Seleccionar página
TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

Por Alejandro Duchini.

“Muchacha, ojos de papel, ¿a dónde vas? / quédate hasta el día”. Florencia Brown entonaba la canción del Flaco Spinetta al oído de su padre, internado en una clínica de La Plata. Ella tiene una voz hermosa. Es cantante y profesora de canto. “Sé que me escuchó. Nos conectamos con ésa y con otras muchas canciones”, me dice Florencia la mañana después del primer recital que dio tras la muerte del Tata Brown, emblemático jugador del fútbol argentino. A los 62 años murió el lunes pasado. Tuvo Alzheimer, una enfermedad que desgastó no sólo a él sino a sus íntimos. Con música, Florencia encontró una conexión. Me cuenta también de otras canciones y en especial de un cántico que le hizo al día siguiente de su muerte. Lo tituló Plegaria para papá. “‘Vuela vuela muy alto, papá te amo, papá por eso vuela’. Es como el permiso, la entrega de aceptar que era el momento para él de descansar en paz. Porque estoy segurísima de que es así”. Me lo hace escuchar y es imposible no emocionarse. Se sentó al piano y dejó ante el teclado todo el sentimiento que tenía.

Tal vez el mismo sentimiento heredado de su padre, quien se lastimó el hombro derecho en la final contra Alemania del Mundial de México 86 y, para no dejar la cancha, se hizo un agujero en la camiseta, metió el dedo y jugó como si lo tuviese enyesado. Un rato antes había puesto de cabeza el 1 a 0. Burruchaga haría el gol definitorio pero nadie, ni Maradona, había hecho algo tan heroico como lo del Tata. “Ni loco me sacaban”, diría después el Tata al recordar aquella final que le dio a la Argentina su segundo título del mundo.

José Luis Brown está en el corazón de todo hincha de Estudiantes. Fue uno de los símbolos de aquel equipo dirigido por Bilardo primero y Manera después que salió bicampeón en el 82-83. Siempre ante un Independiente emblemático con Bochini, Marangoni y Trossero. Pero aquel Estudiantes, minimizado por ser de Bilardo, jugaba increíble. Me lo reafirma Osvaldo Príncipi, maestro en el periodismo de boxeo y fanático Pincha. “Dista y es ajeno al Brown de la Selección nacional, que festejamos, pero ese era un producto integral y masivo. El nuestro era el zaguero de Estudiantes. Con Gette, con el Negro Agüero, con Landucci, con quien fuese. Aquel que daba precisamente sentido de huracán al Estudiantes de 57 y 1 de tablones, que nunca será olvidado jamás, porque aquel Estudiantes con Sabella de 10, paradójicamente, trazaría también una línea de tiempo para el Estudiantes campeón de América con Sabella en el banco”.

Horas después de su muerte, el periodista Ezequiel Fernández Moores escribió en su habitual columna de La Nación una nota genial en la que recordaba su relación con el Tata. Eligió para recordarlo una anécdota que compartieron gracias a unas charlas que dieron por Chile. Dice que en Temuco, mientras en la pantalla gigante y ante 200 personas pasaban el video con su gol en la final ante Alemania y la imagen de la lesión, él lo miró: “Me impresionó que tenía los ojos vidriosos. ‘Tata, estás llorando’, le dije. ‘La puta madre, esto siempre me pone así’, me contestó en voz bajita. Me conmovió ver esa cosa de lágrima silenciosa de él por lo bajo. Que se emocionaba así. Realmente me conmovió. Lo quise mucho”.

Otros periodistas tampoco escatiman elogios. Osvaldo Fanjul, de La Plata, lo recuerda con alegría. Se lo cruzó muchas veces. Hasta compartieron un partido de fútbol en el que el Tata era árbitro. “Una vez vino a jugar Maradona y el Tata cobraba todo para él”, se ríe. Luis Genín, de Diario Popular, fue compañero en la Liga de Villa General Belgrano, cercana a Ranchos, donde nació el Tata. Después uno siguió su carrera de jugador en Estudiantes y otro en Gimnasia y Esgrima La Plata. “Pero siempre que nos cruzábamos nos dábamos un abrazo”. Para Genín el fútbol se terminó antes de tiempo y se dedicó al periodismo, profesión que le permitió mantener el contacto con su amigo. La última vez que se vieron, me dice, fue en un recital de pueblo en el que se presentaba Facundo Saravia. “Como eran muy amigos, me pidió que me siente con ellos”.

Su hijo mayor, Juan Ignacio, empezó a despedirlo antes, cuando sabía que el final se avecinaba. El Día del Padre le dedicó una despedida anticipada. “Fue una manera de expresar que yo sentía que hacía un tiempo a esta parte que él que estaba ahí en la clínica y al que íbamos a ver no era papá, porque producto de su enfermedad el deterioro avanzaba cada vez más. Si bien uno lo iba a ver y compartía momentos con él, no había un ida y vuelta, no había el poder compartir algo, una charla, nada”.

“Pero lo disfruté muchísimo. Más que mi papá fue un amigo. El fútbol nos unió muchísimo. Tuve la suerte de compartir vacaciones con él en familia. Tuve la suerte de compartir un Mundial como el de Alemania 2006, que la pasamos muy lindo los dos. Fue algo que disfrutamos muchísimo. Tuve la suerte de tenerlo como técnico y que nos haya ido muy bien. Porque peleamos un campeonato con Almagro que terminó ganando Godoy Cruz, que fue el año que ascendió Godoy Cruz”, dice el ex futbolista y director técnico.

Miguel Ángel, su hermano mellizo y compinche desde siempre, me dice que se llamaban Miguelito y Tatita desde siempre. Tal el cariño que se tenían. Miguel Ángel sufrió en marzo de este año la muerte de un hijo. Ahora que se suma la de su hermano me dice: “La sigo peleando por mis otros hijos y nietos y porque amo la vida”. Y ensaya una sonrisa para sintetizar lo que era el Tata como persona: “Cuando fui el velatorio, a la sede del club, sabía que me iba a encontrar con mucha cantidad de gente, pero me quedé corto. Cuando ví la cantidad de medios de prensa y la gente que estaba en la sede me asombró, para bien, por supuesto. Y las demostraciones de afecto, de cariño, que le dieron todos. Estudiantes de La Plata como institución, los dirigentes, compañeros, ex jugadores, incluso, me enteré después, gente de Gimnasia y Esgrima La Plata, lo cual habla del tipo de persona que fue”.

Su primera esposa, Silvia Curi, madre de Juan Ignacio y de Florencia, también lo recuerda de la mejor manera. “El legado que nos deja es el de una persona humilde, trabajadora y muy muy buena gente, ante todo”. En la misma línea va Viviana Cavaliero, su actual pareja y madre de Diego, de 13 años, el tercer hijo del Tata. “Todo este afecto que le da la gente hoy es lo que su papá era, no futbolísticamente, sino humanamente. Era un gran tipo. Fue un excelente profesional que dejó la vida en cada partido. Se esforzó para llegar a donde llegó y la vida lo premió con ese gol en la final del Mundo y con haber sido campeón con Argentina. Pero él era mucho más campeón como persona que como futbolista”. No lo puede resumir mejor.

MIS HÉROES DE NAVIDAD

MIS HÉROES DE NAVIDAD

Estamos en los últimos días de 1983. Independiente tiene a Ricardo Bochini, Enzo Trossero, Claudio Marangoni y Ricardo Giusti. Juega fenómeno y será el campeón del Metropolitano de ese año. Para colmo, en ese mismo torneo Racing se va a la B. “Cosa maravillosa, cosa de no creer, el Rojo campeón del Metro y Racing se va a la B”, se burlan los hinchas desde la repleta Doble Visera. Pero hay otro colmo: Racing había descendido una fecha antes, perdiendo con Racing de Córdoba, y su partido siguiente es fatalmente con Independiente, que le gana 2 a 0 y da la vuelta olímpica mientras los otros padecen lo peor que se pueda padecer en el fútbol. Deberán esperar casi 30 años para tomarse revancha en la cargada. De esa tarde no me olvido la cancha colmada por hinchas rojos y unos pocos de Racing a los que admiraba porque hacían el aguante ahí, donde tenían casi todo para perder. La única que les quedaba era que aquel equipo arruinado hasta en lo económico diese el batacazo, gane y el campeón fuese San Lorenzo o Ferro, los otros que estaban en la pelea.

Tengo 12 o 13 años. Recuerdo el estado de alegría que había estallado socialmente: Raúl Alfonsín acababa de ganar las elecciones que ponían fin a la dictadura asesina. El 10 de diciembre había asumido. En las radios sonaban bandas de rock increíbles. Serú Girán acababa de despedirse y se escuchaba su disco en vivo ; aparecían Virus, Los abuelos de la nada, GIT, Soda Stéreo, Miguel Mateos – Zas; Charly García y el Flaco Spinetta la rompían como solistas, Juan Carlos Baglietto era un rockero más y asomaba Fito Páez. También estaba Alejandro Lerner. Mis juguetes preferidos eran los muñecos Top Toys de Star Wars y mi nuevo personaje televisivo era He-Man, estrenado en el renovado y democrático Canal 9. Y el 22 de diciembre los hinchas de Independiente celebrábamos, por fin, un campeonato después de quedarnos con las ganas en los dos anteriores, que se llevó el Estudiantes de La Plata armado por Carlos Bilardo. Uno por un gol y otro por un punto.

Así que en aquel primer diciembre democrático de mi vida podíamos respirar tranquilos después de sufrir el acoso del San Lorenzo recién ascendido, que jugaba bárbaro, llenaba las canchas y quedó con 47 puntos, a sólo uno de nosotros.

¡Éramos campeones! Dos días después se celebraba la Navidad. En la mesa con mi papá no hablábamos de otra cosa que del 2 a 0 a Racing con goles de Giusti y Trossero que habíamos visto en la cancha. En esos tiempos teníamos abono a platea y no nos perdíamos ni un partido. Nos acompañaba Antonio, mi padrino, a quien siempre consideré mi segundo padre. El año siguiente nos esperaban noches de Copa Libertadores, que la ganaríamos, y para fines del 84, la Intercontinental ante el Liverpool inglés. ¡Cómo no iban a ser mis héroes aquellos 11 tipos liderados por Bochini que, además, nos vengaban de los ingleses después de la Guerra de Malvinas!

Amaba a Bochini. A Trossero, el Gran Capitán del Rojo. También a Pastoriza, el técnico que había vuelto para reemplazar a Nito Veiga, un fenómeno que al frente del equipo logró dos subcampeonatos y se tuvo que ir, dejando el equipo armado. Y Burruchaga, un pibe humilde, salido de inferiores, que jugaba en cualquier puesto y la rompía. Y Hugo Villaverde, que paraba a los rivales y no hablaba con la prensa. Asomaba Percudani, que un año después le haría el gol de la victoria al Liverpool, en Japón, y se llevaría una llave gigante y simbólica para quedarse con un coche que se repartiría con el plantel.

Así que a horas de aquella Navidad mi viejo salió a comprar El Gráfico en cuya tapa estaban Trossero y Giusti. Unos días después compraría también El Gráfico Especial Independiente Campeón. Conservo los dos ejemplares.

A la salida de la cancha, después del 2 a 0 a Racing, mi papá manejaba el Torino por Avellaneda cuando se quedó. Atrás venía un micro lleno de hinchas que se bajaron a empujarnos. La buena onda se notaba hasta en esos detalles. El coche arrancó y fuimos a buscar a mi mamá y a mi hermana para volver a casa. En el camino a Liniers, por Rivadavia, yo iba feliz en el asiento trasero con una bandera de Independiente que me había hecho mi mamá porque comprar la tela y hacerla era más barato que comprar una en la cancha. “Además, esta tela es mejor” se justificaban mis viejos para no pagar la otra, que a mí me gustaba porque tenía el escudo original. La de mi vieja, en cambio, era roja con el C.A.I. en tela blanca. Muy artesanal para lo que yo quería. Cuando llegamos a la altura de Rivadavia y la avenida La Plata el tránsito estaba parado. Era de noche y yo llevaba la bandera colgada sobre la ventanilla trasera, del lado izquierdo. Cuando nos dimos cuenta de que la demora se debía a que los hinchas de San Lorenzo habían cortado el tránsito para celebrar el subcampeonato ya era tarde. Vieron mi bandera y se vinieron lento hacia nosotros. Pocas veces tuve tanto miedo como esa vez en la que aquellos tipos se acercaban. No sé qué les pasó por la cabeza a mis padres ni a mi hermana. No lo sé como tampoco puedo saber qué me pasó a mí. Quedé como abstraído, en trance. Como un budista urgente. Hasta que escuché que alguien decía “dejálos que hay pibes”. Y con un flaco de mi edad que llevaba una camiseta de San Lorenzo nos miramos fijo. Él, desafiante, como esperando el menor gesto en mi rostro pálido para atacarme y quitarme la bandera. Yo lo miraba sin saber que me iba a acordar de él para siempre. Que durante noches y días su cara me amenazaría desde el fondo de mis miedos.

Un rato después yo ensayaría una respuesta valiente desde que sabía que aquello había pasado y habíamos vuelto a mi casa, en Liniers, vivos y sanos para celebrar la Navidad unos días después. En esa respuesta le decía, con mi mejor cara de Rambo y mientras flameaba mi bandera en la feliz noche porteña: “Sí, sí, señores, yo soy del Rojo, porque este año, de Avellaneda, de Avellaneda, salió el nuevo campeón”.

SABATO

SABATO

Por Alejandro Duchini.

El 30 de abril de 2011 manejaba por la ruta hacia Rojas para ver a mis hijos, Ludmila y Santiago. Llovía con fuerza, recuerdo. Escuchaba la radio cuando dijeron que “murió el escritor Ernesto Sabato”. Que había nacido justamente en Rojas, casi cien años antes. No podía ser más triste aquella mañana: cuando el locutor leyó toda la noticia sentí que se me terminaba una etapa. Me había relacionado mucho con  Sabato. Primero a través de sus libros y después mediante su presencia física.

Entré a Sabato cuando de adolescente leí el Informe sobre ciegos. Seguí por cada uno de sus libros: los ensayos y las novelas. Textos lúgubres, opresivos; también tristes pero muy inteligentes. Poco recomendables para un domingo a la tarde. Pero lo más importante en relación a Sabato lo viví en los últimos tiempos de mi papá, que amaba su novela Sobre héroes y tumbas. La leía en el hospital Durán, donde estaba internado por su leucemia, o en su departamento de Caballito, en los períodos en que le daban el alta transitoria. Después, cuando iba a visitarlo, me mostraba lo que había subrayado. Si no tenía ganas de leer, me pedía que lo hiciera yo. Así que Sabato fue nuestro compañero en aquellos tiempos que terminaron en abril del 98, cuando murió mi papá: es el día de hoy que me cuesta recordar la fecha exacta de su muerte.

Cuando fui a buscar sus pertenencias al hospital encontré su ejemplar de Sobre héroes y tumbas en su bolso amarillo del que habían desaparecido un walkman Sony y dos casettes de tangos de su querido Carlos Gardel que le había dejado yo. Al menos pude rescatar ese ejemplar que todavía está en mi biblioteca. No volví a abrirlo. No creo que me anime a hacerlo por mucho tiempo.

Unas semanas después de su muerte, Tito Jacobson, mi jefe en la desaparecida revista Flash, me mandó a cubrir una charla que Sabato daba en una sociedad de fomento en La Boca. Hasta entonces nunca lo había visto personalmente. Cuando terminó de hablar me acerqué a su compañera, Elvira Fraga, y le comenté cuánto admiraba a Sabato y que sus libros nos habían acompañado a mi y a mi padre durante su enfermedad. Además le conté que gracias a lo que él escribió nos habíamos sentido menos solos en la incertidumbre de una enfermedad. Eso le dije y ella se lo dijo a Sabato y Sabato se me acercó y hablamos un rato, pero era tanta la gente que nos rodeaba que no quedó otra que despedirnos. Sin embargo recuerdo su comentario ante la palabra leucemia: la buscó a Elvira y le dijo lo que me había pasado. Unos años después, un periodista amigo rescató del archivo del diario una foto de aquel encuentro y me la hizo llegar. La conservo como un tesoro.

Ni loco hubiese imaginado que unos meses más tarde -justamente el día del padre (el primero sin mi padre)- estaría con Sabato en Rojas, el pueblo al que él regresaba tras años y años de ausencia. Tal vez décadas. El sábado a la noche le hacían un homenaje. Yo estaba en ese pueblo porque mi esposa de entonces era de ahí y fuimos a pasar el fin de semana con su papá. Curioso, me acerqué y Elvira me reconoció enseguida. “Ernesto, acá está el periodista de Buenos Aires que tanto te conmovió”, le dijo. Sabato dejó todo y vino a abrazarme. Pero como no lo dejaban solo me propuso desayunar juntos al día siguiente. Así que aquel, mi primer día del padre sin mi padre, lo empecé con Ernesto Sabato en el bar del Hotel Victoria, donde muchos años después -y con un divorcio de por medio- dormiría cada vez que visitara a mis hijos, que viven en Rojas con su madre.

Aquel domingo de junio del 98 hacía un frío de perros. Nos juntamos Sabato, Elvira y yo y tomamos café con leche y comimos medialunas. Destacamos la coincidencia de encontrarnos ahí, en Rojas. Hablamos de libros, de la importancia que le daba a la quiromancia y de fútbol. Me contó de sus tiempos de universitario en La Plata y de cómo se vivía la antonomasia Estudiantes-Gimnasia y Esgrima.

Resultaba increíble que mi primer día del padre sin mi padre desayunara con el hombre que, a través de sus libros, nos había acompañado en la incertidumbre de una enfermedad fiera e “insensata”. Ese domingo, gracias a Sabato, me sentía menos solo.

No volví a verlo. Supe a través de las noticias que estaba retirado y, se decía, enfermo. Hasta que el 30 de abril de 2011, en la ruta y rumbo a Rojas, su pueblo, me enteré de su muerte. ¡Cómo llovía esa mañana, la puta madre!

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

Apasionado por Independiente, Mex Urtizberea explica a través de recuerdos por qué este deporte (y también Bochini) pueden marcar para siempre.

Por Alejandro Duchini.

Músico, actor, conductor, entrevistador y humorista. E hincha de Independiente. Mex Urtizberea (Ignacio Joaquín Urtizberea, su verdadero nombre) es un futbolero que desde hace siete años forma parte del staff del programa televisivo Pura Química. En tono de humor, se da el gusto de entrevistar a variados personajes; entre ellos, futbolistas. Y de esos futbolistas, a los de su querido Rojo de Avellaneda. En la charla que sigue, Mex recuerda su infancia en la Doble Visera de cemento, el pronto descubrimiento de canciones futboleras, los primeros ídolos y hasta aquella vez en la que desde la tribuna le cayó un rollo de papel de las viejas máquinas de calcular en la nuca: tanto le dolió que por un tiempo no volvió a una cancha. También habla de Bochini, su héroe; y lo hace de una manera tan hermosa que es imposible no sentirse atraído por el diez más grande que tuvimos los hinchas del Diablo.

El fútbol es, en este caso, una excusa para viajar a la niñez, recordar la calle con la barra de amigos y hasta revivir a algunos de esos jugadores que le regalaron inolvidables pedazos de vida. Pero es también un viaje al infierno tan temido del descenso y a la resurrección del club amado, encarada por los Benítez y Milito, como dice Mex. Es reírse, recordar, emocionarse y hasta reflejarse.

-¿Cómo nace tu relación con el fútbol y, particularmente, con Independiente?

-De chico iba mucho a la cancha. Me llevaba mi tío Cofla. ¡El tío Cofla! Así le decíamos al hermano de mi mamá. Toda su familia era de Independiente. Mi viejo (Raúl Urtizberea, reconocido periodista, 1928-2010) hinchaba por Estudiantes porque era de La Plata, pero no le interesaba mucho el fútbol. Es más, le molestaba: cuando en casa le cambiábamos el canal de televisión para ver un partido tenía una reacción muy dramática: se golpeaba el pecho y decía “cada vez que veo eso me hace un dolor acá”. Porque no quería que ver fútbol, que lo veíamos todo lo posible. Ya desde el 67 íbamos a la cancha. “Santoro; Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Dieguez y Tarabini”. ¿Viste cómo la canto todavía? Me la acuerdo. Mi tío nos incentivaba mucho.

-¿Cuál es la primera canción de cancha que recordás?

-Uuuuuhhhh ¡Me olvidé! Había tantas: “Avellaneda, Avellaneda, el campeonato qué bien te queda…”. De ahí salía eso de la formación: Bernao, Savoy, Artime… Ahí tenés, esa es la primera canción. La formación la aprendí de esa canción. Tenía el disco. “Independiente, orgullo nacional”. Era como un país aparte. Iba a la cancha y me acuerdo de cuando inauguraron la Cordero, arriba. Fui a ver un partido por Copa Libertadores contra Estudiantes y recibí un rollo de esos viejos, de cinta Olivetti, acá, en la nuca. Después de eso no quise volver a la cancha por un tiempo. La pasé muy mal, me asusté con aquel golpe. Tendría 12 o 13 años. Me cuesta recordar. Ese golpe me mató. No sé si todavía atajaba Carlos Gay o ya estaba Chocolate Baley. Después volví a la cancha.

-¿Jugabas a la pelota de chico?

-No. Eran mis dos hermanos, Gonzalo y Álvaro, quienes jugaban. Yo de chiquito hacía música, que era lo único que me importaba. Tocaba la batería desde los 6 años. Creo que recién a los 11 o 12 empecé a jugar, porque mis hermanos eran fútbol todo el tiempo. Atajaba para el equipo de ellos. Era un enano, pero me gustaba. Soy, un enano. Recuerdo que jugábamos en la canchita del barrio. Después empecé como defensor, con garra. Era rústico. Y más tarde, desde los 17 o 18, me mandaba como 5. Independientes, se llamaba nuestro equipo. Jugábamos en el Sindicato del Vestido, en el bajo de San Fernando. Aprendí a jugar al fútbol más de grande. Me encanta.

-Tu infancia estuvo marcada por un Independiente muy ganador.

-La de los 70 fue una época dorada. Teníamos un equipazo. Además viví toda la carrera del Bocha. ¡El Bocha! El otro día me hicieron una entrevista para un programa de Deborah de Corral que se llama Fuego. Vinieron acá, a casa. Tenían un video en el que me hablaba el Bocha y me trajeron una camiseta autografiada por él. Ahí la tengo la camiseta. ¡Qué divino! ¿Qué cosa rara la vida, no? Porque eso de ir a verlo, de tener una admiración increíble por él y ahora recibir una camiseta firmada, dedicada. Son esas cosas que da el hecho de trabajar en la tele. Está bueno que de repente aparezca Bochini y te diga “te regalo una camiseta”. Firmada. Toda mi vida fui a verlo y nunca pensé que ese tipo me iba a regalar una camiseta.

-Se te nota emocionado. ¿Cómo definís a Bochini?

-… El Bocha tenía una inteligencia del espacio que la tienen pocos jugadores. Era el anti-atleta. Tenía el cuerpo que parecía una heladera, las chapas que se le volaban. Lo mirabas y decías “este tipo no se dedica a jugar al fútbol. Se dedica a otra cosa”. Pero entraba a la cancha y era un mago, era una cosa rara lo que hacía. Hacía unos pases raros. Él era raro. Era raro como gambeteaba. No es que gambeteaba moviendo su cintura. Cambiaba los tiempos. Tenía un manejo del espacio. ¡Eso es! Un manejo del espacio y del tiempo. Como Maradona, Riquelme. Esos tipos… pocos jugadores saben manejar los tiempos. Te ponía una pelota frente al arco y no se sabía cómo lo hacía. El otro día vino Omar Larrosa y dijo que se cansó de hacer goles con Bochini. “Me dejaba solo frente al arco”, contó. Y otros jugadores decían lo mismo, como Bianchi, que dijo que su sueño era jugar con Bochini porque hacía todo más fácil para el 9. Se llevaba toda la marca. Era una cosa rarísima. Eso, inteligencia del espacio tenía. Nació con eso. ¡Y lo que provocaba en el hincha! Un tipo que nunca salió de Independiente. Creo que no tuvo la maduración emocional para tomar la decisión de irse a Europa. El tipo era como parte de… era Independiente. No podía ser otra cosa. Era un genio, realmente.

-Más allá de lo futbolístico, ¿qué te provoca el Bocha?

-Bochini es una alegría que tiene que ver con un recuerdo. Pertenece a un recuerdo divino. Si lo veo me lleva ahí, a ese recuerdo. No le pido más al Bocha. Es eso, el Bocha. Me da emoción. Hacía cosas geniales. Hay gente que está en otro lugar. Gente que tiene un don raro. Que hace cosas que no tienen nada que ver con los humanos. Como Messi, que verlo jugar provoca vértigo, una emoción en el pecho por ver a alguien hacer un pase mágico. Eso me provoca el Bocha. ¡Ese partido contra Talleres de Córdoba, el de la final del Nacional 77! Había metido un gol con la mano Bocanelli, que hizo así, y después expulsaron a Trossero, Larrosa y Galván. Un desastre. Todo mal. Pero estaba el Bocha. Eso es algo raro. Lo que hizo esa noche sólo lo puede hacer el Bocha, que podía tener la cabeza en otro lugar. Su frialdad es increíble. Ese tipo está en otro lugar.

 

SUS HÉROES, EN ESTE LÍO

-¿Qué otros jugadores del Rojo te deslumbraron?

-Bertoni. He visto jugadores tremendos. El Chivo Pavoni. Pancho Sá, Gustavo López, Clausen, Saggioratto, Percy Rojas, Alfaro Moreno, Garnero, Biondi. Te tiro los que me aparecen. ¡El Negro Galván! Me volvía loco el Negro Galván. Me gustaba jugar de 5 por él. No lo pasaba nadie. Después hubo muchos jugadores exquisitos, como Marangoni. Goleadores: Outes, que no lo quería la hinchada pero todos los domingos metía un gol. Yazalde. Siempre tuvimos buenos jugadores. El del 94, dirigido por Brindisi, fue el último equipo que me gustó. Jugaba divino, con velocidad. Era un equipazo. Pero más recuerdo aquellos de los 70 y 80, la época de Bochini, que era maravillosa. Hablo de un tiempo en el que los equipos duraban.

-¿Te gusta el Independiente 2016/2017?

-Le tengo mucha fe. Me gusta Milito. Creo que hará una buena campaña. Voy conociendo de a poco a los jugadores. Eso me cuesta. Soy un hombre mayor. Antes estaban, mínimo, cinco años en un mismo equipo. Hoy te dicen que viene tal o cual y no los conocés. Me pasa en Pura Química que nos visitan jugadores sobre los que me tengo que informar. Gracias a Pura Química me me mantengo informado.

-El programa te permitió, entre otras cosas, conocer a jugadores de Independiente.

-Si. Una vez vinieron Albertengo y Benítez. Benítez me desafió con que sabía hacer pastel de papas. Vino y lo hizo ahí, en este horno. Riquísimo. Muy rico de verdad. Me hace gracia Benítez. Me parece muy pícaro. Tuvo su momento divino. Ojalá que vuelva a tenerlo. Es un jugadorazo. Me gustan los jugadores pícaros. El otro día hicimos otro asado acá, con gente del Rojo.

-Siendo tan hincha de Independiente, ¿cómo viviste el proceso del descenso?

-No tengo un fanatismo como si fuese del grupo ISIS. Ya veía que el club estaba mal. La dirigencia era insostenible. Se hizo un desastre. Lo vaciaron. Después vino Cantero y no se entendió bien qué hizo. No pudo hacer nada. Era como … ¿viste cuando algo está fundido? No podíamos sostener esas luces de neón de que estaba todo fenómeno en la familia: pintemos el frente de la casa y listo, que parezca que todo está bien. Entonces pensé “bueno, hay que tocar fondo”. Tenía que pasar algo. Fue un dolor horrible. Pero sabía que era consecuencia de aquello. Se fue a la B porque estaba todo mal. Como cuando alguien se separa y todo explota y se va a vivir a un lugar peor. Era una consecuencia. No es que en el mejor momento del club pasó eso. Era todo malo, todo mafia. Estábamos acéfalos. Consecuencia de eso, descendés. ¡Una cagada! Eso es lo que me da bronca. Me molestan las dirigencias así. Por el contrario, me emocionan dirigencias como la de Alberto Lecchi, el vice de Temperley, que también es director de cine. Es divino. Tenés que hacerle una nota. Es un director de cine que hizo una bocha de películas y es el vice del único club que no debe nada. El tipo consigue tales jugadores, busca la forma de hacer algo prolijo. El club es social. Viene y me cuenta que hicieron un comedor y que hay que seguir haciendo. Eso me emociona de los dirigentes que se dedican a un club social. Hoy cambió eso. Cambió a partir del negocio de los jugadores que se venden, del negocio cuando se sacan la actividades que no dan guita. Entonces empiezan las políticas espantosas. No sé en qué terminará esto. Hay plata para unos pocos. Por eso se ven clubes fuertes como River, San Lorenzo, Racing, Huracán que tienen el mismo problema: los vaciaron, los hicieron mierda. Pero uno será siempre de Independiente y pensará en el lindo fútbol y en el romanticismo que eso tiene.

-¿Qué es ser hincha de un equipo o de un club?

-No soy socio, pero entiendo al tipo que siente que el club es su casa. El club de fútbol es como una iglesia para mucha gente. Es ir a juntarse los fines de semana y estar ahí. Tiene un significado tan grande el club. Me da pena que se vaya destruyendo el principio social del club. En el caso de Independiente me dije “bueno, se tiene que volver a acomodar todo”. Ahora sé que los jugadores cobran, que están bien y al día y que Moyano hace que funcione. Ojalá que hagan las cosas bien. Hace años que es uno de los que más debe. No sé qué va a pasar con eso. Mirá si un día dicen que el club no existe más porque tiene deuda. ¡Pasaremos a la clandestinidad! Es muy raro cómo se transforma todo por negocios. Iremos asentándonos donde podamos.

-¡La diáspora de Independiente!

-Es muy buena esa. ¡Claro! La diáspora de Independiente.

-Cuando recordaste tu infancia y viejos equipos te noté nostálgico. ¿Te lleva a la nostalgia el fútbol?

-Me ponen nostálgico el fútbol e Independiente. Recién te contaba lo de Talleres: uno siempre recuerda lo que recuerda porque emocionalmente lo tocó, así sea bueno o malo. De Independiente me acuerdo eso, todo el tiempo: las copas, el jugar divino. Me produce emoción recordar el juego de Independiente. Haberlo visto. Hoy, cuando lo veo jugar lindo me encanta. Me pongo de mal humor si juega feo. A veces lo veo solo en casa y otras voy a la cancha con un compañero.

 

FÚTBOL, ASADO Y MÁS FÚTBOL

La charla entre El Gráfico y Mex sucedió una mañana de jueves en la que abundaba el sol y el invierno parecía en retirada. Me recibió en su PH ubicado en una tranquila calle de La Paternal. Mex hace bien el papel de anfitrión: consigue que el visitante se sienta cómodo en todo momento. Tal vez eso se deba a que el tema del fútbol lo apasiona y por eso cada respuesta suya está matizada por el entusiasmo.

-¿Mirás partidos de otros equipos?

-Miro a la Selección. Y veo los que se juegan el domingo a la noche. Me gusta ver más fútbol de afuera. El Barcelona, por ejemplo. Pero no más que eso.

-¿Extrañás el fútbol cuando no hay fecha?

-Sí. Los fines de semana siempre hago asado: viene mi hija con sus amigos. Somos al menos 10 o 15 personas. Cuando termino suelo prender el proyector y mirar los partidos en la pared. Pero cuando no hay fecha, extraño. Me gusta ver y también jugar, aunque ya no puedo: tuve problemas en el ligamento cruzado de una rodilla y me dije que no jugaba más para no operarme. Nunca hice una buena rehabilitación. Juego mucho al tenis. Me gusta. También hago gimnasia dos veces por semana. Pero me encanta el fútbol.

-Así que Pura Química es también un puente al deporte que tanto te gusta.

-Es raro Pura Química. Nunca pensé que iba a trabajar en un canal de deportes. Cuando me convocaron, me dijeron que era para un programa que empezaba en cinco días. “¿No habrá una equivocación? porque no sé nada de deportes”, les dije. Pero avanzamos, tiramos ideas, se coparon y salió así. Probamos y hace 7 años que estoy. Nunca estuve tanto con alguien. Ni con una mujer. En este trabajo no sabés cuánto dura algo. No es que entraste a planta permanente y listo. Lo hago porque me divierte. Puedo hacer las cosas a mi semejanza.

-¿Cómo vivís la rivalidad con Racing?

-No me interesa. No lo odio ni tengo sentimiento de fanatismo. Tampoco me pone feliz que le vaya mal. Tengo amigos que son de la Academia y nos cargamos, pero no pasa de ahí.

-¿Las cosas se ven mejor desde el humor?

-Sin dudas. Todo lo que se pueda desdramatizar es bueno. El otro día vino Erviti al programa y resultó ser un gran personaje, un romántico del fútbol. No lo conocía. Lo único que le importa es el fútbol: le hizo un poder a su mujer para que le maneje todo. Él no sabe ni cuánto gana. Vive en Mar del Plata y odia el mar y no sabe nadar. Esos tipos me encantan. Yo les puedo hacer preguntas desde el humor. Erviti se terminó divirtiendo. Lo mismo con Miguel Russo, que cuando vino estaba mal porque no fue elegido para dirigir a la Selección. Pero no le fuimos a decir “¿estás triste porque no vas a dirigir a la Selección?”. Hablamos de muchas cosas y se divirtió. El humor te da una cierta impunidad.

-¿Qué te dio el fútbol?

-El fútbol me dio, en una gran época de mi vida, pasión por jugarlo. Era, cuando lo jugaba, una descarga, una pasión divina. Es un juego, el fútbol: todos corriendo detrás de una pelota. Esa cosa de equipo siempre me gustó. Me encanta lo que se genera alrededor de un partido con amigos: una hora de juego y después cinco horas de conversación, de comer, de tomar algo. Es el fútbol y lo que hay alrededor. Después lo trasladé a Cha cha cha y esas cosas. Trabajar en un canal de deportes me hace disfrutar desde otro lugar. Me gusta conocer a los jugadores, ver que son unos pendejitos. Pero cuando uno los veía de chico, eran héroes, gladiadores que salían al campo de juego a defenderte. Ahora los veo y me dan ganas de hacerles upa. Antes eran todos tipos grandes: Luque, el Mencho Balbuena, Medina Bello, Mastrángelo. Eran señores. Uno veía señores jugando. Eso me impresiona. Me gusta conocerlos y verlos desde otro lugar; y hablar con los técnicos y escuchar y preguntar. Porque además de joder pregunto cosas que me intrigan. Me encanta escuchar sobre estrategias, por ejemplo. El fútbol da esa cosa de camaradería. Todos vamos detrás de lo mismo. Es la mayor religión que tengo. No hay otra cosa en la que crea. Ni un grupo de música ni otra religión. Lo único que me identifica o tengo es que soy de Independiente, y argentino. Siempre que escucho Independiente estoy atento porque en un punto están hablando de mí, para bien o para mal. Siempre está presente, Independiente. Es eso: la cruz que llevo. Nada más.

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

50 IMPACTOS DEL FÚTBOL ARGENTINO

Por Alejandro Duchini

Mi papá lo contaba siempre. En cada reunión sacaba el tema. Que con ocho hombres (porque nunca decía “jugadores”; decía “hombres”) le habíamos empatado a Talleres, en Córdoba. Que el gol lo había hecho Bochini, después de una pared con Biondi. Que era el 2 a 2 pero que el gol visitante valía doble. Así que éramos campeones. Antes, los cordobeses habían puesto el 2 a 1 con la mano de Bocanelli y se llevaban el título del Nacional. Todavía tengo las revistas El Gráfico y Goles que él compró entonces. En aquellas fotos se ve la falta: la mano clarita. Nunca voy a olvidar a Trossero llorando y a Larrosa exclamando un “nos están robando”. En tanto, Pastoriza les decía a sus jugadores que no abandonen, que sigan el partido. Porque querían abandonar al sentirse tan estafados. Encima, ese Talleres era un monstruo: Saporitti, su técnico, contaba con Ludueña, Valencia, Galván… Y a los 42 apareció el mejor Bochini. Anotó y fuimos campeones. Tantas veces me lo contó mi papá que ya es como si esa noche del 25 de enero del 78 yo hubiese estado en la cancha. Ahora no está mi viejo para contarme aquella historia de héroes y villanos con el árbitro Roberto Barreiro a la cabeza. Pero está Daniel Dionisi, que me traslada en el tiempo porque la cuenta en su genial 50 impactos del fútbol argentino (de Club House, una editorial que está sacando unos títulos increíbles de temática deportiva). Ese partido es el 37mo. de sus elegidos. Claro que podrían ser más y el mismo autor lo aclara en el Prólogo: “Seguramente en ciento veinte años de historia hay muchos más que cincuenta impactos. Los que registra este libro fueron elegidos desde la pasión de un hincha de fútbol. Son relatos escritos con el humilde propósito de que los impactos sigan impactando”. Y lo logra.

50 impactos del fútbol argentino50 impactos del fútbol argentino es una forma de recorrer la historia del fútbol a través de su semilla más pura: los partidos. Bien escrito y con los datos justos, además de pasión, las más de 200 páginas son un viaje tanto a encuentros desconocidos como a aquellos contados en reuniones familiares a través de padres y abuelos. Es, también, un recorrido a vivencias presenciales, porque los últimos encuentros son actuales. De hecho, el último es Argentina 0 – Alemania 1, en el Mundial de Brasil 2014. El síndrome del 10, se titula.

“No todos los impactos estimulan, también están los que duelen. La tragedia de la puerta 12 no se olvida y forma parte de la genética futbolera argentina, como la dolorosa tarde en que Maradona contó que le habían cortado las piernas”, advierte el autor en las primeras líneas. Luego empieza el viaje, que abre en lo más profundo de la historia, con un Buenos Aires English High School 5 – Quilmes 0. “El English High School había sido fundado por Alexander Watson Hutton, el padre del fútbol argentino”, se explica. Después será el turno del primer partido de la Selección argentina, que el 20 de julio de 1902 le ganó 6 a 0 a Uruguay en Montevideo. “El partido fue claramente dominado por los argentinos, que ganaron seis a cero y le pusieron la primera chapa a la historia del clásico”, refiere.

Lo que sigue es la aparición de los equipos hoy más tradicionales. El Racing que desde 1913 se convirtió en la Academia, las rivalidades entre las selecciones de Argentina y Uruguay con incidentes (se hace memoria con el gol “olímpico” de Onzari en la cancha de Barracas Central, en octubre del 24), Boca y su victoria por 1 a 0 ante el Real Madrid en España, en 1925, y algunos River – Independiente.

Lo bueno de Dionisi es que a cada encuentro lo desmenuza con detalles de color. Por ejemplo, al recordar la primera final de un Mundial (30 de julio de 1930), que nos ganó Uruguay 4 a 2, escribe que se rumoreaba que Luis Monti jugó tan apagado porque había tenido amenazas: “Dentro de 90 minutos, sabremos si tenemos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”.

Para los de San Lorenzo también hay material de lectura: está el 6 a 1 a España en 1947, para el que el autor aclara que se trató del “mejor equipo de San Lorenzo de la historia”, que dejó huellas imborrables en ese país. Siguen los capítulos: el de Racing 1 – Banfield 0 del 51, el del primer triunfo de Argentina ante Inglaterra (3 a 1, el 14 de mayo de 1953), el de un Independiente 3 – Boca 1 (el partido con más público de la historia del fútbol argentino, 15 de agosto del 54) y aquel de los carasucias que con la camiseta del Seleccionado le ganaron 3 a 0 a Brasil en Lima, el 3 de abril del 57, cuando Corbatta dijo al aire de una radio su célebre “nos están cagando a trompadas”.

Luego, el llamado Desastre de Suecia; y algunos Boca-River memorables, como el del 62, cuando Roma le atajó el famoso penal a Delem. Y más mundiales y más nombres: Amadeo Carrizo, Roberto Perfumo y El Chango Cárdenas y su golazo al Celtic, entre muchos, muchísimos otros.

Está el capítulo más triste, el de la Puerta L: La peor tragedia. Lo cuenta desde la mirada de un joven muy joven que fue a al Monumental y vivió una experiencia tan aterradora como inolvidable. Se llama Luis: “Hoy peina canas y sabe que el recuerdo de aquel atardecer trágico, denso y oscuro el invierno de 1968 lo acompañará hasta el último día de su vida futbolera. De su vida”, escribe Dionisi.

También hay espacio para el recuerdo de momentos imborrables protagonizados por equipos que no pertenecen a los cinco grandes: Estudiantes y sus títulos internacionales, una victoria de Chacarita sobre River y las emociones del clásico rosarino, entre Newell’s y Central. Historia pura.

No se olvidan las malas rachas de Racing y River que no ganan títulos, la época de oro (y de Copas) de Independiente, las buenas y malas de Boca, la aparición de Maradona en la tarde del 20 de octubre del 76, cuando Argentinos cayó ante Talleres en La Paternal por 1 a 0. Tampoco la revancha de Diego a un Gatti que lo había tratado de “gordito”. Ocurrió el 9 de noviembre de 1980, cuando Argentinos se impuso 5 a 3 a Boca en cancha e Vélez. “Hoy le meto cuatro”, contestó Maradona a Gatti. Y cumplió. También está el recuerdo de la única final entre Boca y River, que ganaron los xeneizes 1 a 0, en cancha de Racing, el de 22 de diciembre del 76, con un gol de Suñé al mejor Fillol.

Aunque no soy de River, recomiendo leer especialmente el sentimiento de autor volcado al River 1 – Belgrano 1, que valió el descenso millonario el 26 e junio de 2011. Ya desde el comienzo el capítulo se vuelve atrapante. Luego: “Hasta que un día, no sabés cuándo, el maldito muñeco de la derrota empezó a crecer desde los cimientos del Monumental. Dirigentes corruptos, técnicos mediocres, jugadores sin blasones. ¿Cuándo fue que empezó la decadencia?”, se pregunta Dionisi. Para cerrar: “… Y te vas a dormir llorando en la noche del día en que conociste al infierno”.

Las líneas que cierran el libro están dedicadas a Lionel Messi. Dice Dionisi: “Al mejor jugador de la historia le queda mucho fútbol en el alma. Ojalá lo despliegue con la celeste y blanca, así la mirada triste del Maracaná se convierte en un grito victorioso en el Estadio Olímpico de Moscú”. Éste es el último impacto. Tan espectacular como los otros 49.