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EL GRÁFICO

EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

Cuando era chico y la economía de casa se fue a pique, sólo hubo una cosa que nos acompañó en todas las mudanzas: la colección de revistas El Gráfico que desde los años 50 había juntado Héctor, mi papá. Tras perder la casa y empezar el peregrinaje de alquileres, cada mudanza implicaba encontrar un lugar para tantos El Gráfico, a los que sumaban algunos ejemplares de su hermano menor, Goles. Crecí viendo las tapas del Independiente de los 70. Y a veces viajaba en el tiempo para saber de Fórmula Uno, ciclismo y, sobre todo, boxeo. Cada vez más amarillos, lo primero que se buscaba en cada nueva casa era un lugar donde guardarlos. Cuando empecé a estudiar periodismo Héctor me recomendaba que aprenda de las lecturas de Panzeri, Frascara, Borocotó, Ardizzone, Juvenal y tantos otros. Y yo, al igual que los de mi generación, lo que más quería era trabajar en El Gráfico.

A fines de los setenta aprendí a leer con El Gráfico. Mis héroes eran Bochini, Trossero, Baley y Alzamendi. Leía sus historias y quería ser como ellos cuando jugaba a la pelota en las veredas de la calle Guardia Nacional, en Mataderos. Nunca voy a olvidar la edición de la noche en que fuimos campeones con ocho jugadores en Córdoba, ante Talleres. Nos habían expulsado a tres, Bocanelli hizo un gol con la mano, el árbitro Barreiro se ensañó con nosotros y Bochini hizo justicia y ganamos el Nacional. Ese El Gráfico lo tengo todavía, como un reliquia a la que vuelvo cada tanto.

Después Héctor se quedó viviendo solo y en cada mudanza cargaba su colección de revistas. Hace casi veinte años murió sin dejar herencia, salvo las revistas. Cuando fui a su departamento a hacer limpieza y devolver las llaves a la dueña, junté los ejemplares y me los llevé a mi casa. Desde entonces, esa torre de historias deportivas también a mí me acompañó a todos lados.

Tengo 46 años y viví, si no conté mal, en 14 casas. ¡14 casas! Una bestialidad. Y como además soy masoquista, me puse a ordenar de manera cronológica cada El Gráfico a la semana de la muerte de mi papá. Ahí, viendo las revistas, que era una manera de ver a mi papá, fue cuando realmente lloré su muerte. Porque entendí que esos El Gráfico eran, sobre todas las cosas, mi viejo.

Años después, tras separarme, volví a buscar libros. A mi ex esposa le agarró una locura tal que empezó a tirar, literalmente, las revistas a la vereda. Ludmila, que tenía seis años, me ayudó a meterlas en el baúl del Corsa. Como vivía solo, trabajaba todo el día y andaba más en el auto que en mi casa, quedaron ahí un tiempo largo. Hasta que conseguí una valija y entraron conmigo a cada casa en la que viví.

Hace unos años, en un intento por sacame la melancolía de encima, los puse a la venta en Mercado Libre. Las ofertas fueron tan irrisorias que no valía la pena. Saqué el aviso y los guardé de nuevo en un placard. Una opción que pensé fue reciclarlos y hacer con ellos una mesa para recordar a mi viejo. También la descarté. Hace unos cuatro años, Mirila -la madre de mi esposa- me hizo lugar en un sótano de su casa. Los puse dentro de bolsas y ahí quedaron. Salvo algunos que están en mi biblioteca, como los de la hazaña de Córdoba. O el del partido homenaje a Bochini. O el de la Intercontinental del 84.

En 2012, Diego Borinsky publicó mi primera nota en El Gráfico. Trataba sobre el narco y el fútbol en México. Desde ahí, empecé a colaborar de manera asidua. Elías Perugino, quien manejaba la revista, aceptó una propuesta mía para hacer, en cada número, una entrevista a escritores, músicos o actores que hablaran de fútbol. Hernán Casciari, Tomás Abraham, Horacio Convertini, Quique Ferrari, Hugo Arana, Iván Noble, Martín Kohan, Martín Caparrós y más me hablaron de sus pasiones futboleras. Fue una experiencia genial hablar con esos tipos sobre fútbol. Sacarlos de sus campos habituales para que se muestren como hinchas. Eso duró un tiempo interesante. Lo que siguió fueron informes de fútbol y boxeo y entrevistas a jugadores y boxeadores. No soy un capo del boxeo, pero sentarme a hablar con boxeadores fue un gran aprendizaje. Con Maravilla Martínez tomamos un café en Puerto Madero, con el Zurdo Vázquez mateamos una larga noche en su casa de San Cristóbal y nos sacamos fotos (no suelo hacerlo) mientras me hablaba de su miedo a la soledad. Con El Chino Maidana me reí por su frescura para contarme, hace unos meses, cómo es su vida en Margarita, Santa Fe, donde se levanta a cualquier hora y se pasa el día pescando o jugando al fútbol con amigos. Cero problemas.

Me encontré con jugadores humildes como Wanchope Ábila, Martín Campaña y la Pulguita Rodríguez. Hubo otros, en cambio, que hicieron dos goles y se creían que por manejar una 4 x 4 eran los reyes del mundo.

Gracias a El Gráfico, a fines del año pasado recibí un Premio ADEPA en la categoría Deportes por un recorrido que hice por la villa 1.11.14 junto al ex boxeador Jesús Romero, quien se dedica a sacar a chicos de las drogas a través del deporte.

Este domingo escribí contra reloj la historia del secuestro de Fangio, en Cuba, del que el 23 de febrero se cumplirán sesenta años. Con lectura de libros y entrevistas armé un rompecabezas de esas horas. Quedé en entregar el artículo el lunes a la mañana. Llegué a la meta. 24 horas después me enteré del cierre de El Gráfico a través del diario La Nación. No sé qué será de esa nota. Tal vez se publique en algún otro medio.

Me hubiese gustado que Héctor vea mis firmas en El Gráfico. Que sepa que aunque la revista no era la que fue hasta los 90 (cuando el fútbol por cable le empezó a restar importancia; después internet la fulminó), su hijo firmaba nada menos que en el emblema del periodismo deportivo. Seguro me hubiese encontrado defectos. Hasta me habría llamado para preguntarme por qué no hice tal pregunta o por qué olvidé algún dato. Tal era su sentido de la perfección. Pero sé que en su soledad se hubiese sentido orgulloso de ver mi nombre en esa revista como yo me sentía orgulloso de él en mi infancia, cuando cada lunes se aparecía por casa con un nuevo número de El Gráfico.

Maravilla Martínez, el hombre detrás del campeón

Maravilla Martínez, el hombre detrás del campeón

El periodista Germán Riesco escribió y publicó un libro sobre el boxeador, a quien sigue, según cuenta en la siguiente entrevista, desde sus comienzos deportivos.
“Germán Riesco nació en Buenos Aires, en 1977. Estudió Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Periodismo en TEA. Trabajó en ESPN, Radio 10, Radio de la Ciudad de Bs.As., Editorial Perfil y en la revista de boxeo Ring Side. Actualmente es profesor en ETER y columnista deportivo en Canal 26, medio para el cual cubrió la última pelea de Sergio “Maravilla” Martínez ante Julio César Chávez Junior en Las Vegas. Por su temprana vinculación con el boxeo tiene una muy buena relación con el campeón mundial, a quien sigue desde sus comienzos”, dice su resumen profesional con el que se difundió el libro “Maravilla Martínez – El hombre detrás del campeón”, de Editorial Corregidor. A continuación, el resumen de la charla con el autor.

Libro Maravilla Martínez

-¿Cuándo y en qué condiciones conociste a “Maravilla” Martínez?
-Si bien lo había visto boxear en Argentina, lo conocí cuando él ya no vivía en el país e intentaba rehacer su carrera en España. Tuve muchas charlas a lo largo de estos años que me fueron creando interés no sólo por su carrera, sino por la historia de vida que hay detrás. Justamente, las conversaciones nunca se referían sólo al deporte, sino que siempre terminaba preguntándole de su vida en general. Y mi libro, “Maravilla Martínez, el hombre detrás del campeón”, es un fiel reflejo de esto.
-¿Qué diferencias hay entre el Martínez que conociste al comienzo de su carrera y el actual?
-Te voy a contar una anécdota que te demuestra que es el mismo de siempre. El día después de su victoria contra Julio César Chávez Junior, en Las Vegas fui, con otro periodista a verlo al hotel. Pero al llegar nos mandó un mensaje diciendo que estaba en el shopping de enfrente, buscando una cafetería. Lo encontramos haciendo la fila en Starbucks, como un ciudadano más, sin custodios ni nada que se le parezca, y firmando autógrafos y sacándose fotos con quien se lo pidiera.
-¿Por qué decidiste escribir un libro sobre él?
-Siempre me gustó escribir sobre personas con historias de vida interesantes y la de “Maravilla” es una de ellas. Además, se le suma que soy periodista deportivo y que el boxeo es una de mis disciplinas preferidas. Espero que este libro, que es el primero, no sea el último para seguir brindándole a la gente la posibilidad de conocer al ser humano que hay detrás de sus ídolos.
-¿Cómo lo hiciste? ¿Cuánto tiempo te llevó?
-El libro lo escribí en dos meses y medio, más el viaje a Las Vegas para ver la última pelea de Sergio contra Chávez Junior. Pero las charlas y la información que tengo vienen de años atrás. Me refiero al análisis de las causas de su éxito, mostrar cómo piensa todo lo que hace, la importancia de su familia, el desarraigo, su relación con las mujeres, la gente que lo rodea, y su futuro dentro y fuera del boxeo. Estas son algunas de las cuestiones que se conocerán a partir de este libro. Además, en el libro podrán encontrar distintas visiones de la gente que lo rodea y de la que ya no está junto a él, como así también de su familia, y hasta de su coach y su bailarina de “Bailando por un sueño”, el programa de Marcelo Tinellli, donde Sergio estuvo este año. A medida que lo vayan leyendo irán descubriendo los secretos que los llevarán a conocer el hombre que hay detrás del campeón mundial de boxeo.
-¿Cómo lo definís a “Maravilla” tanto en lo deportivo como en lo humano?
-Es una persona muy inteligente, que piensa todo lo que hace tanto arriba como abajo del ring. Estudia a sus rivales de la misma manera que lo hace con todas sus actividades. Como boxeador, hoy es uno de los dos mejores del mundo con Floyd Mayweather Junior, y ya está entre los más destacados en la historia de Argentina. Y como persona, tiene los códigos que actualmente son difíciles de encontrar. Por ejemplo, llegó a la cima y él sigue reconociendo y teniendo un trato especial para los periodistas, amigos y demás que lo siguieron desde sus comienzos o en los momentos en que la mayoría ni lo llamaba por teléfono ni siquiera una vez al año.
-¿Al momento de escribir, te interesaba separar el conocimiento previo que tenías de él?
-El libro apunta a develar los secretos que hay detrás del gran campeón mundial. Me refiero al ser humano que vive junto al exitoso boxeador. Por eso, no sólo se basa en charlas que tuve con él, sino que tiene muchas anécdotas e historias de su entorno, que ayudan a entender las causas de que en el último año haya sorprendido a la mayoría de los argentinos, porque no entra en el estereotipo del boxeador clásico que se conoce en nuestro país y en varias naciones del mundo.
-¿Cómo creés que va a quedar Martínez respecto de la historia del boxeo argentino? ¿Y del deporte argentino en general?
-Como uno de los mejores, sin dudas. Y no sólo lo digo como boxeador, sino también como promotor de boxeo. Maravilla Box, su empresa, ya organizó la primera cartelera en Argentina –lo hace además en distintos países del mundo- y estoy convencido de que será muy importante su incursión en ese ámbito también.
-¿Qué pensás que significa él como ejemplo si se toma en cuenta de dónde surgió y a dónde llegó?
-Es un ejemplo de superación personal importante. Como le pasa a mucha gente, fue pasando situaciones muy duras tanto en lo personal, por su origen de clase baja, y en lo deportivo, ya que siempre se le hizo difícil conseguir rivales para enfrentar debido a la superioridad que mostraba y todavía continúa luciendo arriba del ring. Pero también porque los valores que le inculcó su familia desde chico, los cuales conserva, hicieron que no entre en manejos turbios, y eso muchas veces te deja afuera del negocio.
-¿Cómo definirías su personalidad?
-Es un hombre tranquilo, que busca vivir con perfil bajo, salvo en algunos momentos en los que -por ser también parte del trabajo de los deportistas de elite- se expone masivamente. Tiene un carácter fuerte, que lo hace ser el que maneja su equipo sin dudas, pero eso nunca le quita su cordialidad y educación.
-¿Qué impresión sacaste de “Maravilla” luego de ver que hubo argentinos que viajaron a Las Vegas exclusivamente para verlo a él?
-Él estaba muy motivado con eso. Creo que al mismo nivel de lo que significaba la pelea para su carrera. Era su sueño ser campeón mundial en Las Vegas y lo logró. A mí me hizo vivir lo máximo del boxeo argentino, ya que tengo 35 años y recién nacía cuando Carlos Monzón hacía enloquecer a toda Argentina con sus combates.
-¿Qué sentiste al terminar el libro?
-Una emoción muy grande. Era como un sueño para mí, ya que siempre quise escribir uno. Veo que tiene un efecto de un gran respeto, tanto en los colegas como en la gente en general. Es algo único y se lo recomiendo a quien sueñe con algún día escribir su propio libro.
Por Alejandro Duchini