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HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

José María Gatica y Alfredo Prada hicieron el Boca-River de los cuadriláteros argentinos. Sus peleas dividían a la gente. El Luna Park quedaba chico para tanta expectativa que con el tiempo se convirtió en mito. Esta nota fue publicada originalmente en El Gráfico de Septiembre 2017.

Por Alejandro Duchini

Hace 75 años, José María Gatica y Alfredo Prada se enfrentaron por primera vez. Fue el 29 de septiembre de 1942 en la Federación Argentina de Box. El rival de Prada esa noche era Livio Sosa, cuenta el periodista Carlos Irusta en una nota de 1999 publicada en esta revista. “Pero no fue”, explica, y en su lugar fue convocado Gatica. “De las rivalidades famosas que existieron en el boxeo argentino, la de Gatica y Prada fue la más grande”, afirma el historiador especialista en la temática Jorge Demárcico. A Gatica (entonces 17 años) lo dieron ganador por descalificación de Prada (18). Pero por siempre quedó que Prada le dio una paliza que lo dejó al borde del ko. La decisión enardeció al público. Y agrega Demárcico: “Muchas crónicas todavía dicen que había ganado Prada, pero la realidad es que fue descalificado. La gente se entera en el momento. Eso provocó mucha bronca entre las partes, sobre todo en los cuerpos técnicos”. El clima se calentó tanto que se pautó la revancha para dos semanas después (el 13 de octubre), en el mismo escenario: la ganó Prada, por puntos. Aunque de manera ajustada. “Fue una pelea apretada. Había quedado mucha bronca entre ellos. Resultó ser una de las peleas de mayor taquilla en la Federación. Quedó gente afuera. Además había como dos barras enfrentadas. Los que estaban con uno y con otro. A Gatica le decían Tigre. Pero el ring side, que estaba con Prada, le empezó a decir Mono, que no le gustaba, pero fue el apodo que le quedó”, recuerda Luis Romio, el actual presidente de la FAB. En aquellos tiempos ya frecuentaba con su padre el ambiente del boxeo. Crecería a la par de Prada y Gatica.

De la Federación pasaron al Luna Park, donde se enfrentaron cuatro veces como profesionales entre 1946 y 1953. Cada pelea fue durísima, con el estadio colmado por público que pedía más y más. Gatica ganó la primera, el 31 de agosto de 1946, y la tercera, el 18 de septiembre de 1948. Prada, la segunda (Gatica abandonó en el sexto round), el 12 de abril de 1947, y la cuarta y última, el 16 de septiembre de 1953, por nocaut. Los festejos de los hinchas de Gatica tras su primera victoria profesional ante Prada fueron dignos del fútbol. Se lo recuerda Demárcico a El Gráfico: “Hubo una fiesta tremenda de parte de los seguidores de Prada, que subían por avenida Corrientes haciendo ruido, cantando”. Ya la rivalidad deportiva trascendía al ring.

Tan diferentes y tan iguales a la vez. Gatica había nacido en Villa Mercedes, provincia de San Luis, el 25 de mayo de 1925. De familia pobre, llegó a Buenos Aires muy chico. “No pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución”, cuenta Víctor Lupo en su libro Historia política del deporte argentino. Desde entonces, la realidad y el mito alrededor de Gatica se dan la mano con la historia. Para defender su lugar de trabajo en la calle, tuvo que pelear. “De pequeño vagabundo, que mantenía a la madre y a la hermana, con la recolección y venta de diarios viejos por la mañana, el expendio de pastillas por la tarde, y el lustrado de zapatos por la noche, pasó repentinamente al poder que representaba manejar los miles de pesos que le reportaban las peleas”, cuenta su amigo y periodista Jorge Montes en una nota que escribió para El Gráfico en diciembre de 1983. En 1978, Montes publicó el libro El Mono Gatica y yo, una biografía espectacular que con esfuerzo se puede conseguir en librerías de saldo. Bien lo vale uno de los pocos ejemplares que deben quedar en la ciudad.

Gatica empezó peleando en el bajo, luego de que lo viera agarrarse a trompadas en las calles Lázaro Koci, un peluquero de la zona que lo subió al ring de un alojamiento para marineros por Paseo Colón y San Juan. En combates a tres rounds, ganó así sus primeras monedas. Montes, recuerda en aquella nota de El Gráfico, contactó a Koci para escribir su libro: “Yo, que jamás le había visto beber una copa -dice Montes sobre su diálogo con Koci-, me asombré cuando me dijo que, después de descubrirlo en la Misión de Marineros de la calle Chile y para ponerlo bajo su protección, lo envió a trabajar como albañil con su suegro. Este regresó un día asombrado por la cantidad de vino que se había chupado el Mono en el almuerzo. Y es que apenas tenía 14 años”.

Prada quedó marcado como el representante de los “cajetillas”. Nació en Rosario el 10 de marzo de 1924. Fue campeón argentino y sudamericano de los livianos. Se retiró vencedor en 1956 tras ganarle al chileno Andrés Osorio. De chico era inválido por un accidente, pero salió adelante con la natación, primero, y el boxeo, después. Ya en Buenos Aires, entrenaba en el Almagro Boxing Club (aunque era de Pompeya), en un barrio considerado de clase media, en oposición con el ambiente del bajo del que provenía su futuro rival. Hasta en eso se pararon en veredas opuestas.

Por creencia popular, el Mono quedó identificado con el peronismo. Pero ambos se ubicaban en la misma línea. Dice Demárcico: “La diferencia estaba en el arrastre que tenían en la gente. Y en esa mentira que decían que Gatica era del pueblo, peronista y de la popular. Los dos eran peronistas confesos. Sólo que Gatica era seguido por una masa de individuos que estaba con él y él, inconscientemente, exacerbaba esa situación saludando, haciendo gestos y esas cosas”. “Fue el primer marketinero del boxeo. Incluso antes que Bonavena. Ni se comparan”, agrega Romio. “Y antes que Bonavena, Selpa”, redobla Demárcico.

LA PELEA DE LA MANDÍBULA

Demárcio recuerda que durante el segundo combate profesional entre ambos, Gatica se quejaba del dolor de muelas. Y sangraba. En el sexto round se paró la pelea porque no podía seguir. “Al final, tenía una fractura en el maxilar. Quedó destrozado. Lo llevaron al Ramos Mejía, donde le hicieron de todo. Es más, los médicos dijeron que se había terminado su carrera, porque no podía boxear más”, cuenta Romio. El Mono, que aguantó cuatro asaltos en ese estado y estaba a punto de casarse con Ema Fernández (tuvo dos parejas más: Nora Guercio y Rita Armellino), gastó su dinero en “médicos, curaciones, dentistas y mantenimiento de su larga y abúlica familia”, como recuerda Montes en su texto.

Gatica se recuperó, volvió a pelear, ganó plata e hizo su fiesta de casamiento. Sólo que eligió la iglesia de Pompeya, la zona de Prada, cuyos seguidores la colmaron al enterarse de la afrenta. “La hinchada no perdonó la intromisión y la ceremonia estuvo a punto de derivar en la cárcel o en el hospital”, escribió Montes en esta revista, y agregó que “la turba entró a la iglesia repartiendo empujones y trompadas”.

Gatica y su gente sobrevivieron a aquello y el 18 de septiembre peleó nuevamente con Prada. Fue, dicen, la pelea más dura entre ambos. “El Mono se repuso de aquello de la mandíbula, le ganó por puntos tras doce rounds y hasta volteó a Prada”, señala Demárcico antes de que Romio recuerde que tras aquella noche “los dos estuvieron casi un mes en reposo por cómo quedaron”.

Pasaron cinco años hasta que combatieron otra vez. Estaba en juego el título ligero argentino. Lo ganó Prada por nocaut en el sexto. Llegaba mejor preparado. Siempre había sido respetuoso del gimnasio. Gatica ya estaba en otra. 23 mil personas llenaron el Luna Park. Fue el último capítulo de la rivalidad en el ring. Sus vidas siguieron de tal manera que no pudieron desligarse. Aunque Gatica quedó en primer plano, se necesitaban uno al otro. Prada solía contar como chiste que si iba a la Cordillera de los Andes y gritaba “Praaaaadaaaaa” el eco devolvería “Gaticaaaaaaa”. Prada, que terminó sus estudios, era intelectualmente preparado. Gatica no sabía leer ni escribir. “Tenía un sentido muy básico, primitivo, pero era solidario. Incluso en un reportaje que le hacen dice ‘yo nunca me metí en política. Si siempre fui peronista…’”, describe Demárcico a Gatica, de quien también recuerda que “una vez la gente le pedía en la puerta del Luna Park entradas para una pelea y él decía que no tenía. Entonces alguien le dijo ‘pero Monito, si por allá están entregando entradas a mansalva’. Y él se enojó y entró a reclamar al Luna diciendo ‘¿cómo es esto? No hay entradas para Gatica, que pelea, y sí hay para el señor Mansalva?’. ¡Fijate lo que era! Creía que mansalva era una persona. Tiene muchísimas anécdotas así. O como esa que le dijo a Perón: ‘Dos potencias se saludan’, Mucha gente lo quería, otro sector lo aborrecía. Fue el fruto de una época”.

Prada tenía muy buena relación con el presidente Juan Domingo Perón, al igual que el Mono, el preferido de Evita. De hecho, una de sus hijas se llama María Eva (tuvo otras dos, Patricia y Viviana, con su tercera esposa) y es la actual titular de la Comisión de la Mujer en la FAB. De la noche en que Evita fue su madrina hay otra anécdota. La esposa de Perón esperó en la iglesia más de media hora la llegada de Gatica y su familia. “¡Hace treinta minutos que te espero!”, le recriminó, molesta, cuando él llegó. Victor Lupo recuerda que la respuesta fue: “Y bueno, ¿qué quiere? Usted será Evita pero yo soy Gatica”. Al otro día, los medios periodísticos evitaron la noticia.

“Era un atrevido. Gatica era Gatica. Tenía un ángel que hacía que lo quieran”, insiste Demárcico. “A nivel popular, Prada quedó como en un segundo plano. Prada era el campeón, pero Gatica era el hombre del pueblo, el campeón sin corona”, resume Romio.

LOS MITOS

Los mitos venden y se apoyan en historias que no siempre son reales. Gatica forma parte de varios mitos. Su final en la pobreza, como corolario a su decadencia física, también se contrarrestó con cierta solidez económica de Prada. La historia oficial dice que Gatica murió al salir de la cancha de Independiente, antes de que termine un partido contra River al que había ido a vender muñequitos para sacar unos pesos. Vivía de eso; y de la caridad. Pero la realidad es otra. “Cuando murió no estaba vendiendo muñequitos, como se dice. Él ayudaba a venderlos a un pibe en la cancha de Independiente, del que era hincha. Lo hizo para darle una mano, porque sabía que si lo veían a él iba a ser más fácil que la gente compre. Después pasó lo del colectivo que lo atropelló. Y mientras se muere, internado, en el hospital, le manda un mensaje al marido de su ex esposa, (el cantante) Rodolfo Lesica, en el que le dice ‘maestro, te agradezco porque estás cuidando a mi hija’”.

En su El Mono Gatica y yo, Montes arma el rompecabezas de las últimas horas de Gatica. Cita el testimonio de su amigo Emilio Sánchez a la revista Así: “Gatica nunca vendió muñequitos. Por otra parte yo mismo era la primera vez que iba a vender a la cancha. Al final nos entusiasmamos con el partido y no vendí ninguno. El único muñequito que José María tocó fue el que le dio a uno de los controles de la platea: ‘Flaco, pasame un muñeco -me dijo-, se lo voy a regalar a un amigo’. Tengo entendido que lo conocían y siempre lo dejaban pasar”. En el mismo libro se cuenta que esa tarde el Mono estaba provocador y que él y Sánchez se fueron hasta el café El As, en Herrera y Luján, en Barracas. La dueña le negó el coñac y el Mono, enojado, se fue con Sánchez. Intentó subirse al colectivo 295, que “prosiguió la marcha aunque a poca velocidad. Gatica corrió tras él y quiso treparse con el vehículo en movimiento. Intentó tomarse del pasamanos pero no pudo. El colectivo lo arrastró unos metros y finalmente cayó bajo las ruedas traseras”. Fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fracturas de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra, se informó en el parte médico del Hospital Rawson. Dos días después, el 12 de noviembre de 1963, murió. En su multitudinario velorio la marcha peronista fue la música con la que se lo despidió en el cementerio de Avellaneda.

“Condición humilde”, coinciden Romio y Demárcico cuando hablan de cómo fueron sus últimos años. El mito dice que falleció sin un peso. Montes, según testimonios de allegados, cuenta que tenía una casa en La Plata entregada por el gobierno bonaerense de Oscar Alende, tras gestión de Prada. Justamente Prada le dio una mano en un mal momento cuando lo llevó a trabajar con él en la cantina Nock Out, en Paraná y Sarmiento, en Capital Federal. El “buenas noches, buen provecho” que decía el Mono a cada comensal fue una de sus frases en el delirio de sus últimos días.

Ese gesto de Prada para algunos fue una manera de aprovecharse de la decadencia de su ex rival. Romio entiende que “es mentira que Prada lo usaba. Todo lo contrario. Ponen el restaurante y piden un gancho. Y sale el nombre de Gatica”. “En algún punto, lo hizo socio. Le permitió ganarse unos mangos a Gatica. Gatica no podía hacer mucho. Una vez lo hablé con Prada”, agrega Demárcico. Y Romio: “Además le pagaba bien. Doy fe de eso. Pero Gatica no aguantó. Se fue. Le decían Monito y no le gustaba. Decía ‘buenas noches, buen provecho’ porque era parte de su forma de ser y no una exigencia. No comía vidrio. No era tonto. Era un inculto con millones de tipos que lo adoraban”.

Otro que también conoció a Prada es el periodista Gustavo Nigrelli. “Era un placer hablar con él”, dice al recordarlo. Y comenta que antes de cada pelea, Prada se acercaba a Gatica y le decía “categoría, ¡categoría!” para que se cuide y dé el peso. No hacía falta agregarle más. Así, se entendían. Alfredo Prada falleció el 25 de mayo de 2007, a sus 83 años. Ese día, Gatica hubiese cumplido 82.

En sus últimos años,también Martín Karadagián, el líder de Titanes en el ring, le dio una mano a Gatica, al invitarlo a participar de una exhibición de catch en la cancha de Boca. Otros dicen que fue sólo para convocar más público y que se aprovechó del boxeador que andaba falto de dinero. Aquel encuentro no terminó bien. Gatica, dicen, le pegó un cachetazo en serio y Karadagián le devolvió con un golpe que lo dejó rengo para siempre.

Osvaldo Soriano tituló Un odio que no conviene olvidar su genial perfil sobre Gatica. En ese texto aparecen datos inexactos, como señala Nigrelli a esta revista. Y cita, entre otros ejemplos: “Soriano escribe que ‘la última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia’, pero no fue así. Porque después de eso Gatica perdió una sola pelea y ganó trece, once de las cuales fueron por ko”. También recuerda que Soriano sostiene que “cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaban al ocaso” y lo niega: “Prada, después de su última victoria ante Gatica, hizo otras veintinueve peleas y las ganó casi todas. Sólo empató en dos”.

El 30 de septiembre próximo, a 75 años del primer combate, Gatica y Prada volverán a tener algo en común. Ese día, el club El Porvenir será el escenario de un homenaje a Horacio Accavallo, un grande de nuestro boxeo. La velada tendrá un momento emotivo cuando María Eva, la hija de Gatica, le entregue una plaqueta de homenaje por parte de la Uperbox al hijo de Prada, Ricardo. Será una forma de continuar una historia que, tal vez, nunca se cierre.

PABLO RAMOS, EL ESCRITOR DE EL GRÁFICO

PABLO RAMOS, EL ESCRITOR DE EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

En el número de este mes de la revista El Gráfico, el autor de La ley de la ferocidad, entre otros libros geniales, es el protagonista de la habitual entrevista a gente de la literatura. A continuación, algunas de sus declaraciones que fueron publicadas bajo el título “A veces quiero matar a los que critican a Messi”.

“(De los boxeadores me gustaban) Muhammad Alí, Bonavena, Monzón y Gatica. Su película me marcó. Yo me hice fanático del boxeo en la casa de un amigo de mi papá, en Florencio Varela, viendo aquella pelea memorable en la que Víctor Galíndez le ganó por nocaut a Richie Kates (EE.UU.), en Johanesburgo (22 de mayo de 1976). Yo tendría 12 o 13 años. Fue una pelea increíble. La ví y me di cuenta de lo heroico que puede ser el boxeo. Su épica no existe en ningún otro deporte. Los boxeadores son gladiadores. La esencia es la violencia, pero también la técnica y la defensa. En cambio, en el fútbol o el básquet se matan, se quiebran, cuando su esencia no es la violencia. El boxeo es un deporte de caballeros que tiene unas determinadas reglas”.

Soy fanático de la Selección, a la que prefiero antes que a Independiente, Racing o Arsenal. Tengo un vínculo muy fuerte con el fútbol. Me crié con Julio Grondona y su hijo, Julito, que tiene un gran corazón. En cuanto a Julio, te hablo de un tipo con el que todos los que paraban en la esquina terminaron trabajando en el club. Como mi hermano, Gabito. Don Julio lo llamaba desde Suiza para ver cómo estaba. En ese barrio sentíamos que donde no llegaba el Estado, llegaba un padrino. Don Julio es eso. Mi hermano y yo pudimos arreglar la casa de mi vieja comprando los materiales en el corralón de él. Te cuento una. Le quedamos debiendo una guita; ponéle unos 15 mil pesos de ahora. Cuando la juntamos, le dije a mi hermano que le vaya a pagar. Yo estaba haciendo el guión de El origen de la tristeza, preparando el trailer y esas cosas. También hice el de Historia de un clan, con el que me fue bien. Escribir me resulta fácil. Es lo único que me resulta fácil. Gabriel va al corralón y la secretaria le dice que Don Julio quería hablar con él. Lo llaman de ahí mismo y le pide que le haga unos arreglos en la casa. Mi hermano le arreglaba todo en la casa de Puerto Madero. Pero en esa llamada le pregunta: “¿Tu vieja tiene plasma para ver la Copa América?” Era en 2011, la que ganó Uruguay. “No”, le contesta. “No pagues nada. Con esa plata comprále un plasma. (…) Me llama mi hermano, me cuenta y le digo que sí, que compremos un plasma. Pasan unos meses y me llama mamá y me dice que tuvo una visita rara. “Vino Don julio, con el auto de la AFA”, me cuenta. Y también me dice que le tocó timbre, le pidió de pasar y se quedó con ella a tomar unos mates. En un momento le comenta “¡qué linda tele!”. “Me la regalaron los chicos”, le contestó, sin saber lo que había pasado. ¡Es un fenómeno! Fue a ver si cumplimos. Tuvo ese detalle de ir, no por mi mamá sino por nosotros, para ver si íbamos derecho o no.

“Lo extraño a Don Julio. El fútbol argentino le debe a Grondona que Messi juegue en nuestra Selección. ¡Porque ya iba a jugar para España! Don Julio inventó un amistoso para evitarlo. Ningún periodista veía eso”.

“Quiero matar a quienes critican a Messi. ¡Ganó todo! ¡Sólo le falta ser Balón de oro de Marte! ¿Qué le falta? Yo juego bien a la pelota, por eso entiendo. Pero otros critican desde cierta comodidad. La misma comodidad que tienen los que critican la literatura. Desde ahí es sencillo, cuando todo ya pasó. Los que no tienen huevos en la Selección son el Kun Agüero, Di María. Se lesionaron siempre. Messi le puso todo. No es del estilo Maradona, que juega hasta con el tobillo hinchado. ¿Qué culpa tiene Messi si Higuain no la mete en la final? Mete 40 así todo el año y en la Selección, no. ¿Te gustaría ver a Messi del otro lado, con el 10 de la camiseta contraria? No es Maradona. Es Messi. Pero como es Messi tiene para dos mundiales más. Y entero. El mejor Messi está por venir. El que no corra tanto. Porque ahora está cambiando la manera de jugar.

“Diego y Romario son lo más grande que vi en la cancha. Magos, magos, magos. Messi es el jugador perfecto. Filoso. Tiene la pelota entre ceja y ceja, como los perros que corren las gomas de los autos. Es una especie de autista de la pelotita. Siempre ve la pelotita. Es la Play Station. Diego, en cambio, es poesía. ¿Pero qué pasa? No se lo soporta más. Todos los días conventillos. Que no reconoce a los hijos, o cosas así. Otros que me gustan son Riquelme, Iniesta y Bochini”.

“¡Yo vi la gran época de Bochini! Con Balbuena, Bertoni, Larrosa, el Negro Galván, un cinco que la tenía re-clara, que sabía ver el fútbol. Los amaba. Larrosa jugaba 6 puntos todo el torneo. No pasaba de eso, pero tampoco bajaba a 4. También vi a Villaverde, Olguín bajando la pelota de pecho en el área chica. Fui testigo de la mejor época de Alzamendi, pegado a la raya. Estuve en Córdoba en la hazaña del Rojo contra Talleres”.

 

LA HISTORIA DE UNA FOTO

LA HISTORIA DE UNA FOTO

Alejandro Cavalli es un colega que una tarde, hablando de Gatica, contó que su padre se sacó una foto con él en La Pampa. Fue en 1952. Su historia fue tan sorpresiva como interesante y se puso a escribirla para Libros y Pelotas. Para saber más de él, pueden seguirlo en @alejcavalli o https://www.facebook.com/alej.cavalli

Por Alejandro Cavalli

Hablando de bueyes perdidos como suele suceder en tiempos muertos, un día en la redacción alguien acotó no recuerdo bien por qué la triste muerte del gran boxeador argentino José María “El Mono” Gatica  (Villa Mercedes, San Luis, 25 de mayo de 1925 – Avellaneda, Buenos Aires 12 de noviembre de 1963). En un absurdo accidente, Gatica, que por ese entonces estaba en la ruina vendiendo muñequitos en un colectivo cerca de la cancha de independiente, se cae al intentar subir o bajar y las ruedas del gran rodado lo lastiman con tal gravedad que muere. Esa noche “los mendigos lloraron a su vengador”, como dijeron los diarios, al igual que Alfredo Prada, su eterno contrincante con el que peleó en varias oportunidades.

Cavalli-FOTO01Esa triste anécdota me llevó a recordar y contarles a los presentes el cruce histórico que mi papá tuvo con Gatica.

En 1992, la ciudad de Santa Rosa, La Pampa cumplió 100 años. Se organizaron distintos festejos, de los cuales incluso participé, en un desfile de gauchos a caballo montando a mi querido y fiel bayo llamado Valiente, que murió desafortunadamente a los pocos años por una picadura de víbora suponemos. Pero esa es otra historia. El punto es que mi papá junto a mi mamá, en ese año de festejos, junto a unas parejas de matrimonios amigos fueron de recorrida por varias muestras de fotos que se organizaron por el centenario. Mi papá lo gastaba a un amigo que iba con ellos diciendo: “Che, a ver si te encuentro en alguna foto”, tratándolo de viejo choto. El asunto es que al que, para sorpresa de todos y de él en particular, se encontró a sí mismo en una de las imágenes.

Cavalli-DIARIO“En el año 1952 yo curzaba 4° año en el colegio Nacional”, me escribe mi papá, Jorge Raúl Cavalli, desde La Pampa, a mi pedido que me vuelva a contar de cuando fue boxeador. En la foto podemos verlo con un parche en la nariz, había peleado en las preliminares de la exhibición que dio el gran boxeador argentino José María “El Mono” Gatica (al centro en la imagen), ante 5.000 personas en Santa Rosa, La Pampa.

“Como no había en Santa Rosa un gimnasio para practicar ejercicios físicos, fuimos con unos amigos a un local en donde practicaban boxeo. Hoy estaría al lado de la tienda Gálver, donde funcionaba la gomería de Festa. Es donde hoy está el banco Patagonia. Le pusimos de nombre al club, como el pseudónimo de un boxeador al que admirábamos en aquella época: ‘Kid Cachetada’ (El mediano mendocino Francisco Antonio Lucero, más conocido como Kid Cachetada, se convirtió en una de las leyendas más grandes del boxeo argentino de las décadas del ’40 y del ’50)”.

“Nos entrenábamos todos los días a la tarde. Hice una pelea en Toay, otra en Catriló y cuando vino Gatica en 1952, hizo una exhibición en un galpón del ferrocarril. Había unas 5.000 personas. Yo hice una preliminar con un tal Díaz, más grande que yo, que por supuesto me ganó”, continúa narrándome mi papá en la carta. No sólo le habían ganado sino además le rompieron la nariz. Según me cuenta por teléfono luego, en esa época no se usaba mucho el tema del pesaje a nivel amateur y “el tal Díaz”, además de ser más grande que él era mucho más pesado y tremenda paliza se comió.

Cavalli-DIARIO02“El Mono” Gatica, según me cuenta, cuando llegó a Santa Rosa se paseaba por la calle con un sobrero del tipo galera, prendía sus habanos con billetes de pesos argentinos del momento y repartía plata a la gente humilde que se le acercaba. Según el anecdotario popular, Gatica, que murió en la ruina, llegó a ganar en vida un millón de dólares. Con una carrera deportiva en la que realizó 95 combates, de los que ganó 85 (72 por nocaut). Recordemos que “El Mono” no pudo pasar de primer grado. De chico debió ayudar a su padre. Fue vendedor ambulante, canillita y tuvo que defender a trompadas su cajón de lustrabotas.

“Fue una experiencia inolvidable a mis 16 años”, concluye papá.

 

EL DEPORTE TIENE LA PALABRA

EL DEPORTE TIENE LA PALABRA

Por Alejandro Duchini

Casi puntualmente, desde hace unos meses, mi colega y amigo Ariel Scher me escribe un escueto mensaje por Facebook. Por ejemplo, “Una de box, Ale. Gran abrazo“. Eso es todo. A través de ese link sé que me espera una historia maravillosa. Siempre la protagonizan deportistas y escritores. Porque en algún punto de esos textos, siempre, el deportista y el escritor sabrán encontrarse. Todo gracias a la calidad del gran Scher, uno de los entrevistados en mi reciente libro, La palabra hecha pelota (Galerna), y autor de, entre otros libros, Contar el juego, sobre el que ya hablamos acá.

Bajo el título “Firpo-Dempsey, de literatura”, se lee que aquella pelea del “14 de septiembre de 1923, en el legendario Polo Grounds de la todavía más legendaria Nueva York no había sucedido nunca”. Agrega: “No existió, pero fue necesario hacer existir a esa pelea porque a la literatura argentina le faltaba un gran tema del que escribir para siempre. Y justificó: “¿Acaso alguien cree que el gran Cortázar hubiera sido el gran Cortázar si su frustración por la presunta derrota de Firpo frente a Dempsey no le hubiera roto las ingenuidades de la niñez?”.

No conocí a nadie que escriba y sepa sobre literatura y deportes como Scher. Después de cada punto final me pasa lo mismo: me quedo con ganas de más. Lo bueno es que al otro día aparecerá un nuevo mensaje, escueto, con otro link, y esta historia volverá a repetirse.

Fútbol, boxeo, tenis, rugby, ajedrez. A la actividad que sea Ariel le encuentra la vuelta para contar . Le envidio y le admiro la cantidad de libros que leyó. También su intuición para marcar en cada uno de ellos el párrafo que servirá para encajar de manera perfecta y hacer funcionar un texto como un relojito. Encuentra en Cortázar, Borges o Soriano la perlita literaria que se cruza con un hecho deportivo. Así, desde el deporte, enseña literatura. Y hace literatura.

Ariel me deslumbró hace poco con un texto sobre el increíble Isidoro Blaisten que me llevó, enseguida, a un poema escrito por el mismo Blaisten sobre otro grande, José María Gatica. Me lo avisó por el mensaje: “Blaisten, Ale”. Así, como siempre. Le contesté entonces que había leído, hacía unos años, “Cerrado por melancolía”, y recordé que ese libro me había parecido maravilloso. Lo tengo aún en mi memoria porque me marcó en una época particular de mi vida, en la que vacacionaba, después de mi divorcio, con mis hijos todavía muy pequeños. Ellos dormían hasta tarde y yo leía desde temprano. Uno de los cuentos homenajea a César Pavese y esa frase que siempre me pareció demoledora: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Frase a la que, a su vez, Andrés Calamaro y Los Animalitos le pusieron música con una canción divina que se titula, también, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Monzón, Bonavena, Alí, Locche, Frazier, Tyson y Mayweather desfilan en sus crónicas de boxeo. La lista de futbolistas es infinita. Junto a ellos, cómplices, asoman por la ventana de cada relato Bioy Casares, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal y Juan Filloy. Dan ganas de releer a esos autores y descubrir a otros. Porque lo que hace Ariel es eso: invitarnos al conocimiento. Hacernos descubrir a los más grandes.

Racing, Marechal y San Lorenzo fueron protagonistas a horas de un partido entre ambos por la Copa Argentina. Le escribió también al poeta Héctor Negro, al que recordó por su fallecimiento con una pasión tan bien transmitida:

Al Mundial de Rugby le puso literatura, como hizo con el tenis, bajo el título “Los tenistas de la cancha versus los tenistas de la literatura”.

“El clásico de Avellaneda, Ale”, me escribió una tarde de la semana anterior. Entonces tituló “Borges, Braceli y el clásico de Avellaneda” y después de leer  no sólo me quedé admirado sino que me pregunté cómo era posible que lo haya hecho de nuevo. Encima, tan bien.

Cada tema deportivo, de lunes a viernes, aparece en su muro de Facebook. Se lo nota apasionado, al amigo Ariel, quien sabe cómo transmitir esa pasión. El de Eduardo Galeano es otro ejemplo.

Sus textos se me ha convertido en lectura obligada. No me refiero, claro, a un tipo de obligación resignada. Si no a aquella apasionada. Porque la espero para disfrutar y conocer. Para saber algo más de deporte y literatura. Por eso, cada vez que en la ventanita del mensaje me aparece algo como “Arlt, Ale”, siento que me invita a viajar hacia un mundo privilegiado. ¿Qué otra cosa es, sino un privilegio, aquello que nos ofrece la buena literatura? Sobre todo cuando el que la hace, el que la regala, es el genial Ariel Scher.