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VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

Por Alejandro Duchini.- El 5 de julio de 2009 se cumplieron diez años de un partido histórico: en la última fecha del Clausura 2009, el Huracán de Ángel Cappa visitaba al Vélez de Ricardo Gareca. Con un empate, era campeón. Pero los de Liniers, y más allá de las polémicas -que las hubo-, hicieron valer su poderío y regularidad, ganaron y se quedaron con el título. Los periodistas Pedro Fermanelli y Marcelo Benini recuerdan aquella tarde en La final bastarda, un libro que publicaron de manera autónoma y en el que cuentan con detalles lo que envolvió a esos 90 minutos. Como el hecho de que el árbitro Gabriel Brazenas no volvió a dirigir. Casi una década después lo encontraron. Hubo diálogo y también una invitación a pelear. “Ya saben dónde encontrarme”, les desafió el ex juez que convalidó el gol de Maxi Moralez a los 39 minutos del segundo tiempo. Un segundo antes, el ex Huracán Joaquín Larrivey había chocado con el arquero Gastón Monzón, quien se quedó protestando la jugada, y Moralez aprovechó para convertir. Así, Vélez sumó así 40 puntos contra los 38 de Huracán y de Lanús.

El mismo Monzón, que cayó en el ostracismo, habló con Fermanelli y Benini. Al arquero aún le dura el encono por ese partido que se jugó en un Amalfitani repleto. La mayoría de los espectadores asistieron con barbijos debido a la amenaza de una epidemia de gripe. Incluso, unos cuantos espectáculos públicos habían sido suspendidos. Con historias jugosas, los autores invitan a una lectura placentera y abundante en datos: entrevistaron en los últimos tres años a los protagonistas y personajes secundarios y en algunos casos influyentes (más de 120 notas), buscaron archivos y analizaron situaciones. La final bastarda fue gestionada por ellos mismos y para adquirirlo se puede contactar a los autores a través del mail lafinalbastarda@gmail.com. Una manera concreta de apoyar al buen periodismo independiente.

Fermanelli niega ante Libros y Pelotas que el libro sea una reivindicación del juego de aquel Huracán de Cappa: “En todo caso lo reivindica el hecho de que dos personas nos hayamos puesto a investigar los detalles de aquella historia, porque convengamos que Huracán no es una fuente habitual de libros periodísticos, sobre todo si hablamos de libros no partidarios. Dicho esto, es bueno aclarar que no es una oda al Huracán de Cappa. Damos una mirada de cómo se generó aquel fenómeno, cuál fue su recorrido y cómo terminó, pero no a modo de homenaje. Las idealizaciones suelen atrofiar los sentidos. Para mi gusto, mucho más valiosos que los adjetivos rimbombantes son las descripciones, las escenas, los datos narrados y la reproducción de diálogos reales. Además, por suerte existe YouTube, que preserva cierta memoria audiovisual de aquella campaña y permite a cualquiera, desde una pantalla, disfrutar de lo que hacía aquel equipo en la cancha. ¡Y eso es más divertido que leer sobre la triangulación de Bolatti, Defederico y Pastore!”. Y agrega Benini: “Claramente no es un libro reivindicatorio de Cappa, a tal punto que su figura apenas atraviesa el relato. Lógicamente recordamos el armado y la campaña de aquel equipo, porque sería forzado omitir su significado para el fútbol argentino, pero nuestro objetivo fue otro. Simplemente buscamos responder qué ocurrió el 5 de julio de 2009 y terminamos conociendo la lógica perversa de un sistema que no tenía como eje la justicia deportiva”.

De las charlas con entrevistados, Benini recuerda un momento álgido: “Durante algunos meses mantuve contacto con Brazenas, pero después de un entredicho me invitó a pelear. No volví a hablar con él. Es una persona áspera, impresión ratificada por la mayoría de los entrevistados”. Y continúa Fermanelli: “El denominador común en las entrevistas que hicimos con Brazenas por separado fue cierta arrogancia, sobre todo cuando habla de que los periodistas somos todos vagos y sólo googleamos. A ver: no es que nosotros vayamos a hacer una defensa corporativa del gremio, pero en definitiva la expresión, que no tengo dudas fue una provocación pensada con anterioridad y ejecutada en esos dos momentos, causa el mismo efecto que si yo le dijera ‘ustedes los árbitros son todos delincuentes’. Y lo que demostramos es que se puede hacer periodismo sin necesidad de googlear”.

“Lo que todo el mundo quiere saber es si en aquel Vélez-Huracán el árbitro estaba puesto, como se dice en la jerga futbolera. Yo creo que el libro va mucho más allá. Si el libro fuera solamente eso, lo podríamos resumir en un tuit: ‘tal persona recibió de parte de tal otra un dinero para que ocurriera tal cosa’. Y nos sobrarían caracteres. Esto no es una noticia, sino un libro donde hay una historia grande, coral, con sus respectivas texturas y matices. Creo que ninguno de esos dos equipos se merecía una final así, porque, con su estilo, los dos jugaban muy bien”, resume Fermanelli, quien agrega: “Quedó opacada la definición porque dos miembros de la terna arbitral desnaturalizaron el partido”. “Creo que es un título viciado, por el desarrollo irregular que tuvo la final. Brazenas no debió dirigir esa final. Estaba impedido por no rendir la prueba física y porque técnicamente era un árbitro deficiente, que había sido parado más de diez veces en una carrera de apenas siete años. En ese contexto, lo que ocurrió terminó siendo previsible”, completa Benini.

“Me costó volver a ver el partido y tuve que hacerlo casi diez años después, cuando escribimos este libro. Ahora que creo entender lo ocurrido, pude cerrar esa herida”, dice Benini desde su afecto por el Globo. Fermanelli, en cambio, aconseja: “Está bueno hacer el ejercicio de mirar ese partido de diferentes formas. Por ejemplo, sin volumen, para no contaminarse con la opinión de un tercero; con el audio de la transmisión oficial, con los comentarios de radios… Es increíble la cantidad de información nueva que surge cuando se hace ese ejercicio con semejante nivel de obsesión”.

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

Por Alejandro Duchini

Fotos: Nicolás Borojovich

Pocas veces un club de fútbol de los grandes estuvo tan mal como San Lorenzo entre fines de los 70 y principios de los 80. En esa época, perdió su histórico Gasómetro, sobre avenida La Plata. El último partido se jugó el 2 de diciembre del 79. Entonces tuvo que irse de Boedo. El desarraigo barrial fue tremendo. Una herida que no cicatrizó y que tal vez jamás cicatrizará. En ese estadio había, además de historia y goles, espectáculos de toda índole: boxeo, atletismo y hasta catch. Martín karadagián llegó a pelear ahí.

San Lorenzo se quedó sin figuras y sin goles. Apeló al Toto Lorenzo pero no alcanzó. En la última fecha del campeonato de 1981 -el que Boca ganó con Maradona, Brindisi y Perotti- perdió la categoría. Argentinos Juniors -su rival en la pelea por no descender- le ganó 1 a 0 y se puso arriba en la tabla por un punto. Con el empate, San Lorenzo se salvaba.

El Gasómetro era entonces un lugar abandonado, con pasto alto y tribunas rotas que se desarmaron para que Carrefour levante su supermercado. “En vez de cancha tenés changuito”, se burlaban las hinchadas rivales.

Las canchas en las que fue local en el ascenso fueron las de Vélez, Boca y River. Había empezado en Ferro, pero le quedó chica. Fue una revolución. San Lorenzo renació. Llenó tribunas y plateas a más no poder. Liniers se identificó con el azul y rojo. El Toto Lorenzo se fue a mitad de campeonato y lo reemplazó José Yudica.

El equipo era tremendo. Pero se destacaba Rubén Darío Insúa, un volante genial que hizo el gol de penal con el que San Lorenzo logró el ascenso ante El Porvenir, en River, el 6 de noviembre de 1982, hace 35 años.

Al año siguiente casi consigue el campeonato Metropolitano, que lo perdió ante un Independiente increíble dirigido por Pastoriza y comandado por Bochini. Ese San Lorenzo tenía como técnico al Bambino Héctor Veira. Caso raro el del Bambino: los medios de (des) comunicación le dan todavía lugar para que haga chistes y comente fútbol aún cuando estuvo en la cárcel por abusar de un menor de edad. Como sociedad, deberíamos pensar un poquito más en eso.

San Lorenzo marcó historia de la buena. No tuvo cancha pero sus hinchas llenaron cualquier lugar en el que jugaba el equipo. En los 90 levantó su estadio en la Ciudad Deportiva, en el Bajo Flores, y hasta fue campeón en el 95, dirigido de nuevo por Veira. También ganó su primera Copa Libertadores. Ahora sueña con volver a Boedo.

Es, San Lorenzo, uno de los equipos con mejor literatura del fútbol argentino. Por lejos. Entre sus hinchas estaba nada menos que el gordo Osvaldo Soriano, quien sufrió desde el exilio aquella campaña del descenso. Una de sus mejores notas la hizo con su ídolo, José Sanfilippo, a quien entrevistó entre las góndolas mientras le contaba que donde estaba la leche había mandado un centro o donde cortaban la carne había hecho otra cosa. El gran Horacio Convertini, el genial Fabián Casas y el autor de policiales Marcelo Luján son también algunos de sus hinchas que andan entre las letras. Mis colegas Fabián Galdi y Alberto Dean, grandes periodistas que se formaron en la vieja redacción de Crónica, también tienen su corazón azulgrana. Dean escribió uno de los mejores libros sobre el club: San Lorenzo querido – 100 años de pasión. Pero hay más. No se pierdan, aunque sean de Huracán o de cualquier otro, San Lorenzo de los milagros, donde Román Perroni recorre “el fenómeno social de 1982”. Abundan detalles y sobra emoción. Pablo Lafourcade tituló Ningunos Santos a su investigación sobre los descalabros que casi dejan a San Lorenzo en su segundo descenso, hace pocos años. Un equipo de hinchas-escritores (Casas y Convertini, entre ellos) dieron vuelo a la pasión con Cuentos cuervos. Y si quieren más melancolía, hace unos meses se publicó Los tesoros del Gasómetro, una gran investigación en la que su autor, Pablo Calvo, recuerda la vieja cancha y sueña con el regreso.

Hace 35 años, entonces, San Lorenzo resurgía de sí mismo. Volvía a nacer con canchas llenas y buen fútbol. Fue un caso único, inolvidable, que provocó admiración en los hinchas de cualquier otro equipo. “Cuervo, mi buen amigo, está campaña volveremo’ a estar contigo, te alentaremo’ de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón, no me importa lo que digan, lo que digan los demá’…”, cantaba la hinchada cuerva cada sábado. Y San Lorenzo volvió a su lugar: la Primera.

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

Por Alejandro Duchini.

La presente entrevista fue publicada en la revista El Gráfico de este mes, que se puede conseguir en los kioscos. Acá, va otra forma de leerla.

“Anoche era un empate clavado / de los que se definen por brindis”, canta Iván Noble en su tema Donde gustes y cuando quieras. O también, como en su último disco, Perdido por perdido: “La muerte patea / fuerte y al medio”, en Fuerte y al medio. Las letras de sus canciones suelen tener imágenes futboleras. Estos son apenas dos ejemplos en los que el músico -ex Caballeros de la Quema- apeló en sus composiciones al fútbol, una de sus pasiones. Pasión pintada con los colores de Boca, del que es hincha desde los tiempos en que jugaba a la pelota en la calle de su barrio de infancia, en Ituzaingó, en el oeste del conurbano bonaerense. Hoy sigue dando rienda suelta a ese gusto, ya sea en La Bombonera, cuando va con su hijo, o cuando sigue los partidos “con el 55 pulgadas y comiendo facturas”, como le dice a esta revista durante la extensa entrevista que sigue.

-¿Por qué sos hincha de Boca?

-Mi viejo no era futbolero, así que no fue por mandato familiar. Se dio porque delante de mi casa, en Ituzaingó, vivía una familia con un hijo de cuatro o cinco años más que yo. Diferencia que ahora no es nada, pero en esa época parecía una eternidad. Con ese chico, Eduardito, jugaba al fútbol en la calle. Él me hizo de Boca. Sin embargo, mi papá trataba de ser generoso y de vez en cuando me llevaba a la cancha. A veces a la de Vélez y otras a la de Ferro, que eran las que quedan de paso yendo con el tren Sarmiento. De hecho, mi primera vez en una cancha fue en la de Ferro. Un partido entre Ferro y no sé quién. Pero la primera vez que fui a La Bombonera me llevaron mi amigo Germán y su papá, que también eran de Boca. En ese entonces tendría unos diez años. Íbamos a la platea alta. Eran los tiempos del equipo del Toto Lorenzo: 76, 77 y 78. Luego llegaron los tiempos de la adolescencia, de ir con amigos del colegio. Pero no era buena época de Boca: los años 84, 85. Y de adulto también fui, aunque no tan asiduamente. En la época de Bianchi fui bastante. Después iba con El Zorrito (Von Quintiero), amigo y colega, con quien sigo yendo. Ir a la cancha era una experiencia casi inconcebible. Hoy, por el contrario, el fútbol tiene una presencia cotidiana enorme. Pasás por un televisor y siempre hay fútbol. Antes había sólo dos campeonatos por año y había que esperar a los lunes para ver los goles. O más en los años 80 el programa Todos los goles, el domingo a la noche, siendo yo más adolescente, con Dante Zavatarelli, el del moñito. Mi oficio hace que muchos fines de semana esté afuera, así que cuando estoy en casa me cuesta ir desde Benavídez, donde vivo, hasta La Boca. Hoy me gusta mucho ir con Benito, mi hijo, que es futbolero. Sobre todo a los partidos de Copa, que se juegan de noche. A esta edad, mi vínculo emotivo con el fútbol sigue siendo con mi infancia o con mi hijo.

-¿Se disfruta más ir a la cancha con un hijo?

-Compartir el fútbol con mi hijo… Hay un nudo que cualquier psicólogo intentaría desatar. No le reclamo ni en pedo a mi viejo que no le haya gustado, pero trato de ir con mi hijo, que le guste. Claro que me hubiera gustado también compartir con mi papá. Cuando voy con mi hijo lo miro más a él que al partido. Es más conmovedor ver sus primeras reacciones en la cancha que el partido en sí. La primera vez que lo llevé fue en la época de Falcioni. Fuimos a un palco, como invitados. Era también mi primera vez en el palco. Desde ahí, fuimos varias veces. Vimos la vuelta olímpica contra Tigre. O sea, ya vi una vuelta olímpica con mi hijo en una cancha. También la final contra el Corinthians (Libertadores, 2012). Hoy en día lo que más me gusta es ir con él. Si es por mí, a esta altura, con 48 años y sobreadaptado a las comodidades burguesas del HD, veo los partidos en casa tomando mate y comiendo facturas en un 55 pulgadas. Ya no me sale un domingo arrancar a las 12 del mediodía desde Benavídez a la cancha. Pero la Copa es otra cosa, tiene algo especial.

-Si te digo “Boca”, ¿cuál es la primera formación que recordás?

-La del Toto Lorenzo. Esas cosas quedan incrustadas en la memoria de una forma particular. Se trata de mis héroes. Yo tenía los pósters de ese jugadores. Todos sentaditos. Y de aquella época, recuerdo más mis sensaciones que cómo jugaban. Me acuerdo de cosas puntuales, pero a veces desconfío de que hayan sido como las recuerdo. Por ejemplo, una Copa en la que Gatti le atajó un penal a Vanderley, que la ví en la casa de un vecino hincha de San Lorenzo. También recuerdo un Boca 1-Peñarol 0 en Montevideo, con gol de Mastrángelo. No sé cómo me quedó eso en la memoria. También el Boca 3-Borussia 0, que no se televisó. Fue un día de semana a la tarde, en invierno: yo jugaba al tenis y me escapaba para escucharlo por radio en el club. Nunca olvido el gol de Suñé a River en un final, una noche en la que mis viejos me dejaron solo en casa. !Te lo juro! Me acuerdo de todo eso. Si me preguntás por el Boca del 94, lo recuerdo pero más confusamente. Los momentos más fuertes son mi primer Boca -el de Lorenzo- y el de Bianchi, por motivos obvios…

-¿Por qué recordás más los equipos que viste de chico que los de adulto?

-Tiene que ver con que el fútbol jamás vuelve a tener el peso específico que tiene en la infancia. Porque el fútbol es la infancia. Tengo una teoría con un amigo según la cual los hombres, cuando nos ponemos grandes, somos rústicos y venimos sin levantavidrios eléctrico y queremos dos o tres cosas: que no nos rompan los huevos, que nos mimen y guardar un poquito de infancia. El fútbol ahí es la metáfora perfecta: ¿qué otra cosa somos, si no chicos, a los 48 años cuando gritamos ante el televisor por una pelota que dio en el palo? Sólo un chico tiene esas actitudes. No hay explicación racional. Un tipo que a sus 48 llora por un penal es un niño. Es una pasión tan absurda, y que por suerte tenemos, que permite conservar terrenos de la infancia. Para bien y para mal.

-¿Qué se pierde aquel al que no le gusta el fútbol?

-Tuve charlas con gente a la que no le gusta. No son muchos. Creo que se pierden, y es algo políticamente incorrecto con estos tiempos, una cuestión de masculinidad y camaradería varonil, cierto código del honor, de generosidad. Que no es que se aprenden sólo en el fútbol, pero que una cancha los pone en juego todo el tiempo: no se pega de atrás, no se es ventajero, se es responsable, se es generoso, si te tiran una pared, devolvela. Por mi parte, este deporte me dio recuerdos de esos tan vívidos que no se olvidan más. El Boca 3-River 0 no lo olvido más. Esa noche, con el gol de Maradona dejando en el piso al Pato Fillol. Tampoco olvido el gol de Perotti a Ferro, en el 81. Que lo escuché en la cancha de pelota a paleta del club donde escuchaba todos los partidos. De pocas cosas tengo recuerdos tan nítidos de la infancia como del fútbol. Aquel que no le guste el fútbol tendrá, supongo, los recuerdos en otro lado, pero me parece difícil que algo tan enorme y simbólico pueda ser reemplazado fácilmente.

-¿Somos, en términos generales, cómo jugamos?

-No lo sé. Pero supongo que el egoísta difícilmente devuelva una pared o dé muchos pases goles. Supongo que el vago en la vida difícilmente sea un cinco que raspa. Aunque puede ser. Sí creo que en la cancha se ven algunos rasgos de personalidad.

-¿Qué aprendiste del fútbol?

-Dudo acerca de si el fútbol fue una gran escuela de vida. Tal vez lo sea para el que se dedicó al fútbol, como un jugador o un técnico. En ese sentido, a lo mejor sí. A mí, en todo caso, me ayudó, primero, a tener héroes en la infancia, que es el momento en que hay que tenerlos. También me dio amigos, porque los primeros equipos de juego era con ellos, es parte de la socialización. Uno tenía la familia, el colegio y el fútbol. Amaba jugar en la calle al fútbol y a los autitos en una época en que no había nada digital. Hablo de un mundo analógico en el que no existían computadoras ni ipods. El fútbol en la calle era fundamental. Lamento que mi hijo no tenga eso. Trato de llevarlo a jugar a canchas, pero no es lo mismo.

-Y cuando se venía un coche se gritaba “auto” y el partido se detenía.

-¿Ves? !Esas cosas! Ahí también se veía cómo era uno. Cuando pasaba un auto todos se quedaban en el lugar. Y posiblemente alguno se corría un poco, se ubicaba mejor, más cerca del arco contrario o de la pelota. Se jugaban ahí ciertas reglas de caballerosidad. Pero no sé si me enseñó a vivir. Sí sé que el fútbol fue parte muy importante de mi vida. Hoy me sigue gustando, pero soy más crítico y estoy desencantado…

-Se idealiza menos.

-Son otras épocas. Yo tenía el poster de Mastrángelo o Gatti y sabía que iban a estar diez años en Boca. Mi hijo, cuando le empezó a gustar el fútbol, en la época de Falcioni, tenía todas las figuritas. Al otro año, al volver al colegio, cuando salieron las nuevas figuritas y se disponía a juntarlas, todo cambió. Recuerdo su cara de conmoción cuando veía que eran otros jugadores. “¿Dónde está Silva?”, me preguntaba. Le encantaba Silva porque una vez fuimos a un evento de Boca y él lo llevó al vestuario. Orión le dio unos guantes. Eso de juntar figuritas y que enseguida el equipo cambie a nosotros no nos pasaba. ¿Cómo vas a tener héroes, entonces? Los Riquelme son los últimos  representantes del heroísmo. A Benito le tuve que reconstruir la historia de Tévez. Pero no deja de ser un relato mío. Él no lo vio jugar antes.

-Además, en los tiempos de tu infancia y adolescencia los partidos se “imaginaban” gracias a la radio.

-Cuando Boca salió campeón con Maradona, en el 81, equipo que recuerdo mucho, consigue un título después de varios años. Porque paso de verlo campeón en mi cuarto grado, en el año 77, a la secundaria. Mi papá, cuando viene Maradona a Boca, me compró una radio chiquita sólo para escuchar la campaña de Boca, que la relataba Víctor Hugo. Yo tenía 13 años en ese entonces y todos los domingos escuchaba a Boca y en la semana me encerraba a escuchar Sport 80. Hoy cuando escucho algo de fútbol me acuerdo de eso.

-¿Qué tan importante es el fútbol para vos?

-De las cosas que no son importantes, es la más importante. No sé quién dijo eso, pero lo comparto. No te modifica la vida en nada lo que pase en un partido. Pero de todos modos uno se frustra cuando su equipo pierde, por ejemplo. En esos casos me digo “tengo un hijo hermoso, un lindo trabajo…”, y trato de racionalizar la decepción.

-Pudiste ser futbolista: te fuiste a probar a Ferro.

-Recuerdo haber ido sin demasiada convicción. Éramos 50 tipos a los que nos tiraron una pechera y nos hicieron correr 15 minutos. No tengo aquello como algo glorioso. Ni chances tenía. Fui con dos amigos y nos volvimos. El sueño del futbolista lo dejé hace mucho. Porque a la vez jugaba al tenis, donde tenía mejores condiciones. Ahí sí tuve chances de ser tenista. Jugaba en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó en torneos interclubes, torneos de menores. Una vez jugué muy bien contra River y hablaron con mi papá para ofrecerme jugar para ellos. Eso significaba ir a estudiar al Instituto de River. Como vivía en Ituzaingó y mi viejo laburaba y no me podía llevar, era muy complicado ir hasta allá por mi cuenta. Además, en ese momento influía un poco mi condición de hincha de Boca. Igual, abandoné el tenis.

-¿Tus máximos ídolos?

-Gatti y Mastrángelo. Gatti, el prototipo del héroe para la época: colorido, teatral, y además era un arquerazo. Y Mastrángelo porque yo jugaba de delantero y tenía el número 7 en la camiseta, el que me pegaba mi vieja. Recuerdo el equipo de memoria: Gatti; Pernía, Sá, Mouzo y Tarantini; Benítez, Suñé, Ribolzi; Mastrángelo, Salinas y Perotti. También Brindisi, en el Boca de Maradona. Ya de más adulto, el Mellizo Guillermo fue otro héroe. Y Román y Palermo, claro. Pero el Mellizo era mi debilidad, por pillo, por todo lo que significaba.

-¿Y el segundo Maradona en Boca qué te pareció?

-Ese año fue muy intenso. Visto a la distancia, hay muchos otros jugadores que me dieron más alegrías boquenses. También porque creo que la vuelta de Maradona a Boca fue demasiado crepuscular, a mi gusto. No tristona pero sí sin pena ni gloria. Eso empañó un poco la situación. Maradona es más símbolo de la Selección que de Boca.

-En tus canciones solés hacer citas futboleras. En tu último disco, Perdido por perdido, cantás que “la muerte patea fuerte y al medio”, por ejemplo.

-Todo el tiempo. Porque uno escribe de lo que es y cómo es. Escribo así porque suelo hablar así. Confío mucho en el habla coloquial sin sobreactuar. No hay en eso un mérito literario. Así hablo con mis amigos cuando comemos. Entonces uso ese estilo en las canciones porque suelen ser metáforas.

-Hace poco, en una columna tuya en el programa Tocala (T&C Sports) presentaste a George Best como el quinto Beatle. ¿Te gustan esas historias?

-Me gustan, y mucho. También me pasa con el boxeo, que a mi papá le gustaba mucho en la época de Monzón, Galíndez. Cuando se veían las peleas, se paraba el país. Sin saber de boxeo, me parece que es otro gran lugar que ilustra mucho la vida. me da la sensación de que es un lugar más noble que el fútbol. Más en carne y hueso: dos tipos fajándose y abrazándose con cierta idea de la caballerosidad e hidalguía que excede al fútbol. En el boxeo nadie pide amarilla. Me interesa mucho eso. Y las historias de los personajes: los Best, los Bonavena, los Tyson, los Houseman. Tal vez el fútbol y el boxeo no sean más que el atajo para contar esas historias de vida. El otro día escuchaba la historia del Pichi Mercier, que jugaba en Flandria y se iba a dedo a entrenar. Y no fue hace mucho. Yo a los 17 ya era músico. Y en siete años él pasó de jugar en Flandria a ser campeón de la Libertadores con San Lorenzo. Creo que el deporte, estos deportes en realidad, tienen esas historias en que los héroes quedan en carne y hueso muy seguido y eso los hace entrañables para quienes nos gustan las historias de vida.

-¿Creés en el “ganar como sea”?

-Creo que hay que aprender a tener paciencia. Es sentido común, aunque el sentido común no es lo que abunda. En general, lo raro es ganar. Esas frases tipo “Boca es deportivo ganar siempre” están bien como arenga, pero cuando juegan treinta equipos, ¿por qué vas a ganar siempre? No me gustó lo que pasó con Falcioni en Boca y me gustó muy poco lo del Vasco.

-¿Y lo de Bianchi?

-Entiendo que fue casi una metáfora: el tipo que más alegrías le dio a Boca se tuvo que ir así. Tuve la sensación de que fue como cuando se vuelve a esos viejos amores. En un momento dije que la vuelta de Bianchi a Boca fue como dice el tango Como dos extraños, que me gusta mucho, por mi viejo: “Y ahora que estoy junto a ti / parecemos ya ves, dos extraños / lección que por fin aprendí / cómo cambian las cosas los años”. No era lo mismo. No había chances de que fuera lo mismo. Y al Melli hay que esperarlo, hay que bancarlo un mínimo de cuatro años. Creo que los técnicos imponen su sello cuando tienen sus jugadores. Le tengo fe, me gusta su idea. Además me gusta esta tendencia de los clubes a llevar a ídolos contemporáneos como técnicos. Pienso en Gallardo en River, en Milito en Independiente. Sigo creyendo, tal vez ilusamente, que son tipos que, aparte de ser profesionales, tienen el plus de amor que se lo pueden transmitir a los pibes que dirigen. Ese famoso “él sabe lo que es Boca”, “él sabe lo que es River”. Es un plus.

¿Cómo te llevás con la Selección?

-No soy muy hincha. Soy más bien como el prototipo más hincha de su club que del seleccionado. Me entusiasma en los Mundiales. Sin embargo, en la final perdida en 2014 me dio lástima. Me había acercado emocionalmente a la Selección. Sobre todo por mi hijo. Porque fue el primer campeonato del mundo que, con su razón futbolera, vimos juntos. Me hubiese gustado festejar el título con él en la calle. Pero se quedó angustiado después del partido contra Alemania y tuve que explicarle que ser segundo entre todos los equipos del mundo no está mal. No lo conformó mucho.

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

Por Alejandro Duchini

Mi papá lo contaba siempre. En cada reunión sacaba el tema. Que con ocho hombres (porque nunca decía “jugadores”; decía “hombres”) le habíamos empatado a Talleres, en Córdoba. Que el gol lo había hecho Bochini, después de una pared con Biondi. Que era el 2 a 2 pero que el gol visitante valía doble. Así que éramos campeones. Antes, los cordobeses habían puesto el 2 a 1 con la mano de Bocanelli y se llevaban el título del Nacional. Todavía tengo las revistas El Gráfico y Goles que él compró entonces. En aquellas fotos se ve la falta: la mano clarita. Nunca voy a olvidar a Trossero llorando y a Larrosa exclamando un “nos están robando”. En tanto, Pastoriza les decía a sus jugadores que no abandonen, que sigan el partido. Porque querían abandonar al sentirse tan estafados. Encima, ese Talleres era un monstruo: Saporitti, su técnico, contaba con Ludueña, Valencia, Galván… Y a los 42 apareció el mejor Bochini. Anotó y fuimos campeones. Tantas veces me lo contó mi papá que ya es como si esa noche del 25 de enero del 78 yo hubiese estado en la cancha. Ahora no está mi viejo para contarme aquella historia de héroes y villanos con el árbitro Roberto Barreiro a la cabeza. Pero está Daniel Dionisi, que me traslada en el tiempo porque la cuenta en su genial 50 impactos del fútbol argentino (de Club House, una editorial que está sacando unos títulos increíbles de temática deportiva). Ese partido es el 37mo. de sus elegidos. Claro que podrían ser más y el mismo autor lo aclara en el Prólogo: “Seguramente en ciento veinte años de historia hay muchos más que cincuenta impactos. Los que registra este libro fueron elegidos desde la pasión de un hincha de fútbol. Son relatos escritos con el humilde propósito de que los impactos sigan impactando”. Y lo logra.

50 impactos del fútbol argentino50 impactos del fútbol argentino es una forma de recorrer la historia del fútbol a través de su semilla más pura: los partidos. Bien escrito y con los datos justos, además de pasión, las más de 200 páginas son un viaje tanto a encuentros desconocidos como a aquellos contados en reuniones familiares a través de padres y abuelos. Es, también, un recorrido a vivencias presenciales, porque los últimos encuentros son actuales. De hecho, el último es Argentina 0 – Alemania 1, en el Mundial de Brasil 2014. El síndrome del 10, se titula.

“No todos los impactos estimulan, también están los que duelen. La tragedia de la puerta 12 no se olvida y forma parte de la genética futbolera argentina, como la dolorosa tarde en que Maradona contó que le habían cortado las piernas”, advierte el autor en las primeras líneas. Luego empieza el viaje, que abre en lo más profundo de la historia, con un Buenos Aires English High School 5 – Quilmes 0. “El English High School había sido fundado por Alexander Watson Hutton, el padre del fútbol argentino”, se explica. Después será el turno del primer partido de la Selección argentina, que el 20 de julio de 1902 le ganó 6 a 0 a Uruguay en Montevideo. “El partido fue claramente dominado por los argentinos, que ganaron seis a cero y le pusieron la primera chapa a la historia del clásico”, refiere.

Lo que sigue es la aparición de los equipos hoy más tradicionales. El Racing que desde 1913 se convirtió en la Academia, las rivalidades entre las selecciones de Argentina y Uruguay con incidentes (se hace memoria con el gol “olímpico” de Onzari en la cancha de Barracas Central, en octubre del 24), Boca y su victoria por 1 a 0 ante el Real Madrid en España, en 1925, y algunos River – Independiente.

Lo bueno de Dionisi es que a cada encuentro lo desmenuza con detalles de color. Por ejemplo, al recordar la primera final de un Mundial (30 de julio de 1930), que nos ganó Uruguay 4 a 2, escribe que se rumoreaba que Luis Monti jugó tan apagado porque había tenido amenazas: “Dentro de 90 minutos, sabremos si tenemos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”.

Para los de San Lorenzo también hay material de lectura: está el 6 a 1 a España en 1947, para el que el autor aclara que se trató del “mejor equipo de San Lorenzo de la historia”, que dejó huellas imborrables en ese país. Siguen los capítulos: el de Racing 1 – Banfield 0 del 51, el del primer triunfo de Argentina ante Inglaterra (3 a 1, el 14 de mayo de 1953), el de un Independiente 3 – Boca 1 (el partido con más público de la historia del fútbol argentino, 15 de agosto del 54) y aquel de los carasucias que con la camiseta del Seleccionado le ganaron 3 a 0 a Brasil en Lima, el 3 de abril del 57, cuando Corbatta dijo al aire de una radio su célebre “nos están cagando a trompadas”.

Luego, el llamado Desastre de Suecia; y algunos Boca-River memorables, como el del 62, cuando Roma le atajó el famoso penal a Delem. Y más mundiales y más nombres: Amadeo Carrizo, Roberto Perfumo y El Chango Cárdenas y su golazo al Celtic, entre muchos, muchísimos otros.

Está el capítulo más triste, el de la Puerta L: La peor tragedia. Lo cuenta desde la mirada de un joven muy joven que fue a al Monumental y vivió una experiencia tan aterradora como inolvidable. Se llama Luis: “Hoy peina canas y sabe que el recuerdo de aquel atardecer trágico, denso y oscuro el invierno de 1968 lo acompañará hasta el último día de su vida futbolera. De su vida”, escribe Dionisi.

También hay espacio para el recuerdo de momentos imborrables protagonizados por equipos que no pertenecen a los cinco grandes: Estudiantes y sus títulos internacionales, una victoria de Chacarita sobre River y las emociones del clásico rosarino, entre Newell’s y Central. Historia pura.

No se olvidan las malas rachas de Racing y River que no ganan títulos, la época de oro (y de Copas) de Independiente, las buenas y malas de Boca, la aparición de Maradona en la tarde del 20 de octubre del 76, cuando Argentinos cayó ante Talleres en La Paternal por 1 a 0. Tampoco la revancha de Diego a un Gatti que lo había tratado de “gordito”. Ocurrió el 9 de noviembre de 1980, cuando Argentinos se impuso 5 a 3 a Boca en cancha e Vélez. “Hoy le meto cuatro”, contestó Maradona a Gatti. Y cumplió. También está el recuerdo de la única final entre Boca y River, que ganaron los xeneizes 1 a 0, en cancha de Racing, el de 22 de diciembre del 76, con un gol de Suñé al mejor Fillol.

Aunque no soy de River, recomiendo leer especialmente el sentimiento de autor volcado al River 1 – Belgrano 1, que valió el descenso millonario el 26 e junio de 2011. Ya desde el comienzo el capítulo se vuelve atrapante. Luego: “Hasta que un día, no sabés cuándo, el maldito muñeco de la derrota empezó a crecer desde los cimientos del Monumental. Dirigentes corruptos, técnicos mediocres, jugadores sin blasones. ¿Cuándo fue que empezó la decadencia?”, se pregunta Dionisi. Para cerrar: “… Y te vas a dormir llorando en la noche del día en que conociste al infierno”.

Las líneas que cierran el libro están dedicadas a Lionel Messi. Dice Dionisi: “Al mejor jugador de la historia le queda mucho fútbol en el alma. Ojalá lo despliegue con la celeste y blanca, así la mirada triste del Maracaná se convierte en un grito victorioso en el Estadio Olímpico de Moscú”. Éste es el último impacto. Tan espectacular como los otros 49.

WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

Por Alejandro Duchini

El vínculo de Sebastián Wainraich con el fútbol tiene origen, como el de muchos futboleros, en el barrio y la familia. Sólo que no a partir de su papá sino de sus hermanos mayores. Durante esta charla habla de eso con una mezcla de seriedad y humor, se ríe de sí mismo, recuerda los tiempos en que sabía las formaciones de memoria, se ilusiona con que su hijo Federico -de cuatro años- se ratifique futbolero de Atlanta y explica por qué el equipo de Villa Crespo debería estar un escalón más arriba.

Sigue yendo a la cancha, aunque sin el fanatismo que tenía de pibe. Ahora vive en Colegiales junto a su pareja, la actriz Dalia Gutmann, con quien tuvo dos hijos: Kiara y el mencionado Federico. Tiene una agenda movida. Este año se estrenaron dos películas en las que participa. Una de ellas es Una noche de amor, en la que lleva el rol protagónico junto a Carla Peterson; Wainraich además escribió el guión: “Hay un guiño a Atlanta”, refiere: ya lo explicará en la entrevista. La otra se acaba de estrenar: es Caído del cielo, junto a Muriel Santa Ana y Peto Menahem. Allí interpreta -haciendo gala del humor- al ex de Santa Ana. Con mochila de experiencias televisivas, es desde hace años conductor del programa Metro y Medio, junto a Julieta Pink, por Radio Metro. Desde esta propuesta radial también se da el gusto, de vez en cuando, de hablar de sus inquietudes futboleras.

wainraich-¿De qué equipo sos?

-De Independiente.

-Todos somos sufridos.

-…

-Son decisiones que tomamos los seres humanos.

-¿Y vos? ¿Por qué sos de Atlanta?

-Porque mis hermanos me llevaban a la cancha cuando éramos chicos. Vivíamos cerca, en Parque Centenario. No en Villa Crespo, como creen muchos. Después sí me fui a Villa Crespo. Además, cuando yo tenía 8 años, jugaba en el equipo Roberto Zywika, que era primo de mi viejo. Eso también me vinculaba con el club. Mi hermano Diego, que falleció, era de Argentinos e iba a ver a Atlanta los sábados. El otro, Raúl, es de Boca, pero tiene su simpatía por Atlanta. Yo soy el único en la familia hincha hincha de Atlanta.

-O sea, Atlanta no te llega por vínculo paterno.

-No lo pensé. Lo tomo como natural. A mi abuelo le gustaba el fútbol pero tampoco era de ir a la cancha. Lo que pasa es que yo era el menor de los tres hermanos, que me llevaban cinco y ocho años. Entonces esa también es una presencia fuerte: hay algo paternal. No sentí esa ausencia de mi padre porque tuve la presencia de mis hermanos.

-¿Tu papá no es muy futbolero?

-No. Dice que es de River pero no le presta mucha atención. Ahora hincha por Atlanta por nosotros, igual que mi vieja. La tradición sigue con mi hijo, que tiene 4 años, y con Lucas, mi sobrino, de 16, que es de Boca pero un poco lo tira Atlanta. Es una lucha. A mi hijo lo llevé una vez a la cancha.

-¿Cómo fue la experiencia?

-Es chiquito. Se aburre. Justo ayer fue a la escuelita de fútbol. Le encantó. Jugamos mucho en casa. Le gusta ver partidos. Como no tiene las cosas tan claras es el momento de hacerlo hincha.

-¿Qué lugar ocupa el fútbol en tu vida?

-Un lugar importante. Estoy tomando distancia de eso del sentimiento inexplicable, de la pasión desatada. Estoy en la contradicción permanente. Vi la película Hijos nuestros, con Carlos Portaluppi, que es un crack, y Ana Katz, que está muy bien. Son dos grosos. La película, sin caer en el discurso panfletario, demuestra en qué puede caer un fanático del fútbol. Es una historia muy linda; y un poco dura. No es un dramón, pero pega. Y tiene partes muy graciosas. A veces me parece demasiado sobreactuado eso de “la pasión de mi vida”, “mi vida por los colores”. Pero a la vez me pasan cosas: el otro día perdió Colegiales, quedamos a cuatro puntos en la tabla y eso me alegró la tarde. Me parece que hay que ser medidos. Esa cosa de “la vida por los colores” llevó a lugares espantosos. Está bien dejarse llevar por la pasiones, es natural que te alegre eso y te entristezcas según el resultado de tu equipo. A mi me pasa todo el tiempo. Pero llegar a la violencia es inexplicable. Yo también estuve en tribunas y canté “te vamos a matar” sabiendo que eso no lo haría. Igual que la mayoría de la gente. Pero al mismo tiempo creo que hemos legalizado a los barras. El hincha no es cómplice de eso pero de algún modo es partícipe. Si hasta hemos celebrado a barras cuando entraban, etcétera. La verdad es que no está bueno eso.

-¿Te volviste más racional?

-No, no es eso, porque me alegra que gane Atlanta, me sigue cambiando el ánimo un resultado y quiero que le vaya bien. Lo que cuestiono es la irracionalidad, la violencia, el discurso vacío, el de las frases hechas: “Me mato si pasa tal cosa”, eso que te decía de “la vida por los colores”. ¡La vida, por los hijos! Para mí.

-Sos un genuino hincha bohemio si se tiene en cuenta que podrías haber salido de Argentinos o Boca, que son más grandes.

-¿Querés decir que Atlanta es más chico que Argentinos y Boca? Y encima lo elegí en la época de Argentinos con el Juventus. Es para hablar en terapia. Pero yo también agarré una buena época de Atlanta: que hoy esté en la B Metropolitana es antinatural. Porque por historia es de Primera. Después, sí, tiene muchos años en el ascenso. ¡Me tocaron todos a mí!

En el 84 yo tenía 10 años y le ganamos a Boca, el día que jugó con los números de la camiseta pintados con marcadores. Graciani hizo un gol para Atlanta, en La Bombonera. No me olvido más de eso.

-¿Quiénes eran tus héroes futboleros de infancia?

-Alfredo Graciani, porque pasó a Boca. El plumero Rubén Darío Gómez, que jugó en Boca, River, Argentinos y creo que salió de Lanús. Era un 4 espectacular. En ese 84, con Atlanta en Primera, yo era fanático de leer todo: El Gráfico, Sólo fútbol. Recuerdo que Gómez fue elegido el  mejor 4 de la A, aún jugando para el equipo que descendió. Además, tenía rulos. Después, Alfredo Manuel Torres, el narigón, que era el 10 cuando ascendimos. Fue a la selección juvenil del 79 como suplente de Maradona. Y Fabián Castro. De ahora, los mellizos Soriano, que lograron identificarse con el club.

-¿Y Maradona?

-Claramente. De mis héroes de Selección, Maradona, Caniggia, Burruchaga -sin dudas- y Ruggeri. Me estaría olvidando de alguno. Del 86 sé todo. Tenía 12 años y aún me acuerdo el número de cada uno. ¡Un enfermo!

-Hay equipos que, sin ser grandes, mueven mucho sentimiento y tienen tradición. Por ejemplo, Temperley, Chicago, Chacarita y el mismo Atlanta. ¿Coincidís?

-Creo que sí, pero eso es más para nuestra generación. Los pibes que hoy tienen 20 ya no lo ven así. Para ellos los clubes de Primera de segunda línea son Arsenal, Defensa y Justicia, Atlético Rafaela. Por ejemplo, no muchos saben que Atlanta y Chacarita jugaron el clásico más veces en Primera que en el ascenso. Hoy un pibe de 12 no te lo cree. Cambió. Hace 30 años que Atlanta está en el ascenso. La historia cada vez queda más lejos.

-¿Sentís melancolía por el fútbol ochentoso?

-A veces. Y un poco también por los 90. Pero no quiero caer en eso de que todo tiempo pasado fue mejor. La diferencia es lo fugaz y rápido que van las cosas ahora. Yo te digo Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique; Giusti, Marangoni, Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón o Buffarini. Hoy no te lo podría decir eso de memoria… ¡Te emocionaste, casi!

-…

-Hoy no te podría decir de memoria cómo forma Independiente… Un poco por mí, porque ya no estoy tan interesado en las estadísticas, pero sí en el fútbol; y otro poco porque cambian tanto las formaciones. Bochini es otro héroe para mí, aún sin ser de Independiente. Igual que Gatti, que salió de Atlanta. La historia de Bochini y su forma de jugar: me parece un artista loco, como un científico del fútbol, un tipo como Woody Allen, como anda despreocupado en la cancha de fútbol. Estaba como en otro lado él, ¿no? A Fillol también lo pongo en el lugar de los grandes. También Iniesta, que lo veo jugar y me vuelvo loco. Siento que hay algo más en él. Tiene sencillez, genialidad. todo lo hace bien. Igual que Messi, que también me vuelve loco. Pero a Iniesta lo veo más posible. Lo que hace Messi es imposible.

-Sobre eso te quería preguntar: ¿qué te provoca Messi?

-Asombro. Mucho asombro. Asombro por las cosas que hace. No logro entenderlo. Me maravilla siempre. Un extraterrestre me parece a veces. No le saco la ficha. Tampoco logro darme cuenta de en qué piensa, qué le pasa. Me parece que va a otra velocidad que nosotros. En la selección no supimos aprovecharlo. A veces porque le reclamamos cosas épicas, que cante el Himno, que se tire al piso. Antes que eso, prefiero que haga cuatro goles por partido. Tal vez él tampoco esté tan cómodo en la Selección.

-¿Qué te pasa con los insultos que recibe?

-¡Estamos locos! No entiendo qué le pasa a alguien que insulta a Messi. Hay algo de resentimiento. Estamos esperando que nos salve. No sé.

-¿Sirve para algo que se lo compare con Maradona?

-Sirve para la charla de café, para el asado. Pero que hayan jugado en etapas distintas anula un poco la comparación. Tampoco es tan importante. No sé si Messi es peor o mejor que Maradona. No me parece tan válida ni importante la comparación. Hay una cosa argentina de ser medio hincha pelota, pesado. Tengo miedo de caer en eso de que el tiempo pasado fue mejor. No hay una tabla para medir quién fue mejor.

-¿El ídolo te trasciende el partido en sí?

-Al ídolo lo dejo dentro de la cancha. Me parece que es injusto pedirle más. A un jugador lo califico sólo por lo que pasa dentro de la cancha. Punto. Se terminó ahí. Me parece que eso lo aprendés con los años. De chico defendía sus declaraciones. Cuando uno es chico, tal vez más ingenuo, siente que representan algo más. Pero después me dije “no, qué me tengo que hacer cargo yo”.

-¿Qué sentís cuando se juzga a Osvaldo o a Icardi por sus vidas privadas? Por ejemplo, que se diga que no tiene códigos, como el caso de Icardi.

-Me parece una pelotudez lo de los códigos. Eso es para la mafia. Sí me parece que tiene que haber convivencia. Icardi demostró que puede estar en la Selección. Me parece que muchos de los futbolistas jóvenes están como indefensos: de repente se encuentran con muchas cosas. Hoy que tengo 42 me doy cuenta de que son pibes. Icardi y Osvaldo, por seguir sólo esos ejemplos, son jóvenes. Parecen más grandes, a pesar de estar bien físicamente, por todo lo que viven. Anduvieron acá, allá. Debe ser raro que les pase eso. Preferiría no juzgarlos. No los justifico ni nada. No tengo por qué juzgarlos. Ojalá puedan resolver sus vidas.

-¿Qué postura tenés ante aquello de que hay que ganar siempre?

-Me parece insólito que se piense que alguien quiere jugar bien sin ganar. ¡Todos queremos ganar! Si Atlanta sale campeón ganando todos los partidos 1 a 0 y… no me va a gustar. Tampoco me gusta la trampa. ¿Gritaste el gol de Maradona? Obvio. Pero él no entró pensando “voy a hacer un gol con la mano”. Entró pensando en hacer un gol eludiendo a cinco. Ahora, ¿fue picardía lo suyo? No, fue trampa. ¿Grité el gol? ¡Claro! Pero si ganábamos todo el Mundial así no me hubiese parecido tan emotivo.

-¿Jugamos como vivimos? ¿En qué nos emparenta el fútbol?

-Creo que no. Eso no se lo dejaría sólo al fútbol. También es cómo te comportás en un restaurante, en tu trabajo o con tu familia.

-¿Seguís jugando al fútbol?

-El año pasado jugué.

-¿Te estás por “retirar”?

-Siempre. Después de muchos años sin jugar volví y es difícil. Es difícil sentir que te tira todo, que terminás cansado. Aunque volví a sentir cierto placer. Sin buen nivel, pero a esta edad uno está más confiado. Sabés que tus limitaciones son un punto a favor. Por ejemplo, no corrés a aquella pelota a la que sabés que no vas a llegar.

2-¿De qué jugás?

-Adiviná.

-De tres.

-De tres.

-Te juro que no lo sabía.

-Soy derecho, pero juego de tres porque si pateo con la derecha me desgarro. Siempre en línea de cuatro. En cancha chica juego poco, aunque quiero volver. A esta altura de la vida me parece que lo ideal es fútbol ocho o siete. Porque el fútbol cinco tiene un ritmo tremendo y el fútbol once tiene unas distancias asesinas. En el siete y ocho estás en la mitad: jugás con pelota de once, lo cual está bueno, y no tenés las distancias del fútbol once ni el ritmo del fútbol cinco. Y se puede armar cierto orden, que en el cinco no lo hay: te vas ubicando pero no hay orden.

-¿Sos bueno?

-No.

-¿Sos un futbolista frustrado?

-De ser jugador, no. Tengo la frustración de no haber sido mejor. Pero no de haber sido profesional. Nunca me ví yendo a entrenar todos los días. Uno ve la la imagen de Burruchaga haciéndole el gol a Schumacher en el 86 pero el fútbol es otra cosa. No hay muchos Burruchaga ni muchos Messi. Tengo llegada a jugadores del ascenso y veo que todo es duro: son maltratados por dirigentes y a veces por técnicos. Es difícil. Tiene sus cosas lindas, pero no es fácil.

-¿No te pasa que al ver fotos de jugadores de los años 70 parecen viejos, cuando apenas tendrían unos 30?

-Sí, sí. Es increíble. Y ves fotos de más atrás y parecen señores de 60 años. Y con el 86 más o menos: Giusti, Brown tendrían 27, 28 y parecen de más. Pero ha cambiado. Nuestros viejos no se vestían así a los 40, como nosotros hoy. Igual, los futbolistas tienen eso de parecer más grandes.

-¿Dónde jugabas a la pelota cuando eras chico?

-Había dos escenarios. Uno, el colegio Manuel Belgrano, en Almagro, estatal. Jugamos mucho en Parque Centenario. Hasta que se hacía de noche. Tendría 10 a 12 años. Después seguí en el secundario, que lo hice en el Vieytes. pero teníamos gimnasia en el Parque Sarmiento y también nos quedábamos a jugar. El otro escenario era Macabi, donde yo jugaba. Macabi es uno de los grandes de la liga judía. Los otros son Hacoaj y Hebraica. Son como Boca, River y… el que quieras. No quiero herirte.

-Pongamos Independiente.

-¡Lo dijiste vos! Ahí había un buen nivel. Pero bueno, en serio. Ahí tenía a mi mejor amigo, que llegó a jugar en Ferro y en Atlanta. Poné su nombre: Gaby. Sigue siendo un crack. Se lesiona seguido. En los 80 lo acompañé a probarse en Ferro. Había miles de pibes: 44 jugadores para probarse; y quedaron dos: él y otro más. Después vino lo del sacrificio: ir a entrenar a Pontevedra y esas cosas. También jugó al fútbol de salón de Atlanta, que era groso.

-¿Y vos jugabas fútbol salón?

-No, yo no.

-¿Qué fue lo más lindo que viviste en el fútbol?

-¡Qué buena pregunta! Nunca lo pensé. Tengo una cosa emocional de ir con mi hermano a la cancha. Ahora cobra otro valor porque él no está. Ahí hay algo fuerte. También en el hecho de ir con amigos. La ceremonia de ir a la cancha es hermosa. O era hermosa. Sigo yendo, pero algo cambió. Tal vez esté más viejo. Siento placer al ver partidos. Me sigue gustando. Y ahora a mi hijo, con 4 años, le empieza a dar por ese lado y me pasa algo lindo para compartir con él. ¡Cuando a mi hijo no le gustaba el fútbol me sentía solo en casa!: tengo otra hija y mi mujer. Otra cosa muy linda fue ir con mi hermano, mi sobrino y un amigo de Atlanta a ver Argentina-Suiza en el Mundial pasado. En ese partido hubo un gol épico de Di María. Sentí que mi sobrino estaba en la edad ideal para vivir ese tipo de cosas que da el fútbol. Me acuerdo de que para ir a ver ese partido un amigo, Nico, me vino a buscar a la radio. “Esto es lo único que llevo”, me dijo mientras me mostraba su camiseta de Atlanta en un Aeroparque que era el colmo de la boludez masculina. Pero bien, una gran boludez, hermosa. Llegamos de madrugada, dormimos tres horas, la pasamos bien a pesar de que el partido fue tan sufrido. Porque si perdés te vas. Me gustó compartir ese momento con ellos.

-¿El fútbol es una herramienta para acumular recuerdos?

-Es una herramienta más. Tenemos otros recuerdos de la infancia, de la adolescencia.

-Con una cancha tan bien ubicada en Buenos Aires, ¿coincidís en que Atlanta no supo aprovechar eso para crecer más?

-Es verdad: Atlanta no supo sacarle jugo a eso de tener semejante monstruo en la ciudad. Junto con la de Ferro y Vélez, debe ser la de mejor acceso: subte, bondi, tren. En un tiempo Atlanta tuvo 25 mil socios. Hoy la parte social está medio… Antes los clubes eran una herramienta social: asado, reuniones. Pero eso se terminó. Hay que aceptar que cambió. No me gusta estar tanto en la melancolía. Soy de a ratos melancólico, pero no me gusta estar todo el tiempo con eso de lo que pudo haber sido… Una vez fui con mi padrino a ver un Vélez-Atlanta y me dijo: “Acá está el ejemplo de dos clubes de barrio: el que hizo todo bien y el que hizo todo mal”. Me parece claro ese punto.

-Es un ícono del porteñismo, Atlanta.

-Pero la gente quiere salir campeón. Un muy amigo que fue dirigente una vez me dijo que “si hacés todo bien y la pelota pega en el palo y se va, te van a putear”. La corrupción molesta cuando el equipo se va a la B. Pero si ese equipo sale campeón y hay corrupción, no molesta.

-¿Algo que te moleste del fútbol de ascenso?

-Que a veces se complique para ir a la cancha por los horarios. ¿Viste que en el ascenso los partidos se juegan a las 3 de la mañana?

-¿Cuál fue tu mejor combinación de cine y fútbol?

-Tal vez en Una noche de amor, la película en la que actúo junto a Carla Peterson y en la que escribí el guión. Puse a Solita Silveyra haciendo de mi mamá. En una escena en la que llego con Carla, mi compañera, Solita dice “hay un tornado en Atlanta”. Ese es mi guiño a Atlanta. Mis amigos se dieron cuenta. A Atlanta lo llevo en la sangre.