Seleccionar página
UBY SACCO, UN CAMPEÓN INOLVIDABLE

UBY SACCO, UN CAMPEÓN INOLVIDABLE

Por Alejandro Duchini

Fue un boxeador de técnica exquisita. Los excesos de su vida privada -alcohol y drogas- lo bajaron del ring antes de tiempo. El cuerpo le pasó factura y murió hace 20 años.

A sus casi 30 años, Ubaldo Néstor -Uby- Sacco tuvo su noche de gloria el 21 de julio de 1985, cuando en una gran pelea por el título mundial welter junior AMB le ganó al norteamericano Gene Hatcher. Fue en el famoso casino Campione D’Italia. Era la revancha de la disputada el 15 de diciembre del 84, cuando en Forth  Worth, Texas, Hatcher fue declarado vencedor en fallo dividido. “A Uby le robaron la pelea”, se decía sobre esa primera vez. Pero en el segundo combate no hubo dudas. Tres derechazos y un zurdazo dejaron casi sin posibilidades a su rival. El médico italiano Mario Sturla limpiaba la sangre en el rostro de Hatcher y recomendaba que se pare la pelea. El árbitro mexicano Ernesto Magaña hizo seguir. Desde entonces, Sacco fue una máquina que obligó a la detención por knock out técnico en el noveno round. El argentino se arrodilló, cerró los ojos y sintió que alcanzaba la gloria deportiva.

Para muchos fue el boxeador más técnico que tuvo nuestro país. Pero los excesos opacaron su carrera. Siete meses después de aquella noche gloriosa -el 15 de marzo de 1986, en Montecarlo- defendería el título ante el italiano Patrizio Oliva. Llegó sin preparación y perdió sin atenuantes. Su vida siguió barranca abajo. No volvió a pelear. Amagó con volver pero fue sólo eso: un amague. Siguieron los disturbios en la vía pública, las drogas, las detenciones, la cárcel de Batán, la libertad y la muerte, el 28 de mayo de 1997, en el Hospital de Agudos de Mar del Plata, ciudad en la que vivía desde pequeño. Tenía 41 años (Buenos Aires, 28 de julio de 1955). Padecía un tumor en las fosas nasales y una meningitis. Las crónicas refieren además HIV. Tenía dos hijos: Lorena (hoy 37 años), con su primera mujer, Alejandra; y Sebastián (27), con Patricia.

Hace dos años, cuando El Gráfico hizo una encuesta entre boxeadores y periodistas del ambiente sobre quién fue el mejor boxeador del país, Sacco fue de los más mencionados. Hoy, su amigo el periodista Walter Nelson ratifica aquella elección. “Sacco era un boxeador para cualquier época. Tenía la pegada justa. Un privilegiado físicamente. Si no era por sus adicciones hubiese llegado más lejos. Sin dudas. Tenía un talento natural para los deportes. Practicaba varios: natación, fútbol, vóley. Todos los hacía bien. Incluso jugaba al fútbol en Alvarado”, recuerda.

CERVEZAS

“Lo conocí en 1985. Teníamos casi la misma edad. Yo trabajaba para Radio Rivadavia. Congeniamos enseguida. A veces lo acompañaba a correr. Incluso viajé a cubrir su pelea con Hatcher y salíamos a correr. Llegamos a Italia una semana antes. A veces, mientras corríamos, el tipo desaparecía. Después lo veíamos: nosotros corriendo y él sentado, tomando agua, como si nada”, sonríe Nelson. “Paraba en un bar que se llama Naranja, en la calle Alem. Yo me consideraba su amigo. Después de su pelea con Hatcher lo fui a buscar al Náutico de Mar del Plata, donde estaba nadando, y cuando terminó se pidió cerveza. Tomaba mucha cerveza”.

Con ese tema hay otra anécdota. La contó el periodista Ernesto Cherquis Bialo en un documental muy bueno sobre Sacco que se puede ver en la web (se encuentra como “Programa informe sobre la vida de Uby Sacco”), realizado por los periodistas Pablo Blesa, Germán Lagrasta, Juan Pablo Porterie, Federico Vazza y Juan José Yañez. Cherquis dice que “el día que menos cerveza tomó fue litro y medio”. En ese trabajo también habla Víctor Hugo Morales, quien define a Sacco como “el boxeador más completo” que vio. Cherquis va en la misma línea: “El más talentoso”, opina. El propio Sacco, en cambio, habla de su padre: “Es lo más grande que hay”. La referencia es al técnico Francisco Ubaldo Sacco, fallecido en julio de 2010. Era su entrenador y quien lo condujo cuando fue campeón del mundo. “Se trataban de usted”, le recuerda a esta revista Walter Nelson. Sacco padre se destacó como boxeador amateur y profesional en los años 50 y 60. Ni sus consejos ni sus protestas alcanzaron para que Uby abandonara excesos. Tampoco sirvieron las palabras de su mamá, Hilda, quien renegaba del boxeo.

EL HOMBRE DE LA TAPA

Varias veces estuvo en la portada de esta revista. En una se lo ve con sombrero, fachero. Dispara: “Si el Gobierno me da 140.000 dólares no peleo en Sudáfrica”. Se debía a que el gobierno democrático de Ricardo Alfonsín se oponía a su combate con el sudafricano Brian Baronet, en Bophuthatswana. Eran tiempos del apartheid. Su representante, Tito Lectoure, aducía que se trataba de un asunto privado y que Sacco podía ganar 140 mil dólares. Lo cuentan también Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón en el reciente libro Luna Park – el estadio del pueblo, el ring del poder. Allí recuerdan que el referente del Luna Park citó los casos del “corredor de Fórmula 1 Carlos Reutemann y del tenista Guillermo Vilas que, al igual que la selección de rugby, habían competido en la Sudáfrica del apartheid”. La pelea fue cancelada. Sobre la relación Lectoure-Sacco se lee: “El tiempo era el peor enemigo de Sacco, adicto a las drogas, los excesos y la noche. Lectoure, que nunca entendió mucho de psicología, no dudaba en cruzarlo en entrevistas públicas, como solía hacer con todos sus boxeadores. ‘Sacco siempre tiene excusas para justificar su falta de preparación. Tiene condiciones, pero si no cumple rigurosamente con sus entrenamientos no sé qué pasará’”.

“Sacco debe ser el que menos bola le dio a Lectoure”, opina Nelson. “Ni a su padre ni a Lectoure. Contra Hatcher, por ejemplo, le decían que lo esperara. Pero él decía que no, que iba a salir a buscarlo. ‘Lo voy a romper’, repetía. Uby no escuchaba consejos. Era un tipo extrovertido, un rebelde, un atorrante, un talentoso. No le gustaba dar notas. Era un martirio para él dar entrevistas. Si alguien no le caía bien, no le hablaba”, agrega.

“Fue un muy buen amigo. Más que amigo, como de la familia. Me trajo de Tandil con mi señora, me consiguió hotel, comida y me llevaba cada mañana a correr. Y eso que yo no era nadie. ¡Imaginate lo que hizo por mí!”, lo recuerda ante El Gráfico el ex boxeador Miguel Caníbal Maldonado, hoy radicado en Mar del Plata, ciudad a la que llegó en los 80 a instancias de Sacco. Desde entonces, fue su sparring. “Era una gran persona. De gran corazón. En ese tiempo había una marca de ropa que lo auspiciaba y era tan generoso que llenaba mi bolso con esa ropa”, lo ejemplifica. “Su padre fue quien me sacó campeón argentino”, agradece antes de decir que “Uby era un fenómeno como boxeador. Si tenía que boxear boxeaba y si tenía que pelear, peleaba. Era un crack para todos los deportes: jugaba bien al paddle, al fútbol, a la pelota paleta. A todo”. Y resume: “Era un ídolo. Lo querían todos. Siempre con algún chiste a mano, nunca enojado”.

LAS ADICCIONES, EL ADIÓS

Nacido en una familia de clase media, con estudios secundarios casi completos, Sacco era distinto para el común del boxeo. Walter Nelson cree que lo que marcó negativamente su carrera fue “la junta de Mar del Plata”. Sus adicciones fueron tema recurrente. Solía protagonizar incidentes callejeros. La ciudad que tan bien lo recibió cuando ganó el título mundial lo fue dejando de lado a medida que se hundía en su propio infierno. En septiembre del 95 fue detenido por tenencia de cocaína. No era la primera vez. Ante cada regreso a la libertad prometía entrenar y cambiar de vida. Pero era en vano. “La última vez que salió me fue a buscar en bici para ir a correr. Quería volver. Pero ya estaba con el problema. Me hubiese gustado decirle… No sé… Era un muchacho grande que sabía lo que hacía”, recuerda el Caníbal, con la voz quebrada por la emoción: “Me quiebro porque vivimos muchas cosas lindas. Siento mucho dolor porque no esté”.

“Un viernes a última hora de la tarde me llamó para que pedirme que le pague una fianza así salía de Tribunales, acá, en Buenos Aires, donde estaba detenido. Si no se pagaba en ese momento, se quedaba adentro todo el fin de semana. Así que fui y cuando llegué alguien ya le había pagado y salió antes”, recuerda Nelson.

Sacco protagonizó grandes peleas ante Hugo Luero, Lorenzo García, Roberto Alfaro (lo venció dos veces: la primera para ser campeón argentino y la segunda, sudamericano) y Hugo Pajarito Hernández. También le ganó a otro grande: Horacio Saldaño, La pantera tucumana: en octubre de 1983, sobre el ring, decretó su retiro. Como profesional peleó 52 veces, con 47 victorias (23 por ko), cuatro derrotas y un empate.

“Casi que falleció en mis brazos, en el Hospital Regional de Mar del Plata. Estábamos con su papá, sus hermanos. Es algo muy íntimo. No quiero decir más. Me duele recordarlo. Imaginate que mi vida la pasé con él. Era un amigo de verdad”, dice el Caníbal.

Walter Nelson también habla de la última vez que se vieron. “Fue en enero del 97, en el Club Quilmes, de Mar del Plata. Peleaba el Caníbal Maldonado. Estaba flaquito, parecía bajoneado. Ya tenía de todo. Fue triste verlo así, con esos anteojitos, el pelo corto. Murió joven pero vivió a toda velocidad. Como Bonavena. Lo extraño en todo sentido”.

En su necrológica de las horas siguientes a su fallecimiento, Osvaldo Príncipi escribió: “El campeón de la sonrisa grata que conocimos hace 20 años se fue dejando morir. Sus ilusiones de los últimos meses eran algo similar a un castigo autoimpuesto. ‘Aunque sea quiero un trabajo por 600 pesos para que mi hijo se eduque como el mejor’, decía. Nunca hubo respuestas”.

HEREDEROS

A sus 27 años, Sebastián Sacco parece encontrar a su padre en cada calle de Mar del Plata y en cada persona que lo conoció. “Yo tenía 7 años cuando murió. Dicen que fue una persona extraordinaria. Muy querida. Es un orgullo que haya sido un campeón tan técnico, tan prolijo sobre el ring. Sólo tengo recuerdos lindos. Como el de aquella noche del 95 que nevó en Mar del Plata y lo acompañé a un homenaje. Todavía recuerdo la nieve y estar a su lado”, dice su heredero, quien suele emocionarse al ver los videos de sus peleas: “Se me pone la piel de gallina”.

Hace poco pasó por un gimnasio. Alguien le dijo que en el fondo del local había una pared llena de fotos de su papá. Ahí también se le puso la piel de gallina cuando las vio. Pensó en su padre y en su abuelo, quienes le inculcaron el boxeo. Por más que no lo practique, lo lleva en la sangre, asegura. Viene de familia. “Es hermoso entrar a un gimnasio y respirar sus olores. Es como sentirme en casa. Siento un gran orgullo por mi viejo”.

Lorena -la hija mayor por la que Uby se desvivía- dice: “Mi viejo ‘es’ un ser lleno de luz, con un gran corazón, con mucha fortaleza. Fue, es y será el mejor”. Vive en Sierra de los Padres con su esposo y sus tres hijos. Allí también está su mamá. Tiene buena relación con Sebastián, más allá de que no se vean seguido. Uby le dejó un legado: “Mi papá me dio todo el amor que se podía dar. Y muchos consejos. El más importante es uno que trato de cumplir: ser feliz.”.

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

Por Alejandro Duchini.

No sé si se le debemos más a la casualidad o a la causalidad. Debería haber una escuela que enseñe eso. “No existe una escuela, que enseñe a vivir”, cantaba, con razón, Charly García. Recuerdo que fue el 2 de noviembre del 97 cuando me enteré de que mi papá tenía una enfermedad incurable. No recordaría esa fecha exacta si no fuera porque ese día Independiente perdió con San Lorenzo. Como tampoco me acordaría de aquella en la que se murió si no fuese, de nuevo, por el fútbol. Sé que fue el 14 de abril del 98 porque a la noche siguiente volvimos a jugar con San Lorenzo. Pero ésa vez ganamos 3 a 1. Se cierra un círculo, pensé. Y había revancha. Nunca supe si era casualidad o causalidad ni si San Lorenzo tendría algo que ver en ese, nuestro propio círculo.

“La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo”, escribió George Simenon, uno de los mejores escritores de policiales. A fines de los 90 yo devoraba sus libros: entre otros, La nieve estaba sucia, Los anillos de la memoria y El hombre que miraba pasar los trenes, con el que lo descubrí y me deslumbró.

Hoy es 2 de noviembre. Normalmente, debería guardar la melancolía para el 14 de abril o por esos días. Pero ahora me ataca esta necesidad de escribir. Tal vez porque lo que más me marcó fue aquel momento en que supe que no había vuelta atrás. Ahí empezó y terminó todo. El resto fue tiempo de descuento.

Estaba en el pueblo de Rojas y había visto aquel partido por la televisión. Cuando terminó lo llamé para hablar de la derrota. Mi papá fue mi primer y mejor compañero de cancha. Me llevaba de muy chiquito a Avellaneda. Cuando decidió no ir más, comencé a ir solo, pero no era lo mismo. Podía ir con amigos pero lo que a mí me gustaba era comentar el partido con él, volver en el Torino escuchando a Víctor Hugo por la radio y pensar qué podía pasar en las fechas siguientes con la tabla de posiciones del campeonato. Pero él no pudo pagarse la platea y prefirió seguir viéndo al Rojo en su casa de soltero. A veces lo veíamos juntos y otras lo llamaba cuando volvía de Avellaneda y pasábamos un buen rato hablando de jugadores, cambios y tácticas. Después a él se le empezó a notar cada vez más la vejez porque sólo hablaba de antiguas glorias. Así que aquel domingo lo llamé y me atendió su pareja, Rosario. No sé por qué pero intuí que las cosas no andaban bien. Ella debió haberme dado algún indicio que no recuerdo y cuando me pasó con él, me dijo, a quemarropa: “Tengo leucemia”. No sé qué más hablamos, ni si seguimos la charla. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Me fui a llorar a la abandonada estación del tren de ese pueblito perdido de la provincia de Buenos Aires y al día siguiente lo acompañé al Hospital Durand. Su doctor tenía el mismo apellido que una gloria de San Lorenzo: Rendo.

Los seis meses siguientes fueron demasiado complicados. Mi pareja de entonces se fue de casa. Me refugié en mis amigos, en el trabajo y en la lectura. Y en el fútbol, claro. Independiente amagaba, como solía hacer, y después se quedaba. Lo que contaba era la ilusión. O el futuro del próximo campeonato.

La noche en que murió mi papá estaba en Mendoza y vine lo antes posible: un vuelo a la mañana siguiente. No había pasaje pero le dije al empleado: “Se murió mi viejo”. Alcanzó para que me consiguiera lugar en el avión. En Aeroparque me tomé un taxi hasta el Durand y en el camino el chofer escuchaba el comentario del amistoso de la Selección contra Israel. Ni me acuerdo del resultado. “En unos meses más se jugará el Mundial de Francia y mi viejo se lo va a perder”, pensaba. Tanto los días que pasaba en su casa como aquellos en que estuvo internado, al visitarlo hablábamos de cómo se preparaba el equipo para Francia. No le gustaban los jugadores ni el técnico, Daniel Passarella. Le encantaba, eso sí, Batistuta. Pero no podía entender cómo era que jugaba el Piojo López. “Yo tampoco, papá”, lo consolaba. Ese era su problema. El Piojo López.

Pasaron 19 años de aquello. Aún me parece que fue ayer no más. Si pienso en lo mucho que hubo en el medio, no lo puedo creer. Me gustaría decirle a mi viejo que ahora uso anteojos para leer, que en días cumpliré 45 y que cuando me muevo me doy cuenta de que la agilidad es un recuerdo. Ya no juego a la pelota y mi deporte es la bicicleta. Fija. No sea cosa que me lastime. Pero la abandoné. Volví  a las artes marciales. También le contaría que me estoy quedando pelado, como él. Justo en estos días, que siento el paso del tiempo, leí un poema de Luis Chaves que se llama Huso horario y dice “¿Qué vamos a hacer con la rima interna / ahora que somos los viejos de / quienes nos reíamos? Ahora que se activaron / los efectos secundarios / de todo lo que nos metimos / el milenio anterior”.

Tengo tres hijos, me separé y volví a casarme, le diría a mi papá. Ludmila ya tiene 16, Santiago 10 y Malena casi 3. Conservo aún la colección de 600 revistas El Gráfico que heredé de él. Ringo Bonavena, Carlos Monzón, Gatti y tantos más en las tapas. También sus odiados Boca y River. Y, por supuesto, aquellas con Independiente campeón de todo: partidos memorables, golazos, hazañas e ídolos. Pero ninguno como Bochini. A lo sumo un Agüero, pero no le hace ni sombra.

img_20161029_1536233281En estos años cumplí mi sueño de entrevistar al Bocha. La nota fue tapa de Crónica, en el 99, cuando se cumplieron veinte años de aquel partido que le ganamos al River de Fillol (¡qué arquero, por Dios!) con dos goles suyos y que siempre recordábamos porque esa noche de enero del 79 estuvimos ahí, en Avellaneda, y gritamos y nos abrazábamos como sólo en la cancha nos salía. Me hubiese gustado que mi papá vea mi nombre en ese reportaje, que no fue el único pero tuvo el simbolismo de ser el primero.

Si por un rato fuera posible hablar con él, no le diría que nos fuimos a la B. Ni que su nieto Santiago usa camisetas de Boca y me dice que no quiere saber nada con Independiente. ¿Para qué? Tal vez haría como con Malena, que le pongo videos de Youtube de viejos partidos en los que el Rojo siempre ganaba. “Ganamos, ¿viste?”, le digo. Una mentira piadosa, para entusiasmarla. Y ella se ríe y yo soy feliz.

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

“EL FÚTBOL ES LA ÚNICA RELIGIÓN QUE TENGO”

Apasionado por Independiente, Mex Urtizberea explica a través de recuerdos por qué este deporte (y también Bochini) pueden marcar para siempre.

Por Alejandro Duchini.

Músico, actor, conductor, entrevistador y humorista. E hincha de Independiente. Mex Urtizberea (Ignacio Joaquín Urtizberea, su verdadero nombre) es un futbolero que desde hace siete años forma parte del staff del programa televisivo Pura Química. En tono de humor, se da el gusto de entrevistar a variados personajes; entre ellos, futbolistas. Y de esos futbolistas, a los de su querido Rojo de Avellaneda. En la charla que sigue, Mex recuerda su infancia en la Doble Visera de cemento, el pronto descubrimiento de canciones futboleras, los primeros ídolos y hasta aquella vez en la que desde la tribuna le cayó un rollo de papel de las viejas máquinas de calcular en la nuca: tanto le dolió que por un tiempo no volvió a una cancha. También habla de Bochini, su héroe; y lo hace de una manera tan hermosa que es imposible no sentirse atraído por el diez más grande que tuvimos los hinchas del Diablo.

El fútbol es, en este caso, una excusa para viajar a la niñez, recordar la calle con la barra de amigos y hasta revivir a algunos de esos jugadores que le regalaron inolvidables pedazos de vida. Pero es también un viaje al infierno tan temido del descenso y a la resurrección del club amado, encarada por los Benítez y Milito, como dice Mex. Es reírse, recordar, emocionarse y hasta reflejarse.

-¿Cómo nace tu relación con el fútbol y, particularmente, con Independiente?

-De chico iba mucho a la cancha. Me llevaba mi tío Cofla. ¡El tío Cofla! Así le decíamos al hermano de mi mamá. Toda su familia era de Independiente. Mi viejo (Raúl Urtizberea, reconocido periodista, 1928-2010) hinchaba por Estudiantes porque era de La Plata, pero no le interesaba mucho el fútbol. Es más, le molestaba: cuando en casa le cambiábamos el canal de televisión para ver un partido tenía una reacción muy dramática: se golpeaba el pecho y decía “cada vez que veo eso me hace un dolor acá”. Porque no quería que ver fútbol, que lo veíamos todo lo posible. Ya desde el 67 íbamos a la cancha. “Santoro; Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Dieguez y Tarabini”. ¿Viste cómo la canto todavía? Me la acuerdo. Mi tío nos incentivaba mucho.

-¿Cuál es la primera canción de cancha que recordás?

-Uuuuuhhhh ¡Me olvidé! Había tantas: “Avellaneda, Avellaneda, el campeonato qué bien te queda…”. De ahí salía eso de la formación: Bernao, Savoy, Artime… Ahí tenés, esa es la primera canción. La formación la aprendí de esa canción. Tenía el disco. “Independiente, orgullo nacional”. Era como un país aparte. Iba a la cancha y me acuerdo de cuando inauguraron la Cordero, arriba. Fui a ver un partido por Copa Libertadores contra Estudiantes y recibí un rollo de esos viejos, de cinta Olivetti, acá, en la nuca. Después de eso no quise volver a la cancha por un tiempo. La pasé muy mal, me asusté con aquel golpe. Tendría 12 o 13 años. Me cuesta recordar. Ese golpe me mató. No sé si todavía atajaba Carlos Gay o ya estaba Chocolate Baley. Después volví a la cancha.

-¿Jugabas a la pelota de chico?

-No. Eran mis dos hermanos, Gonzalo y Álvaro, quienes jugaban. Yo de chiquito hacía música, que era lo único que me importaba. Tocaba la batería desde los 6 años. Creo que recién a los 11 o 12 empecé a jugar, porque mis hermanos eran fútbol todo el tiempo. Atajaba para el equipo de ellos. Era un enano, pero me gustaba. Soy, un enano. Recuerdo que jugábamos en la canchita del barrio. Después empecé como defensor, con garra. Era rústico. Y más tarde, desde los 17 o 18, me mandaba como 5. Independientes, se llamaba nuestro equipo. Jugábamos en el Sindicato del Vestido, en el bajo de San Fernando. Aprendí a jugar al fútbol más de grande. Me encanta.

-Tu infancia estuvo marcada por un Independiente muy ganador.

-La de los 70 fue una época dorada. Teníamos un equipazo. Además viví toda la carrera del Bocha. ¡El Bocha! El otro día me hicieron una entrevista para un programa de Deborah de Corral que se llama Fuego. Vinieron acá, a casa. Tenían un video en el que me hablaba el Bocha y me trajeron una camiseta autografiada por él. Ahí la tengo la camiseta. ¡Qué divino! ¿Qué cosa rara la vida, no? Porque eso de ir a verlo, de tener una admiración increíble por él y ahora recibir una camiseta firmada, dedicada. Son esas cosas que da el hecho de trabajar en la tele. Está bueno que de repente aparezca Bochini y te diga “te regalo una camiseta”. Firmada. Toda mi vida fui a verlo y nunca pensé que ese tipo me iba a regalar una camiseta.

-Se te nota emocionado. ¿Cómo definís a Bochini?

-… El Bocha tenía una inteligencia del espacio que la tienen pocos jugadores. Era el anti-atleta. Tenía el cuerpo que parecía una heladera, las chapas que se le volaban. Lo mirabas y decías “este tipo no se dedica a jugar al fútbol. Se dedica a otra cosa”. Pero entraba a la cancha y era un mago, era una cosa rara lo que hacía. Hacía unos pases raros. Él era raro. Era raro como gambeteaba. No es que gambeteaba moviendo su cintura. Cambiaba los tiempos. Tenía un manejo del espacio. ¡Eso es! Un manejo del espacio y del tiempo. Como Maradona, Riquelme. Esos tipos… pocos jugadores saben manejar los tiempos. Te ponía una pelota frente al arco y no se sabía cómo lo hacía. El otro día vino Omar Larrosa y dijo que se cansó de hacer goles con Bochini. “Me dejaba solo frente al arco”, contó. Y otros jugadores decían lo mismo, como Bianchi, que dijo que su sueño era jugar con Bochini porque hacía todo más fácil para el 9. Se llevaba toda la marca. Era una cosa rarísima. Eso, inteligencia del espacio tenía. Nació con eso. ¡Y lo que provocaba en el hincha! Un tipo que nunca salió de Independiente. Creo que no tuvo la maduración emocional para tomar la decisión de irse a Europa. El tipo era como parte de… era Independiente. No podía ser otra cosa. Era un genio, realmente.

-Más allá de lo futbolístico, ¿qué te provoca el Bocha?

-Bochini es una alegría que tiene que ver con un recuerdo. Pertenece a un recuerdo divino. Si lo veo me lleva ahí, a ese recuerdo. No le pido más al Bocha. Es eso, el Bocha. Me da emoción. Hacía cosas geniales. Hay gente que está en otro lugar. Gente que tiene un don raro. Que hace cosas que no tienen nada que ver con los humanos. Como Messi, que verlo jugar provoca vértigo, una emoción en el pecho por ver a alguien hacer un pase mágico. Eso me provoca el Bocha. ¡Ese partido contra Talleres de Córdoba, el de la final del Nacional 77! Había metido un gol con la mano Bocanelli, que hizo así, y después expulsaron a Trossero, Larrosa y Galván. Un desastre. Todo mal. Pero estaba el Bocha. Eso es algo raro. Lo que hizo esa noche sólo lo puede hacer el Bocha, que podía tener la cabeza en otro lugar. Su frialdad es increíble. Ese tipo está en otro lugar.

 

SUS HÉROES, EN ESTE LÍO

-¿Qué otros jugadores del Rojo te deslumbraron?

-Bertoni. He visto jugadores tremendos. El Chivo Pavoni. Pancho Sá, Gustavo López, Clausen, Saggioratto, Percy Rojas, Alfaro Moreno, Garnero, Biondi. Te tiro los que me aparecen. ¡El Negro Galván! Me volvía loco el Negro Galván. Me gustaba jugar de 5 por él. No lo pasaba nadie. Después hubo muchos jugadores exquisitos, como Marangoni. Goleadores: Outes, que no lo quería la hinchada pero todos los domingos metía un gol. Yazalde. Siempre tuvimos buenos jugadores. El del 94, dirigido por Brindisi, fue el último equipo que me gustó. Jugaba divino, con velocidad. Era un equipazo. Pero más recuerdo aquellos de los 70 y 80, la época de Bochini, que era maravillosa. Hablo de un tiempo en el que los equipos duraban.

-¿Te gusta el Independiente 2016/2017?

-Le tengo mucha fe. Me gusta Milito. Creo que hará una buena campaña. Voy conociendo de a poco a los jugadores. Eso me cuesta. Soy un hombre mayor. Antes estaban, mínimo, cinco años en un mismo equipo. Hoy te dicen que viene tal o cual y no los conocés. Me pasa en Pura Química que nos visitan jugadores sobre los que me tengo que informar. Gracias a Pura Química me me mantengo informado.

-El programa te permitió, entre otras cosas, conocer a jugadores de Independiente.

-Si. Una vez vinieron Albertengo y Benítez. Benítez me desafió con que sabía hacer pastel de papas. Vino y lo hizo ahí, en este horno. Riquísimo. Muy rico de verdad. Me hace gracia Benítez. Me parece muy pícaro. Tuvo su momento divino. Ojalá que vuelva a tenerlo. Es un jugadorazo. Me gustan los jugadores pícaros. El otro día hicimos otro asado acá, con gente del Rojo.

-Siendo tan hincha de Independiente, ¿cómo viviste el proceso del descenso?

-No tengo un fanatismo como si fuese del grupo ISIS. Ya veía que el club estaba mal. La dirigencia era insostenible. Se hizo un desastre. Lo vaciaron. Después vino Cantero y no se entendió bien qué hizo. No pudo hacer nada. Era como … ¿viste cuando algo está fundido? No podíamos sostener esas luces de neón de que estaba todo fenómeno en la familia: pintemos el frente de la casa y listo, que parezca que todo está bien. Entonces pensé “bueno, hay que tocar fondo”. Tenía que pasar algo. Fue un dolor horrible. Pero sabía que era consecuencia de aquello. Se fue a la B porque estaba todo mal. Como cuando alguien se separa y todo explota y se va a vivir a un lugar peor. Era una consecuencia. No es que en el mejor momento del club pasó eso. Era todo malo, todo mafia. Estábamos acéfalos. Consecuencia de eso, descendés. ¡Una cagada! Eso es lo que me da bronca. Me molestan las dirigencias así. Por el contrario, me emocionan dirigencias como la de Alberto Lecchi, el vice de Temperley, que también es director de cine. Es divino. Tenés que hacerle una nota. Es un director de cine que hizo una bocha de películas y es el vice del único club que no debe nada. El tipo consigue tales jugadores, busca la forma de hacer algo prolijo. El club es social. Viene y me cuenta que hicieron un comedor y que hay que seguir haciendo. Eso me emociona de los dirigentes que se dedican a un club social. Hoy cambió eso. Cambió a partir del negocio de los jugadores que se venden, del negocio cuando se sacan la actividades que no dan guita. Entonces empiezan las políticas espantosas. No sé en qué terminará esto. Hay plata para unos pocos. Por eso se ven clubes fuertes como River, San Lorenzo, Racing, Huracán que tienen el mismo problema: los vaciaron, los hicieron mierda. Pero uno será siempre de Independiente y pensará en el lindo fútbol y en el romanticismo que eso tiene.

-¿Qué es ser hincha de un equipo o de un club?

-No soy socio, pero entiendo al tipo que siente que el club es su casa. El club de fútbol es como una iglesia para mucha gente. Es ir a juntarse los fines de semana y estar ahí. Tiene un significado tan grande el club. Me da pena que se vaya destruyendo el principio social del club. En el caso de Independiente me dije “bueno, se tiene que volver a acomodar todo”. Ahora sé que los jugadores cobran, que están bien y al día y que Moyano hace que funcione. Ojalá que hagan las cosas bien. Hace años que es uno de los que más debe. No sé qué va a pasar con eso. Mirá si un día dicen que el club no existe más porque tiene deuda. ¡Pasaremos a la clandestinidad! Es muy raro cómo se transforma todo por negocios. Iremos asentándonos donde podamos.

-¡La diáspora de Independiente!

-Es muy buena esa. ¡Claro! La diáspora de Independiente.

-Cuando recordaste tu infancia y viejos equipos te noté nostálgico. ¿Te lleva a la nostalgia el fútbol?

-Me ponen nostálgico el fútbol e Independiente. Recién te contaba lo de Talleres: uno siempre recuerda lo que recuerda porque emocionalmente lo tocó, así sea bueno o malo. De Independiente me acuerdo eso, todo el tiempo: las copas, el jugar divino. Me produce emoción recordar el juego de Independiente. Haberlo visto. Hoy, cuando lo veo jugar lindo me encanta. Me pongo de mal humor si juega feo. A veces lo veo solo en casa y otras voy a la cancha con un compañero.

 

FÚTBOL, ASADO Y MÁS FÚTBOL

La charla entre El Gráfico y Mex sucedió una mañana de jueves en la que abundaba el sol y el invierno parecía en retirada. Me recibió en su PH ubicado en una tranquila calle de La Paternal. Mex hace bien el papel de anfitrión: consigue que el visitante se sienta cómodo en todo momento. Tal vez eso se deba a que el tema del fútbol lo apasiona y por eso cada respuesta suya está matizada por el entusiasmo.

-¿Mirás partidos de otros equipos?

-Miro a la Selección. Y veo los que se juegan el domingo a la noche. Me gusta ver más fútbol de afuera. El Barcelona, por ejemplo. Pero no más que eso.

-¿Extrañás el fútbol cuando no hay fecha?

-Sí. Los fines de semana siempre hago asado: viene mi hija con sus amigos. Somos al menos 10 o 15 personas. Cuando termino suelo prender el proyector y mirar los partidos en la pared. Pero cuando no hay fecha, extraño. Me gusta ver y también jugar, aunque ya no puedo: tuve problemas en el ligamento cruzado de una rodilla y me dije que no jugaba más para no operarme. Nunca hice una buena rehabilitación. Juego mucho al tenis. Me gusta. También hago gimnasia dos veces por semana. Pero me encanta el fútbol.

-Así que Pura Química es también un puente al deporte que tanto te gusta.

-Es raro Pura Química. Nunca pensé que iba a trabajar en un canal de deportes. Cuando me convocaron, me dijeron que era para un programa que empezaba en cinco días. “¿No habrá una equivocación? porque no sé nada de deportes”, les dije. Pero avanzamos, tiramos ideas, se coparon y salió así. Probamos y hace 7 años que estoy. Nunca estuve tanto con alguien. Ni con una mujer. En este trabajo no sabés cuánto dura algo. No es que entraste a planta permanente y listo. Lo hago porque me divierte. Puedo hacer las cosas a mi semejanza.

-¿Cómo vivís la rivalidad con Racing?

-No me interesa. No lo odio ni tengo sentimiento de fanatismo. Tampoco me pone feliz que le vaya mal. Tengo amigos que son de la Academia y nos cargamos, pero no pasa de ahí.

-¿Las cosas se ven mejor desde el humor?

-Sin dudas. Todo lo que se pueda desdramatizar es bueno. El otro día vino Erviti al programa y resultó ser un gran personaje, un romántico del fútbol. No lo conocía. Lo único que le importa es el fútbol: le hizo un poder a su mujer para que le maneje todo. Él no sabe ni cuánto gana. Vive en Mar del Plata y odia el mar y no sabe nadar. Esos tipos me encantan. Yo les puedo hacer preguntas desde el humor. Erviti se terminó divirtiendo. Lo mismo con Miguel Russo, que cuando vino estaba mal porque no fue elegido para dirigir a la Selección. Pero no le fuimos a decir “¿estás triste porque no vas a dirigir a la Selección?”. Hablamos de muchas cosas y se divirtió. El humor te da una cierta impunidad.

-¿Qué te dio el fútbol?

-El fútbol me dio, en una gran época de mi vida, pasión por jugarlo. Era, cuando lo jugaba, una descarga, una pasión divina. Es un juego, el fútbol: todos corriendo detrás de una pelota. Esa cosa de equipo siempre me gustó. Me encanta lo que se genera alrededor de un partido con amigos: una hora de juego y después cinco horas de conversación, de comer, de tomar algo. Es el fútbol y lo que hay alrededor. Después lo trasladé a Cha cha cha y esas cosas. Trabajar en un canal de deportes me hace disfrutar desde otro lugar. Me gusta conocer a los jugadores, ver que son unos pendejitos. Pero cuando uno los veía de chico, eran héroes, gladiadores que salían al campo de juego a defenderte. Ahora los veo y me dan ganas de hacerles upa. Antes eran todos tipos grandes: Luque, el Mencho Balbuena, Medina Bello, Mastrángelo. Eran señores. Uno veía señores jugando. Eso me impresiona. Me gusta conocerlos y verlos desde otro lugar; y hablar con los técnicos y escuchar y preguntar. Porque además de joder pregunto cosas que me intrigan. Me encanta escuchar sobre estrategias, por ejemplo. El fútbol da esa cosa de camaradería. Todos vamos detrás de lo mismo. Es la mayor religión que tengo. No hay otra cosa en la que crea. Ni un grupo de música ni otra religión. Lo único que me identifica o tengo es que soy de Independiente, y argentino. Siempre que escucho Independiente estoy atento porque en un punto están hablando de mí, para bien o para mal. Siempre está presente, Independiente. Es eso: la cruz que llevo. Nada más.

“PARA VER FÚTBOL DE VERDAD HAY QUE IR A LA CANCHA”

“PARA VER FÚTBOL DE VERDAD HAY QUE IR A LA CANCHA”

Por Alejandro Duchini

A Martín Caparrós no es sencillo ubicarlo. Argentino, alguna vez alguien lo definió como ciudadano del mundo: por su trabajo de cronista, se la pasa viajando. Puede estar en una capital europea como en una choza de la India o en el interior de nuestro país. De cada lugar saca una historia de vida y luego un texto con una mirada y una escritura originales. Eso lo reflejó en varios libros que lo ubican como uno de los mejores periodistas. Considerado entre los intelectuales más destacados del país, es también un futbolero (de Boca), pasión que tiene por debajo del rugby que jugó desde adolescente hasta hace ya unos cuantos años. A sus 59 años, ya no patea pelotas en las canchas pero le encanta ver partidos que describirá en sus notas. Para concretar la siguiente entrevista lo ubicamos en Madrid, donde vive. Fue horas después de que Messi renunciara a la Selección y miles de argentinos le pidieran que se quede, tema que sirvió como excusa para charlar sobre aquello que surge de una pasión que no termina de explicarse: la número cinco.

-¿Jugás al fútbol?

-En realidad jugué poco: hasta más o menos los 15 años. Jugaba al rugby: desde los 10 a los 40 me interesaba más que el fútbol. Hoy extraño el rugby. De vez en cuando sueño que lo estoy jugando, pero me despierto. Debería decir que el deporte que practiqué es el rugby. Con el fútbol tengo una relación más de espectador. Claro que lo jugaba bastante en el colegio, pero cuando se presentó el rugby medio que lo dejé. Ahora me pasa lo contrario: casi no veo rugby. No me gusta el deporte en que se convirtió: me da la sensación de que lo que se consideraba un error cuando yo jugaba hoy es la base del juego. Nosotros jugábamos para no chocar y que no nos agarren. Ahora todo consiste en ir al choque, al agarre, al roce, en imponer la fuerza sobre la habilidad: hacer eso que antes queríamos evitar. Hoy es un deporte que no me gusta.

-En tu libro Ida y vuelta le preguntás a Villoro si se imagina “un mundo sin fútbol”. ¿Vos te lo imaginás?

-Si, me lo imagino incluso con cierta nostalgia: yo tendría más tiempo para hacer otras cosas. La gente se dedicaría a otras cosas, no sé si mejores o peores, pero serían otras. Si este mundo con fútbol no nos está saliendo tan bien, por qué no pensar que sin él podría ser un poco mejor. Pero, claro, es raro, porque hay muchas cosas importantes en nuestras vidas que son como la evolución natural de algo; tendencias que vienen de siglos y siglos de historia, que van cambiando pero que ocupan un espacio que siempre estuvo ocupado. En cambio el fútbol, no. Ahora que se habla del Bicentenario: por ejemplo, en la Argentina de julio de 1816 no había ningún momento social que equivaliera al deporte en general y al fútbol en particular. Esto empezó a aparecer a fines del siglo 19. Podría no aparecer y nadie lo hubiese extrañado porque no había base para extrañar. Uno extraña lo que sabe que puede extrañar: no se podría extrañar lo que no habría existido.

-También decís que “el fútbol es uno de los temas menos prestigiosos de este mundo”.

-Digo que el fútbol como tema no tiene prestigio. Uno habla con un amigo de literatura, de cine o de lo que sea, incluso de mujeres, y es como un diálogo en el que hay algo que importa. En cambio, te ponés a hablar de fútbol y tal vez hasta te apasionás más, pero no tiene ningún prestigio en sí, en el sentido que es una boludez: si va a jugar Pavón contra tal o cual equipo. No es un tema que se pueda sostener como importante, significativo. Y, sin embargo, se pasa mucho tiempo hablando de eso.

-¿Sufrís por Boca o la Selección?

-Escribí algo sobre eso cuando se perdió la final de la Copa América contra Chile. “¡Ma, sí!”, dije. Hay un momento de sana reacción “¡ma, sí!”. ¿Por qué me tiene que importar? No influye nada en mi vida. Mi vida será igual gane o no mi equipo, meta o no meta ese penal Messi. ¡Mi vida será igual! Me parece más inteligente ocuparse y preocuparse por cosas que sí tienen que ver con tu vida o la vida de otros. Pero esto no cambia nada. Lo curioso es que nos creamos, o que nos hayamos creído, que sí, y que nos influye, y nos importa, y todos jugamos ese juego. De vez en cuando me descubro sacado por algo que no tendría que tener la menor influencia y me digo “¡ma, sí!”. Por un lado es agradable poder preocuparse tanto por algo que no te importa nada: es como un juego fácil. Tiene las dos grandes condiciones de un juego para que funcione. Por otro, que te produzca un efecto fuerte en el momento y luego, cuando se acabó, no te produce nada, ningún efecto. Esa mezcla de los dos factores me parece que lo hace muy potente como juego. El problema es cuando uno se cree que es algo más que eso. Por supuesto que me gusta más que mi equipo gane, pero a las dos horas mi vida es exactamente la misma, haya perdido o ganado. No quedo preocupado ni feliz. Reivindico esta capacidad de que durante las dos horas del partido nada me importa más y a los dos horas del partido nada me importa menos.

-En Boquita contás que, literalmente, te hiciste de Boca sentado sobre un inodoro.

-Es lo que cuento, es lo que me acuerdo. Vaya a saber si es cierto. Uno nunca sabe si los recuerdos, más a los 5 años, son verdad o no. Pero ése es uno de mis primeros recuerdos.

-También preguntás en ese libro si los jugadores saben de fútbol.

-No lo sé. Me parece que hay como… en las profesiones, también entre los futbolistas, hay tipos que tienen diferentes relaciones con su actividad. Hay quienes quieren aprender. Por ejemplo, aquellos que luego serán directores técnicos. El ejemplo contrario es Batistuta o Schiavi, tipos que descubrieron que se cotizaban bien en el mercado y lo hicieron. Entre un extremo y otro hay una serie de declaraciones. No creo que se pueda definir una tipología en particular. Seguramente lo que sí tienen los jugadores de fútbol es que como conocen ese mundo de algún modo se hacen menos fantasías que nosotros, que lo miramos de afuera. El fútbol tiene algo que me llama la atención: está pensado como espectáculo, algo para que otros miren. Y uno sólo ve lo que le muestran y nada de lo que hay detrás. Se ve a los pibes jugando en la cancha y después no sabés cómo funciona eso. Hay como un secretismo, una oscuridad.

-¿Qué es saber de fútbol?

-Lo que me hace pensar que sé algo de fútbol, que es una estupidez, pero te lo cuento, es que cuando veo un partido puedo decir cinco minutos antes “ahora el técnico sacará a tal jugador” y acierto. Es una boludez, pero quiere decir que más o menos estoy entendiendo cómo funciona, porque después pasa. En general acierto. Pero me parece que saber es poder ver un poco más allá del caramelo televisivo. Ver el fútbol en serio. Los once jugadores en la cancha, cómo corren, cómo se relevan, cómo se desmarcan. Estamos muy empalagados por el caramelo de la televisión, que te muestra al pibe que lleva la pelota pero no te muestra qué pasa en otros lados de la cancha. Saber algo de fútbol es poder entender que es un juego de once contra once, que hay cosas que suceden más allá de lo que se ve.

-Hay una idea, tal vez muy enquistada, según la cual el equipo que juega lindo no gana y que para ganar hay que ser rústico, apelar al “huevo, huevo”.

-Por supuesto que se puede ganar jugando bien. El problema es que hay que tener buenos jugadores y los buenos jugadores son caros. En general los equipos que ganan jugando bien son los ricos del mundo: Bayern, Real Madrid. Pero son equipos de 500, 600 millones de dólares. ¡Fortunas! Entonces el problema es ése: la concentración de la riqueza, que se da en todos los niveles de la sociedad, también funciona en el fútbol. Los equipos ricos pueden ganar jugando bien, los más pobres se la tienen que rebuscar como puedan. Aguantar. En ese sentido, y lo escribí alguna vez, disiento con lo que dijo Valdano del fútbol de izquierda y del fútbol de derecha: el fútbol de izquierda sería el elegante, el lírico, el artístico; y el de derecha es el de los que se cuelgan del travesaño y reparten por toda la cancha. Creo que si fuera así, el fútbol de izquierda es un privilegio de los ricos y el de derecha el que practican los más pobres. Me parece que hay algo que corregir en esa idea. Sería una pena que sólo se pudiera ser de izquierda cuando se tienen mil millones de dólares en jugadores. Por supuesto que se puede ganar jugando bien, que por otro lado es la forma más segura de ganar. Pero para eso, lamentablemente en este sistema de concentración de riqueza futbolística, hay que ser de los de arriba. En ese sentido se establecieron diferencias muy fuertes entre los países. Eso incide en la Argentina.

-¿Por ejemplo?

-Argentina se convirtió en un país exportador de materia prima futbolística. Se hace muy difícil ganar jugando bien porque los buenos jugadores se fueron. El campeonato de Primera argentino es un campeonato de Primera B, claramente: juegan los pibes que jugarían en la B si todos los jugadores argentinos estuvieran en Argentina. Entonces tiene las características clásicas de los torneos de Primera B: pierna fuerte, aguanto, me busco la vida, veo cómo hago y si puedo poner más fuerte que el otro le ganaré. Parece que estuvieran jugando todo el tiempo Excursionistas-Defensores de Belgrano o Chicago-Sarmiento de Junín. Es una realidad, no una metáfora. Si los mejores estuvieran acá, en la A quedarían cuatro y los demás en la B.

-¿Qué te causó la reacción colectiva en favor de Messi tras su anuncio de retirarse del Seleccionado? Hubo maestras que escribieron cartas, en los subtes se le pedía que no se fuera y en la tele se mostraron videos de chicos llorando por el ídolo.

-Para completar, a Messi lo condenaron a casi dos años de prisión por evasión impositiva: eso termina de consagrarlo como argentino, con estas dudas que siempre tuvimos por sus actitudes que no nos parecían argentinas: no cantar el Himno y esas cosas. Pero trató de evadir impuestos muy criollamente, sólo que lo agarraron. Se equivocó de lugar y lo agarraron. Se pueden decir demasiadas cosas sobre Messi, pero sintetizo: nos gusta querer lo que ya no tenemos. Somos una sociedad tanguera: nada nos gusta más que lo perdido y en el momento en que nos pareció que lo perdimos empezamos a quererlo. Si lo hizo a propósito, estuvo muy bien. Si no, terminará de definirse cuán argentino es Messi, una vez más. Todo depende de si cree que tiene que cumplir con su palabra o si, como buen argentino, no hay necesidad de cumplir con su palabra y entonces vuelve a la Selección.

-¿Qué se dice en España de este tema?

-Se hicieron muchos comentarios: que no lo tratamos bien, que no lo cuidamos, que es lógico que no quiera estar ahí. Hubo muchos comentarios. Hay que llenar tantas páginas con estas pavadas que se dice de todo.

-¿Qué experiencia te queda de escribir dos libros futboleros: Boquita e Ida y vuelta?

-Los dos fueron muy gustosos. Boquita fue un placer hacerlo porque me permitió revisar muchos momentos de mi infancia y de mi vida y me dio una buena excusa, inmejorable, para ir a buscar a ciertos personajes fuertes de cuando era chico. Cuando me pasé unas horas hablando con Marzolini y quería seguir hablándome, yo estaba encantado, admirado. Fue un gran placer hacerlo. Me interesó además, más allá de contar la historia de Boca, pensar en qué consiste el fenómeno de ser hincha de Boca. El libro es más eso, está más concentrado en tratar de entender qué es ser hincha de Boca. Ida y vuelta, un intercambio de cartas con Villoro durante el Mundial 2010, lo disfruté porque fue intenso: duró un mes. A Villoro lo respeto muchísimo. Se armó como un mecanismo casi deportivo en el que él me mandaba una carta y yo tenía que contestarle con otra que estuviera a su altura; y él, a su vez, me tenía que matar el punto y yo después a él. “¿Cómo lo hizo?”, me preguntaba. En algún punto él también se sentía desafiado por lo que yo le contestaba. Es un libro que quiero mucho. De casualidad lo hojeé hace diez días, después de mucho tiempo. Me sigue resultando agradable. No se quedó en el Mundial 2010.

-¿Vas a la cancha en España?

-Iba mucho al Camp Nou, en Barcelona, acreditado por Olé. Era un gusto ver al Barcelona. El año pasado fui a la final de la Champions, en Berlín, y también a la semi en Munich. Ahora que vivo en Madrid voy menos: detesto a Cristiano Ronaldo. No me dan ganas de verlo festejar. De hecho, estaba acreditado para la final de la Champions y cuando vi que iba el Madrid dije “no, ir hasta ahí para verlo pavonearse a Cristiano Ronaldo es más de lo que necesito”. Así que no fui. Pero voy a la cancha cada vez que puedo. Porque para ver fútbol de verdad hay que ir a la cancha. En la tele es otro deporte.

-Dado que por tu trabajo como cronista recorrés el mundo: ¿qué te asombra de las distintas maneras de ver el fútbol?

-Recuerdo algo que conté, justamente, en Ida y vuelta. Tiene que ver con Dhaka, la capital de Bangladesh, a donde llegué días antes de que empezara el Mundial 2010. Es, para mi gusto, la ciudad más fea del mundo. Siempre digo que no volveré y por algo siempre vuelvo. Cuando fui aquella vez, la salida del aeropuerto estaba llena de banderas argentinas y brasileñas. Le hice el chiste al taxista de que no hacía falta que me reciban así. El tipo me explicó que era por el Mundial. Los bengalíes se dividían entre hinchas de Argentina y Brasil, me contó. Rivalizaban por quién ponía más banderas. Me impresionó esa historia de gente que quería sumarse a esa locura planetaria por el fútbol aun cuando en Bangladesh nunca hubo un equipo de fútbol digno. Pero se enganchaban por uno u otro y hacían cosas por países lejanos. Había una competencia por quién ponía la bandera en el lugar más visible o importante. Y un pibe se subió a un árbol altísimo para colgar una argentina y se cayó y se mató. Pensé que morirse por la bandera del país de uno es una estupidez, pero ya es incalificable morir por la de un país que está en las antípodas del tuyo.

PERFIL DE MARTÍN CAPARRÓS

En los “recreos descubrí que ser de Boca era algo que podría compartir con otros -que me hacía cómplice de otros chicos, que nos daba una causa común- pero que algunos de mis mejores amigos se transformaban de tanto en tanto en enemigos porque eran de un equipo que se llamaba River. En esos recreos descubrí que uno se hacía hincha de un equipo: no es poca cosa, hacerse. Y que, ya hecho, uno no era hincha de un equipo: uno era de un equipo. No es poca cosa, ser”, se lee en la primera página de Boquita, el libro que Martín Caparrós escribió durante los primeros años de los 2000 y que se publicó en 2005. En sus páginas entrevista a ídolos de su infancia, a hinchas, futbolistas y dirigentes, con quienes analiza qué es ser de Boca.

Otro libro futbolero suyo es Ida y vuelta – una correspondencia sobre fútbol, escrito en base a textos que se envió con el escritor Juan Villoro durante el Mundial 2010, en Sudáfrica. “En el fútbol, además, cualquier chico puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habrían descartado antes de que se cambiara. Pero al fútbol pueden jugar todos: el petiso movedizo o el grandote torpe, el corredor desenfrenado o la mole que se planta, el más vivo de la clase y el más bobo; si hasta tú y yo hemos jugado alguna vez. El fútbol no es como otros deportes que exigen un físico o un carácter determinados: cada tipo de habilidad tiene su espacio, hay puestos para todos -sólo hay que descubrirse”, le escribe a su colega mexicano para dar apenas una muestra de algunos de sus conceptos futboleros.

Nacido el 29 de mayo de 1957 en Buenos Aires, Caparrós es periodista y escritor. Ha recibido numerosos premios internacionales. Algunos de sus libros publicados son No velas a tus muertos, La Historia, Un día en la vida de Dios, Larga distancia, Amor y anarquía, Valfierno, A quien corresponda, Una luna, El interior, Argentinismos, Los Living y Comí.

 

LA FUTBOLÍSTICA TRINIDAD

LA FUTBOLÍSTICA TRINIDAD

Por Alejandro Duchini

Ni puedo imaginarme (bah, sí, puedo) a Carlos Bilardo escondido en su disfraz de coya mientras baila en un salón, en Tilcara, para vigilar a sus dirigidos. Y cuesta imaginarse, también, qué pensarán los integrantes del seleccionado argentino que en junio de 1986 fueron campeones del mundo viendo a su entrenador en esa pose. Como no había mucho para hacer en la concentración en ese pueblo jujeño, los futbolistas fueron invitados a un baile de disfraces. “Pero yo no puedo estar y yo no sé qué van a hacer los jugadores, porque hay bebidas, ¿no?”, le preguntó el técnico a Sara Vera, dirigente del club local Puerto Nuevo. Ella le sugirió que él también se disfrace. “De repente vimos a un loco con una capa, con botas, que se metió a bailar en el medio, todo encapuchado… Después nos enteramos que había sido Carlos”, recuerda Oscar Garré. La anécdota la describen Gustavo Dejtiar y Oscar Barnade en 1986 – La verdadera historia (Planeta), el libro que sirvió como guión para el documental del mismo nombre que se vio este año en la pantalla de la TV Pública. Sirvió de conmemoración por las tres décadas del título de México. Se trata del tercer trabajo sobre la temática que se editó en el país durante los últimos meses. Los otros fueron El partido, de Andrés Burgo; y México 86 – Mi Mundial, mi verdad, una suerte de memoria de Diego Maradona sobre el antes, el durante y el después: se las escribió Daniel Arcucci.

Con esos libros se completa una trinidad sobre aquel campeonato: la mirada general de Dejtiar y Barnade; la de Burgo sobre el histórico encuentro entre Argentina e Inglaterra; y la de Diego, el gran protagonista de aquello.

1986 – La verdadera historia describe con detalles cómo se gestó aquel equipo. Apela, por momentos, a una escritura con tintes de humor, lo que hace más llevadera la lectura. Se mete en episodios desconocidos y desmenuza otros sobre los que había más rumores que certezas.

1986Los autores empiezan recordando qué ocurría a mediados de los 70, cuando se produjo en la AFA una revolución alrededor del Mundial del 78. Es imposible, claro, hablar de los campeones de México sin recordar la incidencia de César Luis Menotti con la obtención de aquel campeonato local y la pronta eliminación de España, en 1982, con una Argentina conmocionada por una dictadura que se iba y la derrota en la guerra de Malvinas. Metiendo el dedo en la llaga se llega al 86. Tiempos en los que nadie daba un peso por el equipo de Bilardo, aún cuando el técnico llegaba avalado por la buena campaña al frente de Estudiantes de La Plata.

Luego, Dejtiar y Barnade se meten en el armado del nuevo plantel y analizan el paso del menottismo al bilardismo. Después, ya en México, apoyan parte de su trabajo en el hallazgo de un video casero hecho por los jugadores. Quienes crecimos en los 80 -con mitos alrededor de aquel plantel- encontraremos en este libro certezas y desmentidas. Sabremos qué pasó con las camisetas azules que se utilizaron en la previa del partido contra Inglaterra y recordaremos cuánto se sufrió durante la etapa clasificatoria en la que Argentina casi queda afuera del Mundial. También sabremos en boca de Julio Olarticoechea cómo fue el momento en el que Bilardo le dio una charla técnica en las calles del Bajo Flores para convencerlo de que se sume al equipo, faltando dos meses para el inicio del campeonato. “Yo cruzado de brazos, la gente pasaba, era de día y me veía a mí cruzado de brazos y a Bilardo haciendo rayas en la pared… Te imaginás. Solamente él te puede hacer una charla técnica en la pared”, recuerda el Vasco.

Siguen los amistosos, la gira previa y la obsesión bilardiana por cuidar cada detale. Y finalmente México. De ahí, un análisis sobre la enfermedad de Daniel Passarella, quien se quedó afuera del equipo. Las aguas se dividen entre quienes niegan que le hayan dado una comida en mal estado para sacarlo de encima por su perfil menottista y aquellos que insinúan una mano negra. Las peleas internas de un plantel golpeado pero liderado por Maradona también tienen su capítulo. Obviamente, no escapan las diferencias entre Diego y Passarella.

José Luis Barrio, entonces periodista de la revista El Gráfico, es una de las patas del libro (y del documental): acompañó a Bilardo desde el inicio en el armado del equipo. Después lo siguió por Europa y en tierras aztecas, donde fue testigo de todo. Algo de lo que vio, no lo cuenta. Y en otros casos, insinúa.

Divertida primero, triste después, es buenísima la anécdota que tiene como protagonista a José Luis Cuciuffo, que se lee a partir de la página 153.

-¿Cómo te llamás?

-Cuciuffo, con una ce y doble efe.

Así comienza el recuerdo de cómo lo trataba la revista Humor por su apellido a aquel jugador de Vélez que era casi un desconocido. Dos páginas después los autores recuerdan su muerte, el 11 de diciembre de 2004: “El único de los 43 campeones del mundo del fútbol argentino que falleció”, escriben.

Leer 1986 no es sólo añorar una gesta deportiva. Es meterse de lleno en cómo era la Argentina de aquellos años. Y es, también, una forma de conocer historias de vida. Que, como describen Dejtiar y Barnade, son historias de jugadores que “llegaron a México escondidos, ahogados en críticas, sin una sola ficha que apostara por ellos. Se pelearon, lloraron, insultaron, cambiaron, se unieron y al final de un camino de escombros, construyeron una leyenda: la del segundo título mundial para Argentina. El primero fuera del país. El primero en democracia. Y son esos que están ahí, ellos que podrían haber sido chapistas, ferroviarios o borrachos del pueblo. Son los últimos campeones del mundo, pero sobre todo son personas que nos hacen recordar que los héroes no son personas extraordinarias. Son personas comunes que hacen cosas extraordinarias, como ganar un campeonato del mundial. Tan sencillo como eso. Tan maravilloso”.