Venga un abrazo fortinero

Escrita por en Notas

El martes estaba trabajando en casa, y cuando pasé por la cocina para hacer un cafecito que empuje un poco la tarde Mariana me preguntó desde su computadora, “¿Viste quién murió?”. En cuanto escuché lo del accidente de Adrián Otero me atraparon dos sensaciones simultáneas. La primera es la de siempre en estas circunstancias, la fragilidad de la vida, que con este tipo de noticias reconfirma que esto es de paso. La segunda me llevó a una tarde de 2005.

Eran tiempos del Vélez de Russo, y la fecha 15 del Clausura ratificaría, o no, si aquel equipo estaba para coronar un campeonato.

Jugábamos de visitantes contra Argentinos, y decidimos ir con mi viejo a la cancha. Yo vivía por Flores, muy cerca de Gaona. El viejo pasó por casa y fuimos hasta Boyacá y Juan Agustín García pateando.

Caminábamos mucho. Alejo ya era veterano pero estaba en forma. La pasábamos muy bien juntos y era habitual que uno de los días del fin de semana saliéramos a pasear un poco para terminar, siempre, en un bar. Un poco por que la próstata del viejo ya no daba larga autonomía, pero por sobre todas las cosas porque lo disfrutábamos.

Elegíamos mesas cerca de las ventanas. El programa era simple: picar algo y mirar la vida, no teníamos charlas sesudas. Leyendo más tarde algunos libros de género pude encuadrar aquellas cosas como una típica “comunicación masculina”: no hay un profuso intercambio de datos, la cosa va más por la cercanía física y un ritual compartido (que puede tomar la forma de fútbol, pesca o asados). La nuestra, si bien variaba, tenía dos factores comunes: Vélez y un bar. Además, si no íbamos a la cancha, en esa etapa de fútbol codificado las dos pasiones se unían naturalmente.

Habíamos aprendido que esas instancias eran las más desafiantes para los hinchas de los equipos chicos, que en las pizzerías éramos más visitantes que los uruguayos en la final del Mundial del 50. A veces, la cosa se picaba un poco. Recuerdo un Boca-Vélez que me dejó (solo por querer separar) el moretón más grande y oscuro que vi en la vida.

Había que marcarlo de cerca al viejo. Criado en tiempos civilizados, tenía la chacota siempre a mano; nunca en afán de incomodar era su estrategia de entrada, sus cartas credenciales. Pero el horno nunca estaba para bollos en esos años. Era, como la velocidad de la gente por las veredas, una de las señales del paso del tiempo que lo estaba dejando cada vez más seguido en off side.

Cuando llegamos al Diego Armando Maradona descubrimos que no se podrían sacar en el estadio generales visitantes. Nuestra gente llegaba con los micros o con su entrada desde Liniers. Como no nos daba para comprar plateas –un jubilado de la mínima y un ratón económicamente activo- decidimos ver el partido en la cabecera del Bicho. En el rincón de Gavilán disfrutamos, secretamente, un 3 a 0 que nos instalaba como candidatos serios. Eran épocas de la novedad delantera de Castromán, que abrió con un penal la cuenta que cerró el Tano Gracián con un golazo.

Volvimos, felices, a pie. Hicimos la posta en una pizzería de Bolivia y Gaona repleta de nuestra hinchada. Ajustados en una mesita, descubro una cara conocida en el fondo del local estrecho y alargado.

-Viejo, mirá quien está.
-¿Dónde?
-Ahí atrás.
-¿Quién?
-Otero, el de La Blusera, el de Vélez.
-¡Uh! Voy a saludarlo.
-No, pará, no jodas – le dije. El clima era muy festivo, tal vez a esa altura ya había algunas cervezas de más, y tuve miedo de que la diferencia de edades y códigos –que suponía- generaran una situación incómoda: temía que lo bardearan un poco y le lastimaran el corazón dulce-. Quedate acá, papá.
-Voy.

Fue, por supuesto. Ya le conocía el “protocolo” con los famosos. Como era un cholulo sin mucha información, su secuencia laudatoria no podía ser precisa y tomaba, con muy pocas variantes, esta forma: “¡Genio, ge ni o! Déjame saludarte, vos sos, mirá, lo más grande que hay”.

Me quedé mirando, de lejos, la situación. Me pareció reconocer en el grupo de Adrián a otro de los integrantes de Memphis, un canoso de barba que tocaba el saxo. Estaba listo para ir al rescate ante el menor indicio.

Mis infundados temores quedaron en desuso rápidamente. Un minuto después de la irrupción del viejo la charla de todos, y sobre todo entre ellos dos, era animada y amistosa. Quien los hubiera visto entonces habría imaginado que el viejo había llegado con esa gente.

La sorpresa creció cuando Adrián, con gestos ampulosos, grandilocuentes –como todo en esa tarde- comenzó a llamarme. Se ve que ahora que eran amigos, Alejo quería presentarle al hijo. Me acerqué con timidez mal disimulada. “Chocá esos cinco, velezano”, saludó Adrián, animado, feliz, campeón.

A eso le siguió una charlita de hinchas satisfechos: subjetiva, exagerada y parcial. Cuando nos retirábamos, el vozarrón ronco, blusero, exclamó: “Venga un abrazo fortinero”. Y se despidieron así, como dos viejos amigos, compañeros de andanzas y correrías.

Una vez escuché un paralelo que prefiero no creer. Decía que la muerte era como cuando se nos cierra, sin querer, la puerta del departamento. Nos deja en un pasillo largo y oscuro, en ropa interior, con las bolsas de basura en la mano. Elijo otra imagen, en línea mis gustos terrenales.

Mi viejo se fue del barrio el año pasado. Apenas supe lo del accidente de Adrián mi fantasía fue que en estos días aquel abrazo se repitió en otro bar. En esta nueva ocasión, era mi papá el habitué y al ver al recién llegado, todavía algo atribulado por la conmoción, le dio una bienvenida cálida y sincera: “Venga un abrazo fortinero”.

Por Alejandro Perandones

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