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“PARA VER FÚTBOL DE VERDAD HAY QUE IR A LA CANCHA”

“PARA VER FÚTBOL DE VERDAD HAY QUE IR A LA CANCHA”

Por Alejandro Duchini

A Martín Caparrós no es sencillo ubicarlo. Argentino, alguna vez alguien lo definió como ciudadano del mundo: por su trabajo de cronista, se la pasa viajando. Puede estar en una capital europea como en una choza de la India o en el interior de nuestro país. De cada lugar saca una historia de vida y luego un texto con una mirada y una escritura originales. Eso lo reflejó en varios libros que lo ubican como uno de los mejores periodistas. Considerado entre los intelectuales más destacados del país, es también un futbolero (de Boca), pasión que tiene por debajo del rugby que jugó desde adolescente hasta hace ya unos cuantos años. A sus 59 años, ya no patea pelotas en las canchas pero le encanta ver partidos que describirá en sus notas. Para concretar la siguiente entrevista lo ubicamos en Madrid, donde vive. Fue horas después de que Messi renunciara a la Selección y miles de argentinos le pidieran que se quede, tema que sirvió como excusa para charlar sobre aquello que surge de una pasión que no termina de explicarse: la número cinco.

-¿Jugás al fútbol?

-En realidad jugué poco: hasta más o menos los 15 años. Jugaba al rugby: desde los 10 a los 40 me interesaba más que el fútbol. Hoy extraño el rugby. De vez en cuando sueño que lo estoy jugando, pero me despierto. Debería decir que el deporte que practiqué es el rugby. Con el fútbol tengo una relación más de espectador. Claro que lo jugaba bastante en el colegio, pero cuando se presentó el rugby medio que lo dejé. Ahora me pasa lo contrario: casi no veo rugby. No me gusta el deporte en que se convirtió: me da la sensación de que lo que se consideraba un error cuando yo jugaba hoy es la base del juego. Nosotros jugábamos para no chocar y que no nos agarren. Ahora todo consiste en ir al choque, al agarre, al roce, en imponer la fuerza sobre la habilidad: hacer eso que antes queríamos evitar. Hoy es un deporte que no me gusta.

-En tu libro Ida y vuelta le preguntás a Villoro si se imagina “un mundo sin fútbol”. ¿Vos te lo imaginás?

-Si, me lo imagino incluso con cierta nostalgia: yo tendría más tiempo para hacer otras cosas. La gente se dedicaría a otras cosas, no sé si mejores o peores, pero serían otras. Si este mundo con fútbol no nos está saliendo tan bien, por qué no pensar que sin él podría ser un poco mejor. Pero, claro, es raro, porque hay muchas cosas importantes en nuestras vidas que son como la evolución natural de algo; tendencias que vienen de siglos y siglos de historia, que van cambiando pero que ocupan un espacio que siempre estuvo ocupado. En cambio el fútbol, no. Ahora que se habla del Bicentenario: por ejemplo, en la Argentina de julio de 1816 no había ningún momento social que equivaliera al deporte en general y al fútbol en particular. Esto empezó a aparecer a fines del siglo 19. Podría no aparecer y nadie lo hubiese extrañado porque no había base para extrañar. Uno extraña lo que sabe que puede extrañar: no se podría extrañar lo que no habría existido.

-También decís que “el fútbol es uno de los temas menos prestigiosos de este mundo”.

-Digo que el fútbol como tema no tiene prestigio. Uno habla con un amigo de literatura, de cine o de lo que sea, incluso de mujeres, y es como un diálogo en el que hay algo que importa. En cambio, te ponés a hablar de fútbol y tal vez hasta te apasionás más, pero no tiene ningún prestigio en sí, en el sentido que es una boludez: si va a jugar Pavón contra tal o cual equipo. No es un tema que se pueda sostener como importante, significativo. Y, sin embargo, se pasa mucho tiempo hablando de eso.

-¿Sufrís por Boca o la Selección?

-Escribí algo sobre eso cuando se perdió la final de la Copa América contra Chile. “¡Ma, sí!”, dije. Hay un momento de sana reacción “¡ma, sí!”. ¿Por qué me tiene que importar? No influye nada en mi vida. Mi vida será igual gane o no mi equipo, meta o no meta ese penal Messi. ¡Mi vida será igual! Me parece más inteligente ocuparse y preocuparse por cosas que sí tienen que ver con tu vida o la vida de otros. Pero esto no cambia nada. Lo curioso es que nos creamos, o que nos hayamos creído, que sí, y que nos influye, y nos importa, y todos jugamos ese juego. De vez en cuando me descubro sacado por algo que no tendría que tener la menor influencia y me digo “¡ma, sí!”. Por un lado es agradable poder preocuparse tanto por algo que no te importa nada: es como un juego fácil. Tiene las dos grandes condiciones de un juego para que funcione. Por otro, que te produzca un efecto fuerte en el momento y luego, cuando se acabó, no te produce nada, ningún efecto. Esa mezcla de los dos factores me parece que lo hace muy potente como juego. El problema es cuando uno se cree que es algo más que eso. Por supuesto que me gusta más que mi equipo gane, pero a las dos horas mi vida es exactamente la misma, haya perdido o ganado. No quedo preocupado ni feliz. Reivindico esta capacidad de que durante las dos horas del partido nada me importa más y a los dos horas del partido nada me importa menos.

-En Boquita contás que, literalmente, te hiciste de Boca sentado sobre un inodoro.

-Es lo que cuento, es lo que me acuerdo. Vaya a saber si es cierto. Uno nunca sabe si los recuerdos, más a los 5 años, son verdad o no. Pero ése es uno de mis primeros recuerdos.

-También preguntás en ese libro si los jugadores saben de fútbol.

-No lo sé. Me parece que hay como… en las profesiones, también entre los futbolistas, hay tipos que tienen diferentes relaciones con su actividad. Hay quienes quieren aprender. Por ejemplo, aquellos que luego serán directores técnicos. El ejemplo contrario es Batistuta o Schiavi, tipos que descubrieron que se cotizaban bien en el mercado y lo hicieron. Entre un extremo y otro hay una serie de declaraciones. No creo que se pueda definir una tipología en particular. Seguramente lo que sí tienen los jugadores de fútbol es que como conocen ese mundo de algún modo se hacen menos fantasías que nosotros, que lo miramos de afuera. El fútbol tiene algo que me llama la atención: está pensado como espectáculo, algo para que otros miren. Y uno sólo ve lo que le muestran y nada de lo que hay detrás. Se ve a los pibes jugando en la cancha y después no sabés cómo funciona eso. Hay como un secretismo, una oscuridad.

-¿Qué es saber de fútbol?

-Lo que me hace pensar que sé algo de fútbol, que es una estupidez, pero te lo cuento, es que cuando veo un partido puedo decir cinco minutos antes “ahora el técnico sacará a tal jugador” y acierto. Es una boludez, pero quiere decir que más o menos estoy entendiendo cómo funciona, porque después pasa. En general acierto. Pero me parece que saber es poder ver un poco más allá del caramelo televisivo. Ver el fútbol en serio. Los once jugadores en la cancha, cómo corren, cómo se relevan, cómo se desmarcan. Estamos muy empalagados por el caramelo de la televisión, que te muestra al pibe que lleva la pelota pero no te muestra qué pasa en otros lados de la cancha. Saber algo de fútbol es poder entender que es un juego de once contra once, que hay cosas que suceden más allá de lo que se ve.

-Hay una idea, tal vez muy enquistada, según la cual el equipo que juega lindo no gana y que para ganar hay que ser rústico, apelar al “huevo, huevo”.

-Por supuesto que se puede ganar jugando bien. El problema es que hay que tener buenos jugadores y los buenos jugadores son caros. En general los equipos que ganan jugando bien son los ricos del mundo: Bayern, Real Madrid. Pero son equipos de 500, 600 millones de dólares. ¡Fortunas! Entonces el problema es ése: la concentración de la riqueza, que se da en todos los niveles de la sociedad, también funciona en el fútbol. Los equipos ricos pueden ganar jugando bien, los más pobres se la tienen que rebuscar como puedan. Aguantar. En ese sentido, y lo escribí alguna vez, disiento con lo que dijo Valdano del fútbol de izquierda y del fútbol de derecha: el fútbol de izquierda sería el elegante, el lírico, el artístico; y el de derecha es el de los que se cuelgan del travesaño y reparten por toda la cancha. Creo que si fuera así, el fútbol de izquierda es un privilegio de los ricos y el de derecha el que practican los más pobres. Me parece que hay algo que corregir en esa idea. Sería una pena que sólo se pudiera ser de izquierda cuando se tienen mil millones de dólares en jugadores. Por supuesto que se puede ganar jugando bien, que por otro lado es la forma más segura de ganar. Pero para eso, lamentablemente en este sistema de concentración de riqueza futbolística, hay que ser de los de arriba. En ese sentido se establecieron diferencias muy fuertes entre los países. Eso incide en la Argentina.

-¿Por ejemplo?

-Argentina se convirtió en un país exportador de materia prima futbolística. Se hace muy difícil ganar jugando bien porque los buenos jugadores se fueron. El campeonato de Primera argentino es un campeonato de Primera B, claramente: juegan los pibes que jugarían en la B si todos los jugadores argentinos estuvieran en Argentina. Entonces tiene las características clásicas de los torneos de Primera B: pierna fuerte, aguanto, me busco la vida, veo cómo hago y si puedo poner más fuerte que el otro le ganaré. Parece que estuvieran jugando todo el tiempo Excursionistas-Defensores de Belgrano o Chicago-Sarmiento de Junín. Es una realidad, no una metáfora. Si los mejores estuvieran acá, en la A quedarían cuatro y los demás en la B.

-¿Qué te causó la reacción colectiva en favor de Messi tras su anuncio de retirarse del Seleccionado? Hubo maestras que escribieron cartas, en los subtes se le pedía que no se fuera y en la tele se mostraron videos de chicos llorando por el ídolo.

-Para completar, a Messi lo condenaron a casi dos años de prisión por evasión impositiva: eso termina de consagrarlo como argentino, con estas dudas que siempre tuvimos por sus actitudes que no nos parecían argentinas: no cantar el Himno y esas cosas. Pero trató de evadir impuestos muy criollamente, sólo que lo agarraron. Se equivocó de lugar y lo agarraron. Se pueden decir demasiadas cosas sobre Messi, pero sintetizo: nos gusta querer lo que ya no tenemos. Somos una sociedad tanguera: nada nos gusta más que lo perdido y en el momento en que nos pareció que lo perdimos empezamos a quererlo. Si lo hizo a propósito, estuvo muy bien. Si no, terminará de definirse cuán argentino es Messi, una vez más. Todo depende de si cree que tiene que cumplir con su palabra o si, como buen argentino, no hay necesidad de cumplir con su palabra y entonces vuelve a la Selección.

-¿Qué se dice en España de este tema?

-Se hicieron muchos comentarios: que no lo tratamos bien, que no lo cuidamos, que es lógico que no quiera estar ahí. Hubo muchos comentarios. Hay que llenar tantas páginas con estas pavadas que se dice de todo.

-¿Qué experiencia te queda de escribir dos libros futboleros: Boquita e Ida y vuelta?

-Los dos fueron muy gustosos. Boquita fue un placer hacerlo porque me permitió revisar muchos momentos de mi infancia y de mi vida y me dio una buena excusa, inmejorable, para ir a buscar a ciertos personajes fuertes de cuando era chico. Cuando me pasé unas horas hablando con Marzolini y quería seguir hablándome, yo estaba encantado, admirado. Fue un gran placer hacerlo. Me interesó además, más allá de contar la historia de Boca, pensar en qué consiste el fenómeno de ser hincha de Boca. El libro es más eso, está más concentrado en tratar de entender qué es ser hincha de Boca. Ida y vuelta, un intercambio de cartas con Villoro durante el Mundial 2010, lo disfruté porque fue intenso: duró un mes. A Villoro lo respeto muchísimo. Se armó como un mecanismo casi deportivo en el que él me mandaba una carta y yo tenía que contestarle con otra que estuviera a su altura; y él, a su vez, me tenía que matar el punto y yo después a él. “¿Cómo lo hizo?”, me preguntaba. En algún punto él también se sentía desafiado por lo que yo le contestaba. Es un libro que quiero mucho. De casualidad lo hojeé hace diez días, después de mucho tiempo. Me sigue resultando agradable. No se quedó en el Mundial 2010.

-¿Vas a la cancha en España?

-Iba mucho al Camp Nou, en Barcelona, acreditado por Olé. Era un gusto ver al Barcelona. El año pasado fui a la final de la Champions, en Berlín, y también a la semi en Munich. Ahora que vivo en Madrid voy menos: detesto a Cristiano Ronaldo. No me dan ganas de verlo festejar. De hecho, estaba acreditado para la final de la Champions y cuando vi que iba el Madrid dije “no, ir hasta ahí para verlo pavonearse a Cristiano Ronaldo es más de lo que necesito”. Así que no fui. Pero voy a la cancha cada vez que puedo. Porque para ver fútbol de verdad hay que ir a la cancha. En la tele es otro deporte.

-Dado que por tu trabajo como cronista recorrés el mundo: ¿qué te asombra de las distintas maneras de ver el fútbol?

-Recuerdo algo que conté, justamente, en Ida y vuelta. Tiene que ver con Dhaka, la capital de Bangladesh, a donde llegué días antes de que empezara el Mundial 2010. Es, para mi gusto, la ciudad más fea del mundo. Siempre digo que no volveré y por algo siempre vuelvo. Cuando fui aquella vez, la salida del aeropuerto estaba llena de banderas argentinas y brasileñas. Le hice el chiste al taxista de que no hacía falta que me reciban así. El tipo me explicó que era por el Mundial. Los bengalíes se dividían entre hinchas de Argentina y Brasil, me contó. Rivalizaban por quién ponía más banderas. Me impresionó esa historia de gente que quería sumarse a esa locura planetaria por el fútbol aun cuando en Bangladesh nunca hubo un equipo de fútbol digno. Pero se enganchaban por uno u otro y hacían cosas por países lejanos. Había una competencia por quién ponía la bandera en el lugar más visible o importante. Y un pibe se subió a un árbol altísimo para colgar una argentina y se cayó y se mató. Pensé que morirse por la bandera del país de uno es una estupidez, pero ya es incalificable morir por la de un país que está en las antípodas del tuyo.

PERFIL DE MARTÍN CAPARRÓS

En los “recreos descubrí que ser de Boca era algo que podría compartir con otros -que me hacía cómplice de otros chicos, que nos daba una causa común- pero que algunos de mis mejores amigos se transformaban de tanto en tanto en enemigos porque eran de un equipo que se llamaba River. En esos recreos descubrí que uno se hacía hincha de un equipo: no es poca cosa, hacerse. Y que, ya hecho, uno no era hincha de un equipo: uno era de un equipo. No es poca cosa, ser”, se lee en la primera página de Boquita, el libro que Martín Caparrós escribió durante los primeros años de los 2000 y que se publicó en 2005. En sus páginas entrevista a ídolos de su infancia, a hinchas, futbolistas y dirigentes, con quienes analiza qué es ser de Boca.

Otro libro futbolero suyo es Ida y vuelta – una correspondencia sobre fútbol, escrito en base a textos que se envió con el escritor Juan Villoro durante el Mundial 2010, en Sudáfrica. “En el fútbol, además, cualquier chico puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habrían descartado antes de que se cambiara. Pero al fútbol pueden jugar todos: el petiso movedizo o el grandote torpe, el corredor desenfrenado o la mole que se planta, el más vivo de la clase y el más bobo; si hasta tú y yo hemos jugado alguna vez. El fútbol no es como otros deportes que exigen un físico o un carácter determinados: cada tipo de habilidad tiene su espacio, hay puestos para todos -sólo hay que descubrirse”, le escribe a su colega mexicano para dar apenas una muestra de algunos de sus conceptos futboleros.

Nacido el 29 de mayo de 1957 en Buenos Aires, Caparrós es periodista y escritor. Ha recibido numerosos premios internacionales. Algunos de sus libros publicados son No velas a tus muertos, La Historia, Un día en la vida de Dios, Larga distancia, Amor y anarquía, Valfierno, A quien corresponda, Una luna, El interior, Argentinismos, Los Living y Comí.

 

PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

Por Alejandro Duchini

No es común que un libro se presente dos veces en casi 48 horas. Ése es un lujo que pueden darse quienes participaron en Pelota de papel (Planeta): el lunes 2 de mayo se presentó en el teatro Metropolitan y poco más de 48 horas después en la Feria del Libro. Es, casi, casi, como jugar un partido de definición del campeonato un domingo y la final de la Libertadores entre semana. En ambos encuentros hubo multitud, gente que quiso acompañar este proyecto de historias breves, dibujos hermosos y presentaciones increíbles liderado por los futbolistas Sebastián Domínguez, Agustín Lucas y Jorge Cazulo y los periodistas Ariel Scher y Juanky Jurado.

“Se abrió la puerta y entraron todos. Fue increíble. Le conté a Fernando Cavenaghi en un chat y se sumaron otros. Ariel Scher nos acercó a Mónica Santino, Sampaoli me dijo que también participaba, Cappa y Valdano me cedieron cuentos… ¡Era una locura! Cuando hablé con Ariel Scher le dije que quería un libro en el que ‘los jugadores no entren solos’ porque tenían que debutar en un terreno como el de la literatura deportiva. Entonces empecé a llamar a escritores, artistas y se fue armando”, me dice en La Rural Juanky Jurado, emocionado aún por la cantidad de gente que asistió a ver de qué se trataba Pelota de papel. Y agrega: “La literatura deportiva hoy es un género que además tiene venta y aceptación en el mundo. A la gente le encantan las historias deportivas”.

El equipo de Pelota de papel está compuesto por los escritores-futbolistas Sebastián Domínguez, Roberto Bonano, Pablo Aimar, Nicolás Burdisso, Sebastián Saja, Gustavo López, Agustín Lucas, Mónica Santino, Javier Mascherano, Jorge Bermúdez, Adrián Bianchi, Fernando Cavenaghi, Facundo Sava, Jorge Valdano, Sebastián Fernández, Jorge Cazulo, Juan Pablo Sorin, Ángel Cappa, Kurt Lutman, Juan Manuel Herbella, Nahuel Guzmán, Rubén Capria, Gustavo Lombardi y Jorge Sampaoli.

Presentan, cada uno un texto, Eduardo Sacheri, Alejandro Dolina, Verónica Brunati, Ariel Scher (quien fue el editor general de los cuentos), Norberto Verea, Juan José Panno, Julio Marini, Mario Delgado, Paula Rodríguez, Ingrid Beck, Ezequiel Fernández Moores, Diego Fucks, Débora D’Amato, Marcelo Máximo, Walter Vargas, Sebastián Wainraich, Ezequiel Scher, Rodolfo Santullo, Reynaldo Sietecase, Fermín Méndez, Daniel Arcucci, Marcelo Gantman, Pablo Paván y Nicolás Miguelez. Los dibujan Sebastián Domenech, Augusto Costhanzo, Gonzalo Rodríguez, Alejandra Lunik, Eduardo Maicas, Tute, Bruno Fossatti Iglesias, Fefo Martorell, Jorge Doneiger, Pablo Bernasconi, Max Aguirre, Fernando Ramos, Jorge Guzmán (padre de Nahuel Guzmán), Martín Tognola, El Niño Rodríguez, Sergio Langer, Diego Bonilla, Mariano Lucano, Marcos Ibarra, Paula Adamo, Decur, Flor Balestra, Bernardo Erlich y Maca.

Algunos cuentos son de ficción pura y otros, más intimistas. Pero en cada uno se nota que su autor dejó todo en la cancha. Que la buena literatura necesita del sentimiento. A Pablo Aimar, Sebastián Domenech y Ariel Scher les tocó jugar la primera pelota y lo hicieron más que bien, aludiendo a un recuerdo futbolero, El Maracaná de la calle España. Desde entonces uno, como lector, empieza a entrar en calor junto a los autores y se da cuenta de que cada relato se lee sin apelar al prejuicio típico de “¿qué puede escribir un jugador de fútbol?”. Sobre este punto, me dice Jurado: “La idea no era tener un escritor fantasma, sino que los jugadores experimenten el momento hermoso de ponerse ante la hoja en blanco. Que es el peor momento para el periodista. Un miedo parecido al de una final. Siempre hay un final y después viene otro partido. Ariel (Scher) fue un guía. ‘Escriban qué sienten. Escriban, escriban, escriban’, decía”. Y continúa: “Que un futbolista acerque la literatura a la gente es un golazo. Lo digo en el prólogo: Ojalá que un pibe llegue a una historia por un jugador que le gusta”.

“Se trata de un libro que le hace goles a muchos prejuicios. Lo segundo es que, sobre todo, es un libro de buenos cuentos: el fútbol, como casi todas las veces en las que escribimos de fútbol, es el tema, pero lo que importa es que es una colección de buenos cuentos”, me contesta Ariel Scher durante un diálogo acerca de Pelota de papel, para recordar: “Enseguida tuve fascinación con la propuesta: gente que quiere escribir, gente que quiere contar, gente que quiere ayudar, gente que quiere hacer todo eso con el fútbol. Imposible que no fuera una tentación formar parte”.

Como lector, me emocioné con varios relatos (y prólogos y dibujos). Entre ellos, el del Patrón Bermúdez (Sueño de debut es genial); la mención a Spinetta de Marcelo Máximo al presentar el cuento El mozo y el sabio, de Facundo Sava; la republicación de Creo, vieja, que tu hijo la cagó, el clásico futbolero de Jorge Valdano; la formidable ilustración que Maicas le hizo al relato de Gustavo López (¡cómo me emocionaría si alguien ilustrara así cualquier historia mía! ¡Y cómo me emocionaría, también, si me prologaran como Minxto, quien escribe ‘los jóvenes ponen la atención en dos cosas: las alineaciones completas de cualquier equipo, suplentes incluidos, y en el desesperado amor por una chica. Es decir, en el primer corazón que nace, en el primer aspirante al querer. Cuando adolescente, en el borrador de la vida, siempre se es todo’ cuando presenta Opyo, de Agustín Lucas. Y unas líneas después Lucas la rompe con sus metáforas: “…Cumbia y alcohol. Las bolas de espejos son como los ojos de las moscas. Casi con el mismo asco. Las luces se refractan hacia un mundo de sombras y humo. La gente delira, los trajes se repiten, los vestidos se escotan. La gente suda. Los vasos se rompen y Gilda revive una vez más”. Su historia es sobre el amor frustrado entre un futbolista al que le va bien y una joven uruguaya de clase alta. Pero Lucas parece más inspirado que Bochini cuando jugaba contra Boca, River o Racing y repite sus lujos de prosa al escribir también que “la buena onda y la ostentación tiran paredes por la noche. (…) Hay cada vez más muertos en el ropero, y hay noches, las más negras, en las que ahí dormimos directamente”).

¿Cómo no sentir la misma tristeza que habrá sentido Fernando Cavenaghi al escribir El loco del pueblo? ¿Cómo no maravillarse con Hola y adiós, de Cappa, o el imperdible prólogo de Paula RodríguezEl portón de Lelio, del Mago Capria, una invitación a la melancolía de aquel pibe que, igual que muchos de nosotros, jugaba a la pelota en la vereda? Pero si a esa jugada le faltaba el toque, el lujo final, ahí está Alejandra Lunik para hacer un dibujo que parece el gol que vos quieras imaginar.

Vuelvo a ver qué marqué en mi ejemplar de Pelota de papel y pienso que nadie debería dejar de leer De barrio, de Sebastián Fernández, una historia de melancolía sin golpes bajos. Hay, en todo el libro, mucho fútbol, pero no falta el misterio. Lo demuestra Juan Manuel Herbella -experimentado en esto del relato- con su La pregunta no respondida. Hay algo de humor en El coleccionista, de Nahuel Guzmán, donde describe a un arquero: “Acumulaba como doscientos goles recibidos, pero decía que sólo contaban cuarenta y tres, que de los goles feos ni se acordaba”. Hay ficción -y no la de Fariña y Lanata- en Un mundo sin fútbol, donde Gustavo Lombardi nos traslada a 450 años en el futuro.

Sebastián Wainraich la rompe con su prólogo al cuento de Juan Pablo Sorín, ¿Ese es el ‘Terror’ Gutiérrez?, cuando cuenta que “hay noches en las que pienso que salvo una pelota en la línea o que hago el gol en la final. Y, por suerte para todos, no me dediqué al fútbol. Entonces imagino qué sentirán los que sí lo hicieron y a los treinta y pico, cuando muchos estamos empezando, están terminando”. O el simple remate de cierre: “Bienvenidos los futbolistas que escriben y leen”.

Otro trío perfecto lo componen Ingrid Beck con la espectacular presentación de Tragarse la llave, Kurt Lutman con el relato -durísimo, pero con clase- y Fefo Martorell con su ilustración. Los tres la rompen, la dejan chiquita. Igual que Mónica Santino, con su historia tan personal e impecable: El gol de todas. No dejen de leerla. Y Verónica Brunati, cuando escribe que “las victorias son excepciones” y la deja picando para que se lea Barrio de fútbol, un viaje al pasado comandado por Tito Bonano: “Pero esa tarde, si bien perdí unas zapatillas, te aseguro que gané para la eternidad la gloria de los momentos más felices de mi vida”, cierra el arquero.

Pelota de papel termina con un relato íntimo de Javier Mascherano, un homenaje a Tito Vilanova que nos acerca más a esa persona que desde un banco de suplentes alentó la vida cuando asomaba la muerte.

Se entiende, mientras y al terminar la lectura del libro, por qué Juanky Jurado me dice que “el momento más lindo de la producción fue cuando llegaban las historias y cada uno entendía que debía pulirlas”.

Se viene, posiblemente, una segunda tanda de relatos, con otros protagonistas. También, las historias en formato video. Todo acompañado por la ilusión: “Ojalá que se venda, que llegue a todos lados. La idea es que la gente lea. No importa qué: puede ser esta histórica, algo de humor o ésta revista uruguaya que tenés en esta mesa, Túnel, que es hermosa. Lo importante es que te guste lo que lees, que lo leas con pasión. Hay que defender la cultura popular a muerte, siempre”, opina Jurado. Y después: “A los snobs no les hago caso. El arte es popular. La escritura tiene que ser popular. Todo tiene que ir a la pasión. La soberbia intelectual es lo que caga la literatura”.

“Sentí que se podía. Sentí que se puede”, me dice Ariel Scher cuando le pregunto qué sintió al ver impreso Pelota de papel. Se lo pregunto porque sé lo que significan los libros para él, que me contó, cuando lo entrevisté para el libro La Palabra Hecha Pelota, que en su casa, si se caía uno, lo levantaban mientras lo acariciaban. Y luego: “Es que este trabajo, puntualmente, es para mí un espacio entrañable. El espacio que merecen los sueños colectivos, el espacio que merecen los sueños colectivos que nunca dejan de ser sueños, pero, además, se vuelven más que eso”.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?