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MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

Por Alejandro Duchini.

No sé si se le debemos más a la casualidad o a la causalidad. Debería haber una escuela que enseñe eso. “No existe una escuela, que enseñe a vivir”, cantaba, con razón, Charly García. Recuerdo que fue el 2 de noviembre del 97 cuando me enteré de que mi papá tenía una enfermedad incurable. No recordaría esa fecha exacta si no fuera porque ese día Independiente perdió con San Lorenzo. Como tampoco me acordaría de aquella en la que se murió si no fuese, de nuevo, por el fútbol. Sé que fue el 14 de abril del 98 porque a la noche siguiente volvimos a jugar con San Lorenzo. Pero ésa vez ganamos 3 a 1. Se cierra un círculo, pensé. Y había revancha. Nunca supe si era casualidad o causalidad ni si San Lorenzo tendría algo que ver en ese, nuestro propio círculo.

“La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo”, escribió George Simenon, uno de los mejores escritores de policiales. A fines de los 90 yo devoraba sus libros: entre otros, La nieve estaba sucia, Los anillos de la memoria y El hombre que miraba pasar los trenes, con el que lo descubrí y me deslumbró.

Hoy es 2 de noviembre. Normalmente, debería guardar la melancolía para el 14 de abril o por esos días. Pero ahora me ataca esta necesidad de escribir. Tal vez porque lo que más me marcó fue aquel momento en que supe que no había vuelta atrás. Ahí empezó y terminó todo. El resto fue tiempo de descuento.

Estaba en el pueblo de Rojas y había visto aquel partido por la televisión. Cuando terminó lo llamé para hablar de la derrota. Mi papá fue mi primer y mejor compañero de cancha. Me llevaba de muy chiquito a Avellaneda. Cuando decidió no ir más, comencé a ir solo, pero no era lo mismo. Podía ir con amigos pero lo que a mí me gustaba era comentar el partido con él, volver en el Torino escuchando a Víctor Hugo por la radio y pensar qué podía pasar en las fechas siguientes con la tabla de posiciones del campeonato. Pero él no pudo pagarse la platea y prefirió seguir viéndo al Rojo en su casa de soltero. A veces lo veíamos juntos y otras lo llamaba cuando volvía de Avellaneda y pasábamos un buen rato hablando de jugadores, cambios y tácticas. Después a él se le empezó a notar cada vez más la vejez porque sólo hablaba de antiguas glorias. Así que aquel domingo lo llamé y me atendió su pareja, Rosario. No sé por qué pero intuí que las cosas no andaban bien. Ella debió haberme dado algún indicio que no recuerdo y cuando me pasó con él, me dijo, a quemarropa: “Tengo leucemia”. No sé qué más hablamos, ni si seguimos la charla. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Me fui a llorar a la abandonada estación del tren de ese pueblito perdido de la provincia de Buenos Aires y al día siguiente lo acompañé al Hospital Durand. Su doctor tenía el mismo apellido que una gloria de San Lorenzo: Rendo.

Los seis meses siguientes fueron demasiado complicados. Mi pareja de entonces se fue de casa. Me refugié en mis amigos, en el trabajo y en la lectura. Y en el fútbol, claro. Independiente amagaba, como solía hacer, y después se quedaba. Lo que contaba era la ilusión. O el futuro del próximo campeonato.

La noche en que murió mi papá estaba en Mendoza y vine lo antes posible: un vuelo a la mañana siguiente. No había pasaje pero le dije al empleado: “Se murió mi viejo”. Alcanzó para que me consiguiera lugar en el avión. En Aeroparque me tomé un taxi hasta el Durand y en el camino el chofer escuchaba el comentario del amistoso de la Selección contra Israel. Ni me acuerdo del resultado. “En unos meses más se jugará el Mundial de Francia y mi viejo se lo va a perder”, pensaba. Tanto los días que pasaba en su casa como aquellos en que estuvo internado, al visitarlo hablábamos de cómo se preparaba el equipo para Francia. No le gustaban los jugadores ni el técnico, Daniel Passarella. Le encantaba, eso sí, Batistuta. Pero no podía entender cómo era que jugaba el Piojo López. “Yo tampoco, papá”, lo consolaba. Ese era su problema. El Piojo López.

Pasaron 19 años de aquello. Aún me parece que fue ayer no más. Si pienso en lo mucho que hubo en el medio, no lo puedo creer. Me gustaría decirle a mi viejo que ahora uso anteojos para leer, que en días cumpliré 45 y que cuando me muevo me doy cuenta de que la agilidad es un recuerdo. Ya no juego a la pelota y mi deporte es la bicicleta. Fija. No sea cosa que me lastime. Pero la abandoné. Volví  a las artes marciales. También le contaría que me estoy quedando pelado, como él. Justo en estos días, que siento el paso del tiempo, leí un poema de Luis Chaves que se llama Huso horario y dice “¿Qué vamos a hacer con la rima interna / ahora que somos los viejos de / quienes nos reíamos? Ahora que se activaron / los efectos secundarios / de todo lo que nos metimos / el milenio anterior”.

Tengo tres hijos, me separé y volví a casarme, le diría a mi papá. Ludmila ya tiene 16, Santiago 10 y Malena casi 3. Conservo aún la colección de 600 revistas El Gráfico que heredé de él. Ringo Bonavena, Carlos Monzón, Gatti y tantos más en las tapas. También sus odiados Boca y River. Y, por supuesto, aquellas con Independiente campeón de todo: partidos memorables, golazos, hazañas e ídolos. Pero ninguno como Bochini. A lo sumo un Agüero, pero no le hace ni sombra.

img_20161029_1536233281En estos años cumplí mi sueño de entrevistar al Bocha. La nota fue tapa de Crónica, en el 99, cuando se cumplieron veinte años de aquel partido que le ganamos al River de Fillol (¡qué arquero, por Dios!) con dos goles suyos y que siempre recordábamos porque esa noche de enero del 79 estuvimos ahí, en Avellaneda, y gritamos y nos abrazábamos como sólo en la cancha nos salía. Me hubiese gustado que mi papá vea mi nombre en ese reportaje, que no fue el único pero tuvo el simbolismo de ser el primero.

Si por un rato fuera posible hablar con él, no le diría que nos fuimos a la B. Ni que su nieto Santiago usa camisetas de Boca y me dice que no quiere saber nada con Independiente. ¿Para qué? Tal vez haría como con Malena, que le pongo videos de Youtube de viejos partidos en los que el Rojo siempre ganaba. “Ganamos, ¿viste?”, le digo. Una mentira piadosa, para entusiasmarla. Y ella se ríe y yo soy feliz.

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

Apasionado por Independiente, Mex Urtizberea explica a través de recuerdos por qué este deporte (y también Bochini) pueden marcar para siempre.

Por Alejandro Duchini.

Músico, actor, conductor, entrevistador y humorista. E hincha de Independiente. Mex Urtizberea (Ignacio Joaquín Urtizberea, su verdadero nombre) es un futbolero que desde hace siete años forma parte del staff del programa televisivo Pura Química. En tono de humor, se da el gusto de entrevistar a variados personajes; entre ellos, futbolistas. Y de esos futbolistas, a los de su querido Rojo de Avellaneda. En la charla que sigue, Mex recuerda su infancia en la Doble Visera de cemento, el pronto descubrimiento de canciones futboleras, los primeros ídolos y hasta aquella vez en la que desde la tribuna le cayó un rollo de papel de las viejas máquinas de calcular en la nuca: tanto le dolió que por un tiempo no volvió a una cancha. También habla de Bochini, su héroe; y lo hace de una manera tan hermosa que es imposible no sentirse atraído por el diez más grande que tuvimos los hinchas del Diablo.

El fútbol es, en este caso, una excusa para viajar a la niñez, recordar la calle con la barra de amigos y hasta revivir a algunos de esos jugadores que le regalaron inolvidables pedazos de vida. Pero es también un viaje al infierno tan temido del descenso y a la resurrección del club amado, encarada por los Benítez y Milito, como dice Mex. Es reírse, recordar, emocionarse y hasta reflejarse.

-¿Cómo nace tu relación con el fútbol y, particularmente, con Independiente?

-De chico iba mucho a la cancha. Me llevaba mi tío Cofla. ¡El tío Cofla! Así le decíamos al hermano de mi mamá. Toda su familia era de Independiente. Mi viejo (Raúl Urtizberea, reconocido periodista, 1928-2010) hinchaba por Estudiantes porque era de La Plata, pero no le interesaba mucho el fútbol. Es más, le molestaba: cuando en casa le cambiábamos el canal de televisión para ver un partido tenía una reacción muy dramática: se golpeaba el pecho y decía “cada vez que veo eso me hace un dolor acá”. Porque no quería que ver fútbol, que lo veíamos todo lo posible. Ya desde el 67 íbamos a la cancha. “Santoro; Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Dieguez y Tarabini”. ¿Viste cómo la canto todavía? Me la acuerdo. Mi tío nos incentivaba mucho.

-¿Cuál es la primera canción de cancha que recordás?

-Uuuuuhhhh ¡Me olvidé! Había tantas: “Avellaneda, Avellaneda, el campeonato qué bien te queda…”. De ahí salía eso de la formación: Bernao, Savoy, Artime… Ahí tenés, esa es la primera canción. La formación la aprendí de esa canción. Tenía el disco. “Independiente, orgullo nacional”. Era como un país aparte. Iba a la cancha y me acuerdo de cuando inauguraron la Cordero, arriba. Fui a ver un partido por Copa Libertadores contra Estudiantes y recibí un rollo de esos viejos, de cinta Olivetti, acá, en la nuca. Después de eso no quise volver a la cancha por un tiempo. La pasé muy mal, me asusté con aquel golpe. Tendría 12 o 13 años. Me cuesta recordar. Ese golpe me mató. No sé si todavía atajaba Carlos Gay o ya estaba Chocolate Baley. Después volví a la cancha.

-¿Jugabas a la pelota de chico?

-No. Eran mis dos hermanos, Gonzalo y Álvaro, quienes jugaban. Yo de chiquito hacía música, que era lo único que me importaba. Tocaba la batería desde los 6 años. Creo que recién a los 11 o 12 empecé a jugar, porque mis hermanos eran fútbol todo el tiempo. Atajaba para el equipo de ellos. Era un enano, pero me gustaba. Soy, un enano. Recuerdo que jugábamos en la canchita del barrio. Después empecé como defensor, con garra. Era rústico. Y más tarde, desde los 17 o 18, me mandaba como 5. Independientes, se llamaba nuestro equipo. Jugábamos en el Sindicato del Vestido, en el bajo de San Fernando. Aprendí a jugar al fútbol más de grande. Me encanta.

-Tu infancia estuvo marcada por un Independiente muy ganador.

-La de los 70 fue una época dorada. Teníamos un equipazo. Además viví toda la carrera del Bocha. ¡El Bocha! El otro día me hicieron una entrevista para un programa de Deborah de Corral que se llama Fuego. Vinieron acá, a casa. Tenían un video en el que me hablaba el Bocha y me trajeron una camiseta autografiada por él. Ahí la tengo la camiseta. ¡Qué divino! ¿Qué cosa rara la vida, no? Porque eso de ir a verlo, de tener una admiración increíble por él y ahora recibir una camiseta firmada, dedicada. Son esas cosas que da el hecho de trabajar en la tele. Está bueno que de repente aparezca Bochini y te diga “te regalo una camiseta”. Firmada. Toda mi vida fui a verlo y nunca pensé que ese tipo me iba a regalar una camiseta.

-Se te nota emocionado. ¿Cómo definís a Bochini?

-… El Bocha tenía una inteligencia del espacio que la tienen pocos jugadores. Era el anti-atleta. Tenía el cuerpo que parecía una heladera, las chapas que se le volaban. Lo mirabas y decías “este tipo no se dedica a jugar al fútbol. Se dedica a otra cosa”. Pero entraba a la cancha y era un mago, era una cosa rara lo que hacía. Hacía unos pases raros. Él era raro. Era raro como gambeteaba. No es que gambeteaba moviendo su cintura. Cambiaba los tiempos. Tenía un manejo del espacio. ¡Eso es! Un manejo del espacio y del tiempo. Como Maradona, Riquelme. Esos tipos… pocos jugadores saben manejar los tiempos. Te ponía una pelota frente al arco y no se sabía cómo lo hacía. El otro día vino Omar Larrosa y dijo que se cansó de hacer goles con Bochini. “Me dejaba solo frente al arco”, contó. Y otros jugadores decían lo mismo, como Bianchi, que dijo que su sueño era jugar con Bochini porque hacía todo más fácil para el 9. Se llevaba toda la marca. Era una cosa rarísima. Eso, inteligencia del espacio tenía. Nació con eso. ¡Y lo que provocaba en el hincha! Un tipo que nunca salió de Independiente. Creo que no tuvo la maduración emocional para tomar la decisión de irse a Europa. El tipo era como parte de… era Independiente. No podía ser otra cosa. Era un genio, realmente.

-Más allá de lo futbolístico, ¿qué te provoca el Bocha?

-Bochini es una alegría que tiene que ver con un recuerdo. Pertenece a un recuerdo divino. Si lo veo me lleva ahí, a ese recuerdo. No le pido más al Bocha. Es eso, el Bocha. Me da emoción. Hacía cosas geniales. Hay gente que está en otro lugar. Gente que tiene un don raro. Que hace cosas que no tienen nada que ver con los humanos. Como Messi, que verlo jugar provoca vértigo, una emoción en el pecho por ver a alguien hacer un pase mágico. Eso me provoca el Bocha. ¡Ese partido contra Talleres de Córdoba, el de la final del Nacional 77! Había metido un gol con la mano Bocanelli, que hizo así, y después expulsaron a Trossero, Larrosa y Galván. Un desastre. Todo mal. Pero estaba el Bocha. Eso es algo raro. Lo que hizo esa noche sólo lo puede hacer el Bocha, que podía tener la cabeza en otro lugar. Su frialdad es increíble. Ese tipo está en otro lugar.

 

SUS HÉROES, EN ESTE LÍO

-¿Qué otros jugadores del Rojo te deslumbraron?

-Bertoni. He visto jugadores tremendos. El Chivo Pavoni. Pancho Sá, Gustavo López, Clausen, Saggioratto, Percy Rojas, Alfaro Moreno, Garnero, Biondi. Te tiro los que me aparecen. ¡El Negro Galván! Me volvía loco el Negro Galván. Me gustaba jugar de 5 por él. No lo pasaba nadie. Después hubo muchos jugadores exquisitos, como Marangoni. Goleadores: Outes, que no lo quería la hinchada pero todos los domingos metía un gol. Yazalde. Siempre tuvimos buenos jugadores. El del 94, dirigido por Brindisi, fue el último equipo que me gustó. Jugaba divino, con velocidad. Era un equipazo. Pero más recuerdo aquellos de los 70 y 80, la época de Bochini, que era maravillosa. Hablo de un tiempo en el que los equipos duraban.

-¿Te gusta el Independiente 2016/2017?

-Le tengo mucha fe. Me gusta Milito. Creo que hará una buena campaña. Voy conociendo de a poco a los jugadores. Eso me cuesta. Soy un hombre mayor. Antes estaban, mínimo, cinco años en un mismo equipo. Hoy te dicen que viene tal o cual y no los conocés. Me pasa en Pura Química que nos visitan jugadores sobre los que me tengo que informar. Gracias a Pura Química me me mantengo informado.

-El programa te permitió, entre otras cosas, conocer a jugadores de Independiente.

-Si. Una vez vinieron Albertengo y Benítez. Benítez me desafió con que sabía hacer pastel de papas. Vino y lo hizo ahí, en este horno. Riquísimo. Muy rico de verdad. Me hace gracia Benítez. Me parece muy pícaro. Tuvo su momento divino. Ojalá que vuelva a tenerlo. Es un jugadorazo. Me gustan los jugadores pícaros. El otro día hicimos otro asado acá, con gente del Rojo.

-Siendo tan hincha de Independiente, ¿cómo viviste el proceso del descenso?

-No tengo un fanatismo como si fuese del grupo ISIS. Ya veía que el club estaba mal. La dirigencia era insostenible. Se hizo un desastre. Lo vaciaron. Después vino Cantero y no se entendió bien qué hizo. No pudo hacer nada. Era como … ¿viste cuando algo está fundido? No podíamos sostener esas luces de neón de que estaba todo fenómeno en la familia: pintemos el frente de la casa y listo, que parezca que todo está bien. Entonces pensé “bueno, hay que tocar fondo”. Tenía que pasar algo. Fue un dolor horrible. Pero sabía que era consecuencia de aquello. Se fue a la B porque estaba todo mal. Como cuando alguien se separa y todo explota y se va a vivir a un lugar peor. Era una consecuencia. No es que en el mejor momento del club pasó eso. Era todo malo, todo mafia. Estábamos acéfalos. Consecuencia de eso, descendés. ¡Una cagada! Eso es lo que me da bronca. Me molestan las dirigencias así. Por el contrario, me emocionan dirigencias como la de Alberto Lecchi, el vice de Temperley, que también es director de cine. Es divino. Tenés que hacerle una nota. Es un director de cine que hizo una bocha de películas y es el vice del único club que no debe nada. El tipo consigue tales jugadores, busca la forma de hacer algo prolijo. El club es social. Viene y me cuenta que hicieron un comedor y que hay que seguir haciendo. Eso me emociona de los dirigentes que se dedican a un club social. Hoy cambió eso. Cambió a partir del negocio de los jugadores que se venden, del negocio cuando se sacan la actividades que no dan guita. Entonces empiezan las políticas espantosas. No sé en qué terminará esto. Hay plata para unos pocos. Por eso se ven clubes fuertes como River, San Lorenzo, Racing, Huracán que tienen el mismo problema: los vaciaron, los hicieron mierda. Pero uno será siempre de Independiente y pensará en el lindo fútbol y en el romanticismo que eso tiene.

-¿Qué es ser hincha de un equipo o de un club?

-No soy socio, pero entiendo al tipo que siente que el club es su casa. El club de fútbol es como una iglesia para mucha gente. Es ir a juntarse los fines de semana y estar ahí. Tiene un significado tan grande el club. Me da pena que se vaya destruyendo el principio social del club. En el caso de Independiente me dije “bueno, se tiene que volver a acomodar todo”. Ahora sé que los jugadores cobran, que están bien y al día y que Moyano hace que funcione. Ojalá que hagan las cosas bien. Hace años que es uno de los que más debe. No sé qué va a pasar con eso. Mirá si un día dicen que el club no existe más porque tiene deuda. ¡Pasaremos a la clandestinidad! Es muy raro cómo se transforma todo por negocios. Iremos asentándonos donde podamos.

-¡La diáspora de Independiente!

-Es muy buena esa. ¡Claro! La diáspora de Independiente.

-Cuando recordaste tu infancia y viejos equipos te noté nostálgico. ¿Te lleva a la nostalgia el fútbol?

-Me ponen nostálgico el fútbol e Independiente. Recién te contaba lo de Talleres: uno siempre recuerda lo que recuerda porque emocionalmente lo tocó, así sea bueno o malo. De Independiente me acuerdo eso, todo el tiempo: las copas, el jugar divino. Me produce emoción recordar el juego de Independiente. Haberlo visto. Hoy, cuando lo veo jugar lindo me encanta. Me pongo de mal humor si juega feo. A veces lo veo solo en casa y otras voy a la cancha con un compañero.

 

FÚTBOL, ASADO Y MÁS FÚTBOL

La charla entre El Gráfico y Mex sucedió una mañana de jueves en la que abundaba el sol y el invierno parecía en retirada. Me recibió en su PH ubicado en una tranquila calle de La Paternal. Mex hace bien el papel de anfitrión: consigue que el visitante se sienta cómodo en todo momento. Tal vez eso se deba a que el tema del fútbol lo apasiona y por eso cada respuesta suya está matizada por el entusiasmo.

-¿Mirás partidos de otros equipos?

-Miro a la Selección. Y veo los que se juegan el domingo a la noche. Me gusta ver más fútbol de afuera. El Barcelona, por ejemplo. Pero no más que eso.

-¿Extrañás el fútbol cuando no hay fecha?

-Sí. Los fines de semana siempre hago asado: viene mi hija con sus amigos. Somos al menos 10 o 15 personas. Cuando termino suelo prender el proyector y mirar los partidos en la pared. Pero cuando no hay fecha, extraño. Me gusta ver y también jugar, aunque ya no puedo: tuve problemas en el ligamento cruzado de una rodilla y me dije que no jugaba más para no operarme. Nunca hice una buena rehabilitación. Juego mucho al tenis. Me gusta. También hago gimnasia dos veces por semana. Pero me encanta el fútbol.

-Así que Pura Química es también un puente al deporte que tanto te gusta.

-Es raro Pura Química. Nunca pensé que iba a trabajar en un canal de deportes. Cuando me convocaron, me dijeron que era para un programa que empezaba en cinco días. “¿No habrá una equivocación? porque no sé nada de deportes”, les dije. Pero avanzamos, tiramos ideas, se coparon y salió así. Probamos y hace 7 años que estoy. Nunca estuve tanto con alguien. Ni con una mujer. En este trabajo no sabés cuánto dura algo. No es que entraste a planta permanente y listo. Lo hago porque me divierte. Puedo hacer las cosas a mi semejanza.

-¿Cómo vivís la rivalidad con Racing?

-No me interesa. No lo odio ni tengo sentimiento de fanatismo. Tampoco me pone feliz que le vaya mal. Tengo amigos que son de la Academia y nos cargamos, pero no pasa de ahí.

-¿Las cosas se ven mejor desde el humor?

-Sin dudas. Todo lo que se pueda desdramatizar es bueno. El otro día vino Erviti al programa y resultó ser un gran personaje, un romántico del fútbol. No lo conocía. Lo único que le importa es el fútbol: le hizo un poder a su mujer para que le maneje todo. Él no sabe ni cuánto gana. Vive en Mar del Plata y odia el mar y no sabe nadar. Esos tipos me encantan. Yo les puedo hacer preguntas desde el humor. Erviti se terminó divirtiendo. Lo mismo con Miguel Russo, que cuando vino estaba mal porque no fue elegido para dirigir a la Selección. Pero no le fuimos a decir “¿estás triste porque no vas a dirigir a la Selección?”. Hablamos de muchas cosas y se divirtió. El humor te da una cierta impunidad.

-¿Qué te dio el fútbol?

-El fútbol me dio, en una gran época de mi vida, pasión por jugarlo. Era, cuando lo jugaba, una descarga, una pasión divina. Es un juego, el fútbol: todos corriendo detrás de una pelota. Esa cosa de equipo siempre me gustó. Me encanta lo que se genera alrededor de un partido con amigos: una hora de juego y después cinco horas de conversación, de comer, de tomar algo. Es el fútbol y lo que hay alrededor. Después lo trasladé a Cha cha cha y esas cosas. Trabajar en un canal de deportes me hace disfrutar desde otro lugar. Me gusta conocer a los jugadores, ver que son unos pendejitos. Pero cuando uno los veía de chico, eran héroes, gladiadores que salían al campo de juego a defenderte. Ahora los veo y me dan ganas de hacerles upa. Antes eran todos tipos grandes: Luque, el Mencho Balbuena, Medina Bello, Mastrángelo. Eran señores. Uno veía señores jugando. Eso me impresiona. Me gusta conocerlos y verlos desde otro lugar; y hablar con los técnicos y escuchar y preguntar. Porque además de joder pregunto cosas que me intrigan. Me encanta escuchar sobre estrategias, por ejemplo. El fútbol da esa cosa de camaradería. Todos vamos detrás de lo mismo. Es la mayor religión que tengo. No hay otra cosa en la que crea. Ni un grupo de música ni otra religión. Lo único que me identifica o tengo es que soy de Independiente, y argentino. Siempre que escucho Independiente estoy atento porque en un punto están hablando de mí, para bien o para mal. Siempre está presente, Independiente. Es eso: la cruz que llevo. Nada más.

A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

Por Alejandro Duchini.

Para mí, Cosas mías (el último disco de Los abuelos de la nada) fue un gran trabajo, más allá de las diferencias musicales de estos nuevos Abuelos con los anteriores, que tenían en sus filas a Andrés Calamaro, Cachorro López, Daniel Melingo y Gustavo Bazterrica, entre otros. Tal vez incida en mi opinión una cuestión sentimental: Miguel Abuelo fue uno de mis ídolos de la adolescencia, junto con Ricardo Bochini, al que arrastraba desde antes, cuando mi papá me llevaba a la cancha a ver a Independiente.

Conocí a Los abuelos por Mil horas, que a comienzos de los 80 pasaban todo el tiempo en las radios. Recuerdo que yo tenía una portátil, de ésas con un solo parlante (¡qué viejo estoy!), y que mi hermana Gabriela, entonces de 13 o 14 años, se volvía loca con las canciones de Los abuelos. Para las adolescentes de aquellos tiempos, Calamaro era el sex symbol; ahí era donde le sacaba varios cuerpos de ventaja a Miguel Abuelo. El tema es que cuando mi hermana reaccionaba, feliz, ante Mil horas, yo, de pura maldad, hacía valer mi propiedad y le cambiaba el dial. Empezaba una trifulca familiar que se cortaba con la orden de mis padres de que no hubiese radio para nadie. En algún punto yo ganaba esa guerra absurda por la que aprovecho para disculparme. Pero con el tiempo me empezaron a gustar todas sus canciones, como No se desesperen, Mundos inmundos, Sintonía americana (particularmente) y Así es el calor. Pero Himno de mi corazón me partió la cabeza. Era la mejor canción nacional que había escuchado. La letra y la música me parecían geniales. Mis viejos me regalaron el casette y yo no dejaba de escucharlo cada noche, en mi cama, a través de un walkman amarillo marca Unicef, que funcionaba con dos pilas que se gastaban cada tres o cuatro pasadas. Era un presupuesto.

Mis padres no me dejaron ir al Ópera a ver la grabación del disco en vivo porque era chico. Lo compensé con el alquiler del VHS del recital. Al separarse Los abuelos me entristecí y cuando Miguel anunció que volvían me asaltó una enorme expectativa. Para mi cumpleaños, mis compañeros del colegio me regalaron el casette y me pasé el fin de semana escuchándolo sin parar. Ya no eran los mismos Abuelos pero me gustaban igual. Es que la magia de Miguel seguía intacta. En 1987, ya sin la masividad de tiempos mejores, se presentaron en un teatro de Flores: creo que era el Fénix. En los días previos conseguí el número de teléfono de la casa de Miguel y lo llamé tras superar esa mezcla de timidez y nervios que sentía. Recuerdo que me atendió de muy buen humor y hablamos un rato largo de sus canciones, de lo lindo que es tocar en vivo y de otras cuestiones musicales. Sin darme cuenta, fue el primer reportaje que hice en mi vida.

Un domingo a la mañana, en marzo de 1988, me enteré de su muerte a través de la tapa de Clarín. Guardé el recorte en una carpeta en la que solía colocar noticias que me llamaban la atención: títulos de Independiente, triunfos de la Selección o recitales que me gustaban. Sentí un vacío enorme porque la música de Miguel me había acompañado, y mucho, hasta entonces. Incluso Cosas mías fue el disco que más escuché en los tiempos en que se moría mi vieja, entre fines de 1986 y principios del 87.

Para los 10 años del fallecimiento de Miguel yo trabajaba en la revista Flash, que pertenecía al diario Crónica. El director, Tito Jacobson, me encargó una nota a Gato, el hijo de Miguel Abuelo, quien por entonces había intentado reflotar -sin éxito- el grupo de su padre. Nos encontramos en la plazoleta Miguel Abuelo, en Palermo. Esa tarde Gato apareció con Chocolate Fogo. Traían cerveza y no dejaron de tomar mientras hablaban de su padre y tío, respectivamente. El fotógrafo -el gordo Gardella- sacó muchísimas imágenes y cuando terminamos los acercamos en su Volkswagen Gol hasta Puente Pacífico: “Este es mi barrio. Éstas son mis calles”, repetía Gato. Chocolate, más tranquilo, dijo algo que no olvidé más: “Miguel está presente en su ausencia”. Lamentablemente no tengo copia de esa entrevista.

Treinta años después, me parece increíble estar a un click de aquellos personajes que le pusieron música a mi vida y que entonces eran inalcanzables. A través de Facebook podría contactar a Juan del Barrio y a Willy Crook, quien también integró la banda en su última época. El año pasado conseguí entrevistar a Andrés Calamaro, ya sin aquellos resquemores que tenía porque se había ido de Los abuelos. En 2001 tomé una cerveza en un bar de Almagro con Gustavo Bazterrica. Le hice una entrevista que me acercó mucho a la figura de Miguel. Me recitó de memoria la letra de una canción que le dedicó. Se titulaba Expedición mágica y, entre otras cosas, decía “Genio, mago, títere, artista, rey, bufón, paladín del canto y del humor / Siempre de tu pluma un verso fue un rayo de sol”. En 2014, entrevisté a Cachorro López porque se cumplían treinta años de la aparición de Himno de mi corazón. “¿Ya treinta años?”, me preguntó cuando le recordé por qué quería hacer la nota.

No sé qué será de la vida de Gato. La última vez que lo vi fue en el 2009, poco después de que fuese detenido en España, acusado de robo: yo caminaba a eso de las dos de la tarde por Godoy Cruz y Charcas, en la zona de Pacífico, y él tomaba vino con una barra de personas de diversas edades. Lo reconocí al instante pero él a mí ni me registró. Sentí que no tenía sentido detenerme a explicarle que lo había entrevistado unos años antes. Lo primero que recordé al verlo fue eso de que aquellas, las de Puente Pacífico, eran sus calles. Las de Palermo, en verdad. Igual que su padre, Miguel Abuelo.

WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

Por Alejandro Duchini

El vínculo de Sebastián Wainraich con el fútbol tiene origen, como el de muchos futboleros, en el barrio y la familia. Sólo que no a partir de su papá sino de sus hermanos mayores. Durante esta charla habla de eso con una mezcla de seriedad y humor, se ríe de sí mismo, recuerda los tiempos en que sabía las formaciones de memoria, se ilusiona con que su hijo Federico -de cuatro años- se ratifique futbolero de Atlanta y explica por qué el equipo de Villa Crespo debería estar un escalón más arriba.

Sigue yendo a la cancha, aunque sin el fanatismo que tenía de pibe. Ahora vive en Colegiales junto a su pareja, la actriz Dalia Gutmann, con quien tuvo dos hijos: Kiara y el mencionado Federico. Tiene una agenda movida. Este año se estrenaron dos películas en las que participa. Una de ellas es Una noche de amor, en la que lleva el rol protagónico junto a Carla Peterson; Wainraich además escribió el guión: “Hay un guiño a Atlanta”, refiere: ya lo explicará en la entrevista. La otra se acaba de estrenar: es Caído del cielo, junto a Muriel Santa Ana y Peto Menahem. Allí interpreta -haciendo gala del humor- al ex de Santa Ana. Con mochila de experiencias televisivas, es desde hace años conductor del programa Metro y Medio, junto a Julieta Pink, por Radio Metro. Desde esta propuesta radial también se da el gusto, de vez en cuando, de hablar de sus inquietudes futboleras.

wainraich-¿De qué equipo sos?

-De Independiente.

-Todos somos sufridos.

-…

-Son decisiones que tomamos los seres humanos.

-¿Y vos? ¿Por qué sos de Atlanta?

-Porque mis hermanos me llevaban a la cancha cuando éramos chicos. Vivíamos cerca, en Parque Centenario. No en Villa Crespo, como creen muchos. Después sí me fui a Villa Crespo. Además, cuando yo tenía 8 años, jugaba en el equipo Roberto Zywika, que era primo de mi viejo. Eso también me vinculaba con el club. Mi hermano Diego, que falleció, era de Argentinos e iba a ver a Atlanta los sábados. El otro, Raúl, es de Boca, pero tiene su simpatía por Atlanta. Yo soy el único en la familia hincha hincha de Atlanta.

-O sea, Atlanta no te llega por vínculo paterno.

-No lo pensé. Lo tomo como natural. A mi abuelo le gustaba el fútbol pero tampoco era de ir a la cancha. Lo que pasa es que yo era el menor de los tres hermanos, que me llevaban cinco y ocho años. Entonces esa también es una presencia fuerte: hay algo paternal. No sentí esa ausencia de mi padre porque tuve la presencia de mis hermanos.

-¿Tu papá no es muy futbolero?

-No. Dice que es de River pero no le presta mucha atención. Ahora hincha por Atlanta por nosotros, igual que mi vieja. La tradición sigue con mi hijo, que tiene 4 años, y con Lucas, mi sobrino, de 16, que es de Boca pero un poco lo tira Atlanta. Es una lucha. A mi hijo lo llevé una vez a la cancha.

-¿Cómo fue la experiencia?

-Es chiquito. Se aburre. Justo ayer fue a la escuelita de fútbol. Le encantó. Jugamos mucho en casa. Le gusta ver partidos. Como no tiene las cosas tan claras es el momento de hacerlo hincha.

-¿Qué lugar ocupa el fútbol en tu vida?

-Un lugar importante. Estoy tomando distancia de eso del sentimiento inexplicable, de la pasión desatada. Estoy en la contradicción permanente. Vi la película Hijos nuestros, con Carlos Portaluppi, que es un crack, y Ana Katz, que está muy bien. Son dos grosos. La película, sin caer en el discurso panfletario, demuestra en qué puede caer un fanático del fútbol. Es una historia muy linda; y un poco dura. No es un dramón, pero pega. Y tiene partes muy graciosas. A veces me parece demasiado sobreactuado eso de “la pasión de mi vida”, “mi vida por los colores”. Pero a la vez me pasan cosas: el otro día perdió Colegiales, quedamos a cuatro puntos en la tabla y eso me alegró la tarde. Me parece que hay que ser medidos. Esa cosa de “la vida por los colores” llevó a lugares espantosos. Está bien dejarse llevar por la pasiones, es natural que te alegre eso y te entristezcas según el resultado de tu equipo. A mi me pasa todo el tiempo. Pero llegar a la violencia es inexplicable. Yo también estuve en tribunas y canté “te vamos a matar” sabiendo que eso no lo haría. Igual que la mayoría de la gente. Pero al mismo tiempo creo que hemos legalizado a los barras. El hincha no es cómplice de eso pero de algún modo es partícipe. Si hasta hemos celebrado a barras cuando entraban, etcétera. La verdad es que no está bueno eso.

-¿Te volviste más racional?

-No, no es eso, porque me alegra que gane Atlanta, me sigue cambiando el ánimo un resultado y quiero que le vaya bien. Lo que cuestiono es la irracionalidad, la violencia, el discurso vacío, el de las frases hechas: “Me mato si pasa tal cosa”, eso que te decía de “la vida por los colores”. ¡La vida, por los hijos! Para mí.

-Sos un genuino hincha bohemio si se tiene en cuenta que podrías haber salido de Argentinos o Boca, que son más grandes.

-¿Querés decir que Atlanta es más chico que Argentinos y Boca? Y encima lo elegí en la época de Argentinos con el Juventus. Es para hablar en terapia. Pero yo también agarré una buena época de Atlanta: que hoy esté en la B Metropolitana es antinatural. Porque por historia es de Primera. Después, sí, tiene muchos años en el ascenso. ¡Me tocaron todos a mí!

En el 84 yo tenía 10 años y le ganamos a Boca, el día que jugó con los números de la camiseta pintados con marcadores. Graciani hizo un gol para Atlanta, en La Bombonera. No me olvido más de eso.

-¿Quiénes eran tus héroes futboleros de infancia?

-Alfredo Graciani, porque pasó a Boca. El plumero Rubén Darío Gómez, que jugó en Boca, River, Argentinos y creo que salió de Lanús. Era un 4 espectacular. En ese 84, con Atlanta en Primera, yo era fanático de leer todo: El Gráfico, Sólo fútbol. Recuerdo que Gómez fue elegido el  mejor 4 de la A, aún jugando para el equipo que descendió. Además, tenía rulos. Después, Alfredo Manuel Torres, el narigón, que era el 10 cuando ascendimos. Fue a la selección juvenil del 79 como suplente de Maradona. Y Fabián Castro. De ahora, los mellizos Soriano, que lograron identificarse con el club.

-¿Y Maradona?

-Claramente. De mis héroes de Selección, Maradona, Caniggia, Burruchaga -sin dudas- y Ruggeri. Me estaría olvidando de alguno. Del 86 sé todo. Tenía 12 años y aún me acuerdo el número de cada uno. ¡Un enfermo!

-Hay equipos que, sin ser grandes, mueven mucho sentimiento y tienen tradición. Por ejemplo, Temperley, Chicago, Chacarita y el mismo Atlanta. ¿Coincidís?

-Creo que sí, pero eso es más para nuestra generación. Los pibes que hoy tienen 20 ya no lo ven así. Para ellos los clubes de Primera de segunda línea son Arsenal, Defensa y Justicia, Atlético Rafaela. Por ejemplo, no muchos saben que Atlanta y Chacarita jugaron el clásico más veces en Primera que en el ascenso. Hoy un pibe de 12 no te lo cree. Cambió. Hace 30 años que Atlanta está en el ascenso. La historia cada vez queda más lejos.

-¿Sentís melancolía por el fútbol ochentoso?

-A veces. Y un poco también por los 90. Pero no quiero caer en eso de que todo tiempo pasado fue mejor. La diferencia es lo fugaz y rápido que van las cosas ahora. Yo te digo Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique; Giusti, Marangoni, Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón o Buffarini. Hoy no te lo podría decir eso de memoria… ¡Te emocionaste, casi!

-…

-Hoy no te podría decir de memoria cómo forma Independiente… Un poco por mí, porque ya no estoy tan interesado en las estadísticas, pero sí en el fútbol; y otro poco porque cambian tanto las formaciones. Bochini es otro héroe para mí, aún sin ser de Independiente. Igual que Gatti, que salió de Atlanta. La historia de Bochini y su forma de jugar: me parece un artista loco, como un científico del fútbol, un tipo como Woody Allen, como anda despreocupado en la cancha de fútbol. Estaba como en otro lado él, ¿no? A Fillol también lo pongo en el lugar de los grandes. También Iniesta, que lo veo jugar y me vuelvo loco. Siento que hay algo más en él. Tiene sencillez, genialidad. todo lo hace bien. Igual que Messi, que también me vuelve loco. Pero a Iniesta lo veo más posible. Lo que hace Messi es imposible.

-Sobre eso te quería preguntar: ¿qué te provoca Messi?

-Asombro. Mucho asombro. Asombro por las cosas que hace. No logro entenderlo. Me maravilla siempre. Un extraterrestre me parece a veces. No le saco la ficha. Tampoco logro darme cuenta de en qué piensa, qué le pasa. Me parece que va a otra velocidad que nosotros. En la selección no supimos aprovecharlo. A veces porque le reclamamos cosas épicas, que cante el Himno, que se tire al piso. Antes que eso, prefiero que haga cuatro goles por partido. Tal vez él tampoco esté tan cómodo en la Selección.

-¿Qué te pasa con los insultos que recibe?

-¡Estamos locos! No entiendo qué le pasa a alguien que insulta a Messi. Hay algo de resentimiento. Estamos esperando que nos salve. No sé.

-¿Sirve para algo que se lo compare con Maradona?

-Sirve para la charla de café, para el asado. Pero que hayan jugado en etapas distintas anula un poco la comparación. Tampoco es tan importante. No sé si Messi es peor o mejor que Maradona. No me parece tan válida ni importante la comparación. Hay una cosa argentina de ser medio hincha pelota, pesado. Tengo miedo de caer en eso de que el tiempo pasado fue mejor. No hay una tabla para medir quién fue mejor.

-¿El ídolo te trasciende el partido en sí?

-Al ídolo lo dejo dentro de la cancha. Me parece que es injusto pedirle más. A un jugador lo califico sólo por lo que pasa dentro de la cancha. Punto. Se terminó ahí. Me parece que eso lo aprendés con los años. De chico defendía sus declaraciones. Cuando uno es chico, tal vez más ingenuo, siente que representan algo más. Pero después me dije “no, qué me tengo que hacer cargo yo”.

-¿Qué sentís cuando se juzga a Osvaldo o a Icardi por sus vidas privadas? Por ejemplo, que se diga que no tiene códigos, como el caso de Icardi.

-Me parece una pelotudez lo de los códigos. Eso es para la mafia. Sí me parece que tiene que haber convivencia. Icardi demostró que puede estar en la Selección. Me parece que muchos de los futbolistas jóvenes están como indefensos: de repente se encuentran con muchas cosas. Hoy que tengo 42 me doy cuenta de que son pibes. Icardi y Osvaldo, por seguir sólo esos ejemplos, son jóvenes. Parecen más grandes, a pesar de estar bien físicamente, por todo lo que viven. Anduvieron acá, allá. Debe ser raro que les pase eso. Preferiría no juzgarlos. No los justifico ni nada. No tengo por qué juzgarlos. Ojalá puedan resolver sus vidas.

-¿Qué postura tenés ante aquello de que hay que ganar siempre?

-Me parece insólito que se piense que alguien quiere jugar bien sin ganar. ¡Todos queremos ganar! Si Atlanta sale campeón ganando todos los partidos 1 a 0 y… no me va a gustar. Tampoco me gusta la trampa. ¿Gritaste el gol de Maradona? Obvio. Pero él no entró pensando “voy a hacer un gol con la mano”. Entró pensando en hacer un gol eludiendo a cinco. Ahora, ¿fue picardía lo suyo? No, fue trampa. ¿Grité el gol? ¡Claro! Pero si ganábamos todo el Mundial así no me hubiese parecido tan emotivo.

-¿Jugamos como vivimos? ¿En qué nos emparenta el fútbol?

-Creo que no. Eso no se lo dejaría sólo al fútbol. También es cómo te comportás en un restaurante, en tu trabajo o con tu familia.

-¿Seguís jugando al fútbol?

-El año pasado jugué.

-¿Te estás por “retirar”?

-Siempre. Después de muchos años sin jugar volví y es difícil. Es difícil sentir que te tira todo, que terminás cansado. Aunque volví a sentir cierto placer. Sin buen nivel, pero a esta edad uno está más confiado. Sabés que tus limitaciones son un punto a favor. Por ejemplo, no corrés a aquella pelota a la que sabés que no vas a llegar.

2-¿De qué jugás?

-Adiviná.

-De tres.

-De tres.

-Te juro que no lo sabía.

-Soy derecho, pero juego de tres porque si pateo con la derecha me desgarro. Siempre en línea de cuatro. En cancha chica juego poco, aunque quiero volver. A esta altura de la vida me parece que lo ideal es fútbol ocho o siete. Porque el fútbol cinco tiene un ritmo tremendo y el fútbol once tiene unas distancias asesinas. En el siete y ocho estás en la mitad: jugás con pelota de once, lo cual está bueno, y no tenés las distancias del fútbol once ni el ritmo del fútbol cinco. Y se puede armar cierto orden, que en el cinco no lo hay: te vas ubicando pero no hay orden.

-¿Sos bueno?

-No.

-¿Sos un futbolista frustrado?

-De ser jugador, no. Tengo la frustración de no haber sido mejor. Pero no de haber sido profesional. Nunca me ví yendo a entrenar todos los días. Uno ve la la imagen de Burruchaga haciéndole el gol a Schumacher en el 86 pero el fútbol es otra cosa. No hay muchos Burruchaga ni muchos Messi. Tengo llegada a jugadores del ascenso y veo que todo es duro: son maltratados por dirigentes y a veces por técnicos. Es difícil. Tiene sus cosas lindas, pero no es fácil.

-¿No te pasa que al ver fotos de jugadores de los años 70 parecen viejos, cuando apenas tendrían unos 30?

-Sí, sí. Es increíble. Y ves fotos de más atrás y parecen señores de 60 años. Y con el 86 más o menos: Giusti, Brown tendrían 27, 28 y parecen de más. Pero ha cambiado. Nuestros viejos no se vestían así a los 40, como nosotros hoy. Igual, los futbolistas tienen eso de parecer más grandes.

-¿Dónde jugabas a la pelota cuando eras chico?

-Había dos escenarios. Uno, el colegio Manuel Belgrano, en Almagro, estatal. Jugamos mucho en Parque Centenario. Hasta que se hacía de noche. Tendría 10 a 12 años. Después seguí en el secundario, que lo hice en el Vieytes. pero teníamos gimnasia en el Parque Sarmiento y también nos quedábamos a jugar. El otro escenario era Macabi, donde yo jugaba. Macabi es uno de los grandes de la liga judía. Los otros son Hacoaj y Hebraica. Son como Boca, River y… el que quieras. No quiero herirte.

-Pongamos Independiente.

-¡Lo dijiste vos! Ahí había un buen nivel. Pero bueno, en serio. Ahí tenía a mi mejor amigo, que llegó a jugar en Ferro y en Atlanta. Poné su nombre: Gaby. Sigue siendo un crack. Se lesiona seguido. En los 80 lo acompañé a probarse en Ferro. Había miles de pibes: 44 jugadores para probarse; y quedaron dos: él y otro más. Después vino lo del sacrificio: ir a entrenar a Pontevedra y esas cosas. También jugó al fútbol de salón de Atlanta, que era groso.

-¿Y vos jugabas fútbol salón?

-No, yo no.

-¿Qué fue lo más lindo que viviste en el fútbol?

-¡Qué buena pregunta! Nunca lo pensé. Tengo una cosa emocional de ir con mi hermano a la cancha. Ahora cobra otro valor porque él no está. Ahí hay algo fuerte. También en el hecho de ir con amigos. La ceremonia de ir a la cancha es hermosa. O era hermosa. Sigo yendo, pero algo cambió. Tal vez esté más viejo. Siento placer al ver partidos. Me sigue gustando. Y ahora a mi hijo, con 4 años, le empieza a dar por ese lado y me pasa algo lindo para compartir con él. ¡Cuando a mi hijo no le gustaba el fútbol me sentía solo en casa!: tengo otra hija y mi mujer. Otra cosa muy linda fue ir con mi hermano, mi sobrino y un amigo de Atlanta a ver Argentina-Suiza en el Mundial pasado. En ese partido hubo un gol épico de Di María. Sentí que mi sobrino estaba en la edad ideal para vivir ese tipo de cosas que da el fútbol. Me acuerdo de que para ir a ver ese partido un amigo, Nico, me vino a buscar a la radio. “Esto es lo único que llevo”, me dijo mientras me mostraba su camiseta de Atlanta en un Aeroparque que era el colmo de la boludez masculina. Pero bien, una gran boludez, hermosa. Llegamos de madrugada, dormimos tres horas, la pasamos bien a pesar de que el partido fue tan sufrido. Porque si perdés te vas. Me gustó compartir ese momento con ellos.

-¿El fútbol es una herramienta para acumular recuerdos?

-Es una herramienta más. Tenemos otros recuerdos de la infancia, de la adolescencia.

-Con una cancha tan bien ubicada en Buenos Aires, ¿coincidís en que Atlanta no supo aprovechar eso para crecer más?

-Es verdad: Atlanta no supo sacarle jugo a eso de tener semejante monstruo en la ciudad. Junto con la de Ferro y Vélez, debe ser la de mejor acceso: subte, bondi, tren. En un tiempo Atlanta tuvo 25 mil socios. Hoy la parte social está medio… Antes los clubes eran una herramienta social: asado, reuniones. Pero eso se terminó. Hay que aceptar que cambió. No me gusta estar tanto en la melancolía. Soy de a ratos melancólico, pero no me gusta estar todo el tiempo con eso de lo que pudo haber sido… Una vez fui con mi padrino a ver un Vélez-Atlanta y me dijo: “Acá está el ejemplo de dos clubes de barrio: el que hizo todo bien y el que hizo todo mal”. Me parece claro ese punto.

-Es un ícono del porteñismo, Atlanta.

-Pero la gente quiere salir campeón. Un muy amigo que fue dirigente una vez me dijo que “si hacés todo bien y la pelota pega en el palo y se va, te van a putear”. La corrupción molesta cuando el equipo se va a la B. Pero si ese equipo sale campeón y hay corrupción, no molesta.

-¿Algo que te moleste del fútbol de ascenso?

-Que a veces se complique para ir a la cancha por los horarios. ¿Viste que en el ascenso los partidos se juegan a las 3 de la mañana?

-¿Cuál fue tu mejor combinación de cine y fútbol?

-Tal vez en Una noche de amor, la película en la que actúo junto a Carla Peterson y en la que escribí el guión. Puse a Solita Silveyra haciendo de mi mamá. En una escena en la que llego con Carla, mi compañera, Solita dice “hay un tornado en Atlanta”. Ese es mi guiño a Atlanta. Mis amigos se dieron cuenta. A Atlanta lo llevo en la sangre.

PABLO RAMOS, EL ESCRITOR DE EL GRÁFICO

PABLO RAMOS, EL ESCRITOR DE EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

En el número de este mes de la revista El Gráfico, el autor de La ley de la ferocidad, entre otros libros geniales, es el protagonista de la habitual entrevista a gente de la literatura. A continuación, algunas de sus declaraciones que fueron publicadas bajo el título “A veces quiero matar a los que critican a Messi”.

“(De los boxeadores me gustaban) Muhammad Alí, Bonavena, Monzón y Gatica. Su película me marcó. Yo me hice fanático del boxeo en la casa de un amigo de mi papá, en Florencio Varela, viendo aquella pelea memorable en la que Víctor Galíndez le ganó por nocaut a Richie Kates (EE.UU.), en Johanesburgo (22 de mayo de 1976). Yo tendría 12 o 13 años. Fue una pelea increíble. La ví y me di cuenta de lo heroico que puede ser el boxeo. Su épica no existe en ningún otro deporte. Los boxeadores son gladiadores. La esencia es la violencia, pero también la técnica y la defensa. En cambio, en el fútbol o el básquet se matan, se quiebran, cuando su esencia no es la violencia. El boxeo es un deporte de caballeros que tiene unas determinadas reglas”.

Soy fanático de la Selección, a la que prefiero antes que a Independiente, Racing o Arsenal. Tengo un vínculo muy fuerte con el fútbol. Me crié con Julio Grondona y su hijo, Julito, que tiene un gran corazón. En cuanto a Julio, te hablo de un tipo con el que todos los que paraban en la esquina terminaron trabajando en el club. Como mi hermano, Gabito. Don Julio lo llamaba desde Suiza para ver cómo estaba. En ese barrio sentíamos que donde no llegaba el Estado, llegaba un padrino. Don Julio es eso. Mi hermano y yo pudimos arreglar la casa de mi vieja comprando los materiales en el corralón de él. Te cuento una. Le quedamos debiendo una guita; ponéle unos 15 mil pesos de ahora. Cuando la juntamos, le dije a mi hermano que le vaya a pagar. Yo estaba haciendo el guión de El origen de la tristeza, preparando el trailer y esas cosas. También hice el de Historia de un clan, con el que me fue bien. Escribir me resulta fácil. Es lo único que me resulta fácil. Gabriel va al corralón y la secretaria le dice que Don Julio quería hablar con él. Lo llaman de ahí mismo y le pide que le haga unos arreglos en la casa. Mi hermano le arreglaba todo en la casa de Puerto Madero. Pero en esa llamada le pregunta: “¿Tu vieja tiene plasma para ver la Copa América?” Era en 2011, la que ganó Uruguay. “No”, le contesta. “No pagues nada. Con esa plata comprále un plasma. (…) Me llama mi hermano, me cuenta y le digo que sí, que compremos un plasma. Pasan unos meses y me llama mamá y me dice que tuvo una visita rara. “Vino Don julio, con el auto de la AFA”, me cuenta. Y también me dice que le tocó timbre, le pidió de pasar y se quedó con ella a tomar unos mates. En un momento le comenta “¡qué linda tele!”. “Me la regalaron los chicos”, le contestó, sin saber lo que había pasado. ¡Es un fenómeno! Fue a ver si cumplimos. Tuvo ese detalle de ir, no por mi mamá sino por nosotros, para ver si íbamos derecho o no.

“Lo extraño a Don Julio. El fútbol argentino le debe a Grondona que Messi juegue en nuestra Selección. ¡Porque ya iba a jugar para España! Don Julio inventó un amistoso para evitarlo. Ningún periodista veía eso”.

“Quiero matar a quienes critican a Messi. ¡Ganó todo! ¡Sólo le falta ser Balón de oro de Marte! ¿Qué le falta? Yo juego bien a la pelota, por eso entiendo. Pero otros critican desde cierta comodidad. La misma comodidad que tienen los que critican la literatura. Desde ahí es sencillo, cuando todo ya pasó. Los que no tienen huevos en la Selección son el Kun Agüero, Di María. Se lesionaron siempre. Messi le puso todo. No es del estilo Maradona, que juega hasta con el tobillo hinchado. ¿Qué culpa tiene Messi si Higuain no la mete en la final? Mete 40 así todo el año y en la Selección, no. ¿Te gustaría ver a Messi del otro lado, con el 10 de la camiseta contraria? No es Maradona. Es Messi. Pero como es Messi tiene para dos mundiales más. Y entero. El mejor Messi está por venir. El que no corra tanto. Porque ahora está cambiando la manera de jugar.

“Diego y Romario son lo más grande que vi en la cancha. Magos, magos, magos. Messi es el jugador perfecto. Filoso. Tiene la pelota entre ceja y ceja, como los perros que corren las gomas de los autos. Es una especie de autista de la pelotita. Siempre ve la pelotita. Es la Play Station. Diego, en cambio, es poesía. ¿Pero qué pasa? No se lo soporta más. Todos los días conventillos. Que no reconoce a los hijos, o cosas así. Otros que me gustan son Riquelme, Iniesta y Bochini”.

“¡Yo vi la gran época de Bochini! Con Balbuena, Bertoni, Larrosa, el Negro Galván, un cinco que la tenía re-clara, que sabía ver el fútbol. Los amaba. Larrosa jugaba 6 puntos todo el torneo. No pasaba de eso, pero tampoco bajaba a 4. También vi a Villaverde, Olguín bajando la pelota de pecho en el área chica. Fui testigo de la mejor época de Alzamendi, pegado a la raya. Estuve en Córdoba en la hazaña del Rojo contra Talleres”.