WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

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Por Alejandro Duchini

El vínculo de Sebastián Wainraich con el fútbol tiene origen, como el de muchos futboleros, en el barrio y la familia. Sólo que no a partir de su papá sino de sus hermanos mayores. Durante esta charla habla de eso con una mezcla de seriedad y humor, se ríe de sí mismo, recuerda los tiempos en que sabía las formaciones de memoria, se ilusiona con que su hijo Federico -de cuatro años- se ratifique futbolero de Atlanta y explica por qué el equipo de Villa Crespo debería estar un escalón más arriba.

Sigue yendo a la cancha, aunque sin el fanatismo que tenía de pibe. Ahora vive en Colegiales junto a su pareja, la actriz Dalia Gutmann, con quien tuvo dos hijos: Kiara y el mencionado Federico. Tiene una agenda movida. Este año se estrenaron dos películas en las que participa. Una de ellas es Una noche de amor, en la que lleva el rol protagónico junto a Carla Peterson; Wainraich además escribió el guión: “Hay un guiño a Atlanta”, refiere: ya lo explicará en la entrevista. La otra se acaba de estrenar: es Caído del cielo, junto a Muriel Santa Ana y Peto Menahem. Allí interpreta -haciendo gala del humor- al ex de Santa Ana. Con mochila de experiencias televisivas, es desde hace años conductor del programa Metro y Medio, junto a Julieta Pink, por Radio Metro. Desde esta propuesta radial también se da el gusto, de vez en cuando, de hablar de sus inquietudes futboleras.

wainraich-¿De qué equipo sos?

-De Independiente.

-Todos somos sufridos.

-…

-Son decisiones que tomamos los seres humanos.

-¿Y vos? ¿Por qué sos de Atlanta?

-Porque mis hermanos me llevaban a la cancha cuando éramos chicos. Vivíamos cerca, en Parque Centenario. No en Villa Crespo, como creen muchos. Después sí me fui a Villa Crespo. Además, cuando yo tenía 8 años, jugaba en el equipo Roberto Zywika, que era primo de mi viejo. Eso también me vinculaba con el club. Mi hermano Diego, que falleció, era de Argentinos e iba a ver a Atlanta los sábados. El otro, Raúl, es de Boca, pero tiene su simpatía por Atlanta. Yo soy el único en la familia hincha hincha de Atlanta.

-O sea, Atlanta no te llega por vínculo paterno.

-No lo pensé. Lo tomo como natural. A mi abuelo le gustaba el fútbol pero tampoco era de ir a la cancha. Lo que pasa es que yo era el menor de los tres hermanos, que me llevaban cinco y ocho años. Entonces esa también es una presencia fuerte: hay algo paternal. No sentí esa ausencia de mi padre porque tuve la presencia de mis hermanos.

-¿Tu papá no es muy futbolero?

-No. Dice que es de River pero no le presta mucha atención. Ahora hincha por Atlanta por nosotros, igual que mi vieja. La tradición sigue con mi hijo, que tiene 4 años, y con Lucas, mi sobrino, de 16, que es de Boca pero un poco lo tira Atlanta. Es una lucha. A mi hijo lo llevé una vez a la cancha.

-¿Cómo fue la experiencia?

-Es chiquito. Se aburre. Justo ayer fue a la escuelita de fútbol. Le encantó. Jugamos mucho en casa. Le gusta ver partidos. Como no tiene las cosas tan claras es el momento de hacerlo hincha.

-¿Qué lugar ocupa el fútbol en tu vida?

-Un lugar importante. Estoy tomando distancia de eso del sentimiento inexplicable, de la pasión desatada. Estoy en la contradicción permanente. Vi la película Hijos nuestros, con Carlos Portaluppi, que es un crack, y Ana Katz, que está muy bien. Son dos grosos. La película, sin caer en el discurso panfletario, demuestra en qué puede caer un fanático del fútbol. Es una historia muy linda; y un poco dura. No es un dramón, pero pega. Y tiene partes muy graciosas. A veces me parece demasiado sobreactuado eso de “la pasión de mi vida”, “mi vida por los colores”. Pero a la vez me pasan cosas: el otro día perdió Colegiales, quedamos a cuatro puntos en la tabla y eso me alegró la tarde. Me parece que hay que ser medidos. Esa cosa de “la vida por los colores” llevó a lugares espantosos. Está bien dejarse llevar por la pasiones, es natural que te alegre eso y te entristezcas según el resultado de tu equipo. A mi me pasa todo el tiempo. Pero llegar a la violencia es inexplicable. Yo también estuve en tribunas y canté “te vamos a matar” sabiendo que eso no lo haría. Igual que la mayoría de la gente. Pero al mismo tiempo creo que hemos legalizado a los barras. El hincha no es cómplice de eso pero de algún modo es partícipe. Si hasta hemos celebrado a barras cuando entraban, etcétera. La verdad es que no está bueno eso.

-¿Te volviste más racional?

-No, no es eso, porque me alegra que gane Atlanta, me sigue cambiando el ánimo un resultado y quiero que le vaya bien. Lo que cuestiono es la irracionalidad, la violencia, el discurso vacío, el de las frases hechas: “Me mato si pasa tal cosa”, eso que te decía de “la vida por los colores”. ¡La vida, por los hijos! Para mí.

-Sos un genuino hincha bohemio si se tiene en cuenta que podrías haber salido de Argentinos o Boca, que son más grandes.

-¿Querés decir que Atlanta es más chico que Argentinos y Boca? Y encima lo elegí en la época de Argentinos con el Juventus. Es para hablar en terapia. Pero yo también agarré una buena época de Atlanta: que hoy esté en la B Metropolitana es antinatural. Porque por historia es de Primera. Después, sí, tiene muchos años en el ascenso. ¡Me tocaron todos a mí!

En el 84 yo tenía 10 años y le ganamos a Boca, el día que jugó con los números de la camiseta pintados con marcadores. Graciani hizo un gol para Atlanta, en La Bombonera. No me olvido más de eso.

-¿Quiénes eran tus héroes futboleros de infancia?

-Alfredo Graciani, porque pasó a Boca. El plumero Rubén Darío Gómez, que jugó en Boca, River, Argentinos y creo que salió de Lanús. Era un 4 espectacular. En ese 84, con Atlanta en Primera, yo era fanático de leer todo: El Gráfico, Sólo fútbol. Recuerdo que Gómez fue elegido el  mejor 4 de la A, aún jugando para el equipo que descendió. Además, tenía rulos. Después, Alfredo Manuel Torres, el narigón, que era el 10 cuando ascendimos. Fue a la selección juvenil del 79 como suplente de Maradona. Y Fabián Castro. De ahora, los mellizos Soriano, que lograron identificarse con el club.

-¿Y Maradona?

-Claramente. De mis héroes de Selección, Maradona, Caniggia, Burruchaga -sin dudas- y Ruggeri. Me estaría olvidando de alguno. Del 86 sé todo. Tenía 12 años y aún me acuerdo el número de cada uno. ¡Un enfermo!

-Hay equipos que, sin ser grandes, mueven mucho sentimiento y tienen tradición. Por ejemplo, Temperley, Chicago, Chacarita y el mismo Atlanta. ¿Coincidís?

-Creo que sí, pero eso es más para nuestra generación. Los pibes que hoy tienen 20 ya no lo ven así. Para ellos los clubes de Primera de segunda línea son Arsenal, Defensa y Justicia, Atlético Rafaela. Por ejemplo, no muchos saben que Atlanta y Chacarita jugaron el clásico más veces en Primera que en el ascenso. Hoy un pibe de 12 no te lo cree. Cambió. Hace 30 años que Atlanta está en el ascenso. La historia cada vez queda más lejos.

-¿Sentís melancolía por el fútbol ochentoso?

-A veces. Y un poco también por los 90. Pero no quiero caer en eso de que todo tiempo pasado fue mejor. La diferencia es lo fugaz y rápido que van las cosas ahora. Yo te digo Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique; Giusti, Marangoni, Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón o Buffarini. Hoy no te lo podría decir eso de memoria… ¡Te emocionaste, casi!

-…

-Hoy no te podría decir de memoria cómo forma Independiente… Un poco por mí, porque ya no estoy tan interesado en las estadísticas, pero sí en el fútbol; y otro poco porque cambian tanto las formaciones. Bochini es otro héroe para mí, aún sin ser de Independiente. Igual que Gatti, que salió de Atlanta. La historia de Bochini y su forma de jugar: me parece un artista loco, como un científico del fútbol, un tipo como Woody Allen, como anda despreocupado en la cancha de fútbol. Estaba como en otro lado él, ¿no? A Fillol también lo pongo en el lugar de los grandes. También Iniesta, que lo veo jugar y me vuelvo loco. Siento que hay algo más en él. Tiene sencillez, genialidad. todo lo hace bien. Igual que Messi, que también me vuelve loco. Pero a Iniesta lo veo más posible. Lo que hace Messi es imposible.

-Sobre eso te quería preguntar: ¿qué te provoca Messi?

-Asombro. Mucho asombro. Asombro por las cosas que hace. No logro entenderlo. Me maravilla siempre. Un extraterrestre me parece a veces. No le saco la ficha. Tampoco logro darme cuenta de en qué piensa, qué le pasa. Me parece que va a otra velocidad que nosotros. En la selección no supimos aprovecharlo. A veces porque le reclamamos cosas épicas, que cante el Himno, que se tire al piso. Antes que eso, prefiero que haga cuatro goles por partido. Tal vez él tampoco esté tan cómodo en la Selección.

-¿Qué te pasa con los insultos que recibe?

-¡Estamos locos! No entiendo qué le pasa a alguien que insulta a Messi. Hay algo de resentimiento. Estamos esperando que nos salve. No sé.

-¿Sirve para algo que se lo compare con Maradona?

-Sirve para la charla de café, para el asado. Pero que hayan jugado en etapas distintas anula un poco la comparación. Tampoco es tan importante. No sé si Messi es peor o mejor que Maradona. No me parece tan válida ni importante la comparación. Hay una cosa argentina de ser medio hincha pelota, pesado. Tengo miedo de caer en eso de que el tiempo pasado fue mejor. No hay una tabla para medir quién fue mejor.

-¿El ídolo te trasciende el partido en sí?

-Al ídolo lo dejo dentro de la cancha. Me parece que es injusto pedirle más. A un jugador lo califico sólo por lo que pasa dentro de la cancha. Punto. Se terminó ahí. Me parece que eso lo aprendés con los años. De chico defendía sus declaraciones. Cuando uno es chico, tal vez más ingenuo, siente que representan algo más. Pero después me dije “no, qué me tengo que hacer cargo yo”.

-¿Qué sentís cuando se juzga a Osvaldo o a Icardi por sus vidas privadas? Por ejemplo, que se diga que no tiene códigos, como el caso de Icardi.

-Me parece una pelotudez lo de los códigos. Eso es para la mafia. Sí me parece que tiene que haber convivencia. Icardi demostró que puede estar en la Selección. Me parece que muchos de los futbolistas jóvenes están como indefensos: de repente se encuentran con muchas cosas. Hoy que tengo 42 me doy cuenta de que son pibes. Icardi y Osvaldo, por seguir sólo esos ejemplos, son jóvenes. Parecen más grandes, a pesar de estar bien físicamente, por todo lo que viven. Anduvieron acá, allá. Debe ser raro que les pase eso. Preferiría no juzgarlos. No los justifico ni nada. No tengo por qué juzgarlos. Ojalá puedan resolver sus vidas.

-¿Qué postura tenés ante aquello de que hay que ganar siempre?

-Me parece insólito que se piense que alguien quiere jugar bien sin ganar. ¡Todos queremos ganar! Si Atlanta sale campeón ganando todos los partidos 1 a 0 y… no me va a gustar. Tampoco me gusta la trampa. ¿Gritaste el gol de Maradona? Obvio. Pero él no entró pensando “voy a hacer un gol con la mano”. Entró pensando en hacer un gol eludiendo a cinco. Ahora, ¿fue picardía lo suyo? No, fue trampa. ¿Grité el gol? ¡Claro! Pero si ganábamos todo el Mundial así no me hubiese parecido tan emotivo.

-¿Jugamos como vivimos? ¿En qué nos emparenta el fútbol?

-Creo que no. Eso no se lo dejaría sólo al fútbol. También es cómo te comportás en un restaurante, en tu trabajo o con tu familia.

-¿Seguís jugando al fútbol?

-El año pasado jugué.

-¿Te estás por “retirar”?

-Siempre. Después de muchos años sin jugar volví y es difícil. Es difícil sentir que te tira todo, que terminás cansado. Aunque volví a sentir cierto placer. Sin buen nivel, pero a esta edad uno está más confiado. Sabés que tus limitaciones son un punto a favor. Por ejemplo, no corrés a aquella pelota a la que sabés que no vas a llegar.

2-¿De qué jugás?

-Adiviná.

-De tres.

-De tres.

-Te juro que no lo sabía.

-Soy derecho, pero juego de tres porque si pateo con la derecha me desgarro. Siempre en línea de cuatro. En cancha chica juego poco, aunque quiero volver. A esta altura de la vida me parece que lo ideal es fútbol ocho o siete. Porque el fútbol cinco tiene un ritmo tremendo y el fútbol once tiene unas distancias asesinas. En el siete y ocho estás en la mitad: jugás con pelota de once, lo cual está bueno, y no tenés las distancias del fútbol once ni el ritmo del fútbol cinco. Y se puede armar cierto orden, que en el cinco no lo hay: te vas ubicando pero no hay orden.

-¿Sos bueno?

-No.

-¿Sos un futbolista frustrado?

-De ser jugador, no. Tengo la frustración de no haber sido mejor. Pero no de haber sido profesional. Nunca me ví yendo a entrenar todos los días. Uno ve la la imagen de Burruchaga haciéndole el gol a Schumacher en el 86 pero el fútbol es otra cosa. No hay muchos Burruchaga ni muchos Messi. Tengo llegada a jugadores del ascenso y veo que todo es duro: son maltratados por dirigentes y a veces por técnicos. Es difícil. Tiene sus cosas lindas, pero no es fácil.

-¿No te pasa que al ver fotos de jugadores de los años 70 parecen viejos, cuando apenas tendrían unos 30?

-Sí, sí. Es increíble. Y ves fotos de más atrás y parecen señores de 60 años. Y con el 86 más o menos: Giusti, Brown tendrían 27, 28 y parecen de más. Pero ha cambiado. Nuestros viejos no se vestían así a los 40, como nosotros hoy. Igual, los futbolistas tienen eso de parecer más grandes.

-¿Dónde jugabas a la pelota cuando eras chico?

-Había dos escenarios. Uno, el colegio Manuel Belgrano, en Almagro, estatal. Jugamos mucho en Parque Centenario. Hasta que se hacía de noche. Tendría 10 a 12 años. Después seguí en el secundario, que lo hice en el Vieytes. pero teníamos gimnasia en el Parque Sarmiento y también nos quedábamos a jugar. El otro escenario era Macabi, donde yo jugaba. Macabi es uno de los grandes de la liga judía. Los otros son Hacoaj y Hebraica. Son como Boca, River y… el que quieras. No quiero herirte.

-Pongamos Independiente.

-¡Lo dijiste vos! Ahí había un buen nivel. Pero bueno, en serio. Ahí tenía a mi mejor amigo, que llegó a jugar en Ferro y en Atlanta. Poné su nombre: Gaby. Sigue siendo un crack. Se lesiona seguido. En los 80 lo acompañé a probarse en Ferro. Había miles de pibes: 44 jugadores para probarse; y quedaron dos: él y otro más. Después vino lo del sacrificio: ir a entrenar a Pontevedra y esas cosas. También jugó al fútbol de salón de Atlanta, que era groso.

-¿Y vos jugabas fútbol salón?

-No, yo no.

-¿Qué fue lo más lindo que viviste en el fútbol?

-¡Qué buena pregunta! Nunca lo pensé. Tengo una cosa emocional de ir con mi hermano a la cancha. Ahora cobra otro valor porque él no está. Ahí hay algo fuerte. También en el hecho de ir con amigos. La ceremonia de ir a la cancha es hermosa. O era hermosa. Sigo yendo, pero algo cambió. Tal vez esté más viejo. Siento placer al ver partidos. Me sigue gustando. Y ahora a mi hijo, con 4 años, le empieza a dar por ese lado y me pasa algo lindo para compartir con él. ¡Cuando a mi hijo no le gustaba el fútbol me sentía solo en casa!: tengo otra hija y mi mujer. Otra cosa muy linda fue ir con mi hermano, mi sobrino y un amigo de Atlanta a ver Argentina-Suiza en el Mundial pasado. En ese partido hubo un gol épico de Di María. Sentí que mi sobrino estaba en la edad ideal para vivir ese tipo de cosas que da el fútbol. Me acuerdo de que para ir a ver ese partido un amigo, Nico, me vino a buscar a la radio. “Esto es lo único que llevo”, me dijo mientras me mostraba su camiseta de Atlanta en un Aeroparque que era el colmo de la boludez masculina. Pero bien, una gran boludez, hermosa. Llegamos de madrugada, dormimos tres horas, la pasamos bien a pesar de que el partido fue tan sufrido. Porque si perdés te vas. Me gustó compartir ese momento con ellos.

-¿El fútbol es una herramienta para acumular recuerdos?

-Es una herramienta más. Tenemos otros recuerdos de la infancia, de la adolescencia.

-Con una cancha tan bien ubicada en Buenos Aires, ¿coincidís en que Atlanta no supo aprovechar eso para crecer más?

-Es verdad: Atlanta no supo sacarle jugo a eso de tener semejante monstruo en la ciudad. Junto con la de Ferro y Vélez, debe ser la de mejor acceso: subte, bondi, tren. En un tiempo Atlanta tuvo 25 mil socios. Hoy la parte social está medio… Antes los clubes eran una herramienta social: asado, reuniones. Pero eso se terminó. Hay que aceptar que cambió. No me gusta estar tanto en la melancolía. Soy de a ratos melancólico, pero no me gusta estar todo el tiempo con eso de lo que pudo haber sido… Una vez fui con mi padrino a ver un Vélez-Atlanta y me dijo: “Acá está el ejemplo de dos clubes de barrio: el que hizo todo bien y el que hizo todo mal”. Me parece claro ese punto.

-Es un ícono del porteñismo, Atlanta.

-Pero la gente quiere salir campeón. Un muy amigo que fue dirigente una vez me dijo que “si hacés todo bien y la pelota pega en el palo y se va, te van a putear”. La corrupción molesta cuando el equipo se va a la B. Pero si ese equipo sale campeón y hay corrupción, no molesta.

-¿Algo que te moleste del fútbol de ascenso?

-Que a veces se complique para ir a la cancha por los horarios. ¿Viste que en el ascenso los partidos se juegan a las 3 de la mañana?

-¿Cuál fue tu mejor combinación de cine y fútbol?

-Tal vez en Una noche de amor, la película en la que actúo junto a Carla Peterson y en la que escribí el guión. Puse a Solita Silveyra haciendo de mi mamá. En una escena en la que llego con Carla, mi compañera, Solita dice “hay un tornado en Atlanta”. Ese es mi guiño a Atlanta. Mis amigos se dieron cuenta. A Atlanta lo llevo en la sangre.

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