LA NAVIDAD EN QUE CASI MATO A MI ABUELO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Mi abuelo se llamaba Gregorio pero, como en mi familia siempre fuimos originales, le decíamos Gorio. Fue una de las personas que más quise pero nunca se lo dije. Su muerte me agarró en la adolescencia, cuando uno es más reacio a expresar sentimientos. Así que lo despedí en silencio y con mucho dolor una tarde de calor insoportable en el cementerio de Avellaneda. En realidad, el dolor se debía bastante a la pena que sentía y otro poco a cómo me había quedado la espalda tras ayudar a llevar el pesadísimo cajón: el abuelo Gorio era demasiado gordo. Además de sedentario y protestón.

Fue el primer hincha de Vélez que conocí. Siempre me preguntaba qué hacía un velezano en el barrio de Belgrano, donde vivía en una vieja casona, de esas que ya casi no quedan. Una vez le pregunté por qué ése era su equipo y me contó que había vivido cerca de donde estaba el viejo Fortín, en la calle Guardia Nacional, y entonces se le dio por ahí.

Vivía con mi abuela Pepa, una persona genial que aguantaba y aguantaba sus protestas. Hasta que de vez de en cuando no lo soportaba más y también explotaba y le gritaba. Entonces mi abuelo callaba y seguía haciendo las palabras cruzadas del diario. Conservo un recuerdo imborrable de ese hábito. Pasaba casi todo el día sentado en la cabecera de una mesa enorme que daba al ventanal que comunicaba con un patio hermoso, lleno de plantas, que la abuela Pepa cuidaba con un amor tremendo. Cuando no estaba en esa actividad, había tres posibilidades: o estaba durmiendo la siesta, o salía a la vereda a tomar mate (a la tardecita, en tiempos en que eso se acostumbraba) o se encerraba en un taller lleno de herramientas en el que nunca supe qué hacía. Después hubo una cuarta alternativa. Fue cuando empezó a trabajar de playero en Selquet, una confitería lujosa que habían abierto a la vuelta de la casa, en Pampa y Figueroa Alcorta. Era un lugar carísimo al que asistían los ricos y famosos de principios de los 80. Entre ellos, Ubaldo Matildo Fillol, para mí el mejor arquero de la historia argentina. Mi abuelo lo odiaba porque era el único que no le daba propina cuando se iba en su auto último modelo. Sin embargo, y a pesar del Pato, juntaba unos pesos que ayudaban, y mucho, en la economía.

Los domingos ponía radio Rivadavia y no se despegaba de ella. Se sentaba con las palabras cruzadas y el diario Crónica. Cada vez que el comentarista de José María Muñoz gritaba “hay un gol”, él paraba las antenas, tomaba su Bic azul y se preparaba para anotar qué equipo había convertido y quién era el autor. “¡Gol de Ferro! ¡Márcico! Ferro 1 – San Lorenzo 0”, continuaba, por ejemplo, y mi abuelo marcaba una rayita por cada gol al lado del nombre del equipo, en el diario. Ése era su entretenimiento hasta que se jugaba el último partido de la fecha. Cuando terminaba, se levantaba con sus muchísimos kilos de más a encender la tele y se enganchaba con algún programa de época.

Lo mejor que le pasó por aquellos años fue comprarse un televisor a color y con control remoto. ¡Qué alegría tenía! Cuando descubrió que podía cambiar el canal desde la mesa no se levantó más que para ir a dormir o a tomar mate a la vereda. El fútbol y Vélez pasaron a un segundo plano y hasta se volvió menos protestón porque la vida estaba ahí, a unos metros, sin tener que moverse. Un botoncito y lo tenía a Olmedo. Otro, y aparecía Soldán con sus tangos o con Feliz Domingo. Otro movimiento, apenas perceptible, y veía a Berugo Carámbula en Comicolor o Hiperhumor. Los domingos a la noche, Todos los Goles, por Canal 9, era la panacea para ver lo que ya le había contado el Gordo Muñoz.

Mi mamá y mis tíos los visitaban seguido, con todos los familiares: esposos, primos, nietos. Mi papá solía cargarlo porque entonces Vélez no le ganaba a nadie e Independiente era una máquina. A mi abuelo le sobraba la voz pero le faltaban argumentos. Siempre perdía y supongo que se la aguantaba para no pelearse en serio con él y terminar con la armonía familiar. Hoy, con el paso de los años, entiendo que como no le gustaba perder a nada se habrá ido aguantando esas burlas pero con el normal deseo de la venganza, que es un plato que se come frío, pero que se come. Y cuando se trata de cuestiones futboleras, se disfruta o se sufre mucho más.

Así que una noche de Navidad descargó todas las puteadas que acumuló en la garganta durante tantos campeonatos. Para hacerlo, yo, un boludón de 7 u 8 años, le di los argumentos. Fue unos minutos después de las 12. Ese momento del brindis en que todo es alegría y los parientes que se detestan se abrazan y sonríen. Los que se quieren, se emocionan y lloran. Alguien recuerda al que se murió y otro lagrimea y ya nadie detiene la tristeza. Ese instante en que todos se dan besos y brindan por la paz, el amor y la esperanza. Ese segundo en el que a los más chicos poco y nada les importa el pan dulce y la sidra sino abrir los regalos y tirar los petardos que algún adulto escondió vaya a saberse dónde. De la pirotecnia, me encantaban las ametralladoras, que consistía en una larga hileras de petardos enganchados por una mecha que hacía que sonara uno seguido del otro.

El patio de aquella casa estaba colmado. La mesa era larga y estaban mis tías, mis tíos, mis padres, mi hermana, mis primos y mis abuelos. La familia a pleno. En esas reuniones familiares la pasábamos genial. Nos encontrábamos todos. Éramos muchísimos. Ya habíamos abierto los regalos y la sobremesa era un supermercado de Mantecol, sidra, Coca Cola, cervezas, frutas secas y pedazos de pan dulce. Mi abuelo, como siempre, permanecía sentado. Tranquilo. Medio dormido. No estaba acostumbrado a quedarse despierto hasta tarde.

Así que me acerqué lentamente, sabiendo que haría aquello que no había que hacer. Pero algo me llevó a hacerlo igual. Observé al abuelo Gorio con los ojos cerrados y su paquete de 43/70 sobre la mesa. Un pedazo de pan dulce quedaba apretado entre sus dedos y una copa de sidra en la otra mano. Dos de mis primos me acompañaban con la mirada, a mis espaldas, como cómplices del mal. Los adultos estaban en otra. Ninguno se había dado cuenta de lo que iba a ocurrir. Sólo se escuchaba el murmullo post medianoche. En la calle, algún que otro petardo perdido. En el patio, yo avanzaba y saqué un fósforo de la caja, lo encendí y le acerqué la mecha. Cuando tomó la llama de aquella ametralladora la coloqué debajo de su silla y me di vuelta a toda prisa. No bien empecé a correr escuché a mis espaldas la primera explosión. Antes de que se apagara el ruido sonó la segunda, y la tercera, y así. Fueron cinco o seis segundos eternos de explosiones encadenadas. Mis primos y yo reíamos y al darnos vuelta vimos las caras de todos, asustadísimos, mirando a mi abuelo que, por primera vez en mucho tiempo, dejaba su sedentarismo y saltaba de su silla con un movimiento dentro de todo rápido. Bastante para alguien que no acostumbraba a moverse demasiado y que además pesaba como 150 kilos o más.

Nos miramos y supe al instante que me había mandado una cagada enorme. Mi sonrisa desapareció y mi abuelo me lanzó con toda la furia del mundo una banda de puteadas que hasta entonces yo desconocía. Quise desaparecer. Mi papá y el abuelo Gorio empezaron a gritarse. Los demás seguían callados. Sólo se escuchaban los gritos, cada vez más alto, de ellos. Ida y vuelta. Después supe que algunos temían que le fallara el corazón ante el susto que se había llevado en medio de su descanso.

“¿Y sabés qué? ¿Sabés qué?”, levantaba la voz mi abuelo mientras se tocaba el culo y miraba a mi viejo, que tampoco le sacaba la mirada. Respiraba hondo, el abuelo Gorio, hasta que pudo soltar la bronca acumulada por años y le gritó: “¡Metéte todos los campeonatos de Independiente en el orto!”.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page