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SACHERI, EN LA PALABRA HECHA PELOTA

SACHERI, EN LA PALABRA HECHA PELOTA

El escritor Eduardo Sacheri fue el ganador del Premio Alfaguara de Novela 2016, por su novela La noche de la usina, que será publicada en breve. En tanto, va el siguiente texto, que es una parte de la entrevista que hizo para el libro La Palabra Hecha Pelota (Editorial Galerna, 2015), de Alejandro Duchini.

EDUARDO SACHERI

INDEPENDIENTE, SU VIEJO Y ÉL

El cuento que me hubiese gustado escribir se titula “Independiente, mi viejo y yo” y cuando lo leí en el libro “Esperándolo a Tito” me emocioné al sentir que su autor contaba mi historia. Porque también soy hincha del Rojo y porque mi viejo es el fútbol y las tardes y noches de cancha. Y porque Sacheri escribe con una simpleza que lo engrandece y provoca algo fuerte.

“Supongo que esos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida”, se refiere a una celebración de Independiente en la que el resultado deportivo no es más importante que la vivencia familiar.

Llegué a Sacheri a través de sus cuentos y una tarde un amigo me preguntó si había leído su novela “La pregunta de sus ojos”. La tenía en mi biblioteca, sin leerla, la empecé y no pude (ni quise) parar con esa historia con final inesperado.

Para entonces, Sacheri ya formaba parte de esa selección mía que se compone además con Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Rodolfo Braceli, Juan Sasturain y Ariel Scher, quienes lograron incorporar algo tan popular como el fútbol a historias de la vida diaria. Humanizarlo, en otras palabras.

En esta misma charla me habló del cuento “Señor Pastoriza”, que pertenece al libro “Un viejo que se pone de pie”. Yo lo había leído hacía varios años, pero unas horas después de despedirnos me recuerdo releyéndolo y sintiendo la misma emoción de entonces.

IMG_20160405_104741012_HDR-¿Tu infancia es el fútbol, Independiente, tu papá?

-El fútbol me llegó de muy chiquito a través de mi viejo. Tanto para jugarlo como para verlo y para hacerme hincha de un club, en mi caso, Independiente. De los primeros recuerdos de mi infancia está jugar al fútbol en la vereda de mi casa, con una pelota de básquet, con mi viejo. Era una pelota pinchada, porque no teníamos una de fútbol. Me acuerdo de que esa pelota de básquet pesaba una tonelada y mi viejo fue mi primer rival: uno contra uno. De Independiente, lo mismo: también gracias a mi viejo. Sobre todo a través de la televisión o escuchando la radio, porque desde Castelar teníamos pocas chances de ir a la cancha a verlo: quedaba en la otra punta del mundo, y sin auto no había muchas posibilidades de ir. Entonces mis primeros partidos de Independiente fueron como visitante, en la cancha de Vélez y en la de Ferro. Pero el primer partido que vi en una cancha de las de verdad fue en la de Deportivo Morón, porque precisamente, por la dificultad de ir a la del Rojo, y como vivíamos a diez cuadras de la de Morón, para que conociera una me llevaron a ver un Morón-Flandria.

Recuerdo la sorpresa que me significó ver un partido en colores. Porque para mí el fútbol era en blanco y negro. De aquella vez, una cosa que me llamó muchísimo la atención fue el pasto, esa enorme cantidad de pasto verde, porque el patio de mi casa era de baldosa y ningún campito del barrio tenía semejante tamaño como el de una cancha profesional. ¡Y las camisetas de los jugadores!: la blanca de Morón con raya roja y la amarilla de Flandria me resultaron inolvidables. ¡Los ruidos de la cancha! ¡Los gritos de los jugadores! Más todavía que el de la hinchada y el del público me maravilló el propio sonido del fútbol, el de adentro. El topetazo de los pies contra la pelota, los cambios de frente. Así fue mi primer partido. Y por eso es el que recuerdo: Morón-Flandria. Lo recuerdo más que uno de Independiente. Tendría 5 o 6 años, calculo. Alguna vez traté de determinarlo mejor con viejas estadísticas, porque recuerdo que ganó Morón 3 a 1. Debió ser en el 73 o 72, por ahí. Tratamos de confirmarlo con algún viejo hincha de Morón, de esos que tienen todos los datos, pero todavía no lo sé con certeza.

-¿Morón es tu segundo equipo?

-Siempre me importó tanto Independiente que no me quedó nunca sitio para un segundo club. Lo quiero a Morón, me encanta que le vaya bien, pero el sufrimiento por Morón me dura cinco minutos y por Independiente muchísimo tiempo más.

-Además de pelotear con tu papá en esos partidos de uno contra uno, ¿qué otros modos de jugar a la pelota recordás?

-A pesar de tener un hermano que me lleva diez años y una hermana que me lleva siete, nunca se dio de jugar a la pelota con ellos. De vez en cuando, con mi hermano, pero como había mucha diferencia para él no era divertido jugar al fútbol conmigo. Después empecé con algún amigo del barrio. Recién a los 10 comencé a jugar salvajemente al fútbol con los pibes del barrio, cuando realmente se armó una barra en número suficiente como para atrevernos a conquistar campitos, a conquistar la calle, esas cosas que se hacen cuando tenés un buen número de energúmenos como vos para que te respalde.

Esos amigos del barrio fueron muy importantes, porque aparecieron justo a partir de la muerte de mi papá. Yo tenía 10 años. Realmente fue en ese momento que empecé a tener a mis amigos afuera. Creo que si no hubiera tenido esa posibilidad, mi infancia se hubiera quedado muy trunca. Mi casa se había vuelto un lugar muy triste, muy silencioso, muy solitario. Porque mi vieja tuvo que empezar a laburar y mis hermanos empezaban la facultad y también tenían que trabajar. Por suerte, tener a los pibes me garantizó unos años más de niñez, que no es poco.

-¿Esa es la barra que describís en Papeles en el Viento?

-No. En realidad, esa barra del barrio se desintegró rápidamente, cuando teníamos 15 o 16 años. Se fueron mudando. Lamentablemente, quedaron muy poquitos y la vida nos fue alejando. Nos vemos muy poco. Me queda, y creo que nos queda, un gran cariño recíproco, pero es ese cariño distante que uno siente por quienes ya no tiene. Mis amigos son los que me hice en el colegio secundario o, sobre todo, en la universidad. Esos son, en mi caso, los amigos que me quedaron para el resto de mi vida. Ahí te contesto la pregunta. Los de Papeles en el Viento son una mezcla de mis amigos de los diferentes momentos. No me pasó eso de conservarlos toda la vida.

-¿El fútbol se convirtió en un refugio ante la muerte de tu papá?

-Fue muy fuerte porque en un grupo de pibes de aquella época, tu lugar en la barra tenía mucho que ver con tu sitio en el fútbol. Si eras buen jugador o aportabas algo fuerte, naturalmente era más fácil que te aceptaran, que te asimilaran, que te quisieran, que te valoraran en el resto de las cosas. Entonces creo que si no me hubiera gustado el fútbol, me hubiese costado mucho más.

MARTÍN KOHAN, EL ESCRITOR BOSTERO

MARTÍN KOHAN, EL ESCRITOR BOSTERO

Por Alejandro Duchini

Autor de libros buenísimos y fanático de Boca, dispara contra River con munición demasiado gruesa en la entrevista que le hice para la edición de este mes de El Gráfico. A continuación, va una parte de la charla que se titula con una declaración suya: “Boca es grande: nunca va a descender”.

“No soy de los que pensaban que sería bueno que le ganara a Barcelona en la final del Mundial de Clubes. Por mí, hubiera perdido 19 a 0.
-¿Tenés amigos “millonarios”?
-Si. Uno. Lo veo imperfecto, pero la amistad tiene esas cosas: mi amigo tiene una falla constitutiva. Pero como lo quiero y es mi amigo, convivo con eso. La prueba del afecto que le tengo es que cuando descendieron no le dije nada. Ahí confirmé cuánto lo quería. Pero no fue por consuelo. ¡Qué desciendan! Se lo merecían por petulantes, prepotentes, por acostumbrarse a entongarse y ser favorecidos, por habituarse a los privilegios, a las ventajas y al poder. El del descenso es un daño irreparable. No sólo por haber descendido en sí, sino por esa autoimagen del poderoso. ¡Te te fuiste a la B! Perdiste con Boca… Unidos.
-¡Estás con todo!
-Es que el imaginario de grandeza de River se construye con materiales muy miserables, de opulencia, prepotencia, poder. Esa falla, esa caída, no es como el descenso de Racing, Independiente o San Lorenzo. Es un hecho más histórico aún. Es como la caída económica de la familia opulenta de pueblo, esa familia acostumbrada a llevarse a todos por delante y que al quebrar tienen que comer polenta todos los días. No extrañé a River cuando estuvo en la B. Podrían no estar nunca más: igual, ya les ganamos lo suficiente. Me gustaría de todos modos seguir ganándoles. Boca no va a descender, por ejemplo. ¡Boca es grande! Imposible que pase eso. En el 80 no se me ocurrió que descienda, cuando estaba (Antonio) Rattín de técnico. No puede ser. Son cosas que a Boca no le pueden pasar.

TODO POR UNA CHICA
-¿Por qué sos de Boca?
-Por Norma, la chica que nos cuidaba, una santiagueña que era hincha de Boca. Estábamos todo el día con ella porque mi mamá, Sara, trabajaba desde la mañana a la noche. Después Norma se casó y se fue a su provincia. Sufrí mucho porque no la iba a ver más. Fue la primera persona a la que quería y que no volvería a ver. Tuve la suerte de que hasta mis 30 años nunca hubo una muerte en mi familia. Un abuelo falleció antes de que naciera, así que no existió una pérdida sino ausencia. Mi historia es particular en cuanto a la tradición futbolera. El fútbol en la cultura argentina es una de las escenas privilegiadas en la relación padre-hijo. Tanto como que la imagen del papá enseñando a afeitarse o a manejar. Pero mi viejo (Aaron) no era tan futbolero. En cambio con mi hijo (Agustín) sí tengo una relación por ese lado. Mi padre era de Argentinos porque en su infancia vivió en La Paternal. Pero tampoco puso mucha expectativa en eso. Yo me crié en el Bajo Belgrano, que es mi territorio, aunque éramos de una clase media baja, averiada. No me marcó River ni la cercanía con su cancha sino la chica que me cuidaba, quien me vinculó con un entorno más popular. Además, ni el colegio había mayoría de Boca, sino de Independiente.
-¿Qué te da el fútbol?
-Me hace mejor y peor. Algunas de mis cosas más indefendibles vienen del fútbol, que activa en mí un tipo de fanatismo que no puedo defender: pensamientos mágicos, cábalas, cosas a las que habitualmente me opongo. Pero el fútbol también me permite otras ventajas, como tener tiempo. Cuando voy a la cancha, salgo de casa al mediodía y vuelvo a la noche, a pesar de todo lo que tengo que laburar. Si vos me decís de ir todo un día a pasear al Tigre te acompaño, pero me llevo un libro para trabajar un rato. En las vacaciones, lo mismo. Leer es parte de mi trabajo y no me permito no trabajar. Ahora, a la cancha no llevo un libro. La cancha es el lugar en el que me libero, donde el tiempo no se aprovecha más que para Boca. Cuando me baño antes de salir para La Bombonera ya me pongo a cantar “señores dejo todo…”. Si, dejo todo. Como no lo hago con otras cosas.
-¿Sos de insultar?
-No, aunque suelo sumarme al insulto colectivo. Una sola vez insulté y es una de las grandes vergüenzas de mi vida. Fue en un Boca-Vélez, en nuestra cancha. Yo estaba en la tribuna de socios cuando Chilavert rechazó la pelota y (Guillermo) Barros Schellotto se le acercó y sin abrir la boca lo miró con esa cara de nada tan rara que sabía poner, que no sabés si sonríe o no, como La Gioconda. Lo miró mientras le pasa por delante trotando. Ahí Chilavert le tiró una patada. No llegó a tocarlo. Tampoco fue como para quebrarlo sino como diciendo “salí de acá”. Yo, que soy una nada, un profesor de Literatura, con una formación en estudios culturales y esas cosas, me colgué del alambrado y le grité “¡paraguayo hijo de puta!”. Enseguida me dije “¿qué hice? ¿cómo voy a decir eso?”. Fue mi mi momento salvaje en 40 años de ir a la cancha, donde tengo niveles de euforia o mortificación que no muestro en otra actividad.
-¿Qué sentiste cuando Pastoriza sacó a Gatti, tu ídolo, del equipo?
-Lo viví muy mal. En aquel partido contra Armenio en que “El Loco” se equivocó, además había una mala defensa. Pagó los errores ajenos. Yo tenía 22 años, pero el mismo fervor que a mis 9 o 10, cuando era el arquero del Boca campeón del mundo, en el 77. Cuando me tocaba atajar, lo copiaba: vincha y bermudas.
-¿Alguna otra vez estuviste con él?
-A mis 10 años, cuando me firmó el primer autógrafo en la que fue una de las grandes noches de mi vida. Estaba con mi papá. Gatti había sacado un libro y se hizo una cena de presentación. Mi viejo compró dos tarjetas y me llevó. Creo que éramos los únicos invitados en esa cantina en La Boca. No había ubicación, así que nos podíamos sentar donde quisiéramos, según nos dijo el portero. Lo tomé literal y me senté donde yo quería: al lado de Gatti. Estaban Nacha, él y yo. Incluso salí en la foto de la revista Siete días. Mi viejo se había quedado a unos metros, solo. ¡Esa noche tomé vino! Pancho Sá me preguntó si quería vino y le dije que sí: ¿cómo iba a decir que no a ellos: Sá, Veglio, Gatti? En un momento mi papá se acercó y me vio tomando: fue la única vez en mi vida que tomé vino. Yo no tomo. Ni siquiera hoy. Al final me fui con el libro firmado. En cuanto al fútbol, fue la noche más feliz. Después me tocó entrevistarlo.
-¿Cómo fue eso?
-Lo entrevisté en un vestuario, en cancha de River, cuando laburaba como periodista deportivo. No recuerdo qué partido era. Yo trabajaba en una radio para Carlos Parnisari, no me acuerdo si Colonia, Belgrano o América, y fui con un grabador de esos a cassette y él me contestaba la entrevista sin apagar el secador de pelo. Parecía que estábamos en un avión. Alguna vez me tocó entrevistar a Mario Vargas Llosa o dar conferencias en la Universidad de Princeton o en La Sorbona y no me puse nervioso. Pero hablarle a Gatti me da nervios. Porque lo admiro mucho. Hasta hace poco lo veía también en un bar de la zona de Colegiales y sentía la misma admiración. Te hablo de hace unos años, cuando compré en Parque Rivadavia una revista El Gráfico de fines de los setenta en que él estaba en la tapa y se lo llevé para que me lo firme. O sea, te cuento sensaciones que tengo a mis 49, que son las mismas que tenía a mis 10.
-¿Cómo viviste la mala racha de los 80, entre el título del 81 y la llegada del Maestro Óscar Tabárez?
-No sé si fue tan negativa esa época. En esos años hubo una Supercopa, una Liguilla en Rosario, se le ganó al River del 86 con gol de Comas. Siempre hubo con qué estar orgulloso. Además, cada cosa mala que pasa, uno la vive como una prueba de lealtad. Cuando se anda mal, pasa eso.
-¿Qué sentís por el Maradona boquense?
-Lo quiero. Hizo uno de los goles de mi vida: un 3 a 0 a River, cuando Tarantini, un traidor, quedó en el suelo. Se lo anotó a Fillol, la contra de Gatti. Queda para siempre la imagen de Passarella descolocado. ¡Ese es el gol! No lo tengo ni que pensar si me lo comparás con el que Diego le hizo a los ingleses en el Mundial del 86. También tiene otro, en un 2 a 2, de tiro libre al ángulo a Fillol: el gol perfecto. Esa bestia que era Fillol voló de palo a palo y casi la saca. Esos goles son insuperables. Porque lo quiero, y con el tipo de dolor que proviene de aquello que queremos, lo que pasó en el 95-96 me lastimó, cuando en un partido definitorio contra Estudiantes en cancha de Independiente no jugó. Boca estaba en carrera. Había perdido la punta pero podía dar pelea. Caminando a la cancha escuchaba por radio que no jugaba. Después esas cosas de que la camiseta con raya blanca no, que las nenas me dicen que no juegue, llego con el Scania al entrenamiento, el doping positivo en un partido contra Argentinos… y mientras tanto River salía campeón. Eso me lastimó. Como Caniggia me hirió también: un jugador debe estar en la Selección con la expectativa de llegar a Boca y no jugar en Boca para ir a la Selección.
-¿Qué opinás de la salida de Riquelme del club?
-Tengo un tipo de incondicionalidad con los ídolos que me enorgullece. Es otro contraste con los hinchas de River, que han puteado a sus ídolos, Como al Beto Alonso. ¡Putearon al Beto Alonso! Lo tuve que entrevistar también, tras un Ferro 0 – River 1, en Caballito, porque hizo el gol. Fue tremendo para mí. Con Riquelme, en todo caso, lo que me plantea discordancia es un estilo dirigencial que se mete en Boca vía Macri y que introduce en el club algo que no me gusta. Discuto la exitosa gestión de Macri en Boca. ¿Qué jugadores trajo Macri y cuáles Pompillo? Macri trajo a La Volpe, no a Bianchi. Trajo a Takahara, no a Rodrigo Palacio. ¿Él eligió a Bianchi?, ¿él lo propuso? Lo asocio más a algo infantil, del tipo México le hace partido a la Selección argentina y entonces quiere a La Volpe, sin saber cómo dirige. ¿Cuáles fueron ideas de él y cuáles de una comisión directiva? Quería traer un jugador de Georgia y mientras boludeaban alguien que sabe de fútbol dijo “Rodrigo Palacio”. Aquel gesto del Topo Gigio, Riquelme se lo hizo a Macri. Recuerdo también cómo se peleó con Bianchi, que se levantó y se fue en una conferencia de prensa. Hay algo ahí que no comparto. Además, Riquelme le hizo un caño a Yepes. Sólo por eso, y porque hizo los goles en la Libertadores, tenían que resolver su situación. Es el trabajo de los dirigentes. ¡Porque es Riquelme! Si no sabés hacer eso, como dirigente de Boca me defraudás. Hay que quererlo. ¿Es complicado?: hay que resolverlo igual.
-¿Qué es Boca, a tus 49 años?
-Boca es una de las zonas de fervor más intensas que tengo. Hay pocas cosa que me importan. Soy muy acotado. Casi todo lo que me interesa o me gusta está desde chico. Los músicos no cambiaron tanto. Después, la literatura, Buenos Aires. Un puñado de cosas que vivo con intensidad. Cuando viajo extraño mucho la ciudad. Inclusive este bar: estoy en Londres y me pregunto cómo estará La Orquídea. Con Boca tengo una intensidad muy particular. Está en ese puñado de cosas que me importan muchísimo. Boca pierde y me amarga aunque acabe de sacar un libro. El dia que me recibí River salió campeón: fue un día malísimo. Y su descenso lo vi con mi hijo por la tele. No podía creerlo. Pensé que iban a querer jugar los tres minutos que faltaban. “¿Sabés qué cara tenía el día que naciste?”, le pregunté a Agustín. Y con mi mejor sonrisa, le dije: “¡Ésta!”.

TODOS CONOCEMOS A UNO

TODOS CONOCEMOS A UNO

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Una emoción que ni te cuento, me dice Mirila, de 76 años, cuando le pregunto qué siente. Falta poco para que termine el partido de Boca, que a esa altura a nadie le importa. La cosa está en otro lado. En las tribunas. Los relatores inventan palabras para hacer más emotivo lo que ya es emotivo. No hay caso. Para estas cosas no hay como Víctor Hugo. Hay un momento en que el juego es lo de menos. Suele suceder cuando faltan cinco o diez minutos y la suerte está echada. Me pasó cuando perdíamos con San Lorenzo y el descenso era una certeza, en 2013. “La nostalgia aquí otra vez”, cantaba Charly García. Sucede también a la inversa: cuando el equipo de uno está por salir campeón. Ahí empiezan los sentimentalismos. Uno se acuerda del padre que no está, del hijo que festeja o se entristece pero que en la sangre lleva los mismo colores. Se recuerdan otros momentos vividos gracias a la pelota y se celebra lo que se viene, si se es campeón, o se baja la guardia a la espera de un futuro mejor, si se perdió.

“Una de las razones por las cuales es imperante ser campeón y no segundo, más allá de la gloria, del orgullo y de la guita, es ‘mi siguiente mes’. ¿Qué va a pasar en los siguientes 30 días? Tanto para el jugador como para el hincha. Gritamos un gol en una final de Mundial y Copa América con tanta fuerza y nos ponemos tan pasionales porque queremos que el siguiente mes sea copado y no un mes bajón. En lo primero que pensó Pipita al errar el penal en la final contra Chile es ‘¡qué mes de mierda voy a tener cuando vaya a bailar a Ibiza!’. ¿O pensás que no lo sabe? Le pasó a él y seguro también a Palacio, y le seguirá pasando toda su vida después del Mundial 2014. También a Messi y a todos. No hace falta que se lo diga un descerebrado a la salida de un boliche. Se lo dice el panadero con la mirada, sin insultarlo, o un taxista cuando se sube al auto. Una de las razones por las que queríamos ganarle a Chile no era sólo la Copa América en sí, sino porque no íbamos a soportar a un chileno el siguiente año. Ahora ir a Chile es más complicado que antes. Irse de vacaciones allá es una garcha porque sabés que te va a pasar eso. Lo mismo que le pasa a un brasileño en Berlín, porque los reciben con los deditos haciendo el siete y es feo, es choto. O sea, lo importante es con qué alegría vas a pasar el mes que sigue”, me dijo Hernán Casciari en una entrevista que le hice hace muy poco para la revista El Gráfico. 

Mirila no para de reírse. “Estoy feliz”, me agrega. Boca y Federer significan un montón para ella. Por el suizo es capaz de levantarse a las 5 de la mañana para verlo por tevé o acostarse de madrugada. Si juega con Del Potro, hincha por Federer. O al menos duda por quién iría. Por Boca la cosa es distinta. Cuando enviudó, allá por los 80, agarró a sus tres hijos y los empezó a llevar a la cancha. Obviamente, a ver a Boca. Tiene dos varones y una mujer. Gustavo y Pancho ahora miran los partidos por la tele con ella; es una cábala que implica el mate y sentarse siempre en el mismo lugar. Aunque los resultados no se den, la repiten. Hay cosas que no tienen explicación. Desde hace unos seis años, Mirila es mi suegra: Marian, su hija, es mi esposa.

Estoy contento por Mirila. Nunca me había pasado algo así con Boca. Simplemente porque crecí odiando a ese equipo y a River. Ni ahí sentía tanta cosa contra Racing, por ejemplo. Pertenezco a una generación que se dividió, en materia futbolera, en dos: los que hinchan por su equipo y los que odian a Boca y River. Los medios de comunicación fomentaron eso. Hablaban de lo mismo: de ellos. Si el título era de Estudiantes, por ejemplo, la tapa era “el mal año de Boca y River”. El Gráfico había mandado su prestigio al demonio a cambio de poner en sus tapas ochentosas a gallinas y bosteros. Gabriela Sabatini y muchos más eran relegados por esos dos equipos. ¿Cómo no odiarlos? ¿Cómo no sentir que usurpaban lo que por derecho propio le correspondía a otros? Entonces, cuando jugábamos con ellos, lo más importante era ganarles. De cualquier manera. No sólo en la cancha, sino después, al ver a los amigos de Boca o River para cargarlos. O simplemente mirarlos a la cara y no decirles nada. Que el silencio hable. Que supieran que el equipo de uno les había ganado. Me encantaba esa humillación silenciosa que con los años se evaparó.

Recuerdo el torneo del 81, en el que el Boca de Maradona le ganó por un suspiro al Ferro de Griguol. Medio país estaba con los de Marzolini; la otra mitad con el humilde de Caballito.

¿Cómo no odiarlos si en el 88 Pastoriza y Marangoni se fueron de Independiente para pasarse a Boca? Uno como técnico y otro como capitán. ¡Cómo los odié el día que Bochini salió en la tapa de El Gráfico con la camiseta de Boca, después de un típico intercambio post partido! La revista había aprovechado para vender su título y dejar en puerta la duda: “Esta locura es posible”, se leía en aquel verano del 88. La rompieron. No se hablaba de otra cosa. Al final eso no ocurrió y peleamos el torneo contra Pastoriza, Marangoni y Barberón. Les ganamos por poco y celebré como nunca un 25 de mayo del 89, el día en que mi papá cumplía años y éramos campeones.

Todos conocemos un hincha de Boca. Es imposible no encontrar alguno en cualquier ámbito. En la escuela, el bostero se llamaba Diego Scaccia. Era insoportablemente fanático. No tenía otro tema de conversación más que Boca. Su habitación estaba repleta de pósters y guardaba revistas, diarios y videos por todos lados. Nunca un desodorante de ambiente: el perfume era el del papel húmedo y viejo que te mataba cuando entrabas. Terminó siendo el olor a Boca. Entre los amigos del barrio, Diego Díaz, al que mi viejo solía cargar porque los teníamos de hijo. En la familia, mis primos. Entre ellos, Sebastián. En el instituto de periodismo se reproducían como hongos, como solía decir mi papá cuando justificaba su bronca anti-bostera: “¡Se reproducen como hongos! ¡Están por todos lados!”, se quejaba. En Crónica más que periodistas había hinchas. Alguno hasta era dirigente. Tarde comprendí que había que resignarse: los de Boca son la mitad más uno, no más.

“La bostería es lo que quedó con los años. No es un engaña pichanga. Aún hoy en día con mis hijos me une la bostería. Incluso cuando no tenemos los mismos criterios. Eso lo da el fútbol. En otras cosas, lo dará otra cosa. Son gestos de acercamiento. Cada uno se acerca al otro o a los otros como puede. Elegir espacios para compartir es una muestra de afecto”, me dice el escritor y periodista Juan Sasturain en La Palabra Hecha Pelota al hablar del sentimiento por Boca. Y agrega: “Del fútbol no te curás nunca. Me enfermo por Boca, sí, sin dudas. No soy fanático, pero en algún sentido se puede decir que sí. No soy fanático en tanto y en cuanto creo tener una mirada que se centra en el juego y no en la pasión partidaria. El hecho de que sea hincha de un equipo significa que mirás más al tuyo que al otro. Pero eso no quiere decir que no veas si el otro juega mejor. Aunque uno quiere siempre que gane el suyo. Pero de la pasión no te curás nunca”.

“Pensé que en algún momento me curaría. Pero estás siempre pendiente. Siempre. Y otra cosa es la condición de bostería, para la que tampoco hay cura”, agrega.

También para La Palabra Hecha Pelota, la modelo y conductora Teté Coustarot hizo referencia a su condición de hincha xeneize: “La hinchada de Boca es genial, maravillosa. Me emociono cuando veo y escucho a toda la cancha cantar. O cuando va perdiendo Boca y la hinchada arranca y empieza cantar con el ‘dale, dale, dale…’. Me parece genial. Me conmueve. Es como una tirada de energía y fuerza grande, de acompañamiento. Siempre tuve ese sentimiento. Siempre me conmueve aquello que sea una manifestación popular. Me gusta. Me impresiona. Y además la hinchada de Boca tiene esa especie de coreografía”.

“Yo estoy debajo del palco en el que está Diego. No puedo verlo, pero sé que él va marcando como una coreografía hacia la derecha, hacia la izquierda. Va saludando y la gente le responde. Eso me encanta. Me fascina mirar y ver la popular con una cabecita al lado de la otra cuando todos empiezan con ‘el que no salta… ’ o las banderas cuando bajan. Es muy fuerte, un ritual que me gusta y conozco y del que sé cómo viene. Por eso me gustaba cuando Diego estaba en la cancha e iba como marcando la situación, como si fuese un director de orquesta. Saludaba a un lado y al otro y así”, se apasiona al seguir hablando del equipo de sus amores.

Ahora los noticieros no hablan de otra cosa. Los hinchas de Boca muestran su masividad: el Obelisco es de ellos por unas horas. Lo mismo el Monumento a la Bandera, en Rosario. La escena se repite en todo el país. No puedo ni quiero dejar de pensar en Mirila, que a su envidiable optimismo le agrega más motivos, porque además esta mañana Federer le ganó a Nadal en Basilea. Se irá a dormir, como siempre, pensando en sus cinco nietos y en el sexto que viene en camino. Y en Boca, claro, que volvió a ser campeón.

“Todo pasa”, la biografía no autorizada de Grondona

“Todo pasa”, la biografía no autorizada de Grondona

El fútbol, los negociados privados y los contactos políticos en tiempos de militares y de democracia por parte del presidente de la AFA se ven reflejados en un libro que publicado en 2012, pero que desde Libros y Pelotas decidimos reflotar hoy, cuando se cumple un año de la muerte del máximo dirigente del fútbol argentino. Su figura, a pesar de su ausencia física, sigue presente. Tal vez hasta con más fuerza. 

“El hombre de Lacoste no era yo, tampoco Ignacio Ercoli, y sí Rafael Aragón Cabrera. Me lo dijo Eduardo de Luca. Yo le puedo asegurar que nunca anduve con los diferentes gobiernos. En el ’76 los militares me quisieron imponer como candidato a intendente de Avellaneda. El que me lo pidió fue un tal coronel Fernández, que venía de Salta. Le dije que no. Zafé, sin quedar mal, al estar las paredes pintadas con mi nombre como candidato a presidente de Independiente. Y en el ’83 tampoco quise la intendencia que me ofreció Alfonsín”. La declaración pertenece a Julio Grondona, el presidente de la AFA. Se la dijo al diario Página 12, que la publicó el 25 de abril de 2004. La recuerda el periodista Hernán Castillo en su libro Todo pasa (editorial Aguilar), una biografía no autorizada sobre el dirigente. “Me gustó el desafío de escribir sobre Grondona por todo lo que eso significa. Y a partir del libro, no cambiaron muchas cosas respecto de la imagen que tenía de él; pero quizás entendí más su modus operandi. Antes de arrancar la investigación y el repaso de su vida tenía la certeza de que ahí había un muerto en el placard, pero que iba a ser difícil descubrirlo. Terminó el libro y me quedé con esa sensación”, dice el autor, quien describe al directivo como “un negociador increíble. El tipo es brillante, guste o no. No da puntada sin hilo. Tiene claro qué hacer y en qué momento. Sabe todo. Lo utiliza y se jacta de ello”.

Hernan Castillo Todo Pasa“Todo pasa” es un recorrido por la vida de Grondona. Se describen sus primeros años, aquellos en los que se forjó en Sarandí. No falta el recuerdo de la famosa ferretería de esa misma zona sur de la provincia de Buenos Aires: ‘Lombardi & Grondona’, su nominación. Sobre este negocio emblemático se hacen descripciones detalladas. También las hay sobre los tiempos en que ‘Don Julio’ –como le dicen sus laderos- jugaba al fútbol. Su paso por River es uno de ellos. Además se cuenta quiénes son sus familiares más directos y quiénes los más influyentes al momento de tomar decisiones. Pero de aquel pasado ferretero a este presente de gran poder, pasó mucho: “Cuando asumió en la AFA dejó de ser el ferretero. Pese a que muchos de sus manejos siempre fueron coloquiales, casi comunes, siempre”, opina Castillo.

Desde la portada se anuncia que el trabajo (276 páginas) refiere a los negocios, al fútbol y a la política, ítems que marcan su vida. Hay dos apellidos que aclaran el período a tratar: Videla y los Kirchner. “Es el dirigente del fútbol argentino más influyente de su historia. Pero obviamente para perpetuarse en el poder tuvo que transar demasiado. Y se nota. Y se sabe. Y entonces la sociedad lo mira mal. Y con razón”, resume Castillo.

Castillo insiste en comparar al directivo con el doctor Jekyll y con Mr. Hyde, la creación del escritor Robert Louis Stevenson. Menciona aspectos positivos de una trayectoria de más de treinta años, pero además refiere a los negativos. “Grondona fue siempre un hombre ambicioso. Así como llegó a ser uno de los hombres más poderosos del fútbol mundial, desde sus inicios siempre apuntó más”, se lee en el inicio del primero de los diez capítulos, titulado “De la nada hice un club como Arsenal”.

El libro es a la vez un repaso por la historia del deporte argentino desde que Grondona asumió al frente de la AFA; pero sobre todo de la Selección. Hay descripciones acerca de cómo se fue acomodando primero en la AFA y en la FIFA después. Del equipo nacional se recuerdan sus convenientes acuerdos con César Luis Menotti (y su condición de técnico campeón) y su zarpazo por tener a Carlos Bilardo después. Esto, aprovechando el envión que le significaba tener a Diego Maradona de su lado. De Maradona, justamente, describe las idas y vueltas: los abrazos, las peleas, los besos, los cachetazos. Llega, así, a los tiempos de Lionel Messi, el otro jugador del que Julio quiere sacar provecho. En este caso, cuenta el autor, con la ventaja de que La Pulga no tiene el carácter conflictivo de Diego.

Para entender el mundo Grondona, se apela a los recuerdos de sus tiempos en que era presidente de Independiente. Primero, cómo aprovechó una interna política para ganar espacio propio y la presidencia del club. En otro tramo, se recuerda que no le tembló la mano para despedir a su amigo José Omar Pastoriza de la dirección técnica del equipo. Todo porque el Pato había discutido con Ricardo Bochini. “Ese es Grondona en su máxima expresión. Nada ni nadie lo desvía de su objetivo”, sostiene Castillo al recordar ese episodio.

“Tiene todo tan controlado que nadie se anima a un ‘golpe de Estado’. Antes del día de la votación de temas importantes hace un repaso con cada uno de los presidentes de los clubes y arranca su operación para que todo salga como él quiere. Nada se sale de curso. Cuando quisieron armar una movida en su contra, siempre apareció algún ‘arrepentido’”, contesta cuando se le pregunta por qué tantos dirigentes que lo critican por lo bajo levantan la mano bien alto y en su favor cuando hay que votarlo.

Un detalle que a esta altura resulta emblemático es el del anillo que lo acompaña siempre. Tiene escrita la leyenda que dá título al libro. Es un regalo del dirigente ultra grondonista Noray Nakis, quien alguna vez intentó dirigir a Independiente. En estas páginas se recuerda cómo se gestó, qué le pasó y por qué hubo que cambiarlo.

Hay espacio para un repaso por los apellidos de los dirigentes políticos y deportivos que se animaron a enfrentarlo. Casi siempre sin éxito. El crecimiento de la violencia en las canchas es otro de los ítems que se trata. Tal vez la mancha más grande en la gestión de Grondona. Sin embargo, sigue al frente. “Todo pasa” sirve para repasar las heridas dejadas por quien se acomodó en el país –con los sucesivos gobiernos-, en los clubes –a través de sus responsables- y en la FIFA –con su vicepresidencia-. Sirve, entonces, la conclusión de Castillo: “Grondona seguía en la suya. Eterno, como siempre. Mirando al costado cuando le conviene. Especulando. Negociando. Buscando aliados donde antes había enemigos. Ni una señal de alarma pareció habérsele encendido después del papelón de su última reelección. ¿Última? En realidad ya nadie se animaba a asegurarlo. Grondona, ese Dr. Jekyll que se transforma en Mr. Hyde en el momento exacto, no dio jamás lugar a ese tipo de especulaciones”.