TODOS CONOCEMOS A UNO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Una emoción que ni te cuento, me dice Mirila, de 76 años, cuando le pregunto qué siente. Falta poco para que termine el partido de Boca, que a esa altura a nadie le importa. La cosa está en otro lado. En las tribunas. Los relatores inventan palabras para hacer más emotivo lo que ya es emotivo. No hay caso. Para estas cosas no hay como Víctor Hugo. Hay un momento en que el juego es lo de menos. Suele suceder cuando faltan cinco o diez minutos y la suerte está echada. Me pasó cuando perdíamos con San Lorenzo y el descenso era una certeza, en 2013. “La nostalgia aquí otra vez”, cantaba Charly García. Sucede también a la inversa: cuando el equipo de uno está por salir campeón. Ahí empiezan los sentimentalismos. Uno se acuerda del padre que no está, del hijo que festeja o se entristece pero que en la sangre lleva los mismo colores. Se recuerdan otros momentos vividos gracias a la pelota y se celebra lo que se viene, si se es campeón, o se baja la guardia a la espera de un futuro mejor, si se perdió.

“Una de las razones por las cuales es imperante ser campeón y no segundo, más allá de la gloria, del orgullo y de la guita, es ‘mi siguiente mes’. ¿Qué va a pasar en los siguientes 30 días? Tanto para el jugador como para el hincha. Gritamos un gol en una final de Mundial y Copa América con tanta fuerza y nos ponemos tan pasionales porque queremos que el siguiente mes sea copado y no un mes bajón. En lo primero que pensó Pipita al errar el penal en la final contra Chile es ‘¡qué mes de mierda voy a tener cuando vaya a bailar a Ibiza!’. ¿O pensás que no lo sabe? Le pasó a él y seguro también a Palacio, y le seguirá pasando toda su vida después del Mundial 2014. También a Messi y a todos. No hace falta que se lo diga un descerebrado a la salida de un boliche. Se lo dice el panadero con la mirada, sin insultarlo, o un taxista cuando se sube al auto. Una de las razones por las que queríamos ganarle a Chile no era sólo la Copa América en sí, sino porque no íbamos a soportar a un chileno el siguiente año. Ahora ir a Chile es más complicado que antes. Irse de vacaciones allá es una garcha porque sabés que te va a pasar eso. Lo mismo que le pasa a un brasileño en Berlín, porque los reciben con los deditos haciendo el siete y es feo, es choto. O sea, lo importante es con qué alegría vas a pasar el mes que sigue”, me dijo Hernán Casciari en una entrevista que le hice hace muy poco para la revista El Gráfico. 

Mirila no para de reírse. “Estoy feliz”, me agrega. Boca y Federer significan un montón para ella. Por el suizo es capaz de levantarse a las 5 de la mañana para verlo por tevé o acostarse de madrugada. Si juega con Del Potro, hincha por Federer. O al menos duda por quién iría. Por Boca la cosa es distinta. Cuando enviudó, allá por los 80, agarró a sus tres hijos y los empezó a llevar a la cancha. Obviamente, a ver a Boca. Tiene dos varones y una mujer. Gustavo y Pancho ahora miran los partidos por la tele con ella; es una cábala que implica el mate y sentarse siempre en el mismo lugar. Aunque los resultados no se den, la repiten. Hay cosas que no tienen explicación. Desde hace unos seis años, Mirila es mi suegra: Marian, su hija, es mi esposa.

Estoy contento por Mirila. Nunca me había pasado algo así con Boca. Simplemente porque crecí odiando a ese equipo y a River. Ni ahí sentía tanta cosa contra Racing, por ejemplo. Pertenezco a una generación que se dividió, en materia futbolera, en dos: los que hinchan por su equipo y los que odian a Boca y River. Los medios de comunicación fomentaron eso. Hablaban de lo mismo: de ellos. Si el título era de Estudiantes, por ejemplo, la tapa era “el mal año de Boca y River”. El Gráfico había mandado su prestigio al demonio a cambio de poner en sus tapas ochentosas a gallinas y bosteros. Gabriela Sabatini y muchos más eran relegados por esos dos equipos. ¿Cómo no odiarlos? ¿Cómo no sentir que usurpaban lo que por derecho propio le correspondía a otros? Entonces, cuando jugábamos con ellos, lo más importante era ganarles. De cualquier manera. No sólo en la cancha, sino después, al ver a los amigos de Boca o River para cargarlos. O simplemente mirarlos a la cara y no decirles nada. Que el silencio hable. Que supieran que el equipo de uno les había ganado. Me encantaba esa humillación silenciosa que con los años se evaparó.

Recuerdo el torneo del 81, en el que el Boca de Maradona le ganó por un suspiro al Ferro de Griguol. Medio país estaba con los de Marzolini; la otra mitad con el humilde de Caballito.

¿Cómo no odiarlos si en el 88 Pastoriza y Marangoni se fueron de Independiente para pasarse a Boca? Uno como técnico y otro como capitán. ¡Cómo los odié el día que Bochini salió en la tapa de El Gráfico con la camiseta de Boca, después de un típico intercambio post partido! La revista había aprovechado para vender su título y dejar en puerta la duda: “Esta locura es posible”, se leía en aquel verano del 88. La rompieron. No se hablaba de otra cosa. Al final eso no ocurrió y peleamos el torneo contra Pastoriza, Marangoni y Barberón. Les ganamos por poco y celebré como nunca un 25 de mayo del 89, el día en que mi papá cumplía años y éramos campeones.

Todos conocemos un hincha de Boca. Es imposible no encontrar alguno en cualquier ámbito. En la escuela, el bostero se llamaba Diego Scaccia. Era insoportablemente fanático. No tenía otro tema de conversación más que Boca. Su habitación estaba repleta de pósters y guardaba revistas, diarios y videos por todos lados. Nunca un desodorante de ambiente: el perfume era el del papel húmedo y viejo que te mataba cuando entrabas. Terminó siendo el olor a Boca. Entre los amigos del barrio, Diego Díaz, al que mi viejo solía cargar porque los teníamos de hijo. En la familia, mis primos. Entre ellos, Sebastián. En el instituto de periodismo se reproducían como hongos, como solía decir mi papá cuando justificaba su bronca anti-bostera: “¡Se reproducen como hongos! ¡Están por todos lados!”, se quejaba. En Crónica más que periodistas había hinchas. Alguno hasta era dirigente. Tarde comprendí que había que resignarse: los de Boca son la mitad más uno, no más.

“La bostería es lo que quedó con los años. No es un engaña pichanga. Aún hoy en día con mis hijos me une la bostería. Incluso cuando no tenemos los mismos criterios. Eso lo da el fútbol. En otras cosas, lo dará otra cosa. Son gestos de acercamiento. Cada uno se acerca al otro o a los otros como puede. Elegir espacios para compartir es una muestra de afecto”, me dice el escritor y periodista Juan Sasturain en La Palabra Hecha Pelota al hablar del sentimiento por Boca. Y agrega: “Del fútbol no te curás nunca. Me enfermo por Boca, sí, sin dudas. No soy fanático, pero en algún sentido se puede decir que sí. No soy fanático en tanto y en cuanto creo tener una mirada que se centra en el juego y no en la pasión partidaria. El hecho de que sea hincha de un equipo significa que mirás más al tuyo que al otro. Pero eso no quiere decir que no veas si el otro juega mejor. Aunque uno quiere siempre que gane el suyo. Pero de la pasión no te curás nunca”.

“Pensé que en algún momento me curaría. Pero estás siempre pendiente. Siempre. Y otra cosa es la condición de bostería, para la que tampoco hay cura”, agrega.

También para La Palabra Hecha Pelota, la modelo y conductora Teté Coustarot hizo referencia a su condición de hincha xeneize: “La hinchada de Boca es genial, maravillosa. Me emociono cuando veo y escucho a toda la cancha cantar. O cuando va perdiendo Boca y la hinchada arranca y empieza cantar con el ‘dale, dale, dale…’. Me parece genial. Me conmueve. Es como una tirada de energía y fuerza grande, de acompañamiento. Siempre tuve ese sentimiento. Siempre me conmueve aquello que sea una manifestación popular. Me gusta. Me impresiona. Y además la hinchada de Boca tiene esa especie de coreografía”.

“Yo estoy debajo del palco en el que está Diego. No puedo verlo, pero sé que él va marcando como una coreografía hacia la derecha, hacia la izquierda. Va saludando y la gente le responde. Eso me encanta. Me fascina mirar y ver la popular con una cabecita al lado de la otra cuando todos empiezan con ‘el que no salta… ’ o las banderas cuando bajan. Es muy fuerte, un ritual que me gusta y conozco y del que sé cómo viene. Por eso me gustaba cuando Diego estaba en la cancha e iba como marcando la situación, como si fuese un director de orquesta. Saludaba a un lado y al otro y así”, se apasiona al seguir hablando del equipo de sus amores.

Ahora los noticieros no hablan de otra cosa. Los hinchas de Boca muestran su masividad: el Obelisco es de ellos por unas horas. Lo mismo el Monumento a la Bandera, en Rosario. La escena se repite en todo el país. No puedo ni quiero dejar de pensar en Mirila, que a su envidiable optimismo le agrega más motivos, porque además esta mañana Federer le ganó a Nadal en Basilea. Se irá a dormir, como siempre, pensando en sus cinco nietos y en el sexto que viene en camino. Y en Boca, claro, que volvió a ser campeón.

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