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CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

El 10 de enero de 1979, Independiente y River jugaron una final del Nacional del año anterior. Fue un partidazo, con formidables actuaciones de Bochini, que hizo los únicos dos goles, y Fillol, que evitó una goleada.

Por Alejandro Duchini

El miércoles 10 de enero de 1979 se jugó una final inolvidable del fútbol argentino. Era de noche y en Avellaneda disputaban la revancha del Nacional del 78 el Independiente de Baley, Villaverde, Trossero y Bochini y el River de Fillol, Passarella, Merlo y Alonso. El técnico Rojo era Pastoriza y el millonario, Labruna. En la ida habían terminado 0 a 0 pero en éste definitorio ganó Independiente 2 a 0, con goles de Bochini.

El fútbol argentino acababa de ser campeón del mundo y, para que tengan una idea, la base del equipo de Menotti era River. Para que tengan otra idea más, Ubaldo Matildo Fillol -tal vez el mejor arquero de la historia del fútbol argentino- venía con una racha de actuaciones espectaculares. Desde el 73 al 83 fue el arquero indiscutido del millonario. Pero del otro lado estaba nada menos que Ricardo Bochini, que esa noche hizo los dos goles. El primero a los 19 minutos, tras un pase de Fren que el Bocha definió de derecha, cruzado, ante Fillol. Larrosa, Fren y Barberón armaron la jugada para el otro gol, a los 11 del segundo tiempo, con definición espectacular de Bochini.

“Los dos goles contra River en la final del Nacional 78 pertenecen al mejor partido que jugué en toda mi carrera, al menos lo recuerdo así, por las cosas que hice, por el rival, porque definía un título. El primero fue bueno, pero el segundo lo grité con el alma. Fue un gran toque de primera, de sobrepique, en una pelota que me bajó Barberón; anticipé a todos y la metí junto al palo. Fue tan rápido que el Pato Fillol quedó parado, sorprendido, no pudo reaccionar. Lo grité como pocas veces, porque el 2 a 0 nos aseguraba el campeonato”, le dijo Bochini al periodista Jorge Barraza hace dos años para su autobiografía Yo, el Bocha.

Bochini recordó también que “la gente de Independiente debe haber sentido mucho orgullo esa noche, por la forma en que salimos a jugar una final, a arrasar y nada menos que contra River, por cómo ganamos, por el fútbol que desplegamos. Fue sensacional ese título”.

Por su nivel de juego, la revista El Gráfico tituló “Independiente sacó campeón al fútbol” y su competencia, la Goles, fue con un “Independiente campeón por más glóbulos rojos”. En referencia a Bochini, el maestro de periodistas Osvaldo Ardizzone escribió en Goles que “pocas veces, o, tal vez, excepcionalmente, uno puede admitir la importancia de un solo jugador para decidir un partido” y que “Independiente con un jugador como Bochini podría ser la explicación del partido. Lo que determinó esa abrumadora superioridad que, en la red, debió concluir por más goles. Sólo la capacidad de Fillol pudo impedirlo”.

El Gráfico criticó a River porque “le faltó valentía para encarar el partido de la única manera que puede hacerlo: agrediendo, atacando”. Y en el mismo comentario de Carlos Ferreira agregó que “Independiente debió golear. Su superioridad fue absoluta, total, apabullante”.

Como era habitual entonces, El Gráfico convocó a Bochini al día siguiente al viejo estadio de la doble visera para rehacer las fotos de los goles. Con camisa dentro del pantalón oxford clarito, y ya sin público, doce horas después de los festejos, el Bocha se prestó a una producción fotográfica en la que el periodista Juan José Panno arranca escribiendo que “los hinchas del fútbol llegan a la cancha frotándose las manos, en el clásico gesto del gozo a cuenta, porque saben que cuando llegue la hora les serán concedidos todos los deseos: juega él”. La foto era un Bochini saliendo de una lámpara, con el título “Bochini, el genio de la lámpara”.

Omar Pastoriza, referente de la historia roja, invitó a sus dirigidos a celebrar el título en su pizzería, la entonces célebre La gata Alegría. Él mismo se encargó de servir pizzas y cervezas al plantel campeón. “Jugamos el partido decisivo con la tranquilidad de saber que no era cuestión de vida o muerte, y que si perdíamos nadie iba a volverse loco”, dijo. Una cuestión de principios.

Ángel Labruna, responsable desde el 75 de un River que se había vuelto imparable para recuperar su lugar en la historia, nunca se andaba con vueltas. “Abatido”, según Goles, disparó: “Esto que acaba de ocurrir es el monumento a la injusticia. Jugamos tan bien todo el campeonato. Fuimos los mejores de todos, los que dimos mejor espectáculo, los que perdiendo dejamos a todos contentos (…) Es decir, que por el sólo hecho de no jugar bien dos, nada más que dos, perdemos el campeonato”. “Estos campeonatos cortos son la muerte. En los de largo aliento es dónde se ven los pingos”, agregó. Y: “Hice que lo tomaran en zona (a Bochini). Si no dio resultado es porque Bochini se las ingenió para superar las marcas”.

Norberto Outes, que hizo 14 goles (Reinaldi, de Talleres de Córdoba, fue el goleador con 16), se llevó tras el partido el buzo de Fillol. “Se lo pedí porque es un verdadero fenómeno”, se justificó. Con sus atajadas, Fillol evitó que la diferencia fuera mayor. Pero del otro lado del arco estaba otro arquerazo: el Chocolate Baley, suplente del Pato en el Mundial 78.

Aquel Independiente ganó 13 de los 20 partidos jugados, empató 5 y perdió 2, con 41 goles a favor y 20 en contra. Por eso el corolario fue la gente saltando la vieja fosa para dar la vuelta olímpica con sus jugadores y quitarles la ropa -una costumbre ya vieja en nuestro fútbol-. Sus hinchas vivían tiempos de gloria. No era para menos: tenían a Ricardo Enrique Bochini.

SÍNTESIS

Independiente (2): Héctor Baley; Rubén Pagnanini (Horacio Insaurralde), Hugo Villaverde, Enzo Trossero y Osvaldo Pérez; Omar Larrosa, Carlos Fren y Ricardo Bochini; Antonio Alzamendi (Fontana), Norberto Outes y Alejandro Barberón. DT: José O. Pastoriza.

River Plate (0): Ubaldo Fillol; Eduardo Saporiti, José L. Pavoni, Daniel Passarella y Héctor López; Juan J. López, Reinaldo Merlo y Norberto Alonso; Pedro González (Rubén Galletti), Leopoldo Luque y Oscar Ortiz. DT: Angel Labruna.

Cancha: Independiente.

Árbitro: Jorge Romero


HACE 40 AÑOS

El fútbol argentino de entonces tenía una dirigencia que anunciaba el declive que vivimos en la AFA actual. Alcanza como ejemplo que uno de los temas del momento era que se especulaba con la renovación del contrato de César Luis Menotti al frente del seleccionado, aún cuando seis meses antes se había conquistado el Mundial en nuestro país. En lo deportivo, también era noticia el debut de Carlos Reutemann como segundo piloto de Lotus (Mario Andretti era el primero), tras su paso por Ferrari. Pilotos como Didier Pironi, Niki Lauda, Nelson Piquet, Gilles Villenueve y James Hunt se aprestaban a disputar el el Gran Premio de la República Argentina el 21 de enero. Hugo Porta se ubicaba en el quinto lugar del ranking mundial de jugadores de rugby que publicaba el semanario francés Midi Olympique. Y el seleccionado juvenil de fútbol le ganaba 4 a 0 a Perú (dos de Hugo Álvez, uno de Diego Maradona y otro de Ramón Díaz) en el Centenario de Montevideo, en el Sudamericano Juvenil que sería la base para el título mundial que en septiembre del 79 lograría en Japón, conducido por el todavía cuestionado Menotti.

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

Por Alejandro Duchini.

La presente entrevista fue publicada en la revista El Gráfico de este mes, que se puede conseguir en los kioscos. Acá, va otra forma de leerla.

“Anoche era un empate clavado / de los que se definen por brindis”, canta Iván Noble en su tema Donde gustes y cuando quieras. O también, como en su último disco, Perdido por perdido: “La muerte patea / fuerte y al medio”, en Fuerte y al medio. Las letras de sus canciones suelen tener imágenes futboleras. Estos son apenas dos ejemplos en los que el músico -ex Caballeros de la Quema- apeló en sus composiciones al fútbol, una de sus pasiones. Pasión pintada con los colores de Boca, del que es hincha desde los tiempos en que jugaba a la pelota en la calle de su barrio de infancia, en Ituzaingó, en el oeste del conurbano bonaerense. Hoy sigue dando rienda suelta a ese gusto, ya sea en La Bombonera, cuando va con su hijo, o cuando sigue los partidos “con el 55 pulgadas y comiendo facturas”, como le dice a esta revista durante la extensa entrevista que sigue.

-¿Por qué sos hincha de Boca?

-Mi viejo no era futbolero, así que no fue por mandato familiar. Se dio porque delante de mi casa, en Ituzaingó, vivía una familia con un hijo de cuatro o cinco años más que yo. Diferencia que ahora no es nada, pero en esa época parecía una eternidad. Con ese chico, Eduardito, jugaba al fútbol en la calle. Él me hizo de Boca. Sin embargo, mi papá trataba de ser generoso y de vez en cuando me llevaba a la cancha. A veces a la de Vélez y otras a la de Ferro, que eran las que quedan de paso yendo con el tren Sarmiento. De hecho, mi primera vez en una cancha fue en la de Ferro. Un partido entre Ferro y no sé quién. Pero la primera vez que fui a La Bombonera me llevaron mi amigo Germán y su papá, que también eran de Boca. En ese entonces tendría unos diez años. Íbamos a la platea alta. Eran los tiempos del equipo del Toto Lorenzo: 76, 77 y 78. Luego llegaron los tiempos de la adolescencia, de ir con amigos del colegio. Pero no era buena época de Boca: los años 84, 85. Y de adulto también fui, aunque no tan asiduamente. En la época de Bianchi fui bastante. Después iba con El Zorrito (Von Quintiero), amigo y colega, con quien sigo yendo. Ir a la cancha era una experiencia casi inconcebible. Hoy, por el contrario, el fútbol tiene una presencia cotidiana enorme. Pasás por un televisor y siempre hay fútbol. Antes había sólo dos campeonatos por año y había que esperar a los lunes para ver los goles. O más en los años 80 el programa Todos los goles, el domingo a la noche, siendo yo más adolescente, con Dante Zavatarelli, el del moñito. Mi oficio hace que muchos fines de semana esté afuera, así que cuando estoy en casa me cuesta ir desde Benavídez, donde vivo, hasta La Boca. Hoy me gusta mucho ir con Benito, mi hijo, que es futbolero. Sobre todo a los partidos de Copa, que se juegan de noche. A esta edad, mi vínculo emotivo con el fútbol sigue siendo con mi infancia o con mi hijo.

-¿Se disfruta más ir a la cancha con un hijo?

-Compartir el fútbol con mi hijo… Hay un nudo que cualquier psicólogo intentaría desatar. No le reclamo ni en pedo a mi viejo que no le haya gustado, pero trato de ir con mi hijo, que le guste. Claro que me hubiera gustado también compartir con mi papá. Cuando voy con mi hijo lo miro más a él que al partido. Es más conmovedor ver sus primeras reacciones en la cancha que el partido en sí. La primera vez que lo llevé fue en la época de Falcioni. Fuimos a un palco, como invitados. Era también mi primera vez en el palco. Desde ahí, fuimos varias veces. Vimos la vuelta olímpica contra Tigre. O sea, ya vi una vuelta olímpica con mi hijo en una cancha. También la final contra el Corinthians (Libertadores, 2012). Hoy en día lo que más me gusta es ir con él. Si es por mí, a esta altura, con 48 años y sobreadaptado a las comodidades burguesas del HD, veo los partidos en casa tomando mate y comiendo facturas en un 55 pulgadas. Ya no me sale un domingo arrancar a las 12 del mediodía desde Benavídez a la cancha. Pero la Copa es otra cosa, tiene algo especial.

-Si te digo “Boca”, ¿cuál es la primera formación que recordás?

-La del Toto Lorenzo. Esas cosas quedan incrustadas en la memoria de una forma particular. Se trata de mis héroes. Yo tenía los pósters de ese jugadores. Todos sentaditos. Y de aquella época, recuerdo más mis sensaciones que cómo jugaban. Me acuerdo de cosas puntuales, pero a veces desconfío de que hayan sido como las recuerdo. Por ejemplo, una Copa en la que Gatti le atajó un penal a Vanderley, que la ví en la casa de un vecino hincha de San Lorenzo. También recuerdo un Boca 1-Peñarol 0 en Montevideo, con gol de Mastrángelo. No sé cómo me quedó eso en la memoria. También el Boca 3-Borussia 0, que no se televisó. Fue un día de semana a la tarde, en invierno: yo jugaba al tenis y me escapaba para escucharlo por radio en el club. Nunca olvido el gol de Suñé a River en un final, una noche en la que mis viejos me dejaron solo en casa. !Te lo juro! Me acuerdo de todo eso. Si me preguntás por el Boca del 94, lo recuerdo pero más confusamente. Los momentos más fuertes son mi primer Boca -el de Lorenzo- y el de Bianchi, por motivos obvios…

-¿Por qué recordás más los equipos que viste de chico que los de adulto?

-Tiene que ver con que el fútbol jamás vuelve a tener el peso específico que tiene en la infancia. Porque el fútbol es la infancia. Tengo una teoría con un amigo según la cual los hombres, cuando nos ponemos grandes, somos rústicos y venimos sin levantavidrios eléctrico y queremos dos o tres cosas: que no nos rompan los huevos, que nos mimen y guardar un poquito de infancia. El fútbol ahí es la metáfora perfecta: ¿qué otra cosa somos, si no chicos, a los 48 años cuando gritamos ante el televisor por una pelota que dio en el palo? Sólo un chico tiene esas actitudes. No hay explicación racional. Un tipo que a sus 48 llora por un penal es un niño. Es una pasión tan absurda, y que por suerte tenemos, que permite conservar terrenos de la infancia. Para bien y para mal.

-¿Qué se pierde aquel al que no le gusta el fútbol?

-Tuve charlas con gente a la que no le gusta. No son muchos. Creo que se pierden, y es algo políticamente incorrecto con estos tiempos, una cuestión de masculinidad y camaradería varonil, cierto código del honor, de generosidad. Que no es que se aprenden sólo en el fútbol, pero que una cancha los pone en juego todo el tiempo: no se pega de atrás, no se es ventajero, se es responsable, se es generoso, si te tiran una pared, devolvela. Por mi parte, este deporte me dio recuerdos de esos tan vívidos que no se olvidan más. El Boca 3-River 0 no lo olvido más. Esa noche, con el gol de Maradona dejando en el piso al Pato Fillol. Tampoco olvido el gol de Perotti a Ferro, en el 81. Que lo escuché en la cancha de pelota a paleta del club donde escuchaba todos los partidos. De pocas cosas tengo recuerdos tan nítidos de la infancia como del fútbol. Aquel que no le guste el fútbol tendrá, supongo, los recuerdos en otro lado, pero me parece difícil que algo tan enorme y simbólico pueda ser reemplazado fácilmente.

-¿Somos, en términos generales, cómo jugamos?

-No lo sé. Pero supongo que el egoísta difícilmente devuelva una pared o dé muchos pases goles. Supongo que el vago en la vida difícilmente sea un cinco que raspa. Aunque puede ser. Sí creo que en la cancha se ven algunos rasgos de personalidad.

-¿Qué aprendiste del fútbol?

-Dudo acerca de si el fútbol fue una gran escuela de vida. Tal vez lo sea para el que se dedicó al fútbol, como un jugador o un técnico. En ese sentido, a lo mejor sí. A mí, en todo caso, me ayudó, primero, a tener héroes en la infancia, que es el momento en que hay que tenerlos. También me dio amigos, porque los primeros equipos de juego era con ellos, es parte de la socialización. Uno tenía la familia, el colegio y el fútbol. Amaba jugar en la calle al fútbol y a los autitos en una época en que no había nada digital. Hablo de un mundo analógico en el que no existían computadoras ni ipods. El fútbol en la calle era fundamental. Lamento que mi hijo no tenga eso. Trato de llevarlo a jugar a canchas, pero no es lo mismo.

-Y cuando se venía un coche se gritaba “auto” y el partido se detenía.

-¿Ves? !Esas cosas! Ahí también se veía cómo era uno. Cuando pasaba un auto todos se quedaban en el lugar. Y posiblemente alguno se corría un poco, se ubicaba mejor, más cerca del arco contrario o de la pelota. Se jugaban ahí ciertas reglas de caballerosidad. Pero no sé si me enseñó a vivir. Sí sé que el fútbol fue parte muy importante de mi vida. Hoy me sigue gustando, pero soy más crítico y estoy desencantado…

-Se idealiza menos.

-Son otras épocas. Yo tenía el poster de Mastrángelo o Gatti y sabía que iban a estar diez años en Boca. Mi hijo, cuando le empezó a gustar el fútbol, en la época de Falcioni, tenía todas las figuritas. Al otro año, al volver al colegio, cuando salieron las nuevas figuritas y se disponía a juntarlas, todo cambió. Recuerdo su cara de conmoción cuando veía que eran otros jugadores. “¿Dónde está Silva?”, me preguntaba. Le encantaba Silva porque una vez fuimos a un evento de Boca y él lo llevó al vestuario. Orión le dio unos guantes. Eso de juntar figuritas y que enseguida el equipo cambie a nosotros no nos pasaba. ¿Cómo vas a tener héroes, entonces? Los Riquelme son los últimos  representantes del heroísmo. A Benito le tuve que reconstruir la historia de Tévez. Pero no deja de ser un relato mío. Él no lo vio jugar antes.

-Además, en los tiempos de tu infancia y adolescencia los partidos se “imaginaban” gracias a la radio.

-Cuando Boca salió campeón con Maradona, en el 81, equipo que recuerdo mucho, consigue un título después de varios años. Porque paso de verlo campeón en mi cuarto grado, en el año 77, a la secundaria. Mi papá, cuando viene Maradona a Boca, me compró una radio chiquita sólo para escuchar la campaña de Boca, que la relataba Víctor Hugo. Yo tenía 13 años en ese entonces y todos los domingos escuchaba a Boca y en la semana me encerraba a escuchar Sport 80. Hoy cuando escucho algo de fútbol me acuerdo de eso.

-¿Qué tan importante es el fútbol para vos?

-De las cosas que no son importantes, es la más importante. No sé quién dijo eso, pero lo comparto. No te modifica la vida en nada lo que pase en un partido. Pero de todos modos uno se frustra cuando su equipo pierde, por ejemplo. En esos casos me digo “tengo un hijo hermoso, un lindo trabajo…”, y trato de racionalizar la decepción.

-Pudiste ser futbolista: te fuiste a probar a Ferro.

-Recuerdo haber ido sin demasiada convicción. Éramos 50 tipos a los que nos tiraron una pechera y nos hicieron correr 15 minutos. No tengo aquello como algo glorioso. Ni chances tenía. Fui con dos amigos y nos volvimos. El sueño del futbolista lo dejé hace mucho. Porque a la vez jugaba al tenis, donde tenía mejores condiciones. Ahí sí tuve chances de ser tenista. Jugaba en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó en torneos interclubes, torneos de menores. Una vez jugué muy bien contra River y hablaron con mi papá para ofrecerme jugar para ellos. Eso significaba ir a estudiar al Instituto de River. Como vivía en Ituzaingó y mi viejo laburaba y no me podía llevar, era muy complicado ir hasta allá por mi cuenta. Además, en ese momento influía un poco mi condición de hincha de Boca. Igual, abandoné el tenis.

-¿Tus máximos ídolos?

-Gatti y Mastrángelo. Gatti, el prototipo del héroe para la época: colorido, teatral, y además era un arquerazo. Y Mastrángelo porque yo jugaba de delantero y tenía el número 7 en la camiseta, el que me pegaba mi vieja. Recuerdo el equipo de memoria: Gatti; Pernía, Sá, Mouzo y Tarantini; Benítez, Suñé, Ribolzi; Mastrángelo, Salinas y Perotti. También Brindisi, en el Boca de Maradona. Ya de más adulto, el Mellizo Guillermo fue otro héroe. Y Román y Palermo, claro. Pero el Mellizo era mi debilidad, por pillo, por todo lo que significaba.

-¿Y el segundo Maradona en Boca qué te pareció?

-Ese año fue muy intenso. Visto a la distancia, hay muchos otros jugadores que me dieron más alegrías boquenses. También porque creo que la vuelta de Maradona a Boca fue demasiado crepuscular, a mi gusto. No tristona pero sí sin pena ni gloria. Eso empañó un poco la situación. Maradona es más símbolo de la Selección que de Boca.

-En tus canciones solés hacer citas futboleras. En tu último disco, Perdido por perdido, cantás que “la muerte patea fuerte y al medio”, por ejemplo.

-Todo el tiempo. Porque uno escribe de lo que es y cómo es. Escribo así porque suelo hablar así. Confío mucho en el habla coloquial sin sobreactuar. No hay en eso un mérito literario. Así hablo con mis amigos cuando comemos. Entonces uso ese estilo en las canciones porque suelen ser metáforas.

-Hace poco, en una columna tuya en el programa Tocala (T&C Sports) presentaste a George Best como el quinto Beatle. ¿Te gustan esas historias?

-Me gustan, y mucho. También me pasa con el boxeo, que a mi papá le gustaba mucho en la época de Monzón, Galíndez. Cuando se veían las peleas, se paraba el país. Sin saber de boxeo, me parece que es otro gran lugar que ilustra mucho la vida. me da la sensación de que es un lugar más noble que el fútbol. Más en carne y hueso: dos tipos fajándose y abrazándose con cierta idea de la caballerosidad e hidalguía que excede al fútbol. En el boxeo nadie pide amarilla. Me interesa mucho eso. Y las historias de los personajes: los Best, los Bonavena, los Tyson, los Houseman. Tal vez el fútbol y el boxeo no sean más que el atajo para contar esas historias de vida. El otro día escuchaba la historia del Pichi Mercier, que jugaba en Flandria y se iba a dedo a entrenar. Y no fue hace mucho. Yo a los 17 ya era músico. Y en siete años él pasó de jugar en Flandria a ser campeón de la Libertadores con San Lorenzo. Creo que el deporte, estos deportes en realidad, tienen esas historias en que los héroes quedan en carne y hueso muy seguido y eso los hace entrañables para quienes nos gustan las historias de vida.

-¿Creés en el “ganar como sea”?

-Creo que hay que aprender a tener paciencia. Es sentido común, aunque el sentido común no es lo que abunda. En general, lo raro es ganar. Esas frases tipo “Boca es deportivo ganar siempre” están bien como arenga, pero cuando juegan treinta equipos, ¿por qué vas a ganar siempre? No me gustó lo que pasó con Falcioni en Boca y me gustó muy poco lo del Vasco.

-¿Y lo de Bianchi?

-Entiendo que fue casi una metáfora: el tipo que más alegrías le dio a Boca se tuvo que ir así. Tuve la sensación de que fue como cuando se vuelve a esos viejos amores. En un momento dije que la vuelta de Bianchi a Boca fue como dice el tango Como dos extraños, que me gusta mucho, por mi viejo: “Y ahora que estoy junto a ti / parecemos ya ves, dos extraños / lección que por fin aprendí / cómo cambian las cosas los años”. No era lo mismo. No había chances de que fuera lo mismo. Y al Melli hay que esperarlo, hay que bancarlo un mínimo de cuatro años. Creo que los técnicos imponen su sello cuando tienen sus jugadores. Le tengo fe, me gusta su idea. Además me gusta esta tendencia de los clubes a llevar a ídolos contemporáneos como técnicos. Pienso en Gallardo en River, en Milito en Independiente. Sigo creyendo, tal vez ilusamente, que son tipos que, aparte de ser profesionales, tienen el plus de amor que se lo pueden transmitir a los pibes que dirigen. Ese famoso “él sabe lo que es Boca”, “él sabe lo que es River”. Es un plus.

¿Cómo te llevás con la Selección?

-No soy muy hincha. Soy más bien como el prototipo más hincha de su club que del seleccionado. Me entusiasma en los Mundiales. Sin embargo, en la final perdida en 2014 me dio lástima. Me había acercado emocionalmente a la Selección. Sobre todo por mi hijo. Porque fue el primer campeonato del mundo que, con su razón futbolera, vimos juntos. Me hubiese gustado festejar el título con él en la calle. Pero se quedó angustiado después del partido contra Alemania y tuve que explicarle que ser segundo entre todos los equipos del mundo no está mal. No lo conformó mucho.

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

Por Alejandro Duchini

Mi papá lo contaba siempre. En cada reunión sacaba el tema. Que con ocho hombres (porque nunca decía “jugadores”; decía “hombres”) le habíamos empatado a Talleres, en Córdoba. Que el gol lo había hecho Bochini, después de una pared con Biondi. Que era el 2 a 2 pero que el gol visitante valía doble. Así que éramos campeones. Antes, los cordobeses habían puesto el 2 a 1 con la mano de Bocanelli y se llevaban el título del Nacional. Todavía tengo las revistas El Gráfico y Goles que él compró entonces. En aquellas fotos se ve la falta: la mano clarita. Nunca voy a olvidar a Trossero llorando y a Larrosa exclamando un “nos están robando”. En tanto, Pastoriza les decía a sus jugadores que no abandonen, que sigan el partido. Porque querían abandonar al sentirse tan estafados. Encima, ese Talleres era un monstruo: Saporitti, su técnico, contaba con Ludueña, Valencia, Galván… Y a los 42 apareció el mejor Bochini. Anotó y fuimos campeones. Tantas veces me lo contó mi papá que ya es como si esa noche del 25 de enero del 78 yo hubiese estado en la cancha. Ahora no está mi viejo para contarme aquella historia de héroes y villanos con el árbitro Roberto Barreiro a la cabeza. Pero está Daniel Dionisi, que me traslada en el tiempo porque la cuenta en su genial 50 impactos del fútbol argentino (de Club House, una editorial que está sacando unos títulos increíbles de temática deportiva). Ese partido es el 37mo. de sus elegidos. Claro que podrían ser más y el mismo autor lo aclara en el Prólogo: “Seguramente en ciento veinte años de historia hay muchos más que cincuenta impactos. Los que registra este libro fueron elegidos desde la pasión de un hincha de fútbol. Son relatos escritos con el humilde propósito de que los impactos sigan impactando”. Y lo logra.

50 impactos del fútbol argentino50 impactos del fútbol argentino es una forma de recorrer la historia del fútbol a través de su semilla más pura: los partidos. Bien escrito y con los datos justos, además de pasión, las más de 200 páginas son un viaje tanto a encuentros desconocidos como a aquellos contados en reuniones familiares a través de padres y abuelos. Es, también, un recorrido a vivencias presenciales, porque los últimos encuentros son actuales. De hecho, el último es Argentina 0 – Alemania 1, en el Mundial de Brasil 2014. El síndrome del 10, se titula.

“No todos los impactos estimulan, también están los que duelen. La tragedia de la puerta 12 no se olvida y forma parte de la genética futbolera argentina, como la dolorosa tarde en que Maradona contó que le habían cortado las piernas”, advierte el autor en las primeras líneas. Luego empieza el viaje, que abre en lo más profundo de la historia, con un Buenos Aires English High School 5 – Quilmes 0. “El English High School había sido fundado por Alexander Watson Hutton, el padre del fútbol argentino”, se explica. Después será el turno del primer partido de la Selección argentina, que el 20 de julio de 1902 le ganó 6 a 0 a Uruguay en Montevideo. “El partido fue claramente dominado por los argentinos, que ganaron seis a cero y le pusieron la primera chapa a la historia del clásico”, refiere.

Lo que sigue es la aparición de los equipos hoy más tradicionales. El Racing que desde 1913 se convirtió en la Academia, las rivalidades entre las selecciones de Argentina y Uruguay con incidentes (se hace memoria con el gol “olímpico” de Onzari en la cancha de Barracas Central, en octubre del 24), Boca y su victoria por 1 a 0 ante el Real Madrid en España, en 1925, y algunos River – Independiente.

Lo bueno de Dionisi es que a cada encuentro lo desmenuza con detalles de color. Por ejemplo, al recordar la primera final de un Mundial (30 de julio de 1930), que nos ganó Uruguay 4 a 2, escribe que se rumoreaba que Luis Monti jugó tan apagado porque había tenido amenazas: “Dentro de 90 minutos, sabremos si tenemos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”.

Para los de San Lorenzo también hay material de lectura: está el 6 a 1 a España en 1947, para el que el autor aclara que se trató del “mejor equipo de San Lorenzo de la historia”, que dejó huellas imborrables en ese país. Siguen los capítulos: el de Racing 1 – Banfield 0 del 51, el del primer triunfo de Argentina ante Inglaterra (3 a 1, el 14 de mayo de 1953), el de un Independiente 3 – Boca 1 (el partido con más público de la historia del fútbol argentino, 15 de agosto del 54) y aquel de los carasucias que con la camiseta del Seleccionado le ganaron 3 a 0 a Brasil en Lima, el 3 de abril del 57, cuando Corbatta dijo al aire de una radio su célebre “nos están cagando a trompadas”.

Luego, el llamado Desastre de Suecia; y algunos Boca-River memorables, como el del 62, cuando Roma le atajó el famoso penal a Delem. Y más mundiales y más nombres: Amadeo Carrizo, Roberto Perfumo y El Chango Cárdenas y su golazo al Celtic, entre muchos, muchísimos otros.

Está el capítulo más triste, el de la Puerta L: La peor tragedia. Lo cuenta desde la mirada de un joven muy joven que fue a al Monumental y vivió una experiencia tan aterradora como inolvidable. Se llama Luis: “Hoy peina canas y sabe que el recuerdo de aquel atardecer trágico, denso y oscuro el invierno de 1968 lo acompañará hasta el último día de su vida futbolera. De su vida”, escribe Dionisi.

También hay espacio para el recuerdo de momentos imborrables protagonizados por equipos que no pertenecen a los cinco grandes: Estudiantes y sus títulos internacionales, una victoria de Chacarita sobre River y las emociones del clásico rosarino, entre Newell’s y Central. Historia pura.

No se olvidan las malas rachas de Racing y River que no ganan títulos, la época de oro (y de Copas) de Independiente, las buenas y malas de Boca, la aparición de Maradona en la tarde del 20 de octubre del 76, cuando Argentinos cayó ante Talleres en La Paternal por 1 a 0. Tampoco la revancha de Diego a un Gatti que lo había tratado de “gordito”. Ocurrió el 9 de noviembre de 1980, cuando Argentinos se impuso 5 a 3 a Boca en cancha e Vélez. “Hoy le meto cuatro”, contestó Maradona a Gatti. Y cumplió. También está el recuerdo de la única final entre Boca y River, que ganaron los xeneizes 1 a 0, en cancha de Racing, el de 22 de diciembre del 76, con un gol de Suñé al mejor Fillol.

Aunque no soy de River, recomiendo leer especialmente el sentimiento de autor volcado al River 1 – Belgrano 1, que valió el descenso millonario el 26 e junio de 2011. Ya desde el comienzo el capítulo se vuelve atrapante. Luego: “Hasta que un día, no sabés cuándo, el maldito muñeco de la derrota empezó a crecer desde los cimientos del Monumental. Dirigentes corruptos, técnicos mediocres, jugadores sin blasones. ¿Cuándo fue que empezó la decadencia?”, se pregunta Dionisi. Para cerrar: “… Y te vas a dormir llorando en la noche del día en que conociste al infierno”.

Las líneas que cierran el libro están dedicadas a Lionel Messi. Dice Dionisi: “Al mejor jugador de la historia le queda mucho fútbol en el alma. Ojalá lo despliegue con la celeste y blanca, así la mirada triste del Maracaná se convierte en un grito victorioso en el Estadio Olímpico de Moscú”. Éste es el último impacto. Tan espectacular como los otros 49.