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MIS HÉROES DE NAVIDAD

MIS HÉROES DE NAVIDAD

Estamos en los últimos días de 1983. Independiente tiene a Ricardo Bochini, Enzo Trossero, Claudio Marangoni y Ricardo Giusti. Juega fenómeno y será el campeón del Metropolitano de ese año. Para colmo, en ese mismo torneo Racing se va a la B. “Cosa maravillosa, cosa de no creer, el Rojo campeón del Metro y Racing se va a la B”, se burlan los hinchas desde la repleta Doble Visera. Pero hay otro colmo: Racing había descendido una fecha antes, perdiendo con Racing de Córdoba, y su partido siguiente es fatalmente con Independiente, que le gana 2 a 0 y da la vuelta olímpica mientras los otros padecen lo peor que se pueda padecer en el fútbol. Deberán esperar casi 30 años para tomarse revancha en la cargada. De esa tarde no me olvido la cancha colmada por hinchas rojos y unos pocos de Racing a los que admiraba porque hacían el aguante ahí, donde tenían casi todo para perder. La única que les quedaba era que aquel equipo arruinado hasta en lo económico diese el batacazo, gane y el campeón fuese San Lorenzo o Ferro, los otros que estaban en la pelea.

Tengo 12 o 13 años. Recuerdo el estado de alegría que había estallado socialmente: Raúl Alfonsín acababa de ganar las elecciones que ponían fin a la dictadura asesina. El 10 de diciembre había asumido. En las radios sonaban bandas de rock increíbles. Serú Girán acababa de despedirse y se escuchaba su disco en vivo ; aparecían Virus, Los abuelos de la nada, GIT, Soda Stéreo, Miguel Mateos – Zas; Charly García y el Flaco Spinetta la rompían como solistas, Juan Carlos Baglietto era un rockero más y asomaba Fito Páez. También estaba Alejandro Lerner. Mis juguetes preferidos eran los muñecos Top Toys de Star Wars y mi nuevo personaje televisivo era He-Man, estrenado en el renovado y democrático Canal 9. Y el 22 de diciembre los hinchas de Independiente celebrábamos, por fin, un campeonato después de quedarnos con las ganas en los dos anteriores, que se llevó el Estudiantes de La Plata armado por Carlos Bilardo. Uno por un gol y otro por un punto.

Así que en aquel primer diciembre democrático de mi vida podíamos respirar tranquilos después de sufrir el acoso del San Lorenzo recién ascendido, que jugaba bárbaro, llenaba las canchas y quedó con 47 puntos, a sólo uno de nosotros.

¡Éramos campeones! Dos días después se celebraba la Navidad. En la mesa con mi papá no hablábamos de otra cosa que del 2 a 0 a Racing con goles de Giusti y Trossero que habíamos visto en la cancha. En esos tiempos teníamos abono a platea y no nos perdíamos ni un partido. Nos acompañaba Antonio, mi padrino, a quien siempre consideré mi segundo padre. El año siguiente nos esperaban noches de Copa Libertadores, que la ganaríamos, y para fines del 84, la Intercontinental ante el Liverpool inglés. ¡Cómo no iban a ser mis héroes aquellos 11 tipos liderados por Bochini que, además, nos vengaban de los ingleses después de la Guerra de Malvinas!

Amaba a Bochini. A Trossero, el Gran Capitán del Rojo. También a Pastoriza, el técnico que había vuelto para reemplazar a Nito Veiga, un fenómeno que al frente del equipo logró dos subcampeonatos y se tuvo que ir, dejando el equipo armado. Y Burruchaga, un pibe humilde, salido de inferiores, que jugaba en cualquier puesto y la rompía. Y Hugo Villaverde, que paraba a los rivales y no hablaba con la prensa. Asomaba Percudani, que un año después le haría el gol de la victoria al Liverpool, en Japón, y se llevaría una llave gigante y simbólica para quedarse con un coche que se repartiría con el plantel.

Así que a horas de aquella Navidad mi viejo salió a comprar El Gráfico en cuya tapa estaban Trossero y Giusti. Unos días después compraría también El Gráfico Especial Independiente Campeón. Conservo los dos ejemplares.

A la salida de la cancha, después del 2 a 0 a Racing, mi papá manejaba el Torino por Avellaneda cuando se quedó. Atrás venía un micro lleno de hinchas que se bajaron a empujarnos. La buena onda se notaba hasta en esos detalles. El coche arrancó y fuimos a buscar a mi mamá y a mi hermana para volver a casa. En el camino a Liniers, por Rivadavia, yo iba feliz en el asiento trasero con una bandera de Independiente que me había hecho mi mamá porque comprar la tela y hacerla era más barato que comprar una en la cancha. “Además, esta tela es mejor” se justificaban mis viejos para no pagar la otra, que a mí me gustaba porque tenía el escudo original. La de mi vieja, en cambio, era roja con el C.A.I. en tela blanca. Muy artesanal para lo que yo quería. Cuando llegamos a la altura de Rivadavia y la avenida La Plata el tránsito estaba parado. Era de noche y yo llevaba la bandera colgada sobre la ventanilla trasera, del lado izquierdo. Cuando nos dimos cuenta de que la demora se debía a que los hinchas de San Lorenzo habían cortado el tránsito para celebrar el subcampeonato ya era tarde. Vieron mi bandera y se vinieron lento hacia nosotros. Pocas veces tuve tanto miedo como esa vez en la que aquellos tipos se acercaban. No sé qué les pasó por la cabeza a mis padres ni a mi hermana. No lo sé como tampoco puedo saber qué me pasó a mí. Quedé como abstraído, en trance. Como un budista urgente. Hasta que escuché que alguien decía “dejálos que hay pibes”. Y con un flaco de mi edad que llevaba una camiseta de San Lorenzo nos miramos fijo. Él, desafiante, como esperando el menor gesto en mi rostro pálido para atacarme y quitarme la bandera. Yo lo miraba sin saber que me iba a acordar de él para siempre. Que durante noches y días su cara me amenazaría desde el fondo de mis miedos.

Un rato después yo ensayaría una respuesta valiente desde que sabía que aquello había pasado y habíamos vuelto a mi casa, en Liniers, vivos y sanos para celebrar la Navidad unos días después. En esa respuesta le decía, con mi mejor cara de Rambo y mientras flameaba mi bandera en la feliz noche porteña: “Sí, sí, señores, yo soy del Rojo, porque este año, de Avellaneda, de Avellaneda, salió el nuevo campeón”.

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

Por Alejandro Duchini

Fotos: Nicolás Borojovich

Pocas veces un club de fútbol de los grandes estuvo tan mal como San Lorenzo entre fines de los 70 y principios de los 80. En esa época, perdió su histórico Gasómetro, sobre avenida La Plata. El último partido se jugó el 2 de diciembre del 79. Entonces tuvo que irse de Boedo. El desarraigo barrial fue tremendo. Una herida que no cicatrizó y que tal vez jamás cicatrizará. En ese estadio había, además de historia y goles, espectáculos de toda índole: boxeo, atletismo y hasta catch. Martín karadagián llegó a pelear ahí.

San Lorenzo se quedó sin figuras y sin goles. Apeló al Toto Lorenzo pero no alcanzó. En la última fecha del campeonato de 1981 -el que Boca ganó con Maradona, Brindisi y Perotti- perdió la categoría. Argentinos Juniors -su rival en la pelea por no descender- le ganó 1 a 0 y se puso arriba en la tabla por un punto. Con el empate, San Lorenzo se salvaba.

El Gasómetro era entonces un lugar abandonado, con pasto alto y tribunas rotas que se desarmaron para que Carrefour levante su supermercado. “En vez de cancha tenés changuito”, se burlaban las hinchadas rivales.

Las canchas en las que fue local en el ascenso fueron las de Vélez, Boca y River. Había empezado en Ferro, pero le quedó chica. Fue una revolución. San Lorenzo renació. Llenó tribunas y plateas a más no poder. Liniers se identificó con el azul y rojo. El Toto Lorenzo se fue a mitad de campeonato y lo reemplazó José Yudica.

El equipo era tremendo. Pero se destacaba Rubén Darío Insúa, un volante genial que hizo el gol de penal con el que San Lorenzo logró el ascenso ante El Porvenir, en River, el 6 de noviembre de 1982, hace 35 años.

Al año siguiente casi consigue el campeonato Metropolitano, que lo perdió ante un Independiente increíble dirigido por Pastoriza y comandado por Bochini. Ese San Lorenzo tenía como técnico al Bambino Héctor Veira. Caso raro el del Bambino: los medios de (des) comunicación le dan todavía lugar para que haga chistes y comente fútbol aún cuando estuvo en la cárcel por abusar de un menor de edad. Como sociedad, deberíamos pensar un poquito más en eso.

San Lorenzo marcó historia de la buena. No tuvo cancha pero sus hinchas llenaron cualquier lugar en el que jugaba el equipo. En los 90 levantó su estadio en la Ciudad Deportiva, en el Bajo Flores, y hasta fue campeón en el 95, dirigido de nuevo por Veira. También ganó su primera Copa Libertadores. Ahora sueña con volver a Boedo.

Es, San Lorenzo, uno de los equipos con mejor literatura del fútbol argentino. Por lejos. Entre sus hinchas estaba nada menos que el gordo Osvaldo Soriano, quien sufrió desde el exilio aquella campaña del descenso. Una de sus mejores notas la hizo con su ídolo, José Sanfilippo, a quien entrevistó entre las góndolas mientras le contaba que donde estaba la leche había mandado un centro o donde cortaban la carne había hecho otra cosa. El gran Horacio Convertini, el genial Fabián Casas y el autor de policiales Marcelo Luján son también algunos de sus hinchas que andan entre las letras. Mis colegas Fabián Galdi y Alberto Dean, grandes periodistas que se formaron en la vieja redacción de Crónica, también tienen su corazón azulgrana. Dean escribió uno de los mejores libros sobre el club: San Lorenzo querido – 100 años de pasión. Pero hay más. No se pierdan, aunque sean de Huracán o de cualquier otro, San Lorenzo de los milagros, donde Román Perroni recorre “el fenómeno social de 1982”. Abundan detalles y sobra emoción. Pablo Lafourcade tituló Ningunos Santos a su investigación sobre los descalabros que casi dejan a San Lorenzo en su segundo descenso, hace pocos años. Un equipo de hinchas-escritores (Casas y Convertini, entre ellos) dieron vuelo a la pasión con Cuentos cuervos. Y si quieren más melancolía, hace unos meses se publicó Los tesoros del Gasómetro, una gran investigación en la que su autor, Pablo Calvo, recuerda la vieja cancha y sueña con el regreso.

Hace 35 años, entonces, San Lorenzo resurgía de sí mismo. Volvía a nacer con canchas llenas y buen fútbol. Fue un caso único, inolvidable, que provocó admiración en los hinchas de cualquier otro equipo. “Cuervo, mi buen amigo, está campaña volveremo’ a estar contigo, te alentaremo’ de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón, no me importa lo que digan, lo que digan los demá’…”, cantaba la hinchada cuerva cada sábado. Y San Lorenzo volvió a su lugar: la Primera.

ITAL PARK

ITAL PARK

Por Alejandro Duchini

Quinto año tenía el sabor de las despedidas. Ya desde el primer día de clases sabíamos que ese era el último tramo antes del mundo adulto. Poco nos importaba estudiar y menos la universidad. Sólo pensábamos en el viaje a Bariloche y las salidas del fin de semana. Algunos no teníamos ni idea de qué carrera universitaria seguiríamos. Si es que decidíamos seguir. Una de las cosas que más nos gustaban -hablo de año 1989- era ir al Ital Park. Aprovechábamos que se pagaba un pasaporte más o menos accesible que nos permitía subir a todos los juegos. Incluía el prefrido: El laberinto del terror, donde unos tipos disfrazados te esperaban en pasillos oscuros y se aparecían de la nada para asustarte. Era lo más parecido a un Disney, casi inalcanzable para nuestras familias.

Me acuerdo especialmente de un fin de semana de otoño que lo empezamos un sábado a la tarde en el Ital Park y lo terminamos el domingo a eso de las 7 de la mañana jugando al pool en el bar Los 36 billares. Éramos menores de edad y nos significaba un gran descubrimiento que el nuevo día nos encontrase rodeados de viejos tangueros. A Los 36 billares habíamos llegado en plena madrugada caminando desde Libertador y Callao. En ese camino, cuando estábamos por Avenida de Mayo, a la altura del cine Lara, donde durante once años pasaron la película de Led Zeppelin La canción es la misma, nos detuvo la policía. Nos hicieron parar contra una pared, pidieron documentos, amagaron detenernos y se divirtieron bastante con nosotros, adolescentes de 17 años con poca calle y mucho miedo de terminar presos. Si lo recuerdo es porque ese domingo Independiente, que le peleaba el torneo a Boca, tenía que ir a jugarle la Bombonera. En mi casa había una enorme expectativa por aquel partido.

Aquellos días hoy los identifico con el sabor de esa melancolía que viene de a poco; esa especie de melancolía que se anuncia como el final de algo. En este caso el fin de mi asistencia al colegio al que fui toda mi vida y el paso a nuevas obligaciones. No volví a pensar en esos tiempos hasta que hace unos meses devoré el que para mí será uno de los libros más entretenidos del año. Me refiero a Ital Park, de Mariano Favier, publicado por editorial Marciana.

Jamás se me había ocurrido que desde la ficción alguien podía describir con tanta realidad aquel parque de diversiones. Un año después de aquella salida con amigos, el 29 de julio de 1990, murió una chica tras desprenderse uno de los coches de un juego que se llamaba MatternHorn. El parque no volvió a abrir. Ahora hay una plaza.

“Durante dos años interpreté a un ser de ultratumba en el Laberinto del terror. Mi uniforme consistía en un pantalón Pampero, remera negra manga larga, pasamontañas o máscara”, arranca el relato de Favier, en la piel de un ex empleado del parque de diversiones. ¡Y es tal cual! Veinticinco años más tarde aquello resulta ingenuo. Pero esa carpa gigante era un verdadero viaje al miedo. “Lo que queda es la inocencia y la fantasía. La gente que llegaba de todas partes. Las historias que inventábamos para divertirnos. A los japoneses les decíamos que las luces del Puente Avellaneda eran las de la costa de Montevideo. A los brasileños les hacíamos creer que el que había diseñado el parque era uno de los ingenieros que había construido Disneylandia. Que la semana pasada había estado por tocar Phil Collins pero una gripe lo había hecho suspender y entonces tuvieron que llamar a Lerner. Que había un proyecto para transformar los bichos y que anduvieran a energía solar. Que los visitantes cuyas entradas tenían un número de serie capicúa se convertían en invitados gratis de por vida. Todavía hay gente que conserva esas entradas y me pregunta si les hubieran servido. Y yo me los quedo mirando y sonrío: hay que mantener viva la magia”, se lee.

Lo que sigue es un desfile de testimonios, personajes queribles y hechos hilarantes que logran mantener viva la magia del Ital Park. Favier describe cómo era el trasfondo del parque a través de las tareas del equipo de mantenimiento. Aparece un pibe que se considera el modelo más lindo del mundo y una madre que no quiere dar el brazo a torcer en su demanda irrisoria porque a su hijo no le dieron un premio. Y así, más y más personajes.

Ital Park va y viene en el tiempo. En una de esas idas recuerda que algunos juegos están dispersos tras su cierre. Seis o siete, se lee, fueron a parar a un parque de Luján.: “Un Mickey triste da la bienvenida y señala los precios desde un letrero. Cumbia a todo lo que da”. Los restos de otro juego están en una casa en Villa Luro y alguien se empeña en recuperarlo.

Favier da cuenta de un registro de fallas de los juegos y de un cuarto al que iban a parar los elementos perdidos del público. Por ejemplo, “una muñeca Yoli Bel, que llora al apretarle el estómago”. Fue encontrada “en el banco de plaza del acceso al sector 2 de juegos” y su destino es que “permanezca en recepción por tiempo indeterminado”.

No faltan la menciones al legendario Pumper Nic (para los que no saben, era un McDonalds de entonces). Hasta aparecen Los abuelos de la nada, banda de gran convocatoria. “La gente los saludaba y les pedía autógrafos. Le pregunté a un chico quiénes eran y me contestó, entre burlón y escéptico: ‘Miguel y Cachorro’. Me pareció un buen nombre para un dúo de humoristas o títeres”, se recuerda acerca de una de las tantas convulsionadas tardes-noches del Ital Park.

Más allá del recuerdo, en Libertador y Callao no hay rastros de aquellos juegos. Allí, tras su clausura, iba a levantarse un hotel. Pero desde 1998 está el Parque Thays.

Aquel domingo de abril del 89 Independiente le ganó 2 a 1 a Boca en La Bombonera. En la anteúltima fecha, en cancha de Ferro, el Rojo le ganó a Deportivo Armenio y fue campeón. Yo estaba ahí.

Al año siguiente, el Ital Park cerraría sus puertas. Y un año después Ricardo Bochini, lesionado, jugaría su último partido. A mis amigos del colegio los seguí viendo un tiempo más. Uno me contactó, no hace mucho, para que me sume al reencuentro. Una especie de grupo de autoayuda para intentar un imposible: detener al tiempo o aferrarse al pasado. Hay cosas que no tienen sentido. De todo eso me acordé mientras leía las páginas de un libro que reflejó parte de mi historia y mi generación. Se llama Ital Park. No se lo pierdan.

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

IVÁN NOBLE: ROCK, FÚTBOL Y BOMBONERA

Por Alejandro Duchini.

La presente entrevista fue publicada en la revista El Gráfico de este mes, que se puede conseguir en los kioscos. Acá, va otra forma de leerla.

“Anoche era un empate clavado / de los que se definen por brindis”, canta Iván Noble en su tema Donde gustes y cuando quieras. O también, como en su último disco, Perdido por perdido: “La muerte patea / fuerte y al medio”, en Fuerte y al medio. Las letras de sus canciones suelen tener imágenes futboleras. Estos son apenas dos ejemplos en los que el músico -ex Caballeros de la Quema- apeló en sus composiciones al fútbol, una de sus pasiones. Pasión pintada con los colores de Boca, del que es hincha desde los tiempos en que jugaba a la pelota en la calle de su barrio de infancia, en Ituzaingó, en el oeste del conurbano bonaerense. Hoy sigue dando rienda suelta a ese gusto, ya sea en La Bombonera, cuando va con su hijo, o cuando sigue los partidos “con el 55 pulgadas y comiendo facturas”, como le dice a esta revista durante la extensa entrevista que sigue.

-¿Por qué sos hincha de Boca?

-Mi viejo no era futbolero, así que no fue por mandato familiar. Se dio porque delante de mi casa, en Ituzaingó, vivía una familia con un hijo de cuatro o cinco años más que yo. Diferencia que ahora no es nada, pero en esa época parecía una eternidad. Con ese chico, Eduardito, jugaba al fútbol en la calle. Él me hizo de Boca. Sin embargo, mi papá trataba de ser generoso y de vez en cuando me llevaba a la cancha. A veces a la de Vélez y otras a la de Ferro, que eran las que quedan de paso yendo con el tren Sarmiento. De hecho, mi primera vez en una cancha fue en la de Ferro. Un partido entre Ferro y no sé quién. Pero la primera vez que fui a La Bombonera me llevaron mi amigo Germán y su papá, que también eran de Boca. En ese entonces tendría unos diez años. Íbamos a la platea alta. Eran los tiempos del equipo del Toto Lorenzo: 76, 77 y 78. Luego llegaron los tiempos de la adolescencia, de ir con amigos del colegio. Pero no era buena época de Boca: los años 84, 85. Y de adulto también fui, aunque no tan asiduamente. En la época de Bianchi fui bastante. Después iba con El Zorrito (Von Quintiero), amigo y colega, con quien sigo yendo. Ir a la cancha era una experiencia casi inconcebible. Hoy, por el contrario, el fútbol tiene una presencia cotidiana enorme. Pasás por un televisor y siempre hay fútbol. Antes había sólo dos campeonatos por año y había que esperar a los lunes para ver los goles. O más en los años 80 el programa Todos los goles, el domingo a la noche, siendo yo más adolescente, con Dante Zavatarelli, el del moñito. Mi oficio hace que muchos fines de semana esté afuera, así que cuando estoy en casa me cuesta ir desde Benavídez, donde vivo, hasta La Boca. Hoy me gusta mucho ir con Benito, mi hijo, que es futbolero. Sobre todo a los partidos de Copa, que se juegan de noche. A esta edad, mi vínculo emotivo con el fútbol sigue siendo con mi infancia o con mi hijo.

-¿Se disfruta más ir a la cancha con un hijo?

-Compartir el fútbol con mi hijo… Hay un nudo que cualquier psicólogo intentaría desatar. No le reclamo ni en pedo a mi viejo que no le haya gustado, pero trato de ir con mi hijo, que le guste. Claro que me hubiera gustado también compartir con mi papá. Cuando voy con mi hijo lo miro más a él que al partido. Es más conmovedor ver sus primeras reacciones en la cancha que el partido en sí. La primera vez que lo llevé fue en la época de Falcioni. Fuimos a un palco, como invitados. Era también mi primera vez en el palco. Desde ahí, fuimos varias veces. Vimos la vuelta olímpica contra Tigre. O sea, ya vi una vuelta olímpica con mi hijo en una cancha. También la final contra el Corinthians (Libertadores, 2012). Hoy en día lo que más me gusta es ir con él. Si es por mí, a esta altura, con 48 años y sobreadaptado a las comodidades burguesas del HD, veo los partidos en casa tomando mate y comiendo facturas en un 55 pulgadas. Ya no me sale un domingo arrancar a las 12 del mediodía desde Benavídez a la cancha. Pero la Copa es otra cosa, tiene algo especial.

-Si te digo “Boca”, ¿cuál es la primera formación que recordás?

-La del Toto Lorenzo. Esas cosas quedan incrustadas en la memoria de una forma particular. Se trata de mis héroes. Yo tenía los pósters de ese jugadores. Todos sentaditos. Y de aquella época, recuerdo más mis sensaciones que cómo jugaban. Me acuerdo de cosas puntuales, pero a veces desconfío de que hayan sido como las recuerdo. Por ejemplo, una Copa en la que Gatti le atajó un penal a Vanderley, que la ví en la casa de un vecino hincha de San Lorenzo. También recuerdo un Boca 1-Peñarol 0 en Montevideo, con gol de Mastrángelo. No sé cómo me quedó eso en la memoria. También el Boca 3-Borussia 0, que no se televisó. Fue un día de semana a la tarde, en invierno: yo jugaba al tenis y me escapaba para escucharlo por radio en el club. Nunca olvido el gol de Suñé a River en un final, una noche en la que mis viejos me dejaron solo en casa. !Te lo juro! Me acuerdo de todo eso. Si me preguntás por el Boca del 94, lo recuerdo pero más confusamente. Los momentos más fuertes son mi primer Boca -el de Lorenzo- y el de Bianchi, por motivos obvios…

-¿Por qué recordás más los equipos que viste de chico que los de adulto?

-Tiene que ver con que el fútbol jamás vuelve a tener el peso específico que tiene en la infancia. Porque el fútbol es la infancia. Tengo una teoría con un amigo según la cual los hombres, cuando nos ponemos grandes, somos rústicos y venimos sin levantavidrios eléctrico y queremos dos o tres cosas: que no nos rompan los huevos, que nos mimen y guardar un poquito de infancia. El fútbol ahí es la metáfora perfecta: ¿qué otra cosa somos, si no chicos, a los 48 años cuando gritamos ante el televisor por una pelota que dio en el palo? Sólo un chico tiene esas actitudes. No hay explicación racional. Un tipo que a sus 48 llora por un penal es un niño. Es una pasión tan absurda, y que por suerte tenemos, que permite conservar terrenos de la infancia. Para bien y para mal.

-¿Qué se pierde aquel al que no le gusta el fútbol?

-Tuve charlas con gente a la que no le gusta. No son muchos. Creo que se pierden, y es algo políticamente incorrecto con estos tiempos, una cuestión de masculinidad y camaradería varonil, cierto código del honor, de generosidad. Que no es que se aprenden sólo en el fútbol, pero que una cancha los pone en juego todo el tiempo: no se pega de atrás, no se es ventajero, se es responsable, se es generoso, si te tiran una pared, devolvela. Por mi parte, este deporte me dio recuerdos de esos tan vívidos que no se olvidan más. El Boca 3-River 0 no lo olvido más. Esa noche, con el gol de Maradona dejando en el piso al Pato Fillol. Tampoco olvido el gol de Perotti a Ferro, en el 81. Que lo escuché en la cancha de pelota a paleta del club donde escuchaba todos los partidos. De pocas cosas tengo recuerdos tan nítidos de la infancia como del fútbol. Aquel que no le guste el fútbol tendrá, supongo, los recuerdos en otro lado, pero me parece difícil que algo tan enorme y simbólico pueda ser reemplazado fácilmente.

-¿Somos, en términos generales, cómo jugamos?

-No lo sé. Pero supongo que el egoísta difícilmente devuelva una pared o dé muchos pases goles. Supongo que el vago en la vida difícilmente sea un cinco que raspa. Aunque puede ser. Sí creo que en la cancha se ven algunos rasgos de personalidad.

-¿Qué aprendiste del fútbol?

-Dudo acerca de si el fútbol fue una gran escuela de vida. Tal vez lo sea para el que se dedicó al fútbol, como un jugador o un técnico. En ese sentido, a lo mejor sí. A mí, en todo caso, me ayudó, primero, a tener héroes en la infancia, que es el momento en que hay que tenerlos. También me dio amigos, porque los primeros equipos de juego era con ellos, es parte de la socialización. Uno tenía la familia, el colegio y el fútbol. Amaba jugar en la calle al fútbol y a los autitos en una época en que no había nada digital. Hablo de un mundo analógico en el que no existían computadoras ni ipods. El fútbol en la calle era fundamental. Lamento que mi hijo no tenga eso. Trato de llevarlo a jugar a canchas, pero no es lo mismo.

-Y cuando se venía un coche se gritaba “auto” y el partido se detenía.

-¿Ves? !Esas cosas! Ahí también se veía cómo era uno. Cuando pasaba un auto todos se quedaban en el lugar. Y posiblemente alguno se corría un poco, se ubicaba mejor, más cerca del arco contrario o de la pelota. Se jugaban ahí ciertas reglas de caballerosidad. Pero no sé si me enseñó a vivir. Sí sé que el fútbol fue parte muy importante de mi vida. Hoy me sigue gustando, pero soy más crítico y estoy desencantado…

-Se idealiza menos.

-Son otras épocas. Yo tenía el poster de Mastrángelo o Gatti y sabía que iban a estar diez años en Boca. Mi hijo, cuando le empezó a gustar el fútbol, en la época de Falcioni, tenía todas las figuritas. Al otro año, al volver al colegio, cuando salieron las nuevas figuritas y se disponía a juntarlas, todo cambió. Recuerdo su cara de conmoción cuando veía que eran otros jugadores. “¿Dónde está Silva?”, me preguntaba. Le encantaba Silva porque una vez fuimos a un evento de Boca y él lo llevó al vestuario. Orión le dio unos guantes. Eso de juntar figuritas y que enseguida el equipo cambie a nosotros no nos pasaba. ¿Cómo vas a tener héroes, entonces? Los Riquelme son los últimos  representantes del heroísmo. A Benito le tuve que reconstruir la historia de Tévez. Pero no deja de ser un relato mío. Él no lo vio jugar antes.

-Además, en los tiempos de tu infancia y adolescencia los partidos se “imaginaban” gracias a la radio.

-Cuando Boca salió campeón con Maradona, en el 81, equipo que recuerdo mucho, consigue un título después de varios años. Porque paso de verlo campeón en mi cuarto grado, en el año 77, a la secundaria. Mi papá, cuando viene Maradona a Boca, me compró una radio chiquita sólo para escuchar la campaña de Boca, que la relataba Víctor Hugo. Yo tenía 13 años en ese entonces y todos los domingos escuchaba a Boca y en la semana me encerraba a escuchar Sport 80. Hoy cuando escucho algo de fútbol me acuerdo de eso.

-¿Qué tan importante es el fútbol para vos?

-De las cosas que no son importantes, es la más importante. No sé quién dijo eso, pero lo comparto. No te modifica la vida en nada lo que pase en un partido. Pero de todos modos uno se frustra cuando su equipo pierde, por ejemplo. En esos casos me digo “tengo un hijo hermoso, un lindo trabajo…”, y trato de racionalizar la decepción.

-Pudiste ser futbolista: te fuiste a probar a Ferro.

-Recuerdo haber ido sin demasiada convicción. Éramos 50 tipos a los que nos tiraron una pechera y nos hicieron correr 15 minutos. No tengo aquello como algo glorioso. Ni chances tenía. Fui con dos amigos y nos volvimos. El sueño del futbolista lo dejé hace mucho. Porque a la vez jugaba al tenis, donde tenía mejores condiciones. Ahí sí tuve chances de ser tenista. Jugaba en Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó en torneos interclubes, torneos de menores. Una vez jugué muy bien contra River y hablaron con mi papá para ofrecerme jugar para ellos. Eso significaba ir a estudiar al Instituto de River. Como vivía en Ituzaingó y mi viejo laburaba y no me podía llevar, era muy complicado ir hasta allá por mi cuenta. Además, en ese momento influía un poco mi condición de hincha de Boca. Igual, abandoné el tenis.

-¿Tus máximos ídolos?

-Gatti y Mastrángelo. Gatti, el prototipo del héroe para la época: colorido, teatral, y además era un arquerazo. Y Mastrángelo porque yo jugaba de delantero y tenía el número 7 en la camiseta, el que me pegaba mi vieja. Recuerdo el equipo de memoria: Gatti; Pernía, Sá, Mouzo y Tarantini; Benítez, Suñé, Ribolzi; Mastrángelo, Salinas y Perotti. También Brindisi, en el Boca de Maradona. Ya de más adulto, el Mellizo Guillermo fue otro héroe. Y Román y Palermo, claro. Pero el Mellizo era mi debilidad, por pillo, por todo lo que significaba.

-¿Y el segundo Maradona en Boca qué te pareció?

-Ese año fue muy intenso. Visto a la distancia, hay muchos otros jugadores que me dieron más alegrías boquenses. También porque creo que la vuelta de Maradona a Boca fue demasiado crepuscular, a mi gusto. No tristona pero sí sin pena ni gloria. Eso empañó un poco la situación. Maradona es más símbolo de la Selección que de Boca.

-En tus canciones solés hacer citas futboleras. En tu último disco, Perdido por perdido, cantás que “la muerte patea fuerte y al medio”, por ejemplo.

-Todo el tiempo. Porque uno escribe de lo que es y cómo es. Escribo así porque suelo hablar así. Confío mucho en el habla coloquial sin sobreactuar. No hay en eso un mérito literario. Así hablo con mis amigos cuando comemos. Entonces uso ese estilo en las canciones porque suelen ser metáforas.

-Hace poco, en una columna tuya en el programa Tocala (T&C Sports) presentaste a George Best como el quinto Beatle. ¿Te gustan esas historias?

-Me gustan, y mucho. También me pasa con el boxeo, que a mi papá le gustaba mucho en la época de Monzón, Galíndez. Cuando se veían las peleas, se paraba el país. Sin saber de boxeo, me parece que es otro gran lugar que ilustra mucho la vida. me da la sensación de que es un lugar más noble que el fútbol. Más en carne y hueso: dos tipos fajándose y abrazándose con cierta idea de la caballerosidad e hidalguía que excede al fútbol. En el boxeo nadie pide amarilla. Me interesa mucho eso. Y las historias de los personajes: los Best, los Bonavena, los Tyson, los Houseman. Tal vez el fútbol y el boxeo no sean más que el atajo para contar esas historias de vida. El otro día escuchaba la historia del Pichi Mercier, que jugaba en Flandria y se iba a dedo a entrenar. Y no fue hace mucho. Yo a los 17 ya era músico. Y en siete años él pasó de jugar en Flandria a ser campeón de la Libertadores con San Lorenzo. Creo que el deporte, estos deportes en realidad, tienen esas historias en que los héroes quedan en carne y hueso muy seguido y eso los hace entrañables para quienes nos gustan las historias de vida.

-¿Creés en el “ganar como sea”?

-Creo que hay que aprender a tener paciencia. Es sentido común, aunque el sentido común no es lo que abunda. En general, lo raro es ganar. Esas frases tipo “Boca es deportivo ganar siempre” están bien como arenga, pero cuando juegan treinta equipos, ¿por qué vas a ganar siempre? No me gustó lo que pasó con Falcioni en Boca y me gustó muy poco lo del Vasco.

-¿Y lo de Bianchi?

-Entiendo que fue casi una metáfora: el tipo que más alegrías le dio a Boca se tuvo que ir así. Tuve la sensación de que fue como cuando se vuelve a esos viejos amores. En un momento dije que la vuelta de Bianchi a Boca fue como dice el tango Como dos extraños, que me gusta mucho, por mi viejo: “Y ahora que estoy junto a ti / parecemos ya ves, dos extraños / lección que por fin aprendí / cómo cambian las cosas los años”. No era lo mismo. No había chances de que fuera lo mismo. Y al Melli hay que esperarlo, hay que bancarlo un mínimo de cuatro años. Creo que los técnicos imponen su sello cuando tienen sus jugadores. Le tengo fe, me gusta su idea. Además me gusta esta tendencia de los clubes a llevar a ídolos contemporáneos como técnicos. Pienso en Gallardo en River, en Milito en Independiente. Sigo creyendo, tal vez ilusamente, que son tipos que, aparte de ser profesionales, tienen el plus de amor que se lo pueden transmitir a los pibes que dirigen. Ese famoso “él sabe lo que es Boca”, “él sabe lo que es River”. Es un plus.

¿Cómo te llevás con la Selección?

-No soy muy hincha. Soy más bien como el prototipo más hincha de su club que del seleccionado. Me entusiasma en los Mundiales. Sin embargo, en la final perdida en 2014 me dio lástima. Me había acercado emocionalmente a la Selección. Sobre todo por mi hijo. Porque fue el primer campeonato del mundo que, con su razón futbolera, vimos juntos. Me hubiese gustado festejar el título con él en la calle. Pero se quedó angustiado después del partido contra Alemania y tuve que explicarle que ser segundo entre todos los equipos del mundo no está mal. No lo conformó mucho.

WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

WAINRAICH: “ATLANTA ES DE PRIMERA, PERO A MI ME TOCARON SUS AÑOS EN EL ASCENSO”

Por Alejandro Duchini

El vínculo de Sebastián Wainraich con el fútbol tiene origen, como el de muchos futboleros, en el barrio y la familia. Sólo que no a partir de su papá sino de sus hermanos mayores. Durante esta charla habla de eso con una mezcla de seriedad y humor, se ríe de sí mismo, recuerda los tiempos en que sabía las formaciones de memoria, se ilusiona con que su hijo Federico -de cuatro años- se ratifique futbolero de Atlanta y explica por qué el equipo de Villa Crespo debería estar un escalón más arriba.

Sigue yendo a la cancha, aunque sin el fanatismo que tenía de pibe. Ahora vive en Colegiales junto a su pareja, la actriz Dalia Gutmann, con quien tuvo dos hijos: Kiara y el mencionado Federico. Tiene una agenda movida. Este año se estrenaron dos películas en las que participa. Una de ellas es Una noche de amor, en la que lleva el rol protagónico junto a Carla Peterson; Wainraich además escribió el guión: “Hay un guiño a Atlanta”, refiere: ya lo explicará en la entrevista. La otra se acaba de estrenar: es Caído del cielo, junto a Muriel Santa Ana y Peto Menahem. Allí interpreta -haciendo gala del humor- al ex de Santa Ana. Con mochila de experiencias televisivas, es desde hace años conductor del programa Metro y Medio, junto a Julieta Pink, por Radio Metro. Desde esta propuesta radial también se da el gusto, de vez en cuando, de hablar de sus inquietudes futboleras.

wainraich-¿De qué equipo sos?

-De Independiente.

-Todos somos sufridos.

-…

-Son decisiones que tomamos los seres humanos.

-¿Y vos? ¿Por qué sos de Atlanta?

-Porque mis hermanos me llevaban a la cancha cuando éramos chicos. Vivíamos cerca, en Parque Centenario. No en Villa Crespo, como creen muchos. Después sí me fui a Villa Crespo. Además, cuando yo tenía 8 años, jugaba en el equipo Roberto Zywika, que era primo de mi viejo. Eso también me vinculaba con el club. Mi hermano Diego, que falleció, era de Argentinos e iba a ver a Atlanta los sábados. El otro, Raúl, es de Boca, pero tiene su simpatía por Atlanta. Yo soy el único en la familia hincha hincha de Atlanta.

-O sea, Atlanta no te llega por vínculo paterno.

-No lo pensé. Lo tomo como natural. A mi abuelo le gustaba el fútbol pero tampoco era de ir a la cancha. Lo que pasa es que yo era el menor de los tres hermanos, que me llevaban cinco y ocho años. Entonces esa también es una presencia fuerte: hay algo paternal. No sentí esa ausencia de mi padre porque tuve la presencia de mis hermanos.

-¿Tu papá no es muy futbolero?

-No. Dice que es de River pero no le presta mucha atención. Ahora hincha por Atlanta por nosotros, igual que mi vieja. La tradición sigue con mi hijo, que tiene 4 años, y con Lucas, mi sobrino, de 16, que es de Boca pero un poco lo tira Atlanta. Es una lucha. A mi hijo lo llevé una vez a la cancha.

-¿Cómo fue la experiencia?

-Es chiquito. Se aburre. Justo ayer fue a la escuelita de fútbol. Le encantó. Jugamos mucho en casa. Le gusta ver partidos. Como no tiene las cosas tan claras es el momento de hacerlo hincha.

-¿Qué lugar ocupa el fútbol en tu vida?

-Un lugar importante. Estoy tomando distancia de eso del sentimiento inexplicable, de la pasión desatada. Estoy en la contradicción permanente. Vi la película Hijos nuestros, con Carlos Portaluppi, que es un crack, y Ana Katz, que está muy bien. Son dos grosos. La película, sin caer en el discurso panfletario, demuestra en qué puede caer un fanático del fútbol. Es una historia muy linda; y un poco dura. No es un dramón, pero pega. Y tiene partes muy graciosas. A veces me parece demasiado sobreactuado eso de “la pasión de mi vida”, “mi vida por los colores”. Pero a la vez me pasan cosas: el otro día perdió Colegiales, quedamos a cuatro puntos en la tabla y eso me alegró la tarde. Me parece que hay que ser medidos. Esa cosa de “la vida por los colores” llevó a lugares espantosos. Está bien dejarse llevar por la pasiones, es natural que te alegre eso y te entristezcas según el resultado de tu equipo. A mi me pasa todo el tiempo. Pero llegar a la violencia es inexplicable. Yo también estuve en tribunas y canté “te vamos a matar” sabiendo que eso no lo haría. Igual que la mayoría de la gente. Pero al mismo tiempo creo que hemos legalizado a los barras. El hincha no es cómplice de eso pero de algún modo es partícipe. Si hasta hemos celebrado a barras cuando entraban, etcétera. La verdad es que no está bueno eso.

-¿Te volviste más racional?

-No, no es eso, porque me alegra que gane Atlanta, me sigue cambiando el ánimo un resultado y quiero que le vaya bien. Lo que cuestiono es la irracionalidad, la violencia, el discurso vacío, el de las frases hechas: “Me mato si pasa tal cosa”, eso que te decía de “la vida por los colores”. ¡La vida, por los hijos! Para mí.

-Sos un genuino hincha bohemio si se tiene en cuenta que podrías haber salido de Argentinos o Boca, que son más grandes.

-¿Querés decir que Atlanta es más chico que Argentinos y Boca? Y encima lo elegí en la época de Argentinos con el Juventus. Es para hablar en terapia. Pero yo también agarré una buena época de Atlanta: que hoy esté en la B Metropolitana es antinatural. Porque por historia es de Primera. Después, sí, tiene muchos años en el ascenso. ¡Me tocaron todos a mí!

En el 84 yo tenía 10 años y le ganamos a Boca, el día que jugó con los números de la camiseta pintados con marcadores. Graciani hizo un gol para Atlanta, en La Bombonera. No me olvido más de eso.

-¿Quiénes eran tus héroes futboleros de infancia?

-Alfredo Graciani, porque pasó a Boca. El plumero Rubén Darío Gómez, que jugó en Boca, River, Argentinos y creo que salió de Lanús. Era un 4 espectacular. En ese 84, con Atlanta en Primera, yo era fanático de leer todo: El Gráfico, Sólo fútbol. Recuerdo que Gómez fue elegido el  mejor 4 de la A, aún jugando para el equipo que descendió. Además, tenía rulos. Después, Alfredo Manuel Torres, el narigón, que era el 10 cuando ascendimos. Fue a la selección juvenil del 79 como suplente de Maradona. Y Fabián Castro. De ahora, los mellizos Soriano, que lograron identificarse con el club.

-¿Y Maradona?

-Claramente. De mis héroes de Selección, Maradona, Caniggia, Burruchaga -sin dudas- y Ruggeri. Me estaría olvidando de alguno. Del 86 sé todo. Tenía 12 años y aún me acuerdo el número de cada uno. ¡Un enfermo!

-Hay equipos que, sin ser grandes, mueven mucho sentimiento y tienen tradición. Por ejemplo, Temperley, Chicago, Chacarita y el mismo Atlanta. ¿Coincidís?

-Creo que sí, pero eso es más para nuestra generación. Los pibes que hoy tienen 20 ya no lo ven así. Para ellos los clubes de Primera de segunda línea son Arsenal, Defensa y Justicia, Atlético Rafaela. Por ejemplo, no muchos saben que Atlanta y Chacarita jugaron el clásico más veces en Primera que en el ascenso. Hoy un pibe de 12 no te lo cree. Cambió. Hace 30 años que Atlanta está en el ascenso. La historia cada vez queda más lejos.

-¿Sentís melancolía por el fútbol ochentoso?

-A veces. Y un poco también por los 90. Pero no quiero caer en eso de que todo tiempo pasado fue mejor. La diferencia es lo fugaz y rápido que van las cosas ahora. Yo te digo Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero, Enrique; Giusti, Marangoni, Bochini, Burruchaga; Percudani y Barberón o Buffarini. Hoy no te lo podría decir eso de memoria… ¡Te emocionaste, casi!

-…

-Hoy no te podría decir de memoria cómo forma Independiente… Un poco por mí, porque ya no estoy tan interesado en las estadísticas, pero sí en el fútbol; y otro poco porque cambian tanto las formaciones. Bochini es otro héroe para mí, aún sin ser de Independiente. Igual que Gatti, que salió de Atlanta. La historia de Bochini y su forma de jugar: me parece un artista loco, como un científico del fútbol, un tipo como Woody Allen, como anda despreocupado en la cancha de fútbol. Estaba como en otro lado él, ¿no? A Fillol también lo pongo en el lugar de los grandes. También Iniesta, que lo veo jugar y me vuelvo loco. Siento que hay algo más en él. Tiene sencillez, genialidad. todo lo hace bien. Igual que Messi, que también me vuelve loco. Pero a Iniesta lo veo más posible. Lo que hace Messi es imposible.

-Sobre eso te quería preguntar: ¿qué te provoca Messi?

-Asombro. Mucho asombro. Asombro por las cosas que hace. No logro entenderlo. Me maravilla siempre. Un extraterrestre me parece a veces. No le saco la ficha. Tampoco logro darme cuenta de en qué piensa, qué le pasa. Me parece que va a otra velocidad que nosotros. En la selección no supimos aprovecharlo. A veces porque le reclamamos cosas épicas, que cante el Himno, que se tire al piso. Antes que eso, prefiero que haga cuatro goles por partido. Tal vez él tampoco esté tan cómodo en la Selección.

-¿Qué te pasa con los insultos que recibe?

-¡Estamos locos! No entiendo qué le pasa a alguien que insulta a Messi. Hay algo de resentimiento. Estamos esperando que nos salve. No sé.

-¿Sirve para algo que se lo compare con Maradona?

-Sirve para la charla de café, para el asado. Pero que hayan jugado en etapas distintas anula un poco la comparación. Tampoco es tan importante. No sé si Messi es peor o mejor que Maradona. No me parece tan válida ni importante la comparación. Hay una cosa argentina de ser medio hincha pelota, pesado. Tengo miedo de caer en eso de que el tiempo pasado fue mejor. No hay una tabla para medir quién fue mejor.

-¿El ídolo te trasciende el partido en sí?

-Al ídolo lo dejo dentro de la cancha. Me parece que es injusto pedirle más. A un jugador lo califico sólo por lo que pasa dentro de la cancha. Punto. Se terminó ahí. Me parece que eso lo aprendés con los años. De chico defendía sus declaraciones. Cuando uno es chico, tal vez más ingenuo, siente que representan algo más. Pero después me dije “no, qué me tengo que hacer cargo yo”.

-¿Qué sentís cuando se juzga a Osvaldo o a Icardi por sus vidas privadas? Por ejemplo, que se diga que no tiene códigos, como el caso de Icardi.

-Me parece una pelotudez lo de los códigos. Eso es para la mafia. Sí me parece que tiene que haber convivencia. Icardi demostró que puede estar en la Selección. Me parece que muchos de los futbolistas jóvenes están como indefensos: de repente se encuentran con muchas cosas. Hoy que tengo 42 me doy cuenta de que son pibes. Icardi y Osvaldo, por seguir sólo esos ejemplos, son jóvenes. Parecen más grandes, a pesar de estar bien físicamente, por todo lo que viven. Anduvieron acá, allá. Debe ser raro que les pase eso. Preferiría no juzgarlos. No los justifico ni nada. No tengo por qué juzgarlos. Ojalá puedan resolver sus vidas.

-¿Qué postura tenés ante aquello de que hay que ganar siempre?

-Me parece insólito que se piense que alguien quiere jugar bien sin ganar. ¡Todos queremos ganar! Si Atlanta sale campeón ganando todos los partidos 1 a 0 y… no me va a gustar. Tampoco me gusta la trampa. ¿Gritaste el gol de Maradona? Obvio. Pero él no entró pensando “voy a hacer un gol con la mano”. Entró pensando en hacer un gol eludiendo a cinco. Ahora, ¿fue picardía lo suyo? No, fue trampa. ¿Grité el gol? ¡Claro! Pero si ganábamos todo el Mundial así no me hubiese parecido tan emotivo.

-¿Jugamos como vivimos? ¿En qué nos emparenta el fútbol?

-Creo que no. Eso no se lo dejaría sólo al fútbol. También es cómo te comportás en un restaurante, en tu trabajo o con tu familia.

-¿Seguís jugando al fútbol?

-El año pasado jugué.

-¿Te estás por “retirar”?

-Siempre. Después de muchos años sin jugar volví y es difícil. Es difícil sentir que te tira todo, que terminás cansado. Aunque volví a sentir cierto placer. Sin buen nivel, pero a esta edad uno está más confiado. Sabés que tus limitaciones son un punto a favor. Por ejemplo, no corrés a aquella pelota a la que sabés que no vas a llegar.

2-¿De qué jugás?

-Adiviná.

-De tres.

-De tres.

-Te juro que no lo sabía.

-Soy derecho, pero juego de tres porque si pateo con la derecha me desgarro. Siempre en línea de cuatro. En cancha chica juego poco, aunque quiero volver. A esta altura de la vida me parece que lo ideal es fútbol ocho o siete. Porque el fútbol cinco tiene un ritmo tremendo y el fútbol once tiene unas distancias asesinas. En el siete y ocho estás en la mitad: jugás con pelota de once, lo cual está bueno, y no tenés las distancias del fútbol once ni el ritmo del fútbol cinco. Y se puede armar cierto orden, que en el cinco no lo hay: te vas ubicando pero no hay orden.

-¿Sos bueno?

-No.

-¿Sos un futbolista frustrado?

-De ser jugador, no. Tengo la frustración de no haber sido mejor. Pero no de haber sido profesional. Nunca me ví yendo a entrenar todos los días. Uno ve la la imagen de Burruchaga haciéndole el gol a Schumacher en el 86 pero el fútbol es otra cosa. No hay muchos Burruchaga ni muchos Messi. Tengo llegada a jugadores del ascenso y veo que todo es duro: son maltratados por dirigentes y a veces por técnicos. Es difícil. Tiene sus cosas lindas, pero no es fácil.

-¿No te pasa que al ver fotos de jugadores de los años 70 parecen viejos, cuando apenas tendrían unos 30?

-Sí, sí. Es increíble. Y ves fotos de más atrás y parecen señores de 60 años. Y con el 86 más o menos: Giusti, Brown tendrían 27, 28 y parecen de más. Pero ha cambiado. Nuestros viejos no se vestían así a los 40, como nosotros hoy. Igual, los futbolistas tienen eso de parecer más grandes.

-¿Dónde jugabas a la pelota cuando eras chico?

-Había dos escenarios. Uno, el colegio Manuel Belgrano, en Almagro, estatal. Jugamos mucho en Parque Centenario. Hasta que se hacía de noche. Tendría 10 a 12 años. Después seguí en el secundario, que lo hice en el Vieytes. pero teníamos gimnasia en el Parque Sarmiento y también nos quedábamos a jugar. El otro escenario era Macabi, donde yo jugaba. Macabi es uno de los grandes de la liga judía. Los otros son Hacoaj y Hebraica. Son como Boca, River y… el que quieras. No quiero herirte.

-Pongamos Independiente.

-¡Lo dijiste vos! Ahí había un buen nivel. Pero bueno, en serio. Ahí tenía a mi mejor amigo, que llegó a jugar en Ferro y en Atlanta. Poné su nombre: Gaby. Sigue siendo un crack. Se lesiona seguido. En los 80 lo acompañé a probarse en Ferro. Había miles de pibes: 44 jugadores para probarse; y quedaron dos: él y otro más. Después vino lo del sacrificio: ir a entrenar a Pontevedra y esas cosas. También jugó al fútbol de salón de Atlanta, que era groso.

-¿Y vos jugabas fútbol salón?

-No, yo no.

-¿Qué fue lo más lindo que viviste en el fútbol?

-¡Qué buena pregunta! Nunca lo pensé. Tengo una cosa emocional de ir con mi hermano a la cancha. Ahora cobra otro valor porque él no está. Ahí hay algo fuerte. También en el hecho de ir con amigos. La ceremonia de ir a la cancha es hermosa. O era hermosa. Sigo yendo, pero algo cambió. Tal vez esté más viejo. Siento placer al ver partidos. Me sigue gustando. Y ahora a mi hijo, con 4 años, le empieza a dar por ese lado y me pasa algo lindo para compartir con él. ¡Cuando a mi hijo no le gustaba el fútbol me sentía solo en casa!: tengo otra hija y mi mujer. Otra cosa muy linda fue ir con mi hermano, mi sobrino y un amigo de Atlanta a ver Argentina-Suiza en el Mundial pasado. En ese partido hubo un gol épico de Di María. Sentí que mi sobrino estaba en la edad ideal para vivir ese tipo de cosas que da el fútbol. Me acuerdo de que para ir a ver ese partido un amigo, Nico, me vino a buscar a la radio. “Esto es lo único que llevo”, me dijo mientras me mostraba su camiseta de Atlanta en un Aeroparque que era el colmo de la boludez masculina. Pero bien, una gran boludez, hermosa. Llegamos de madrugada, dormimos tres horas, la pasamos bien a pesar de que el partido fue tan sufrido. Porque si perdés te vas. Me gustó compartir ese momento con ellos.

-¿El fútbol es una herramienta para acumular recuerdos?

-Es una herramienta más. Tenemos otros recuerdos de la infancia, de la adolescencia.

-Con una cancha tan bien ubicada en Buenos Aires, ¿coincidís en que Atlanta no supo aprovechar eso para crecer más?

-Es verdad: Atlanta no supo sacarle jugo a eso de tener semejante monstruo en la ciudad. Junto con la de Ferro y Vélez, debe ser la de mejor acceso: subte, bondi, tren. En un tiempo Atlanta tuvo 25 mil socios. Hoy la parte social está medio… Antes los clubes eran una herramienta social: asado, reuniones. Pero eso se terminó. Hay que aceptar que cambió. No me gusta estar tanto en la melancolía. Soy de a ratos melancólico, pero no me gusta estar todo el tiempo con eso de lo que pudo haber sido… Una vez fui con mi padrino a ver un Vélez-Atlanta y me dijo: “Acá está el ejemplo de dos clubes de barrio: el que hizo todo bien y el que hizo todo mal”. Me parece claro ese punto.

-Es un ícono del porteñismo, Atlanta.

-Pero la gente quiere salir campeón. Un muy amigo que fue dirigente una vez me dijo que “si hacés todo bien y la pelota pega en el palo y se va, te van a putear”. La corrupción molesta cuando el equipo se va a la B. Pero si ese equipo sale campeón y hay corrupción, no molesta.

-¿Algo que te moleste del fútbol de ascenso?

-Que a veces se complique para ir a la cancha por los horarios. ¿Viste que en el ascenso los partidos se juegan a las 3 de la mañana?

-¿Cuál fue tu mejor combinación de cine y fútbol?

-Tal vez en Una noche de amor, la película en la que actúo junto a Carla Peterson y en la que escribí el guión. Puse a Solita Silveyra haciendo de mi mamá. En una escena en la que llego con Carla, mi compañera, Solita dice “hay un tornado en Atlanta”. Ese es mi guiño a Atlanta. Mis amigos se dieron cuenta. A Atlanta lo llevo en la sangre.