TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

Escrita por en Entrevista, Notas

Por Alejandro Duchini.

“Muchacha, ojos de papel, ¿a dónde vas? / quédate hasta el día”. Florencia Brown entonaba la canción del Flaco Spinetta al oído de su padre, internado en una clínica de La Plata. Ella tiene una voz hermosa. Es cantante y profesora de canto. “Sé que me escuchó. Nos conectamos con ésa y con otras muchas canciones”, me dice Florencia la mañana después del primer recital que dio tras la muerte del Tata Brown, emblemático jugador del fútbol argentino. A los 62 años murió el lunes pasado. Tuvo Alzheimer, una enfermedad que desgastó no sólo a él sino a sus íntimos. Con música, Florencia encontró una conexión. Me cuenta también de otras canciones y en especial de un cántico que le hizo al día siguiente de su muerte. Lo tituló Plegaria para papá. “‘Vuela vuela muy alto, papá te amo, papá por eso vuela’. Es como el permiso, la entrega de aceptar que era el momento para él de descansar en paz. Porque estoy segurísima de que es así”. Me lo hace escuchar y es imposible no emocionarse. Se sentó al piano y dejó ante el teclado todo el sentimiento que tenía.

Tal vez el mismo sentimiento heredado de su padre, quien se lastimó el hombro derecho en la final contra Alemania del Mundial de México 86 y, para no dejar la cancha, se hizo un agujero en la camiseta, metió el dedo y jugó como si lo tuviese enyesado. Un rato antes había puesto de cabeza el 1 a 0. Burruchaga haría el gol definitorio pero nadie, ni Maradona, había hecho algo tan heroico como lo del Tata. “Ni loco me sacaban”, diría después el Tata al recordar aquella final que le dio a la Argentina su segundo título del mundo.

José Luis Brown está en el corazón de todo hincha de Estudiantes. Fue uno de los símbolos de aquel equipo dirigido por Bilardo primero y Manera después que salió bicampeón en el 82-83. Siempre ante un Independiente emblemático con Bochini, Marangoni y Trossero. Pero aquel Estudiantes, minimizado por ser de Bilardo, jugaba increíble. Me lo reafirma Osvaldo Príncipi, maestro en el periodismo de boxeo y fanático Pincha. “Dista y es ajeno al Brown de la Selección nacional, que festejamos, pero ese era un producto integral y masivo. El nuestro era el zaguero de Estudiantes. Con Gette, con el Negro Agüero, con Landucci, con quien fuese. Aquel que daba precisamente sentido de huracán al Estudiantes de 57 y 1 de tablones, que nunca será olvidado jamás, porque aquel Estudiantes con Sabella de 10, paradójicamente, trazaría también una línea de tiempo para el Estudiantes campeón de América con Sabella en el banco”.

Horas después de su muerte, el periodista Ezequiel Fernández Moores escribió en su habitual columna de La Nación una nota genial en la que recordaba su relación con el Tata. Eligió para recordarlo una anécdota que compartieron gracias a unas charlas que dieron por Chile. Dice que en Temuco, mientras en la pantalla gigante y ante 200 personas pasaban el video con su gol en la final ante Alemania y la imagen de la lesión, él lo miró: “Me impresionó que tenía los ojos vidriosos. ‘Tata, estás llorando’, le dije. ‘La puta madre, esto siempre me pone así’, me contestó en voz bajita. Me conmovió ver esa cosa de lágrima silenciosa de él por lo bajo. Que se emocionaba así. Realmente me conmovió. Lo quise mucho”.

Otros periodistas tampoco escatiman elogios. Osvaldo Fanjul, de La Plata, lo recuerda con alegría. Se lo cruzó muchas veces. Hasta compartieron un partido de fútbol en el que el Tata era árbitro. “Una vez vino a jugar Maradona y el Tata cobraba todo para él”, se ríe. Luis Genín, de Diario Popular, fue compañero en la Liga de Villa General Belgrano, cercana a Ranchos, donde nació el Tata. Después uno siguió su carrera de jugador en Estudiantes y otro en Gimnasia y Esgrima La Plata. “Pero siempre que nos cruzábamos nos dábamos un abrazo”. Para Genín el fútbol se terminó antes de tiempo y se dedicó al periodismo, profesión que le permitió mantener el contacto con su amigo. La última vez que se vieron, me dice, fue en un recital de pueblo en el que se presentaba Facundo Saravia. “Como eran muy amigos, me pidió que me siente con ellos”.

Su hijo mayor, Juan Ignacio, empezó a despedirlo antes, cuando sabía que el final se avecinaba. El Día del Padre le dedicó una despedida anticipada. “Fue una manera de expresar que yo sentía que hacía un tiempo a esta parte que él que estaba ahí en la clínica y al que íbamos a ver no era papá, porque producto de su enfermedad el deterioro avanzaba cada vez más. Si bien uno lo iba a ver y compartía momentos con él, no había un ida y vuelta, no había el poder compartir algo, una charla, nada”.

“Pero lo disfruté muchísimo. Más que mi papá fue un amigo. El fútbol nos unió muchísimo. Tuve la suerte de compartir vacaciones con él en familia. Tuve la suerte de compartir un Mundial como el de Alemania 2006, que la pasamos muy lindo los dos. Fue algo que disfrutamos muchísimo. Tuve la suerte de tenerlo como técnico y que nos haya ido muy bien. Porque peleamos un campeonato con Almagro que terminó ganando Godoy Cruz, que fue el año que ascendió Godoy Cruz”, dice el ex futbolista y director técnico.

Miguel Ángel, su hermano mellizo y compinche desde siempre, me dice que se llamaban Miguelito y Tatita desde siempre. Tal el cariño que se tenían. Miguel Ángel sufrió en marzo de este año la muerte de un hijo. Ahora que se suma la de su hermano me dice: “La sigo peleando por mis otros hijos y nietos y porque amo la vida”. Y ensaya una sonrisa para sintetizar lo que era el Tata como persona: “Cuando fui el velatorio, a la sede del club, sabía que me iba a encontrar con mucha cantidad de gente, pero me quedé corto. Cuando ví la cantidad de medios de prensa y la gente que estaba en la sede me asombró, para bien, por supuesto. Y las demostraciones de afecto, de cariño, que le dieron todos. Estudiantes de La Plata como institución, los dirigentes, compañeros, ex jugadores, incluso, me enteré después, gente de Gimnasia y Esgrima La Plata, lo cual habla del tipo de persona que fue”.

Su primera esposa, Silvia Curi, madre de Juan Ignacio y de Florencia, también lo recuerda de la mejor manera. “El legado que nos deja es el de una persona humilde, trabajadora y muy muy buena gente, ante todo”. En la misma línea va Viviana Cavaliero, su actual pareja y madre de Diego, de 13 años, el tercer hijo del Tata. “Todo este afecto que le da la gente hoy es lo que su papá era, no futbolísticamente, sino humanamente. Era un gran tipo. Fue un excelente profesional que dejó la vida en cada partido. Se esforzó para llegar a donde llegó y la vida lo premió con ese gol en la final del Mundo y con haber sido campeón con Argentina. Pero él era mucho más campeón como persona que como futbolista”. No lo puede resumir mejor.