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CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

El 10 de enero de 1979, Independiente y River jugaron una final del Nacional del año anterior. Fue un partidazo, con formidables actuaciones de Bochini, que hizo los únicos dos goles, y Fillol, que evitó una goleada.

Por Alejandro Duchini

El miércoles 10 de enero de 1979 se jugó una final inolvidable del fútbol argentino. Era de noche y en Avellaneda disputaban la revancha del Nacional del 78 el Independiente de Baley, Villaverde, Trossero y Bochini y el River de Fillol, Passarella, Merlo y Alonso. El técnico Rojo era Pastoriza y el millonario, Labruna. En la ida habían terminado 0 a 0 pero en éste definitorio ganó Independiente 2 a 0, con goles de Bochini.

El fútbol argentino acababa de ser campeón del mundo y, para que tengan una idea, la base del equipo de Menotti era River. Para que tengan otra idea más, Ubaldo Matildo Fillol -tal vez el mejor arquero de la historia del fútbol argentino- venía con una racha de actuaciones espectaculares. Desde el 73 al 83 fue el arquero indiscutido del millonario. Pero del otro lado estaba nada menos que Ricardo Bochini, que esa noche hizo los dos goles. El primero a los 19 minutos, tras un pase de Fren que el Bocha definió de derecha, cruzado, ante Fillol. Larrosa, Fren y Barberón armaron la jugada para el otro gol, a los 11 del segundo tiempo, con definición espectacular de Bochini.

“Los dos goles contra River en la final del Nacional 78 pertenecen al mejor partido que jugué en toda mi carrera, al menos lo recuerdo así, por las cosas que hice, por el rival, porque definía un título. El primero fue bueno, pero el segundo lo grité con el alma. Fue un gran toque de primera, de sobrepique, en una pelota que me bajó Barberón; anticipé a todos y la metí junto al palo. Fue tan rápido que el Pato Fillol quedó parado, sorprendido, no pudo reaccionar. Lo grité como pocas veces, porque el 2 a 0 nos aseguraba el campeonato”, le dijo Bochini al periodista Jorge Barraza hace dos años para su autobiografía Yo, el Bocha.

Bochini recordó también que “la gente de Independiente debe haber sentido mucho orgullo esa noche, por la forma en que salimos a jugar una final, a arrasar y nada menos que contra River, por cómo ganamos, por el fútbol que desplegamos. Fue sensacional ese título”.

Por su nivel de juego, la revista El Gráfico tituló “Independiente sacó campeón al fútbol” y su competencia, la Goles, fue con un “Independiente campeón por más glóbulos rojos”. En referencia a Bochini, el maestro de periodistas Osvaldo Ardizzone escribió en Goles que “pocas veces, o, tal vez, excepcionalmente, uno puede admitir la importancia de un solo jugador para decidir un partido” y que “Independiente con un jugador como Bochini podría ser la explicación del partido. Lo que determinó esa abrumadora superioridad que, en la red, debió concluir por más goles. Sólo la capacidad de Fillol pudo impedirlo”.

El Gráfico criticó a River porque “le faltó valentía para encarar el partido de la única manera que puede hacerlo: agrediendo, atacando”. Y en el mismo comentario de Carlos Ferreira agregó que “Independiente debió golear. Su superioridad fue absoluta, total, apabullante”.

Como era habitual entonces, El Gráfico convocó a Bochini al día siguiente al viejo estadio de la doble visera para rehacer las fotos de los goles. Con camisa dentro del pantalón oxford clarito, y ya sin público, doce horas después de los festejos, el Bocha se prestó a una producción fotográfica en la que el periodista Juan José Panno arranca escribiendo que “los hinchas del fútbol llegan a la cancha frotándose las manos, en el clásico gesto del gozo a cuenta, porque saben que cuando llegue la hora les serán concedidos todos los deseos: juega él”. La foto era un Bochini saliendo de una lámpara, con el título “Bochini, el genio de la lámpara”.

Omar Pastoriza, referente de la historia roja, invitó a sus dirigidos a celebrar el título en su pizzería, la entonces célebre La gata Alegría. Él mismo se encargó de servir pizzas y cervezas al plantel campeón. “Jugamos el partido decisivo con la tranquilidad de saber que no era cuestión de vida o muerte, y que si perdíamos nadie iba a volverse loco”, dijo. Una cuestión de principios.

Ángel Labruna, responsable desde el 75 de un River que se había vuelto imparable para recuperar su lugar en la historia, nunca se andaba con vueltas. “Abatido”, según Goles, disparó: “Esto que acaba de ocurrir es el monumento a la injusticia. Jugamos tan bien todo el campeonato. Fuimos los mejores de todos, los que dimos mejor espectáculo, los que perdiendo dejamos a todos contentos (…) Es decir, que por el sólo hecho de no jugar bien dos, nada más que dos, perdemos el campeonato”. “Estos campeonatos cortos son la muerte. En los de largo aliento es dónde se ven los pingos”, agregó. Y: “Hice que lo tomaran en zona (a Bochini). Si no dio resultado es porque Bochini se las ingenió para superar las marcas”.

Norberto Outes, que hizo 14 goles (Reinaldi, de Talleres de Córdoba, fue el goleador con 16), se llevó tras el partido el buzo de Fillol. “Se lo pedí porque es un verdadero fenómeno”, se justificó. Con sus atajadas, Fillol evitó que la diferencia fuera mayor. Pero del otro lado del arco estaba otro arquerazo: el Chocolate Baley, suplente del Pato en el Mundial 78.

Aquel Independiente ganó 13 de los 20 partidos jugados, empató 5 y perdió 2, con 41 goles a favor y 20 en contra. Por eso el corolario fue la gente saltando la vieja fosa para dar la vuelta olímpica con sus jugadores y quitarles la ropa -una costumbre ya vieja en nuestro fútbol-. Sus hinchas vivían tiempos de gloria. No era para menos: tenían a Ricardo Enrique Bochini.

SÍNTESIS

Independiente (2): Héctor Baley; Rubén Pagnanini (Horacio Insaurralde), Hugo Villaverde, Enzo Trossero y Osvaldo Pérez; Omar Larrosa, Carlos Fren y Ricardo Bochini; Antonio Alzamendi (Fontana), Norberto Outes y Alejandro Barberón. DT: José O. Pastoriza.

River Plate (0): Ubaldo Fillol; Eduardo Saporiti, José L. Pavoni, Daniel Passarella y Héctor López; Juan J. López, Reinaldo Merlo y Norberto Alonso; Pedro González (Rubén Galletti), Leopoldo Luque y Oscar Ortiz. DT: Angel Labruna.

Cancha: Independiente.

Árbitro: Jorge Romero


HACE 40 AÑOS

El fútbol argentino de entonces tenía una dirigencia que anunciaba el declive que vivimos en la AFA actual. Alcanza como ejemplo que uno de los temas del momento era que se especulaba con la renovación del contrato de César Luis Menotti al frente del seleccionado, aún cuando seis meses antes se había conquistado el Mundial en nuestro país. En lo deportivo, también era noticia el debut de Carlos Reutemann como segundo piloto de Lotus (Mario Andretti era el primero), tras su paso por Ferrari. Pilotos como Didier Pironi, Niki Lauda, Nelson Piquet, Gilles Villenueve y James Hunt se aprestaban a disputar el el Gran Premio de la República Argentina el 21 de enero. Hugo Porta se ubicaba en el quinto lugar del ranking mundial de jugadores de rugby que publicaba el semanario francés Midi Olympique. Y el seleccionado juvenil de fútbol le ganaba 4 a 0 a Perú (dos de Hugo Álvez, uno de Diego Maradona y otro de Ramón Díaz) en el Centenario de Montevideo, en el Sudamericano Juvenil que sería la base para el título mundial que en septiembre del 79 lograría en Japón, conducido por el todavía cuestionado Menotti.

MIS HÉROES DE NAVIDAD

MIS HÉROES DE NAVIDAD

Estamos en los últimos días de 1983. Independiente tiene a Ricardo Bochini, Enzo Trossero, Claudio Marangoni y Ricardo Giusti. Juega fenómeno y será el campeón del Metropolitano de ese año. Para colmo, en ese mismo torneo Racing se va a la B. “Cosa maravillosa, cosa de no creer, el Rojo campeón del Metro y Racing se va a la B”, se burlan los hinchas desde la repleta Doble Visera. Pero hay otro colmo: Racing había descendido una fecha antes, perdiendo con Racing de Córdoba, y su partido siguiente es fatalmente con Independiente, que le gana 2 a 0 y da la vuelta olímpica mientras los otros padecen lo peor que se pueda padecer en el fútbol. Deberán esperar casi 30 años para tomarse revancha en la cargada. De esa tarde no me olvido la cancha colmada por hinchas rojos y unos pocos de Racing a los que admiraba porque hacían el aguante ahí, donde tenían casi todo para perder. La única que les quedaba era que aquel equipo arruinado hasta en lo económico diese el batacazo, gane y el campeón fuese San Lorenzo o Ferro, los otros que estaban en la pelea.

Tengo 12 o 13 años. Recuerdo el estado de alegría que había estallado socialmente: Raúl Alfonsín acababa de ganar las elecciones que ponían fin a la dictadura asesina. El 10 de diciembre había asumido. En las radios sonaban bandas de rock increíbles. Serú Girán acababa de despedirse y se escuchaba su disco en vivo ; aparecían Virus, Los abuelos de la nada, GIT, Soda Stéreo, Miguel Mateos – Zas; Charly García y el Flaco Spinetta la rompían como solistas, Juan Carlos Baglietto era un rockero más y asomaba Fito Páez. También estaba Alejandro Lerner. Mis juguetes preferidos eran los muñecos Top Toys de Star Wars y mi nuevo personaje televisivo era He-Man, estrenado en el renovado y democrático Canal 9. Y el 22 de diciembre los hinchas de Independiente celebrábamos, por fin, un campeonato después de quedarnos con las ganas en los dos anteriores, que se llevó el Estudiantes de La Plata armado por Carlos Bilardo. Uno por un gol y otro por un punto.

Así que en aquel primer diciembre democrático de mi vida podíamos respirar tranquilos después de sufrir el acoso del San Lorenzo recién ascendido, que jugaba bárbaro, llenaba las canchas y quedó con 47 puntos, a sólo uno de nosotros.

¡Éramos campeones! Dos días después se celebraba la Navidad. En la mesa con mi papá no hablábamos de otra cosa que del 2 a 0 a Racing con goles de Giusti y Trossero que habíamos visto en la cancha. En esos tiempos teníamos abono a platea y no nos perdíamos ni un partido. Nos acompañaba Antonio, mi padrino, a quien siempre consideré mi segundo padre. El año siguiente nos esperaban noches de Copa Libertadores, que la ganaríamos, y para fines del 84, la Intercontinental ante el Liverpool inglés. ¡Cómo no iban a ser mis héroes aquellos 11 tipos liderados por Bochini que, además, nos vengaban de los ingleses después de la Guerra de Malvinas!

Amaba a Bochini. A Trossero, el Gran Capitán del Rojo. También a Pastoriza, el técnico que había vuelto para reemplazar a Nito Veiga, un fenómeno que al frente del equipo logró dos subcampeonatos y se tuvo que ir, dejando el equipo armado. Y Burruchaga, un pibe humilde, salido de inferiores, que jugaba en cualquier puesto y la rompía. Y Hugo Villaverde, que paraba a los rivales y no hablaba con la prensa. Asomaba Percudani, que un año después le haría el gol de la victoria al Liverpool, en Japón, y se llevaría una llave gigante y simbólica para quedarse con un coche que se repartiría con el plantel.

Así que a horas de aquella Navidad mi viejo salió a comprar El Gráfico en cuya tapa estaban Trossero y Giusti. Unos días después compraría también El Gráfico Especial Independiente Campeón. Conservo los dos ejemplares.

A la salida de la cancha, después del 2 a 0 a Racing, mi papá manejaba el Torino por Avellaneda cuando se quedó. Atrás venía un micro lleno de hinchas que se bajaron a empujarnos. La buena onda se notaba hasta en esos detalles. El coche arrancó y fuimos a buscar a mi mamá y a mi hermana para volver a casa. En el camino a Liniers, por Rivadavia, yo iba feliz en el asiento trasero con una bandera de Independiente que me había hecho mi mamá porque comprar la tela y hacerla era más barato que comprar una en la cancha. “Además, esta tela es mejor” se justificaban mis viejos para no pagar la otra, que a mí me gustaba porque tenía el escudo original. La de mi vieja, en cambio, era roja con el C.A.I. en tela blanca. Muy artesanal para lo que yo quería. Cuando llegamos a la altura de Rivadavia y la avenida La Plata el tránsito estaba parado. Era de noche y yo llevaba la bandera colgada sobre la ventanilla trasera, del lado izquierdo. Cuando nos dimos cuenta de que la demora se debía a que los hinchas de San Lorenzo habían cortado el tránsito para celebrar el subcampeonato ya era tarde. Vieron mi bandera y se vinieron lento hacia nosotros. Pocas veces tuve tanto miedo como esa vez en la que aquellos tipos se acercaban. No sé qué les pasó por la cabeza a mis padres ni a mi hermana. No lo sé como tampoco puedo saber qué me pasó a mí. Quedé como abstraído, en trance. Como un budista urgente. Hasta que escuché que alguien decía “dejálos que hay pibes”. Y con un flaco de mi edad que llevaba una camiseta de San Lorenzo nos miramos fijo. Él, desafiante, como esperando el menor gesto en mi rostro pálido para atacarme y quitarme la bandera. Yo lo miraba sin saber que me iba a acordar de él para siempre. Que durante noches y días su cara me amenazaría desde el fondo de mis miedos.

Un rato después yo ensayaría una respuesta valiente desde que sabía que aquello había pasado y habíamos vuelto a mi casa, en Liniers, vivos y sanos para celebrar la Navidad unos días después. En esa respuesta le decía, con mi mejor cara de Rambo y mientras flameaba mi bandera en la feliz noche porteña: “Sí, sí, señores, yo soy del Rojo, porque este año, de Avellaneda, de Avellaneda, salió el nuevo campeón”.

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

Por Alejandro Duchini

Fotos: Nicolás Borojovich

Pocas veces un club de fútbol de los grandes estuvo tan mal como San Lorenzo entre fines de los 70 y principios de los 80. En esa época, perdió su histórico Gasómetro, sobre avenida La Plata. El último partido se jugó el 2 de diciembre del 79. Entonces tuvo que irse de Boedo. El desarraigo barrial fue tremendo. Una herida que no cicatrizó y que tal vez jamás cicatrizará. En ese estadio había, además de historia y goles, espectáculos de toda índole: boxeo, atletismo y hasta catch. Martín karadagián llegó a pelear ahí.

San Lorenzo se quedó sin figuras y sin goles. Apeló al Toto Lorenzo pero no alcanzó. En la última fecha del campeonato de 1981 -el que Boca ganó con Maradona, Brindisi y Perotti- perdió la categoría. Argentinos Juniors -su rival en la pelea por no descender- le ganó 1 a 0 y se puso arriba en la tabla por un punto. Con el empate, San Lorenzo se salvaba.

El Gasómetro era entonces un lugar abandonado, con pasto alto y tribunas rotas que se desarmaron para que Carrefour levante su supermercado. “En vez de cancha tenés changuito”, se burlaban las hinchadas rivales.

Las canchas en las que fue local en el ascenso fueron las de Vélez, Boca y River. Había empezado en Ferro, pero le quedó chica. Fue una revolución. San Lorenzo renació. Llenó tribunas y plateas a más no poder. Liniers se identificó con el azul y rojo. El Toto Lorenzo se fue a mitad de campeonato y lo reemplazó José Yudica.

El equipo era tremendo. Pero se destacaba Rubén Darío Insúa, un volante genial que hizo el gol de penal con el que San Lorenzo logró el ascenso ante El Porvenir, en River, el 6 de noviembre de 1982, hace 35 años.

Al año siguiente casi consigue el campeonato Metropolitano, que lo perdió ante un Independiente increíble dirigido por Pastoriza y comandado por Bochini. Ese San Lorenzo tenía como técnico al Bambino Héctor Veira. Caso raro el del Bambino: los medios de (des) comunicación le dan todavía lugar para que haga chistes y comente fútbol aún cuando estuvo en la cárcel por abusar de un menor de edad. Como sociedad, deberíamos pensar un poquito más en eso.

San Lorenzo marcó historia de la buena. No tuvo cancha pero sus hinchas llenaron cualquier lugar en el que jugaba el equipo. En los 90 levantó su estadio en la Ciudad Deportiva, en el Bajo Flores, y hasta fue campeón en el 95, dirigido de nuevo por Veira. También ganó su primera Copa Libertadores. Ahora sueña con volver a Boedo.

Es, San Lorenzo, uno de los equipos con mejor literatura del fútbol argentino. Por lejos. Entre sus hinchas estaba nada menos que el gordo Osvaldo Soriano, quien sufrió desde el exilio aquella campaña del descenso. Una de sus mejores notas la hizo con su ídolo, José Sanfilippo, a quien entrevistó entre las góndolas mientras le contaba que donde estaba la leche había mandado un centro o donde cortaban la carne había hecho otra cosa. El gran Horacio Convertini, el genial Fabián Casas y el autor de policiales Marcelo Luján son también algunos de sus hinchas que andan entre las letras. Mis colegas Fabián Galdi y Alberto Dean, grandes periodistas que se formaron en la vieja redacción de Crónica, también tienen su corazón azulgrana. Dean escribió uno de los mejores libros sobre el club: San Lorenzo querido – 100 años de pasión. Pero hay más. No se pierdan, aunque sean de Huracán o de cualquier otro, San Lorenzo de los milagros, donde Román Perroni recorre “el fenómeno social de 1982”. Abundan detalles y sobra emoción. Pablo Lafourcade tituló Ningunos Santos a su investigación sobre los descalabros que casi dejan a San Lorenzo en su segundo descenso, hace pocos años. Un equipo de hinchas-escritores (Casas y Convertini, entre ellos) dieron vuelo a la pasión con Cuentos cuervos. Y si quieren más melancolía, hace unos meses se publicó Los tesoros del Gasómetro, una gran investigación en la que su autor, Pablo Calvo, recuerda la vieja cancha y sueña con el regreso.

Hace 35 años, entonces, San Lorenzo resurgía de sí mismo. Volvía a nacer con canchas llenas y buen fútbol. Fue un caso único, inolvidable, que provocó admiración en los hinchas de cualquier otro equipo. “Cuervo, mi buen amigo, está campaña volveremo’ a estar contigo, te alentaremo’ de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón, no me importa lo que digan, lo que digan los demá’…”, cantaba la hinchada cuerva cada sábado. Y San Lorenzo volvió a su lugar: la Primera.

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

Apasionado por Independiente, Mex Urtizberea explica a través de recuerdos por qué este deporte (y también Bochini) pueden marcar para siempre.

Por Alejandro Duchini.

Músico, actor, conductor, entrevistador y humorista. E hincha de Independiente. Mex Urtizberea (Ignacio Joaquín Urtizberea, su verdadero nombre) es un futbolero que desde hace siete años forma parte del staff del programa televisivo Pura Química. En tono de humor, se da el gusto de entrevistar a variados personajes; entre ellos, futbolistas. Y de esos futbolistas, a los de su querido Rojo de Avellaneda. En la charla que sigue, Mex recuerda su infancia en la Doble Visera de cemento, el pronto descubrimiento de canciones futboleras, los primeros ídolos y hasta aquella vez en la que desde la tribuna le cayó un rollo de papel de las viejas máquinas de calcular en la nuca: tanto le dolió que por un tiempo no volvió a una cancha. También habla de Bochini, su héroe; y lo hace de una manera tan hermosa que es imposible no sentirse atraído por el diez más grande que tuvimos los hinchas del Diablo.

El fútbol es, en este caso, una excusa para viajar a la niñez, recordar la calle con la barra de amigos y hasta revivir a algunos de esos jugadores que le regalaron inolvidables pedazos de vida. Pero es también un viaje al infierno tan temido del descenso y a la resurrección del club amado, encarada por los Benítez y Milito, como dice Mex. Es reírse, recordar, emocionarse y hasta reflejarse.

-¿Cómo nace tu relación con el fútbol y, particularmente, con Independiente?

-De chico iba mucho a la cancha. Me llevaba mi tío Cofla. ¡El tío Cofla! Así le decíamos al hermano de mi mamá. Toda su familia era de Independiente. Mi viejo (Raúl Urtizberea, reconocido periodista, 1928-2010) hinchaba por Estudiantes porque era de La Plata, pero no le interesaba mucho el fútbol. Es más, le molestaba: cuando en casa le cambiábamos el canal de televisión para ver un partido tenía una reacción muy dramática: se golpeaba el pecho y decía “cada vez que veo eso me hace un dolor acá”. Porque no quería que ver fútbol, que lo veíamos todo lo posible. Ya desde el 67 íbamos a la cancha. “Santoro; Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Dieguez y Tarabini”. ¿Viste cómo la canto todavía? Me la acuerdo. Mi tío nos incentivaba mucho.

-¿Cuál es la primera canción de cancha que recordás?

-Uuuuuhhhh ¡Me olvidé! Había tantas: “Avellaneda, Avellaneda, el campeonato qué bien te queda…”. De ahí salía eso de la formación: Bernao, Savoy, Artime… Ahí tenés, esa es la primera canción. La formación la aprendí de esa canción. Tenía el disco. “Independiente, orgullo nacional”. Era como un país aparte. Iba a la cancha y me acuerdo de cuando inauguraron la Cordero, arriba. Fui a ver un partido por Copa Libertadores contra Estudiantes y recibí un rollo de esos viejos, de cinta Olivetti, acá, en la nuca. Después de eso no quise volver a la cancha por un tiempo. La pasé muy mal, me asusté con aquel golpe. Tendría 12 o 13 años. Me cuesta recordar. Ese golpe me mató. No sé si todavía atajaba Carlos Gay o ya estaba Chocolate Baley. Después volví a la cancha.

-¿Jugabas a la pelota de chico?

-No. Eran mis dos hermanos, Gonzalo y Álvaro, quienes jugaban. Yo de chiquito hacía música, que era lo único que me importaba. Tocaba la batería desde los 6 años. Creo que recién a los 11 o 12 empecé a jugar, porque mis hermanos eran fútbol todo el tiempo. Atajaba para el equipo de ellos. Era un enano, pero me gustaba. Soy, un enano. Recuerdo que jugábamos en la canchita del barrio. Después empecé como defensor, con garra. Era rústico. Y más tarde, desde los 17 o 18, me mandaba como 5. Independientes, se llamaba nuestro equipo. Jugábamos en el Sindicato del Vestido, en el bajo de San Fernando. Aprendí a jugar al fútbol más de grande. Me encanta.

-Tu infancia estuvo marcada por un Independiente muy ganador.

-La de los 70 fue una época dorada. Teníamos un equipazo. Además viví toda la carrera del Bocha. ¡El Bocha! El otro día me hicieron una entrevista para un programa de Deborah de Corral que se llama Fuego. Vinieron acá, a casa. Tenían un video en el que me hablaba el Bocha y me trajeron una camiseta autografiada por él. Ahí la tengo la camiseta. ¡Qué divino! ¿Qué cosa rara la vida, no? Porque eso de ir a verlo, de tener una admiración increíble por él y ahora recibir una camiseta firmada, dedicada. Son esas cosas que da el hecho de trabajar en la tele. Está bueno que de repente aparezca Bochini y te diga “te regalo una camiseta”. Firmada. Toda mi vida fui a verlo y nunca pensé que ese tipo me iba a regalar una camiseta.

-Se te nota emocionado. ¿Cómo definís a Bochini?

-… El Bocha tenía una inteligencia del espacio que la tienen pocos jugadores. Era el anti-atleta. Tenía el cuerpo que parecía una heladera, las chapas que se le volaban. Lo mirabas y decías “este tipo no se dedica a jugar al fútbol. Se dedica a otra cosa”. Pero entraba a la cancha y era un mago, era una cosa rara lo que hacía. Hacía unos pases raros. Él era raro. Era raro como gambeteaba. No es que gambeteaba moviendo su cintura. Cambiaba los tiempos. Tenía un manejo del espacio. ¡Eso es! Un manejo del espacio y del tiempo. Como Maradona, Riquelme. Esos tipos… pocos jugadores saben manejar los tiempos. Te ponía una pelota frente al arco y no se sabía cómo lo hacía. El otro día vino Omar Larrosa y dijo que se cansó de hacer goles con Bochini. “Me dejaba solo frente al arco”, contó. Y otros jugadores decían lo mismo, como Bianchi, que dijo que su sueño era jugar con Bochini porque hacía todo más fácil para el 9. Se llevaba toda la marca. Era una cosa rarísima. Eso, inteligencia del espacio tenía. Nació con eso. ¡Y lo que provocaba en el hincha! Un tipo que nunca salió de Independiente. Creo que no tuvo la maduración emocional para tomar la decisión de irse a Europa. El tipo era como parte de… era Independiente. No podía ser otra cosa. Era un genio, realmente.

-Más allá de lo futbolístico, ¿qué te provoca el Bocha?

-Bochini es una alegría que tiene que ver con un recuerdo. Pertenece a un recuerdo divino. Si lo veo me lleva ahí, a ese recuerdo. No le pido más al Bocha. Es eso, el Bocha. Me da emoción. Hacía cosas geniales. Hay gente que está en otro lugar. Gente que tiene un don raro. Que hace cosas que no tienen nada que ver con los humanos. Como Messi, que verlo jugar provoca vértigo, una emoción en el pecho por ver a alguien hacer un pase mágico. Eso me provoca el Bocha. ¡Ese partido contra Talleres de Córdoba, el de la final del Nacional 77! Había metido un gol con la mano Bocanelli, que hizo así, y después expulsaron a Trossero, Larrosa y Galván. Un desastre. Todo mal. Pero estaba el Bocha. Eso es algo raro. Lo que hizo esa noche sólo lo puede hacer el Bocha, que podía tener la cabeza en otro lugar. Su frialdad es increíble. Ese tipo está en otro lugar.

 

SUS HÉROES, EN ESTE LÍO

-¿Qué otros jugadores del Rojo te deslumbraron?

-Bertoni. He visto jugadores tremendos. El Chivo Pavoni. Pancho Sá, Gustavo López, Clausen, Saggioratto, Percy Rojas, Alfaro Moreno, Garnero, Biondi. Te tiro los que me aparecen. ¡El Negro Galván! Me volvía loco el Negro Galván. Me gustaba jugar de 5 por él. No lo pasaba nadie. Después hubo muchos jugadores exquisitos, como Marangoni. Goleadores: Outes, que no lo quería la hinchada pero todos los domingos metía un gol. Yazalde. Siempre tuvimos buenos jugadores. El del 94, dirigido por Brindisi, fue el último equipo que me gustó. Jugaba divino, con velocidad. Era un equipazo. Pero más recuerdo aquellos de los 70 y 80, la época de Bochini, que era maravillosa. Hablo de un tiempo en el que los equipos duraban.

-¿Te gusta el Independiente 2016/2017?

-Le tengo mucha fe. Me gusta Milito. Creo que hará una buena campaña. Voy conociendo de a poco a los jugadores. Eso me cuesta. Soy un hombre mayor. Antes estaban, mínimo, cinco años en un mismo equipo. Hoy te dicen que viene tal o cual y no los conocés. Me pasa en Pura Química que nos visitan jugadores sobre los que me tengo que informar. Gracias a Pura Química me me mantengo informado.

-El programa te permitió, entre otras cosas, conocer a jugadores de Independiente.

-Si. Una vez vinieron Albertengo y Benítez. Benítez me desafió con que sabía hacer pastel de papas. Vino y lo hizo ahí, en este horno. Riquísimo. Muy rico de verdad. Me hace gracia Benítez. Me parece muy pícaro. Tuvo su momento divino. Ojalá que vuelva a tenerlo. Es un jugadorazo. Me gustan los jugadores pícaros. El otro día hicimos otro asado acá, con gente del Rojo.

-Siendo tan hincha de Independiente, ¿cómo viviste el proceso del descenso?

-No tengo un fanatismo como si fuese del grupo ISIS. Ya veía que el club estaba mal. La dirigencia era insostenible. Se hizo un desastre. Lo vaciaron. Después vino Cantero y no se entendió bien qué hizo. No pudo hacer nada. Era como … ¿viste cuando algo está fundido? No podíamos sostener esas luces de neón de que estaba todo fenómeno en la familia: pintemos el frente de la casa y listo, que parezca que todo está bien. Entonces pensé “bueno, hay que tocar fondo”. Tenía que pasar algo. Fue un dolor horrible. Pero sabía que era consecuencia de aquello. Se fue a la B porque estaba todo mal. Como cuando alguien se separa y todo explota y se va a vivir a un lugar peor. Era una consecuencia. No es que en el mejor momento del club pasó eso. Era todo malo, todo mafia. Estábamos acéfalos. Consecuencia de eso, descendés. ¡Una cagada! Eso es lo que me da bronca. Me molestan las dirigencias así. Por el contrario, me emocionan dirigencias como la de Alberto Lecchi, el vice de Temperley, que también es director de cine. Es divino. Tenés que hacerle una nota. Es un director de cine que hizo una bocha de películas y es el vice del único club que no debe nada. El tipo consigue tales jugadores, busca la forma de hacer algo prolijo. El club es social. Viene y me cuenta que hicieron un comedor y que hay que seguir haciendo. Eso me emociona de los dirigentes que se dedican a un club social. Hoy cambió eso. Cambió a partir del negocio de los jugadores que se venden, del negocio cuando se sacan la actividades que no dan guita. Entonces empiezan las políticas espantosas. No sé en qué terminará esto. Hay plata para unos pocos. Por eso se ven clubes fuertes como River, San Lorenzo, Racing, Huracán que tienen el mismo problema: los vaciaron, los hicieron mierda. Pero uno será siempre de Independiente y pensará en el lindo fútbol y en el romanticismo que eso tiene.

-¿Qué es ser hincha de un equipo o de un club?

-No soy socio, pero entiendo al tipo que siente que el club es su casa. El club de fútbol es como una iglesia para mucha gente. Es ir a juntarse los fines de semana y estar ahí. Tiene un significado tan grande el club. Me da pena que se vaya destruyendo el principio social del club. En el caso de Independiente me dije “bueno, se tiene que volver a acomodar todo”. Ahora sé que los jugadores cobran, que están bien y al día y que Moyano hace que funcione. Ojalá que hagan las cosas bien. Hace años que es uno de los que más debe. No sé qué va a pasar con eso. Mirá si un día dicen que el club no existe más porque tiene deuda. ¡Pasaremos a la clandestinidad! Es muy raro cómo se transforma todo por negocios. Iremos asentándonos donde podamos.

-¡La diáspora de Independiente!

-Es muy buena esa. ¡Claro! La diáspora de Independiente.

-Cuando recordaste tu infancia y viejos equipos te noté nostálgico. ¿Te lleva a la nostalgia el fútbol?

-Me ponen nostálgico el fútbol e Independiente. Recién te contaba lo de Talleres: uno siempre recuerda lo que recuerda porque emocionalmente lo tocó, así sea bueno o malo. De Independiente me acuerdo eso, todo el tiempo: las copas, el jugar divino. Me produce emoción recordar el juego de Independiente. Haberlo visto. Hoy, cuando lo veo jugar lindo me encanta. Me pongo de mal humor si juega feo. A veces lo veo solo en casa y otras voy a la cancha con un compañero.

 

FÚTBOL, ASADO Y MÁS FÚTBOL

La charla entre El Gráfico y Mex sucedió una mañana de jueves en la que abundaba el sol y el invierno parecía en retirada. Me recibió en su PH ubicado en una tranquila calle de La Paternal. Mex hace bien el papel de anfitrión: consigue que el visitante se sienta cómodo en todo momento. Tal vez eso se deba a que el tema del fútbol lo apasiona y por eso cada respuesta suya está matizada por el entusiasmo.

-¿Mirás partidos de otros equipos?

-Miro a la Selección. Y veo los que se juegan el domingo a la noche. Me gusta ver más fútbol de afuera. El Barcelona, por ejemplo. Pero no más que eso.

-¿Extrañás el fútbol cuando no hay fecha?

-Sí. Los fines de semana siempre hago asado: viene mi hija con sus amigos. Somos al menos 10 o 15 personas. Cuando termino suelo prender el proyector y mirar los partidos en la pared. Pero cuando no hay fecha, extraño. Me gusta ver y también jugar, aunque ya no puedo: tuve problemas en el ligamento cruzado de una rodilla y me dije que no jugaba más para no operarme. Nunca hice una buena rehabilitación. Juego mucho al tenis. Me gusta. También hago gimnasia dos veces por semana. Pero me encanta el fútbol.

-Así que Pura Química es también un puente al deporte que tanto te gusta.

-Es raro Pura Química. Nunca pensé que iba a trabajar en un canal de deportes. Cuando me convocaron, me dijeron que era para un programa que empezaba en cinco días. “¿No habrá una equivocación? porque no sé nada de deportes”, les dije. Pero avanzamos, tiramos ideas, se coparon y salió así. Probamos y hace 7 años que estoy. Nunca estuve tanto con alguien. Ni con una mujer. En este trabajo no sabés cuánto dura algo. No es que entraste a planta permanente y listo. Lo hago porque me divierte. Puedo hacer las cosas a mi semejanza.

-¿Cómo vivís la rivalidad con Racing?

-No me interesa. No lo odio ni tengo sentimiento de fanatismo. Tampoco me pone feliz que le vaya mal. Tengo amigos que son de la Academia y nos cargamos, pero no pasa de ahí.

-¿Las cosas se ven mejor desde el humor?

-Sin dudas. Todo lo que se pueda desdramatizar es bueno. El otro día vino Erviti al programa y resultó ser un gran personaje, un romántico del fútbol. No lo conocía. Lo único que le importa es el fútbol: le hizo un poder a su mujer para que le maneje todo. Él no sabe ni cuánto gana. Vive en Mar del Plata y odia el mar y no sabe nadar. Esos tipos me encantan. Yo les puedo hacer preguntas desde el humor. Erviti se terminó divirtiendo. Lo mismo con Miguel Russo, que cuando vino estaba mal porque no fue elegido para dirigir a la Selección. Pero no le fuimos a decir “¿estás triste porque no vas a dirigir a la Selección?”. Hablamos de muchas cosas y se divirtió. El humor te da una cierta impunidad.

-¿Qué te dio el fútbol?

-El fútbol me dio, en una gran época de mi vida, pasión por jugarlo. Era, cuando lo jugaba, una descarga, una pasión divina. Es un juego, el fútbol: todos corriendo detrás de una pelota. Esa cosa de equipo siempre me gustó. Me encanta lo que se genera alrededor de un partido con amigos: una hora de juego y después cinco horas de conversación, de comer, de tomar algo. Es el fútbol y lo que hay alrededor. Después lo trasladé a Cha cha cha y esas cosas. Trabajar en un canal de deportes me hace disfrutar desde otro lugar. Me gusta conocer a los jugadores, ver que son unos pendejitos. Pero cuando uno los veía de chico, eran héroes, gladiadores que salían al campo de juego a defenderte. Ahora los veo y me dan ganas de hacerles upa. Antes eran todos tipos grandes: Luque, el Mencho Balbuena, Medina Bello, Mastrángelo. Eran señores. Uno veía señores jugando. Eso me impresiona. Me gusta conocerlos y verlos desde otro lugar; y hablar con los técnicos y escuchar y preguntar. Porque además de joder pregunto cosas que me intrigan. Me encanta escuchar sobre estrategias, por ejemplo. El fútbol da esa cosa de camaradería. Todos vamos detrás de lo mismo. Es la mayor religión que tengo. No hay otra cosa en la que crea. Ni un grupo de música ni otra religión. Lo único que me identifica o tengo es que soy de Independiente, y argentino. Siempre que escucho Independiente estoy atento porque en un punto están hablando de mí, para bien o para mal. Siempre está presente, Independiente. Es eso: la cruz que llevo. Nada más.

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

Por Alejandro Duchini

Mi papá lo contaba siempre. En cada reunión sacaba el tema. Que con ocho hombres (porque nunca decía “jugadores”; decía “hombres”) le habíamos empatado a Talleres, en Córdoba. Que el gol lo había hecho Bochini, después de una pared con Biondi. Que era el 2 a 2 pero que el gol visitante valía doble. Así que éramos campeones. Antes, los cordobeses habían puesto el 2 a 1 con la mano de Bocanelli y se llevaban el título del Nacional. Todavía tengo las revistas El Gráfico y Goles que él compró entonces. En aquellas fotos se ve la falta: la mano clarita. Nunca voy a olvidar a Trossero llorando y a Larrosa exclamando un “nos están robando”. En tanto, Pastoriza les decía a sus jugadores que no abandonen, que sigan el partido. Porque querían abandonar al sentirse tan estafados. Encima, ese Talleres era un monstruo: Saporitti, su técnico, contaba con Ludueña, Valencia, Galván… Y a los 42 apareció el mejor Bochini. Anotó y fuimos campeones. Tantas veces me lo contó mi papá que ya es como si esa noche del 25 de enero del 78 yo hubiese estado en la cancha. Ahora no está mi viejo para contarme aquella historia de héroes y villanos con el árbitro Roberto Barreiro a la cabeza. Pero está Daniel Dionisi, que me traslada en el tiempo porque la cuenta en su genial 50 impactos del fútbol argentino (de Club House, una editorial que está sacando unos títulos increíbles de temática deportiva). Ese partido es el 37mo. de sus elegidos. Claro que podrían ser más y el mismo autor lo aclara en el Prólogo: “Seguramente en ciento veinte años de historia hay muchos más que cincuenta impactos. Los que registra este libro fueron elegidos desde la pasión de un hincha de fútbol. Son relatos escritos con el humilde propósito de que los impactos sigan impactando”. Y lo logra.

50 impactos del fútbol argentino50 impactos del fútbol argentino es una forma de recorrer la historia del fútbol a través de su semilla más pura: los partidos. Bien escrito y con los datos justos, además de pasión, las más de 200 páginas son un viaje tanto a encuentros desconocidos como a aquellos contados en reuniones familiares a través de padres y abuelos. Es, también, un recorrido a vivencias presenciales, porque los últimos encuentros son actuales. De hecho, el último es Argentina 0 – Alemania 1, en el Mundial de Brasil 2014. El síndrome del 10, se titula.

“No todos los impactos estimulan, también están los que duelen. La tragedia de la puerta 12 no se olvida y forma parte de la genética futbolera argentina, como la dolorosa tarde en que Maradona contó que le habían cortado las piernas”, advierte el autor en las primeras líneas. Luego empieza el viaje, que abre en lo más profundo de la historia, con un Buenos Aires English High School 5 – Quilmes 0. “El English High School había sido fundado por Alexander Watson Hutton, el padre del fútbol argentino”, se explica. Después será el turno del primer partido de la Selección argentina, que el 20 de julio de 1902 le ganó 6 a 0 a Uruguay en Montevideo. “El partido fue claramente dominado por los argentinos, que ganaron seis a cero y le pusieron la primera chapa a la historia del clásico”, refiere.

Lo que sigue es la aparición de los equipos hoy más tradicionales. El Racing que desde 1913 se convirtió en la Academia, las rivalidades entre las selecciones de Argentina y Uruguay con incidentes (se hace memoria con el gol “olímpico” de Onzari en la cancha de Barracas Central, en octubre del 24), Boca y su victoria por 1 a 0 ante el Real Madrid en España, en 1925, y algunos River – Independiente.

Lo bueno de Dionisi es que a cada encuentro lo desmenuza con detalles de color. Por ejemplo, al recordar la primera final de un Mundial (30 de julio de 1930), que nos ganó Uruguay 4 a 2, escribe que se rumoreaba que Luis Monti jugó tan apagado porque había tenido amenazas: “Dentro de 90 minutos, sabremos si tenemos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”.

Para los de San Lorenzo también hay material de lectura: está el 6 a 1 a España en 1947, para el que el autor aclara que se trató del “mejor equipo de San Lorenzo de la historia”, que dejó huellas imborrables en ese país. Siguen los capítulos: el de Racing 1 – Banfield 0 del 51, el del primer triunfo de Argentina ante Inglaterra (3 a 1, el 14 de mayo de 1953), el de un Independiente 3 – Boca 1 (el partido con más público de la historia del fútbol argentino, 15 de agosto del 54) y aquel de los carasucias que con la camiseta del Seleccionado le ganaron 3 a 0 a Brasil en Lima, el 3 de abril del 57, cuando Corbatta dijo al aire de una radio su célebre “nos están cagando a trompadas”.

Luego, el llamado Desastre de Suecia; y algunos Boca-River memorables, como el del 62, cuando Roma le atajó el famoso penal a Delem. Y más mundiales y más nombres: Amadeo Carrizo, Roberto Perfumo y El Chango Cárdenas y su golazo al Celtic, entre muchos, muchísimos otros.

Está el capítulo más triste, el de la Puerta L: La peor tragedia. Lo cuenta desde la mirada de un joven muy joven que fue a al Monumental y vivió una experiencia tan aterradora como inolvidable. Se llama Luis: “Hoy peina canas y sabe que el recuerdo de aquel atardecer trágico, denso y oscuro el invierno de 1968 lo acompañará hasta el último día de su vida futbolera. De su vida”, escribe Dionisi.

También hay espacio para el recuerdo de momentos imborrables protagonizados por equipos que no pertenecen a los cinco grandes: Estudiantes y sus títulos internacionales, una victoria de Chacarita sobre River y las emociones del clásico rosarino, entre Newell’s y Central. Historia pura.

No se olvidan las malas rachas de Racing y River que no ganan títulos, la época de oro (y de Copas) de Independiente, las buenas y malas de Boca, la aparición de Maradona en la tarde del 20 de octubre del 76, cuando Argentinos cayó ante Talleres en La Paternal por 1 a 0. Tampoco la revancha de Diego a un Gatti que lo había tratado de “gordito”. Ocurrió el 9 de noviembre de 1980, cuando Argentinos se impuso 5 a 3 a Boca en cancha e Vélez. “Hoy le meto cuatro”, contestó Maradona a Gatti. Y cumplió. También está el recuerdo de la única final entre Boca y River, que ganaron los xeneizes 1 a 0, en cancha de Racing, el de 22 de diciembre del 76, con un gol de Suñé al mejor Fillol.

Aunque no soy de River, recomiendo leer especialmente el sentimiento de autor volcado al River 1 – Belgrano 1, que valió el descenso millonario el 26 e junio de 2011. Ya desde el comienzo el capítulo se vuelve atrapante. Luego: “Hasta que un día, no sabés cuándo, el maldito muñeco de la derrota empezó a crecer desde los cimientos del Monumental. Dirigentes corruptos, técnicos mediocres, jugadores sin blasones. ¿Cuándo fue que empezó la decadencia?”, se pregunta Dionisi. Para cerrar: “… Y te vas a dormir llorando en la noche del día en que conociste al infierno”.

Las líneas que cierran el libro están dedicadas a Lionel Messi. Dice Dionisi: “Al mejor jugador de la historia le queda mucho fútbol en el alma. Ojalá lo despliegue con la celeste y blanca, así la mirada triste del Maracaná se convierte en un grito victorioso en el Estadio Olímpico de Moscú”. Éste es el último impacto. Tan espectacular como los otros 49.