YO TAMBIÉN QUISE SER COMO BRUCE LEE

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Yo tenía 12 o 13 años y quería ir a un templo Shaolin de China para aprender artes marciales. Soñaba con pelear como Bruce Lee, mirar a mis peores rivales a los ojos y percibir su miedo y mi propia seguridad mientras con una patada acababa con ellos. Hablo de tiempos en los que el VHS era una novedad y con mis amigos alquilábamos películas como Operación Dragón, que veíamos una y mil veces antes de devolverlas, rebobinadas, al video club. También me gustaba David Carradine, el de la serie Kung Fu. Caminaba tranquilo por pueblos inhabitados, no se metía con nadie y a quienes lo provocaban les decía cosas como “por favor, no me ataques, puedo lastimarte y no quiero. Vete. Vete cuanto antes”. Si los otros insistían, les daba dos golpes y se acabó la historia. Se volvía sobre sus pasos y, silencioso, marchaba hacia el próximo capítulo. Pero nada de eso ocurrió. Me tuve que conformar con anotarme para hacer Kung Fu en un gimnasio del barrio de Once, a una cuadra y media de la Plaza Miserere. Lejos de China.

“Es lo que hay”, dijo mi papá el día que me pagó la inscripción y la primera cuota. El gimnasio quedaba en un primer piso, sobre un concurrido garaje. Era abierto y para no caernos desde las alturas habían puesto un alambrado. El piso estaba deformado. El cemento había sido simplemente desparramado por algún aprendiz de albañilería que se fue antes de terminar el trabajo. Para que la cosa sea más solemne, entrenábamos descalzos (en épocas invernales los pies se congelaban) y el profesor Hugo decía que esos eran obstáculos que un aspirante a artista marcial debía superar. Aunque, también es justo decirlo, no dejaba de avisarnos que tengamos cuidado al pisar. El gimnasio no tenía seguro por esguinces ni ninguna otra lesión.

El lugar tendría cinco metros por ocho. No era muy grande. Como siempre empezábamos con una entrada en calor que consistía en correr varias vueltas, a los dos minutos estábamos mareados. Nunca me animé a preguntar, pero suponía que esos también eran obstáculos a vencer por un aspirante a artista marcial. Tanto como el frío del invierno en el vestuario. Faltaban estufas y para cambiarse había que ir pidiendo permiso de tan chiquito. Las únicas dos duchas eran para valientes: el agua salía fría y mis anhelos de ser un gran exponente del Kung Fu no llegaban a tanto. Así que pronto supe que jamás llegaría a ser un Bruce Lee o un David Carradine.

Carlos González, un amigo del colegio, practicaba conmigo. Era bueno de verdad. En el aula lo cargaban por su gordura, pero cuando yo lo veía pelear en las prácticas pensaba “ojalá que no se enoje porque un día de estos, ante la menor broma, mata a alguno”. A pesar de su físico, Carlos saltaba muy bien y pegaba unas efectivas patadas en el aire. También era rápido con las manos y había aprendido a esquivar y sacar golpes. Era valiente, aunque las duchas también eran su límite.

Entrenábamos tres veces por semana y terminábamos muertos de cansancio y con algunos moretones a los que nos acostumbramos. Al poco tiempo habíamos aprendido bastante pero jamás lo pusimos en práctica. Es decir, ni Carlos ni yo peleábamos en la calle y menos en el colegio. Porque un dato no menor era que el profesor Hugo nos enseñaba a pelear pero al mismo tiempo nos inculcaba que no había que pelear. Eso que parecía una contradicción funcionaba como un equilibrio que se volvía natural en nosotros.

El profesor Hugo era altísimo y flaco. Cuarentón. Tenía cara de mono: era de los tipos más feos que vi. Con sus piernas largas sacaba unas patadas tan rápidas que si te agarraba te tiraba contra una pared y pasabas de largo. Eran como latigazos. También movía con rapidez sus brazos. Sus golpes eran ligeros y profundos. Apenas se veía su movimiento. En las exhibiciones era de los mejores. Reflejaba armonía pura. Alguna vez contó que se debía a que practicaba Kung Fu desde muy chico. Al final de cada clase nos hacía sentar en posición de loto con los ojos cerrados y respirando profundamente. Si los pies se enfriaban, ni les cuento cómo quedaba el trasero sobre ese suelo helado. Llegaba un punto que parecía quemar. Así permanecíamos varios minutos. Mientras, él hablaba. Con su voz de locutor relataba historias de sabiduría protagonizadas por un maestro y su alumno en un ámbito de artes marciales. Siempre el aprendiz iba con su duda a cuestas a ver al sabio que, después de escucharlo, en pocas palabras resolvía cualquier drama. “¡Qué fácil se pueden arreglar las cosas!”, pensaba yo. Después de la historia del profesor Hugo uno quedaba con dos sensaciones. Por un lado, que todo tenía solución. Por el otro, que en el vestuario había que poner duchas con agua caliente.

Hay una que jamás olvidé. También trataba de un alumno que visitaba a su maestro. El diálogo era más o menos así:

-¡Maestro!

-¿A qué has venido, joven aprendiz?

-Vine porque usted me dijo que ya no tengo más por hacer en este templo, pues ya he aprendido lo suficiente del Kung Fu. Pero yo quiero seguir aprendiendo. Siempre se puede aprender más.

-Joven aprendiz: toma esa taza y llénala de té.

Entonces -contaba el profesor Hugo- el joven aprendiz llenó la taza hasta la mitad.

-Agrega otro poco-, le dijo el maestro.

Fue así que -continuaba el profesor Hugo- el joven aprendiz puso más té. Esa misma escena se repetía hasta que ya no entraba ni una gota.

El profesor Hugo sabía alargar sus historias y esta no fue la excepción. La alargó tanto que mientras nos quedábamos dormidos después de una hora y media de entrenar el relato llegó a su final. Que es el siguiente.

-Maestro: ya llené hasta el mismo borde su taza de té.

-Joven aprendiz: pon un poco más.

-¡Pero Maestro! Si le pongo más se desbordará. Ya no entra nada de té en su taza.

Entonces -terminó el profesor Hugo- el maestro dijo:

-Joven aprendiz: así como en esta taza no entra más té, lo mismo ocurre en tu cuerpo y mente con el Kung Fu. No entra más. Has aprendido todo en este templo. Ahora, vé y sigue otro camino.

El profesor Hugo nos despertaba y nos mandaba a cambiar al vestuario, congelados, transpirados y con la sensación de que o nos estábamos volviendo sabios con sus relatos o que sus moralejas escondían algo que no podíamos descubrir.

El profesor Hugo tenía una debilidad: las mujeres. Lo descubrimos por decantación, cuando nos mudamos de barrio. Como era de Mataderos, fue armando su propio gimnasio y empezó a convencer a algunos de sus alumnos de que lo siguiéramos. “Ustedes son los elegidos. El silencio debe acompañarlos en esta nueva etapa de sus vidas ligadas al aprendizaje del Kung Fu”, nos dijo a un grupo de cinco o seis para hacernos sentir importantes. Lo que nos proponía era, en otras palabras, que dejáramos de pagar la cuota en el de Once, que ni avisemos a sus dueños que nos íbamos y que nos inscribiéramos en el suyo, que además nos quedaba mejor porque vivíamos en la zona. Así que en pocas semanas cambiamos de escenario.

Dejamos el piso deforme por otro perfecto y pasamos a un lugar enorme. Además había un ventanal que daba a la calle que nos despejaba de la sensación de encierro. Como si fuera poco, teníamos duchas de agua caliente y espacio suficiente como para cambiarnos antes y después de la práctica. En suma, todo cerraba. Más si se tenía en cuenta que, como había dicho el profesor Hugo, éramos nada más y nada menos que los elegidos más los que se sumaran.

Después pasó lo de sus mujeres. El grupo fue creciendo y cada vez había más chicas. Muchas veinteañeras. Algunas de ellas, sin experiencia, pasaron a integrar el grupo de elite, a quienes nos habían dado la oportunidad de hacer un entrenamiento “selecto” de media hora después de cada clase y agregar los sábados. Obviamente se pagaba aparte porque ser elegido no era gratuito.

Carlos y yo andábamos súper felices por nuestro futuro promisorio en las artes marciales. Pero a la vez nos hacía ruido eso de que las recién llegadas no supieran ni ponerse en guardia y sin embargo integraran el grupo de los elegidos. Cuando se lo planteamos, el profesor Hugo nos dijo que teníamos razón y para compensar nos propuso avanzar de cinturón. Pasamos del verde al azul sin examen.

“Ustedes tienen el mérito de la tenacidad. De la paciencia. De la lucha y del control interno”, nos halagó. “Un gran artista marcial reúne esos requisitos que encuentro en sus personas, mis mejores aprendices. Por eso, desde la próxima clase pueden traer el cinturón azul”, agregó antes de decirnos que él mismo vendía unos de mejor calidad que los de las casas de deporte tradicionales. Se los compramos.

¿Qué más podíamos pedir si éramos sabíos o al menos íbamos camino a serlo? ¿Qué más si encima sabíamos pelear y nos reconocían ese mérito? ¿Qué otra cosa si el profesor Hugo nos elegía como futuros jedis de las artes marciales?

Una tarde de sábado, en la clase especial, nos dimos cuenta de que en ese camino a la gloria había un pozo enorme y Carlos y yo habíamos caído en él. Entre nosotros se encontraba una chica de unos 30 años que no sabía ni levantar una pierna pero que igual integraba el grupo. El profesor Hugo se le acercaba a cada rato y le susurraba al oído, como al pasar, algo que sospechábamos no era, justamente, una historia de maestros y alumnos ni de principios budistas. Lo que le decía tendría que ver con algo alegre, porque sonreían, se miraban y ella fingía estar concentrada en el Kung Fu.

De pronto, dio por terminada la clase. “Han tenido mucho Kung Fu por hoy”, sentenció. Enfilamos hacia los vestuarios y ahí quedó todo. O casi. Porque cuando salíamos, lo vimos acurrucado con su alumna y no pudimos disimular la sorpresa. Se nos acercó y nos dijo: “Para la próxima clase, a su merecido cinturón azul agreguenle una punta marrón. El aprendizaje que demuestran, bien lo vale”. Lo miramos, aceptamos y nos fuimos.

Mientras caminábamos hacia mi casa se nos aparecieron tres pibes que, pendenciaramente, nos exigieron que les entreguemos la plata y las zapatillas. Yo pensé en Bruce Lee y en cómo miraba a sus rivales hasta hacerles sentir el peor miedo del mundo. Me acordé de David Carradine pero no me animé a decirles “muchachos, váyanse. Si se quedan la van a pasar mal”. En vez de eso, imaginé que el profesor Hugo estaría con su alumna y no vendría a ayudarnos. Carlos y yo nos miramos y, como nos entendíamos de tanto entrenar juntos, en un segundo empezamos a correr rapidísimo las diez cuadras que nos separaban de mi casa, donde nos esperaba mi mamá para tomar la leche.

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