TODO UN PALO, YA LO VES

Escrita por en Destacadas, Notas

Por Alejandro Duchini

El seleccionado argentino es una consecuencia. No podemos aislar al equipo de lo que sucede en el entorno de una AFA que hace dos años suspendía su elección presidencial por una irregularidad tremenda. Tenemos los mejores jugadores y los peores dirigentes. Los destinos de nuestro fútbol siguen en manos de grondonistas. Los torneos se definen en base a los acuerdos televisivos. Los calendarios de los campeonatos locales se emparchan en vez de programarse. La selección tuvo tres técnicos en las eliminatorias de Rusia 2018. Cada uno con su estilo. El último, Jorge Sampaoli, es más un manotazo de ahogado que un plan a largo plazo. En algún punto me recuerda a cuando en Independiente se hacían cambios a lo loco para evitar un descenso inevitable.

Sin embargo, para un importante sector de la sociedad es más fácil apuntar -y para colmo con odio- a los jugadores. Se dice que Messi es pecho frío, que no le importa el país y que no canta el Himno. Se burlan de Higuaín cuando en Italia es uno de los jugadores mejor pago y no para de hacer goles. ¡Cuántos que lo insultan envidian su vida! Del Kun Agüero no sólo se afirma que juega porque es amigo de Messi; también nos olvidamos de que la rompe en Inglaterra. Icardi debe ser el tipo que más ganas tiene de triunfar en la selección. La lista podría seguir pero creo que para el caso con estos ejemplos estamos. Es cierto que ninguno de ellos anda bien cuando se pone la celeste y blanca. Ahora, ¿su bajo rendimiento justifica el odio? ¿Tiene alguien derecho a odiar por un partido de fútbol? ¿Se puede ser tan necio como para negar que un equipo de fútbol es producto de su dirigencia?

Esta semana vi y leí cosas increíbles. Un periodista de cuarta cancherea como si fuese un relator de la popular, olvida su rol de comunicador y compara este presente magro con los mejores momentos de Maradona. Huevo, pide. Y trata poco menos que se ladrones a los jugadores del plantel actual. Hay quienes toman en solfa el tema porque creen que no está mal que un periodista se haga el hincha. No creo que todos nuestros hinchas sean así. ¿O es esa la imagen que se pretende imponer del futbolero promedio argentino?

Por las redes sociales, un tipo común -quiero creer que es una broma de alguien que inventó un audio y lo viralizó-, otro cuyo nivel intelectual parece tan bajo como el del periodista aludido, dice que hay que armar un equipo con gente de la calle. Gente que ponga, de nuevo, huevo. También circuló una foto de Maradona y compañía discutiendo en un vestuario (parece que sobre fútbol); se la contrapone con otra de los futbolistas de ahora, leyendo sus teléfonos celulares, también en un vestuario, como ajenos a todo. Pasaron veinte años entre ambos equipos. ¿Vamos a censurar que usen teléfonos? ¿Alguien puede pensar que un tipo piense menos en sus obligaciones por usar un WhatsApp? ¿Tendríamos que condenar a cada persona que en su empleo o en la calle se mensajea con otros? Me pregunto si tenemos derecho a condenar a los demás por lo que cada uno de nosotros hace a diario.

Parte del periodismo que se vio en estos días demuestra que el nivel de esta comedia está en franco descenso. El título de Clarín de este domingo es una muestra: “Las penas son de nosotros, los goles son ajenos”, en alusión a Messi y su rendimiento del fin de semana en la liga española. Sumar al mal clima y a la deformación intelectual es el camino que eligen algunos.

A fines del año pasado, Claudio Borghi sostuvo en una entrevista que “Para Argentina sería bueno no ir al Mundial y empezar de nuevo”. Esta semana, Juan Carlos Martín, el entrenador de la nadadora Delfina Pignatiello, una de las grandes promesas del deporte de nuestro país, me decía que “los argentinos nos quejamos hasta de un segundo puesto. ¡No nos conforma un segundo puesto!”. Y me ejemplificó con Julieta Lema. Me contó que a pesar de no ser primera en el Mundial le ofrecieron, desde una universidad de los Estados Unidos, que se vaya a estudiar y entrenar allá. A veces es fácil darse cuenta por qué algunos países tienen mejores resultados que el nuestro.

Uno de los mejores conceptos sobre lo que nos pasa lo encontré fuera del periodismo. El ex futbolista y escritor Kurt Lutman escribió en su muro de Facebook: “¿Por qué no gana Argentina? Por culpa nuestra. Por culpa de los que miramos. Porque le exigimos que ganen aunque no disfruten. Porque desconocemos que la mayor potencia del humano NO es bajo presión, sino en un clima de distensión. Porque desconocemos que HACER POR HACER y JUGAR POR JUGAR es la llave al infinito. Porque estamos acostumbrados que así nos traten en el laburo. Porque así nos tratamos a nosotros mismos aún cuando el patrón se fue a su casa y quedamos solos. Pero ésta es una buena noticia. Yo nunca crecí tanto como cuando me dí cuenta que la idiotez se había apoderado de mí. Pasé de ser un idiota a SABER que lo era. Al virus del capitalismo futbolero nos lo inocularon a todos. El paso del hincha al VERDUGO. Éste idiota que escribe lo tiene a nivel células y necesita darse batalla todos los días. Pero hay otra buena noticia. Somos infinitos y podemos transformarnos en lo que queramos. Aviso con tiempo que me chupa un huevo clasificar al mundial si los jugadores que me representan no disfrutan dentro de la cancha. Yo ya no quiero convertirme en patrón de nadie (lo hice durante mucho) ni exigir eficiencia, porque al que quiera exigirme lo mismo le corto las manos. Salu Messi, juegue, sólo juegue pibe…”.

Este texto de Lutman me recordó otro de Eduardo Galeano, que publicó en su brillante Días y noches de amor y de guerra y que grafica por qué algunos descargan sus frustraciones sobre los futbolistas. “El sistema que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro”.

Mientras podemos elegir qué queremos hacer o ser o decir, otros seguirán llenando horas de televisión y radio y páginas de lectura acerca de si conviene jugarle a Perú en River, en Boca o en Central. Y aunque parezca increíble, ése es un tema al que unos cuantos le dan importancia.

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