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CUARENTA AÑOS SIN BONAVENA

CUARENTA AÑOS SIN BONAVENA

El 22 de mayo de 1976 asesinaban en la puerta de un cabaret de los Estados Unidos a Ringo Bonavena. Cuarenta años después, su figura sigue entre las más populares de nuestro deporte.

No cualquiera tiene un velatorio multitudinario: cerca de 150 mil personas desde el Luna Park a Chacarita, según las crónicas de la época. No cualquiera tiene un libro biográfico que aún hoy despierta interés ni cualquiera tiene, a cuarenta años de su muerte, bandas de rock que le dedican canciones y discos. No cualquiera llega a pelear con Muhammad Alí, el mejor de todos los tiempos, y encima en el Madison Square Garden. No cualquiera es mito. No cualquiera es Ringo Bonavena.

Su vida tuvo todos los condimentos. Como si fuera poco, y para alimentar la leyenda, su muerte fue violenta. Lo asesinaron el 22 de mayo de 1976 en la puerta de un burdel de Reno, Nevada, en los Estados Unidos. El disparo lo hizo Willard Ross Brymer, el guardaespaldas del mafioso Joe Conforte. Antes hubo una infancia humilde y una madre que amasaba los ravioles más clásicos de la historia. Hincha de Huracán, una tribuna del Ducó lleva su nombre. Frente a la sede del club lo recuerda una estatua de dos metros. Batió récords de venta de entradas en el Luna Park y de audiencia en la televisión. Fue charlatán y querido; prototipo del porteño: reo, fanfarrón y familiero. También, el primer mediático. Trabajó en teatro, grabó un disco e hizo reír en la televisión. A cuarenta años de su muerte aún es inolvidable.

EL PADRE

“Yo estaba jugando a la pelota en la calle y un albañil le dice a mi amigo ‘acaba de morir Bonavena’. Viene mi amigo y me dice que lo mataron en Reno. No lo podía creer. Mi viejo había hablado con mi mamá el día antes y se estaba por volver. Se tenía que tomar el avión, nada más”, recuerda hoy uno de sus hijos, Natalio. Tiene 47 años y es contador. Ya es más grande que su papá, que murió a los 33. Entonces, él tenía sólo 8. “El luto lo hice hasta más o menos mis 35.”, agrega. Aparte de la historia paterna, tiene dos vínculos con el boxeo y ambos son alejados: su hijo mayor, Giuliano (22 años) lo practicaba, pero dejó. Los otros dos, Franco (20) y Stéfano (18), juegan al rugby. La otra vinculación es como seguidor de Lucas Matthysse. “Pero desde que se ‘cayó’, ya no miro tanto”, explica.

“Casi todos recuerdan al deportista, pero yo lloro a mi papá. Esa es la diferencia: a mí se me murió mi papá”, dice Natalio. No esquiva las historias que se gestaron alrededor de la figura de su padre: “Aprendimos a convivir con los rumores. Siempre se dijeron cosas. Sabíamos, por ejemplo, que en los Estados Unidos se casó por el tema de los papeles para conseguir trabajo”. Se refiere a Cheryl Anne Rebideaux, una de las trabajadoras del célebre Mustang Ranch. Conocida como Daisy y de 24 años, se había casado con Ringo el 19 de febrero del 76. El matrimonio fue anulado. Y a ella se le perdió el rastro.

“Era un tipo simpático. Pintón, buen deportista, conversador. ¡Las tenía todas! Encima lo había puesto de mal humor nada menos que a Alí. Yo siento orgullo por mi papá. Claro que tenía sus cosas, pero era un tipo normal”, lo recuerda Natalio.

Hoy, la familia más directa de Ringo se compone por su ex esposa, Dora, quien a sus 72 años vive en Parque Chacabuco, y su otra hija, Adriana, de 52 años, quien también le dio tres nietos. “Mi abuela murió en el 87”, recuerda Natalio sobre Dominga, la mujer que se hizo célebre por el cariño que le expresaba el boxeador. “Mi vieja se volvió a casar y volvió a enviudar. Yo siempre la cargo con eso. Le digo que no se case más porque va a seguir matando maridos”, se ríe Natalio, mostrando el humor como herencia paterna.

EL BOXEADOR

“No sólo lo vi pelear. En el año 60 hice guantes con él. Bonavena fue un producto de la época. No sólo fue un ídolo deportivo sino también popular. Por su porteñismo, por su viveza. Por algo hasta le hicieron grabar un disco y llegó a la tele. Fue un gran boxeador que marcó una época. Fue el más carismático en los pesados de nuestra historia. Sin dudas. Más que Firpo, el iniciador de la categoría. Ringo trascendió el boxeo. Será casi imposible o muy difícil tener otro como él, tan poderosa”, resume el presidente de la Federación Argentina de Box, Luis Romio, en charla con esta revista. Continúa: “Bonavena era de porte natural. Era un tipo tan fuerte que te tocaba y te dolía. Una vez me pegó un derechazo en el pecho que todavía me duele. Bonavena te podía noquear con una mano. Tenía el problema del desplazamiento. Eduardo Corletti no quería guantear con él porque Bonavena se la tenía jurada después de que le dieran ganada una pelea que no había ganado. Bonavena tenía claro que para pegar hay que recibir. Así es el boxeo. Hay boxeadores que son cuidadosos al recibir. Pero Ringo iba al frente”.

Romio recuerda cuando lo suspendieron tras morder en la tetilla a Lee Car en el Panamericano de 1963: “Lo mordió por impotencia. El otro se le escapaba. Ringo quería pelear. Estuvo bien suspendido”. Después dice: “Trascendió porque estaba el Club del Clan, con eso del rock en castellano. Dejaron de estar los cajetillas de Santa Fe y Callao y apareció el porteñismo, del que Ringo fue un prototipo. Vivo, veraz, con familia constituida, como los Campanelli. Es un momento histórico en una Argentina muy politizada. Él fue representante de aquellos años. Aparece la televisión: hasta los 60 no había tele. ¿A quién no le gusta trabajar en el Tabaris? A todos. Bueno, él llegó a eso. Trabajó con Zulma Faiad. Una vez hasta se presentó en la Federación sólo para cantar el famoso Pío Pío. La cola de gente llegaba hasta la esquina”. Y además: “Nos guste o no, representaba a nuestro deporte de una forma distinta a los Loche o Goyo Peralta. Invitaba a todos a comer a la casa. Yo fui también a comer a su casa con Dominga. Aquella era una familia. Iba más allá de los famosos ravioles”.

El ex campeón del mundo Marcelo Domínguez practicó con los hermanos Juan y Bautista Rago, entrenadores de Ringo. “Me contaban siempre cosas de Bonavena. Aprendieron muchísimo de él. Ganaron experiencia: ‘Esto me lo contó Bonavena, aquello lo ví en Bonavena’, decían. Aprendieron a tener calle con Ringo”, explica Domínguez. Y sigue: “Ringo supo copiar de uno y de otro. Además estuvo en el momento exacto de los mejores pesados. Fue un adelantado para Argentina. Un tipo pillo que trajo para acá todo lo que aprendió afuera”.

“Un día, en el Luna Park, sentado junto a Tito Lectoure viendo Los seis días en bicicleta, me palmeó la rodilla y me dijo que nací 20 años más tarde: ‘Con vos, Galíndez y Ringo, ¿sabés la que hubiésemos hecho acá, no?’. Que te digan eso, y nada menos que Lectoure, es muy fuerte. Nunca se olvidará a Bonavena”, comenta Domínguez.

EL FUTBOLERO

“Somos del barrio, del barrio de La Quema, somos del barrio de Ringo Bonavena”, entona el ya clásico canto tribunero Alejandro Rossi, jefe de prensa de Huracán e impulsor de la idea de que la tribuna local del Ducó se llame Ringo Bonavena. Su idea empezó hace diez años, cuando conducía junto a sus colegas Gustavo Blanco y Eduardo Bernasconi un programa partidario que se llamaba A todo globo. “Pensábamos que a un sector de la cancha había que ponerle su nombre. Porque el hincha se identifica con él. Bonavena no fue dirigente sino un boxeador que representaba al hincha. En todos lados se lo relaciona con Huracán. Entonces empezamos a juntar firmas en los partidos y en la sede”, dice. Después: “Fui al colegio con su hijo, Ringuito. O sea, tengo también un vínculo personal con Ringo. No lo conocí en persona pero sí conocí a su familia, incluyendo a Dora. Tiene mucha vinculación con la sangre quemera”.

“Ringo entrenó en el gimnasio de Huracán, iba a ver al equipo del 73, dio la vuelta, era socio e hincha, al igual que su familia, y además su hijo y sus nietos van a la cancha a ver al equipo”, explica sobre la identidad futbolera de Bonavena. Y para que no queden dudas: “Hay una placa de homenaje en el frente de la sede. En la plaza de enfrente se levantó un monumento a Ringo. Más allá de que vivía en el límite de Boedo y Parque Patricios, lo respetaban todos. Hasta los de San Lorenzo. No fue campeón del mundo, pero siempre lo reconocieron. Está a la altura de Masantonio. Va más allá del fútbol. Si le preguntás a cualquiera, saben quién es. Porque siempre está”.

EL MEDIÁTICO

Ringo supo promocionarse y eso le abrió el camino para llegar a la televisión, al disco y al teatro. Actuó con Pepe Biondi, uno de los comediantes más importantes de la historia de la tevé argentina. Con el grupo uruguayo Los Shakers grabó un disco de cuatro canciones. Entre ellas, la famosa Pío pío pa, que Crónica TV promociona para anunciar la primavera. También participó en dos películas nacionales: Muchachos impacientes y Pasión dominguera. Además actuó en la calle Corrientes junto a Zulma Faiad.

“No está muerto aquel que es tan recordado. Pasaron cuarenta años y nadie lo olvida” es lo primero que dice la actriz y vedette Zulma Faiad, ícono del teatro de revistas desde los años 60 en adelante. “Era un chico grande”, lo define. Luego enumera: “Espontáneo, puro, buena persona y bravo al mismo tiempo, inteligente, con calle, gracioso, valiente, fiel a sus amigos, dulce, inocente, provocador”.

“Me cuidaba. Era como mi guardaespaldas. Yo salía del teatro y él iba a mi lado. Nos hicimos muy amigos. Una vez me trajo de los Estados Unidos una crema especial que había conseguido para que yo baje de peso. Estaba convencido de que me iba a servir. Llegué a comer con su mamá. Me acuerdo de cuando hacíamos La lechuguita y el pato volador, con el Pato Carret. Ringo actuaba y una vez calculó mal y tiró al Pato para otro lado, Nos tentamos tanto que no podíamos parar de reírnos. ¡Qué risa! También me acuerdo de aquella noche de sábado en que hacía playback con el Pío pío y la cinta se rompió y se ralentizó. El teatro estaba repleto. Todos lo burlaban y él se quería bajar a trompearlos”, añora.

“Había que tener huevos para pelearle a Cassius Clay. De esa noche recuerdo su bravura. Tenía pie plano y se la aguantaba. Era un tipo digno. Para él estaba primero la Argentina y después lo demás. En esos años había más amor a la patria y menos fanatismos. Tenía sus bases claras”, sigue su elogio Faiad hasta que baja la voz y rememora los días en que lo asesinaron: “No pude ir al velorio porque estaba destrozada. Esos tipos eran rufianes y él creía que se trataba de un juego. Nunca pensó que lo iban a matar. Todos estamos más solos de lo que creemos”.

DESDE LA MÚSICA

“Aguante Bonavena, aguante Bonavena” canta en el estribillo del tema Aguante Bonavena el líder de Almafuerte, Ricardo Iorio. “Pegue Ringo es lo que clama ardida la afición le sonríe de reojo la Virgen del knock out sáquemelo del ring grita un Luna Park”, suelta Walas, del grupo Massacre, en La virgen del knock out, que pertenece a un disco titulado Ringo, también dedicado a Bonavena. El barrio en sus puños se llama el álbum que el grupo Las pastillas del abuelo editó en 2014, donde el boxeador es protagonista. También aparecen Spinetta, Nebbia y Galíndez. El inspirador del trabajo fue el poeta Alberto Sueiro. Estas canciones formaron la base de una obra de teatro para ciegos. Juan Piti Fernández, el cantante, le dice a El Gráfico: “Sueiro es hincha de Huracán y nos acercó en profundidad la historia de Bonavena. Hasta entonces no me había enamorado del todo, como me pasa ahora. Me sedujo eso de los ravioles de Dominga, el amor del tipo por el barrio, que haya sido fanfarrón y al mismo tiempo tan humilde, confianzudo, caradura, con una guapeza impresionante. Alguien que no tenía estudios pero sabía cómo manejarse”. Y luego: “Para mí, sus aportes fueron heroísmo al deporte y humanismo a la cultura en general. Sin dudas, un tipo interesante en todo sentido”.

SU BIÓGRAFO

¿Por qué se hizo tan popular Ringo? ¿Por su muerte violenta, por su carrera como boxeador, por su  pelea con Muhammad Alí o por su vida privada?, le pregunta esta revista a Ezequiel Fernández Moores, autor del libro Díganme Ringo, una biografía sobre Bonavena que se publicó en los 90 y que hace unos meses se reeditó. “Seguramente todo tiene que ver con todo. Me cuesta decir algo puntual. La pelea con Alí y su muerte son los hechos que surgen de inmediato, pero salta también su personalidad más que su vida privada. Eso de porteño fanfarrón”, opina. “Nos guste o no, es un espejo. A veces a los espejos del deporte se los agranda tanto que terminan deformando. Hablo de lo bueno y de lo malo que la imagen devuelve. Porque hay algo increíble en el hecho de que a un tipo al que le elogiamos su viveza haya muerto de manera tan ridícula, tan al pedo, abriéndole el pecho al mafioso para que le ponga la bala. Termina perteneciendo a los héroes trágicos. Hay algo que tiene tiene que ver con esa argentinidad o porteñidad en la que también el antihéroe tiene un lugar más importante que el héroe. Me refiero a la tragedia”, agrega. Al preguntarle por qué lo eligió como personaje de un libro, contesta: “Porque era popular, porteño y porque tenía contrastes: una parte de Buenos Aires lo amaba y otra lo odiaba. Esa división que generaba reflejaba lo que era: un tipo querible, que tenía todo lo que puede tener un porteño en cuanto a cierta espontaneidad: calle, calidez. Pero también todo lo que se le puede reprochar a esa cosa del porteño piola, que arriesga tanto que a veces desbarranca”.

“A cuarenta años de su muerte resalto su vigencia. Ringo parecía simbolizar mucho de la cultura del aguante, que hoy se continúa en nuevas generaciones. Peleaba en situaciones desventajosas, por sus pies planos, porque técnicamente era limitado, y sin embargo enfrentaba a tipos más potentes, más grandotes y más técnicos. Venía de la periferia y llegó a la luna en serio: porque del Luna Park se fue a la luna que significaba el Madison Square Garden, nada menos. Con todo en contra, él se la bancaba”, dice Fernández Moores.

Después invita a reflexionar: “‘Ringo fue mediático antes de que se inventara esa palabra’, dice Martín Becerra en el libro. Me pregunto qué sería hoy de él si estuviese. Porque fue un pionero. Porque esa palabra simboliza poco menos que el reinado de nuestra vida social, o de la que se nos vende, por lo menos. ¿Qué sería pasar de la tapa de Crónica a Crónica TV? Porque antes Crónica vendía un millón de ejemplares los domingos. Hoy ya no se lee papel, casi no se leen los diarios y conocemos más a Crónica TV que al diario. Estos son tiempos en que muchos mueren por sus dos segundos de fama. Algunos hasta entregan a la madre y los medios compran eso. La jungla se ha convertido de tal modo que lo de Ringo, que antes era una picardía, hoy no sé qué nos causaría. Ringo se hizo a sí mismo: no tenía agentes ni página web ni sponsors ni el aparataje que tiene ahora un ídolo popular. Hoy, las mismas picardías de entonces tendrían un valor distinto porque serían fabricadas por un agente de relaciones públicas. Se perdió la espontaneidad”.

PERFIL

Oscar Natalio Bonavena, Ringo, nació en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1942. Boxeaba en Huracán pero su carrera profesional la inició en los Estados Unidos, luego de que lo suspendieran por morder a un rival. Su pelea más importante fue ante Muhammad Alí, el 7 de septiembre de 1970, en el Madison Square Garden. Antes del combate, Ringo supo cómo promocionarse. Lo hizo tratando de cobarde al mejor boxeador de todos los tiempos. La victoria fue para Alí, aunque Ringo lo guapeó durante quince rounds.

Peleó dos veces con Joe Frazier. Su gran rival fue Gregorio Goyo Peralta, con quien protagonizó uno de los choques más recordados de nuestro boxeo al vencerlo en un Luna Park colmado en septiembre de 1965. Su último combate fue el 26 de febrero de 1976 ante el norteamericano Billy Joiner. Todavía soñaba con la revancha ante Alí. Pero no había tiempo para más. Sin dinero y solo en los Estados Unidos, y a punto de regresar a la Argentina, lo mataron de un balazo en la puerta del cabaret Mustang Ranch, en Reno, Nevada, Estados Unidos, el 22 de mayo de 1976. El disparo lo hizo Ross Brymer, el guardaespaldas del propietario, el mafioso Joe Conforte. Se rumoreaba que su esposa y socia, Sally Conforte, era su amante. Además, entre Brymer y Ringo había problemas personales. El asesino estuvo preso pero en menos de dos años quedó libre.

Ringo fue velado en el Luna Park el 29 de mayo y sepultado en Chacarita. Hay quienes dicen que lo despidieron 100 mil personas. Otros hablan de 150 mil. Lo concreto es que, a cuarenta años de su muerte, nadie lo olvida.

DICTADURA, DEPORTE Y LIBROS

DICTADURA, DEPORTE Y LIBROS

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Uno de los trabajos más contundentes sobre el deporte y la dictadura se titula, justamente, Deportes, desaparecidos y dictadura. Lo escribió el gran periodista Gustavo Veiga; lo prologó otro enorme colega, Ariel Scher; y en la contratapa la firma es de Claudio Morresi. El libro fue editado por Al Arco y declarado de Interés por la Secretaría de Deportes de la Nación, la Dirección de Deporte de la Ciudad de Buenos Aires y la Confederación Argentina de Deporte. La edición que tengo en mi poder es de 2006. Creo que hay una actualizada. A cuarenta años del sangriento golpe de Estado, bien vale su lectura. Como tantas otras que impiden el olvido.

Veiga, minucioso en su trabajo, periodista de los mejores, expone en menos de 100 páginas historias con nombres y apellidos. Su libro tendría que ser material obligado en las escuelas de periodismo. También entre los periodistas. Habla de atletas desaparecidos, de civiles presos y militares impunes y patoteros; y del Mundial 78 como símbolo de esos años que empezaron, al menos de manera oficial, el 24 de marzo de 1976. Cierra con una lista de los deportistas desaparecidos. Recuerda a Marquitos Zucker, secuestrado e hijo del recordado actor. Cuenta que una tribuna de Defensores de Belgrano lleva su nombre. No olvida del papel de Juan Manuel Fangio -el gran ídolo de nuestro deporte- vinculado con la Mercedes Benz. “Como no todos saben quién fue Fangio, vale recordarlo: cinco veces campeón del mundo, piloto excepcional y uno de los tantos imbéciles que apoyó a la dictadura de Videla con alma”, lo refiere Pablo Llonto a través de un artículo que complementa el volumen.

En la portada, junto a otras fotos, se destaca la figura del atleta Miguel Sánchez, quien hoy tiene una carrera que le sirve de homenaje. Veiga también cuenta lo que ocurrió con los jugadores del La Plata Rugby Club. Ya volveré sobre el tema. “Como este es un libro hecho de huellas, resulta más que un libro”, prologa Scher. “Estos periodistas de raza eligen caminar por la vida contando lo que pasó y sintiendo que las puertas de la dignidad y el respeto siempre están abiertas de par en par, sostenidas por el pueblo al que pertenecen y defienden”, finaliza, desde la contratapa, Claudio Morresi en el verano de 2006.

EL MUNDIAL 78

La vergüenza de todos es otro de los libros imprescindibles para entender qué ocurrió en aquellos años de plomo. Su autor es Pablo Llonto. Al título publicado por Ediciones Madres de Plaza de Mayo agrega la frase “el dedo en la llaga del Mundial 78”. En la portada, Américo Gallego y Daniel Passarella levantan la Copa minutos después de la victoria ante Holanda, en el estadio de River, el 25 de junio. Más grande se ve la imagen del entonces presidente Jorge Rafael Videla; detrás suyo una multitud y banderas argentinas. Aquel invierno, efectivamente, el fútbol se lo comió todo. A metros, en la ESMA, había ciudadanos torturados o a punto de serlo; embarazadas, madres que no conocerían a sus hijos. Personas que serían lanzadas al Río de la Plata.

Llonto obliga a pensar. Porque no sólo explica el rol de los asesinos con uniforme, sino que también cuenta quiénes fueron sus cómplices y pregunta qué papel jugaron los ciudadanos comunes. López Rega en la portada de la revista peronista Las bases es la apertura para este libro. En sus páginas hay una radiografía de la Argentina de entonces. Están las tapas mentirosas, como la de Somos, de la editorial Atlántida, en la que anuncia un “Complot contra la Argentina” desde Europa. No falta aquella papelonera carta falseada al jugador holandés Krol, en la que supuestamente le contaba las bondades argentinas a su pequeña hija. Están los números de los gastos, las amenazas de bombas, los asesinatos. Es, tal vez, el libro más completo sobre el tema.

Tema que se complementa con otros dos: Fuimos campeones – la dictadura, el Mundial 78 y el misterio del 6 a 0 a Perú, de Ricardo Gotta, editado por Edhasa en 2008. Tremendo trabajo de investigación en el que se leen cosas como “ya brillaba Diego Armando Maradona, a quien el general Guillermo Suárez Mason seguía por las canchas argentinas, viajando en aviones de YPF”. Hay buenas entrevistas, mejores datos. La goleada a Perú está tratada como pocas veces. También se recuerda la bomba que estalló en la casa del ministro Juan Alemann tras el cuarto gol a los peruanos, la visita al vestuario visitante de Kissinger junto a Videla y los barcos con toneladas de trigo que viajaban a Perú unas semanas después del título argentino.

El tercero, insoslayable, es Hechos Pelota – El periodismo deportivo durante la dictadura militar, de Fernando Ferreira, también de Ediciones Al Arco, En la tapa, Videla y sus secuaces; adentro, una rigurosa investigación sobre el papel del periodismo de entonces. Hay secuestros, hay hechos, hay denuncias. Y Hay palabras, como las de Jorge Búsico, quien le dice al autor: “Descubrimos de a poco un mundo de horror que nos condicionó para siempre”. No faltan los recuerdos: “En Montecarlo, el 30 de junio de 1977, Carlos Monzón venció por puntos en fallo unánime al colombiano Rodrigo Valdés. Fue una pelea difícil y sólo su fortaleza anímica le permitió sobreponerse de una caída en el segundo round. Poco después, con catorce defensas exitosas y una vida intensa arriba y abajo del ring, haría oficial su retiro. Monzón había colaborado en exhibiciones para los soldados antes del golpe del 24 de marzo y en la campaña del llamado ‘Operativo Independencia’ en Tucumán”.

“En 1976 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre. Exilio, cárcel, desaparición, secuestros, torturas, extorsiones, violaciones. Hasta los niños desaparecen” lamenta desde su pluma Osvaldo Bayer en su genial Fútbol argentino (Página 12). Al hacer historia, no puede pasar de largo aquellos tiempos. El capítulo se titula El triunfo triste.

“Nunca es demasiado halagüeño aceptar que la Dictadura cayó -o se fue, mejor- como consecuencia de la soberbia imbecilidad criminal de la guerra de Malvinas y no por otra cosa; menos lo es suponer que los militares podrían haberse ido mucho antes si en la tarde del 25 de junio de 1978 una pelota de fútbol que hacía casi una hora y media que circulaba por la colmada cancha de River entre jugadores de celeste y blanco y de naranja hubiera, en cierto momento, desviado su trayectoria hacia la derecha entre tres y cinco centímetros”, recuerda de manera magistral Juan Sasturain en el capítulo Menotti y el misterio de los tres palos del Diablo, donde refiere al Mundial 78 en su genial libro La patria transpirada – Argentina en los mundiales – 1930-2010 (Sudamericana). No puede -ni quiere- evitar el tema de la dictadura. Como tampoco lo hace Juan José Sebreli en su gran (y polémico, al menos para los futboleros) La era del fútbol (Sudamericana, 1998). Crítico acérrimo de este deporte, dedica un capítulo a aquellos tiempos. “La dictadura y el fútbol. Campeonato Mundial Argentina 1978”, lo titula. “Con el aval del fervor popular, las democracias burguesas europeas, las izquierdas y las bendición del Papa, la dictadura militar vivió su momento más glorioso con el Mundial de fútbol”, escribe, quien al comienzo del libro agradece “el espíritu crítico, raro en el deporte”, de Dante Panzeri. Refiere a un periodismo radial y televisivo “obsecuente”, menciona a José María Muñoz, recuerda el papel de Sergio Renán con su película oficialista La fiesta de todos y el de César Luis Menotti, el técnico, quien le dijo a la revista Gente que “derrotamos a la derrota”, tras haber alcanzado el título mundial, el primero de nuestro seleccionado. “El objetivo de la dictadura fue logrado y ésta salió fortalecida del Mundial. Havelange contribuyó al blanqueo de la dictadura en el exterior aceptando una condecoración de Videla, y declarando que ‘por fin el mundo pudo ver la verdadera imagen de la Argentina’”, escribe el autor.

Por ese lado va también Víctor Lupo en su imperdible Historia política del deporte argentino -1610-2002 (Corregidor). En un completísimo informe deportivo-político, dedica interesantes líneas a la dictadura. “‘Quiero agradecer a los que permitieron que la Argentina fuera sede de esta justa y le dieron la oportunidad para demostrar de lo que es capaz el pueblo argentino. Eso significó un voto de confianza’. Se refería a Havelange, en una devolución de agradecimiento por el apoyo del 28 de mayo de 1976, para agregar: ‘El resultado del campeonato permite pensar que aún es posible vivir en unidad y diversidad y es también el símbolo de la paz. Una paz que merezca ser vivida’”. Luego, Lupo se refiere también a la película La fiesta de todos, en la que menciona a sus participantes, entre quienes se encuentran Juan Carlos Calabró, Néstor Ibarra, Luis Landriscina, Nélida Lobato, Félix Luna, Rudy Chernicoff, Graciela Dufau, Enrique Macaya Márquez y Ricardo Darín. Cita también al libro El director técnico del proceso, de José Luis Ponsico y Roberto Gasparini, donde se cuenta que la designación de Menotti como entrenador “quedó acordada en una cena entre Bracuto, Menotti y el secretario de la UOM, Lorenzo Miguel, en el ex restaurante La raya de la calle Pavón entre Urquiza y La Rioja, en Buenos Aires”. Lupo destaca varios otros hechos que refrescan la memoria.

“Encapuchados y con grilletes, detenidos-desaparecidos y prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) gritaron en junio de 1978 los goles de la selección argentina en el estadio de River Plate. Hambreados y muertos de frío, soldados de Malvinas siguieron por radio a la Argentina durante el Mundial de España 82. Mientras, las bombas estallaban a su lado”. Así comienza el sexto capítulo de Breve historia del deporte argentino, titulado Ganar en dictadura. El libro fue escrito por el periodista Ezequiel Fernández Moores (Editorial El Ateneo). “Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz 1980, cuenta que él mismo tampoco reprimió el grito de gol, junto con los demás presos, en la Unidad 9 de la Plata, donde los partidos se transmitían por un altavoz. Los goles de Mario Kempes y sus compañeros también se celebraron en las casas de Hebe de Bonafini y de Estela Carlotto, posteriores presidentes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, respectivamente, mientras lloraban la desaparición de sus hijos y nietos”, escribe Moores.Y después: “Argentina campeón del mundo, campeón en la organización de un campeonato que ha hecho con esfuerzo todo el país, cuando muchos no creían, Argentina logró esta hazaña… para que nuestros hermamos del mundo comprendan que hicimos un campeonato de humanidad, de solidaridad, porque así somos los hijos de esta tierra”. Quien eso relata no es otro que José María Muñoz.

Moores también recuerda a los desaparecidos del La Plata Rugby Club, no deja de lado la memoria del atleta Miguel Sánchez, quien “soñaba con ganar en el 78 la San Silvestre” y dedica unas líneas a Daniel Schapira, secuestrado el 7 de abril de 1977. No está de más el recuerdo que hace del título del seleccionado juvenil del 79, con Maradona a la cabeza. “La madre de Maradona, Doña Tota, fue invitada especial a los almuerzos televisivos de Mirtha Legrand el día del triunfo, el 7 de septiembre de 1979. ‘Vayamos a la plaza a ver esta espléndida fiesta del pueblo argentino’, pedía cada tanto la conductora de los almuerzos. Cientos de estudiantes, liberados por un asueto del Ministerio de Educación, celebraban el triunfo en la Plaza de Mayo. ‘Vayamos a la Plaza a demostrarles a esos señores de la OEA que los argentinos somos derechos y humanos’, alentaba el Gordo Muñoz por Rivadavia. En efecto, a metros de allí, familiares de desaparecidos hacían fila para elevar sus denuncias a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. Videla salió al balcón de la Casa Rosada para saludar a los estudiantes que habían ido a celebrar”.

En otro párrafo, Moores destaca que “en abril de 1982, cuando la dictadura estaba en plena aventura de Malvinas, deseosa de reconquistar apoyo popular, se inauguró una pileta en el Parque Sarmiento, de Buenos Aires. Había militares en la pileta, la gente cantaba enfervorizada el Himno y gritaba ¡Argentina, Argentina!”.

La barbarie, se titula el capítulo 13 de Deporte nacional – Dos siglos de historia, el gran libro escrito por Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico en 2010 (Emecé). “Este país roto, fusilado, torturado, estafado y, en especial, desaparecido que diseñó la dictadura militar encaramada en el poder desde el 24 de marzo de 1976 silenció todo menos el fútbol. Menos el fútbol que, en medio de órdenes para prohibir y prohibir y prohibir, fue lo único que se permitió”, arranca. “El comunicado número 23 de la Junta Militar que había derrocado a María Estela Martínez de Perón…”, recuerda luego para continuar: “Se ha exceptuado de la transmisión por cadena nacional de radio y televisión la propalación programada para el día de la fecha del partido de fútbol que sostendrán las selecciones nacionales de Argentina y Polonia”. Entonces cuenta que los de Menotti ganaron 2 a 1, con goles de Héctor Scotta y René Houseman y que el encuentro amistoso se disputó “en la ciudad industrial de Chorzow”, en Polonia. “Teníamos mucho miedo a todo”, se cita a Scotta, y también se recuerda que Alfredo Cantilo, el entonces presidente de la AFA, anunciaba que “el cambio de gobierno no tiene nada que ver con el Mundial. Somos gente de fútbol y no políticos”. Sin embargo, el poder estaba en manos del marino Carlos Alberto Lacoste, vicepresidente del Ente Autártico Mundial 78. “No hubo proyecto político deportivo militar ni, tampoco, un modo de jugar de la dictadura”, señalan los autores. Enseguida se recuerda que en el Comité Olímpico Argentino su titular, el ex tirador Pablo Cagnasso, fue reemplazado por el Coronel Antonio Rodríguez, quien se quedó en el cargo hasta 2005. Acá también se menciona a Miguel Sánchez, quien “cuando estaba de regreso en Villa España, una patota de la dictadura militar lo secuestró y lo volvió un desaparecido”. Se lo define, en estas páginas, como ex futbolista, poeta aficionado, peronista y militante. No se deja en el olvido la desaparición de Norberto, el hermano de Claudio Morresi. Tampoco muchos otros, que son mencionados con nombre y apellido. Deporte Nacional es otro libro que no puede dejarse de leer.

Como Maten al rugbier – las historias detrás de los 20 desaparecidos de La Plata Rugby Club, al que ya hicimos referencia cuando salió, el año pasado. Un libro excepcional escrito por Claudio Gómez. En su momento dije, y ratifico, que fue escrito con profesionalismo y con pasión. Cuando ambas condiciones se juntan, suelen salir trabajos como éste. Gómez le puso el alma a los textos. Recordó cómo se respiraba entonces, lo duro que era tragar una gota de libertad, y entrevistó a protagonistas, testigos, abogados y familiares de las víctimas. Entre ellas, hay una gran gran gran entrevista, sentida y directa, a Velia Oliva, la mamá de Jorge Moura, recordado además porque sus hermanos fundaron el grupo Virus, un ícono del rock nacional de los 80. Jorge había jugado al rugby en ese club; hoy es uno de los desaparecidos de la dictadura militar. “Perder a un hijo es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Yo perdí a dos. Tengo ochenta y seis años y todos los días me pregunto para qué quiero seguir viviendo”, le dice Velia a Gómez. Lo releo ahora y vuelvo a sentir lo mismo que sentía hace unos meses, cuando leía el libro en subtes, colectivos y en mi casa y no podía ni quería despegarme de él. Analiza además el caso de cada uno de los deportistas desaparecidos.

Los militares llevaron a cabo un plan de exterminio total. A cualquier costo. Cuarenta años después aquello no se olvida. Tan clavado quedó en el corazón de un país. Por suerte, hay periodistas y libros y entrevistados y valientes que recuerdan, que escriben. Que no olvidan. Y que no nos dejan olvidar.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

RALLY: EL PODER DEL DINERO

RALLY: EL PODER DEL DINERO

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

“Una lista negra de 64 víctimas entre pilotos, técnicos, periodistas y público”, tituló el diario La Nación una nota sobre las muertes en el Rally Dakar. Y agregó que “en sus 37 años de existencia, la competencia promedia casi 1,7 decesos por realización; desde que se corre en América del Sur, la cifra apenas desciende a 1,5”. Sobre su final, añade que “llamativamente, los competidores abarcan apenas un 40% de los fallecimientos, aunque sí componen el grupo mayoritario. Los pilotos y copilotos suman 26 de las 64 víctimas fatales de los 37 años de Dakar; las otras 38 corresponden a varios grupos: los espectadores, que fueron 13 y representan un 20%; los periodistas, que tuvieron ocho bajas (12%), los asistentes de los equipos y los organizadores, que alcanzan a tres en cada caso (casi 5%), y quienes no estaban afectados a la carrera pero murieron como consecuencia indirecta de ella (por ejemplo, en accidentes en vía pública durante tramos de enlace), que totalizan 11 (17%)”.

La semana pasada, en su muro de Facebook, la periodista Fernanda Jara subió unas fotos impresionantes que reflejan el nulo respeto por la vida ajena por parte de los organizadores. Días después, en el diario La Nación, el experimentado Pablo Vignone publicó una nota tremenda, genial, titulada La otra cara de un rally insensible y destructor. En 2009, Ezequiel Fernández Moores también advirtió sobre el tema en el mismo matutino. Su columna puede verse al final de este portal.

Las muertes en esta carrera son moneda corriente. No sorprenden. Nadie se queja. Se toman como un eslabón más en los hechos que se suceden alrededor de máquinas carísimas, anunciantes de primer nivel y pilotos casi siempre millonarios. No ocurre lo mismo con el boxeo, que, por el contrario, es sumamente criticado. ¿Por qué provoca enojos que dos tipos se peguen sobre un ring y no que se maten pilotos, mecánicos y espectadores que compiten en una carrera que, además, ha demostrado que daña el medio ambiente? ¿Por qué los que gritan a veces se callan cuando el automovilismo genera víctimas fatales?

Creo que todo pasa por lo comercial, es decir, los sponsors. Quienes apoyan al Dakar tienen intereses creados y mueven un mercado que el boxeo ni a palos, salvo en Las Vegas. Y como la prensa está encapsulada dentro de las Empresas, a estas les conviene tapar, atenuar, o justificar todo cuanto allí ocurre, que si fuera dentro del boxeo, huérfano de sponsors, de extracción pobre y marginal, lo destrozarían. Básicamente es por eso”, sintetiza Gustavo Nigrelli, a mi gusto uno de los periodistas que más conoce de pugilismo en el país.

A través de un correo electrónica, agrega: “Retóricamente te van a decir que el objetivo del rally es llegar a la meta y del boxeo es destruir, y que se premia golpear, dañar, o destruir al rival. Y no es así. Si fuera así se permitiría subir con un palo, pegar patadas, o todo tipo de golpes, y no habría zonas vedadas. Si tiro a mi rival podría seguirle pegando en el piso, mientras que la regla exige que te vayas a un rincón y le des 10 segundos para que se recupere, y sólo si lo hace puede seguir peleando, si no no. Simplemente es un deporte de contacto por excelencia, y representa lúdicamente una pelea sin armas, donde hacemos “como si” nos peleáramos, nos vamos a pegar como consecuencia de ello, tratando de no dañarnos (por eso los guantes, si no sería a puño limpio), pero en realidad no nos estamos peleando en serio, porque de lo contrario al sonar la campana la seguiríamos, y no es así. Ambos paran cada vez que hay alguna orden, cosa que jamás ocurriría en una pelea en serio. Esto último es más o menos la explicación filosófica que rebate el argumento ideológico que quieren imponer los abolicionistas, que han perdido la batalla, pero ganado la guerra, porque consiguieron demonizar al boxeo al punto de que culturalmente no sea aceptado ni apoyado por las grandes empresas”.

“A fin de cuentas, que haya muertos con o sin intención, con o sin objetivos, está pésimo igual, y es tan grave una cosa como otra. Pero en el rally muere un espectador, que no fue a competir, sino a mirar. En el boxeo, si pasa algo le pasa al que lo practica. No obstante, acá no hay un accidente fatal desde el ’69, cuando murió Paladino en el Luna Park. Hablo de Buenos Aires. Y el boxeo va a la cola de deportes riesgosos en las estadísticas, detrás de muchos. Acá murieron más futbolistas que boxeadores ejerciendo su actividad“, me suelta con el aval de los números.

“Discutamos el tema, pero discutamos sin hipocresía”, pide Walter Vargas cuando le pregunto por esta cuestión. Vargas también es especialista en boxeo. Relata peleas. Además, sabe mucho de fútbol. Es un gran periodista que acaba de publicar un libro que, por lejos, recomiendo, sobre todo para estudiantes de periodismo y hombres de prensa que necesiten enderezar el rumbo: Periodistas depordivos. Después destaca la nobleza del deporte de los puños y cita un par de frases de uno de los mejores libros de temática deportiva que existen: Del boxeo, de Joyce Carol Oates. Otro libro que no hay que perderse.

Vargas defiende al boxeo. Pero eso no le impide ejercer el análisis. “A veces, el mal de este deporte está en sus propios integrantes, como un manager que manda a pelear a un tipo o lo hace seguir cuando no puede más para sacar alguna ventaja, como dinero“, dice. “Se trata del primer deporte antropológico de la humanidad. Muchos creen que es el atletismo pero dos tipos, antes de hacer carreras, empezaron por golpearse”, sintetiza.

En lo personal, me gusta el boxeo. En conocimientos no estoy a la altura de Nigrelli ni de Vargas. Pero lo disfruto porque veo en los boxeadores cierto arte que sólo encuentro en el fútbol. También percibo emoción y respeto, dos cualidades humanas muy necesarias. Hay, sobre el ring, dos tipos que se pegan pero sólo por deporte. Después se darán un abrazo. Entiendo que en los combates hay honestidad. No me gustan, por el contrario, aquellas actividadades que, avaladas por el poder del dinero, arrasan con todo. Inclusive con la vida ajena.

LA CLASE DE PERIODISMO DE WALTER VARGAS

LA CLASE DE PERIODISMO DE WALTER VARGAS

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Tuvo que aparecer alguien desde el periodismo deportivo para dar una buena clase de periodismo, a secas. Walter Vargas la rompe con su nuevo libro, Periodistas Depordivos (Fútbol, entre las plumas y las palabras) -qué buen título-, publicado a través de Ediciones Al Arco. Con lenguaje sencillo, prolijo, de calidad y seductor, expone, en unas 140 páginas, sus experiencias y opiniones de la profesión.

periodistas deportivosAl terminar de leerlo, lo primero que se me cruzó fue un “¡qué bien que escribe este tipo!”. Con eso no me refiero sólo a lo técnico, sino también a la claridad con que expresa sus ideas. El libro cuenta con un prólogo de Ezequiel Fernández Moores, en el que entre otras cosas ironiza: “Si hay hasta quienes creen en un ‘periodismo independiente’”.

Después viene la variada lista de temas de Vargas, compuesta por conceptos como los que siguen:

“Amo mi oficio y al tiempo se me vuelve claro que cada día me identifico menos con gran cantidad de cultores de mi oficio y, peor, con las derivas del oficio propiamente dicho. ¿Qué hacer con esas fuerzas predominantes que a la vez de resultarme ajenas no dejan de impregnarme, de incluirme, de determinarme? Debería asumirlas en plan de budista zen y en posición de loto contemplar el derrumbe de modos y valores en los que creí y creo con fervor?”.

“Nada más lejano a mi propósito que la fácil y gruñona coartada de vociferar que todo tiempo pasado fue mejor y amotinarme en el museo”.

“De eso está faltando. También en el periodismo futbolero. Amar lo que se hace y propagar epidemia de la buena”.

“¿Cuántos periodistas de este tiempo nos tomamos el trabajo y disfrutamos del placer de leer por fuera de la agenda deportiva?”.

WALTER VARGASWalter Vargas, por lejos uno de los mejores profesionales, se encarga de diferenciar al periodismo futbolero del deportivo, aunque también lo conjuga con aquel de temas generales. Refiere a la falta de amor por la actividad, a la búsqueda del estrellato en lugar de ejercer la profesión de la mejor manera y al abuso del lenguaje cachero o fierita por parte de varios (muchos) periodistas. Todo con ejemplos y siempre con respeto hacia los mencionados.

Cuenta una anécdota genial de cuando lo invitaron al programa Intratables. “Fue uno de los ratos más incómodos de mis casi 38 años de ejercicio profesional”, recuerda. También habla de aquellos que utilizan el tiempo de aire (radial o televisivo) contando como noticia del día hechos de su vida personal en lugar de dar informaciones. Dedica un capítulo al diario deportivo Olé, donde trabaja. Destaca sus cosas buenas y malas y sintetiza: “Quiero a Olé como se quiere a esos amigos que a veces se van a la banquina, pero merecen ser queridos y acompañados”.

Otros temas son el el chupamedismo por Maradona y -en otro capítulo- a las estrellas de turno, las mujeres en el periodismo futbolero y los ex futbolistas que toman el micrófono como medio de vida. Hay espacio para cierta melancolía al referir a aquellos maestros periodistas que lo marcaron y recuerda al Negro Fontanarrosa y destaca su brillante libro, No te vayas campeón, una joya del fútbol argentino que no se ganó en la historia de la literatura el lugar que se merece.

De sus comienzos refiere a cuando sus únicas herramientas para trabajar eran “un deseo y una alegría más grandes que mi cuerpo, lo poco aprendido en mis veinte años de devoto futbolero del tablón, un cuaderno Gloria, una birome Bic y un puñado de cospeles”. Tras esto, recuerda las caminatas antes, durante y después de los partidos de ascenso para llegar a un lejano teléfono público e informar al diario en el que trabajaba las formaciones, las incidencias y el resultado final del partido. Después de tanto esfuerzo, apenas dos líneas.

La insoportabilidad de relatores que se enojan también tiene su tratamiento. Tanto como algunas injusticias de la profesión que ejemplifica como paradoja al escribir que un “baqueano en música, en cine, en cultura general, siempre bien informado, capaz de devolver la pared más difícil con pertinencia, buen gusto y sentido del humor” como Bebe Sanzo tenga que secundar a Guido Kaczka, “estrella entre estrellas de la cultura del envasado al vacío”. Y sigue: “Un Gregorio Samsa moderno, pero sin la desesperada nobleza de la criatura de La metamorfosis”.

En las últimas páginas, una reflexión: “Todo lo que hay entre un salto de calidad y otro salto de calidad es trabajo de hormiga, constancia, paciencia, método, curiosidad, horas de vuelo”.

Este libro es ideal para periodistas -de cualquier rama- o para quienes van camino de serlo: estudiantes, pasantes, recién incorporados a los medios o lo que se imaginen.

No se lo pierdan.