Seleccionar página
DICTADURA, DEPORTE Y LIBROS

DICTADURA, DEPORTE Y LIBROS

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Uno de los trabajos más contundentes sobre el deporte y la dictadura se titula, justamente, Deportes, desaparecidos y dictadura. Lo escribió el gran periodista Gustavo Veiga; lo prologó otro enorme colega, Ariel Scher; y en la contratapa la firma es de Claudio Morresi. El libro fue editado por Al Arco y declarado de Interés por la Secretaría de Deportes de la Nación, la Dirección de Deporte de la Ciudad de Buenos Aires y la Confederación Argentina de Deporte. La edición que tengo en mi poder es de 2006. Creo que hay una actualizada. A cuarenta años del sangriento golpe de Estado, bien vale su lectura. Como tantas otras que impiden el olvido.

Veiga, minucioso en su trabajo, periodista de los mejores, expone en menos de 100 páginas historias con nombres y apellidos. Su libro tendría que ser material obligado en las escuelas de periodismo. También entre los periodistas. Habla de atletas desaparecidos, de civiles presos y militares impunes y patoteros; y del Mundial 78 como símbolo de esos años que empezaron, al menos de manera oficial, el 24 de marzo de 1976. Cierra con una lista de los deportistas desaparecidos. Recuerda a Marquitos Zucker, secuestrado e hijo del recordado actor. Cuenta que una tribuna de Defensores de Belgrano lleva su nombre. No olvida del papel de Juan Manuel Fangio -el gran ídolo de nuestro deporte- vinculado con la Mercedes Benz. “Como no todos saben quién fue Fangio, vale recordarlo: cinco veces campeón del mundo, piloto excepcional y uno de los tantos imbéciles que apoyó a la dictadura de Videla con alma”, lo refiere Pablo Llonto a través de un artículo que complementa el volumen.

En la portada, junto a otras fotos, se destaca la figura del atleta Miguel Sánchez, quien hoy tiene una carrera que le sirve de homenaje. Veiga también cuenta lo que ocurrió con los jugadores del La Plata Rugby Club. Ya volveré sobre el tema. “Como este es un libro hecho de huellas, resulta más que un libro”, prologa Scher. “Estos periodistas de raza eligen caminar por la vida contando lo que pasó y sintiendo que las puertas de la dignidad y el respeto siempre están abiertas de par en par, sostenidas por el pueblo al que pertenecen y defienden”, finaliza, desde la contratapa, Claudio Morresi en el verano de 2006.

EL MUNDIAL 78

La vergüenza de todos es otro de los libros imprescindibles para entender qué ocurrió en aquellos años de plomo. Su autor es Pablo Llonto. Al título publicado por Ediciones Madres de Plaza de Mayo agrega la frase “el dedo en la llaga del Mundial 78”. En la portada, Américo Gallego y Daniel Passarella levantan la Copa minutos después de la victoria ante Holanda, en el estadio de River, el 25 de junio. Más grande se ve la imagen del entonces presidente Jorge Rafael Videla; detrás suyo una multitud y banderas argentinas. Aquel invierno, efectivamente, el fútbol se lo comió todo. A metros, en la ESMA, había ciudadanos torturados o a punto de serlo; embarazadas, madres que no conocerían a sus hijos. Personas que serían lanzadas al Río de la Plata.

Llonto obliga a pensar. Porque no sólo explica el rol de los asesinos con uniforme, sino que también cuenta quiénes fueron sus cómplices y pregunta qué papel jugaron los ciudadanos comunes. López Rega en la portada de la revista peronista Las bases es la apertura para este libro. En sus páginas hay una radiografía de la Argentina de entonces. Están las tapas mentirosas, como la de Somos, de la editorial Atlántida, en la que anuncia un “Complot contra la Argentina” desde Europa. No falta aquella papelonera carta falseada al jugador holandés Krol, en la que supuestamente le contaba las bondades argentinas a su pequeña hija. Están los números de los gastos, las amenazas de bombas, los asesinatos. Es, tal vez, el libro más completo sobre el tema.

Tema que se complementa con otros dos: Fuimos campeones – la dictadura, el Mundial 78 y el misterio del 6 a 0 a Perú, de Ricardo Gotta, editado por Edhasa en 2008. Tremendo trabajo de investigación en el que se leen cosas como “ya brillaba Diego Armando Maradona, a quien el general Guillermo Suárez Mason seguía por las canchas argentinas, viajando en aviones de YPF”. Hay buenas entrevistas, mejores datos. La goleada a Perú está tratada como pocas veces. También se recuerda la bomba que estalló en la casa del ministro Juan Alemann tras el cuarto gol a los peruanos, la visita al vestuario visitante de Kissinger junto a Videla y los barcos con toneladas de trigo que viajaban a Perú unas semanas después del título argentino.

El tercero, insoslayable, es Hechos Pelota – El periodismo deportivo durante la dictadura militar, de Fernando Ferreira, también de Ediciones Al Arco, En la tapa, Videla y sus secuaces; adentro, una rigurosa investigación sobre el papel del periodismo de entonces. Hay secuestros, hay hechos, hay denuncias. Y Hay palabras, como las de Jorge Búsico, quien le dice al autor: “Descubrimos de a poco un mundo de horror que nos condicionó para siempre”. No faltan los recuerdos: “En Montecarlo, el 30 de junio de 1977, Carlos Monzón venció por puntos en fallo unánime al colombiano Rodrigo Valdés. Fue una pelea difícil y sólo su fortaleza anímica le permitió sobreponerse de una caída en el segundo round. Poco después, con catorce defensas exitosas y una vida intensa arriba y abajo del ring, haría oficial su retiro. Monzón había colaborado en exhibiciones para los soldados antes del golpe del 24 de marzo y en la campaña del llamado ‘Operativo Independencia’ en Tucumán”.

“En 1976 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre. Exilio, cárcel, desaparición, secuestros, torturas, extorsiones, violaciones. Hasta los niños desaparecen” lamenta desde su pluma Osvaldo Bayer en su genial Fútbol argentino (Página 12). Al hacer historia, no puede pasar de largo aquellos tiempos. El capítulo se titula El triunfo triste.

“Nunca es demasiado halagüeño aceptar que la Dictadura cayó -o se fue, mejor- como consecuencia de la soberbia imbecilidad criminal de la guerra de Malvinas y no por otra cosa; menos lo es suponer que los militares podrían haberse ido mucho antes si en la tarde del 25 de junio de 1978 una pelota de fútbol que hacía casi una hora y media que circulaba por la colmada cancha de River entre jugadores de celeste y blanco y de naranja hubiera, en cierto momento, desviado su trayectoria hacia la derecha entre tres y cinco centímetros”, recuerda de manera magistral Juan Sasturain en el capítulo Menotti y el misterio de los tres palos del Diablo, donde refiere al Mundial 78 en su genial libro La patria transpirada – Argentina en los mundiales – 1930-2010 (Sudamericana). No puede -ni quiere- evitar el tema de la dictadura. Como tampoco lo hace Juan José Sebreli en su gran (y polémico, al menos para los futboleros) La era del fútbol (Sudamericana, 1998). Crítico acérrimo de este deporte, dedica un capítulo a aquellos tiempos. “La dictadura y el fútbol. Campeonato Mundial Argentina 1978”, lo titula. “Con el aval del fervor popular, las democracias burguesas europeas, las izquierdas y las bendición del Papa, la dictadura militar vivió su momento más glorioso con el Mundial de fútbol”, escribe, quien al comienzo del libro agradece “el espíritu crítico, raro en el deporte”, de Dante Panzeri. Refiere a un periodismo radial y televisivo “obsecuente”, menciona a José María Muñoz, recuerda el papel de Sergio Renán con su película oficialista La fiesta de todos y el de César Luis Menotti, el técnico, quien le dijo a la revista Gente que “derrotamos a la derrota”, tras haber alcanzado el título mundial, el primero de nuestro seleccionado. “El objetivo de la dictadura fue logrado y ésta salió fortalecida del Mundial. Havelange contribuyó al blanqueo de la dictadura en el exterior aceptando una condecoración de Videla, y declarando que ‘por fin el mundo pudo ver la verdadera imagen de la Argentina’”, escribe el autor.

Por ese lado va también Víctor Lupo en su imperdible Historia política del deporte argentino -1610-2002 (Corregidor). En un completísimo informe deportivo-político, dedica interesantes líneas a la dictadura. “‘Quiero agradecer a los que permitieron que la Argentina fuera sede de esta justa y le dieron la oportunidad para demostrar de lo que es capaz el pueblo argentino. Eso significó un voto de confianza’. Se refería a Havelange, en una devolución de agradecimiento por el apoyo del 28 de mayo de 1976, para agregar: ‘El resultado del campeonato permite pensar que aún es posible vivir en unidad y diversidad y es también el símbolo de la paz. Una paz que merezca ser vivida’”. Luego, Lupo se refiere también a la película La fiesta de todos, en la que menciona a sus participantes, entre quienes se encuentran Juan Carlos Calabró, Néstor Ibarra, Luis Landriscina, Nélida Lobato, Félix Luna, Rudy Chernicoff, Graciela Dufau, Enrique Macaya Márquez y Ricardo Darín. Cita también al libro El director técnico del proceso, de José Luis Ponsico y Roberto Gasparini, donde se cuenta que la designación de Menotti como entrenador “quedó acordada en una cena entre Bracuto, Menotti y el secretario de la UOM, Lorenzo Miguel, en el ex restaurante La raya de la calle Pavón entre Urquiza y La Rioja, en Buenos Aires”. Lupo destaca varios otros hechos que refrescan la memoria.

“Encapuchados y con grilletes, detenidos-desaparecidos y prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) gritaron en junio de 1978 los goles de la selección argentina en el estadio de River Plate. Hambreados y muertos de frío, soldados de Malvinas siguieron por radio a la Argentina durante el Mundial de España 82. Mientras, las bombas estallaban a su lado”. Así comienza el sexto capítulo de Breve historia del deporte argentino, titulado Ganar en dictadura. El libro fue escrito por el periodista Ezequiel Fernández Moores (Editorial El Ateneo). “Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz 1980, cuenta que él mismo tampoco reprimió el grito de gol, junto con los demás presos, en la Unidad 9 de la Plata, donde los partidos se transmitían por un altavoz. Los goles de Mario Kempes y sus compañeros también se celebraron en las casas de Hebe de Bonafini y de Estela Carlotto, posteriores presidentes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, respectivamente, mientras lloraban la desaparición de sus hijos y nietos”, escribe Moores.Y después: “Argentina campeón del mundo, campeón en la organización de un campeonato que ha hecho con esfuerzo todo el país, cuando muchos no creían, Argentina logró esta hazaña… para que nuestros hermamos del mundo comprendan que hicimos un campeonato de humanidad, de solidaridad, porque así somos los hijos de esta tierra”. Quien eso relata no es otro que José María Muñoz.

Moores también recuerda a los desaparecidos del La Plata Rugby Club, no deja de lado la memoria del atleta Miguel Sánchez, quien “soñaba con ganar en el 78 la San Silvestre” y dedica unas líneas a Daniel Schapira, secuestrado el 7 de abril de 1977. No está de más el recuerdo que hace del título del seleccionado juvenil del 79, con Maradona a la cabeza. “La madre de Maradona, Doña Tota, fue invitada especial a los almuerzos televisivos de Mirtha Legrand el día del triunfo, el 7 de septiembre de 1979. ‘Vayamos a la plaza a ver esta espléndida fiesta del pueblo argentino’, pedía cada tanto la conductora de los almuerzos. Cientos de estudiantes, liberados por un asueto del Ministerio de Educación, celebraban el triunfo en la Plaza de Mayo. ‘Vayamos a la Plaza a demostrarles a esos señores de la OEA que los argentinos somos derechos y humanos’, alentaba el Gordo Muñoz por Rivadavia. En efecto, a metros de allí, familiares de desaparecidos hacían fila para elevar sus denuncias a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. Videla salió al balcón de la Casa Rosada para saludar a los estudiantes que habían ido a celebrar”.

En otro párrafo, Moores destaca que “en abril de 1982, cuando la dictadura estaba en plena aventura de Malvinas, deseosa de reconquistar apoyo popular, se inauguró una pileta en el Parque Sarmiento, de Buenos Aires. Había militares en la pileta, la gente cantaba enfervorizada el Himno y gritaba ¡Argentina, Argentina!”.

La barbarie, se titula el capítulo 13 de Deporte nacional – Dos siglos de historia, el gran libro escrito por Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico en 2010 (Emecé). “Este país roto, fusilado, torturado, estafado y, en especial, desaparecido que diseñó la dictadura militar encaramada en el poder desde el 24 de marzo de 1976 silenció todo menos el fútbol. Menos el fútbol que, en medio de órdenes para prohibir y prohibir y prohibir, fue lo único que se permitió”, arranca. “El comunicado número 23 de la Junta Militar que había derrocado a María Estela Martínez de Perón…”, recuerda luego para continuar: “Se ha exceptuado de la transmisión por cadena nacional de radio y televisión la propalación programada para el día de la fecha del partido de fútbol que sostendrán las selecciones nacionales de Argentina y Polonia”. Entonces cuenta que los de Menotti ganaron 2 a 1, con goles de Héctor Scotta y René Houseman y que el encuentro amistoso se disputó “en la ciudad industrial de Chorzow”, en Polonia. “Teníamos mucho miedo a todo”, se cita a Scotta, y también se recuerda que Alfredo Cantilo, el entonces presidente de la AFA, anunciaba que “el cambio de gobierno no tiene nada que ver con el Mundial. Somos gente de fútbol y no políticos”. Sin embargo, el poder estaba en manos del marino Carlos Alberto Lacoste, vicepresidente del Ente Autártico Mundial 78. “No hubo proyecto político deportivo militar ni, tampoco, un modo de jugar de la dictadura”, señalan los autores. Enseguida se recuerda que en el Comité Olímpico Argentino su titular, el ex tirador Pablo Cagnasso, fue reemplazado por el Coronel Antonio Rodríguez, quien se quedó en el cargo hasta 2005. Acá también se menciona a Miguel Sánchez, quien “cuando estaba de regreso en Villa España, una patota de la dictadura militar lo secuestró y lo volvió un desaparecido”. Se lo define, en estas páginas, como ex futbolista, poeta aficionado, peronista y militante. No se deja en el olvido la desaparición de Norberto, el hermano de Claudio Morresi. Tampoco muchos otros, que son mencionados con nombre y apellido. Deporte Nacional es otro libro que no puede dejarse de leer.

Como Maten al rugbier – las historias detrás de los 20 desaparecidos de La Plata Rugby Club, al que ya hicimos referencia cuando salió, el año pasado. Un libro excepcional escrito por Claudio Gómez. En su momento dije, y ratifico, que fue escrito con profesionalismo y con pasión. Cuando ambas condiciones se juntan, suelen salir trabajos como éste. Gómez le puso el alma a los textos. Recordó cómo se respiraba entonces, lo duro que era tragar una gota de libertad, y entrevistó a protagonistas, testigos, abogados y familiares de las víctimas. Entre ellas, hay una gran gran gran entrevista, sentida y directa, a Velia Oliva, la mamá de Jorge Moura, recordado además porque sus hermanos fundaron el grupo Virus, un ícono del rock nacional de los 80. Jorge había jugado al rugby en ese club; hoy es uno de los desaparecidos de la dictadura militar. “Perder a un hijo es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Yo perdí a dos. Tengo ochenta y seis años y todos los días me pregunto para qué quiero seguir viviendo”, le dice Velia a Gómez. Lo releo ahora y vuelvo a sentir lo mismo que sentía hace unos meses, cuando leía el libro en subtes, colectivos y en mi casa y no podía ni quería despegarme de él. Analiza además el caso de cada uno de los deportistas desaparecidos.

Los militares llevaron a cabo un plan de exterminio total. A cualquier costo. Cuarenta años después aquello no se olvida. Tan clavado quedó en el corazón de un país. Por suerte, hay periodistas y libros y entrevistados y valientes que recuerdan, que escriben. Que no olvidan. Y que no nos dejan olvidar.

RUGBY: FUERA DE JUEGO

RUGBY: FUERA DE JUEGO

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Que el rugby no es sólo un deporte de elite no es nuevo. Hoy se sabe que se practica en cualquier lado, más allá de que no tenga la masividad del fútbol. Se juega en cárceles, en villas y en plazas. Y se juega más cuando hay un Mundial y Los Pumas se convierten en lo más importante de nuestra patria deportista.

El rugby tiene, entonces, ese otro mundo que tan bien reflejó Alejandro Cánepa en su libro Fuera de Juego – crónicas sociales en la frontera del rugby (Editorial Autores de Argentina). Cánepa mostró otra cara de este deporte en un año plagado de buenos libros sobre el tema, como Maten al rugbier o El rugido. En los tres títulos hay periodismo del bueno.

Cánepa escribió 166 páginas después de caminar el barro, de meterse en los lugares más insólitos y de hablar con muchísima gente. Se metió en el barro y lo describió luego de manera brillante. Cada crónica se compone de sentimiento, tanto del autor como de los entrevistados. Por desde ambos lados pusieron todo para hablar de la vida a través del rugby. Y en el medio de esas voces, aparece la investigación: el autor no es mezquino al contar datos paralelos de las bibliotecas que pueden ayudar a entender mejor cada historia. Lo hace en el capítulo La cuestión judía, donde cuenta que “El primer presidente de la SHA fue Marcos Satanowsky, aquel abogado asesinado en 1957 y cuya muerte fue investigada por Rodolfo Walsh. Su crimen quedó impune”.

En cada capítulo, Cánepa describe al rugby según distintos estamentos sociales. Así como visita a un club relacionado con la religión judía, también refiere al rugby que se juega en los barrios humildes o el que se práctica en las cárceles. En todos los casos, el deporte es una excusa para sacar a la gente de su letargo y darle algo diferente.

En los textos irán apareciendo el mito de El caballero rojo, de Titanes en el ring, y alguien apodado Cumbia que dice que le gusta “el rugby porque es un deporte duro, pero ahora estoy cansado. ¿Sabés qué pasa? Trabajé mucho ayer. Hago carga y descarga de camiones en el depósito viejo (…) ¡Todo a mano!”.

La virtud del autor está en eso: en que se metió en cada historia hasta el fondo. No sólo eso, sino que además las escribió tan bien que uno siente ganas de más. Alguien le dice que “en el rugby vos ponés el pellejo, y si la pelota la pasás mal, hacés que el tipo que está al lado se lastime, o se equivoque. El rugby es el compromiso de cada uno con la actividad que está haciendo. Eso es la vida”.

No se sale indemne después de leer a los ex jugadores que quedaron con secuelas graves tras una lesión deportiva. Sillas de ruedas, bajones y un volver a empezar constante es lo que reflejan en sus durísimos testimonios. Sin embargo, el libro se cierra con la que, al menos a mi gusto, la historia más lograda. Es la que habla de los presos de Campana que juegan al rugby. Cánepa describe desde el vamos el ingreso a la ciudad y traza un paralelo entre ella y ese submundo de barrotes. Un ambiente en el que a los encarcelados que se preparan para jugar un desafío con equipos que llegarán de otros lados los dejan plantados. Y frustrados. Sin embargo, esos tipos encuentran en el deporte una pequeña esperanza de hacer lo que todos queremos: jugar. No es poco.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

MATEN AL RUGBIER

MATEN AL RUGBIER

Por Alejandro Duchini

Es el 20 de diciembre de 2006. El juez Julio Reboredo le toma declaración a Miguel Etchecolatz, uno de los asesinos más asesinos de la historia argentina. En la sala se juega parte de lo más sangriento de nuestro país. En el ex policía se resume el terrorismo de Estado de los 70. Soberbio, imperturbable. Jamás arrepentido. Ese es Etchecolatz, que desafía a Reboredo. Su verborragia causa impotencia. La gente se impacienta. Reboredo le retruca con clase. Lo deja chiquito.

La escena pertenece al libro Maten al rugbier (Sudamericana) y está perfectamente contada por su autor, Claudio Gómez. Son en total casi 250 páginas de periodismo puro. Se cuenta la vida y la desaparición de los 20 jugadores del La Plata Rugby Club durante los años de plomo. Son Hernán Rocca, Pablo del Rivero, Hugo Lavalle, Abigail Attademo, Eduardo Navajas Jáuregui, Abel Vigo, Eduardo Merbilhaá, Marcelo Bettini, Alfredo Reboredo, Mario Mercader, Jorge Moura, Rodolfo Axat, Luis Munitis, Alejandro García Martegani, Pablo Balut, Otilio Pascua, Santiago Sánchez Viamonte, Enrique Sierra, Mariano Montequín y Julio Alvarez. Hay testimonios valiosísimos. El autor entrevistó a sus familiares, amigos y otros testigos. También aparecen sobrevivientes.

Cada historia es durísima, pero necesaria para conocer. Maten al rugbier provoca un viaje a esos hechos. Gómez los relata magistralmente. Tras una introducción genial invita a una lectura comprometida. Porque se nota que él se compromete. Eso es lo que transmite. Su pasión por el relato y el detalle se contagia. Es como que Gómez se tira de cabeza a la historia como en su momento Charly se tiró de un noveno piso a una pileta de hotel. Simplemente lo hizo.

El libro se lee de un tirón. En sus páginas se conocerán casos nuevos y se releerá sobre otros. El de la familia Moura es uno de ellos. Vinculados al grupo Virus, que tuvo su apogeo en los años 80, se hará hincapié en la suerte de Jorge, hermano de los rockeros Federico y Marcelo. En este capítulo se cruza una madre que sufrió la muerte de dos hijos. “Jorge desapareció por la militancia en 1977 y Federido por el sida en 1988”, recuerda Gómez.

La mujer se llama Velia Oliva, tiene 86 años y ahora vive en Barrio Norte, donde recibió a Gómez. “Usted pregunte, yo le cuenta”, le dice ella. Entonces sucede la entrevista. El autor no deja de inmiscuirse, de contar lo que pasó por su cabeza y corazón cuando hablaban. El método, tan efectivo y solidario, se repetirá en cada uno de los casos. En este capítulo el final es contundente: “Perder a un hijo es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Yo perdí a dos. Tengo ochenta y seis años y todos los días me pregunto por qué quiero seguir viviendo”, le dice ella.

En el desfile de personajes sobran torturadores y buchones, entregadores. Traición. Se hace habitual la descripción de agentes ingresando a los departamentos para saquear, pegar y amedrentar. También para matar. Y secuestrar. Suelen aparecer niños. Muchos de ellos pueden hoy recordar ante Gómez lo que vieron o, en otros casos, hablar en base al rompecabezas que pudieron armar.

Duele el capítulo de Mario Mercader. Dejó hijas. Recuerda Gómez: “Monona -la abuela anarquista- también recorrió regimientos, iglesias y juzgados. Fue parte desde el inicio de Madres de Plaza de Mayo y años después dejó su testimonio ante la Conadep. Participó de marchas, movilizaciones y reclamos. Cuando salía de su casa llevaba bolitas en los bolsillos para tirarles a los caballos por si la reprimían. De las dos abuelas, Monona fue la que llevaba a María y Ana Laura a los recitales de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, y la que para dormir les cantaba canciones anarquistas de la guerra civil española. Era también la abuela que mandaba a Ana Laura a hacer los mandados y se quedaba mirándola en la puerta de su casa. Hasta que un día la nena, sorprendida por ese control excesivo, le preguntó por qué. Y ella le contestó: ‘me gusta mirarte porque caminás igual que tu papá’”.

Ana Laura es la misma joven que recuperó una camisa de su madre. Treinta y cinco años después.

Hay otros testimonios o casos durísimos. Está aquel hijo que sobrevive al pasado a través de los poemas, está aquella madre que siguió pagando la cuota social del club al que iba su hijo y aquel que se salvó de ser “chupado” porque se fue a ver un partido de Independiente. “Ana Demarchi, la madre de Rodolfo Axat, no se resignó. Aún después de aquel 12 de abril de 1977, cuando se lo llevaron del departamento de la calle 9, le siguió pagando la cuota social del LPRC. Todos los meses el cobrador tocaba el timbre y ella lo atendía, después tomaba el carné, sacaba el cartoncito vencido y ponía el nuevo. Hasta que falleció en 2002, Ana Demarchi pagó la cuota de su hijo Rodolfo. Fueron veinticinco años de espera, veinticinco años de resistencia, veinticinco años de madre”.

Gómez, que cuenta que se inmiscuyó en este tema puntual a través de una nota periodística que hizo años atrás, encontró más casos que los iniciales. Lo logró gracias a su perseverancia, intuición y pasión. A eso referirá en el breve capítulo 16, en el que describe qué pasó por su cabeza al momento de empezar este libro. Pero unas pocas páginas antes meterá aún más el dedo en la llaga al ampliar la lista de rugbiers desaparecidos. Contará entonces los casos del Club Universitario, Los Tilos y San Luis. Once más. Todos vinculados a la Universidad Nacional de La Plata.

Para recordar, para conocer o para sentir. Para eso sirve este libro. También, para decir “nunca más”.