UNA HISTORIA DETRÁS DE UN RIVER-BOCA

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.
Cada vez que se juega un River-Boca me acuerdo de uno de hace 10 años en el Monumental que terminó 1 a 1. River aún no había descendido ni nadie imaginaba que alguna vez se disputaría la final de un superclásico por Copa Libertadores en Madrid. El superclásico del que hablo se jugó el 25 de octubre de 2009 y Gallardo hizo el primer gol, Abbondanzieri le atajó un penal al Burrito Ortega y Palermo lo empató. Esa tarde Riquelme la rompió y yo fui al Monumental a escribir sobre eso para Infobae, donde trabajaba como periodista.

Aquel 25 de octubre me resultó particular porque después del partido me encontré con Marian, a quien había conocido 24 horas antes. Ese domingo a la noche Marian se quedó a dormir en mi casa de soltero y a la mañana siguiente, cuando fui a Infobae, donde entraba a las 6 de la mañana, le dejé un juego de llaves para que se fuera a su trabajo cuando quisiera. Al llegar le conté a mi amigo Pedro Fermanelli que había conocido a una chica y que le había dejado las llaves de casa. “¿Y si te afana todo?”, me preguntó sorprendido, asustado. Nunca pensé que algo de eso pasara: en mi departamento de padre soltero y separado no había cosas de valor, más allá de una computadora personal. Mi ropa era vieja, yo no tenía ahorros sino deudas, casi no había muebles y no creía posible que se llevase una heladera o una cama sin levantar las sospechas de una portera que no se movía de la puerta del edificio. No había más que eso. Ya volveré a Marian.

Ahora lo que quiero contar es que me acuerdo gracias al fútbol de cada cosa que hice ese fin de semana. El escritor Nick Hornby cuenta en su Fiebre en las gradas que recuerda los momentos clave de su vida gracias al fútbol. Hincha del Arsenal inglés, sabe cómo contar en un libro y con palabras geniales lo que nos pasa a muchos gracias al fútbol. El divorcio de sus padres, el casamiento de un amigo, discusiones de alcoba y otros hechos Hornby los sostiene en tiempo y espacio gracias al Arsenal. A mí me pasa lo mismo con Independiente y la Selección. No conozco persona futbolera a la que no le ocurra algo así.

Aquel fin de semana de octubre lo había comenzado el viernes en San Isidro, donde entrevisté al regatista Julio Alsogaray. El viaje hasta el club náutico donde nos juntamos lo hice con el periodista Fernando Arauz. Fuimos en una 4 x 4 Mercedes Benz, negra, cero kilómetro, hermosa, que le habían dado para que probase. En esos tiempos, además de trabajar juntos en Infobae, él se dedicaba a probar coches de alta gama. Era un placer viajar en aquel cuasi avión. Como estábamos a fin de mes y no teníamos un peso partido al medio, hablábamos de lo contradictorio de ir en semejante auto. Si alguien nos secuestraba, especulábamos, no nos iban a creer que teníamos apenas unos 20 pesos de ahora y que éramos dos ratas subidas a un coche de lujo que no era nuestro. A la vuelta, Arauz me llevó hasta Infobae, donde tenía que retirar la computadora del trabajo para llevar al Monumental. Cuando fue a estacionar en doble mano, y bajo una lluvia tremenda, los de seguridad se nos acercaron y corrieron los conos para que estacionemos donde únicamente estacionaban Daniel Hadad y otros privilegiados. Creerían que en esa 4 x 4 viajaría el mismísimo Hadad; por eso su sorpresa al ver que bajaba yo, cansado y mojado después de que la lluvia me hubiese agarrado en San Isidro, mientras terminaba mi entrevista con Alsogaray. Esa noche me pedí una pizza y comí solo mientras veía Rosario Central-Independiente. Fue un 2 a 0 en contra: perder era ya una costumbre. También fue la noche en que Charly tocó en Vélez bajo la lluvia. Antes de irme a dormir me contacté por primera vez con Marian, a quien aún no conocía personalmente. Nos quedamos conversando hasta las 8 de la mañana del sábado.

El sábado a la tarde tomé una cerveza con otro amigo periodista y velezano, Alejandro Perandones, y nos fuimos a mi casa a ver Vélez-Newell’s. Ni me acuerdo de cómo terminó el partido. Pero no me olvido de que en el entretiempo él se quedó en el departamento en tanto yo me iba a conocer a Marian personalmente y volvería en poco tiempo, porque ella tenía que irse a un cumpleaños. Cuando volví ya había terminado el partido, pero Alejandro había pedido las empanadas que comimos con mucha cerveza mientras le contaba que me había enamorado. Estuve con Marian menos de una hora pero fue suficiente para saber que yo empezaba de nuevo. Que la vida estaba para adelante y que podía ser en compañía. Marian y yo nos habíamos besado por primera vez antes de que ella se fuese al cumpleaños y yo regresara a mi casa.

A la madrugada Perandones se fue y yo me tiré a dormir de corrido. Me levanté cerca del mediodía, agarré el auto y me fui a la cancha. Me costó concentrarme en el partido de tanto pensar en aquella chica que acababa de conocer, pero cuando se está inmerso en un River-Boca a la larga o a la corta es imposible abstraerse del clima. La situación te chupa cualquier otro pensamiento y lo único que parece existir es lo que se vive ahí. Jamás olvidaré los detalles de aquella tarde de sol con las hinchadas alentando sin parar. Unos cantaban que la cancha -ésa cancha- parecía una heladera; los otros, heridos, devolvían con la xenofobia.

El partido había sido bastante malo, como suelen ser los River-Boca. Porque mayormente el espectáculo de los superclásicos está en las tribunas. Aunque cada tanto un panadero apunta con un gas a los rivales o unos barras tiran piedras al micro de los jugadores contrarios y todo se va al demonio. O a Madrid. Hay determinados partidos que no deberían jugarse sin visitantes. River-Boca, Independiente-Racing, Estudiantes-Gimnasia o Central-Newell’s son apenas ejemplos de que el fútbol es también la fiesta en las tribunas. Las autoridades deberían ser competentes para cuidar el show.

River -dirigido por Astrada- no venía bien. Estaba en el peor momento de la gestión de Aguilar, Los borrachos del tablón copaban las noticias policiales y el Ogro Fabbiani era el jugador llamado a revolucionar a una institución en caída libre hacia el impensado descenso. A Boca lo dirigía Basile y Riquelme era su figura. Pero además, Boca hizo valer su condición de visitante: sin miedo a perder, se quitó la presión que sí tuvo River. De ese partido no me olvido más.

Y tampoco me olvido de ese partido por otra cuestión: acá es cuando vuelvo a Marian, que no se llevó nada sino que con los días dejó algunas pocas cosas. El lunes antes del anochecer, Marian volvió a casa después de su trabajo. El martes hizo lo mismo y también el miércoles y el jueves y así. Poco después me acompañó a la cancha a ver a Independiente en Avellaneda. Así conoció el Libertadores de América. Le ganamos a Banfield y nos abrazamos cuando hicimos un gol. Nos mudamos juntos, cambiamos de empleos, ella se hizo del Rojo y dos años después nos casamos: pensé que no lo intentaría de nuevo pero sí. Fermanelli, el que se preocupaba por mis cosas, fue testigo de ese casamiento en el que estrenó una novia que hoy es la madre de sus dos hijos. Son una familia feliz aunque no perfecta: son hinchas de Huracán.

Hubo algo más; algo que puedo ver ahora mismo, mientras escribo éste recuerdo del Boca-River porque el domingo que viene vuelven a enfrentarse. Lo que veo es a Malena, que tiene 5 años y dibuja en la mesa, frente a mí: Malena es el resultado más hermoso de estos casi diez años con Marian, que por suerte se quedó. Por supuesto, Malena es de Independiente.