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CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

El 10 de enero de 1979, Independiente y River jugaron una final del Nacional del año anterior. Fue un partidazo, con formidables actuaciones de Bochini, que hizo los únicos dos goles, y Fillol, que evitó una goleada.

Por Alejandro Duchini

El miércoles 10 de enero de 1979 se jugó una final inolvidable del fútbol argentino. Era de noche y en Avellaneda disputaban la revancha del Nacional del 78 el Independiente de Baley, Villaverde, Trossero y Bochini y el River de Fillol, Passarella, Merlo y Alonso. El técnico Rojo era Pastoriza y el millonario, Labruna. En la ida habían terminado 0 a 0 pero en éste definitorio ganó Independiente 2 a 0, con goles de Bochini.

El fútbol argentino acababa de ser campeón del mundo y, para que tengan una idea, la base del equipo de Menotti era River. Para que tengan otra idea más, Ubaldo Matildo Fillol -tal vez el mejor arquero de la historia del fútbol argentino- venía con una racha de actuaciones espectaculares. Desde el 73 al 83 fue el arquero indiscutido del millonario. Pero del otro lado estaba nada menos que Ricardo Bochini, que esa noche hizo los dos goles. El primero a los 19 minutos, tras un pase de Fren que el Bocha definió de derecha, cruzado, ante Fillol. Larrosa, Fren y Barberón armaron la jugada para el otro gol, a los 11 del segundo tiempo, con definición espectacular de Bochini.

“Los dos goles contra River en la final del Nacional 78 pertenecen al mejor partido que jugué en toda mi carrera, al menos lo recuerdo así, por las cosas que hice, por el rival, porque definía un título. El primero fue bueno, pero el segundo lo grité con el alma. Fue un gran toque de primera, de sobrepique, en una pelota que me bajó Barberón; anticipé a todos y la metí junto al palo. Fue tan rápido que el Pato Fillol quedó parado, sorprendido, no pudo reaccionar. Lo grité como pocas veces, porque el 2 a 0 nos aseguraba el campeonato”, le dijo Bochini al periodista Jorge Barraza hace dos años para su autobiografía Yo, el Bocha.

Bochini recordó también que “la gente de Independiente debe haber sentido mucho orgullo esa noche, por la forma en que salimos a jugar una final, a arrasar y nada menos que contra River, por cómo ganamos, por el fútbol que desplegamos. Fue sensacional ese título”.

Por su nivel de juego, la revista El Gráfico tituló “Independiente sacó campeón al fútbol” y su competencia, la Goles, fue con un “Independiente campeón por más glóbulos rojos”. En referencia a Bochini, el maestro de periodistas Osvaldo Ardizzone escribió en Goles que “pocas veces, o, tal vez, excepcionalmente, uno puede admitir la importancia de un solo jugador para decidir un partido” y que “Independiente con un jugador como Bochini podría ser la explicación del partido. Lo que determinó esa abrumadora superioridad que, en la red, debió concluir por más goles. Sólo la capacidad de Fillol pudo impedirlo”.

El Gráfico criticó a River porque “le faltó valentía para encarar el partido de la única manera que puede hacerlo: agrediendo, atacando”. Y en el mismo comentario de Carlos Ferreira agregó que “Independiente debió golear. Su superioridad fue absoluta, total, apabullante”.

Como era habitual entonces, El Gráfico convocó a Bochini al día siguiente al viejo estadio de la doble visera para rehacer las fotos de los goles. Con camisa dentro del pantalón oxford clarito, y ya sin público, doce horas después de los festejos, el Bocha se prestó a una producción fotográfica en la que el periodista Juan José Panno arranca escribiendo que “los hinchas del fútbol llegan a la cancha frotándose las manos, en el clásico gesto del gozo a cuenta, porque saben que cuando llegue la hora les serán concedidos todos los deseos: juega él”. La foto era un Bochini saliendo de una lámpara, con el título “Bochini, el genio de la lámpara”.

Omar Pastoriza, referente de la historia roja, invitó a sus dirigidos a celebrar el título en su pizzería, la entonces célebre La gata Alegría. Él mismo se encargó de servir pizzas y cervezas al plantel campeón. “Jugamos el partido decisivo con la tranquilidad de saber que no era cuestión de vida o muerte, y que si perdíamos nadie iba a volverse loco”, dijo. Una cuestión de principios.

Ángel Labruna, responsable desde el 75 de un River que se había vuelto imparable para recuperar su lugar en la historia, nunca se andaba con vueltas. “Abatido”, según Goles, disparó: “Esto que acaba de ocurrir es el monumento a la injusticia. Jugamos tan bien todo el campeonato. Fuimos los mejores de todos, los que dimos mejor espectáculo, los que perdiendo dejamos a todos contentos (…) Es decir, que por el sólo hecho de no jugar bien dos, nada más que dos, perdemos el campeonato”. “Estos campeonatos cortos son la muerte. En los de largo aliento es dónde se ven los pingos”, agregó. Y: “Hice que lo tomaran en zona (a Bochini). Si no dio resultado es porque Bochini se las ingenió para superar las marcas”.

Norberto Outes, que hizo 14 goles (Reinaldi, de Talleres de Córdoba, fue el goleador con 16), se llevó tras el partido el buzo de Fillol. “Se lo pedí porque es un verdadero fenómeno”, se justificó. Con sus atajadas, Fillol evitó que la diferencia fuera mayor. Pero del otro lado del arco estaba otro arquerazo: el Chocolate Baley, suplente del Pato en el Mundial 78.

Aquel Independiente ganó 13 de los 20 partidos jugados, empató 5 y perdió 2, con 41 goles a favor y 20 en contra. Por eso el corolario fue la gente saltando la vieja fosa para dar la vuelta olímpica con sus jugadores y quitarles la ropa -una costumbre ya vieja en nuestro fútbol-. Sus hinchas vivían tiempos de gloria. No era para menos: tenían a Ricardo Enrique Bochini.

SÍNTESIS

Independiente (2): Héctor Baley; Rubén Pagnanini (Horacio Insaurralde), Hugo Villaverde, Enzo Trossero y Osvaldo Pérez; Omar Larrosa, Carlos Fren y Ricardo Bochini; Antonio Alzamendi (Fontana), Norberto Outes y Alejandro Barberón. DT: José O. Pastoriza.

River Plate (0): Ubaldo Fillol; Eduardo Saporiti, José L. Pavoni, Daniel Passarella y Héctor López; Juan J. López, Reinaldo Merlo y Norberto Alonso; Pedro González (Rubén Galletti), Leopoldo Luque y Oscar Ortiz. DT: Angel Labruna.

Cancha: Independiente.

Árbitro: Jorge Romero


HACE 40 AÑOS

El fútbol argentino de entonces tenía una dirigencia que anunciaba el declive que vivimos en la AFA actual. Alcanza como ejemplo que uno de los temas del momento era que se especulaba con la renovación del contrato de César Luis Menotti al frente del seleccionado, aún cuando seis meses antes se había conquistado el Mundial en nuestro país. En lo deportivo, también era noticia el debut de Carlos Reutemann como segundo piloto de Lotus (Mario Andretti era el primero), tras su paso por Ferrari. Pilotos como Didier Pironi, Niki Lauda, Nelson Piquet, Gilles Villenueve y James Hunt se aprestaban a disputar el el Gran Premio de la República Argentina el 21 de enero. Hugo Porta se ubicaba en el quinto lugar del ranking mundial de jugadores de rugby que publicaba el semanario francés Midi Olympique. Y el seleccionado juvenil de fútbol le ganaba 4 a 0 a Perú (dos de Hugo Álvez, uno de Diego Maradona y otro de Ramón Díaz) en el Centenario de Montevideo, en el Sudamericano Juvenil que sería la base para el título mundial que en septiembre del 79 lograría en Japón, conducido por el todavía cuestionado Menotti.

EL GRÁFICO

EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

Cuando era chico y la economía de casa se fue a pique, sólo hubo una cosa que nos acompañó en todas las mudanzas: la colección de revistas El Gráfico que desde los años 50 había juntado Héctor, mi papá. Tras perder la casa y empezar el peregrinaje de alquileres, cada mudanza implicaba encontrar un lugar para tantos El Gráfico, a los que sumaban algunos ejemplares de su hermano menor, Goles. Crecí viendo las tapas del Independiente de los 70. Y a veces viajaba en el tiempo para saber de Fórmula Uno, ciclismo y, sobre todo, boxeo. Cada vez más amarillos, lo primero que se buscaba en cada nueva casa era un lugar donde guardarlos. Cuando empecé a estudiar periodismo Héctor me recomendaba que aprenda de las lecturas de Panzeri, Frascara, Borocotó, Ardizzone, Juvenal y tantos otros. Y yo, al igual que los de mi generación, lo que más quería era trabajar en El Gráfico.

A fines de los setenta aprendí a leer con El Gráfico. Mis héroes eran Bochini, Trossero, Baley y Alzamendi. Leía sus historias y quería ser como ellos cuando jugaba a la pelota en las veredas de la calle Guardia Nacional, en Mataderos. Nunca voy a olvidar la edición de la noche en que fuimos campeones con ocho jugadores en Córdoba, ante Talleres. Nos habían expulsado a tres, Bocanelli hizo un gol con la mano, el árbitro Barreiro se ensañó con nosotros y Bochini hizo justicia y ganamos el Nacional. Ese El Gráfico lo tengo todavía, como un reliquia a la que vuelvo cada tanto.

Después Héctor se quedó viviendo solo y en cada mudanza cargaba su colección de revistas. Hace casi veinte años murió sin dejar herencia, salvo las revistas. Cuando fui a su departamento a hacer limpieza y devolver las llaves a la dueña, junté los ejemplares y me los llevé a mi casa. Desde entonces, esa torre de historias deportivas también a mí me acompañó a todos lados.

Tengo 46 años y viví, si no conté mal, en 14 casas. ¡14 casas! Una bestialidad. Y como además soy masoquista, me puse a ordenar de manera cronológica cada El Gráfico a la semana de la muerte de mi papá. Ahí, viendo las revistas, que era una manera de ver a mi papá, fue cuando realmente lloré su muerte. Porque entendí que esos El Gráfico eran, sobre todas las cosas, mi viejo.

Años después, tras separarme, volví a buscar libros. A mi ex esposa le agarró una locura tal que empezó a tirar, literalmente, las revistas a la vereda. Ludmila, que tenía seis años, me ayudó a meterlas en el baúl del Corsa. Como vivía solo, trabajaba todo el día y andaba más en el auto que en mi casa, quedaron ahí un tiempo largo. Hasta que conseguí una valija y entraron conmigo a cada casa en la que viví.

Hace unos años, en un intento por sacame la melancolía de encima, los puse a la venta en Mercado Libre. Las ofertas fueron tan irrisorias que no valía la pena. Saqué el aviso y los guardé de nuevo en un placard. Una opción que pensé fue reciclarlos y hacer con ellos una mesa para recordar a mi viejo. También la descarté. Hace unos cuatro años, Mirila -la madre de mi esposa- me hizo lugar en un sótano de su casa. Los puse dentro de bolsas y ahí quedaron. Salvo algunos que están en mi biblioteca, como los de la hazaña de Córdoba. O el del partido homenaje a Bochini. O el de la Intercontinental del 84.

En 2012, Diego Borinsky publicó mi primera nota en El Gráfico. Trataba sobre el narco y el fútbol en México. Desde ahí, empecé a colaborar de manera asidua. Elías Perugino, quien manejaba la revista, aceptó una propuesta mía para hacer, en cada número, una entrevista a escritores, músicos o actores que hablaran de fútbol. Hernán Casciari, Tomás Abraham, Horacio Convertini, Quique Ferrari, Hugo Arana, Iván Noble, Martín Kohan, Martín Caparrós y más me hablaron de sus pasiones futboleras. Fue una experiencia genial hablar con esos tipos sobre fútbol. Sacarlos de sus campos habituales para que se muestren como hinchas. Eso duró un tiempo interesante. Lo que siguió fueron informes de fútbol y boxeo y entrevistas a jugadores y boxeadores. No soy un capo del boxeo, pero sentarme a hablar con boxeadores fue un gran aprendizaje. Con Maravilla Martínez tomamos un café en Puerto Madero, con el Zurdo Vázquez mateamos una larga noche en su casa de San Cristóbal y nos sacamos fotos (no suelo hacerlo) mientras me hablaba de su miedo a la soledad. Con El Chino Maidana me reí por su frescura para contarme, hace unos meses, cómo es su vida en Margarita, Santa Fe, donde se levanta a cualquier hora y se pasa el día pescando o jugando al fútbol con amigos. Cero problemas.

Me encontré con jugadores humildes como Wanchope Ábila, Martín Campaña y la Pulguita Rodríguez. Hubo otros, en cambio, que hicieron dos goles y se creían que por manejar una 4 x 4 eran los reyes del mundo.

Gracias a El Gráfico, a fines del año pasado recibí un Premio ADEPA en la categoría Deportes por un recorrido que hice por la villa 1.11.14 junto al ex boxeador Jesús Romero, quien se dedica a sacar a chicos de las drogas a través del deporte.

Este domingo escribí contra reloj la historia del secuestro de Fangio, en Cuba, del que el 23 de febrero se cumplirán sesenta años. Con lectura de libros y entrevistas armé un rompecabezas de esas horas. Quedé en entregar el artículo el lunes a la mañana. Llegué a la meta. 24 horas después me enteré del cierre de El Gráfico a través del diario La Nación. No sé qué será de esa nota. Tal vez se publique en algún otro medio.

Me hubiese gustado que Héctor vea mis firmas en El Gráfico. Que sepa que aunque la revista no era la que fue hasta los 90 (cuando el fútbol por cable le empezó a restar importancia; después internet la fulminó), su hijo firmaba nada menos que en el emblema del periodismo deportivo. Seguro me hubiese encontrado defectos. Hasta me habría llamado para preguntarme por qué no hice tal pregunta o por qué olvidé algún dato. Tal era su sentido de la perfección. Pero sé que en su soledad se hubiese sentido orgulloso de ver mi nombre en esa revista como yo me sentía orgulloso de él en mi infancia, cuando cada lunes se aparecía por casa con un nuevo número de El Gráfico.

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

Por Alejandro Duchini

Mi papá lo contaba siempre. En cada reunión sacaba el tema. Que con ocho hombres (porque nunca decía “jugadores”; decía “hombres”) le habíamos empatado a Talleres, en Córdoba. Que el gol lo había hecho Bochini, después de una pared con Biondi. Que era el 2 a 2 pero que el gol visitante valía doble. Así que éramos campeones. Antes, los cordobeses habían puesto el 2 a 1 con la mano de Bocanelli y se llevaban el título del Nacional. Todavía tengo las revistas El Gráfico y Goles que él compró entonces. En aquellas fotos se ve la falta: la mano clarita. Nunca voy a olvidar a Trossero llorando y a Larrosa exclamando un “nos están robando”. En tanto, Pastoriza les decía a sus jugadores que no abandonen, que sigan el partido. Porque querían abandonar al sentirse tan estafados. Encima, ese Talleres era un monstruo: Saporitti, su técnico, contaba con Ludueña, Valencia, Galván… Y a los 42 apareció el mejor Bochini. Anotó y fuimos campeones. Tantas veces me lo contó mi papá que ya es como si esa noche del 25 de enero del 78 yo hubiese estado en la cancha. Ahora no está mi viejo para contarme aquella historia de héroes y villanos con el árbitro Roberto Barreiro a la cabeza. Pero está Daniel Dionisi, que me traslada en el tiempo porque la cuenta en su genial 50 impactos del fútbol argentino (de Club House, una editorial que está sacando unos títulos increíbles de temática deportiva). Ese partido es el 37mo. de sus elegidos. Claro que podrían ser más y el mismo autor lo aclara en el Prólogo: “Seguramente en ciento veinte años de historia hay muchos más que cincuenta impactos. Los que registra este libro fueron elegidos desde la pasión de un hincha de fútbol. Son relatos escritos con el humilde propósito de que los impactos sigan impactando”. Y lo logra.

50 impactos del fútbol argentino50 impactos del fútbol argentino es una forma de recorrer la historia del fútbol a través de su semilla más pura: los partidos. Bien escrito y con los datos justos, además de pasión, las más de 200 páginas son un viaje tanto a encuentros desconocidos como a aquellos contados en reuniones familiares a través de padres y abuelos. Es, también, un recorrido a vivencias presenciales, porque los últimos encuentros son actuales. De hecho, el último es Argentina 0 – Alemania 1, en el Mundial de Brasil 2014. El síndrome del 10, se titula.

“No todos los impactos estimulan, también están los que duelen. La tragedia de la puerta 12 no se olvida y forma parte de la genética futbolera argentina, como la dolorosa tarde en que Maradona contó que le habían cortado las piernas”, advierte el autor en las primeras líneas. Luego empieza el viaje, que abre en lo más profundo de la historia, con un Buenos Aires English High School 5 – Quilmes 0. “El English High School había sido fundado por Alexander Watson Hutton, el padre del fútbol argentino”, se explica. Después será el turno del primer partido de la Selección argentina, que el 20 de julio de 1902 le ganó 6 a 0 a Uruguay en Montevideo. “El partido fue claramente dominado por los argentinos, que ganaron seis a cero y le pusieron la primera chapa a la historia del clásico”, refiere.

Lo que sigue es la aparición de los equipos hoy más tradicionales. El Racing que desde 1913 se convirtió en la Academia, las rivalidades entre las selecciones de Argentina y Uruguay con incidentes (se hace memoria con el gol “olímpico” de Onzari en la cancha de Barracas Central, en octubre del 24), Boca y su victoria por 1 a 0 ante el Real Madrid en España, en 1925, y algunos River – Independiente.

Lo bueno de Dionisi es que a cada encuentro lo desmenuza con detalles de color. Por ejemplo, al recordar la primera final de un Mundial (30 de julio de 1930), que nos ganó Uruguay 4 a 2, escribe que se rumoreaba que Luis Monti jugó tan apagado porque había tenido amenazas: “Dentro de 90 minutos, sabremos si tenemos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”.

Para los de San Lorenzo también hay material de lectura: está el 6 a 1 a España en 1947, para el que el autor aclara que se trató del “mejor equipo de San Lorenzo de la historia”, que dejó huellas imborrables en ese país. Siguen los capítulos: el de Racing 1 – Banfield 0 del 51, el del primer triunfo de Argentina ante Inglaterra (3 a 1, el 14 de mayo de 1953), el de un Independiente 3 – Boca 1 (el partido con más público de la historia del fútbol argentino, 15 de agosto del 54) y aquel de los carasucias que con la camiseta del Seleccionado le ganaron 3 a 0 a Brasil en Lima, el 3 de abril del 57, cuando Corbatta dijo al aire de una radio su célebre “nos están cagando a trompadas”.

Luego, el llamado Desastre de Suecia; y algunos Boca-River memorables, como el del 62, cuando Roma le atajó el famoso penal a Delem. Y más mundiales y más nombres: Amadeo Carrizo, Roberto Perfumo y El Chango Cárdenas y su golazo al Celtic, entre muchos, muchísimos otros.

Está el capítulo más triste, el de la Puerta L: La peor tragedia. Lo cuenta desde la mirada de un joven muy joven que fue a al Monumental y vivió una experiencia tan aterradora como inolvidable. Se llama Luis: “Hoy peina canas y sabe que el recuerdo de aquel atardecer trágico, denso y oscuro el invierno de 1968 lo acompañará hasta el último día de su vida futbolera. De su vida”, escribe Dionisi.

También hay espacio para el recuerdo de momentos imborrables protagonizados por equipos que no pertenecen a los cinco grandes: Estudiantes y sus títulos internacionales, una victoria de Chacarita sobre River y las emociones del clásico rosarino, entre Newell’s y Central. Historia pura.

No se olvidan las malas rachas de Racing y River que no ganan títulos, la época de oro (y de Copas) de Independiente, las buenas y malas de Boca, la aparición de Maradona en la tarde del 20 de octubre del 76, cuando Argentinos cayó ante Talleres en La Paternal por 1 a 0. Tampoco la revancha de Diego a un Gatti que lo había tratado de “gordito”. Ocurrió el 9 de noviembre de 1980, cuando Argentinos se impuso 5 a 3 a Boca en cancha e Vélez. “Hoy le meto cuatro”, contestó Maradona a Gatti. Y cumplió. También está el recuerdo de la única final entre Boca y River, que ganaron los xeneizes 1 a 0, en cancha de Racing, el de 22 de diciembre del 76, con un gol de Suñé al mejor Fillol.

Aunque no soy de River, recomiendo leer especialmente el sentimiento de autor volcado al River 1 – Belgrano 1, que valió el descenso millonario el 26 e junio de 2011. Ya desde el comienzo el capítulo se vuelve atrapante. Luego: “Hasta que un día, no sabés cuándo, el maldito muñeco de la derrota empezó a crecer desde los cimientos del Monumental. Dirigentes corruptos, técnicos mediocres, jugadores sin blasones. ¿Cuándo fue que empezó la decadencia?”, se pregunta Dionisi. Para cerrar: “… Y te vas a dormir llorando en la noche del día en que conociste al infierno”.

Las líneas que cierran el libro están dedicadas a Lionel Messi. Dice Dionisi: “Al mejor jugador de la historia le queda mucho fútbol en el alma. Ojalá lo despliegue con la celeste y blanca, así la mirada triste del Maracaná se convierte en un grito victorioso en el Estadio Olímpico de Moscú”. Éste es el último impacto. Tan espectacular como los otros 49.

Gritos agónicos

Gritos agónicos

Recordamos cuatro momentos de goles agónicos en lo que a del año: entrá y compartí con nosotros esos únicos que nos regala el fútbol.

No hay nada que cause más alegría por un lado y más tristeza por el otro que un gol sobre la hora. Si lo hace tu equipo, no te lo olvidás más; si se lo hacen al tuyo, lo sufrís para siempre y te va a quedar clavado en el corazón. Esto lo escribimos mientras duran las repercusiones del tanto de Emanuel Gigliotti, de San Lorenzo, para poner el 3 a 2 final ante Newell’s, en el Nueva Gasómetro.

En homenaje a esos instantes únicos que tiene el fútbol es que vamos a recordar cuatro goles agónicos, que cambiaron la historia de un partido durante lo que va del año.

El primero de ellos es el tercer gol de San Lorenzo, el de Gigliotti, a los 43 minutos del segundo tiempo. Iban 2 a 2. Newell’s, en la pelea por el título del Clausura, ganaba 2 a 0 y llegaba a este partido como favorito. A los de Boedo, en cambio, la derrota los condenaba a seguir en el descenso directo. Por eso el grito fue tan eufórico y sirvió para descargar tanta angustia. Con este gol, el partido terminó 3 a 2 para el local, que pasó a la Promoción y renovó sus esperanzas de seguir en Primera.

Otro gol inolvidable sobre la hora fue el del delantero de Independiente Ernesto Farías a Boca, en tiempo de descuento: faltaban 20 segundos para el final. Iban a 4 a 4. El goleador se mandó una corrida histórica y puso el 5 a 4 nada menos que en La Bombonera.

El otro que vamos a recordar es el de Hernán Zanni, de Guillermo Brown de Madryn, a River. Fue el 2 a 2 en el Monumental, con tiempo cumplido. Los de Almeyda ganaban un partido durísimo y estaban ahí no más de llevarse los tres puntos que los iban a poner en muy buenas condiciones de acceder al ascenso directo. Pero no pudieron aguantar la ventaja y se les vino la noche.

Otro gol de esas características fue el de Hernán Pellerano, de Newell’s, a Vélez, en Liniers, también por el Clausura. Fue cuando el tiempo estaba clavado en los 45 minutos.