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QUINCE AÑOS DE GOLES AL ARCO

QUINCE AÑOS DE GOLES AL ARCO

Por Alejandro Duchini

De los casi cien libros publicados por Ediciones Al Arco hay uno que se me hace especial. Se titula, genialmente, Periodistas Depordivos y fue escrito por uno de nuestros mejores exponentes: Walter Vargas.

Hace unos años, cuando lo comenté en este espacio, entendí cuán importante es una editorial que demuestre que desde el deporte se hace periodismo del mejor. Destaqué entonces algunas frases de Vargas:

“Amo mi oficio y al tiempo se me vuelve claro que cada día me identifico menos con gran cantidad de cultores de mi oficio y, peor, con las derivas del oficio propiamente dicho. ¿Qué hacer con esas fuerzas predominantes que a la vez de resultarme ajenas no dejan de impregnarme, de incluirme, de determinarme? Debería asumirlas en plan de budista zen y en posición de loto contemplar el derrumbe de modos y valores en los que creí y creo con fervor?”.

“Nada más lejano a mi propósito que la fácil y gruñona coartada de vociferar que todo tiempo pasado fue mejor y amotinarme en el museo”.

“De eso está faltando. También en el periodismo futbolero. Amar lo que se hace y propagar epidemia de la buena”.

“¿Cuántos periodistas de este tiempo nos tomamos el trabajo y disfrutamos del placer de leer por fuera de la agenda deportiva?”.

“Todo lo que hay entre un salto de calidad y otro salto de calidad es trabajo de hormiga, constancia, paciencia, método, curiosidad, horas de vuelo”.

Pienso en este libro porque Ediciones Al Arco cumple quince años. Es una editorial creada por los periodistas Julio Boccalatte y Marcos Cezer, quien hace unos días, al recordar por qué surgió, me dijo que era por “las ganas de que los periodistas encuentren un lugar para ejercer periodismo”, algo cada vez más complicado en los grandes medios.

Entre las firmas que publicaron con este sello están Eduardo Galeano, Roberto Fontanarrosa, Enrique Macaya Márquez, Juan Pablo Varsky, Juan Sasturain, Gonzalo Bonadeo, Ezequiel Fernández Moores, Ángel Cappa, Alejandro Fabbri, Víctor Hugo Morales, Daniel Arcucci, Gustavo Grabia, Julio Marini, Luis Vinker, Oscar Barnade, el mencionado Walter Vargas y el gran Julio Ernesto Vila. La lista de títulos la pueden encontrar acá. Pero además, un dato a tener en cuenta es que entre los proyectos inmediatos está el de reeditar Deportes, desaparecidos y dictadura, el genial libro de Gustavo Veiga con prólogo de Ariel Scher: imprescindible para conocer qué pasó en el ambiente deportivo durante los años de plomo.

Y en el marco de esta celebración, la gente de Al Arco cuelga desde hace poco más de un mes en su cuenta de Facebook una serie de comentarios de los autores de sus libros y de sus amigos, entre quienes se encuentran Eduardo Sacheri y el gran Miguel Rep.

En la 44ta. edición de la Feria del libro de Buenos Aires, a realizarse del 26 de abril al 14 de mayo en La Rural, Al Arco contará con stand propio. Habrá invitados: jugadores, ex jugadores, dirigentes y periodistas apoyarán este emprendimiento cultural que va por los dos siglos de vida. Y ojalá siga por más.

PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

Por Alejandro Duchini

No es común que un libro se presente dos veces en casi 48 horas. Ése es un lujo que pueden darse quienes participaron en Pelota de papel (Planeta): el lunes 2 de mayo se presentó en el teatro Metropolitan y poco más de 48 horas después en la Feria del Libro. Es, casi, casi, como jugar un partido de definición del campeonato un domingo y la final de la Libertadores entre semana. En ambos encuentros hubo multitud, gente que quiso acompañar este proyecto de historias breves, dibujos hermosos y presentaciones increíbles liderado por los futbolistas Sebastián Domínguez, Agustín Lucas y Jorge Cazulo y los periodistas Ariel Scher y Juanky Jurado.

“Se abrió la puerta y entraron todos. Fue increíble. Le conté a Fernando Cavenaghi en un chat y se sumaron otros. Ariel Scher nos acercó a Mónica Santino, Sampaoli me dijo que también participaba, Cappa y Valdano me cedieron cuentos… ¡Era una locura! Cuando hablé con Ariel Scher le dije que quería un libro en el que ‘los jugadores no entren solos’ porque tenían que debutar en un terreno como el de la literatura deportiva. Entonces empecé a llamar a escritores, artistas y se fue armando”, me dice en La Rural Juanky Jurado, emocionado aún por la cantidad de gente que asistió a ver de qué se trataba Pelota de papel. Y agrega: “La literatura deportiva hoy es un género que además tiene venta y aceptación en el mundo. A la gente le encantan las historias deportivas”.

El equipo de Pelota de papel está compuesto por los escritores-futbolistas Sebastián Domínguez, Roberto Bonano, Pablo Aimar, Nicolás Burdisso, Sebastián Saja, Gustavo López, Agustín Lucas, Mónica Santino, Javier Mascherano, Jorge Bermúdez, Adrián Bianchi, Fernando Cavenaghi, Facundo Sava, Jorge Valdano, Sebastián Fernández, Jorge Cazulo, Juan Pablo Sorin, Ángel Cappa, Kurt Lutman, Juan Manuel Herbella, Nahuel Guzmán, Rubén Capria, Gustavo Lombardi y Jorge Sampaoli.

Presentan, cada uno un texto, Eduardo Sacheri, Alejandro Dolina, Verónica Brunati, Ariel Scher (quien fue el editor general de los cuentos), Norberto Verea, Juan José Panno, Julio Marini, Mario Delgado, Paula Rodríguez, Ingrid Beck, Ezequiel Fernández Moores, Diego Fucks, Débora D’Amato, Marcelo Máximo, Walter Vargas, Sebastián Wainraich, Ezequiel Scher, Rodolfo Santullo, Reynaldo Sietecase, Fermín Méndez, Daniel Arcucci, Marcelo Gantman, Pablo Paván y Nicolás Miguelez. Los dibujan Sebastián Domenech, Augusto Costhanzo, Gonzalo Rodríguez, Alejandra Lunik, Eduardo Maicas, Tute, Bruno Fossatti Iglesias, Fefo Martorell, Jorge Doneiger, Pablo Bernasconi, Max Aguirre, Fernando Ramos, Jorge Guzmán (padre de Nahuel Guzmán), Martín Tognola, El Niño Rodríguez, Sergio Langer, Diego Bonilla, Mariano Lucano, Marcos Ibarra, Paula Adamo, Decur, Flor Balestra, Bernardo Erlich y Maca.

Algunos cuentos son de ficción pura y otros, más intimistas. Pero en cada uno se nota que su autor dejó todo en la cancha. Que la buena literatura necesita del sentimiento. A Pablo Aimar, Sebastián Domenech y Ariel Scher les tocó jugar la primera pelota y lo hicieron más que bien, aludiendo a un recuerdo futbolero, El Maracaná de la calle España. Desde entonces uno, como lector, empieza a entrar en calor junto a los autores y se da cuenta de que cada relato se lee sin apelar al prejuicio típico de “¿qué puede escribir un jugador de fútbol?”. Sobre este punto, me dice Jurado: “La idea no era tener un escritor fantasma, sino que los jugadores experimenten el momento hermoso de ponerse ante la hoja en blanco. Que es el peor momento para el periodista. Un miedo parecido al de una final. Siempre hay un final y después viene otro partido. Ariel (Scher) fue un guía. ‘Escriban qué sienten. Escriban, escriban, escriban’, decía”. Y continúa: “Que un futbolista acerque la literatura a la gente es un golazo. Lo digo en el prólogo: Ojalá que un pibe llegue a una historia por un jugador que le gusta”.

“Se trata de un libro que le hace goles a muchos prejuicios. Lo segundo es que, sobre todo, es un libro de buenos cuentos: el fútbol, como casi todas las veces en las que escribimos de fútbol, es el tema, pero lo que importa es que es una colección de buenos cuentos”, me contesta Ariel Scher durante un diálogo acerca de Pelota de papel, para recordar: “Enseguida tuve fascinación con la propuesta: gente que quiere escribir, gente que quiere contar, gente que quiere ayudar, gente que quiere hacer todo eso con el fútbol. Imposible que no fuera una tentación formar parte”.

Como lector, me emocioné con varios relatos (y prólogos y dibujos). Entre ellos, el del Patrón Bermúdez (Sueño de debut es genial); la mención a Spinetta de Marcelo Máximo al presentar el cuento El mozo y el sabio, de Facundo Sava; la republicación de Creo, vieja, que tu hijo la cagó, el clásico futbolero de Jorge Valdano; la formidable ilustración que Maicas le hizo al relato de Gustavo López (¡cómo me emocionaría si alguien ilustrara así cualquier historia mía! ¡Y cómo me emocionaría, también, si me prologaran como Minxto, quien escribe ‘los jóvenes ponen la atención en dos cosas: las alineaciones completas de cualquier equipo, suplentes incluidos, y en el desesperado amor por una chica. Es decir, en el primer corazón que nace, en el primer aspirante al querer. Cuando adolescente, en el borrador de la vida, siempre se es todo’ cuando presenta Opyo, de Agustín Lucas. Y unas líneas después Lucas la rompe con sus metáforas: “…Cumbia y alcohol. Las bolas de espejos son como los ojos de las moscas. Casi con el mismo asco. Las luces se refractan hacia un mundo de sombras y humo. La gente delira, los trajes se repiten, los vestidos se escotan. La gente suda. Los vasos se rompen y Gilda revive una vez más”. Su historia es sobre el amor frustrado entre un futbolista al que le va bien y una joven uruguaya de clase alta. Pero Lucas parece más inspirado que Bochini cuando jugaba contra Boca, River o Racing y repite sus lujos de prosa al escribir también que “la buena onda y la ostentación tiran paredes por la noche. (…) Hay cada vez más muertos en el ropero, y hay noches, las más negras, en las que ahí dormimos directamente”).

¿Cómo no sentir la misma tristeza que habrá sentido Fernando Cavenaghi al escribir El loco del pueblo? ¿Cómo no maravillarse con Hola y adiós, de Cappa, o el imperdible prólogo de Paula RodríguezEl portón de Lelio, del Mago Capria, una invitación a la melancolía de aquel pibe que, igual que muchos de nosotros, jugaba a la pelota en la vereda? Pero si a esa jugada le faltaba el toque, el lujo final, ahí está Alejandra Lunik para hacer un dibujo que parece el gol que vos quieras imaginar.

Vuelvo a ver qué marqué en mi ejemplar de Pelota de papel y pienso que nadie debería dejar de leer De barrio, de Sebastián Fernández, una historia de melancolía sin golpes bajos. Hay, en todo el libro, mucho fútbol, pero no falta el misterio. Lo demuestra Juan Manuel Herbella -experimentado en esto del relato- con su La pregunta no respondida. Hay algo de humor en El coleccionista, de Nahuel Guzmán, donde describe a un arquero: “Acumulaba como doscientos goles recibidos, pero decía que sólo contaban cuarenta y tres, que de los goles feos ni se acordaba”. Hay ficción -y no la de Fariña y Lanata- en Un mundo sin fútbol, donde Gustavo Lombardi nos traslada a 450 años en el futuro.

Sebastián Wainraich la rompe con su prólogo al cuento de Juan Pablo Sorín, ¿Ese es el ‘Terror’ Gutiérrez?, cuando cuenta que “hay noches en las que pienso que salvo una pelota en la línea o que hago el gol en la final. Y, por suerte para todos, no me dediqué al fútbol. Entonces imagino qué sentirán los que sí lo hicieron y a los treinta y pico, cuando muchos estamos empezando, están terminando”. O el simple remate de cierre: “Bienvenidos los futbolistas que escriben y leen”.

Otro trío perfecto lo componen Ingrid Beck con la espectacular presentación de Tragarse la llave, Kurt Lutman con el relato -durísimo, pero con clase- y Fefo Martorell con su ilustración. Los tres la rompen, la dejan chiquita. Igual que Mónica Santino, con su historia tan personal e impecable: El gol de todas. No dejen de leerla. Y Verónica Brunati, cuando escribe que “las victorias son excepciones” y la deja picando para que se lea Barrio de fútbol, un viaje al pasado comandado por Tito Bonano: “Pero esa tarde, si bien perdí unas zapatillas, te aseguro que gané para la eternidad la gloria de los momentos más felices de mi vida”, cierra el arquero.

Pelota de papel termina con un relato íntimo de Javier Mascherano, un homenaje a Tito Vilanova que nos acerca más a esa persona que desde un banco de suplentes alentó la vida cuando asomaba la muerte.

Se entiende, mientras y al terminar la lectura del libro, por qué Juanky Jurado me dice que “el momento más lindo de la producción fue cuando llegaban las historias y cada uno entendía que debía pulirlas”.

Se viene, posiblemente, una segunda tanda de relatos, con otros protagonistas. También, las historias en formato video. Todo acompañado por la ilusión: “Ojalá que se venda, que llegue a todos lados. La idea es que la gente lea. No importa qué: puede ser esta histórica, algo de humor o ésta revista uruguaya que tenés en esta mesa, Túnel, que es hermosa. Lo importante es que te guste lo que lees, que lo leas con pasión. Hay que defender la cultura popular a muerte, siempre”, opina Jurado. Y después: “A los snobs no les hago caso. El arte es popular. La escritura tiene que ser popular. Todo tiene que ir a la pasión. La soberbia intelectual es lo que caga la literatura”.

“Sentí que se podía. Sentí que se puede”, me dice Ariel Scher cuando le pregunto qué sintió al ver impreso Pelota de papel. Se lo pregunto porque sé lo que significan los libros para él, que me contó, cuando lo entrevisté para el libro La Palabra Hecha Pelota, que en su casa, si se caía uno, lo levantaban mientras lo acariciaban. Y luego: “Es que este trabajo, puntualmente, es para mí un espacio entrañable. El espacio que merecen los sueños colectivos, el espacio que merecen los sueños colectivos que nunca dejan de ser sueños, pero, además, se vuelven más que eso”.

LA PALABRA HECHA PELOTA, SEGÚN WALTER VARGAS

LA PALABRA HECHA PELOTA, SEGÚN WALTER VARGAS

Por Walter Vargas

Alejandro Duchini consta en el mundo de los curiosos. Pero no es cualquier curioso. Nada más lejos de Duchini que portar la insaciable sed de quien acumula objetos sin ton ni son. Duchini es un curioso orientado, formado, conceptual, igual de perfilado en sus inquietudes como de advertido de las inquietudes de sus eventuales lectores. Por ejemplo, los lectores de La palabra hecha pelota, un libro que comprende 14 entrevistas a personajes de oficios variopintos que comparten un mayúsculo interés por el fútbol: Hernán Casciari, Tomás Abraham, John Carlin, Julio Frydenberg, Osvaldo Bayer, Pablo Alabarces, Teté Coustarot, Mónica Santino, Eduardo Sacheri, Ariel Scher, Juan Sasturain, La Mona Jiménez, Horacio Elizondo y Miguel Rep.

Acaso Santino sea quien tenga un menor grado de notoriedad, pero no una menor autoridad y profundidad para analizar el futbol como anclaje cultural en la Argentina en general y en particular entre las mujeres. Es una devota hincha de Vélez, fue jugadora y dirige un equipo femenino en la Villa 31. Si se la refiere es por la originalidad de sus observaciones en tiempos de un masivo acercamiento de las mujeres al corazón del fútbol mismo, indicador que también por cierto enriquece Teté Coustarot a la hora de evocar los orígenes de su devoción por Boca y una fidelidad que rechaza interferencias.

Pero cada quien alimenta un fuego que igual se vale de las respuestas y de las conjeturas que de las francas perplejidades. Alabarces, por caso, sostiene que uno de los mayores problemas que afrontan los investigadores es que nadie sabe qué es un hincha. Abraham, a su vez, postula que hay dos tipos de hinchas: “el triunfalista, que es un idiota, y el que sufre”. El periodista Carlin, un británico que vivió en Buenos Aires y hasta se hizo seguidor de Excursionistas, afirma que en ningún lugar del planeta el fútbol se vive con el fervor de la Argentina e Inglaterra. El historiador Frydenberg nos recuerda una verdad que a menudo olvidamos: que el futbol es esencialmente un fenómeno multiclasista.

¿Dónde residen los méritos de Duchini? Amén de la elección de los personajes, un vital elemento, en el clima de confianza que promueve con cada entrevistado y en el bien sazonado plato de su corpus periodístico y de su propia condición de futbolero. He ahí la fragua de un libro capaz de cumplir con lo prometido: jugar a pensar el fútbol y hacer goles de todos los colores.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

RALLY: EL PODER DEL DINERO

RALLY: EL PODER DEL DINERO

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

“Una lista negra de 64 víctimas entre pilotos, técnicos, periodistas y público”, tituló el diario La Nación una nota sobre las muertes en el Rally Dakar. Y agregó que “en sus 37 años de existencia, la competencia promedia casi 1,7 decesos por realización; desde que se corre en América del Sur, la cifra apenas desciende a 1,5”. Sobre su final, añade que “llamativamente, los competidores abarcan apenas un 40% de los fallecimientos, aunque sí componen el grupo mayoritario. Los pilotos y copilotos suman 26 de las 64 víctimas fatales de los 37 años de Dakar; las otras 38 corresponden a varios grupos: los espectadores, que fueron 13 y representan un 20%; los periodistas, que tuvieron ocho bajas (12%), los asistentes de los equipos y los organizadores, que alcanzan a tres en cada caso (casi 5%), y quienes no estaban afectados a la carrera pero murieron como consecuencia indirecta de ella (por ejemplo, en accidentes en vía pública durante tramos de enlace), que totalizan 11 (17%)”.

La semana pasada, en su muro de Facebook, la periodista Fernanda Jara subió unas fotos impresionantes que reflejan el nulo respeto por la vida ajena por parte de los organizadores. Días después, en el diario La Nación, el experimentado Pablo Vignone publicó una nota tremenda, genial, titulada La otra cara de un rally insensible y destructor. En 2009, Ezequiel Fernández Moores también advirtió sobre el tema en el mismo matutino. Su columna puede verse al final de este portal.

Las muertes en esta carrera son moneda corriente. No sorprenden. Nadie se queja. Se toman como un eslabón más en los hechos que se suceden alrededor de máquinas carísimas, anunciantes de primer nivel y pilotos casi siempre millonarios. No ocurre lo mismo con el boxeo, que, por el contrario, es sumamente criticado. ¿Por qué provoca enojos que dos tipos se peguen sobre un ring y no que se maten pilotos, mecánicos y espectadores que compiten en una carrera que, además, ha demostrado que daña el medio ambiente? ¿Por qué los que gritan a veces se callan cuando el automovilismo genera víctimas fatales?

Creo que todo pasa por lo comercial, es decir, los sponsors. Quienes apoyan al Dakar tienen intereses creados y mueven un mercado que el boxeo ni a palos, salvo en Las Vegas. Y como la prensa está encapsulada dentro de las Empresas, a estas les conviene tapar, atenuar, o justificar todo cuanto allí ocurre, que si fuera dentro del boxeo, huérfano de sponsors, de extracción pobre y marginal, lo destrozarían. Básicamente es por eso”, sintetiza Gustavo Nigrelli, a mi gusto uno de los periodistas que más conoce de pugilismo en el país.

A través de un correo electrónica, agrega: “Retóricamente te van a decir que el objetivo del rally es llegar a la meta y del boxeo es destruir, y que se premia golpear, dañar, o destruir al rival. Y no es así. Si fuera así se permitiría subir con un palo, pegar patadas, o todo tipo de golpes, y no habría zonas vedadas. Si tiro a mi rival podría seguirle pegando en el piso, mientras que la regla exige que te vayas a un rincón y le des 10 segundos para que se recupere, y sólo si lo hace puede seguir peleando, si no no. Simplemente es un deporte de contacto por excelencia, y representa lúdicamente una pelea sin armas, donde hacemos “como si” nos peleáramos, nos vamos a pegar como consecuencia de ello, tratando de no dañarnos (por eso los guantes, si no sería a puño limpio), pero en realidad no nos estamos peleando en serio, porque de lo contrario al sonar la campana la seguiríamos, y no es así. Ambos paran cada vez que hay alguna orden, cosa que jamás ocurriría en una pelea en serio. Esto último es más o menos la explicación filosófica que rebate el argumento ideológico que quieren imponer los abolicionistas, que han perdido la batalla, pero ganado la guerra, porque consiguieron demonizar al boxeo al punto de que culturalmente no sea aceptado ni apoyado por las grandes empresas”.

“A fin de cuentas, que haya muertos con o sin intención, con o sin objetivos, está pésimo igual, y es tan grave una cosa como otra. Pero en el rally muere un espectador, que no fue a competir, sino a mirar. En el boxeo, si pasa algo le pasa al que lo practica. No obstante, acá no hay un accidente fatal desde el ’69, cuando murió Paladino en el Luna Park. Hablo de Buenos Aires. Y el boxeo va a la cola de deportes riesgosos en las estadísticas, detrás de muchos. Acá murieron más futbolistas que boxeadores ejerciendo su actividad“, me suelta con el aval de los números.

“Discutamos el tema, pero discutamos sin hipocresía”, pide Walter Vargas cuando le pregunto por esta cuestión. Vargas también es especialista en boxeo. Relata peleas. Además, sabe mucho de fútbol. Es un gran periodista que acaba de publicar un libro que, por lejos, recomiendo, sobre todo para estudiantes de periodismo y hombres de prensa que necesiten enderezar el rumbo: Periodistas depordivos. Después destaca la nobleza del deporte de los puños y cita un par de frases de uno de los mejores libros de temática deportiva que existen: Del boxeo, de Joyce Carol Oates. Otro libro que no hay que perderse.

Vargas defiende al boxeo. Pero eso no le impide ejercer el análisis. “A veces, el mal de este deporte está en sus propios integrantes, como un manager que manda a pelear a un tipo o lo hace seguir cuando no puede más para sacar alguna ventaja, como dinero“, dice. “Se trata del primer deporte antropológico de la humanidad. Muchos creen que es el atletismo pero dos tipos, antes de hacer carreras, empezaron por golpearse”, sintetiza.

En lo personal, me gusta el boxeo. En conocimientos no estoy a la altura de Nigrelli ni de Vargas. Pero lo disfruto porque veo en los boxeadores cierto arte que sólo encuentro en el fútbol. También percibo emoción y respeto, dos cualidades humanas muy necesarias. Hay, sobre el ring, dos tipos que se pegan pero sólo por deporte. Después se darán un abrazo. Entiendo que en los combates hay honestidad. No me gustan, por el contrario, aquellas actividadades que, avaladas por el poder del dinero, arrasan con todo. Inclusive con la vida ajena.