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DIJO HOLA Y ADIÓS

DIJO HOLA Y ADIÓS

Por Alejandro Duchini

 

…y el portazo sonó como

un signo de interrogación

(Joaquín Sabina)

 

Una de las escenas más importantes sobre el final de La Guerra de las Galaxias es aquella en la que Darth Vader se enfrenta, después de casi una vida (eso lo sabremos después, con el estreno de Episodio I – La Amenaza Fantasma), con Obi-Wan Kenobi. “Ahora yo soy el maestro”, le dice Vader minutos antes de matarlo. Pero ahí está la trampa: a veces hay que tener cuidado con lo que se desea. Vader siempre quiso matar a su viejo mentor. En esa escena está cerca de lograrlo, sólo que Obi-Wan se deja vencer después de asegurarse de que su nuevo alumno, Luke Skywalker (hijo de Vader, otra cosa que también sabremos después), está a salvo y será quien, finalmente, canalice el lado luminoso de la fuerza. El malo más malo del cine toma impulso y lo mata mientras su odio lo aleja de la realidad y de los rebeldes, que así podrán escapar. Enseguida el cuerpo jedi de Kenobi se esfuma y sólo queda su capa tirada en el suelo, que Vader toca con el pie, sabiendo que la desaparición es el certificado de que la fuerza del enemigo ahora es más poderosa. Vader sabe que se le viene una complicada.

Esa escena me viene a la cabeza con lo que pasa alrededor de Messi. Tanto se lo atacó que los deseos en su contra se hicieron realidad y ahora quiere dejar la Selección, que sin él no será la misma. De hecho, sólo por él llegó a tres finales consecutivas. Sin Messi, sería posible que hoy fuéramos un émulo del Brasil que se comió siete en su casa.

Hace años que muchos argentinos piden la cabeza de Messi. Es una cosa increíble. Es como decir que las milanesas recién hechas son una cagada porque la ensalada salió fea. Las milanesas salvaron la cena, pero como la comida no fue perfecta, maldecimos todo.

Entre lo que leí y escuché desde el domingo, cuando perdimos la final de la Copa América (¡por penales!), me quedo con algo del periodista y escritor Juan José Becerra. De una columna suya titulada Recursos humanos destaco esto: “Ciertos hinchas argentinos (muchos, más de lo que se piensa) atizados por ciertos periodistas deportivos inspirados en la escuela de lapidación petulante de Fernando Niembro (menos de lo que parece porque no son los que más se hacen notar) tienen el síndrome del director de personal. Sienten que los jugadores, los técnicos y hasta el juego son sus empleados informales. En su imaginación despiden gente, ponen y sacan, crucifican y endiosan a la velocidad de la luz: son predadores platónicos de recursos humanos. Desde el punto de vista clínico son maníacos depresivos, como la televisión en la que se crían y reproducen. Entonces, Messi, con los huevos de dinosaurio por el piso, se aleja del equipo hasta el Mundial de Rusia, si es que se da el milagro de clasificar sin él. Recortando con alguna frialdad el objeto (es difícil: estoy viendo de reojo a Toti Pasman en el programa de Pamela David contentarse con la renuncia de Messi mientras pide la cabeza de Martino: es insufrible cuando la tiene afuera) el partido terminó siendo parejo en la distribución de las tensiones y el ímpetu. Todo tendió a la trabazón física, las llaves de inmovilización y el cuidado de las espaldas. En ese pacto, Argentina fue un poco más claro en llegar al arco rival pero oscuro en la definición. ¿Por qué? Porque así es la vida, queridos”.

Mientras lo leía, pensaba en cuántos de los que acusan a Messi de pecho frío, de que no siente al equipo nacional (cuando se cansó de dar muestras en contrario) y de que ni siquiera sabía el Himno Nacional cumplen a la perfección no sólo con su vida, sino con su trabajo. ¿Qué pasaría si sus jefes tuviesen el derecho de cagarlos a puteadas cada vez que se equivocan? ¿Qué les significaría un insulto o una amenaza de despido, cuando no el despido, directamente? ¿Cómo se sentirían, aún cuando hubieran dejado todo para cumplir?

¿Qué cosas nos deshumanizan cuando llevamos las banderas del llamado folclore futbolero?

El sentimiento por la Selección es volátil. No digo nada nuevo. La mayoría de los argentinos nos hacemos hinchas del seleccionado cada cuatro años: en el Mundial. Hasta entonces preferimos a nuestros clubes de siempre (los jugadores del equipo nacional, agradecidos: al menos zafan de los insultos). De hecho, cuando empezaba esta Copa América Centenario lo que más se comentaba es que se trataba de un invento para darle más difusión al fútbol de los Estados Unidos. Incluso, cuando el año pasado la FIFA fue investigada por la Justicia no faltaron quienes expresaron que eso era un castigo por no elegir de nuevo a los norteamericanos como sede de otro Mundial. Sin embargo, con el correr de los partidos -como suele pasar- nos entusiasmamos. Messi estaba afuera, se incorporó, fue el mejor del equipo (como siempre) y nos volvimos a ver campeones. Encima ya le habíamos ganado a Chile y los monstruos no estaban: Brasil, Uruguay y Colombia. Pero ahí andaba nuestra sombra negra: Chile, que actualmente es uno de los mejores equipo del mundo, nos guste o no, y pese a que aún haya quien minimice el trabajo prolijo y serio que vienen haciendo en ese país con su seleccionado. Los fantasmas de las finales perdidas recientemente (Copa América 2015 y Mundial 2014) acechaban y como a esa altura ya estábamos fanatizados y futbolizados (y hasta copaamericanizados), no había lugar ni tolerancia para la frustración. ¡Qué cagada! Otra vez quedó demostrado que en fútbol nunca hay nada dicho.

Otra nota que me gustó fue escrita por Martín Zariello en su blog Il Corvino. La pueden leer acá. Lo que destaco de ese texto titulado Vindicación de la Selección argentina está sobre el final: “El año pasado conocí a un jugador de fútbol de Primera así que aproveché para hacerle preguntas cholulas sobre las intimidades de un plantel y la experiencia de ser jugador profesional. Me contó dos cosas que me parecen puntuales para dejar de ser una mala persona. Por un lado, que con los años el fútbol para él se había convertido en un trabajo más y que a veces no lo disfrutaba ni un poco. Por otro, que un día tuvo que ir a jugar un partido a alguna provincia lejana y erró un gol abajo del arco porque estaba pensando en que al mismo tiempo su mujer estaba dando a luz a uno de sus hijos. Yo miro fútbol desde que tengo cinco años pero recién ese día entendí en su real dimensión que los jugadores de fútbol son seres humanos. Larga vida entonces a Messi, a Mascherano, a Higuaín, a Banega y a Romero. Larga vida a quienes sin ningún tipo de preparación son obligados a llevar todo junto y en un solo puño la psiquis y el latido de su pueblo”.

En ese mismo blog, escribió Zariello en otro artículo (La máquina de pedirle a Messi): “La idea de ‘un país’ que insulta y denigra a un jugador por el simple hecho de errar un penal o no ganar una Copa es deleznable. Pero que ahora el mismo país, a través del chantaje emocional de periodistas compungidos, padres enajenados y maestras equivocadas, quiera convencer a ese mismo jugador de que no renuncie a la Selección es propio de un psicópata. Ojalá que Messi haga lo que se le cante”.

Nunca se habló tanto de Messi como en estas horas. En algunos noticieros se entrevistaba a la gente en la calle para saber qué opinaba. Algunos hasta le pedían a Messi que se quede para darle alegrías al pueblo, a la Argentina. Los periodistas, cuando volvían a estudios, les daban la razón. ¿Por qué esperamos, pretendemos u ordenamos a los jugadores de fútbol que sean ellos quienes nos den alegrías? ¿Por qué responsabilizar a los otros de nuestros sentimientos o nuestra propia vida? Si pretendemos eso, entonces vamos a terminar justificando los insultos y escupitajos a los jugadores rivales en la cancha, el empujón al que es hincha de otro equipo y hasta el desprecio sin anestesia en las redes sociales.

Así estamos: los 30 años del Mundial de México 86, que se cumplieron este 29 de junio y cuya celebración se esperaba con tanta alegría, se recuerdan empañados por lo de la Copa América. No queremos aceptar que perder es parte del juego. Messi no tiene la culpa ni la responsabilidad. Vivir y dejar vivir.

PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

PELOTA DE PAPEL: LOS JUGADORES TIENEN LA PALABRA

Por Alejandro Duchini

No es común que un libro se presente dos veces en casi 48 horas. Ése es un lujo que pueden darse quienes participaron en Pelota de papel (Planeta): el lunes 2 de mayo se presentó en el teatro Metropolitan y poco más de 48 horas después en la Feria del Libro. Es, casi, casi, como jugar un partido de definición del campeonato un domingo y la final de la Libertadores entre semana. En ambos encuentros hubo multitud, gente que quiso acompañar este proyecto de historias breves, dibujos hermosos y presentaciones increíbles liderado por los futbolistas Sebastián Domínguez, Agustín Lucas y Jorge Cazulo y los periodistas Ariel Scher y Juanky Jurado.

“Se abrió la puerta y entraron todos. Fue increíble. Le conté a Fernando Cavenaghi en un chat y se sumaron otros. Ariel Scher nos acercó a Mónica Santino, Sampaoli me dijo que también participaba, Cappa y Valdano me cedieron cuentos… ¡Era una locura! Cuando hablé con Ariel Scher le dije que quería un libro en el que ‘los jugadores no entren solos’ porque tenían que debutar en un terreno como el de la literatura deportiva. Entonces empecé a llamar a escritores, artistas y se fue armando”, me dice en La Rural Juanky Jurado, emocionado aún por la cantidad de gente que asistió a ver de qué se trataba Pelota de papel. Y agrega: “La literatura deportiva hoy es un género que además tiene venta y aceptación en el mundo. A la gente le encantan las historias deportivas”.

El equipo de Pelota de papel está compuesto por los escritores-futbolistas Sebastián Domínguez, Roberto Bonano, Pablo Aimar, Nicolás Burdisso, Sebastián Saja, Gustavo López, Agustín Lucas, Mónica Santino, Javier Mascherano, Jorge Bermúdez, Adrián Bianchi, Fernando Cavenaghi, Facundo Sava, Jorge Valdano, Sebastián Fernández, Jorge Cazulo, Juan Pablo Sorin, Ángel Cappa, Kurt Lutman, Juan Manuel Herbella, Nahuel Guzmán, Rubén Capria, Gustavo Lombardi y Jorge Sampaoli.

Presentan, cada uno un texto, Eduardo Sacheri, Alejandro Dolina, Verónica Brunati, Ariel Scher (quien fue el editor general de los cuentos), Norberto Verea, Juan José Panno, Julio Marini, Mario Delgado, Paula Rodríguez, Ingrid Beck, Ezequiel Fernández Moores, Diego Fucks, Débora D’Amato, Marcelo Máximo, Walter Vargas, Sebastián Wainraich, Ezequiel Scher, Rodolfo Santullo, Reynaldo Sietecase, Fermín Méndez, Daniel Arcucci, Marcelo Gantman, Pablo Paván y Nicolás Miguelez. Los dibujan Sebastián Domenech, Augusto Costhanzo, Gonzalo Rodríguez, Alejandra Lunik, Eduardo Maicas, Tute, Bruno Fossatti Iglesias, Fefo Martorell, Jorge Doneiger, Pablo Bernasconi, Max Aguirre, Fernando Ramos, Jorge Guzmán (padre de Nahuel Guzmán), Martín Tognola, El Niño Rodríguez, Sergio Langer, Diego Bonilla, Mariano Lucano, Marcos Ibarra, Paula Adamo, Decur, Flor Balestra, Bernardo Erlich y Maca.

Algunos cuentos son de ficción pura y otros, más intimistas. Pero en cada uno se nota que su autor dejó todo en la cancha. Que la buena literatura necesita del sentimiento. A Pablo Aimar, Sebastián Domenech y Ariel Scher les tocó jugar la primera pelota y lo hicieron más que bien, aludiendo a un recuerdo futbolero, El Maracaná de la calle España. Desde entonces uno, como lector, empieza a entrar en calor junto a los autores y se da cuenta de que cada relato se lee sin apelar al prejuicio típico de “¿qué puede escribir un jugador de fútbol?”. Sobre este punto, me dice Jurado: “La idea no era tener un escritor fantasma, sino que los jugadores experimenten el momento hermoso de ponerse ante la hoja en blanco. Que es el peor momento para el periodista. Un miedo parecido al de una final. Siempre hay un final y después viene otro partido. Ariel (Scher) fue un guía. ‘Escriban qué sienten. Escriban, escriban, escriban’, decía”. Y continúa: “Que un futbolista acerque la literatura a la gente es un golazo. Lo digo en el prólogo: Ojalá que un pibe llegue a una historia por un jugador que le gusta”.

“Se trata de un libro que le hace goles a muchos prejuicios. Lo segundo es que, sobre todo, es un libro de buenos cuentos: el fútbol, como casi todas las veces en las que escribimos de fútbol, es el tema, pero lo que importa es que es una colección de buenos cuentos”, me contesta Ariel Scher durante un diálogo acerca de Pelota de papel, para recordar: “Enseguida tuve fascinación con la propuesta: gente que quiere escribir, gente que quiere contar, gente que quiere ayudar, gente que quiere hacer todo eso con el fútbol. Imposible que no fuera una tentación formar parte”.

Como lector, me emocioné con varios relatos (y prólogos y dibujos). Entre ellos, el del Patrón Bermúdez (Sueño de debut es genial); la mención a Spinetta de Marcelo Máximo al presentar el cuento El mozo y el sabio, de Facundo Sava; la republicación de Creo, vieja, que tu hijo la cagó, el clásico futbolero de Jorge Valdano; la formidable ilustración que Maicas le hizo al relato de Gustavo López (¡cómo me emocionaría si alguien ilustrara así cualquier historia mía! ¡Y cómo me emocionaría, también, si me prologaran como Minxto, quien escribe ‘los jóvenes ponen la atención en dos cosas: las alineaciones completas de cualquier equipo, suplentes incluidos, y en el desesperado amor por una chica. Es decir, en el primer corazón que nace, en el primer aspirante al querer. Cuando adolescente, en el borrador de la vida, siempre se es todo’ cuando presenta Opyo, de Agustín Lucas. Y unas líneas después Lucas la rompe con sus metáforas: “…Cumbia y alcohol. Las bolas de espejos son como los ojos de las moscas. Casi con el mismo asco. Las luces se refractan hacia un mundo de sombras y humo. La gente delira, los trajes se repiten, los vestidos se escotan. La gente suda. Los vasos se rompen y Gilda revive una vez más”. Su historia es sobre el amor frustrado entre un futbolista al que le va bien y una joven uruguaya de clase alta. Pero Lucas parece más inspirado que Bochini cuando jugaba contra Boca, River o Racing y repite sus lujos de prosa al escribir también que “la buena onda y la ostentación tiran paredes por la noche. (…) Hay cada vez más muertos en el ropero, y hay noches, las más negras, en las que ahí dormimos directamente”).

¿Cómo no sentir la misma tristeza que habrá sentido Fernando Cavenaghi al escribir El loco del pueblo? ¿Cómo no maravillarse con Hola y adiós, de Cappa, o el imperdible prólogo de Paula RodríguezEl portón de Lelio, del Mago Capria, una invitación a la melancolía de aquel pibe que, igual que muchos de nosotros, jugaba a la pelota en la vereda? Pero si a esa jugada le faltaba el toque, el lujo final, ahí está Alejandra Lunik para hacer un dibujo que parece el gol que vos quieras imaginar.

Vuelvo a ver qué marqué en mi ejemplar de Pelota de papel y pienso que nadie debería dejar de leer De barrio, de Sebastián Fernández, una historia de melancolía sin golpes bajos. Hay, en todo el libro, mucho fútbol, pero no falta el misterio. Lo demuestra Juan Manuel Herbella -experimentado en esto del relato- con su La pregunta no respondida. Hay algo de humor en El coleccionista, de Nahuel Guzmán, donde describe a un arquero: “Acumulaba como doscientos goles recibidos, pero decía que sólo contaban cuarenta y tres, que de los goles feos ni se acordaba”. Hay ficción -y no la de Fariña y Lanata- en Un mundo sin fútbol, donde Gustavo Lombardi nos traslada a 450 años en el futuro.

Sebastián Wainraich la rompe con su prólogo al cuento de Juan Pablo Sorín, ¿Ese es el ‘Terror’ Gutiérrez?, cuando cuenta que “hay noches en las que pienso que salvo una pelota en la línea o que hago el gol en la final. Y, por suerte para todos, no me dediqué al fútbol. Entonces imagino qué sentirán los que sí lo hicieron y a los treinta y pico, cuando muchos estamos empezando, están terminando”. O el simple remate de cierre: “Bienvenidos los futbolistas que escriben y leen”.

Otro trío perfecto lo componen Ingrid Beck con la espectacular presentación de Tragarse la llave, Kurt Lutman con el relato -durísimo, pero con clase- y Fefo Martorell con su ilustración. Los tres la rompen, la dejan chiquita. Igual que Mónica Santino, con su historia tan personal e impecable: El gol de todas. No dejen de leerla. Y Verónica Brunati, cuando escribe que “las victorias son excepciones” y la deja picando para que se lea Barrio de fútbol, un viaje al pasado comandado por Tito Bonano: “Pero esa tarde, si bien perdí unas zapatillas, te aseguro que gané para la eternidad la gloria de los momentos más felices de mi vida”, cierra el arquero.

Pelota de papel termina con un relato íntimo de Javier Mascherano, un homenaje a Tito Vilanova que nos acerca más a esa persona que desde un banco de suplentes alentó la vida cuando asomaba la muerte.

Se entiende, mientras y al terminar la lectura del libro, por qué Juanky Jurado me dice que “el momento más lindo de la producción fue cuando llegaban las historias y cada uno entendía que debía pulirlas”.

Se viene, posiblemente, una segunda tanda de relatos, con otros protagonistas. También, las historias en formato video. Todo acompañado por la ilusión: “Ojalá que se venda, que llegue a todos lados. La idea es que la gente lea. No importa qué: puede ser esta histórica, algo de humor o ésta revista uruguaya que tenés en esta mesa, Túnel, que es hermosa. Lo importante es que te guste lo que lees, que lo leas con pasión. Hay que defender la cultura popular a muerte, siempre”, opina Jurado. Y después: “A los snobs no les hago caso. El arte es popular. La escritura tiene que ser popular. Todo tiene que ir a la pasión. La soberbia intelectual es lo que caga la literatura”.

“Sentí que se podía. Sentí que se puede”, me dice Ariel Scher cuando le pregunto qué sintió al ver impreso Pelota de papel. Se lo pregunto porque sé lo que significan los libros para él, que me contó, cuando lo entrevisté para el libro La Palabra Hecha Pelota, que en su casa, si se caía uno, lo levantaban mientras lo acariciaban. Y luego: “Es que este trabajo, puntualmente, es para mí un espacio entrañable. El espacio que merecen los sueños colectivos, el espacio que merecen los sueños colectivos que nunca dejan de ser sueños, pero, además, se vuelven más que eso”.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

MASCHERANO, EL JEFE

MASCHERANO, EL JEFE

“Ese día, el del triunfo contra Holanda en el Mundial, fue lo que podríamos señalar como ‘el día Mascherano’. Su quite a Robben, decisivo para no perder el partido, su arenga a Chiquito Romero, tan bien captada por la televisión, y su llanto al final de la noche, tan igual pero tan diferente a otros suyos en momentos de derrota, dispararon su imagen como nunca había pasado antes en el país. Fue la representación perfecta de lo que él es: un futbolista implicado en el juego hasta las últimas consecuencias, un líder grupal y un enamorado del fútbol. Ese partido generó que su nombre llegara definitivamente al corazón del hincha, algo que hasta entonces era bastante discutido”. La explicación es de Andrés Eliceche y Alfredo Ves Losada, periodistas y autores de Jefe – Javier Mascherano (Planeta). Es su respuesta ante la pregunta de Libros y Pelotas acerca de por qué empezaron este libro con la descripción de aquella arenga del jugador a sus compañeros de la Selección, en el Mundial de Brasil.

Jefe llegó a las librerías en el primer semestre del año. Consta de casi 300 páginas apropiadas no sólo para fanáticos de este símbolo del seleccionado. También es un trabajo recomendado para quienes gusten del buen periodismo o del placer de una biografía llena de datos. En este caso, se agregan declaraciones del propio Mascherano, lo que sin dudas enriquece el producto. Esas mismas declaraciones, sin embargo, no direccionan, sino todo lo contrario: Eliceche y Ves Losada aclaran en los agradecimientos que el mediocampista “hizo una sola pregunta desde que supo que íbamos a escribir sobre él: ‘¿Cómo viene el libro?’”.

Justamente ante ese interrogante, vía mail agregan que “comprobamos que no tenía interés en intervenir en ninguna parte del proceso de construcción. Fue una manera de decirnos ‘adelante, yo los apoyo’, pero desde una posición despreocupada. Lo mismo fuimos notando a medida que golpeábamos puertas y se nos abrían: estaba claro que sin su aval, nadie de su entorno más íntimo se iba a sentar a charlar con nosotros sobre la vida de un personaje tan público. Y su actitud de permitirnos avanzar con entrevistas a su familia, amigos y demás fue súper valiosa desde otro lugar también: en ese mismo momento él estaba preparando otro libro con su propia firma, que salió apenas un mes después que Jefe. Nos permitió entrevistarlo varias veces, y tranquilamente podría haberse negado”.

Mascherano JefeJefe se compone de muchísimos datos y detalles. Es un muy buen trabajo al que se le agrega un recorrido paralelo por la realidad del país y del mundo durante los años que se cuentan, que son los de la vida de Mascherano, nacido el 8 de junio de 1984, en San Lorenzo, Santa Fe.

Se hacen específicas referencias a su ambiente familiar, a sus inicios en el fútbol y a sus gustos profesionales. La influencia de Marcelo Bielsa, José Pekerman y Diego Maradona también tienen sus explicaciones. Todo complementado con declaraciones del protagonista. Se nota un gran trabajo de campo, de planificación, en el que nada parece librado al azar. Las explicaciones de su paso por el fútbol brasileño o su llegada y posterior alejamiento del West Ham son ejemplo. Permiten además entender cómo funciona el entramado del millonario negocio futbolero. No es menor tampoco la recopilación de fotografías que muestran a un Mascherano de entre casa y lo contraponen con el actual, un verdadero baluarte de cada equipo que integra.

“En términos de conocimientos nuevos, terminamos de entender lo que nosotros sospechábamos: que se trata de un profesional las 24 horas, dedicado al extremo, obsesivo a tal punto que casi no se permite relajarse. Un ejemplo: lleva cinco años viviendo en Barcelona y nunca se metió al mar Mediterráneo, que lo tiene a unos metros de su casa. Y eso, lejos de una pose, es una manera de vivir: disfruta muy poco de los logros, vive pensando en cómo mejorar y, está a la vista con lo que pasó después de la final de esta Copa América, se flagela en la derrota. Él siempre fue consciente de que para llegar a hacerse un lugar en el mundo del fútbol iba a necesitar esa conducta, y fue consecuente”, responden Eliceche y Ves Losada cuando se les pregunta qué aprendieron de Mascherano durante el armado de Jefe.

Ante el interrogante de qué condición humana y deportiva le destacan: “Su sentido de pertenencia a los grupos que integra, su certeza respecto de que nadie es nada sin el otro, su responsabilidad para afrontar cualquier desafío o tarea, su respeto. Y en lo estrictamente deportivo, su capacidad para reinventarse como futbolista cuando llegó al Barcelona y rápidamente Guardiola lo colocó como defensor: a los 27 años, en general el futbolista siente que ya aprendió todo lo que necesitaba, y es más resistente a los cambios. Más si, como en su caso, se trataba del capitán de la Selección argentina. Ese nuevo status le permitió ganarse un lugar de titular en uno de los mejores equipos de la historia y seguir siendo el 5 indiscutible de Argentina”.