UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.- Una buena canción sobre la amistad podría ser Adiós, amigos, adiós, de Andrés Calamaro. Está en su mejor disco, Nadie sale vivo de aquí, con el que despidió los años 80 y se despidió, además, de una Argentina que no le daba pelota. Se fue a España, armó Los Rodríguez y volvió con la frente en alto en los 90. Aquel disco es de 1989, año en que yo terminaba la escuela secundaria. Recuerdo que mi canción del viaje a Bariloche fue Ni hablar, tema de difusión con el que abría el Lado B. Adiós, amigos, adiós cerraba el Lado A. Era una canción de borracheras, acorde a los tiempos de una adolescencia como la nuestra, testigos de la explosión del rock nacional. Soy de los que crecieron con Serú Girán, el mejor García, Soda Stereo, Zas, Virus, Sumo y Los abuelos de la nada, entre otras bandas. Padecimos el miedo a la dictadura, sufrimos con Malvinas y celebramos a Alfonsín y al mejor Maradona.

Con la voz pastosa, como patinada (tal vez al grabarla Calamaro estaba borracho de verdad), la canción invitaba a la esperanza del nuevo día. Aquella esperanza que sigue al descontrol que terminó. Con mis amigos del barrio, en Liniers, nos identificaba aquello de “esta vez soy yo / que se queda en silencio y en soledad” y que “no importa pues sé que la noche / no tiene principio ni tiene final”. Nos pasaba eso que decía Calamaro: “La fiesta ya terminó / adiós, amigos, adiós / déjenme solo / que alguien seguro compartirá el ultimo trago”.

1989 fue un año que tuvo sus cosas buenas porque no sólo terminaba el colegio, sino que Independiente había sido campeón. No sabía aún qué carrera universitaria o terciaria seguiría porque tenía que rendir casi 15 materias entre diciembre y marzo. Recién logré el título secundario en abril, cuando aprobé Filosofía. Me seguí viendo apenas con un puñado de compañeros pero no establecimos una amistad duradera, así que en poco tiempo más, si te he visto no me acuerdo. Mis amigos eran los del edificio. Todavía nos vemos, más viejos, separados algunos, padres otros, con primera novia en un caso, con segunda esposa en otros. Pero amigos.

A veces me encuentro con Alejandro Castelao. Vivía en la casa de arriba de la mía, en un edificio en Mataderos. Su mamá sigue ahí. Yo no puedo ni quiero volver al barrio. Alejandro fue el primer amigo que tuve. Un sábado a la tarde de esos de siesta barrial, a nuestros 7 u 8 años, creo, le desinflamos la rueda trasera al taxi de un vecino. Nos turnamos para poner el dedo en la válvula. Era felicidad pura ver cómo bajaba lenta pero sin pausas la rueda. Nos miramos, sonreímos y seguimos desinflando. Le dimos hasta que quedó bien chata contra el pavimento. En el momento en que terminamos nuestra obra de arte percibimos la sombra del dueño del coche, un tipo bigotudo y altísimo que nos conocía y que además era policía. Se apareció de la nada y lanzó una puteada. No necesitamos decirnos nada para salir disparados de ahí. Corrimos hacia la misma esquina. Nos detuvimos al asegurarnos de que no nos seguía: se habría quedado viendo lo de la rueda. No olvido la manera en que nos miramos. Cómo si con los ojos dijésemos «estamos a salvo, amigo». Me recuerda a una frase de Dolina que leí en su Libro del fantasma: «A veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa ‘atención, muchachos, que no me he olvidado de nada'».

El periodismo me dio tantísimos amigos. La lista, lejos de terminarse, aumenta. Uno de ellos, Pedro Fermanelli, esta semana presentó su libro, La final bastarda, que escribió junto al colega Marcelo Benini. Fueron tres años de laburo, más de 120 entrevistas. Lo publicaron de manera independiente. Pusieron una fortuna de sus bolsillos. “Compren libros”, pidió mi amigo durante la presentación. “No importa que sea el que escribimos nosotros. Compren el libro que sea, pero apoyen a la cultura”, dijo. También por eso es mi amigo.

Y porque una noche de julio de 2014, cuando los dos acabábamos de ser padres, vino con su esposa y su hijo Matías a cenar a mi casa. Hacía un frío del demonio cuando, ya bastante tomados y de madrugada, nos fuimos al balcón y nos sentamos a fumar porro. Nos quedamos fumando, chupando frío y sin hablar. Ahí recordé una vez más aquella vieja canción de Calamaro que hablaba del silencio y de que siempre hay un amigo con el que compartir el último trago.