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VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

Por Alejandro Duchini.- El 5 de julio de 2009 se cumplieron diez años de un partido histórico: en la última fecha del Clausura 2009, el Huracán de Ángel Cappa visitaba al Vélez de Ricardo Gareca. Con un empate, era campeón. Pero los de Liniers, y más allá de las polémicas -que las hubo-, hicieron valer su poderío y regularidad, ganaron y se quedaron con el título. Los periodistas Pedro Fermanelli y Marcelo Benini recuerdan aquella tarde en La final bastarda, un libro que publicaron de manera autónoma y en el que cuentan con detalles lo que envolvió a esos 90 minutos. Como el hecho de que el árbitro Gabriel Brazenas no volvió a dirigir. Casi una década después lo encontraron. Hubo diálogo y también una invitación a pelear. “Ya saben dónde encontrarme”, les desafió el ex juez que convalidó el gol de Maxi Moralez a los 39 minutos del segundo tiempo. Un segundo antes, el ex Huracán Joaquín Larrivey había chocado con el arquero Gastón Monzón, quien se quedó protestando la jugada, y Moralez aprovechó para convertir. Así, Vélez sumó así 40 puntos contra los 38 de Huracán y de Lanús.

El mismo Monzón, que cayó en el ostracismo, habló con Fermanelli y Benini. Al arquero aún le dura el encono por ese partido que se jugó en un Amalfitani repleto. La mayoría de los espectadores asistieron con barbijos debido a la amenaza de una epidemia de gripe. Incluso, unos cuantos espectáculos públicos habían sido suspendidos. Con historias jugosas, los autores invitan a una lectura placentera y abundante en datos: entrevistaron en los últimos tres años a los protagonistas y personajes secundarios y en algunos casos influyentes (más de 120 notas), buscaron archivos y analizaron situaciones. La final bastarda fue gestionada por ellos mismos y para adquirirlo se puede contactar a los autores a través del mail lafinalbastarda@gmail.com. Una manera concreta de apoyar al buen periodismo independiente.

Fermanelli niega ante Libros y Pelotas que el libro sea una reivindicación del juego de aquel Huracán de Cappa: “En todo caso lo reivindica el hecho de que dos personas nos hayamos puesto a investigar los detalles de aquella historia, porque convengamos que Huracán no es una fuente habitual de libros periodísticos, sobre todo si hablamos de libros no partidarios. Dicho esto, es bueno aclarar que no es una oda al Huracán de Cappa. Damos una mirada de cómo se generó aquel fenómeno, cuál fue su recorrido y cómo terminó, pero no a modo de homenaje. Las idealizaciones suelen atrofiar los sentidos. Para mi gusto, mucho más valiosos que los adjetivos rimbombantes son las descripciones, las escenas, los datos narrados y la reproducción de diálogos reales. Además, por suerte existe YouTube, que preserva cierta memoria audiovisual de aquella campaña y permite a cualquiera, desde una pantalla, disfrutar de lo que hacía aquel equipo en la cancha. ¡Y eso es más divertido que leer sobre la triangulación de Bolatti, Defederico y Pastore!”. Y agrega Benini: “Claramente no es un libro reivindicatorio de Cappa, a tal punto que su figura apenas atraviesa el relato. Lógicamente recordamos el armado y la campaña de aquel equipo, porque sería forzado omitir su significado para el fútbol argentino, pero nuestro objetivo fue otro. Simplemente buscamos responder qué ocurrió el 5 de julio de 2009 y terminamos conociendo la lógica perversa de un sistema que no tenía como eje la justicia deportiva”.

De las charlas con entrevistados, Benini recuerda un momento álgido: “Durante algunos meses mantuve contacto con Brazenas, pero después de un entredicho me invitó a pelear. No volví a hablar con él. Es una persona áspera, impresión ratificada por la mayoría de los entrevistados”. Y continúa Fermanelli: “El denominador común en las entrevistas que hicimos con Brazenas por separado fue cierta arrogancia, sobre todo cuando habla de que los periodistas somos todos vagos y sólo googleamos. A ver: no es que nosotros vayamos a hacer una defensa corporativa del gremio, pero en definitiva la expresión, que no tengo dudas fue una provocación pensada con anterioridad y ejecutada en esos dos momentos, causa el mismo efecto que si yo le dijera ‘ustedes los árbitros son todos delincuentes’. Y lo que demostramos es que se puede hacer periodismo sin necesidad de googlear”.

“Lo que todo el mundo quiere saber es si en aquel Vélez-Huracán el árbitro estaba puesto, como se dice en la jerga futbolera. Yo creo que el libro va mucho más allá. Si el libro fuera solamente eso, lo podríamos resumir en un tuit: ‘tal persona recibió de parte de tal otra un dinero para que ocurriera tal cosa’. Y nos sobrarían caracteres. Esto no es una noticia, sino un libro donde hay una historia grande, coral, con sus respectivas texturas y matices. Creo que ninguno de esos dos equipos se merecía una final así, porque, con su estilo, los dos jugaban muy bien”, resume Fermanelli, quien agrega: “Quedó opacada la definición porque dos miembros de la terna arbitral desnaturalizaron el partido”. “Creo que es un título viciado, por el desarrollo irregular que tuvo la final. Brazenas no debió dirigir esa final. Estaba impedido por no rendir la prueba física y porque técnicamente era un árbitro deficiente, que había sido parado más de diez veces en una carrera de apenas siete años. En ese contexto, lo que ocurrió terminó siendo previsible”, completa Benini.

“Me costó volver a ver el partido y tuve que hacerlo casi diez años después, cuando escribimos este libro. Ahora que creo entender lo ocurrido, pude cerrar esa herida”, dice Benini desde su afecto por el Globo. Fermanelli, en cambio, aconseja: “Está bueno hacer el ejercicio de mirar ese partido de diferentes formas. Por ejemplo, sin volumen, para no contaminarse con la opinión de un tercero; con el audio de la transmisión oficial, con los comentarios de radios… Es increíble la cantidad de información nueva que surge cuando se hace ese ejercicio con semejante nivel de obsesión”.

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

Por Alejandro Duchini

Fotos: Nicolás Borojovich

Pocas veces un club de fútbol de los grandes estuvo tan mal como San Lorenzo entre fines de los 70 y principios de los 80. En esa época, perdió su histórico Gasómetro, sobre avenida La Plata. El último partido se jugó el 2 de diciembre del 79. Entonces tuvo que irse de Boedo. El desarraigo barrial fue tremendo. Una herida que no cicatrizó y que tal vez jamás cicatrizará. En ese estadio había, además de historia y goles, espectáculos de toda índole: boxeo, atletismo y hasta catch. Martín karadagián llegó a pelear ahí.

San Lorenzo se quedó sin figuras y sin goles. Apeló al Toto Lorenzo pero no alcanzó. En la última fecha del campeonato de 1981 -el que Boca ganó con Maradona, Brindisi y Perotti- perdió la categoría. Argentinos Juniors -su rival en la pelea por no descender- le ganó 1 a 0 y se puso arriba en la tabla por un punto. Con el empate, San Lorenzo se salvaba.

El Gasómetro era entonces un lugar abandonado, con pasto alto y tribunas rotas que se desarmaron para que Carrefour levante su supermercado. “En vez de cancha tenés changuito”, se burlaban las hinchadas rivales.

Las canchas en las que fue local en el ascenso fueron las de Vélez, Boca y River. Había empezado en Ferro, pero le quedó chica. Fue una revolución. San Lorenzo renació. Llenó tribunas y plateas a más no poder. Liniers se identificó con el azul y rojo. El Toto Lorenzo se fue a mitad de campeonato y lo reemplazó José Yudica.

El equipo era tremendo. Pero se destacaba Rubén Darío Insúa, un volante genial que hizo el gol de penal con el que San Lorenzo logró el ascenso ante El Porvenir, en River, el 6 de noviembre de 1982, hace 35 años.

Al año siguiente casi consigue el campeonato Metropolitano, que lo perdió ante un Independiente increíble dirigido por Pastoriza y comandado por Bochini. Ese San Lorenzo tenía como técnico al Bambino Héctor Veira. Caso raro el del Bambino: los medios de (des) comunicación le dan todavía lugar para que haga chistes y comente fútbol aún cuando estuvo en la cárcel por abusar de un menor de edad. Como sociedad, deberíamos pensar un poquito más en eso.

San Lorenzo marcó historia de la buena. No tuvo cancha pero sus hinchas llenaron cualquier lugar en el que jugaba el equipo. En los 90 levantó su estadio en la Ciudad Deportiva, en el Bajo Flores, y hasta fue campeón en el 95, dirigido de nuevo por Veira. También ganó su primera Copa Libertadores. Ahora sueña con volver a Boedo.

Es, San Lorenzo, uno de los equipos con mejor literatura del fútbol argentino. Por lejos. Entre sus hinchas estaba nada menos que el gordo Osvaldo Soriano, quien sufrió desde el exilio aquella campaña del descenso. Una de sus mejores notas la hizo con su ídolo, José Sanfilippo, a quien entrevistó entre las góndolas mientras le contaba que donde estaba la leche había mandado un centro o donde cortaban la carne había hecho otra cosa. El gran Horacio Convertini, el genial Fabián Casas y el autor de policiales Marcelo Luján son también algunos de sus hinchas que andan entre las letras. Mis colegas Fabián Galdi y Alberto Dean, grandes periodistas que se formaron en la vieja redacción de Crónica, también tienen su corazón azulgrana. Dean escribió uno de los mejores libros sobre el club: San Lorenzo querido – 100 años de pasión. Pero hay más. No se pierdan, aunque sean de Huracán o de cualquier otro, San Lorenzo de los milagros, donde Román Perroni recorre “el fenómeno social de 1982”. Abundan detalles y sobra emoción. Pablo Lafourcade tituló Ningunos Santos a su investigación sobre los descalabros que casi dejan a San Lorenzo en su segundo descenso, hace pocos años. Un equipo de hinchas-escritores (Casas y Convertini, entre ellos) dieron vuelo a la pasión con Cuentos cuervos. Y si quieren más melancolía, hace unos meses se publicó Los tesoros del Gasómetro, una gran investigación en la que su autor, Pablo Calvo, recuerda la vieja cancha y sueña con el regreso.

Hace 35 años, entonces, San Lorenzo resurgía de sí mismo. Volvía a nacer con canchas llenas y buen fútbol. Fue un caso único, inolvidable, que provocó admiración en los hinchas de cualquier otro equipo. “Cuervo, mi buen amigo, está campaña volveremo’ a estar contigo, te alentaremo’ de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón, no me importa lo que digan, lo que digan los demá’…”, cantaba la hinchada cuerva cada sábado. Y San Lorenzo volvió a su lugar: la Primera.

IMPERDIBLE BIOGRAFÍA DEL TURCO GARCÍA

IMPERDIBLE BIOGRAFÍA DEL TURCO GARCÍA

Por Alejandro Duchini.

Las biografías de los deportistas suelen ser formales. Muy parecidas unas a otras. Pero “Este soy yo”, la del ex jugador de Huracán y Racing Claudio García, que acaba de publicar editorial Planeta, saca una gran ventaja en el género. Quien pensó en él como personaje, sin dudas tuvo una idea brillante. Porque encontró en García a alguien que supo dotar de humor a la parte de su vida que se lo merecía y contar con seriedad la más triste.

Más allá de sus goles y provocaciones dentro de la cancha entre los años 80 y 90, cuando jugaba, el Turco es conocido en el ambiente futbolero por su adicción a las drogas. Que es un tema que tienta a cualquier editorial. Pero en estas casi doscientas páginas no se apela al golpe bajo ni ejemplificador. Por el contrario, el libro se podría dividir en dos partes. En la primera se cuenta su paso desde la niñez hasta el retiro; la otra tiene que ver con el descontrol y la lucha por salir.

La forma en que el ex futbolista y actual descubridor de talentos de Racing describe lo que le pasaba sacará una sonrisa al lector. Y habrá varias en el camino. Así como está contada su vida, “Este soy yo” se asemeja a una buena novela, porque se lee como tal. Es una historia de ascenso, caída y lucha por reencaminarse. García escupe todo. Y muestra que la vida del jugador de fútbol no es tan bella como creemos. Sobre todo tras el retiro. Ahí aparecen las drogas duras, la adicción, la desesperación por conseguir cocaína, las visitas en madrugadas a las villas donde se ha convertido en un cliente habitual. También las noches en que, colocado, se acostaba con prostitutas, se trompeaba con algunos -incluyendo futbolistas a los que dirigía- y se quedaba solo durante días en su casa para pasarse de merca.

Hay una pareja -Mariela- que lo banca, recuerda García. Un hijo al que no acompaña y a quien le pide disculpas desde este libro que, tal vez, sea una forma de redimirse. Y hay también alguien que lo encamina hacia la recuperación. Esa experiencia positiva le sirve ahora para aconsejar que el de las drogas es un camino triste y casi siempre sin retorno.

A continuación, algunos pequeños textos de “Este soy yo”.

“Mi historia no empieza como la de muchos futbolistas. No tengo fotos en las que duermo abrazado a la pelota ni en las que soy la mascota de un club de baby fútbol. Tampoco los domingos pegaba la oreja a la radio portátil para escuchar los partidos. El fútbol recién apareció en la segunda parte de mi infancia, cuando nos mudamos a Lugano 1 y 2. Yo tendría 8 o 9 años. Antes habíamos vivido en Fiorito, a seis cuadras de la casa de Diego Maradona, pero yo no tuve nada que ver con los Cebollitas. A él siempre lo jodo con que mi casa era más linda porque tenía vista al mar. Al Riachuelo, en realidad”.

“Cuando la selección argentina ganó el Mundial del 78 nos fuimos de Lugano con los camiones a festejar al Obelisco. En vez de campera, yo llevaba una frazada y, no me olvido más, me tiré arriba de una vidriera y me llevé un Grundig. Veo las teles finitas de ahora y me río. ¡Este era recontra pesado! Cuando llegué, agotado, a mi casa, mi viejo me quería matar. Y le dije: ‘Si no querés que salga a chorear con un fierro, dejá el Grundito acá. Esto fue un descuido’. Hasta ese momento, para ver en colores, yo ponía el celofán delante de la tele. Si ponía azul, veía todo azul. Lo cambiaba y ponía uno rojo y veía todo rojo. Veía colores pero de a uno. Igual se me armó flor de quilombo con mi viejo y le prometí que nunca más iba a robar nada y le cumplí: nunca más toqué nada. Las opciones eran chorro o vivir del fútbol, laburar nunca”.

“En las canchas que estaban entre los edificios empecé a jugar a los 11 o 12 años. Era muy amigo de Roberto y Rubén Juntade, que son los que hoy enseñan a manejar en el Autódromo. Ellos me pusieron Turco. Yo me desesperaba cuando jugaba y les decía “dejala, dejala”, y de decirlo tan rápido me salía ‘jala, jala, jala’. ‘Parecés un turco’, me jodían. Y de ahí quedó”.

“Yo estaba jugando al truco con unos jubilados en Lugano. Cuando necesitaba unos mangos, jugaba contra ellos porque les miraba en el reflejo de los anteojos las cartas que tenían”.

“Terminó el primer tiempo, uno a cero abajo, nos fuimos al vestuario. Mientras Houseman se fumaba un cigarrillo, Vigo hablaba y pasaban los minutos y yo por dentro decía ‘este viejo me dijo que me iba a poner y no me pone’, estaba re-caliente. Termino de decir eso y escucho: ‘Nene, caliente’. ¡No me podía levantar! me faltaba el aire, me ahogué, no sé si era ataque de pánico o qué. Empecé a calentar en el vestuario y cuando salimos me llevé puesta la tapa del túnel, que era de chapa, y me hice un tajo en la espalda. No necesité puntos pero cómo me dolía. Así y todo salí a jugar”. (De su debut en la Bombonera, contra Boca. Esa tarde le hizo un gol a Hugo Gatti. Huracán perdió 3 a 1).

“Cuando entré un poco más en confianza, era un planazo ir a la concentración, la pasaba mejor que en mi casa. Teníamos pool, flipper, jugábamos a las cartas, mirábamos la tele. A la noche me levantaba con un hambre tremendo. Teníamos una heladera tipo comercial que tenía jamón, queso, frutas, de todo. Yo el jamón lo conocía de las revistas, nomás, la fruta en casa era artificial y se usaba de centro de mesa. Me levantaba y cuando no me veía nadie me comía 3 o 4 fetas de jamón, tomaba un vaso de Coca, no lo podía creer”.

“A la gente de la Academia me la gané no tanto con goles, como se esperaba de un delantero, sino con ganas, con huevo. Como los que tuve en la 6ta (fecha) para ponerme el buzo horrible del Goyco. !Qué mal gusto que tenía Sergio Goycochea para la ropa! Lo echaron cuando iban 21 minutos del segundo tiempo, no teníamos más cambios y alguien tenía que ir al arco”.

“Mucha gente habla del código de fútbol, del vestuario. Eso es una mentira. Los códigos del vestuario son los mismos que tiene cualquiera en un bar. Son los de la vida”.

“Lo más divertido de ese viaje me pasó con el Loco Enrique. Fuimos a comprar alhajas y justo se escuchó la sirena que indica que es la hora de rezar. Ellos dejan todo, donde sea, se arrodillan en el piso y empiezan con su ritual. Delante nosotros teníamos las alfombras con los dijes de oro. Con el Loco nos miramos y no lo podíamos creer. Los dos veníamos bien de abajo, habíamos pasado hambre y sabíamos que no teníamos que afanar nada. Pero estaba muy tentador. ‘Ezto ez todo para nozotroz’, me decía él. Lo tuve que frenar un poco porque andá a saber cómo reaccionaban ellos si se daban cuenta. Era divino el Loco, ¡cada salida tenía!” (De su paso por Arabia, con la selección argentina).

“Una obsesión. La droga para mí fue eso. Todos los días pensaba en cómo conseguir plata para tomar cocaína. Pensaba si me iba a alcanzar. Cuánto me iba a durar. Una enfermedad total. La cocaína era mi vida”.

“Esos años fueron los peores. Mi señora empezó a verme distinto, yo tomaba a escondidas. Nunca blanqueé con ella hasta que me descubrió tomando en el baño. No sabía qué decirle”.

“La adicción la divido en tres etapas. Primero, la del disfrute. Me encantaba ir a comprar, esperar a que llegaran las minas, salir, divertirme. Después vino la etapa en la que se la tenía que caretear a mi mujer Ya empezó el sufrimiento de querer tomar a cada rato. Sentía que tenía que estar con el nene, pero yo quería tomar cocaína. Me iba al baño, me mojaba la cara, la quería pilotear cuando salía pero nada servía. Ella se daba cuenta. Seguía el disfrute pero solamente cuando estaba lejos de ella y del bebé. La tercera época fue cuando ya no me importaba nada: no iba a su casa, no le atendía el teléfono a mi mujer a la noche. Sólo pensaba en la cocaína”.

“Mi situación sólo empeoraba. Mucha guita se me fue en el vicio, pero mucho más en los gastos extra: nafta, hoteles, minas, lo que fuera. Ya no tenía ocupaciones, ni actividades, ni ingresos”.

“Si tenés la suerte de recuperarte, como la tuve yo, hay cosas que ya perdiste, como ver caminar a tu hijo por primera vez. A Yamil el primero que le hizo patear una pelota fue su abuelo. Eso me duele pero prefiero no encerrarme en ese dolor”.

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

Apasionado por Independiente, Mex Urtizberea explica a través de recuerdos por qué este deporte (y también Bochini) pueden marcar para siempre.

Por Alejandro Duchini.

Músico, actor, conductor, entrevistador y humorista. E hincha de Independiente. Mex Urtizberea (Ignacio Joaquín Urtizberea, su verdadero nombre) es un futbolero que desde hace siete años forma parte del staff del programa televisivo Pura Química. En tono de humor, se da el gusto de entrevistar a variados personajes; entre ellos, futbolistas. Y de esos futbolistas, a los de su querido Rojo de Avellaneda. En la charla que sigue, Mex recuerda su infancia en la Doble Visera de cemento, el pronto descubrimiento de canciones futboleras, los primeros ídolos y hasta aquella vez en la que desde la tribuna le cayó un rollo de papel de las viejas máquinas de calcular en la nuca: tanto le dolió que por un tiempo no volvió a una cancha. También habla de Bochini, su héroe; y lo hace de una manera tan hermosa que es imposible no sentirse atraído por el diez más grande que tuvimos los hinchas del Diablo.

El fútbol es, en este caso, una excusa para viajar a la niñez, recordar la calle con la barra de amigos y hasta revivir a algunos de esos jugadores que le regalaron inolvidables pedazos de vida. Pero es también un viaje al infierno tan temido del descenso y a la resurrección del club amado, encarada por los Benítez y Milito, como dice Mex. Es reírse, recordar, emocionarse y hasta reflejarse.

-¿Cómo nace tu relación con el fútbol y, particularmente, con Independiente?

-De chico iba mucho a la cancha. Me llevaba mi tío Cofla. ¡El tío Cofla! Así le decíamos al hermano de mi mamá. Toda su familia era de Independiente. Mi viejo (Raúl Urtizberea, reconocido periodista, 1928-2010) hinchaba por Estudiantes porque era de La Plata, pero no le interesaba mucho el fútbol. Es más, le molestaba: cuando en casa le cambiábamos el canal de televisión para ver un partido tenía una reacción muy dramática: se golpeaba el pecho y decía “cada vez que veo eso me hace un dolor acá”. Porque no quería que ver fútbol, que lo veíamos todo lo posible. Ya desde el 67 íbamos a la cancha. “Santoro; Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Dieguez y Tarabini”. ¿Viste cómo la canto todavía? Me la acuerdo. Mi tío nos incentivaba mucho.

-¿Cuál es la primera canción de cancha que recordás?

-Uuuuuhhhh ¡Me olvidé! Había tantas: “Avellaneda, Avellaneda, el campeonato qué bien te queda…”. De ahí salía eso de la formación: Bernao, Savoy, Artime… Ahí tenés, esa es la primera canción. La formación la aprendí de esa canción. Tenía el disco. “Independiente, orgullo nacional”. Era como un país aparte. Iba a la cancha y me acuerdo de cuando inauguraron la Cordero, arriba. Fui a ver un partido por Copa Libertadores contra Estudiantes y recibí un rollo de esos viejos, de cinta Olivetti, acá, en la nuca. Después de eso no quise volver a la cancha por un tiempo. La pasé muy mal, me asusté con aquel golpe. Tendría 12 o 13 años. Me cuesta recordar. Ese golpe me mató. No sé si todavía atajaba Carlos Gay o ya estaba Chocolate Baley. Después volví a la cancha.

-¿Jugabas a la pelota de chico?

-No. Eran mis dos hermanos, Gonzalo y Álvaro, quienes jugaban. Yo de chiquito hacía música, que era lo único que me importaba. Tocaba la batería desde los 6 años. Creo que recién a los 11 o 12 empecé a jugar, porque mis hermanos eran fútbol todo el tiempo. Atajaba para el equipo de ellos. Era un enano, pero me gustaba. Soy, un enano. Recuerdo que jugábamos en la canchita del barrio. Después empecé como defensor, con garra. Era rústico. Y más tarde, desde los 17 o 18, me mandaba como 5. Independientes, se llamaba nuestro equipo. Jugábamos en el Sindicato del Vestido, en el bajo de San Fernando. Aprendí a jugar al fútbol más de grande. Me encanta.

-Tu infancia estuvo marcada por un Independiente muy ganador.

-La de los 70 fue una época dorada. Teníamos un equipazo. Además viví toda la carrera del Bocha. ¡El Bocha! El otro día me hicieron una entrevista para un programa de Deborah de Corral que se llama Fuego. Vinieron acá, a casa. Tenían un video en el que me hablaba el Bocha y me trajeron una camiseta autografiada por él. Ahí la tengo la camiseta. ¡Qué divino! ¿Qué cosa rara la vida, no? Porque eso de ir a verlo, de tener una admiración increíble por él y ahora recibir una camiseta firmada, dedicada. Son esas cosas que da el hecho de trabajar en la tele. Está bueno que de repente aparezca Bochini y te diga “te regalo una camiseta”. Firmada. Toda mi vida fui a verlo y nunca pensé que ese tipo me iba a regalar una camiseta.

-Se te nota emocionado. ¿Cómo definís a Bochini?

-… El Bocha tenía una inteligencia del espacio que la tienen pocos jugadores. Era el anti-atleta. Tenía el cuerpo que parecía una heladera, las chapas que se le volaban. Lo mirabas y decías “este tipo no se dedica a jugar al fútbol. Se dedica a otra cosa”. Pero entraba a la cancha y era un mago, era una cosa rara lo que hacía. Hacía unos pases raros. Él era raro. Era raro como gambeteaba. No es que gambeteaba moviendo su cintura. Cambiaba los tiempos. Tenía un manejo del espacio. ¡Eso es! Un manejo del espacio y del tiempo. Como Maradona, Riquelme. Esos tipos… pocos jugadores saben manejar los tiempos. Te ponía una pelota frente al arco y no se sabía cómo lo hacía. El otro día vino Omar Larrosa y dijo que se cansó de hacer goles con Bochini. “Me dejaba solo frente al arco”, contó. Y otros jugadores decían lo mismo, como Bianchi, que dijo que su sueño era jugar con Bochini porque hacía todo más fácil para el 9. Se llevaba toda la marca. Era una cosa rarísima. Eso, inteligencia del espacio tenía. Nació con eso. ¡Y lo que provocaba en el hincha! Un tipo que nunca salió de Independiente. Creo que no tuvo la maduración emocional para tomar la decisión de irse a Europa. El tipo era como parte de… era Independiente. No podía ser otra cosa. Era un genio, realmente.

-Más allá de lo futbolístico, ¿qué te provoca el Bocha?

-Bochini es una alegría que tiene que ver con un recuerdo. Pertenece a un recuerdo divino. Si lo veo me lleva ahí, a ese recuerdo. No le pido más al Bocha. Es eso, el Bocha. Me da emoción. Hacía cosas geniales. Hay gente que está en otro lugar. Gente que tiene un don raro. Que hace cosas que no tienen nada que ver con los humanos. Como Messi, que verlo jugar provoca vértigo, una emoción en el pecho por ver a alguien hacer un pase mágico. Eso me provoca el Bocha. ¡Ese partido contra Talleres de Córdoba, el de la final del Nacional 77! Había metido un gol con la mano Bocanelli, que hizo así, y después expulsaron a Trossero, Larrosa y Galván. Un desastre. Todo mal. Pero estaba el Bocha. Eso es algo raro. Lo que hizo esa noche sólo lo puede hacer el Bocha, que podía tener la cabeza en otro lugar. Su frialdad es increíble. Ese tipo está en otro lugar.

 

SUS HÉROES, EN ESTE LÍO

-¿Qué otros jugadores del Rojo te deslumbraron?

-Bertoni. He visto jugadores tremendos. El Chivo Pavoni. Pancho Sá, Gustavo López, Clausen, Saggioratto, Percy Rojas, Alfaro Moreno, Garnero, Biondi. Te tiro los que me aparecen. ¡El Negro Galván! Me volvía loco el Negro Galván. Me gustaba jugar de 5 por él. No lo pasaba nadie. Después hubo muchos jugadores exquisitos, como Marangoni. Goleadores: Outes, que no lo quería la hinchada pero todos los domingos metía un gol. Yazalde. Siempre tuvimos buenos jugadores. El del 94, dirigido por Brindisi, fue el último equipo que me gustó. Jugaba divino, con velocidad. Era un equipazo. Pero más recuerdo aquellos de los 70 y 80, la época de Bochini, que era maravillosa. Hablo de un tiempo en el que los equipos duraban.

-¿Te gusta el Independiente 2016/2017?

-Le tengo mucha fe. Me gusta Milito. Creo que hará una buena campaña. Voy conociendo de a poco a los jugadores. Eso me cuesta. Soy un hombre mayor. Antes estaban, mínimo, cinco años en un mismo equipo. Hoy te dicen que viene tal o cual y no los conocés. Me pasa en Pura Química que nos visitan jugadores sobre los que me tengo que informar. Gracias a Pura Química me me mantengo informado.

-El programa te permitió, entre otras cosas, conocer a jugadores de Independiente.

-Si. Una vez vinieron Albertengo y Benítez. Benítez me desafió con que sabía hacer pastel de papas. Vino y lo hizo ahí, en este horno. Riquísimo. Muy rico de verdad. Me hace gracia Benítez. Me parece muy pícaro. Tuvo su momento divino. Ojalá que vuelva a tenerlo. Es un jugadorazo. Me gustan los jugadores pícaros. El otro día hicimos otro asado acá, con gente del Rojo.

-Siendo tan hincha de Independiente, ¿cómo viviste el proceso del descenso?

-No tengo un fanatismo como si fuese del grupo ISIS. Ya veía que el club estaba mal. La dirigencia era insostenible. Se hizo un desastre. Lo vaciaron. Después vino Cantero y no se entendió bien qué hizo. No pudo hacer nada. Era como … ¿viste cuando algo está fundido? No podíamos sostener esas luces de neón de que estaba todo fenómeno en la familia: pintemos el frente de la casa y listo, que parezca que todo está bien. Entonces pensé “bueno, hay que tocar fondo”. Tenía que pasar algo. Fue un dolor horrible. Pero sabía que era consecuencia de aquello. Se fue a la B porque estaba todo mal. Como cuando alguien se separa y todo explota y se va a vivir a un lugar peor. Era una consecuencia. No es que en el mejor momento del club pasó eso. Era todo malo, todo mafia. Estábamos acéfalos. Consecuencia de eso, descendés. ¡Una cagada! Eso es lo que me da bronca. Me molestan las dirigencias así. Por el contrario, me emocionan dirigencias como la de Alberto Lecchi, el vice de Temperley, que también es director de cine. Es divino. Tenés que hacerle una nota. Es un director de cine que hizo una bocha de películas y es el vice del único club que no debe nada. El tipo consigue tales jugadores, busca la forma de hacer algo prolijo. El club es social. Viene y me cuenta que hicieron un comedor y que hay que seguir haciendo. Eso me emociona de los dirigentes que se dedican a un club social. Hoy cambió eso. Cambió a partir del negocio de los jugadores que se venden, del negocio cuando se sacan la actividades que no dan guita. Entonces empiezan las políticas espantosas. No sé en qué terminará esto. Hay plata para unos pocos. Por eso se ven clubes fuertes como River, San Lorenzo, Racing, Huracán que tienen el mismo problema: los vaciaron, los hicieron mierda. Pero uno será siempre de Independiente y pensará en el lindo fútbol y en el romanticismo que eso tiene.

-¿Qué es ser hincha de un equipo o de un club?

-No soy socio, pero entiendo al tipo que siente que el club es su casa. El club de fútbol es como una iglesia para mucha gente. Es ir a juntarse los fines de semana y estar ahí. Tiene un significado tan grande el club. Me da pena que se vaya destruyendo el principio social del club. En el caso de Independiente me dije “bueno, se tiene que volver a acomodar todo”. Ahora sé que los jugadores cobran, que están bien y al día y que Moyano hace que funcione. Ojalá que hagan las cosas bien. Hace años que es uno de los que más debe. No sé qué va a pasar con eso. Mirá si un día dicen que el club no existe más porque tiene deuda. ¡Pasaremos a la clandestinidad! Es muy raro cómo se transforma todo por negocios. Iremos asentándonos donde podamos.

-¡La diáspora de Independiente!

-Es muy buena esa. ¡Claro! La diáspora de Independiente.

-Cuando recordaste tu infancia y viejos equipos te noté nostálgico. ¿Te lleva a la nostalgia el fútbol?

-Me ponen nostálgico el fútbol e Independiente. Recién te contaba lo de Talleres: uno siempre recuerda lo que recuerda porque emocionalmente lo tocó, así sea bueno o malo. De Independiente me acuerdo eso, todo el tiempo: las copas, el jugar divino. Me produce emoción recordar el juego de Independiente. Haberlo visto. Hoy, cuando lo veo jugar lindo me encanta. Me pongo de mal humor si juega feo. A veces lo veo solo en casa y otras voy a la cancha con un compañero.

 

FÚTBOL, ASADO Y MÁS FÚTBOL

La charla entre El Gráfico y Mex sucedió una mañana de jueves en la que abundaba el sol y el invierno parecía en retirada. Me recibió en su PH ubicado en una tranquila calle de La Paternal. Mex hace bien el papel de anfitrión: consigue que el visitante se sienta cómodo en todo momento. Tal vez eso se deba a que el tema del fútbol lo apasiona y por eso cada respuesta suya está matizada por el entusiasmo.

-¿Mirás partidos de otros equipos?

-Miro a la Selección. Y veo los que se juegan el domingo a la noche. Me gusta ver más fútbol de afuera. El Barcelona, por ejemplo. Pero no más que eso.

-¿Extrañás el fútbol cuando no hay fecha?

-Sí. Los fines de semana siempre hago asado: viene mi hija con sus amigos. Somos al menos 10 o 15 personas. Cuando termino suelo prender el proyector y mirar los partidos en la pared. Pero cuando no hay fecha, extraño. Me gusta ver y también jugar, aunque ya no puedo: tuve problemas en el ligamento cruzado de una rodilla y me dije que no jugaba más para no operarme. Nunca hice una buena rehabilitación. Juego mucho al tenis. Me gusta. También hago gimnasia dos veces por semana. Pero me encanta el fútbol.

-Así que Pura Química es también un puente al deporte que tanto te gusta.

-Es raro Pura Química. Nunca pensé que iba a trabajar en un canal de deportes. Cuando me convocaron, me dijeron que era para un programa que empezaba en cinco días. “¿No habrá una equivocación? porque no sé nada de deportes”, les dije. Pero avanzamos, tiramos ideas, se coparon y salió así. Probamos y hace 7 años que estoy. Nunca estuve tanto con alguien. Ni con una mujer. En este trabajo no sabés cuánto dura algo. No es que entraste a planta permanente y listo. Lo hago porque me divierte. Puedo hacer las cosas a mi semejanza.

-¿Cómo vivís la rivalidad con Racing?

-No me interesa. No lo odio ni tengo sentimiento de fanatismo. Tampoco me pone feliz que le vaya mal. Tengo amigos que son de la Academia y nos cargamos, pero no pasa de ahí.

-¿Las cosas se ven mejor desde el humor?

-Sin dudas. Todo lo que se pueda desdramatizar es bueno. El otro día vino Erviti al programa y resultó ser un gran personaje, un romántico del fútbol. No lo conocía. Lo único que le importa es el fútbol: le hizo un poder a su mujer para que le maneje todo. Él no sabe ni cuánto gana. Vive en Mar del Plata y odia el mar y no sabe nadar. Esos tipos me encantan. Yo les puedo hacer preguntas desde el humor. Erviti se terminó divirtiendo. Lo mismo con Miguel Russo, que cuando vino estaba mal porque no fue elegido para dirigir a la Selección. Pero no le fuimos a decir “¿estás triste porque no vas a dirigir a la Selección?”. Hablamos de muchas cosas y se divirtió. El humor te da una cierta impunidad.

-¿Qué te dio el fútbol?

-El fútbol me dio, en una gran época de mi vida, pasión por jugarlo. Era, cuando lo jugaba, una descarga, una pasión divina. Es un juego, el fútbol: todos corriendo detrás de una pelota. Esa cosa de equipo siempre me gustó. Me encanta lo que se genera alrededor de un partido con amigos: una hora de juego y después cinco horas de conversación, de comer, de tomar algo. Es el fútbol y lo que hay alrededor. Después lo trasladé a Cha cha cha y esas cosas. Trabajar en un canal de deportes me hace disfrutar desde otro lugar. Me gusta conocer a los jugadores, ver que son unos pendejitos. Pero cuando uno los veía de chico, eran héroes, gladiadores que salían al campo de juego a defenderte. Ahora los veo y me dan ganas de hacerles upa. Antes eran todos tipos grandes: Luque, el Mencho Balbuena, Medina Bello, Mastrángelo. Eran señores. Uno veía señores jugando. Eso me impresiona. Me gusta conocerlos y verlos desde otro lugar; y hablar con los técnicos y escuchar y preguntar. Porque además de joder pregunto cosas que me intrigan. Me encanta escuchar sobre estrategias, por ejemplo. El fútbol da esa cosa de camaradería. Todos vamos detrás de lo mismo. Es la mayor religión que tengo. No hay otra cosa en la que crea. Ni un grupo de música ni otra religión. Lo único que me identifica o tengo es que soy de Independiente, y argentino. Siempre que escucho Independiente estoy atento porque en un punto están hablando de mí, para bien o para mal. Siempre está presente, Independiente. Es eso: la cruz que llevo. Nada más.

TÉCNICOS QUE HICIERON HISTORIA

TÉCNICOS QUE HICIERON HISTORIA

Por Alejandro Duchini.

Cuando era adolescente amaba a tres holandeses: Ruud Gullit (era casi un héroe con rastas, que además tocaba la guitarra), Marco Van Basten y Frank Rijkaard. Los disfrutaba en un Milan que la rompía y que cada domingo a la mañana veía por Canal 9, que transmitía en directo el campeonato italiano en el que Maradona jugaba para el Nápoli. Eso era por 1987. En el 88, los seguí (y alenté) cuando jugaron para la selección de su país. La rompieron en una Eurocopa increíble que se jugó en Alemania: en la final le ganaron en un partidazo a la Unión Soviética por 2 a 0. Después me entristecí cuando pasaron sin pena ni gloria por el Mundial del 90. Quería y no quería la final Argentina-Holanda.

Me acuerdo de eso ahora que acabo de leer un gran libro: Las grandes escuelas del fútbol moderno, de Alex Couto, editado por Fútbol de libro (www.futboldelibro.com). Couto explica con detalles cuáles son los entrenadores que marcaron a este deporte a nivel mundial e histórico. Lo hace tomando como eje a Europa, pero también le da importancia a América. Uno de los capítulos es Arrigo Sacchi – Cuando defender se convierte en arte. Es en esas páginas que recuerda aquel tridente holandés que la rompía por aquellos años en el fútbol italiano. “Arrigo Sacchi tiene muy claro que para jugar bien había que tener el balón y el primer paso para tenerlo es quitárselo al contrario”, señala. Después habla de aquel equipo: “Trasladándonos al equipo del AC Milan en concreto, las salidas desde el inicio del proceso defensivo las marcaba Ruud Gullit, mientras Van Basten se ocupaba de que el rival no jugase hacia atrás, en este caso con su portero. Las salidas por las bandas eran frenadas por Donadonni y Colombo respectivamente, siendo Ancelotti o Rijkaard quienes hacían la cobertura corta y el equilibrio de la línea respectivamente”.

las-grandes-escuelas-de-futbol-modernoEl libro de Couto es una herramienta muy interesante para recordar y para aprender. Quienes somos adultos seguramente podremos acordarnos de cosas que nos contaron nuestros padres o abuelos futboleros y, a la vez , adquirir nuevos conocimientos. Quienes sean más chicos estarán ante la posibilidad de saber quiénes escribieron la historia del fútbol desde el banco de suplentes.

El libro surgió a partir de artículos publicados en la web. De hecho, la publicación de direcciones web de videos permite acercarse a ellos por otra vía complementaria a la lectura. “Hemos pensado que en las últimas seis décadas han surgido ocho escuelas concretas que han aportado al fútbol enormes cantidades de conceptos y contenidos que han permitido a este deporte crecer hasta convertirse en el mayor espectáculo conocido”, escribe el autor. En las siguientes páginas, una especie de viaje a la nostalgia de viejos y grandes equipos, se detalla por qué considera que cada una de ellas es una escuela futbolística.

La primera de ellas es la Holandesa, donde recuerda a la Naranja Mecánica, ese gran equipo que nunca pudo ganar un Mundial. Habla de la influencia que tuvo en España, fundamentalmente en Barcelona. Aparecen Marinus Michels, Guus Hiddink, Louis Van Gaal y Johan Cruyff como grandes referentes.

Hay varios guiños a la Argentina. El primero de ellos es bajo el título El monottismo – El fútbol se encamina hacia un estilo inteligente. Habla de Huracán, de la Selección campeona del mundo en el 78 y cita algunas declaraciones de Menotti: “Quiero ganar porque mi equipo ha jugado mejor y no porque ha impedido jugar al contrario. El fútbol debe ser velocidad más precisión, con el agregado de la improvisación”. O “una casta de funcionarios mediocres opina que el fútbol debe ser apolítico. Eso es una completa idiotez. En cada sociedad hay algo que mejorar y los jugadores deben aprovechar su popularidad justo para mejorar esa sociedad”.

IMG_20160520_240215049Un detalle: yo creía que el delantero del equipo ganador del Mundial 78 era Leopoldo Jacinto Luque. Leyendo este libro, en el dibujo de esa formación me encuentro que en su lugar figura un tal “Luke”. ¿Será Luke Skywalker?

Después refiere a Arrigo Sacchi y posteriormente llega el capítulo Vientos del Este, en el que cuenta sobre el Hungría de mediados del siglo pasado, apelando al recuerdo del inolvidable Ferenk Puskas. También se habla de Yugoslavia, de la URSS y del recorrido que hicieron sus principales técnicos por otros países para imponer su estilo futbolístico.

La Escuela Italia – El Catenaccio comienza con el recuerdo de Helenio Herrera y su trayectoria en España, Francia y en su país. Están sus conceptos -“La consigna hoy es ganar”- y algunos de sus aportes al populismo: “Fue el primero en referirse a su propia afición como el ‘jugador número 12’”, lo cita Couto. Después se da lugar a la Escuela Alemana, mencionando la aparición de sus maestros, como Udo Lattek y Ernst Happel (“Un día sin fútbol es un día perdido”), entre otros. Posteriormente, la Escuela Británica, a la que dedica dos partes. Pues no sólo habla de sus entrenadores, sino que hace una interesante historia del fútbol en su país y de cómo jugaban algunos de sus equipos. También refiere hechos influyentes, como el accidente de aviación que padeció el plantel del Manchester U el 6 de febrero de 1958. Este es uno de los capítulos imprescindibles del libro. Tanto como el de Brasil: O jogo bonito – Escuela brasileña. Es imposible no sentir nostalgia cuando habla del Brasil del Mundial de España 82, que jugó bárbaro pero quedó afuera antes de tiempo. Aparecen acá Telé Santana, Sócrates, Falcao, Zico, el San Pablo de los 80 y hasta Pelé, a quien le cuestiona cierta actitud poco solidaria. En este sentido, está buenísimo que Couto haya dado importancia al recuerdo de Joao Saldanha, que va más allá del fútbol para entrar en el campo político y ético. No queda tampoco bien parado Mario Zagallo. Es muy interesante leer esta parte del trabajo.

Continúa la denominada Escuela Independiente, donde analiza a Marcelo Bielsa, Arsene Wenger y José Mourinho. “Un gran equipo es el que no se condiciona por el rival”, cita al rosarino.

La Escuela Española es la que pone fin al libro. Va desde Laureano Ruíz a Pep Guardiola, pasando por Miguel Muñoz, Luis Aragonés y Vicente del Bosque, entre otros.

Fútbol. Puro fútbol. Un libro ideal para fanáticos de este deporte e imprescindible para periodistas deportivos que entiendan que la pelota no es sólo lo que se ve en la enorme oferta de partidos de cada día. Sino que es también esa historia que siempre, pero siempre, es necesario recordar.