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HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

HACE 75 AÑOS EMPEZABA UNA LEYENDA DE NUESTRO BOXEO

José María Gatica y Alfredo Prada hicieron el Boca-River de los cuadriláteros argentinos. Sus peleas dividían a la gente. El Luna Park quedaba chico para tanta expectativa que con el tiempo se convirtió en mito. Esta nota fue publicada originalmente en El Gráfico de Septiembre 2017.

Por Alejandro Duchini

Hace 75 años, José María Gatica y Alfredo Prada se enfrentaron por primera vez. Fue el 29 de septiembre de 1942 en la Federación Argentina de Box. El rival de Prada esa noche era Livio Sosa, cuenta el periodista Carlos Irusta en una nota de 1999 publicada en esta revista. “Pero no fue”, explica, y en su lugar fue convocado Gatica. “De las rivalidades famosas que existieron en el boxeo argentino, la de Gatica y Prada fue la más grande”, afirma el historiador especialista en la temática Jorge Demárcico. A Gatica (entonces 17 años) lo dieron ganador por descalificación de Prada (18). Pero por siempre quedó que Prada le dio una paliza que lo dejó al borde del ko. La decisión enardeció al público. Y agrega Demárcico: “Muchas crónicas todavía dicen que había ganado Prada, pero la realidad es que fue descalificado. La gente se entera en el momento. Eso provocó mucha bronca entre las partes, sobre todo en los cuerpos técnicos”. El clima se calentó tanto que se pautó la revancha para dos semanas después (el 13 de octubre), en el mismo escenario: la ganó Prada, por puntos. Aunque de manera ajustada. “Fue una pelea apretada. Había quedado mucha bronca entre ellos. Resultó ser una de las peleas de mayor taquilla en la Federación. Quedó gente afuera. Además había como dos barras enfrentadas. Los que estaban con uno y con otro. A Gatica le decían Tigre. Pero el ring side, que estaba con Prada, le empezó a decir Mono, que no le gustaba, pero fue el apodo que le quedó”, recuerda Luis Romio, el actual presidente de la FAB. En aquellos tiempos ya frecuentaba con su padre el ambiente del boxeo. Crecería a la par de Prada y Gatica.

De la Federación pasaron al Luna Park, donde se enfrentaron cuatro veces como profesionales entre 1946 y 1953. Cada pelea fue durísima, con el estadio colmado por público que pedía más y más. Gatica ganó la primera, el 31 de agosto de 1946, y la tercera, el 18 de septiembre de 1948. Prada, la segunda (Gatica abandonó en el sexto round), el 12 de abril de 1947, y la cuarta y última, el 16 de septiembre de 1953, por nocaut. Los festejos de los hinchas de Gatica tras su primera victoria profesional ante Prada fueron dignos del fútbol. Se lo recuerda Demárcico a El Gráfico: “Hubo una fiesta tremenda de parte de los seguidores de Prada, que subían por avenida Corrientes haciendo ruido, cantando”. Ya la rivalidad deportiva trascendía al ring.

Tan diferentes y tan iguales a la vez. Gatica había nacido en Villa Mercedes, provincia de San Luis, el 25 de mayo de 1925. De familia pobre, llegó a Buenos Aires muy chico. “No pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución”, cuenta Víctor Lupo en su libro Historia política del deporte argentino. Desde entonces, la realidad y el mito alrededor de Gatica se dan la mano con la historia. Para defender su lugar de trabajo en la calle, tuvo que pelear. “De pequeño vagabundo, que mantenía a la madre y a la hermana, con la recolección y venta de diarios viejos por la mañana, el expendio de pastillas por la tarde, y el lustrado de zapatos por la noche, pasó repentinamente al poder que representaba manejar los miles de pesos que le reportaban las peleas”, cuenta su amigo y periodista Jorge Montes en una nota que escribió para El Gráfico en diciembre de 1983. En 1978, Montes publicó el libro El Mono Gatica y yo, una biografía espectacular que con esfuerzo se puede conseguir en librerías de saldo. Bien lo vale uno de los pocos ejemplares que deben quedar en la ciudad.

Gatica empezó peleando en el bajo, luego de que lo viera agarrarse a trompadas en las calles Lázaro Koci, un peluquero de la zona que lo subió al ring de un alojamiento para marineros por Paseo Colón y San Juan. En combates a tres rounds, ganó así sus primeras monedas. Montes, recuerda en aquella nota de El Gráfico, contactó a Koci para escribir su libro: “Yo, que jamás le había visto beber una copa -dice Montes sobre su diálogo con Koci-, me asombré cuando me dijo que, después de descubrirlo en la Misión de Marineros de la calle Chile y para ponerlo bajo su protección, lo envió a trabajar como albañil con su suegro. Este regresó un día asombrado por la cantidad de vino que se había chupado el Mono en el almuerzo. Y es que apenas tenía 14 años”.

Prada quedó marcado como el representante de los “cajetillas”. Nació en Rosario el 10 de marzo de 1924. Fue campeón argentino y sudamericano de los livianos. Se retiró vencedor en 1956 tras ganarle al chileno Andrés Osorio. De chico era inválido por un accidente, pero salió adelante con la natación, primero, y el boxeo, después. Ya en Buenos Aires, entrenaba en el Almagro Boxing Club (aunque era de Pompeya), en un barrio considerado de clase media, en oposición con el ambiente del bajo del que provenía su futuro rival. Hasta en eso se pararon en veredas opuestas.

Por creencia popular, el Mono quedó identificado con el peronismo. Pero ambos se ubicaban en la misma línea. Dice Demárcico: “La diferencia estaba en el arrastre que tenían en la gente. Y en esa mentira que decían que Gatica era del pueblo, peronista y de la popular. Los dos eran peronistas confesos. Sólo que Gatica era seguido por una masa de individuos que estaba con él y él, inconscientemente, exacerbaba esa situación saludando, haciendo gestos y esas cosas”. “Fue el primer marketinero del boxeo. Incluso antes que Bonavena. Ni se comparan”, agrega Romio. “Y antes que Bonavena, Selpa”, redobla Demárcico.

LA PELEA DE LA MANDÍBULA

Demárcio recuerda que durante el segundo combate profesional entre ambos, Gatica se quejaba del dolor de muelas. Y sangraba. En el sexto round se paró la pelea porque no podía seguir. “Al final, tenía una fractura en el maxilar. Quedó destrozado. Lo llevaron al Ramos Mejía, donde le hicieron de todo. Es más, los médicos dijeron que se había terminado su carrera, porque no podía boxear más”, cuenta Romio. El Mono, que aguantó cuatro asaltos en ese estado y estaba a punto de casarse con Ema Fernández (tuvo dos parejas más: Nora Guercio y Rita Armellino), gastó su dinero en “médicos, curaciones, dentistas y mantenimiento de su larga y abúlica familia”, como recuerda Montes en su texto.

Gatica se recuperó, volvió a pelear, ganó plata e hizo su fiesta de casamiento. Sólo que eligió la iglesia de Pompeya, la zona de Prada, cuyos seguidores la colmaron al enterarse de la afrenta. “La hinchada no perdonó la intromisión y la ceremonia estuvo a punto de derivar en la cárcel o en el hospital”, escribió Montes en esta revista, y agregó que “la turba entró a la iglesia repartiendo empujones y trompadas”.

Gatica y su gente sobrevivieron a aquello y el 18 de septiembre peleó nuevamente con Prada. Fue, dicen, la pelea más dura entre ambos. “El Mono se repuso de aquello de la mandíbula, le ganó por puntos tras doce rounds y hasta volteó a Prada”, señala Demárcico antes de que Romio recuerde que tras aquella noche “los dos estuvieron casi un mes en reposo por cómo quedaron”.

Pasaron cinco años hasta que combatieron otra vez. Estaba en juego el título ligero argentino. Lo ganó Prada por nocaut en el sexto. Llegaba mejor preparado. Siempre había sido respetuoso del gimnasio. Gatica ya estaba en otra. 23 mil personas llenaron el Luna Park. Fue el último capítulo de la rivalidad en el ring. Sus vidas siguieron de tal manera que no pudieron desligarse. Aunque Gatica quedó en primer plano, se necesitaban uno al otro. Prada solía contar como chiste que si iba a la Cordillera de los Andes y gritaba “Praaaaadaaaaa” el eco devolvería “Gaticaaaaaaa”. Prada, que terminó sus estudios, era intelectualmente preparado. Gatica no sabía leer ni escribir. “Tenía un sentido muy básico, primitivo, pero era solidario. Incluso en un reportaje que le hacen dice ‘yo nunca me metí en política. Si siempre fui peronista…’”, describe Demárcico a Gatica, de quien también recuerda que “una vez la gente le pedía en la puerta del Luna Park entradas para una pelea y él decía que no tenía. Entonces alguien le dijo ‘pero Monito, si por allá están entregando entradas a mansalva’. Y él se enojó y entró a reclamar al Luna diciendo ‘¿cómo es esto? No hay entradas para Gatica, que pelea, y sí hay para el señor Mansalva?’. ¡Fijate lo que era! Creía que mansalva era una persona. Tiene muchísimas anécdotas así. O como esa que le dijo a Perón: ‘Dos potencias se saludan’, Mucha gente lo quería, otro sector lo aborrecía. Fue el fruto de una época”.

Prada tenía muy buena relación con el presidente Juan Domingo Perón, al igual que el Mono, el preferido de Evita. De hecho, una de sus hijas se llama María Eva (tuvo otras dos, Patricia y Viviana, con su tercera esposa) y es la actual titular de la Comisión de la Mujer en la FAB. De la noche en que Evita fue su madrina hay otra anécdota. La esposa de Perón esperó en la iglesia más de media hora la llegada de Gatica y su familia. “¡Hace treinta minutos que te espero!”, le recriminó, molesta, cuando él llegó. Victor Lupo recuerda que la respuesta fue: “Y bueno, ¿qué quiere? Usted será Evita pero yo soy Gatica”. Al otro día, los medios periodísticos evitaron la noticia.

“Era un atrevido. Gatica era Gatica. Tenía un ángel que hacía que lo quieran”, insiste Demárcico. “A nivel popular, Prada quedó como en un segundo plano. Prada era el campeón, pero Gatica era el hombre del pueblo, el campeón sin corona”, resume Romio.

LOS MITOS

Los mitos venden y se apoyan en historias que no siempre son reales. Gatica forma parte de varios mitos. Su final en la pobreza, como corolario a su decadencia física, también se contrarrestó con cierta solidez económica de Prada. La historia oficial dice que Gatica murió al salir de la cancha de Independiente, antes de que termine un partido contra River al que había ido a vender muñequitos para sacar unos pesos. Vivía de eso; y de la caridad. Pero la realidad es otra. “Cuando murió no estaba vendiendo muñequitos, como se dice. Él ayudaba a venderlos a un pibe en la cancha de Independiente, del que era hincha. Lo hizo para darle una mano, porque sabía que si lo veían a él iba a ser más fácil que la gente compre. Después pasó lo del colectivo que lo atropelló. Y mientras se muere, internado, en el hospital, le manda un mensaje al marido de su ex esposa, (el cantante) Rodolfo Lesica, en el que le dice ‘maestro, te agradezco porque estás cuidando a mi hija’”.

En su El Mono Gatica y yo, Montes arma el rompecabezas de las últimas horas de Gatica. Cita el testimonio de su amigo Emilio Sánchez a la revista Así: “Gatica nunca vendió muñequitos. Por otra parte yo mismo era la primera vez que iba a vender a la cancha. Al final nos entusiasmamos con el partido y no vendí ninguno. El único muñequito que José María tocó fue el que le dio a uno de los controles de la platea: ‘Flaco, pasame un muñeco -me dijo-, se lo voy a regalar a un amigo’. Tengo entendido que lo conocían y siempre lo dejaban pasar”. En el mismo libro se cuenta que esa tarde el Mono estaba provocador y que él y Sánchez se fueron hasta el café El As, en Herrera y Luján, en Barracas. La dueña le negó el coñac y el Mono, enojado, se fue con Sánchez. Intentó subirse al colectivo 295, que “prosiguió la marcha aunque a poca velocidad. Gatica corrió tras él y quiso treparse con el vehículo en movimiento. Intentó tomarse del pasamanos pero no pudo. El colectivo lo arrastró unos metros y finalmente cayó bajo las ruedas traseras”. Fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fracturas de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra, se informó en el parte médico del Hospital Rawson. Dos días después, el 12 de noviembre de 1963, murió. En su multitudinario velorio la marcha peronista fue la música con la que se lo despidió en el cementerio de Avellaneda.

“Condición humilde”, coinciden Romio y Demárcico cuando hablan de cómo fueron sus últimos años. El mito dice que falleció sin un peso. Montes, según testimonios de allegados, cuenta que tenía una casa en La Plata entregada por el gobierno bonaerense de Oscar Alende, tras gestión de Prada. Justamente Prada le dio una mano en un mal momento cuando lo llevó a trabajar con él en la cantina Nock Out, en Paraná y Sarmiento, en Capital Federal. El “buenas noches, buen provecho” que decía el Mono a cada comensal fue una de sus frases en el delirio de sus últimos días.

Ese gesto de Prada para algunos fue una manera de aprovecharse de la decadencia de su ex rival. Romio entiende que “es mentira que Prada lo usaba. Todo lo contrario. Ponen el restaurante y piden un gancho. Y sale el nombre de Gatica”. “En algún punto, lo hizo socio. Le permitió ganarse unos mangos a Gatica. Gatica no podía hacer mucho. Una vez lo hablé con Prada”, agrega Demárcico. Y Romio: “Además le pagaba bien. Doy fe de eso. Pero Gatica no aguantó. Se fue. Le decían Monito y no le gustaba. Decía ‘buenas noches, buen provecho’ porque era parte de su forma de ser y no una exigencia. No comía vidrio. No era tonto. Era un inculto con millones de tipos que lo adoraban”.

Otro que también conoció a Prada es el periodista Gustavo Nigrelli. “Era un placer hablar con él”, dice al recordarlo. Y comenta que antes de cada pelea, Prada se acercaba a Gatica y le decía “categoría, ¡categoría!” para que se cuide y dé el peso. No hacía falta agregarle más. Así, se entendían. Alfredo Prada falleció el 25 de mayo de 2007, a sus 83 años. Ese día, Gatica hubiese cumplido 82.

En sus últimos años,también Martín Karadagián, el líder de Titanes en el ring, le dio una mano a Gatica, al invitarlo a participar de una exhibición de catch en la cancha de Boca. Otros dicen que fue sólo para convocar más público y que se aprovechó del boxeador que andaba falto de dinero. Aquel encuentro no terminó bien. Gatica, dicen, le pegó un cachetazo en serio y Karadagián le devolvió con un golpe que lo dejó rengo para siempre.

Osvaldo Soriano tituló Un odio que no conviene olvidar su genial perfil sobre Gatica. En ese texto aparecen datos inexactos, como señala Nigrelli a esta revista. Y cita, entre otros ejemplos: “Soriano escribe que ‘la última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia’, pero no fue así. Porque después de eso Gatica perdió una sola pelea y ganó trece, once de las cuales fueron por ko”. También recuerda que Soriano sostiene que “cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaban al ocaso” y lo niega: “Prada, después de su última victoria ante Gatica, hizo otras veintinueve peleas y las ganó casi todas. Sólo empató en dos”.

El 30 de septiembre próximo, a 75 años del primer combate, Gatica y Prada volverán a tener algo en común. Ese día, el club El Porvenir será el escenario de un homenaje a Horacio Accavallo, un grande de nuestro boxeo. La velada tendrá un momento emotivo cuando María Eva, la hija de Gatica, le entregue una plaqueta de homenaje por parte de la Uperbox al hijo de Prada, Ricardo. Será una forma de continuar una historia que, tal vez, nunca se cierre.

ITAL PARK

ITAL PARK

Por Alejandro Duchini

Quinto año tenía el sabor de las despedidas. Ya desde el primer día de clases sabíamos que ese era el último tramo antes del mundo adulto. Poco nos importaba estudiar y menos la universidad. Sólo pensábamos en el viaje a Bariloche y las salidas del fin de semana. Algunos no teníamos ni idea de qué carrera universitaria seguiríamos. Si es que decidíamos seguir. Una de las cosas que más nos gustaban -hablo de año 1989- era ir al Ital Park. Aprovechábamos que se pagaba un pasaporte más o menos accesible que nos permitía subir a todos los juegos. Incluía el prefrido: El laberinto del terror, donde unos tipos disfrazados te esperaban en pasillos oscuros y se aparecían de la nada para asustarte. Era lo más parecido a un Disney, casi inalcanzable para nuestras familias.

Me acuerdo especialmente de un fin de semana de otoño que lo empezamos un sábado a la tarde en el Ital Park y lo terminamos el domingo a eso de las 7 de la mañana jugando al pool en el bar Los 36 billares. Éramos menores de edad y nos significaba un gran descubrimiento que el nuevo día nos encontrase rodeados de viejos tangueros. A Los 36 billares habíamos llegado en plena madrugada caminando desde Libertador y Callao. En ese camino, cuando estábamos por Avenida de Mayo, a la altura del cine Lara, donde durante once años pasaron la película de Led Zeppelin La canción es la misma, nos detuvo la policía. Nos hicieron parar contra una pared, pidieron documentos, amagaron detenernos y se divirtieron bastante con nosotros, adolescentes de 17 años con poca calle y mucho miedo de terminar presos. Si lo recuerdo es porque ese domingo Independiente, que le peleaba el torneo a Boca, tenía que ir a jugarle la Bombonera. En mi casa había una enorme expectativa por aquel partido.

Aquellos días hoy los identifico con el sabor de esa melancolía que viene de a poco; esa especie de melancolía que se anuncia como el final de algo. En este caso el fin de mi asistencia al colegio al que fui toda mi vida y el paso a nuevas obligaciones. No volví a pensar en esos tiempos hasta que hace unos meses devoré el que para mí será uno de los libros más entretenidos del año. Me refiero a Ital Park, de Mariano Favier, publicado por editorial Marciana.

Jamás se me había ocurrido que desde la ficción alguien podía describir con tanta realidad aquel parque de diversiones. Un año después de aquella salida con amigos, el 29 de julio de 1990, murió una chica tras desprenderse uno de los coches de un juego que se llamaba MatternHorn. El parque no volvió a abrir. Ahora hay una plaza.

“Durante dos años interpreté a un ser de ultratumba en el Laberinto del terror. Mi uniforme consistía en un pantalón Pampero, remera negra manga larga, pasamontañas o máscara”, arranca el relato de Favier, en la piel de un ex empleado del parque de diversiones. ¡Y es tal cual! Veinticinco años más tarde aquello resulta ingenuo. Pero esa carpa gigante era un verdadero viaje al miedo. “Lo que queda es la inocencia y la fantasía. La gente que llegaba de todas partes. Las historias que inventábamos para divertirnos. A los japoneses les decíamos que las luces del Puente Avellaneda eran las de la costa de Montevideo. A los brasileños les hacíamos creer que el que había diseñado el parque era uno de los ingenieros que había construido Disneylandia. Que la semana pasada había estado por tocar Phil Collins pero una gripe lo había hecho suspender y entonces tuvieron que llamar a Lerner. Que había un proyecto para transformar los bichos y que anduvieran a energía solar. Que los visitantes cuyas entradas tenían un número de serie capicúa se convertían en invitados gratis de por vida. Todavía hay gente que conserva esas entradas y me pregunta si les hubieran servido. Y yo me los quedo mirando y sonrío: hay que mantener viva la magia”, se lee.

Lo que sigue es un desfile de testimonios, personajes queribles y hechos hilarantes que logran mantener viva la magia del Ital Park. Favier describe cómo era el trasfondo del parque a través de las tareas del equipo de mantenimiento. Aparece un pibe que se considera el modelo más lindo del mundo y una madre que no quiere dar el brazo a torcer en su demanda irrisoria porque a su hijo no le dieron un premio. Y así, más y más personajes.

Ital Park va y viene en el tiempo. En una de esas idas recuerda que algunos juegos están dispersos tras su cierre. Seis o siete, se lee, fueron a parar a un parque de Luján.: “Un Mickey triste da la bienvenida y señala los precios desde un letrero. Cumbia a todo lo que da”. Los restos de otro juego están en una casa en Villa Luro y alguien se empeña en recuperarlo.

Favier da cuenta de un registro de fallas de los juegos y de un cuarto al que iban a parar los elementos perdidos del público. Por ejemplo, “una muñeca Yoli Bel, que llora al apretarle el estómago”. Fue encontrada “en el banco de plaza del acceso al sector 2 de juegos” y su destino es que “permanezca en recepción por tiempo indeterminado”.

No faltan la menciones al legendario Pumper Nic (para los que no saben, era un McDonalds de entonces). Hasta aparecen Los abuelos de la nada, banda de gran convocatoria. “La gente los saludaba y les pedía autógrafos. Le pregunté a un chico quiénes eran y me contestó, entre burlón y escéptico: ‘Miguel y Cachorro’. Me pareció un buen nombre para un dúo de humoristas o títeres”, se recuerda acerca de una de las tantas convulsionadas tardes-noches del Ital Park.

Más allá del recuerdo, en Libertador y Callao no hay rastros de aquellos juegos. Allí, tras su clausura, iba a levantarse un hotel. Pero desde 1998 está el Parque Thays.

Aquel domingo de abril del 89 Independiente le ganó 2 a 1 a Boca en La Bombonera. En la anteúltima fecha, en cancha de Ferro, el Rojo le ganó a Deportivo Armenio y fue campeón. Yo estaba ahí.

Al año siguiente, el Ital Park cerraría sus puertas. Y un año después Ricardo Bochini, lesionado, jugaría su último partido. A mis amigos del colegio los seguí viendo un tiempo más. Uno me contactó, no hace mucho, para que me sume al reencuentro. Una especie de grupo de autoayuda para intentar un imposible: detener al tiempo o aferrarse al pasado. Hay cosas que no tienen sentido. De todo eso me acordé mientras leía las páginas de un libro que reflejó parte de mi historia y mi generación. Se llama Ital Park. No se lo pierdan.

EL RUGBY Y UNA MUERTE MUY CERCANA

EL RUGBY Y UNA MUERTE MUY CERCANA

Por Alejandro Duchini

 

Gonzalo Castro, el pibe de 20 años que murió este sábado jugando al rugby, es el hijo de mi primo, Hernán. Una tía me llamó a las dos o tres horas de su muerte para contarme lo que pasó. Me quedé pasmado. Entendí -una vez más- qué tan fino es el hilo que separa la muerte de la vida. Pensé en el dolor de mi primo y en Romina, la mamá de Gonzalo. Escuché de fondo a mi otra tía -Alicia, la abuela de Gonzalo- llorar y no quise hablar con ella: no sabía qué decirle. La muerte no siempre tiene palabras. A veces es un espacio en blanco hasta que se pueda llenar con algo que valga la pena. Y si no, mejor el silencio. Pensé, también, que a Hernán y a Romina les pasaba lo peor que nos puede pasar: perder un hijo. Tuve miedo. Muchísimo miedo.

Nunca pensé que mi familia sería noticia. Menos por algo así. Pero pasa. A poco del hecho, algunos medios empezaron a informar. La agencia DYN despachó un cable en el que contaba cualquier cosa. Lo levantaron algunos portales. En consecuencia, se informó cualquier cosa. Este domingo la noticia se viralizó. Daban por seguro lo que aún es incierto. A esta hora, mientras escribo, el cuerpo de Gonzalo sigue en la morgue a la espera de que le hagan la autopsia. Hasta entonces no se puede saber algo. Hubo un portal -tal vez más- que publicó que el chico murió por un golpe en el tórax. ¿Nadie piensa en la culpa que puede sentir el presunto jugador que presuntamente lo golpeó y presuntamente le causó la muerte?

Hay, de momento, una sola certeza. Es la ausencia de una ambulancia. A Gonzalo lo tuvieron que trasladar en un auto particular hasta un hospital, donde aparentemente llegó muerto. ¿Cómo puede ser que no haya ambulancias en estos partidos, por más que sean de inferiores, intermedias o cualquier otra categoría? ¿Cuándo evolucionarán los dirigentes deportivos? No me refiero sólo a los del rugby, sino a los de todos los deportes. Pareciera que la vida humana les significa nada. Hace dos años, Emanuel Ortega, de San Martín de Burzaco, murió pocos días después de golpearse la cabeza contra un muro en un partido ante Juventud Unida, por la Primera C. Su muerte causó conmoción y promesas de que la seguridad mejoraría. Ni los dirigentes, ni Agremiados ni los propios jugadores avanzaron en ese sentido. Las canchas siguen rodeadas de paredes de cemento.

Gonzalo, me cuenta mi tía Alicia este domingo por la noche, estuvo un año sin jugar por un problema en la rodilla. Volvía este sábado, en el fatídico partido contra Floresta Rugby Club. El rugby era su pasión. “Si me muero en este partido, me creman y tiran mis cenizas en la cancha de Independiente”, le dijo a su madre en lo que ahora suena vaticinador. “¿Sabés por qué era hincha de Independiente?”, me pregunta mi tía. Lo sé: porque a su papá, Hernán, que era de Racing, mi viejo lo hizo del Rojo cuando era muy chiquito, a fines de los 70. Y él a su vez le transmitió el sentimiento Rojo a su hijo.

El miércoles pasado había cumplido 20 años. Los iba a celebrar en familia, en la casa de sus abuelos. En la heladera de mi tía quedó la torta. Tiene (¿tenía?) una hermana de seis años -Alma- que el sábado a la noche no entendía por qué los festejos se suspendían. Nadie sabía cómo contarle lo ocurrido. Hace unas horas alguien se las ingenió para que lo sepa. Esta semana, Gonzalo tenía una entrevista de laburo, me dice otro familiar. Había, como se ve, muchos sueños por delante.

Habrá que investigar los silencios y las complicidades, si es que las hubo. Entre ellas, que Gonzalo no tenía apto médico; o que jugó a nombre de otro. No entiendo por qué un dirigente del Berazategui Rugby Club llamó a su mamá para pedirle que no arme escándalo. El club, en su muro de facebook, lamenta lo ocurrido. Y dice:  “Otro ángel que nos alienta desde arriba”. Ahora, con la muerte consumada, entiendo que hay frases muy muy pelotudas. “Otro ángel nos alienta desde arriba” es una de ellas.

“Es un garrón”, me dice su papá, el sábado a la noche, desde el hospital. Un familiar me pasó con él sin que se lo pida. No sé qué decirle. Pero él me dice eso y me lo repite y lo noto lento. Todos están con rivotril para soportar el dolor. Recién unas horas después entenderán que un médico les dijo que no dejen todo así. Que esta muerte es una “muerte dudosa”.

La única certeza es el dolor. O lo que me tía Alicia define como “una agonía interminable”. “Una película de terror en la que somos protagonistas y que no tiene final”, compara enseguida.

Un rato más tarde (ahora, en la medianoche del domingo) siento en el pecho impotencia, tristeza y miedo. Subo a la habitación de Malena, mi hija de tres años, y me aseguro que duerme. Mis otros dos hijos, Ludmila y Santiago, están bien, me cuentan desde la casa de su madre.

Se viene una semana difícil.

“PAPÁ, SOY DE BOCA”

“PAPÁ, SOY DE BOCA”

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Imágenes: Nicolás Borojovich

Mi ex esposa y madre de mis dos hijos mayores es una persona de palabra. A pocos días de separarnos me prometió que haría lo posible para que ellos no me quieran. Me lo gritó después de una discusión, cuando yo me iba de la que había sido mi casa. “Voy a hacer todo para que los chicos te odien”, gritaba mientras me alejaba y me taladraba con su voz. Se ve que en verdad se ocupó del tema porque tres años después Ludmila dejó de hablarme. Tenía 9 cuando me mandó un mensaje en el que me pedía que me alejara de sus vidas, que yo era un escollo para ella, su hermano y su mamá. Años después, cuando cumplió 15, lo único que supe de su fiesta fue el nombre del salón.

Santiago, más chico, solía hablarme a pesar de que le decían que yo era como un Darth Vader sin retorno. Aunque a veces se enojaba por nada y ni el teléfono me atendía. Inclusive, manejaba 250 kilómetros para visitarlo en su pueblo y al llegar me decía que no me quería ver. Resignado, me volvía sintiendo que era Han Solo sin Leia ni Chewbacca y rezaba para que el Halcón Milenario no me dejara a pie en aquellas rutas desoladas.

Pero hay un detalle en el que quiero detenerme. Tiene que ver con esa estocada que los padres futboleros, cuando recibimos, sabemos que es poco menos que una herida de muerte. Se trata de la maldición de que a un hijo lo hagan hincha de otro club. ¡Ah! ¡No hay golpe peor! Es como que tu propio ego te moje la oreja.

Jamás olvidaré la sonrisa de Santiago aquel sábado a la tarde en que al pasar a buscarlo salió de su casa con una camiseta de Boca. Era una Nike nuevita, sin número ni nombre. Tampoco tenía dedicatoria: bien podrían haberle puesto -reluciente y en la espalda- algo así como “Para papá. Con cariño”. Al menos en eso hubo piedad.

Lo miré y no pude disimular mi asombro. Pensé varias cosas en escasos segundos. Entre ellas, hacernos un ADN. ¿Será hijo natural mío ese chico igual a mí, que tiene mis mismos rasgos y del que todos dicen que de cara somos idénticos? ¿Será posible que me salga bostero, cuando la herencia indicaba otra cosa?

Yo había planificado de manera meticulosa cómo manejar el tema del club de fútbol con cada uno de mis hijos. Pero se ve que no hice bien los deberes. No contaba con que del otro lado había una fundamentalista del mal tan dispuesta a todo. A Ludmila le conseguí una mamadera con el escudo del Rojo en plena gestación. Fue la primera que utilizó. Encima, fue testigo directa del título de 2002. Ella también tenía su camiseta, que se la compré en la cancha, tras un partido que se jugó un sábado a la noche cuando el campeonato era casi un hecho. Al nacer, Santiago ya tenía remera y calzón para cuando dejara los pañales. Después fue el turno de la pelota. Era una Umbro número cinco que le regalé para un cumpleaños. Ahora la tengo guardada en un placard, desinflada y a la espera de que alguna vez cambie de idea. A Malena, primera hija de mi matrimonio actual, la recibimos con gorrito y babero del CAI. Están las pruebas: los luce en sus primeras fotos, en la clínica. También recibió su roja ropa alusiva.

AleWarhol03Como la infancia de Santi fue de vacas flacas en cuanto a resultados deportivos, cuando venía a mi casa en Buenos Aires a pasar su fin de semana ponía manos a la obra a lo planificado. Le hacía ver videos de Bochini sin decirle que eran del tiempo en que yo tenía su edad. Le mostraba a los jugadores de los ochenta dando vueltas olímpicas: después de algunos minutos paraba, ponía cara de agotado y le decía que seguiríamos después porque me mareaba de tantas vueltas. Antes me aseguraba de que las imágenes fuesen a color. Le cantaba canciones futboleras y le mostraba a la hinchada roja envuelta en banderas y celebrando títulos del pasado. Los parlantes a un volumen relativamente alto hacían más épico el momento. Como el estadio había sido demolido y en su lugar sólo había escombros, le mostraba fotos de cuando estaba habilitado. En ellas, siempre lleno de hinchas. Le decía que la cancha de River la habían reconstruido unos militares asesinos y que a la de Boca le faltaba un pedazo. Que la de Racing había estado embrujada y que la de San Lorenzo no se sabía dónde estaría ubicada en el futuro. Si Independiente perdía, en vez de noticieros le ponía los canales con dibujitos. Así, vio casi todos los capítulos de los Backyardigans. Si ganaba, celebrábamos con Coca Cola, hamburguesas de McDonalds, helados y lo llevaba a PlayLand. Si quería cine, también. Pero en esos años se hizo habitual comer milanesas, carne al horno y patitas de pollo compradas en Carrefour.

A medida que crecía, le compraba otra camiseta roja acorde a su tamaño. También trataba de que no faltaran en casa los productos que se publicitaban sobre el pecho de los jugadores. Hubo un tiempo en que se promocionaba a Ibupirac. Me inventaba dolores de cabeza que me curaba con esas capsulitas. “¡Qué bien me siento ahora, Santi!”, le decía. “Tomé la pastilla de Independiente y estoy genial. Vamos a la plaza”, lo invitaba con una vitalidad demasiado exagerada. A partir de ese momento no dejaba de sonreírle. ¡Up! La vida color de rojo.

AleWarhol02Pero ahora estamos en su pueblo y el panorama es desalentador.

-¿Qué hacés con esa remera, enano? Si vos sos del Rojo…-, fue lo único que me salió.

-No, soy de Boca. Mamá me dijo que te ibas a poner contento de verme con esta camiseta.

Él sonreía y yo lo miraba perplejo. Pensé en mis esfuerzos por hacerlo de Independiente. ¡Tanta planificación para nada! ¡Diablos! Iluso, yo, que imaginaba que él continuaría el camino iniciado por mi papá. Que soñaba con que alguna vez iríamos juntos al Libertadores de América y celebraríamos un título de campeón, abrazados como solo un padre y un hijo se pueden abrazar en una cancha.

¡No! Al contrario. Lo imaginé frente en el probador de una casa de deportes luciendo la de Riquelme. Me pregunté si se habría llegado a probar aquella suplente de color rosa. ¿Con cuál de todas las combinaciones de camisetas modernas creadas por la historia y reafirmadas por el mercado habrán planeado este crimen? ¿Con qué color querían pintar la escena de mi asesinato? ¿Qué flores mandarían a mi entierro? ¿Azules, amarillas?

Hice como si nada y nos subimos al auto. Tal como le había prometido el día anterior, fuimos al cine. En el viaje casi no hablamos. Mi cabeza era una coctelera de amargura y bronca. No me salían palabras. Dios y el diablo definían a penales mi destino mental.

Hasta que llegamos, estacioné y le dije que tenía que cambiarse la remera para ir a ver la película. Así que le alcancé una con el escudo de Superman, comprada unos días antes y prolijamente guardada en el baúl del coche.

-Ponéte ésta, campeón, que está buenísima y es nueva. Te la compré para que la estrenes hoy.

-No, papá, voy con la de Boca-, me dijo.

-No, con la de Boca, no. No podés entrar al cine llevando una de Boca. Ponéte ésta.

-No.

-Si.

-Entonces no bajo. No voy.

-Bueno, como quieras. No vamos al cine. Nos volvemos.

-Bueno, dame la de Superman.AleWarhol04

RELOJES

RELOJES

Por Alejandro Duchini

La primera vez que vi tan vulnerable a mi padre fue aquella noche en la que salimos campeones de la Copa Libertadores, en el 84. Empatamos 0 a 0 la revancha con Gremio, en Avellaneda, y nos quedamos con el título porque en la ida, en Porto Alegre, ganamos 1 a 0 en el que todavía se recuerda como el partido perfecto. Aquellos eran tiempos en que todo iba bien. Independiente tenía un equipazo, contaba con su máximo ídolo (Ricardo Bochini) y era campeón de cada cosa que jugaba. Todavía iba a la cancha con mi papá y mi padrino. Tenía 12 años y todo, pero todo, estaba por hacerse.

Después del partido, cuando enfilamos hacia el estacionamiento, donde estaba nuestro Torino, y en medio de la euforia, vimos que la gente empezaba a desbandarse. Volvían a las corridas desde la calle. Después sabríamos que un grupo de barras empezó a robar a los mismos hinchas del Rojo. Mi viejo alcanzó a meterme en el auto para protegerme y se quedó afuera, con otras personas, mirando qué pasaba. Lo que siguió habrá durado dos o tres segundos, pero todavía lo recuerdo en cámara lenta. Alguien le levantó el puño de la campera a mi papá y cuando vio su reloj tironeó y salió corriendo. Mi padre reaccionó tarde. Alcanzó a gritarle algo, pero el ladrón ya estaría por la cancha de Racing de tan rápido que corría. Algunos le preguntaron si estaba bien y esas cosas, pero un instante después ya se habían olvidado del asunto. Menos mi papá y yo, que siempre recordamos aquel Seiko blanco que tanto orgullo le daba.

Lo recuerdo porque en estos días, para su cumpleaños, le regalé a mi hijo Santiago su primer reloj “de verdad”. Quiero decir, ya le había comprado otros pero eran de esos para chicos. El que le regalé ahora es de los que pueden usar los adultos que quieran algo moderno. Lleva un dibujo de un personaje que le gusta mucho: Kylo Ren, de Star Wars. El primer reloj “de verdad” (junto a las llaves de casa) marca algo especial. Al menos a mí me pasó. No soy el único. Osvaldo Soriano escribió en una columna titulada Reloj: “Pierre Ausoline cuenta, en su monumental biografía de George Simenon, que una de las mayores culpas que pesaron sobre la conciencia de creador de Maigret fue la de haber entregado el reloj que le había dejado su padre a cambio de una noche de prostíbulo. Simenon nunca pudo recuperarlo y desde entonces vivió rodeado de péndulos, despertadores y minuteros. A todo el mundo le regalaba relojes pero, perdido el de su padre, nunca pudo tener uno que fuese realmente suyo. ‘La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo’. Con esa cita de Simenon abre Ausoline el meticuloso recorrido de una vida tantas veces maquillada por el escritor en sus Memorias íntimas y otros libros de recuerdos. El reloj perdido en las bragas de una prostituta negra recorre una colosal obra de trescientos cincuenta títulos”.

Desde aquel robo en la cancha, papá no volvió a usar reloj hasta muchos años después. Tal vez porque la plata no le alcanzaba para uno de similar calidad y no quería reemplazarlo por otro todoterreno. Pero para mi cumpleaños siguiente me llevó a una relojería de la avenida Alberdi, en Mataderos, y me compró un Election azul, con agujas. Era demasiado formal, elegante. Para adultos. Yo quería uno digital, marca Cassio, y de ser posible con la novedosa calculadora, como tenían algunos de mis amigos. Algo más moderno. Pero no dije nada porque entendía que había que respetar esa solemnidad. Le dije que me gustaba y defendí aquella formalidad frente a la canchereada de mis amigos con Cassio de última tecnología. Supongo que esa defensa era, en el fondo, una defensa a mi padre. ¿De qué? No lo sé. Pero algo de eso hay.

Con el tiempo tuve mi digital. Y más relojes. Hasta que dejé de usar: en los últimos años, para saber la hora miraba el teléfono celular. Pero no era lo mismo. Hace unos meses me compré un reloj negro con agujas blancas. Muy parecido a uno que me regaló mi tío Eduardo a mis 7 años. Lo trajo de un viaje al exterior. Era sumergible y de buena calidad. Similar a los que se usaban en la Fórmula 1. Me duró 24 horas: al día siguiente, mientras jugaba en la vereda con mi amigo Alejandro, vi -no sin estupor- que se había roto el vidrio justo en el medio. Enseguida, mi mamá me llevó a varias relojerías del barrio pero no encontramos un cristal de la misma calidad. Así que le pusimos uno barato que se despegaba cada dos por tres. No duró mucho más, y nunca lo pude olvidar. Igual que el Election. Esos fueron los relojes que me marcaron.

Para darle el reloj a Santi viajé cinco horas hasta su casa, donde vive con su hermana y su mamá. Durante el viaje no pude dejar de pensar en aquel Seiko ni en el Election ni en el de mi tío. Como ahora, que pienso en el original de Star Wars. Con Santiago tenemos en común el gusto por Star Wars. No se hizo de Independiente. Independiente ya no gana copas. Cada vez que pienso en aquella noche en la que le robaron a mi papá caigo en la cuenta de que pasaron más de treinta años, apenas algunos pocos campeonatos más y un descenso. No sé si estas líneas las escribo para reiventar los hechos o para conservarlos.

El tiempo no deja de avanzar. Y lo marcan las agujas de cada reloj propio o ajeno al que me aferro.