ITAL PARK

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini

Quinto año tenía el sabor de las despedidas. Ya desde el primer día de clases sabíamos que ese era el último tramo antes del mundo adulto. Poco nos importaba estudiar y menos la universidad. Sólo pensábamos en el viaje a Bariloche y las salidas del fin de semana. Algunos no teníamos ni idea de qué carrera universitaria seguiríamos. Si es que decidíamos seguir. Una de las cosas que más nos gustaban -hablo de año 1989- era ir al Ital Park. Aprovechábamos que se pagaba un pasaporte más o menos accesible que nos permitía subir a todos los juegos. Incluía el prefrido: El laberinto del terror, donde unos tipos disfrazados te esperaban en pasillos oscuros y se aparecían de la nada para asustarte. Era lo más parecido a un Disney, casi inalcanzable para nuestras familias.

Me acuerdo especialmente de un fin de semana de otoño que lo empezamos un sábado a la tarde en el Ital Park y lo terminamos el domingo a eso de las 7 de la mañana jugando al pool en el bar Los 36 billares. Éramos menores de edad y nos significaba un gran descubrimiento que el nuevo día nos encontrase rodeados de viejos tangueros. A Los 36 billares habíamos llegado en plena madrugada caminando desde Libertador y Callao. En ese camino, cuando estábamos por Avenida de Mayo, a la altura del cine Lara, donde durante once años pasaron la película de Led Zeppelin La canción es la misma, nos detuvo la policía. Nos hicieron parar contra una pared, pidieron documentos, amagaron detenernos y se divirtieron bastante con nosotros, adolescentes de 17 años con poca calle y mucho miedo de terminar presos. Si lo recuerdo es porque ese domingo Independiente, que le peleaba el torneo a Boca, tenía que ir a jugarle la Bombonera. En mi casa había una enorme expectativa por aquel partido.

Aquellos días hoy los identifico con el sabor de esa melancolía que viene de a poco; esa especie de melancolía que se anuncia como el final de algo. En este caso el fin de mi asistencia al colegio al que fui toda mi vida y el paso a nuevas obligaciones. No volví a pensar en esos tiempos hasta que hace unos meses devoré el que para mí será uno de los libros más entretenidos del año. Me refiero a Ital Park, de Mariano Favier, publicado por editorial Marciana.

Jamás se me había ocurrido que desde la ficción alguien podía describir con tanta realidad aquel parque de diversiones. Un año después de aquella salida con amigos, el 29 de julio de 1990, murió una chica tras desprenderse uno de los coches de un juego que se llamaba MatternHorn. El parque no volvió a abrir. Ahora hay una plaza.

“Durante dos años interpreté a un ser de ultratumba en el Laberinto del terror. Mi uniforme consistía en un pantalón Pampero, remera negra manga larga, pasamontañas o máscara”, arranca el relato de Favier, en la piel de un ex empleado del parque de diversiones. ¡Y es tal cual! Veinticinco años más tarde aquello resulta ingenuo. Pero esa carpa gigante era un verdadero viaje al miedo. “Lo que queda es la inocencia y la fantasía. La gente que llegaba de todas partes. Las historias que inventábamos para divertirnos. A los japoneses les decíamos que las luces del Puente Avellaneda eran las de la costa de Montevideo. A los brasileños les hacíamos creer que el que había diseñado el parque era uno de los ingenieros que había construido Disneylandia. Que la semana pasada había estado por tocar Phil Collins pero una gripe lo había hecho suspender y entonces tuvieron que llamar a Lerner. Que había un proyecto para transformar los bichos y que anduvieran a energía solar. Que los visitantes cuyas entradas tenían un número de serie capicúa se convertían en invitados gratis de por vida. Todavía hay gente que conserva esas entradas y me pregunta si les hubieran servido. Y yo me los quedo mirando y sonrío: hay que mantener viva la magia”, se lee.

Lo que sigue es un desfile de testimonios, personajes queribles y hechos hilarantes que logran mantener viva la magia del Ital Park. Favier describe cómo era el trasfondo del parque a través de las tareas del equipo de mantenimiento. Aparece un pibe que se considera el modelo más lindo del mundo y una madre que no quiere dar el brazo a torcer en su demanda irrisoria porque a su hijo no le dieron un premio. Y así, más y más personajes.

Ital Park va y viene en el tiempo. En una de esas idas recuerda que algunos juegos están dispersos tras su cierre. Seis o siete, se lee, fueron a parar a un parque de Luján.: “Un Mickey triste da la bienvenida y señala los precios desde un letrero. Cumbia a todo lo que da”. Los restos de otro juego están en una casa en Villa Luro y alguien se empeña en recuperarlo.

Favier da cuenta de un registro de fallas de los juegos y de un cuarto al que iban a parar los elementos perdidos del público. Por ejemplo, “una muñeca Yoli Bel, que llora al apretarle el estómago”. Fue encontrada “en el banco de plaza del acceso al sector 2 de juegos” y su destino es que “permanezca en recepción por tiempo indeterminado”.

No faltan la menciones al legendario Pumper Nic (para los que no saben, era un McDonalds de entonces). Hasta aparecen Los abuelos de la nada, banda de gran convocatoria. “La gente los saludaba y les pedía autógrafos. Le pregunté a un chico quiénes eran y me contestó, entre burlón y escéptico: ‘Miguel y Cachorro’. Me pareció un buen nombre para un dúo de humoristas o títeres”, se recuerda acerca de una de las tantas convulsionadas tardes-noches del Ital Park.

Más allá del recuerdo, en Libertador y Callao no hay rastros de aquellos juegos. Allí, tras su clausura, iba a levantarse un hotel. Pero desde 1998 está el Parque Thays.

Aquel domingo de abril del 89 Independiente le ganó 2 a 1 a Boca en La Bombonera. En la anteúltima fecha, en cancha de Ferro, el Rojo le ganó a Deportivo Armenio y fue campeón. Yo estaba ahí.

Al año siguiente, el Ital Park cerraría sus puertas. Y un año después Ricardo Bochini, lesionado, jugaría su último partido. A mis amigos del colegio los seguí viendo un tiempo más. Uno me contactó, no hace mucho, para que me sume al reencuentro. Una especie de grupo de autoayuda para intentar un imposible: detener al tiempo o aferrarse al pasado. Hay cosas que no tienen sentido. De todo eso me acordé mientras leía las páginas de un libro que reflejó parte de mi historia y mi generación. Se llama Ital Park. No se lo pierdan.

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