TITO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

“No te apoyes en el grabador. Escuchá siempre lo que te diga el entrevistado. Si sólo se tratara de poner un grabador y listo, para eso le pago a cualquier otro. Pero te estoy pagando a vos, que sos periodista. Así que escuchá lo que te digan y no dejes de preguntar”. Eso me lo dijo Tito Jacobson después de entregarle una nota en los tiempos en que compartimos redacción, a finales de los 90. Yo era un iniciado en Flash, una revista que había tenido su apogeo en los años 80, cuando se vendía muchísimo. Él siempre fue el director. Los buenos tiempos habían pasado. Ahora las ventas eran pocas y Héctor Ricardo García, dueño de Crónica y también de Flash, la mantenía por una cuestión sentimental. Nosotros, los periodistas, le importábamos un queso. Sólo quería conservar sus juguetes. Entre ellos, esa revista. Cada dos por tres había asambleas. Los sueldos bajos los cobrábamos en cuotas. La plata no rendía y cada día en el que llegaba a trabajar, a las 16, temía encontrarme con la noticia de que Flash había sido cerrada. Cosa que pasó, pero más adelante.

Escribo sobre Tito porque falleció el 19 de agosto del año pasado. En ese momento no supe qué escribir. Ahora tampoco.

Pero a veces las ganas pueden más.

Nos conocimos en uno de los ascensores del enorme edificio de la avenida Garay. Todavía era una zona peligrosa. Hoy es Puerto Madero y suelen andar turistas felices y sonrientes; antes no podías salir de noche porque te robaban hasta el apellido. Para llegar indemne a la parada del colectivo, sobre Paseo Colón, había que apurar el paso y rezarle a Dios y a Cristo. Aunque no creyeras. Al principio, yo trabajaba en la sección de Deportes del diario. Iba a los entrenamientos -sobre todo de Vélez e Independiente- y a la tarde escribía lo que habían dicho técnicos y jugadores. Notas que hoy parecerían un castigo, en esos tiempos eran lo máximo. Aquella redacción estaba poblada de viejos periodistas que no dejaban de fumar ni de tomar. Nosotros éramos jóvenes y queríamos en algún punto emularlos. Crónica olía a sangre, sexo y fútbol. De vez en cuando aparecía un perro verde que era tapa del matutino o un cuerpo descuartizado en un ritual satánico. Eso levantaba las ventas. Lo mismo si ganaba Boca.

Cuando Tito, fanático de Argentinos Juniors, entró al ascensor me preguntó si yo era yo. Le dije que sí y me dijo que había leído algunas de mis notas y que lo vaya a ver para colaborar también en Flash. Hasta entonces, jamás la había leído. Apenas sabía que se había agotado cuando Monzón tiró a Alicia Muñíz del balcón de una casa en Mar del Plata. Lo mismo había pasado cuando Olmedo cayó de las alturas. Pero en esos tiempos en que me ofreció empleo Tele Clic acaparaba las ventas y ya asomaban otras revistas que, más modernas, sepultarían a Flash, que atrasaba un montón. Todavía salía en blanco y negro cuando las otras eran a color y con pósters de sex symbols con poca ropa.

Lo cierto es que me integré a esa redacción primero como colaborador y después como redactor fijo. Salía a las 10 de la noche y durante seis horas Tito me mandaba a entrevistar a personajes raros. Una vez estuve aguantando el monólogo de un travesti que juraba haber enamorado a Roviralta, quien por esos días era el protagonista de un escándalo con Susana Giménez y el famoso cenicero con el que le partió la nariz. Otra tarde fui a ver un manosanta que decía que la tierra se iba a destruir en pocos días porque la luna había hecho un movimiento imperceptible que sólo él había podido descubrir. También anduve con un cura de La Plata que hacía exorcismos: a su iglesia llegaban poseídos que gritaban y puteaban mientras entre tres o cuatro personas los agarraban de todas las maneras posibles para que no se les fuera al demonio, literalmente. Cuando el fotógrafo y yo nos íbamos, a los tipos se les pasaba y eran dóciles de nuevo. Después, de regreso en la revista, antes de decir “hola” Tito preguntaba: “¿Y, cómo te fue? ¿Tenemos para una tapa?”. Esas dos preguntas y “¿en qué andás?” eran sus caballitos de batalla. Yo tenía que exagerarle demasiado para ganar una tapa. Jamás me creyó. Mis notas siempre terminaban perdidas entre el horóscopo y los chistes que no hacían gracia.

El “¿en qué andás?” era peligroso. Porque él tiraba eso sabiendo que uno estaba al pedo y entonces se corría el riesgo de que nos mandara a hacer alguna nota. No era como ahora que en una redacción uno puede disimular que escribe mientras mira porno o los goles del domingo por Internet. A fines de los 90 la web recién asomaba. La única máquina que tenía acceso era la de él. Nosotros no podíamos leer más que los cables de agencias o, directamente, las revistas y diarios en papel. Había una televisión colgada a unos dos metros de altura, pero eso significaba sacar la vista de la compu. O sea, era una señal de que se estaba al pedo.

Lo peor pasaba siempre a las 21.30. Sobre todo los viernes. Alguien lo llamaba para decirle que en un lugar determinado un famoso había hecho un escándalo y entonces el que estaba libre tenía que ir a ver qué pasaba. Una vez me mandó a “cubrir” el encuentro íntimo entre Natalia Oreiro e Iván Noble, en un bar del centro. “No lo sabe nadie, pero están ahí”, me dijo en un tono casi imperceptible, como misterioso. Cuando llegué, había seiscientos periodistas. También estaban los mozos del local y algunos comensales. Pero ni Oreiro ni Noble habían dado señales de vida. Comprendí que me mandaba para que no me quede cruzado de brazos.

Otra tarde en la que no tenía nada que hacer me hizo subir a un remís con rumbo a Telefé para conseguir una exclusiva con Marcelo Tinelli. “Fijáte si lo ves y decíle que vas de parte mía, que te dé la nota”, me dijo mientras fumaba un cigarrillo. Cuando volví con las manos vacías gruñó y no me habló por una semana. Su silencio se cortó en los pasillos, cuando, sonriendo, me disparó un “la puta que te parió… me debés a Tinelli”. Y me dio una palmada.

En esos tiempos compartí trabajos con grandes personas. Cacho Lemos fue uno de ellos. Hoy es uno de mis mejores amigos. También estaba Daniel Ambrosino, buen tipo y apasionado del chusmerío que hace más de veinte años mete cizaña entre los famosos para notas que salen en Intrusos. María Andrea Fridman era su preferida. La que le conseguía las notas de tapa. Ahora vive en Miami y muy de vez en cuando nos mandamos mails para recordar cómo nos reíamos en aquella redacción que naufragaba hacia la nada misma. Adriana Carrasco, con quien leíamos a Bukowski, Héctor Gavira, Gabriel Bencivengo, Laura Haehnell y Carlos Sciacaluga eran otros de mis compañeros.

En agosto del 2000 yo acababa de ser padre y pasó lo que tenía que pasar: cerró la revista. No se vendía nada y supongo que nosotros éramos los únicos que la leíamos. Sobre todo para que las tardes sean menos aburridas. En los últimos meses, cuando llamábamos a algún actor desocupado, cura sin Dios o un futbolista retirado para hacerle una nota, nos preguntaban “¿todavía sale Flash?”.

Apenas dejamos de trabajar, nos vimos un par de veces. Después el contacto se hizo aún más espaciado. Al momento de su muerte ya no sabíamos nada uno del otro. Me tomó por sorpresa la noticia. Quise escribir algo pero, como contaba, no me salía nada. Me hubiese gustado decirle que lo recuerdo como una de las personas que más me ayudó en esta profesión. Que nunca voy a olvidar ese gesto que tuvo cuando mi viejo se moría y había que cerrar la tapa de la revista. Aún hoy me acuerdo de sus enseñanzas. Gracias a él siempre que salgo a hacer reportajes llevo lapicera y papeles. No sea cosa que me pase lo que me pasó hace poco: el grabador dejó de andar en medio de una entrevista. Me di cuenta tarde, cuando me puse a desgrabar. Por suerte, había escuchado lo que el entrevistado de turno me dijo. Ahí, frente al sonido apagado, vacío, recordé el consejo de Tito, aquella tarde en que le entregué la nota y me dijo aquello de escuchar. Después, como siempre, cuando vio que no tenía nada que hacer, me preguntó: “¿En qué andás?”.

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