sobre todo con Bilardo. Estudiantes tenía al Bocha Ponce con sus tiros libres, al Tata Brown con sus cabezazos… fue una identificación muy fuerte. Entonces hice una adhesión directa. El mundo del fútbol había encontrado su Naranja Mecánica, que era Giusti, Marangoni y Bochini. Los diarios querían que ese equipo de Nito Veiga sea campeón, porque gustaba y goleaba, y Estudiantes ganaba siempre 1 a 0 y fue el que terminó ganando. Después Bilardo se fue a la Selección y asumió Eduardo Luján Manera. En ese segundo torneo, que también lo ganó, ya no estaba ese clima anti-bilardista. Cuando él llega a la Selección, ya tiene como cierta legitimidad, aunque nadie lo quería”.

“A los 16 empecé a ir a la cancha de Estudiantes. Para mí, un viaje fascinante, porque era como ir a pasar el día en La Plata. Me agarró un fanatismo por esa ciudad. Me levantaba a la mañana, tomaba el tren Roca, que en ese momento era una catramina, y viajaba con los visitantes. Era fuerte. Me cerraba la campera para que no se me vea la camiseta. Cuando Estudiantes era visitante en Capital, las canchas me quedaban siempre cerca: Ferro, Vélez, Argentinos, Platense”.

“Soy alguien que trata de que el fútbol no le invada el estado de ánimo cotidiano. Me gusta mucho el fútbol, pero empieza y termina ahí. Terminaba un partido y me ponía a preparar un examen. A veces me llevaba una mochila con apuntes de la facultad para leer en el entretiempo o en el viaje de vuelta. No me quedaba enganchado con un resultado. Tampoco viví la cosa conflictiva con los Triperos, porque al no ser de La Plata no veía la cotidianeidad del clásico. Por ejemplo, se me generaron más tensiones con gente de Boca por la final del 2006”.

“Me acuerdo mucho del descenso del 94. Fue el campeonato que más lo seguí. Iba a lugares lejanos. Fue un gran torneo con Russo y Manera de técnicos. Sacamos la cantidad de puntos que ningún equipo había sacado en el ascenso, aunque ganábamos siempre 1 a 0”.

“Estudiantes, que tiene una forma particular de jugar, una tradición de juego, es el más auténtico, no es hipócrita. Significa que parte de una conciencia de lo que es el fútbol como deporte competitivo, la plasma y no tiene esa necesidad de construir falsas idealizaciones y venderse a sí mismo con un “no nos interesa el resultado, lo importante es el juego lindo”, cuando en el fondo lo importante es otra cosa. Pero asumir eso sin eufemismos le ha costado ponerse en un lugar que en términos conceptuales es una conceptualización fascista. Porque llamar a alguien anti-fútbol es sacarlo del juego. Esos que nos llaman anti-fútbol, si pudieran prohibirían que Estudiantes, o esta forma de entender el fútbol, sea parte de la competencia. Es la mejor manera de no hacerse cargo”.

“Hay técnicos que hablan a favor del buen fútbol y esconden la pelota. Otros lloran si les roban un partido o un campeonato. O sea, si estás en contra del resultadismo y te robaron un campeonato, quedáte con el orgullo de que tuviste un torneo por el que a tu equipo lo van a recordar siempre. Ahora, si sufrís y al mismo tiempo sostenés que no te importa el resultado, hay un problema. No sé si llamarlo hipocresía. Es al menos una contradicción”.

“Mucho daño le hizo la futbolización a la política, a nuestras realizaciones de vida. El fútbol es un deporte que tiene un reglamento y en la medida en que el juego se ajuste a ese reglamento, empieza y termina ahí. Estoy en contra de la frase que dice que se vive como se juega. No cocino bilardísticamente ni tengo sexo bilardísticamente. Eso no existe. No soy bilardista en todo. Soy bilardista en el fútbol, de izquierda en la política y agnóstico en mis creencias. ¿Querés encontrar una línea que junte a Bilardo con mi izquierda y mi agnosticismo? Está bien, pero eso sería chamuyar. No me parece trasladable”.

“El partido que más celebra el bilardismo en la historia de los mundiales es Argentina 1 – Brasil 0, en Italia 90. ¡Es el más injusto! Eso marca que hay otra cosa puesta en el fútbol, que no es racional. ¿Merecimos ganar? No. Pero qué me importa. No juego a merecer, sino a ganar. ¿En la vida soy igual? No. Como soy así en el fútbol, no soy así en la vida. También puede uno pensar al fútbol como un sublimador que permite poner en él muchas cosas que no aplicamos en la vida cotidiana”.

“Una vez en el programa Pura Química me dijeron que le haga la pregunta que quiera a Bilardo. Como los bilardistas somos ultra defensores del Mundial 90, porque es cuando más le pegaron a Bilardo, le pregunté si no reconoce un logro en haber sido subcampeón. “Usted es docente, ¿no? ¿Con cuánto se aprueba un examen?”, me preguntó. “Con 4”, le dije. “Ser subcampeones es secarse un 3”, me dijo. No había manera. Pero no estoy de acuerdo”.

“El Estudiantes que más disfruté fue el del Cholo (Simeone) del 2006. Ese campeonato fue como al gloria. Volvió Verón, muchos de los pibes de la cantera estaban en su mejor momento, se le ganó a Gimnasia 7 a 0. Un combo. Fue un equipazo. Boca tenía el consenso mayoritario y nosotros ganamos desde abajo. Pero a Boca se le fue Basile y llegó La Volpe y Estudiantes se concentró a partir del Cholo, que es un sacado. Un técnico que me encanta, porque quiere ganar. Hizo cosas inéditas en Estudiantes: sabiendo que era a matar a morir llegó a jugar con cuatro o cinco delanteros. !Algo increíble! Por mi parte, estaba en una edad interesante para ir a la cancha y disfrutar. Además, poco antes había nacido mi hijo, al que le puse León. También me encantó el de la Copa Libertadores de 2009, con (Mauro) Boselli y La Gata (Fernández) en la delantera. Se lo dimos vuelta al Cruzeiro con goles dos goles de ellos en la final. Fue increíble ganar allá. Después se hizo lo que se podía hacer contra el Barcelona de Messi. Ese proceso estuvo bueno. El torneo de 2010 con Sabella también fue muy bueno. Pero el del 2006 fue particular”.