Seleccionar página
MALVINAS

MALVINAS

Por Alejandro Duchini

El 9 de diciembre de 1984 se jugó el primer partido de fútbol entre argentinos e ingleses desde la guerra de Malvinas. En el estadio Olímpico de Tokio, Independiente le ganó 1 a 0 al Liverpool por la Copa Intercontinental. El gol lo hizo José Percudani. Lo apodaban Mandinga. Tenía 19 años. Había nacido en Bragado, provincia de Buenos Aires. Dos años antes, chicos de su misma edad caían muertos de frío, hambre y balas ante experimentados soldados británicos. Al día siguiente del partido se cumpliría un año desde la asunción presidencial de Ricardo Alfonsín tras la dictadura militar que empezó el 24 de marzo de 1976. La democracia era incipiente. El recuerdo de la guerra que comenzó el 2 de abril del 82 estaba tan fresco que un grupo de políticos había propuesto que los jugadores del Rojo pusieran en el pecho de sus camisetas un dibujo de las islas. Por suerte, aquello no prosperó.

En junio de 1986 se escribiría el capítulo que más se identifica entre Argentina e Inglaterra en materia de deportes. En el Mundial de México, los de Carlos Bilardo ganaban 2 a 1 con goles de Diego Maradona. El primero, el de la mano de Dios; el segundo, el de la apilada inolvidable. Los ingleses quedaban afuera del campeonato. En aquel contexto histórico era imposible no mezclar las cosas. Pero también era necesario separarlas.

Andrés Burgo escribió sobre este encuentro en su El Partido. Uno de los momentos más interesantes de su libro se produce cuando entrevista a ex combatientes de Malvinas que hablan de ese triunfo argentino. “Siempre me hizo ruido que se mezcle el triunfo de la Selección fundiendo imágenes de chicos muertos de frío en la guerra. Quería saber quiénes eran esos pibes. No podía llegar a todos, entonces me metí con los futbolistas. Sus historias fueron paralizantes, fuertes. ¿Cómo hacés para que se te curen las heridas? No lo sé. Hay gente que lucha con eso todos los días. Algunos después de Malvinas no pudieron seguir jugando. Son tipos muy agradecidos de que se acuerden de ellos. Sentí mucha emoción al hablar con algunos de ellos”, cuenta Burgo.

Al momento de la guerra había dos futbolistas argentinos en el fútbol inglés: Osvaldo Ardiles y Julio Villa jugaban en el Tottenham, donde eran ídolos. A pesar del clima bélico, fueron aplaudidos y respetados por sus hinchas. Pero los rivales los denostaban en cada partido.

“Lo de Villa y Ardiles es fantástico porque ocurrió en plena guerra de Malvinas. Su equipo, el Tottenham, llegó a la final de la Copa Inglesa en Wembley y estaba la Reina y tenías casi 100 mil aficionados cuando el conflicto llevaba mes y medio, porque era mayo del 82, y el tema importante era si los héroes argentinos iban a estar en el partido. ¡A los hinchas del Tottenham les importaba un carajo que fuesen argentinos! Porque era el club. ‘¡No me vengas con el país. Es mi club, es el equipo!’, decían. Pero finalmente se decidió que no jueguen, aunque fueron a ver el partido. Estaban ahí, con traje. Cuando terminó el encuentro, los miles de hinchas del Tottenham clamaron para que salieran Villa y Ardiles al campo para ovacionarlos. ¡En plena guerra! Fue tremendo, maravilloso. Me encantó. Fue una de las cosas más grandes que vi en mi vida: en plena guerra con Argentina miles de ingleses clamando por dos argentinos”, me dijo el periodista británico John Carlin cuando lo entrevisté para mi libro, La palabra hecha pelota.

Otro que refiere al tema es el historiador argentino Klaus Gallo, apasionado del fútbol y el rock y doctor en Historia Moderna por la Universidad de Oxford. En su reciente Las invasiones argentinas, donde cuenta sobre los jugadores que vistieron camisetas en la liga inglesa, dedica un gran espacio a Ardiles y Villa. “El ‘tiempo de Malvinas’ fue puntualmente muy corto, el par de meses que duró la guerra, donde Villa y Ardiles, en el Tottenham, empezaron a ser silbados por las hinchadas contrarias. Es cierto que después, y en gran parte por efecto de esa guerra, hubo un período de más o menos diez años donde no hubo ingreso de jugadores argentinos a la liga inglesa. Hoy es raro oír hostigamiento de hinchas a jugadores argentinos por la cuestión Malvinas”, me contesta cuando le pregunto sobre el tema.

Gallo cuenta en su libro que “la temporada 1981-82 fue la más exitosa de los Spurs en la era de Villa y Ardiles. El equipo logró retener la FA Cup, fue finalista en la League Cup, semifinalista en la Recopa europea y terminó cuarto en la liga, la mejor ubicación desde la llegada de los argentinos. Sin embargo, y más allá del excelente nivel de ambos durante esa temporada, tuvo un sabor agridulce para ellos por la guerra de Malvinas, invadida por la Argentina un día antes de que el Spurs disputaran la semifinal de la FA Cup ante el Leicester City. Fue el último partido de Ardiles de esa temporada. No por motivo de la guerra, sino porque había sido convocado a la Selección argentina por César Luis Menotti, quien quería a sus jugadores concentrados dos meses antes de que comenzara el Mundial de España. En esa última participación de Ardiles, el Tottenham derrotó 2 a 0 al Leicester (…). El partido se jugó en el estadio Villa Park de Birmingham, y se oyeron silbidos y el tradicional ‘boo’ de los hinchas del Leicester cada vez que tocaba la pelota alguno de los dos argentinos”.

Diego Maradona, en su Mi Mundial Mi verdad – Así ganamos la Copa, escrito junto al periodista Daniel Arcucci, recuerda: “En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. ¡No podía pasar! La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero si bien los ingleses son culpables, igual de culpables habían sido los argentinos que mandaron a los pibes a enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha. Uno nunca pierde el patriotismo, pero uno habría querido más que no hubiera habido guerra. No jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darles un alivio a los familiares de los chicos y a sacar a Inglaterra del plano mundial… futbolístico”.

“Estamos en octubre de 1982. Pos Malvinas. La gente hace oír su voz: ‘Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar’. El coro, unánime dentro del estadio, fue tremendo. Se terminaba una noche larga para la democracia argentina. ‘Después de tanto tiempo de represión, la gente, gracias al vóleibol, pudo expresar algo que necesitaba’”, recuerda el periodista Ezequiel Fernández Moores que le dijo el voleibolista Waldo Kantor para su libro Breve historia del deporte argentino.

Fernández Moores también menciona a un emblema de la dictadura como José María Muñoz -el relator de América, como se le decía-, quien hablaba de un día histórico por el debut del Seleccionado en el Mundial de España mientras los soldados argentinos morían de frío. También se lee que al torneo Metropolitano de entonces se lo llamó primero Malvinas Argentinas y después Soberanía Argentina en las Islas Malvinas. Y que en los estadios argentinos se quemaban banderas inglesas, se entonaba que el que no canta es un inglés y que durante el Mundial no se mencionaba la palabra Inglaterra.

El historiador y periodista Osvaldo Bayer refiere a Malvinas en Fútbol argentino: “1982 será otro año de pruebas para la sociedad argentina. La dictadura militar, para salvarse de su total desprestigio, utilizará una causa justa -la recuperación de Malvinas- para iniciar una guerra absurda que costará la vida de centenares de humildes soldados conscriptos, la mutilación y la ceguera para otros tantos y la rendición del pabellón nacional. Además de un costo de millones de dólares que habrían podido ser utilizados en fuentes energéticas, hospitales, escuelas, viviendas y esclarecer con la palabra, en el mundo entero, el acto de piratería inglés al ocupar por la fuerza el archipiélago en el siglo pasado”. Escribe además: “Un día antes de que los generales argentinos se rindieran ante los ingleses, juega en España la Selección Argentina su primer partido del Campeonato Mundial de 1982. En ese clima de tristeza, duelo e impotencia, el equipo de Menotti, con los mejores -Maradona incluido- pierde 1 a 0 con Bélgica”.

El 2 de abril, el día en que se inició la guerra, se disputó en el estadio de Gimnasia y Tiro de Salta el partido por el Grupo C del torneo Nacional entre Central Norte de Salta y Mariano Moreno, de Junín. Ganaron los locales 1 a 0, con gol de Jorge Hairala. Los otros partidos de la fecha comenzaron con la entonación del Himno Nacional Argentino. Eran los tiempos en que San Lorenzo llenaba cualquier cancha del ascenso.

El sábado 3 de abril, Hugo Porta era la figura de Los Pumas (que jugaron como Sudamérica XV) al anotar todos los tantos en la victoria ante los Springboks por 21 a 12, en Sudáfrica. Mientras, la Plaza de Mayo se llenaba de gente que apoyaba la decisión del gobierno dictador de reconquistar las Malvinas.

El 14 de junio se terminaba la guerra con la rendición argentina. En España se jugaba el Mundial de fútbol. Eduardo Galeano lo recordó así en su clásico El fútbol a sol y sombra: “En la primera jornada, el equipo argentino, campeón mundial, cayó derrotado en Barcelona. Pocas horas después, muy lejos de allí, en las islas Malvinas, los militares argentinos fueron vencidos en su guerra contra Inglaterra. Los atroces generales, que en varios años de dictadura habían ganado la guerra contra sus propios compatriotas, se rindieron mansamente ante los militares ingleses”.

Pasaron 35 años de aquella guerra y sus secuelas. El deporte también sirve para recordar, una vez más, que no hay que olvidar.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

LOS PUMAS, EL COMIENZO DE SU HISTORIA

LOS PUMAS, EL COMIENZO DE SU HISTORIA

Si toda leyenda tiene un comienzo, la de Los Pumas cuenta, además, con un libro. El rugido – Sudáfrica 1965, el nacimiento de Los Pumas, del periodista especializado en rugby Jorge Búsico, narra con detalles lo que sucedió antes, durante y después de la gira de 16 partidos que ese equipo nacional realizó por Sudáfrica. De ellos, el más importante fue el del 19 de junio, cuando los argentinos vencieron a los Junior Springboks por 11 a 6 en Ellis Park, Johannesburgo. “Uno de los episodios más trascendentales en la historia del deporte argentino”, se lee en la contratapa de la elegante edición de Club House. Se destaca, además, la investigación documental de Oscar Barnade y Víctor Raffo y la producción periodística de Sergio Renna.

rugido 3El libro fue publicado a 50 años de aquel viaje que se hizo a pulmón pero con un enorme profesionalismo. Búsico presenta un trabajo muy bien logrado, apto tanto para seguidores del rugby como para quienes apenas conocen de la actividad. Hurga en detalles periodísticos, vuelca en sus 250 páginas testimonios de los protagonistas y cuenta quiénes fueron los dirigentes que gestaron este emprendimiento. Hay síntesis de cada partido y en el final el autor cuenta qué fue de la vida de cada integrante de aquel plantel.

“Trabajar en este libro fue como trasladarme a esa época. Tratar de retratarla con lo que pasaba en el país y en el mundo. Porque el libro empieza en 1959, que es cuando se empezó a gestar la gira”, le dice Jorge Búsico a Libros y Pelotas, que en esos tiempos, recuerda, era un niño, ya que había nacido en 1958.

El rugby del que se habla estaba compuesto por jugadores que para emprender semejante viaje debían recurrir a ahorros, juntar peso por peso y hasta pedirse días de trabajo. No todos lo consiguieron, como se lee. Por eso alguno tuvo que bajarse más allá de su importante presencia en el plantel que hizo historia cuando logró triunfos que marcaron, en verdad, un hito.

rugido 2No faltan las fotografías de época ni los detalles festivos de la gira ni los titulares de diarios y revistas, como El Gráfico, Clarín o La Nación. Todo esto recordando qué ocurría a nivel social en ese país en el que el ministro Álvaro Alzogaray decía que “hay que pasar el invierno” mientras el dólar se disparaba y la visita a Sudáfrica se hacía cada vez más cuesta arriba. También se describe el apartheid. Es durísimo leer que a los jugadores argentinos se les pedía que no fueran tan simpáticos con la gente de color. En otro párrafo se recuerda a un blanco que pide, en una salida de caza, que se dispare a todo lo que se mueva, sin importarle que se trate de un chico negro.

Los Pumas llenaron estadios, fueron admirados y se convirtieron en héroes, allá al jugar y acá al regresar. Ni ellos podían creer que multitudes coparan escenarios deportivos para verlos “alcanzar la mayoría de edad en el rugby mundial”, como escribió en el diario Cape Times el periodista Maxwell Price. El título de esa nota: “Los Pumas destrozaron la cuna del rugby sudafricano”.

rugido 4Para su autor, “es un libro que intenta rescatar una historia muy importante del deporte argentino, que va más allá del rugby. Porque además fue una historia atípica para ese momento. Dos meses de gira por un país, jugando 16 partidos, no era nada normal”.

Tal vez el espíritu de El rugido se resuma en estos dos párrafos: “Al bajar del avión y rumbo a una conferencia de prensa que se iba a dar en el mismo aeropuerto, sucedió lo que cambió la historia antes de empezar a jugar. El desvelo de los periodistas sudafricanos pasaba por averiguar cuál era el animal que llevaba el escudo de la UAR que portaban los argentinos. El yaguareté, un felino carnívoro propio del Norte argentino y en vías de extinción en el siglo XXI, era desconocido por los sudafricanos. Nunca lo habían escuchado nombrar, y pronunciarlo resultaba casi imposible. Una versión, la más conocida, indica que uno de los periodistas preguntó de qué se trataba en esa conferencia de prensa y al respondérsele ‘yaguareté’, contestó con “No, this is a puma’. Otra anécdota la cuenta Agustín Silveyra: ‘Veníamos caminando tras bajar del avión y un periodista se me acerca a preguntarme por el yaguareté. Como yo no hablaba muy bien inglés, le dije que era un puma’. El periodista en cuestión fue Carl Köhler, quien consideró que los argentinos debían tener un apodo, como los All Blacks, los Wallabies y los mismos Springboks. Como yaguareté le resultaba imposible de pronunciar y de entender, los denominó The Pumas. ‘Poemas’, en afrikáner. Nadie tomó conciencia ese día ni después de lo que estaba sucediendo. Hasta se discutió en la dirigencia si se aceptaba el nombre de Pumas. ‘Nos dimos cuenta de que éramos Pumas cuando volvimos a la Argentina”, acuerda Handley. Sí, Pumas”.

Consultado acerca de qué significó ese viaje para nuestro rugby, Búsico opina que “fue clave. Sin esa gira quizá no hubiesen existido Los Pumas y la inserción se hubiese dado mucho después. Fue fundacional esa gira”.