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SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

Por Alejandro Duchini

Fotos: Nicolás Borojovich

Pocas veces un club de fútbol de los grandes estuvo tan mal como San Lorenzo entre fines de los 70 y principios de los 80. En esa época, perdió su histórico Gasómetro, sobre avenida La Plata. El último partido se jugó el 2 de diciembre del 79. Entonces tuvo que irse de Boedo. El desarraigo barrial fue tremendo. Una herida que no cicatrizó y que tal vez jamás cicatrizará. En ese estadio había, además de historia y goles, espectáculos de toda índole: boxeo, atletismo y hasta catch. Martín karadagián llegó a pelear ahí.

San Lorenzo se quedó sin figuras y sin goles. Apeló al Toto Lorenzo pero no alcanzó. En la última fecha del campeonato de 1981 -el que Boca ganó con Maradona, Brindisi y Perotti- perdió la categoría. Argentinos Juniors -su rival en la pelea por no descender- le ganó 1 a 0 y se puso arriba en la tabla por un punto. Con el empate, San Lorenzo se salvaba.

El Gasómetro era entonces un lugar abandonado, con pasto alto y tribunas rotas que se desarmaron para que Carrefour levante su supermercado. “En vez de cancha tenés changuito”, se burlaban las hinchadas rivales.

Las canchas en las que fue local en el ascenso fueron las de Vélez, Boca y River. Había empezado en Ferro, pero le quedó chica. Fue una revolución. San Lorenzo renació. Llenó tribunas y plateas a más no poder. Liniers se identificó con el azul y rojo. El Toto Lorenzo se fue a mitad de campeonato y lo reemplazó José Yudica.

El equipo era tremendo. Pero se destacaba Rubén Darío Insúa, un volante genial que hizo el gol de penal con el que San Lorenzo logró el ascenso ante El Porvenir, en River, el 6 de noviembre de 1982, hace 35 años.

Al año siguiente casi consigue el campeonato Metropolitano, que lo perdió ante un Independiente increíble dirigido por Pastoriza y comandado por Bochini. Ese San Lorenzo tenía como técnico al Bambino Héctor Veira. Caso raro el del Bambino: los medios de (des) comunicación le dan todavía lugar para que haga chistes y comente fútbol aún cuando estuvo en la cárcel por abusar de un menor de edad. Como sociedad, deberíamos pensar un poquito más en eso.

San Lorenzo marcó historia de la buena. No tuvo cancha pero sus hinchas llenaron cualquier lugar en el que jugaba el equipo. En los 90 levantó su estadio en la Ciudad Deportiva, en el Bajo Flores, y hasta fue campeón en el 95, dirigido de nuevo por Veira. También ganó su primera Copa Libertadores. Ahora sueña con volver a Boedo.

Es, San Lorenzo, uno de los equipos con mejor literatura del fútbol argentino. Por lejos. Entre sus hinchas estaba nada menos que el gordo Osvaldo Soriano, quien sufrió desde el exilio aquella campaña del descenso. Una de sus mejores notas la hizo con su ídolo, José Sanfilippo, a quien entrevistó entre las góndolas mientras le contaba que donde estaba la leche había mandado un centro o donde cortaban la carne había hecho otra cosa. El gran Horacio Convertini, el genial Fabián Casas y el autor de policiales Marcelo Luján son también algunos de sus hinchas que andan entre las letras. Mis colegas Fabián Galdi y Alberto Dean, grandes periodistas que se formaron en la vieja redacción de Crónica, también tienen su corazón azulgrana. Dean escribió uno de los mejores libros sobre el club: San Lorenzo querido – 100 años de pasión. Pero hay más. No se pierdan, aunque sean de Huracán o de cualquier otro, San Lorenzo de los milagros, donde Román Perroni recorre “el fenómeno social de 1982”. Abundan detalles y sobra emoción. Pablo Lafourcade tituló Ningunos Santos a su investigación sobre los descalabros que casi dejan a San Lorenzo en su segundo descenso, hace pocos años. Un equipo de hinchas-escritores (Casas y Convertini, entre ellos) dieron vuelo a la pasión con Cuentos cuervos. Y si quieren más melancolía, hace unos meses se publicó Los tesoros del Gasómetro, una gran investigación en la que su autor, Pablo Calvo, recuerda la vieja cancha y sueña con el regreso.

Hace 35 años, entonces, San Lorenzo resurgía de sí mismo. Volvía a nacer con canchas llenas y buen fútbol. Fue un caso único, inolvidable, que provocó admiración en los hinchas de cualquier otro equipo. “Cuervo, mi buen amigo, está campaña volveremo’ a estar contigo, te alentaremo’ de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón, no me importa lo que digan, lo que digan los demá’…”, cantaba la hinchada cuerva cada sábado. Y San Lorenzo volvió a su lugar: la Primera.

HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

José María Gatica y Alfredo Prada hicieron el Boca-River de los cuadriláteros argentinos. Sus peleas dividían a la gente. El Luna Park quedaba chico para tanta expectativa que con el tiempo se convirtió en mito. Esta nota fue publicada originalmente en El Gráfico de Septiembre 2017.

Por Alejandro Duchini

Hace 75 años, José María Gatica y Alfredo Prada se enfrentaron por primera vez. Fue el 29 de septiembre de 1942 en la Federación Argentina de Box. El rival de Prada esa noche era Livio Sosa, cuenta el periodista Carlos Irusta en una nota de 1999 publicada en esta revista. “Pero no fue”, explica, y en su lugar fue convocado Gatica. “De las rivalidades famosas que existieron en el boxeo argentino, la de Gatica y Prada fue la más grande”, afirma el historiador especialista en la temática Jorge Demárcico. A Gatica (entonces 17 años) lo dieron ganador por descalificación de Prada (18). Pero por siempre quedó que Prada le dio una paliza que lo dejó al borde del ko. La decisión enardeció al público. Y agrega Demárcico: “Muchas crónicas todavía dicen que había ganado Prada, pero la realidad es que fue descalificado. La gente se entera en el momento. Eso provocó mucha bronca entre las partes, sobre todo en los cuerpos técnicos”. El clima se calentó tanto que se pautó la revancha para dos semanas después (el 13 de octubre), en el mismo escenario: la ganó Prada, por puntos. Aunque de manera ajustada. “Fue una pelea apretada. Había quedado mucha bronca entre ellos. Resultó ser una de las peleas de mayor taquilla en la Federación. Quedó gente afuera. Además había como dos barras enfrentadas. Los que estaban con uno y con otro. A Gatica le decían Tigre. Pero el ring side, que estaba con Prada, le empezó a decir Mono, que no le gustaba, pero fue el apodo que le quedó”, recuerda Luis Romio, el actual presidente de la FAB. En aquellos tiempos ya frecuentaba con su padre el ambiente del boxeo. Crecería a la par de Prada y Gatica.

De la Federación pasaron al Luna Park, donde se enfrentaron cuatro veces como profesionales entre 1946 y 1953. Cada pelea fue durísima, con el estadio colmado por público que pedía más y más. Gatica ganó la primera, el 31 de agosto de 1946, y la tercera, el 18 de septiembre de 1948. Prada, la segunda (Gatica abandonó en el sexto round), el 12 de abril de 1947, y la cuarta y última, el 16 de septiembre de 1953, por nocaut. Los festejos de los hinchas de Gatica tras su primera victoria profesional ante Prada fueron dignos del fútbol. Se lo recuerda Demárcico a El Gráfico: “Hubo una fiesta tremenda de parte de los seguidores de Prada, que subían por avenida Corrientes haciendo ruido, cantando”. Ya la rivalidad deportiva trascendía al ring.

Tan diferentes y tan iguales a la vez. Gatica había nacido en Villa Mercedes, provincia de San Luis, el 25 de mayo de 1925. De familia pobre, llegó a Buenos Aires muy chico. “No pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución”, cuenta Víctor Lupo en su libro Historia política del deporte argentino. Desde entonces, la realidad y el mito alrededor de Gatica se dan la mano con la historia. Para defender su lugar de trabajo en la calle, tuvo que pelear. “De pequeño vagabundo, que mantenía a la madre y a la hermana, con la recolección y venta de diarios viejos por la mañana, el expendio de pastillas por la tarde, y el lustrado de zapatos por la noche, pasó repentinamente al poder que representaba manejar los miles de pesos que le reportaban las peleas”, cuenta su amigo y periodista Jorge Montes en una nota que escribió para El Gráfico en diciembre de 1983. En 1978, Montes publicó el libro El Mono Gatica y yo, una biografía espectacular que con esfuerzo se puede conseguir en librerías de saldo. Bien lo vale uno de los pocos ejemplares que deben quedar en la ciudad.

Gatica empezó peleando en el bajo, luego de que lo viera agarrarse a trompadas en las calles Lázaro Koci, un peluquero de la zona que lo subió al ring de un alojamiento para marineros por Paseo Colón y San Juan. En combates a tres rounds, ganó así sus primeras monedas. Montes, recuerda en aquella nota de El Gráfico, contactó a Koci para escribir su libro: “Yo, que jamás le había visto beber una copa -dice Montes sobre su diálogo con Koci-, me asombré cuando me dijo que, después de descubrirlo en la Misión de Marineros de la calle Chile y para ponerlo bajo su protección, lo envió a trabajar como albañil con su suegro. Este regresó un día asombrado por la cantidad de vino que se había chupado el Mono en el almuerzo. Y es que apenas tenía 14 años”.

Prada quedó marcado como el representante de los “cajetillas”. Nació en Rosario el 10 de marzo de 1924. Fue campeón argentino y sudamericano de los livianos. Se retiró vencedor en 1956 tras ganarle al chileno Andrés Osorio. De chico era inválido por un accidente, pero salió adelante con la natación, primero, y el boxeo, después. Ya en Buenos Aires, entrenaba en el Almagro Boxing Club (aunque era de Pompeya), en un barrio considerado de clase media, en oposición con el ambiente del bajo del que provenía su futuro rival. Hasta en eso se pararon en veredas opuestas.

Por creencia popular, el Mono quedó identificado con el peronismo. Pero ambos se ubicaban en la misma línea. Dice Demárcico: “La diferencia estaba en el arrastre que tenían en la gente. Y en esa mentira que decían que Gatica era del pueblo, peronista y de la popular. Los dos eran peronistas confesos. Sólo que Gatica era seguido por una masa de individuos que estaba con él y él, inconscientemente, exacerbaba esa situación saludando, haciendo gestos y esas cosas”. “Fue el primer marketinero del boxeo. Incluso antes que Bonavena. Ni se comparan”, agrega Romio. “Y antes que Bonavena, Selpa”, redobla Demárcico.

LA PELEA DE LA MANDÍBULA

Demárcio recuerda que durante el segundo combate profesional entre ambos, Gatica se quejaba del dolor de muelas. Y sangraba. En el sexto round se paró la pelea porque no podía seguir. “Al final, tenía una fractura en el maxilar. Quedó destrozado. Lo llevaron al Ramos Mejía, donde le hicieron de todo. Es más, los médicos dijeron que se había terminado su carrera, porque no podía boxear más”, cuenta Romio. El Mono, que aguantó cuatro asaltos en ese estado y estaba a punto de casarse con Ema Fernández (tuvo dos parejas más: Nora Guercio y Rita Armellino), gastó su dinero en “médicos, curaciones, dentistas y mantenimiento de su larga y abúlica familia”, como recuerda Montes en su texto.

Gatica se recuperó, volvió a pelear, ganó plata e hizo su fiesta de casamiento. Sólo que eligió la iglesia de Pompeya, la zona de Prada, cuyos seguidores la colmaron al enterarse de la afrenta. “La hinchada no perdonó la intromisión y la ceremonia estuvo a punto de derivar en la cárcel o en el hospital”, escribió Montes en esta revista, y agregó que “la turba entró a la iglesia repartiendo empujones y trompadas”.

Gatica y su gente sobrevivieron a aquello y el 18 de septiembre peleó nuevamente con Prada. Fue, dicen, la pelea más dura entre ambos. “El Mono se repuso de aquello de la mandíbula, le ganó por puntos tras doce rounds y hasta volteó a Prada”, señala Demárcico antes de que Romio recuerde que tras aquella noche “los dos estuvieron casi un mes en reposo por cómo quedaron”.

Pasaron cinco años hasta que combatieron otra vez. Estaba en juego el título ligero argentino. Lo ganó Prada por nocaut en el sexto. Llegaba mejor preparado. Siempre había sido respetuoso del gimnasio. Gatica ya estaba en otra. 23 mil personas llenaron el Luna Park. Fue el último capítulo de la rivalidad en el ring. Sus vidas siguieron de tal manera que no pudieron desligarse. Aunque Gatica quedó en primer plano, se necesitaban uno al otro. Prada solía contar como chiste que si iba a la Cordillera de los Andes y gritaba “Praaaaadaaaaa” el eco devolvería “Gaticaaaaaaa”. Prada, que terminó sus estudios, era intelectualmente preparado. Gatica no sabía leer ni escribir. “Tenía un sentido muy básico, primitivo, pero era solidario. Incluso en un reportaje que le hacen dice ‘yo nunca me metí en política. Si siempre fui peronista…’”, describe Demárcico a Gatica, de quien también recuerda que “una vez la gente le pedía en la puerta del Luna Park entradas para una pelea y él decía que no tenía. Entonces alguien le dijo ‘pero Monito, si por allá están entregando entradas a mansalva’. Y él se enojó y entró a reclamar al Luna diciendo ‘¿cómo es esto? No hay entradas para Gatica, que pelea, y sí hay para el señor Mansalva?’. ¡Fijate lo que era! Creía que mansalva era una persona. Tiene muchísimas anécdotas así. O como esa que le dijo a Perón: ‘Dos potencias se saludan’, Mucha gente lo quería, otro sector lo aborrecía. Fue el fruto de una época”.

Prada tenía muy buena relación con el presidente Juan Domingo Perón, al igual que el Mono, el preferido de Evita. De hecho, una de sus hijas se llama María Eva (tuvo otras dos, Patricia y Viviana, con su tercera esposa) y es la actual titular de la Comisión de la Mujer en la FAB. De la noche en que Evita fue su madrina hay otra anécdota. La esposa de Perón esperó en la iglesia más de media hora la llegada de Gatica y su familia. “¡Hace treinta minutos que te espero!”, le recriminó, molesta, cuando él llegó. Victor Lupo recuerda que la respuesta fue: “Y bueno, ¿qué quiere? Usted será Evita pero yo soy Gatica”. Al otro día, los medios periodísticos evitaron la noticia.

“Era un atrevido. Gatica era Gatica. Tenía un ángel que hacía que lo quieran”, insiste Demárcico. “A nivel popular, Prada quedó como en un segundo plano. Prada era el campeón, pero Gatica era el hombre del pueblo, el campeón sin corona”, resume Romio.

LOS MITOS

Los mitos venden y se apoyan en historias que no siempre son reales. Gatica forma parte de varios mitos. Su final en la pobreza, como corolario a su decadencia física, también se contrarrestó con cierta solidez económica de Prada. La historia oficial dice que Gatica murió al salir de la cancha de Independiente, antes de que termine un partido contra River al que había ido a vender muñequitos para sacar unos pesos. Vivía de eso; y de la caridad. Pero la realidad es otra. “Cuando murió no estaba vendiendo muñequitos, como se dice. Él ayudaba a venderlos a un pibe en la cancha de Independiente, del que era hincha. Lo hizo para darle una mano, porque sabía que si lo veían a él iba a ser más fácil que la gente compre. Después pasó lo del colectivo que lo atropelló. Y mientras se muere, internado, en el hospital, le manda un mensaje al marido de su ex esposa, (el cantante) Rodolfo Lesica, en el que le dice ‘maestro, te agradezco porque estás cuidando a mi hija’”.

En su El Mono Gatica y yo, Montes arma el rompecabezas de las últimas horas de Gatica. Cita el testimonio de su amigo Emilio Sánchez a la revista Así: “Gatica nunca vendió muñequitos. Por otra parte yo mismo era la primera vez que iba a vender a la cancha. Al final nos entusiasmamos con el partido y no vendí ninguno. El único muñequito que José María tocó fue el que le dio a uno de los controles de la platea: ‘Flaco, pasame un muñeco -me dijo-, se lo voy a regalar a un amigo’. Tengo entendido que lo conocían y siempre lo dejaban pasar”. En el mismo libro se cuenta que esa tarde el Mono estaba provocador y que él y Sánchez se fueron hasta el café El As, en Herrera y Luján, en Barracas. La dueña le negó el coñac y el Mono, enojado, se fue con Sánchez. Intentó subirse al colectivo 295, que “prosiguió la marcha aunque a poca velocidad. Gatica corrió tras él y quiso treparse con el vehículo en movimiento. Intentó tomarse del pasamanos pero no pudo. El colectivo lo arrastró unos metros y finalmente cayó bajo las ruedas traseras”. Fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fracturas de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra, se informó en el parte médico del Hospital Rawson. Dos días después, el 12 de noviembre de 1963, murió. En su multitudinario velorio la marcha peronista fue la música con la que se lo despidió en el cementerio de Avellaneda.

“Condición humilde”, coinciden Romio y Demárcico cuando hablan de cómo fueron sus últimos años. El mito dice que falleció sin un peso. Montes, según testimonios de allegados, cuenta que tenía una casa en La Plata entregada por el gobierno bonaerense de Oscar Alende, tras gestión de Prada. Justamente Prada le dio una mano en un mal momento cuando lo llevó a trabajar con él en la cantina Nock Out, en Paraná y Sarmiento, en Capital Federal. El “buenas noches, buen provecho” que decía el Mono a cada comensal fue una de sus frases en el delirio de sus últimos días.

Ese gesto de Prada para algunos fue una manera de aprovecharse de la decadencia de su ex rival. Romio entiende que “es mentira que Prada lo usaba. Todo lo contrario. Ponen el restaurante y piden un gancho. Y sale el nombre de Gatica”. “En algún punto, lo hizo socio. Le permitió ganarse unos mangos a Gatica. Gatica no podía hacer mucho. Una vez lo hablé con Prada”, agrega Demárcico. Y Romio: “Además le pagaba bien. Doy fe de eso. Pero Gatica no aguantó. Se fue. Le decían Monito y no le gustaba. Decía ‘buenas noches, buen provecho’ porque era parte de su forma de ser y no una exigencia. No comía vidrio. No era tonto. Era un inculto con millones de tipos que lo adoraban”.

Otro que también conoció a Prada es el periodista Gustavo Nigrelli. “Era un placer hablar con él”, dice al recordarlo. Y comenta que antes de cada pelea, Prada se acercaba a Gatica y le decía “categoría, ¡categoría!” para que se cuide y dé el peso. No hacía falta agregarle más. Así, se entendían. Alfredo Prada falleció el 25 de mayo de 2007, a sus 83 años. Ese día, Gatica hubiese cumplido 82.

En sus últimos años,también Martín Karadagián, el líder de Titanes en el ring, le dio una mano a Gatica, al invitarlo a participar de una exhibición de catch en la cancha de Boca. Otros dicen que fue sólo para convocar más público y que se aprovechó del boxeador que andaba falto de dinero. Aquel encuentro no terminó bien. Gatica, dicen, le pegó un cachetazo en serio y Karadagián le devolvió con un golpe que lo dejó rengo para siempre.

Osvaldo Soriano tituló Un odio que no conviene olvidar su genial perfil sobre Gatica. En ese texto aparecen datos inexactos, como señala Nigrelli a esta revista. Y cita, entre otros ejemplos: “Soriano escribe que ‘la última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia’, pero no fue así. Porque después de eso Gatica perdió una sola pelea y ganó trece, once de las cuales fueron por ko”. También recuerda que Soriano sostiene que “cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaban al ocaso” y lo niega: “Prada, después de su última victoria ante Gatica, hizo otras veintinueve peleas y las ganó casi todas. Sólo empató en dos”.

El 30 de septiembre próximo, a 75 años del primer combate, Gatica y Prada volverán a tener algo en común. Ese día, el club El Porvenir será el escenario de un homenaje a Horacio Accavallo, un grande de nuestro boxeo. La velada tendrá un momento emotivo cuando María Eva, la hija de Gatica, le entregue una plaqueta de homenaje por parte de la Uperbox al hijo de Prada, Ricardo. Será una forma de continuar una historia que, tal vez, nunca se cierre.

RELOJES

RELOJES

Por Alejandro Duchini

La primera vez que vi tan vulnerable a mi padre fue aquella noche en la que salimos campeones de la Copa Libertadores, en el 84. Empatamos 0 a 0 la revancha con Gremio, en Avellaneda, y nos quedamos con el título porque en la ida, en Porto Alegre, ganamos 1 a 0 en el que todavía se recuerda como el partido perfecto. Aquellos eran tiempos en que todo iba bien. Independiente tenía un equipazo, contaba con su máximo ídolo (Ricardo Bochini) y era campeón de cada cosa que jugaba. Todavía iba a la cancha con mi papá y mi padrino. Tenía 12 años y todo, pero todo, estaba por hacerse.

Después del partido, cuando enfilamos hacia el estacionamiento, donde estaba nuestro Torino, y en medio de la euforia, vimos que la gente empezaba a desbandarse. Volvían a las corridas desde la calle. Después sabríamos que un grupo de barras empezó a robar a los mismos hinchas del Rojo. Mi viejo alcanzó a meterme en el auto para protegerme y se quedó afuera, con otras personas, mirando qué pasaba. Lo que siguió habrá durado dos o tres segundos, pero todavía lo recuerdo en cámara lenta. Alguien le levantó el puño de la campera a mi papá y cuando vio su reloj tironeó y salió corriendo. Mi padre reaccionó tarde. Alcanzó a gritarle algo, pero el ladrón ya estaría por la cancha de Racing de tan rápido que corría. Algunos le preguntaron si estaba bien y esas cosas, pero un instante después ya se habían olvidado del asunto. Menos mi papá y yo, que siempre recordamos aquel Seiko blanco que tanto orgullo le daba.

Lo recuerdo porque en estos días, para su cumpleaños, le regalé a mi hijo Santiago su primer reloj “de verdad”. Quiero decir, ya le había comprado otros pero eran de esos para chicos. El que le regalé ahora es de los que pueden usar los adultos que quieran algo moderno. Lleva un dibujo de un personaje que le gusta mucho: Kylo Ren, de Star Wars. El primer reloj “de verdad” (junto a las llaves de casa) marca algo especial. Al menos a mí me pasó. No soy el único. Osvaldo Soriano escribió en una columna titulada Reloj: “Pierre Ausoline cuenta, en su monumental biografía de George Simenon, que una de las mayores culpas que pesaron sobre la conciencia de creador de Maigret fue la de haber entregado el reloj que le había dejado su padre a cambio de una noche de prostíbulo. Simenon nunca pudo recuperarlo y desde entonces vivió rodeado de péndulos, despertadores y minuteros. A todo el mundo le regalaba relojes pero, perdido el de su padre, nunca pudo tener uno que fuese realmente suyo. ‘La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo’. Con esa cita de Simenon abre Ausoline el meticuloso recorrido de una vida tantas veces maquillada por el escritor en sus Memorias íntimas y otros libros de recuerdos. El reloj perdido en las bragas de una prostituta negra recorre una colosal obra de trescientos cincuenta títulos”.

Desde aquel robo en la cancha, papá no volvió a usar reloj hasta muchos años después. Tal vez porque la plata no le alcanzaba para uno de similar calidad y no quería reemplazarlo por otro todoterreno. Pero para mi cumpleaños siguiente me llevó a una relojería de la avenida Alberdi, en Mataderos, y me compró un Election azul, con agujas. Era demasiado formal, elegante. Para adultos. Yo quería uno digital, marca Cassio, y de ser posible con la novedosa calculadora, como tenían algunos de mis amigos. Algo más moderno. Pero no dije nada porque entendía que había que respetar esa solemnidad. Le dije que me gustaba y defendí aquella formalidad frente a la canchereada de mis amigos con Cassio de última tecnología. Supongo que esa defensa era, en el fondo, una defensa a mi padre. ¿De qué? No lo sé. Pero algo de eso hay.

Con el tiempo tuve mi digital. Y más relojes. Hasta que dejé de usar: en los últimos años, para saber la hora miraba el teléfono celular. Pero no era lo mismo. Hace unos meses me compré un reloj negro con agujas blancas. Muy parecido a uno que me regaló mi tío Eduardo a mis 7 años. Lo trajo de un viaje al exterior. Era sumergible y de buena calidad. Similar a los que se usaban en la Fórmula 1. Me duró 24 horas: al día siguiente, mientras jugaba en la vereda con mi amigo Alejandro, vi -no sin estupor- que se había roto el vidrio justo en el medio. Enseguida, mi mamá me llevó a varias relojerías del barrio pero no encontramos un cristal de la misma calidad. Así que le pusimos uno barato que se despegaba cada dos por tres. No duró mucho más, y nunca lo pude olvidar. Igual que el Election. Esos fueron los relojes que me marcaron.

Para darle el reloj a Santi viajé cinco horas hasta su casa, donde vive con su hermana y su mamá. Durante el viaje no pude dejar de pensar en aquel Seiko ni en el Election ni en el de mi tío. Como ahora, que pienso en el original de Star Wars. Con Santiago tenemos en común el gusto por Star Wars. No se hizo de Independiente. Independiente ya no gana copas. Cada vez que pienso en aquella noche en la que le robaron a mi papá caigo en la cuenta de que pasaron más de treinta años, apenas algunos pocos campeonatos más y un descenso. No sé si estas líneas las escribo para reiventar los hechos o para conservarlos.

El tiempo no deja de avanzar. Y lo marcan las agujas de cada reloj propio o ajeno al que me aferro.

VEINTE AÑOS SIN  SORIANO

VEINTE AÑOS SIN SORIANO

Por Alejandro Duchini.

El 29 de enero de 1997 murió Osvaldo Soriano, periodista y escritor de, entre otros títulos, “Triste, solitario y final” o “A sus plantas rendido un león”.
Osvaldo Soriano me contó las mejores historias de fútbol. Me contó cómo equipos visitantes en pueblos perdidos estaban obligados a errar goles para que a sus jugadores nos los molieran a palos los hinchas locales; me habló del penal más largo del mundo e inventó a un tal Mr. Peregrino Fernández que contaba memorias futboleras a cambio de helados que tomaba en su silla de ruedas, en un geriátrico francés.
No lo conocí personalmente pero para quienes fuimos sus lectores nos alcanzó –tal vez con resignación- con sentirnos cómplices suyos al leer aquellos relatos.
Leí/devoré todos sus libros, incluyendo uno que anduvo medio perdido: “El Negro de París”.
A lo largo de sus historias, con personajes perdedores y queribles, quedan también frases inolvidables.
Como aquella en la que refiere a su padre, cuando escribe en el cuento “Petróleo”, ejemplificándolo con la vida en general: “Intentó zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos”.
Hay una historia en “Piratas, fantasmas y dinosaurios”, en la que el Míster dice:
-¿De qué trata el libro? ¿De fútbol?
-No. Trata de los goles que uno se pierde en la vida.
-Ya veo. Poneme a la sombra, pibe, que te cuento la del arquero sin manos.
Soriano no sólo mezcló la literatura con el fútbol sino que también popularizó la figura del padre. De soslayo mencionó e inventó madres y recordó cómo eran aquellos lugares en los que pasaba su infancia hasta que el trabajo paterno le destinara otro. Nos acercó a nuestros próceres –sobre todo a Manuel Belgrano- como nunca lo pudo hacer la escuela: los humanizó, los sacó del libro, del bronce.
Años después, me dicen, y comparto, hay quienes se sienten solos ante la ausencia de nuevas historias suyas, ante el vacío de saber que nos hemos perdido unos cuantos relatos de calidad no reconocida del todo.
Con su ausencia, unos cuantos futbolistas inventados y muchos de sus lectores nos hemos quedado un poco huérfanos.
Al menos están sus libros.

DEPORTIVO SCHER

DEPORTIVO SCHER

Por Alejandro Duchini

“Nos explicó exactamente que la literatura estaba en el mundo para atrapar lo que no se puede atrapar de otro modo”, escribe Ariel Scher en su último libro, Deportivo Saer. Eso se lee en Locche, uno de los 16 cuentos que lo componen. Literatura, fútbol e ideas del autor. Deportivo Saer tiene todo eso. Es un viaje por la literatura pero también por el deporte y la cultura en general. Aparece el ambiente futbolero con sus exponentes más conocidos y no tanto, se menciona a John Lennon y a James Dean y de pronto se se leen cosas como “la vida es más o menos un barco bonito. ¿De qué sirve sujetarlo? Va y va”, citando a Haroldo Conti.

Este año, después de varias postergaciones, hice el curso de literatura y deportes que Scher dicta en su casa de Flores. Fue de invierno a primavera y si pude cumplir con la rutina de ir cada miércoles a la mañana es porque sus historias se volvieron fascinantes. Ahí me di cuenta cuánto sabe de literatura Scher. Por suerte, comparte esos conocimientos. Este libro es un reflejo de esos cursos. Están esos mismos temas pero en papel, lo que los pone más alcance de las manos. Un libro es también eso: algo que sirve para atrapar lo que no se puede atrapar de otro modo.

Scher insiste en la presencia del deporte en los cuentos y novelas. Si no es el fútbol, el más popular, cuenta quién le va al tenis, que Rodolfo Walsh menciona al ajedrez o que Horacio Quiroga practicaba ciclismo. Saca, en otras palabras, a los escritores de las bibliotecas para meterlos en la vida cotidiana. Eso es lo que se nota en este nuevo libro editado por Club House. Hay Borges, Bioy, Maradona, Soriano, Cortázar, Cristiano Ronaldo, San Martín, Martín Kohan y hasta Atahualpa Yupanqui.

“Sentimos eso porque, como enseña el fútbol, como se aprende existiendo, como se derrama en cada línea de los textos de Sacheri, ninguna desolación es mayor que la que provocan las cosas que perdimos sin comprender por qué las perdimos”, dice al comienzo del libro. Después me reí con el espanto de una familia ante la decisión de un hijo de querer ser árbitro de fútbol. Aprovecha, Scher, para meter la poesía de Homero Manzi: “El alma está orsai, che bandoneón”; unas líneas antes uno de los personajes, ante la drástica decisión del futuro árbitro, compara: “Si al menos hubiera querido ser Gregorio Samsa, el de La metamorfosis, que un día se levantó convertido en un monstruoso insecto”.

Mezcla, luego, la pelota con Chacarita y Lennon; y dice, en otro cuento, que “sólo se estudia con ganas aquello que se ama”. Y en otro: “Nosotros, conscientes de que pocas cosas son más innecesarias que los prejuicios”. O después: “Casi todo se aprende tarde. Casi todo, pero esto más que todo: uno cree que sabe, pero no sabe”. También: “Les posibilitó descubrir que los que se pelean por algo que de verdad es relevante no usan las trompadas”.

Hay algunos cuentos que me resultan imperdibles, y por lo tanto muy recomendables. Uno de ellos es Mi vecina y Pavlovsky: “No se justifica negarlo: a pesar de tanto testimonio y a pesar de tanto Pavlovsky, aún hay individuos que persisten en desvalorizar el papel del juego en la vida”, se lee en uno de sus párrafos. También me gustó (mucho) Ese es el Goyo Luna: “El entrenador de la selección no me largó el más mínimo comentario. Durante todo el entretiempo, habló de la táctica de los paraguayos, de la inmortalidad de los punteros izquierdos como Goyo Luna y de que, ya que tenemos la suerte de haber nacido, hay que corresponderse con esa suerte leyendo a Roa Bastos, que para todos los tiempos será un escritor descomunal”.

Ni hablar de la brillantez periodística que logra en Las páginas de Monzón: “Y un título, acaso el mejor con Monzón, de un escritor que fue a entrevistarlo, que lo confrontó feo y que casi (pero sólo casi) acabó a las trompadas con el mayor experto en trompadas del país. Sin vueltas, Jorge Di Paola, ese escritor, rotuló de esta manera su experiencia: ‘La primera vez que Monzón se rindió ante un supermosca’”. Me gusto como Locche o el titulado Mataderos, donde recuerda “la cara de perplejidad de Pep Guardiola cuando leyó sin parar Operación Masacre hasta sentenciar sobre Walsh: ‘Imagino que él inventó la palabra coraje y, si no lo hizo, al menos la llevó a los altares, la dignificó’”.

No quiero olvidar Tesis sobre las eliminatorias: “Ustedes dirán que las cosas están y no hace falta preguntarse por ellas. Mentira: las cosas están y si uno no se pregunta por ellas, vive con menos problemas, o sea vive de una manera más parecida a las paredes o a la plantas”.

Destaco además la Bibliografía del final. Tiene una guía riquísima para meterse más en el tema. Una lista genial e interminable de escritores, libros, cuentos y biografías que, sabiendo que Scher leyó todo eso (y más), a nadie le quedará la duda de por qué sabe tanto de literatura y deporte.

Estos cuentos trazan un rápido perfil de deportistas y escritores y de la literatura como tal. Por eso es recomendable para aquellos que amen los deportes y quieran incorporar conocimientos culturales. Y, más todavía, para los que deseen pasar un muy buen momento de lectura.