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EL GRÁFICO

EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

Cuando era chico y la economía de casa se fue a pique, sólo hubo una cosa que nos acompañó en todas las mudanzas: la colección de revistas El Gráfico que desde los años 50 había juntado Héctor, mi papá. Tras perder la casa y empezar el peregrinaje de alquileres, cada mudanza implicaba encontrar un lugar para tantos El Gráfico, a los que sumaban algunos ejemplares de su hermano menor, Goles. Crecí viendo las tapas del Independiente de los 70. Y a veces viajaba en el tiempo para saber de Fórmula Uno, ciclismo y, sobre todo, boxeo. Cada vez más amarillos, lo primero que se buscaba en cada nueva casa era un lugar donde guardarlos. Cuando empecé a estudiar periodismo Héctor me recomendaba que aprenda de las lecturas de Panzeri, Frascara, Borocotó, Ardizzone, Juvenal y tantos otros. Y yo, al igual que los de mi generación, lo que más quería era trabajar en El Gráfico.

A fines de los setenta aprendí a leer con El Gráfico. Mis héroes eran Bochini, Trossero, Baley y Alzamendi. Leía sus historias y quería ser como ellos cuando jugaba a la pelota en las veredas de la calle Guardia Nacional, en Mataderos. Nunca voy a olvidar la edición de la noche en que fuimos campeones con ocho jugadores en Córdoba, ante Talleres. Nos habían expulsado a tres, Bocanelli hizo un gol con la mano, el árbitro Barreiro se ensañó con nosotros y Bochini hizo justicia y ganamos el Nacional. Ese El Gráfico lo tengo todavía, como un reliquia a la que vuelvo cada tanto.

Después Héctor se quedó viviendo solo y en cada mudanza cargaba su colección de revistas. Hace casi veinte años murió sin dejar herencia, salvo las revistas. Cuando fui a su departamento a hacer limpieza y devolver las llaves a la dueña, junté los ejemplares y me los llevé a mi casa. Desde entonces, esa torre de historias deportivas también a mí me acompañó a todos lados.

Tengo 46 años y viví, si no conté mal, en 14 casas. ¡14 casas! Una bestialidad. Y como además soy masoquista, me puse a ordenar de manera cronológica cada El Gráfico a la semana de la muerte de mi papá. Ahí, viendo las revistas, que era una manera de ver a mi papá, fue cuando realmente lloré su muerte. Porque entendí que esos El Gráfico eran, sobre todas las cosas, mi viejo.

Años después, tras separarme, volví a buscar libros. A mi ex esposa le agarró una locura tal que empezó a tirar, literalmente, las revistas a la vereda. Ludmila, que tenía seis años, me ayudó a meterlas en el baúl del Corsa. Como vivía solo, trabajaba todo el día y andaba más en el auto que en mi casa, quedaron ahí un tiempo largo. Hasta que conseguí una valija y entraron conmigo a cada casa en la que viví.

Hace unos años, en un intento por sacame la melancolía de encima, los puse a la venta en Mercado Libre. Las ofertas fueron tan irrisorias que no valía la pena. Saqué el aviso y los guardé de nuevo en un placard. Una opción que pensé fue reciclarlos y hacer con ellos una mesa para recordar a mi viejo. También la descarté. Hace unos cuatro años, Mirila -la madre de mi esposa- me hizo lugar en un sótano de su casa. Los puse dentro de bolsas y ahí quedaron. Salvo algunos que están en mi biblioteca, como los de la hazaña de Córdoba. O el del partido homenaje a Bochini. O el de la Intercontinental del 84.

En 2012, Diego Borinsky publicó mi primera nota en El Gráfico. Trataba sobre el narco y el fútbol en México. Desde ahí, empecé a colaborar de manera asidua. Elías Perugino, quien manejaba la revista, aceptó una propuesta mía para hacer, en cada número, una entrevista a escritores, músicos o actores que hablaran de fútbol. Hernán Casciari, Tomás Abraham, Horacio Convertini, Quique Ferrari, Hugo Arana, Iván Noble, Martín Kohan, Martín Caparrós y más me hablaron de sus pasiones futboleras. Fue una experiencia genial hablar con esos tipos sobre fútbol. Sacarlos de sus campos habituales para que se muestren como hinchas. Eso duró un tiempo interesante. Lo que siguió fueron informes de fútbol y boxeo y entrevistas a jugadores y boxeadores. No soy un capo del boxeo, pero sentarme a hablar con boxeadores fue un gran aprendizaje. Con Maravilla Martínez tomamos un café en Puerto Madero, con el Zurdo Vázquez mateamos una larga noche en su casa de San Cristóbal y nos sacamos fotos (no suelo hacerlo) mientras me hablaba de su miedo a la soledad. Con El Chino Maidana me reí por su frescura para contarme, hace unos meses, cómo es su vida en Margarita, Santa Fe, donde se levanta a cualquier hora y se pasa el día pescando o jugando al fútbol con amigos. Cero problemas.

Me encontré con jugadores humildes como Wanchope Ábila, Martín Campaña y la Pulguita Rodríguez. Hubo otros, en cambio, que hicieron dos goles y se creían que por manejar una 4 x 4 eran los reyes del mundo.

Gracias a El Gráfico, a fines del año pasado recibí un Premio ADEPA en la categoría Deportes por un recorrido que hice por la villa 1.11.14 junto al ex boxeador Jesús Romero, quien se dedica a sacar a chicos de las drogas a través del deporte.

Este domingo escribí contra reloj la historia del secuestro de Fangio, en Cuba, del que el 23 de febrero se cumplirán sesenta años. Con lectura de libros y entrevistas armé un rompecabezas de esas horas. Quedé en entregar el artículo el lunes a la mañana. Llegué a la meta. 24 horas después me enteré del cierre de El Gráfico a través del diario La Nación. No sé qué será de esa nota. Tal vez se publique en algún otro medio.

Me hubiese gustado que Héctor vea mis firmas en El Gráfico. Que sepa que aunque la revista no era la que fue hasta los 90 (cuando el fútbol por cable le empezó a restar importancia; después internet la fulminó), su hijo firmaba nada menos que en el emblema del periodismo deportivo. Seguro me hubiese encontrado defectos. Hasta me habría llamado para preguntarme por qué no hice tal pregunta o por qué olvidé algún dato. Tal era su sentido de la perfección. Pero sé que en su soledad se hubiese sentido orgulloso de ver mi nombre en esa revista como yo me sentía orgulloso de él en mi infancia, cuando cada lunes se aparecía por casa con un nuevo número de El Gráfico.

MARADONA, 30 AÑOS ANTES (O DESPUÉS)

MARADONA, 30 AÑOS ANTES (O DESPUÉS)

Por Alejandro Duchini

“Creo que ellos no querían ni mirar para atrás, para la cancha, por miedo a que lo anularan. Cuando llegó el Checho, me preguntó:

-Lo hiciste con la mano, ¿no? ¿Lo hiciste con la mano?

Y yo le contesté:

-Cerrá el orto y seguí festejando”.

La anécdota se la cuenta Diego Maradona al periodista Daniel Arcucci en el recientemente publicado México 86 – Mi Mundial Mi verdad – Así ganamos la Copa (Planeta). Se lee en el capítulo VII, dedicado al Argentina 2-Inglaterra 1: hoy se cumplen 30 años de ese encuentro en el que Maradona fue más Maradona que nunca. Esa tarde hizo historia con La mano de Dios, al que alude en el diálogo anterior; después se despachó con el mejor gol de todos los tiempos: apiló a todo inglés que se le aparecía en el camino y puso el 2 a 0. Algo más de 10 segundos le bastaron para convertirse en el Barrilete cósmico.

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El primer gol le valió enojos de los ingleses -que aún duran- y dudas propias y de compañeros en su corrida hacia el festejo. Para algunos, lo suyo fue picardía, y para otros, trampa. O ambas cosas a la vez. El segundo fue una cosa de locos. Compensó con creces -si es posible- al anterior. Y significó el mejor relato de la historia, en la voz de de Víctor Hugo Morales. Nunca un relato fue tan perfecto como el de esa tarde. Lo pueden leer acá o escuchar y ver a continuación:

De hecho, el propio Maradona lo cita en su libro. “Ese gol para mí tiene música. Y la música es el relato de Víctor Hugo Morales. Ese gol me lo hicieron ver y escuchar en inglés, en japonés, en alemán. Hasta, un día, me hicieron entrar con un video en el que, al final, la  pelota se iba afuera. Pero el relato de Víctor Hugo es único”.

Ese gol valió además uno de los mejores cuentos que leí: se titula 10.6 segundos y lo escribió Hernán Casciari.  Le pregunté por ese texto al entrevistarlo para mi libro, La palabra hecha pelota, y me contó: “10.6 segundos tuvo como un año entero de evolución. Estábamos almorzando en Madrid con Pedro Mairal y el Chiri, a punto de empezar a hacer la revista Orsai, contándole a Pedro el proyecto y qué queríamos hacer. Fue un almuerzo muy lindo, en el que nos emborrachamos. En un momento, Pedro me dice ‘tengo una idea pero no para escribirla yo sino vos. Se me ocurrió que cuando Valdano corría esperando el pase de Maradona, en ese momento, cuando no recibe el pase, decide hacerse escritor’, me dice. Empezamos a pensar los tres que capaz que a cada uno de los jugadores, tanto rivales como compañeros de Maradona, e incluso al árbitro, en esos 10 segundos de corrida de Diego a cada uno le cambia la vida. Ese germen de historia me lo regaló Pedro y Chiri se puso a investigar qué ocurrió con cada uno de los jugadores y me pasó los datos. Con eso, lo que hice fue recrear. Y entre ese mediodía madrileño y la escritura final pasaron casi dos años. Fue un proceso largo. Con Chiri siempre lo pensábamos, no era para hacer de un día para el otro. Lo dejé madurar seis meses hasta meterme en el texto. No fue fácil de escribir: tenía que encontrar un estado de ánimo. Y cuando lo encontré, lo fui haciendo bloque a bloque. Son ocho bloques. Nunca se menciona a Maradona. Pero cada bloque empieza con una letra capitular mayúscula. El primero con M, el segundo con A. Y así, hasta formar la palabra Maradona. Hubo un gran trabajo de diseño. Fue un trabajo en equipo. Me gustó mucho hacerlo”.

maradona_argentina_inglaterra_86_1Ese partido llegaba con un ingrediente de violencia que el fútbol no podía despejar: cuatro años antes se había producido la guerra de Malvinas. “En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. ¡No podía pasar! La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero sin bien los ingleses son culpables, igual de culpables habían sido los argentinos que mandaron a los pibes a enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha. Uno nunca pierde el patriotismo, pero uno habría querido más que no hubiera habido guerra”, recuerda Maradona en su charla con Arcucci.

El periodista Andrés Burgo dedicó un libro entero a ese encuentro: El partido – Argentina-Inglaterra 1986. Lo describe de manera genial. No tiene la voz de Diego, pero cuenta detalles de los que carece el otro libro. Hablan los demás jugadores y hasta se tomó el trabajo de entrevistar a ex combatientes, entre muchas otras voces. El mérito de Burgo reside en que entra en pequeños hechos, algunos de ellos increíbles. Al leerlo uno siente que vive de nuevo la previa, el durante y el después de ese encuentro. Explica cómo se consiguieron las camisetas azules con las que Argentina jugó esa tarde, tiene la voz de ingleses y citas de otros libros, se acerca a los árbitros y habla con Bilardo y demás integrantes del cuerpo técnico. Recomiendo su lectura.

maradona_argentina_inglaterra_86_3La tarde del 22 de junio yo estaba viendo el partido con mi papá, solos en casa. Tenía 14 años. Unos días después iban a operar a mi mamá en el Hospital Fernández, donde estaba internada. Yo aún no sabía de su cáncer. Creía que se trataba de un mal momento, que se repondría y que regresaría a casa y que todo volvería a la normalidad. Unos cuantos meses después la realidad me golpearía fuerte. Pero ahí, en ese momento, mientras se jugaba Argentina-Inglaterra, el fútbol me abstraía de todo: lo único que me importaba era que el Seleccionado fuese campeón del mundo. Unos segundos antes de que Enrique le diera la pelota a Maradona, ahí, en la mitad de la cancha, mi papá había ido al baño. No sé a qué, pero volvió corriendo cuando le empecé a gritar “papá, vení a ver esto, no te lo pierdas, vení, vení, no te lo pierdas”. Cuando llegó, Diego ya había dejado a Shilton humillado y ofendido y mi viejo alcanzó a ver cómo se metía esa pelota en el fondo del arco y en el mejor rincón de la historia.

Me miró. Perplejo. No entendía bien qué había pasado porque se había perdido nueve segundos de aquella perfección. Igual, gritó como un desaforado sin dejar de mirar la tele. Y me abrazó como en la cancha cada vez que Independiente hacía un gol. “A casi todos los ingleses, papá. Hizo lo que quiso. Así, así, así. Los dejó en el camino. No sabés lo que hizo Diego, papá. ¡No sabés!”, le expliqué con lo que me quedaba de aliento tras tanto grito y asombro. Ahora que todo está escrito y que sabemos cómo terminó, todavía me pregunto cómo se le había ocurrido levantarse en medio de ese partido. Cómo era posible que él, futbolero como el que más, haya ido a cagar o mear cuando Argentina ganaba 1 a 0 y nada estaba cerrado. Así que terminó de acomodarse el pantalón pinzado, se ajustó el cinturón, soltó la panza y se pegó a la silla a esperar la repetición. No dijo nada. Ni se movió durante lo que quedaba de la tarde.

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LA PALABRA HECHA PELOTA, SEGÚN WALTER VARGAS

LA PALABRA HECHA PELOTA, SEGÚN WALTER VARGAS

Por Walter Vargas

Alejandro Duchini consta en el mundo de los curiosos. Pero no es cualquier curioso. Nada más lejos de Duchini que portar la insaciable sed de quien acumula objetos sin ton ni son. Duchini es un curioso orientado, formado, conceptual, igual de perfilado en sus inquietudes como de advertido de las inquietudes de sus eventuales lectores. Por ejemplo, los lectores de La palabra hecha pelota, un libro que comprende 14 entrevistas a personajes de oficios variopintos que comparten un mayúsculo interés por el fútbol: Hernán Casciari, Tomás Abraham, John Carlin, Julio Frydenberg, Osvaldo Bayer, Pablo Alabarces, Teté Coustarot, Mónica Santino, Eduardo Sacheri, Ariel Scher, Juan Sasturain, La Mona Jiménez, Horacio Elizondo y Miguel Rep.

Acaso Santino sea quien tenga un menor grado de notoriedad, pero no una menor autoridad y profundidad para analizar el futbol como anclaje cultural en la Argentina en general y en particular entre las mujeres. Es una devota hincha de Vélez, fue jugadora y dirige un equipo femenino en la Villa 31. Si se la refiere es por la originalidad de sus observaciones en tiempos de un masivo acercamiento de las mujeres al corazón del fútbol mismo, indicador que también por cierto enriquece Teté Coustarot a la hora de evocar los orígenes de su devoción por Boca y una fidelidad que rechaza interferencias.

Pero cada quien alimenta un fuego que igual se vale de las respuestas y de las conjeturas que de las francas perplejidades. Alabarces, por caso, sostiene que uno de los mayores problemas que afrontan los investigadores es que nadie sabe qué es un hincha. Abraham, a su vez, postula que hay dos tipos de hinchas: “el triunfalista, que es un idiota, y el que sufre”. El periodista Carlin, un británico que vivió en Buenos Aires y hasta se hizo seguidor de Excursionistas, afirma que en ningún lugar del planeta el fútbol se vive con el fervor de la Argentina e Inglaterra. El historiador Frydenberg nos recuerda una verdad que a menudo olvidamos: que el futbol es esencialmente un fenómeno multiclasista.

¿Dónde residen los méritos de Duchini? Amén de la elección de los personajes, un vital elemento, en el clima de confianza que promueve con cada entrevistado y en el bien sazonado plato de su corpus periodístico y de su propia condición de futbolero. He ahí la fragua de un libro capaz de cumplir con lo prometido: jugar a pensar el fútbol y hacer goles de todos los colores.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

¿CÓMO LLEGÓ CASCIARI AL FÚTBOL?

¿CÓMO LLEGÓ CASCIARI AL FÚTBOL?

El propio escritor lo cuenta de manera muy emotiva en el libro La Palabra Hecha Pelota (Galerna). Lo que sigue es un extracto de la extensa entrevista que se reproduce a continuación. Él es uno de los catorce entrevistados.

-¿Cómo te vinculás con el fútbol?

-Mi vínculo con el deporte fue absolutamente paterno. Mi viejo era aficionado al deporte. Hacía de todo. Incluso Turismo Carretera. Era arquero de fútbol. Era bueno para el bástquet. Jugaba al vóley. Su mejor deporte era el tenis. Y después el paddle. Posiblemente el único tema de conversación que podía tener con él era ése: así que el fútbol fue un medio de comunicación para llegar a él. Y para tener conversación todos los días. No me costó nada. A los 7 u 8 años me gustaban los deportes, miraba todo. Incluso jugué a todo eso. Y el fútbol en particular fue mi medio de comunicación con Roberto. A poco de su muerte, escribí varios textos bajo el título “150 de mortadela” y en uno hablaba de él. En julio de 2008 murió y a fines de ese año miraba el fútbol y todavía tenía el automatismo de que al terminar un partido interesante, de la Selección o de Racing, sonaba el teléfono en casa o llamaba yo. Me costó mucho al principio aprender que no iba a pasar. Me costó reconciliarme con el fútbol. El fútbol tuvo mucho que ver con los lazos con mi viejo. Y me tuve que reencontrar con el fútbol por otro lado. Pero más acá en el tiempo llegaron los encuentros con Horacio Altuna, que me ubican en un lugar. Lo conocí en 2010 y enseguida, como una buena yapa de la vida, me encontré en un lugar muy paternal de su parte. Es de la misma época que mi viejo, es de Racing, es de un pueblo, Lobos. Y es muy futbolero. Pero no de recitar de memoria la formación de un equipo, sino futbolero como me gusta a mí. Utilizamos el fútbol como excusa para hablar de otras cosas. Tiene una bondad, una ternura y una inteligencia muy emotivas, parecidas a la de mi viejo. Me reencontré con cosas que no me pasaban. Como, por ejemplo, mandándole un tweet a las 3 de la mañana sabiendo que está durmiendo para que se entere de que Racing ganó. A veces le digo “no puede ser que no mires un Barcelona-Real Madrid porque te agarra taquicardia”. Lo invito a que venga a casa a verlo en alta definición. Una relación así, muy de comentar las cosas… esas cosas de estar en contacto con alguien de la generación de tu padre. El fútbol está siempre rondando en las charlas. Eso no me pasa con absolutamente nadie en España.

-Escribiste una crónica sobre lo que significó llorar por el Racing campeón de 2001 y no tener a tu papá para compartir ese llanto.

-Creo que nunca, en el caso del futbolero, cuando llorás por algo que tiene que ver con el fútbol, estás llorando por el fútbol en sí. En ningún caso. Sino por todo lo que eso significó y significa en tu vida. Cuando me empezó a agarrar un ataque de llanto al momento en que Racing salió campeón en 2001, me di cuenta de que no lloraba en absoluto por eso. Lo que me agarraba era como una especie de vergüenza de cómo carajo es posible que en ese momento mi viejo y yo no estemos juntos. Que él esté en Argentina y yo en España. Si tantas veces, desde que tenía 5 o 6 años, el tipo me había prometido que alguna vez iba a pasar, ¿cómo no iba a estar ahí? ¿Cómo justo el destino me hizo pegar un volantazo un año antes y vivir a 12 mil kilómetros? ¡Qué ridiculez! Lloraba de vergüenza. Y estaba triste. ¡Y Racing había salido campeón! Y qué poco tenía que ver el fútbol con todo eso. Era otra cosa. Era otra cosa. Y todas las veces que me pasó eso de llorar de tristeza o alegría no tenía que ver con el fútbol sino con pensar en Argentina desde otro lado. Te ponés muy puto cuando vivís en otro lado y escuchás el Himno. Muy puto. Muy puto. Pensás en muchas cosas. Porque también tu infancia es tu patria. Entonces cuando llorás, llorás también la muerte de la juventud. Hace 13 o 14 años que me vine y, cuando sueño, las escenografías son las de siempre. No hay escenografías españolas cuando sueño. Mis sueños son en mi casa, en Mercedes, en las calles de Buenos Aires. No sueño con acá, en España. Ya debería estar soñando sin delay. Pero no. Y me parece que no va a pasar nunca, porque los sentimientos están permanentemente en otro lado. El fútbol lo que hace es contrastar todo eso. Ponerlo en blanco sobre negro. Generar una metáfora simple y básica en donde el cerebro y el corazón empiezan a pensar en otra cosa inmediatamente. Entonces, en 2001, fue puntualmente eso lo que lloré. No poder cumplir. En mi casa, en ese momento, había un sillón vacío y eso no estaba previsto. No estaba previsto. En absoluto estaba previsto. Fue como llorar esa ausencia del destino que no te permite estar donde tenés que estar en determinado momento.