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Maradona

Maradona

Tomás Abraham (citado del libro La palabra hecha pelota, de Alejandro Duchini – Editorial Galerna)

Uno va cambiando con Maradona. Lo vi debutar. Está en mi currículum: en el año 76 fui a la cancha de Argentinos Juniors a ver aquel partido contra Talleres. Entró en el segundo tiempo, con 15 años. Fue su debut. Ganó Talleres 1 a 0. Y yo, que no tenía nada que hacer, porque una mujer me había echado de casa, me fui a La Paternal. ¡Fui a La Paternal con la mochila, con mi ropa! Y entró este melenudo. Me acuerdo de que los hinchas de Argentinos comentaban que era uno de los que hacían jueguitos en el entretiempo. Me llamó la atención su potencia, siendo tan chico, un pibe de 15 años fuerte. Que picaba.

No podés pensar igual de Maradona durante toda esta trayectoria. Creo que ya Maradona tiene una historia, una biografía. Es transparente. Es un tipo muy jugado. Ya no es un jugador. ¡Es jugado! Maradona está jugado. ¡Vive en Dubai! ¿Qué quiere decir todo eso? Vive en Dubai y le hace un juicio a Rocío Oliva desde ese país. Es un tipo interesante, complejo, que se peleó con todo el mundo. Así que parece un personaje anarco, un héroe anarquista. En este momento tengo mucho aprecio por él. Es un tipo desprotegido, que además tuvo la suerte de no morirse aunque mucha gente se lo pedía para hacer de él un mártir, como Gardel, y no se murió. ¿Te imaginás si se hubiera muerto cuando le pasó aquello del corazón? Hubiera sido Gardel. La Avenida 9 de Julio llevaría su nombre. Pero es una bestia. Siguió. Vivió años en Cuba. ¿Qué mierda hizo en La Habana? Vivía con Coppola. Jugadísimo. Pasó por la cocaína. Brilló en el Napoli. Fue el mejor jugador del mundo. Hasta llegó a director técnico de la Selección. Un desastre fue aquel partido con Alemania. No pensó nada, el tipo. Fue director técnico de Mandiyú y de Racing.

Maradona no es un genio, pero es genial. Y cada vez siento más simpatía por él y menos por Messi. Pero no lo voy a comparar con Maradona. Una vez me preguntaron por Maradona y dije que “juega casi tan bien como Messi”. Odio a los que no permiten que nazca gente, porque viven del pasado. Eso es muy porteño. “Nadie canta como Gardel”. “Nadie juega como Maradona”. “El mejor River fue el de la Máquina”. “Antes se jugaba así y ahora mirá”. Eso es del típico envidioso que no quiere que nazca nadie. “Después de mí, el diluvio”, parece. Pero Maradona es algo totalmente distinto a cualquiera. Ni siquiera es Corbatta o Houseman, talentosos que no pudieron evitar vivir en la marginalidad, que tomaban, que no pudieron salir de la villa o terminaron viviendo en un vestuario de Racing. Estos héroes trágicos. Maradona ni siquiera es eso, superó al héroe trágico. Es un héroe shakesperiano, un loco. Cualquier cosa, hace. ¿Qué hace en Dubai? ¿De qué labura? Hasta el gobierno argentino lo nombró embajador sin cartera. Tiene hijos, no tiene hijos. Llega a Ezeiza y le da una patada en el culo a un periodista. Es paranoico, psicópata. Y como todo paranoico dice cosas que son ciertas. Se saca la foto con Chávez, tiene la foto del Che Guevara…

Me acuerdo cuando dijo que votaba a Macri. Diego es transparente. Sale a la palestra y se pone en pelotas, dice cualquier cosa, después retruca contra sí mismo. Parece Nietzsche: discute consigo mismo. Dice que lo cagó Mancuso, que lo cagó el otro, que va a reventar a Rocío Oliva. ¡Es transparente! Sabés que es un psicópata perdido, pero al mismo tiempo es transparente, ingenuo. Va en bandeja. Lo cagan. Lo cagó el Nápoli. Lo cagó la FIFA. Se droga. Después va a jugar y sale lo del doping. Está más allá del bien y del mal, ¿no? Se ha convertido en alguien interesante. Además es destructivo, pero al final su vida la conservó. Andá a saber si en una de ésas llega a viejo. Tan joven no es… Este tipo, de los 15 años a los 50 y algo, ¿qué no hizo? ¿Qué no hizo?”.

MALDONADO, DEPORTE Y COMPROMISO

MALDONADO, DEPORTE Y COMPROMISO

Por Alejandro Duchini.

“Tiene que haber un compromiso con la vida. Represento a una comisión en la que hay gente que piensa de diferente manera. De todos modos no planteé el tema como una discusión política a favor o en contra del Gobierno, sino como una apuesta a la vida para que no haya más desaparecidos. Tenemos una plantel con personas que estuvieron de acuerdo con apoyar este reclamo. Ante cualquier desaparición saldría a comprometerme para que haya justicia por alguien que sufra algo similar”. Esto me decía sobre su postura ante el caso de Santiago Maldonado el presidente de Temperley, y también cineasta, Alberto Lecchi la semana pasada, mientras tomábamos un café por una entrevista que me encargaron para la revista El Gráfico de noviembre.

Lecchi es alguien comprometido con los reclamos sociales. Estuvo en la Plaza de Mayo cada vez que se hizo una marcha para pedir por Maldonado desde su desaparición, el 1 de agosto. “Me siento orgulloso del plantel que tenemos. Jugadores muy unidos. Hay muchachos que tienen un programa de radio con los que intercambio libros y charlas (Ignacio Bogino y Leonardo Di Lorenz conducen Final de juego, los martes de 20 a 22 por FM Urbe 97.3, de Lomas de Zamora; antes también estaban sus colegas Gastón Bojanich y Leo De Bortoli). Y otros no tienen programa de radio pero están comprometidos. No fue problemático tomar la decisión de salir a reclamar. Fue una decisión unánime, y rapidísima”, recordó sobre el 27 de agosto, cuando el equipo salió a la cancha con una bandera en la que se leía “Aparición con vida de Santiago Maldonado ya”. El partido lo ganó River, 1 a 0. Pero fue lo de menos. Lo importante fue el mensaje que se repitió en varias canchas, aunque podría haber sido mayor. Los jugadores de San Lorenzo hicieron lo mismo ante Racing. Y los hinchas de River reclamaron desde la popular en el encuentro ante Banfield.

“Hay de todo en el fútbol: en el deporte pasa lo mismo que en la sociedad, como en el cine, donde hay directores que se comprometen y otros que no. Hay un director que ganó el Oscar y podría llamar a conferencia de prensa para decir cosas en favor de la industria y nunca lo hizo. Es lo que pasa en todo el país. ¿Cuántos se comprometen con causas sociales? Si hubiese más gente comprometida habría cosas que no sucederían”, opina el directivo de Temperley que a fin de año dejará de serlo.

La semana pasada, cuando Messi y sus compañeros de la selección aseguraron la clasificación argentina al Mundial con el 3 a 1 ante Ecuador, fue un alivio ver una bandera con el mismo reclamo. La pelea contra la impunidad traspasaba fronteras.

Arquero del Tigres, de México, Nahuel Guzmán, convocado para el seleccionado, apareció en Ezeiza con una remera desde la que también se preguntaba dónde está Santiago Maldonado. En la previa del choque con Uruguay, el entrenador Jorge Sampaoli no escapó al tema. “Por mi generación y todo lo que viví, molesta que lo de Santiago Maldonado no esté resuelto. Apoyamos desde acá por su aparición”.

“Me duele que Argentina parezca estar adormecida. El pueblo tendría que salir a la calle y hacer una manifestación increíble. No puede ser que volvamos a los años donde nos secuestraban y mataban, y nadie se animaba a decir nada. Yo nunca vi a un presidente que haya viajado tanto, como este. Viaja más que un jugador de fútbol… Pero bueno, todos tenemos que hacernos cargo, y pensar bien a quién votamos. Lo del voto castigo no sirve. Hoy hay tantos corruptos, como los hubo antes, como los hubo siempre. Argentina no ha cambiado nada. Eso es un cuento como el de Caperucita…” es el texto que, por estas horas y redes sociales mediante, difundió Diego Maradona.

El ambiente deportivo no estuvo (ni está) prendado exclusivamente de la pelota. Hubo jugadores, dirigentes, hinchas y periodistas que se sumaron al reclamo que mantiene en vilo al país y que en estas horas tiene un nuevo capítulo con la aparición de un cuerpo que, supuestamente, es el de Maldonado.

Al mismo tiempo hubo -hay- una camada de jugadores que hicieron silencio y no se comprometieron, hinchas que se volvieron repetidores de los medios de des-comunicación, dirigentes que pusieron trabas ante la inminencia de un reclamo y periodistas que dejaron muy mal parado al periodismo: corrieron tras la primicia sin importarles nada: el martes 17 el tema era quién anunció primero que apareció un cuerpo en el río Chubut; el miércoles 18, la meta estaba en quién afirmaba primero si era Santiago Maldonado. En el medio, morbo. Un canal mostró las fotos de las manos, un periodista exageró gestos por parte de quien manejaba el coche que lo trasladaba. Entre los politicos, ni hablar del mal gusto, la soberbia y la vergüenza ajena que causó Elisa Carrió al comparar el tema con Walt Disney ni los Leuco, que le contestaron con un “claro”.

Señalar estos hechos sirve para comparar y comparar sirve para entender que hay quienes intentan hacer las cosas bien. A veces no salen, pero sigo apoyando a los que intentan. No me quedo en el resultado ni me olvido de los otros, los que por egocéntricos se vuelven sicarios. Pero como me dijo ayer el escritor mexicano Benito Taibo, de visita en Argentina, lo bueno es que haya lugar para creer. “Más que optimismo prefiero llamarlo esperanza. Acaba de suceder un terremoto en México. La sociedad mexicana casi entera pensaba que los de las nuevas generaciones, los millennials, eran egoístas, llenos de resabios, y que no tenían la vista hacia el futuro. Pero ellos fueron quienes salieron a la calle a salvar vidas de desconocidos, a dejar lo mejor de sí mismos. Eso es esperanzador”, ejemplificó Taibo. Y después: “La sociedad civil organizada es la única que podrá cambiar a la sociedad actual, porque ya sabemos que los partidos y los políticos no harán nada. Las sociedades saben qué necesitan y qué les conviene”.

HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

José María Gatica y Alfredo Prada hicieron el Boca-River de los cuadriláteros argentinos. Sus peleas dividían a la gente. El Luna Park quedaba chico para tanta expectativa que con el tiempo se convirtió en mito. Esta nota fue publicada originalmente en El Gráfico de Septiembre 2017.

Por Alejandro Duchini

Hace 75 años, José María Gatica y Alfredo Prada se enfrentaron por primera vez. Fue el 29 de septiembre de 1942 en la Federación Argentina de Box. El rival de Prada esa noche era Livio Sosa, cuenta el periodista Carlos Irusta en una nota de 1999 publicada en esta revista. “Pero no fue”, explica, y en su lugar fue convocado Gatica. “De las rivalidades famosas que existieron en el boxeo argentino, la de Gatica y Prada fue la más grande”, afirma el historiador especialista en la temática Jorge Demárcico. A Gatica (entonces 17 años) lo dieron ganador por descalificación de Prada (18). Pero por siempre quedó que Prada le dio una paliza que lo dejó al borde del ko. La decisión enardeció al público. Y agrega Demárcico: “Muchas crónicas todavía dicen que había ganado Prada, pero la realidad es que fue descalificado. La gente se entera en el momento. Eso provocó mucha bronca entre las partes, sobre todo en los cuerpos técnicos”. El clima se calentó tanto que se pautó la revancha para dos semanas después (el 13 de octubre), en el mismo escenario: la ganó Prada, por puntos. Aunque de manera ajustada. “Fue una pelea apretada. Había quedado mucha bronca entre ellos. Resultó ser una de las peleas de mayor taquilla en la Federación. Quedó gente afuera. Además había como dos barras enfrentadas. Los que estaban con uno y con otro. A Gatica le decían Tigre. Pero el ring side, que estaba con Prada, le empezó a decir Mono, que no le gustaba, pero fue el apodo que le quedó”, recuerda Luis Romio, el actual presidente de la FAB. En aquellos tiempos ya frecuentaba con su padre el ambiente del boxeo. Crecería a la par de Prada y Gatica.

De la Federación pasaron al Luna Park, donde se enfrentaron cuatro veces como profesionales entre 1946 y 1953. Cada pelea fue durísima, con el estadio colmado por público que pedía más y más. Gatica ganó la primera, el 31 de agosto de 1946, y la tercera, el 18 de septiembre de 1948. Prada, la segunda (Gatica abandonó en el sexto round), el 12 de abril de 1947, y la cuarta y última, el 16 de septiembre de 1953, por nocaut. Los festejos de los hinchas de Gatica tras su primera victoria profesional ante Prada fueron dignos del fútbol. Se lo recuerda Demárcico a El Gráfico: “Hubo una fiesta tremenda de parte de los seguidores de Prada, que subían por avenida Corrientes haciendo ruido, cantando”. Ya la rivalidad deportiva trascendía al ring.

Tan diferentes y tan iguales a la vez. Gatica había nacido en Villa Mercedes, provincia de San Luis, el 25 de mayo de 1925. De familia pobre, llegó a Buenos Aires muy chico. “No pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución”, cuenta Víctor Lupo en su libro Historia política del deporte argentino. Desde entonces, la realidad y el mito alrededor de Gatica se dan la mano con la historia. Para defender su lugar de trabajo en la calle, tuvo que pelear. “De pequeño vagabundo, que mantenía a la madre y a la hermana, con la recolección y venta de diarios viejos por la mañana, el expendio de pastillas por la tarde, y el lustrado de zapatos por la noche, pasó repentinamente al poder que representaba manejar los miles de pesos que le reportaban las peleas”, cuenta su amigo y periodista Jorge Montes en una nota que escribió para El Gráfico en diciembre de 1983. En 1978, Montes publicó el libro El Mono Gatica y yo, una biografía espectacular que con esfuerzo se puede conseguir en librerías de saldo. Bien lo vale uno de los pocos ejemplares que deben quedar en la ciudad.

Gatica empezó peleando en el bajo, luego de que lo viera agarrarse a trompadas en las calles Lázaro Koci, un peluquero de la zona que lo subió al ring de un alojamiento para marineros por Paseo Colón y San Juan. En combates a tres rounds, ganó así sus primeras monedas. Montes, recuerda en aquella nota de El Gráfico, contactó a Koci para escribir su libro: “Yo, que jamás le había visto beber una copa -dice Montes sobre su diálogo con Koci-, me asombré cuando me dijo que, después de descubrirlo en la Misión de Marineros de la calle Chile y para ponerlo bajo su protección, lo envió a trabajar como albañil con su suegro. Este regresó un día asombrado por la cantidad de vino que se había chupado el Mono en el almuerzo. Y es que apenas tenía 14 años”.

Prada quedó marcado como el representante de los “cajetillas”. Nació en Rosario el 10 de marzo de 1924. Fue campeón argentino y sudamericano de los livianos. Se retiró vencedor en 1956 tras ganarle al chileno Andrés Osorio. De chico era inválido por un accidente, pero salió adelante con la natación, primero, y el boxeo, después. Ya en Buenos Aires, entrenaba en el Almagro Boxing Club (aunque era de Pompeya), en un barrio considerado de clase media, en oposición con el ambiente del bajo del que provenía su futuro rival. Hasta en eso se pararon en veredas opuestas.

Por creencia popular, el Mono quedó identificado con el peronismo. Pero ambos se ubicaban en la misma línea. Dice Demárcico: “La diferencia estaba en el arrastre que tenían en la gente. Y en esa mentira que decían que Gatica era del pueblo, peronista y de la popular. Los dos eran peronistas confesos. Sólo que Gatica era seguido por una masa de individuos que estaba con él y él, inconscientemente, exacerbaba esa situación saludando, haciendo gestos y esas cosas”. “Fue el primer marketinero del boxeo. Incluso antes que Bonavena. Ni se comparan”, agrega Romio. “Y antes que Bonavena, Selpa”, redobla Demárcico.

LA PELEA DE LA MANDÍBULA

Demárcio recuerda que durante el segundo combate profesional entre ambos, Gatica se quejaba del dolor de muelas. Y sangraba. En el sexto round se paró la pelea porque no podía seguir. “Al final, tenía una fractura en el maxilar. Quedó destrozado. Lo llevaron al Ramos Mejía, donde le hicieron de todo. Es más, los médicos dijeron que se había terminado su carrera, porque no podía boxear más”, cuenta Romio. El Mono, que aguantó cuatro asaltos en ese estado y estaba a punto de casarse con Ema Fernández (tuvo dos parejas más: Nora Guercio y Rita Armellino), gastó su dinero en “médicos, curaciones, dentistas y mantenimiento de su larga y abúlica familia”, como recuerda Montes en su texto.

Gatica se recuperó, volvió a pelear, ganó plata e hizo su fiesta de casamiento. Sólo que eligió la iglesia de Pompeya, la zona de Prada, cuyos seguidores la colmaron al enterarse de la afrenta. “La hinchada no perdonó la intromisión y la ceremonia estuvo a punto de derivar en la cárcel o en el hospital”, escribió Montes en esta revista, y agregó que “la turba entró a la iglesia repartiendo empujones y trompadas”.

Gatica y su gente sobrevivieron a aquello y el 18 de septiembre peleó nuevamente con Prada. Fue, dicen, la pelea más dura entre ambos. “El Mono se repuso de aquello de la mandíbula, le ganó por puntos tras doce rounds y hasta volteó a Prada”, señala Demárcico antes de que Romio recuerde que tras aquella noche “los dos estuvieron casi un mes en reposo por cómo quedaron”.

Pasaron cinco años hasta que combatieron otra vez. Estaba en juego el título ligero argentino. Lo ganó Prada por nocaut en el sexto. Llegaba mejor preparado. Siempre había sido respetuoso del gimnasio. Gatica ya estaba en otra. 23 mil personas llenaron el Luna Park. Fue el último capítulo de la rivalidad en el ring. Sus vidas siguieron de tal manera que no pudieron desligarse. Aunque Gatica quedó en primer plano, se necesitaban uno al otro. Prada solía contar como chiste que si iba a la Cordillera de los Andes y gritaba “Praaaaadaaaaa” el eco devolvería “Gaticaaaaaaa”. Prada, que terminó sus estudios, era intelectualmente preparado. Gatica no sabía leer ni escribir. “Tenía un sentido muy básico, primitivo, pero era solidario. Incluso en un reportaje que le hacen dice ‘yo nunca me metí en política. Si siempre fui peronista…’”, describe Demárcico a Gatica, de quien también recuerda que “una vez la gente le pedía en la puerta del Luna Park entradas para una pelea y él decía que no tenía. Entonces alguien le dijo ‘pero Monito, si por allá están entregando entradas a mansalva’. Y él se enojó y entró a reclamar al Luna diciendo ‘¿cómo es esto? No hay entradas para Gatica, que pelea, y sí hay para el señor Mansalva?’. ¡Fijate lo que era! Creía que mansalva era una persona. Tiene muchísimas anécdotas así. O como esa que le dijo a Perón: ‘Dos potencias se saludan’, Mucha gente lo quería, otro sector lo aborrecía. Fue el fruto de una época”.

Prada tenía muy buena relación con el presidente Juan Domingo Perón, al igual que el Mono, el preferido de Evita. De hecho, una de sus hijas se llama María Eva (tuvo otras dos, Patricia y Viviana, con su tercera esposa) y es la actual titular de la Comisión de la Mujer en la FAB. De la noche en que Evita fue su madrina hay otra anécdota. La esposa de Perón esperó en la iglesia más de media hora la llegada de Gatica y su familia. “¡Hace treinta minutos que te espero!”, le recriminó, molesta, cuando él llegó. Victor Lupo recuerda que la respuesta fue: “Y bueno, ¿qué quiere? Usted será Evita pero yo soy Gatica”. Al otro día, los medios periodísticos evitaron la noticia.

“Era un atrevido. Gatica era Gatica. Tenía un ángel que hacía que lo quieran”, insiste Demárcico. “A nivel popular, Prada quedó como en un segundo plano. Prada era el campeón, pero Gatica era el hombre del pueblo, el campeón sin corona”, resume Romio.

LOS MITOS

Los mitos venden y se apoyan en historias que no siempre son reales. Gatica forma parte de varios mitos. Su final en la pobreza, como corolario a su decadencia física, también se contrarrestó con cierta solidez económica de Prada. La historia oficial dice que Gatica murió al salir de la cancha de Independiente, antes de que termine un partido contra River al que había ido a vender muñequitos para sacar unos pesos. Vivía de eso; y de la caridad. Pero la realidad es otra. “Cuando murió no estaba vendiendo muñequitos, como se dice. Él ayudaba a venderlos a un pibe en la cancha de Independiente, del que era hincha. Lo hizo para darle una mano, porque sabía que si lo veían a él iba a ser más fácil que la gente compre. Después pasó lo del colectivo que lo atropelló. Y mientras se muere, internado, en el hospital, le manda un mensaje al marido de su ex esposa, (el cantante) Rodolfo Lesica, en el que le dice ‘maestro, te agradezco porque estás cuidando a mi hija’”.

En su El Mono Gatica y yo, Montes arma el rompecabezas de las últimas horas de Gatica. Cita el testimonio de su amigo Emilio Sánchez a la revista Así: “Gatica nunca vendió muñequitos. Por otra parte yo mismo era la primera vez que iba a vender a la cancha. Al final nos entusiasmamos con el partido y no vendí ninguno. El único muñequito que José María tocó fue el que le dio a uno de los controles de la platea: ‘Flaco, pasame un muñeco -me dijo-, se lo voy a regalar a un amigo’. Tengo entendido que lo conocían y siempre lo dejaban pasar”. En el mismo libro se cuenta que esa tarde el Mono estaba provocador y que él y Sánchez se fueron hasta el café El As, en Herrera y Luján, en Barracas. La dueña le negó el coñac y el Mono, enojado, se fue con Sánchez. Intentó subirse al colectivo 295, que “prosiguió la marcha aunque a poca velocidad. Gatica corrió tras él y quiso treparse con el vehículo en movimiento. Intentó tomarse del pasamanos pero no pudo. El colectivo lo arrastró unos metros y finalmente cayó bajo las ruedas traseras”. Fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fracturas de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra, se informó en el parte médico del Hospital Rawson. Dos días después, el 12 de noviembre de 1963, murió. En su multitudinario velorio la marcha peronista fue la música con la que se lo despidió en el cementerio de Avellaneda.

“Condición humilde”, coinciden Romio y Demárcico cuando hablan de cómo fueron sus últimos años. El mito dice que falleció sin un peso. Montes, según testimonios de allegados, cuenta que tenía una casa en La Plata entregada por el gobierno bonaerense de Oscar Alende, tras gestión de Prada. Justamente Prada le dio una mano en un mal momento cuando lo llevó a trabajar con él en la cantina Nock Out, en Paraná y Sarmiento, en Capital Federal. El “buenas noches, buen provecho” que decía el Mono a cada comensal fue una de sus frases en el delirio de sus últimos días.

Ese gesto de Prada para algunos fue una manera de aprovecharse de la decadencia de su ex rival. Romio entiende que “es mentira que Prada lo usaba. Todo lo contrario. Ponen el restaurante y piden un gancho. Y sale el nombre de Gatica”. “En algún punto, lo hizo socio. Le permitió ganarse unos mangos a Gatica. Gatica no podía hacer mucho. Una vez lo hablé con Prada”, agrega Demárcico. Y Romio: “Además le pagaba bien. Doy fe de eso. Pero Gatica no aguantó. Se fue. Le decían Monito y no le gustaba. Decía ‘buenas noches, buen provecho’ porque era parte de su forma de ser y no una exigencia. No comía vidrio. No era tonto. Era un inculto con millones de tipos que lo adoraban”.

Otro que también conoció a Prada es el periodista Gustavo Nigrelli. “Era un placer hablar con él”, dice al recordarlo. Y comenta que antes de cada pelea, Prada se acercaba a Gatica y le decía “categoría, ¡categoría!” para que se cuide y dé el peso. No hacía falta agregarle más. Así, se entendían. Alfredo Prada falleció el 25 de mayo de 2007, a sus 83 años. Ese día, Gatica hubiese cumplido 82.

En sus últimos años,también Martín Karadagián, el líder de Titanes en el ring, le dio una mano a Gatica, al invitarlo a participar de una exhibición de catch en la cancha de Boca. Otros dicen que fue sólo para convocar más público y que se aprovechó del boxeador que andaba falto de dinero. Aquel encuentro no terminó bien. Gatica, dicen, le pegó un cachetazo en serio y Karadagián le devolvió con un golpe que lo dejó rengo para siempre.

Osvaldo Soriano tituló Un odio que no conviene olvidar su genial perfil sobre Gatica. En ese texto aparecen datos inexactos, como señala Nigrelli a esta revista. Y cita, entre otros ejemplos: “Soriano escribe que ‘la última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia’, pero no fue así. Porque después de eso Gatica perdió una sola pelea y ganó trece, once de las cuales fueron por ko”. También recuerda que Soriano sostiene que “cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaban al ocaso” y lo niega: “Prada, después de su última victoria ante Gatica, hizo otras veintinueve peleas y las ganó casi todas. Sólo empató en dos”.

El 30 de septiembre próximo, a 75 años del primer combate, Gatica y Prada volverán a tener algo en común. Ese día, el club El Porvenir será el escenario de un homenaje a Horacio Accavallo, un grande de nuestro boxeo. La velada tendrá un momento emotivo cuando María Eva, la hija de Gatica, le entregue una plaqueta de homenaje por parte de la Uperbox al hijo de Prada, Ricardo. Será una forma de continuar una historia que, tal vez, nunca se cierre.

TODO UN PALO, YA LO VES

TODO UN PALO, YA LO VES

Por Alejandro Duchini

El seleccionado argentino es una consecuencia. No podemos aislar al equipo de lo que sucede en el entorno de una AFA que hace dos años suspendía su elección presidencial por una irregularidad tremenda. Tenemos los mejores jugadores y los peores dirigentes. Los destinos de nuestro fútbol siguen en manos de grondonistas. Los torneos se definen en base a los acuerdos televisivos. Los calendarios de los campeonatos locales se emparchan en vez de programarse. La selección tuvo tres técnicos en las eliminatorias de Rusia 2018. Cada uno con su estilo. El último, Jorge Sampaoli, es más un manotazo de ahogado que un plan a largo plazo. En algún punto me recuerda a cuando en Independiente se hacían cambios a lo loco para evitar un descenso inevitable.

Sin embargo, para un importante sector de la sociedad es más fácil apuntar -y para colmo con odio- a los jugadores. Se dice que Messi es pecho frío, que no le importa el país y que no canta el Himno. Se burlan de Higuaín cuando en Italia es uno de los jugadores mejor pago y no para de hacer goles. ¡Cuántos que lo insultan envidian su vida! Del Kun Agüero no sólo se afirma que juega porque es amigo de Messi; también nos olvidamos de que la rompe en Inglaterra. Icardi debe ser el tipo que más ganas tiene de triunfar en la selección. La lista podría seguir pero creo que para el caso con estos ejemplos estamos. Es cierto que ninguno de ellos anda bien cuando se pone la celeste y blanca. Ahora, ¿su bajo rendimiento justifica el odio? ¿Tiene alguien derecho a odiar por un partido de fútbol? ¿Se puede ser tan necio como para negar que un equipo de fútbol es producto de su dirigencia?

Esta semana vi y leí cosas increíbles. Un periodista de cuarta cancherea como si fuese un relator de la popular, olvida su rol de comunicador y compara este presente magro con los mejores momentos de Maradona. Huevo, pide. Y trata poco menos que se ladrones a los jugadores del plantel actual. Hay quienes toman en solfa el tema porque creen que no está mal que un periodista se haga el hincha. No creo que todos nuestros hinchas sean así. ¿O es esa la imagen que se pretende imponer del futbolero promedio argentino?

Por las redes sociales, un tipo común -quiero creer que es una broma de alguien que inventó un audio y lo viralizó-, otro cuyo nivel intelectual parece tan bajo como el del periodista aludido, dice que hay que armar un equipo con gente de la calle. Gente que ponga, de nuevo, huevo. También circuló una foto de Maradona y compañía discutiendo en un vestuario (parece que sobre fútbol); se la contrapone con otra de los futbolistas de ahora, leyendo sus teléfonos celulares, también en un vestuario, como ajenos a todo. Pasaron veinte años entre ambos equipos. ¿Vamos a censurar que usen teléfonos? ¿Alguien puede pensar que un tipo piense menos en sus obligaciones por usar un WhatsApp? ¿Tendríamos que condenar a cada persona que en su empleo o en la calle se mensajea con otros? Me pregunto si tenemos derecho a condenar a los demás por lo que cada uno de nosotros hace a diario.

Parte del periodismo que se vio en estos días demuestra que el nivel de esta comedia está en franco descenso. El título de Clarín de este domingo es una muestra: “Las penas son de nosotros, los goles son ajenos”, en alusión a Messi y su rendimiento del fin de semana en la liga española. Sumar al mal clima y a la deformación intelectual es el camino que eligen algunos.

A fines del año pasado, Claudio Borghi sostuvo en una entrevista que “Para Argentina sería bueno no ir al Mundial y empezar de nuevo”. Esta semana, Juan Carlos Martín, el entrenador de la nadadora Delfina Pignatiello, una de las grandes promesas del deporte de nuestro país, me decía que “los argentinos nos quejamos hasta de un segundo puesto. ¡No nos conforma un segundo puesto!”. Y me ejemplificó con Julieta Lema. Me contó que a pesar de no ser primera en el Mundial le ofrecieron, desde una universidad de los Estados Unidos, que se vaya a estudiar y entrenar allá. A veces es fácil darse cuenta por qué algunos países tienen mejores resultados que el nuestro.

Uno de los mejores conceptos sobre lo que nos pasa lo encontré fuera del periodismo. El ex futbolista y escritor Kurt Lutman escribió en su muro de Facebook: “¿Por qué no gana Argentina? Por culpa nuestra. Por culpa de los que miramos. Porque le exigimos que ganen aunque no disfruten. Porque desconocemos que la mayor potencia del humano NO es bajo presión, sino en un clima de distensión. Porque desconocemos que HACER POR HACER y JUGAR POR JUGAR es la llave al infinito. Porque estamos acostumbrados que así nos traten en el laburo. Porque así nos tratamos a nosotros mismos aún cuando el patrón se fue a su casa y quedamos solos. Pero ésta es una buena noticia. Yo nunca crecí tanto como cuando me dí cuenta que la idiotez se había apoderado de mí. Pasé de ser un idiota a SABER que lo era. Al virus del capitalismo futbolero nos lo inocularon a todos. El paso del hincha al VERDUGO. Éste idiota que escribe lo tiene a nivel células y necesita darse batalla todos los días. Pero hay otra buena noticia. Somos infinitos y podemos transformarnos en lo que queramos. Aviso con tiempo que me chupa un huevo clasificar al mundial si los jugadores que me representan no disfrutan dentro de la cancha. Yo ya no quiero convertirme en patrón de nadie (lo hice durante mucho) ni exigir eficiencia, porque al que quiera exigirme lo mismo le corto las manos. Salu Messi, juegue, sólo juegue pibe…”.

Este texto de Lutman me recordó otro de Eduardo Galeano, que publicó en su brillante Días y noches de amor y de guerra y que grafica por qué algunos descargan sus frustraciones sobre los futbolistas. “El sistema que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro”.

Mientras podemos elegir qué queremos hacer o ser o decir, otros seguirán llenando horas de televisión y radio y páginas de lectura acerca de si conviene jugarle a Perú en River, en Boca o en Central. Y aunque parezca increíble, ése es un tema al que unos cuantos le dan importancia.

“PAPÁ, SOY DE BOCA”

“PAPÁ, SOY DE BOCA”

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Imágenes: Nicolás Borojovich

Mi ex esposa y madre de mis dos hijos mayores es una persona de palabra. A pocos días de separarnos me prometió que haría lo posible para que ellos no me quieran. Me lo gritó después de una discusión, cuando yo me iba de la que había sido mi casa. “Voy a hacer todo para que los chicos te odien”, gritaba mientras me alejaba y me taladraba con su voz. Se ve que en verdad se ocupó del tema porque tres años después Ludmila dejó de hablarme. Tenía 9 cuando me mandó un mensaje en el que me pedía que me alejara de sus vidas, que yo era un escollo para ella, su hermano y su mamá. Años después, cuando cumplió 15, lo único que supe de su fiesta fue el nombre del salón.

Santiago, más chico, solía hablarme a pesar de que le decían que yo era como un Darth Vader sin retorno. Aunque a veces se enojaba por nada y ni el teléfono me atendía. Inclusive, manejaba 250 kilómetros para visitarlo en su pueblo y al llegar me decía que no me quería ver. Resignado, me volvía sintiendo que era Han Solo sin Leia ni Chewbacca y rezaba para que el Halcón Milenario no me dejara a pie en aquellas rutas desoladas.

Pero hay un detalle en el que quiero detenerme. Tiene que ver con esa estocada que los padres futboleros, cuando recibimos, sabemos que es poco menos que una herida de muerte. Se trata de la maldición de que a un hijo lo hagan hincha de otro club. ¡Ah! ¡No hay golpe peor! Es como que tu propio ego te moje la oreja.

Jamás olvidaré la sonrisa de Santiago aquel sábado a la tarde en que al pasar a buscarlo salió de su casa con una camiseta de Boca. Era una Nike nuevita, sin número ni nombre. Tampoco tenía dedicatoria: bien podrían haberle puesto -reluciente y en la espalda- algo así como “Para papá. Con cariño”. Al menos en eso hubo piedad.

Lo miré y no pude disimular mi asombro. Pensé varias cosas en escasos segundos. Entre ellas, hacernos un ADN. ¿Será hijo natural mío ese chico igual a mí, que tiene mis mismos rasgos y del que todos dicen que de cara somos idénticos? ¿Será posible que me salga bostero, cuando la herencia indicaba otra cosa?

Yo había planificado de manera meticulosa cómo manejar el tema del club de fútbol con cada uno de mis hijos. Pero se ve que no hice bien los deberes. No contaba con que del otro lado había una fundamentalista del mal tan dispuesta a todo. A Ludmila le conseguí una mamadera con el escudo del Rojo en plena gestación. Fue la primera que utilizó. Encima, fue testigo directa del título de 2002. Ella también tenía su camiseta, que se la compré en la cancha, tras un partido que se jugó un sábado a la noche cuando el campeonato era casi un hecho. Al nacer, Santiago ya tenía remera y calzón para cuando dejara los pañales. Después fue el turno de la pelota. Era una Umbro número cinco que le regalé para un cumpleaños. Ahora la tengo guardada en un placard, desinflada y a la espera de que alguna vez cambie de idea. A Malena, primera hija de mi matrimonio actual, la recibimos con gorrito y babero del CAI. Están las pruebas: los luce en sus primeras fotos, en la clínica. También recibió su roja ropa alusiva.

AleWarhol03Como la infancia de Santi fue de vacas flacas en cuanto a resultados deportivos, cuando venía a mi casa en Buenos Aires a pasar su fin de semana ponía manos a la obra a lo planificado. Le hacía ver videos de Bochini sin decirle que eran del tiempo en que yo tenía su edad. Le mostraba a los jugadores de los ochenta dando vueltas olímpicas: después de algunos minutos paraba, ponía cara de agotado y le decía que seguiríamos después porque me mareaba de tantas vueltas. Antes me aseguraba de que las imágenes fuesen a color. Le cantaba canciones futboleras y le mostraba a la hinchada roja envuelta en banderas y celebrando títulos del pasado. Los parlantes a un volumen relativamente alto hacían más épico el momento. Como el estadio había sido demolido y en su lugar sólo había escombros, le mostraba fotos de cuando estaba habilitado. En ellas, siempre lleno de hinchas. Le decía que la cancha de River la habían reconstruido unos militares asesinos y que a la de Boca le faltaba un pedazo. Que la de Racing había estado embrujada y que la de San Lorenzo no se sabía dónde estaría ubicada en el futuro. Si Independiente perdía, en vez de noticieros le ponía los canales con dibujitos. Así, vio casi todos los capítulos de los Backyardigans. Si ganaba, celebrábamos con Coca Cola, hamburguesas de McDonalds, helados y lo llevaba a PlayLand. Si quería cine, también. Pero en esos años se hizo habitual comer milanesas, carne al horno y patitas de pollo compradas en Carrefour.

A medida que crecía, le compraba otra camiseta roja acorde a su tamaño. También trataba de que no faltaran en casa los productos que se publicitaban sobre el pecho de los jugadores. Hubo un tiempo en que se promocionaba a Ibupirac. Me inventaba dolores de cabeza que me curaba con esas capsulitas. “¡Qué bien me siento ahora, Santi!”, le decía. “Tomé la pastilla de Independiente y estoy genial. Vamos a la plaza”, lo invitaba con una vitalidad demasiado exagerada. A partir de ese momento no dejaba de sonreírle. ¡Up! La vida color de rojo.

AleWarhol02Pero ahora estamos en su pueblo y el panorama es desalentador.

-¿Qué hacés con esa remera, enano? Si vos sos del Rojo…-, fue lo único que me salió.

-No, soy de Boca. Mamá me dijo que te ibas a poner contento de verme con esta camiseta.

Él sonreía y yo lo miraba perplejo. Pensé en mis esfuerzos por hacerlo de Independiente. ¡Tanta planificación para nada! ¡Diablos! Iluso, yo, que imaginaba que él continuaría el camino iniciado por mi papá. Que soñaba con que alguna vez iríamos juntos al Libertadores de América y celebraríamos un título de campeón, abrazados como solo un padre y un hijo se pueden abrazar en una cancha.

¡No! Al contrario. Lo imaginé frente en el probador de una casa de deportes luciendo la de Riquelme. Me pregunté si se habría llegado a probar aquella suplente de color rosa. ¿Con cuál de todas las combinaciones de camisetas modernas creadas por la historia y reafirmadas por el mercado habrán planeado este crimen? ¿Con qué color querían pintar la escena de mi asesinato? ¿Qué flores mandarían a mi entierro? ¿Azules, amarillas?

Hice como si nada y nos subimos al auto. Tal como le había prometido el día anterior, fuimos al cine. En el viaje casi no hablamos. Mi cabeza era una coctelera de amargura y bronca. No me salían palabras. Dios y el diablo definían a penales mi destino mental.

Hasta que llegamos, estacioné y le dije que tenía que cambiarse la remera para ir a ver la película. Así que le alcancé una con el escudo de Superman, comprada unos días antes y prolijamente guardada en el baúl del coche.

-Ponéte ésta, campeón, que está buenísima y es nueva. Te la compré para que la estrenes hoy.

-No, papá, voy con la de Boca-, me dijo.

-No, con la de Boca, no. No podés entrar al cine llevando una de Boca. Ponéte ésta.

-No.

-Si.

-Entonces no bajo. No voy.

-Bueno, como quieras. No vamos al cine. Nos volvemos.

-Bueno, dame la de Superman.AleWarhol04