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SPINETTA: RIVER, LOS AUTOS Y LA MÚSICA

SPINETTA: RIVER, LOS AUTOS Y LA MÚSICA

Por Alejandro Duchini

“Yo soy fanático de Chacarita Juniors. Justo habíamos ascendido a la A. Llevaba mi camiseta de Chaca y la ponía desplegada en el sillón. La vio y expresó lo mismo que Fontanarrosa en su libro No te vayas campeón. Los dos coinciden en que la camiseta de Chaca es la más linda del mundo. Le contesté: ‘el rojo del socialismo, el blanco de las purezas de sus leyes y el negro de lo fúnebre’. Él flasheó. Y me dijo: ‘Soy de River, tengo mi corazón en Platense, ya que mi papi era hincha de ese equipo; pero me encanta Chaca porque son anarquistas’”. La anécdota la cuenta Juan Carlos Giacobino, iluminador y manager de Luis Alberto Spinetta. La escena descripta la protagonizaron ambos en un hotel de Córdoba. Giacobino la cuenta para el libro Spinetta – un vuelo al infinito, de Eliana Pirillo y Jorge Battilana, periodista de Mar del Plata y amigo del Flaco.

Spinetta, de quien este 8 de febrero se cumplen cinco años de su muerte, era futbolero. Respetaba a los hinchas de Boca, de quienes destacaba el aliento hacia sus jugadores. En 2008, a treinta años de que Argentina ganara el Mundial, cantó en el Monumental, tras un partido en el que participaron integrantes de aquel plantel dirigido por Menotti. Se trataba de La otra final, el postergado desagravio a las víctimas del terrorismo de Estado durante la disputa del torneo. A mediados de los 80 hizo una canción sobre la violencia en el fútbol: La bengala perdida. Hizo también un tema mítico como El anillo del capitán Beto, del que popularmente se cree que está dedicado a Norberto Alonso; él mismo lo desmintió. Fue amigo de tenistas, como Guillermo Vilas y Tito Vázquez, ex capitán del equipo argentino de la Copa Davis y padrino de su hijo Dante. También le apasionaban los autos, correr en karting y se divertía jugando al ping pong. “Durante su infancia los autos y las carreras de Juan Manuel Fangio fueron otras de sus pasiones que perduraron con el tiempo”, escriben Pirillo y Battilana, quienes agregan: “Ese pibe, además, contaba con otra pasión: el fútbol, especialmente el de su club favorito, River Plate”. El mismo Battilana recuerda que una vez lo encontró en una esquina de Buenos Aires escuchando un Unión-River: “Cómodamente recostado sobre la vereda con una pequeña radio a su lado transmitiendo el partido. Ni entonces, ni más tarde, lo cotidiano se alejaría de su vivir”.

Con su mirada marplatense, Battilana lo refiere además como integrante del equipo de Almendra en un partido de fútbol contra músicos de esa ciudad costera; luego lo recordará como espectador en el Mundialista de Mar del Plata de un Argentinos-River en el que hubo roces entre Diego Maradona (ya vendido a Boca) y Reynaldo Merlo. También viendo por televisión la semifinal en dobles de la Davis de 1981, con la pareja Vilas-Clerc. Un amigo suyo y luthier, Cristian Iannamico, lo describe como fierrero: “Le gustaban mucho los autos, los motores, el diseño, la tecnología y todo eso”. Y habla particularmente de una vez que salieron a dar vueltas a bordo de una coupé Mitsubishi Eclipse roja “escuchando Voodo Lounge de los Stones con un equipo Infinity de puta madre”.

“Hoy Spinetta cumpliría 67 años. Todo River te va a recordar por siempre, Flaco”, se leyó en las cuentas oficiales de Twitter y Facebook millonarias el 23 de enero pasado.  Al texto lo acompaña una foto de los 80 en la que el Flaco luce, en un recital, una camiseta del Millonario. En su honor, esa es la fecha en que se conmemora el Día Nacional del Músico.

En 1989, en una entrevista con El Gráfico, dijo sobre sí mismo: “No me considero el prototipo del hincha de River. Es demasiado cómodo. Si gana, está bien. En cambio si pierde todo es una porquería asquerosa. Me van a matar, pero me parece mejor hinchada la de Boca. Pierdan o ganen, los monitos están siempre ahí gritando por el equipo”.

Su primera guitarra y River tuvieron relación e incidencia en su niñez. A sus 12 o 13 años, unos vecinos de su familia, los hermanos Pilar y José “Machín” Gomezza, le prestaron una criolla de 1923. Con ella “Luis escribió la mayoría de sus primeras canciones, incluso varias que luego grabaría con Almendra”. La anécdota la cuenta el periodista y escritor Eduardo Berti, autor, junto con el Flaco, del ya mítico Spinetta – crónica e iluminaciones. Y agrega, en boca del músico: “El viejo Machín fue muy importante en la historia del club River Plate. Fue socio fundador y también masajista de equipos gloriosos como La Máquina. Él me llevó muchas veces a la cancha, a ver partidos o a estar en la concentración con los jugadores”.

En este mismo libro Spinetta detalla cómo llegó a grabar en los Estados Unidos, en 1979, por intermedio de Guillermo Vilas: “Only love can sustain se llama el disco (…) cuyo resultado no lo satisface. ‘Yo hubiera pretendido algo menos ampuloso y espectacular, y más Spinetta’, dice sobre el aspecto musical; sin embargo, el título del álbum (Sólo el amor puede sostener) es más Spinetta que ninguno, y en esa frase se resume uno de los ejes principales de su obra”. En ese disco colaboró Torrie Zito, quien también había trabajado con Tony Bennett; y con John Lennon, en Imagine. Hubo además otros músicos reconocidos. Todos contactados gracias a Vilas, admirador de Spinetta. “Vilas y Spinetta llegaron a ser amigos. Fueron reporteados a dúo en el primer número de la revista Expreso Imaginario, luego el tenista escribió una carta en esa misma publicación donde decía que ‘un músico como Spinetta es un lujo para la Argentina’, y más adelante, ya con la Banda, Spinetta musicalizó un poema de Vilas titulado Tu destino es el de morir de amor, algo atípico para alguien que siempre escribió sus propias letras y partió de la música para luego adosarle los versos”, se lee en el mismo trabajo de Berti. “La concreción del proyecto se demoró casi tres años y ése fue también el lapso que duró la amistad entre Vilas y Luis, que se vio resquebrajada al finalizar esta historia”, agrega. Y después dice Spinetta: “Ese disco fue un poco el final de mi relación con Vilas, porque Guillermo también pretendía que yo musicalizara y cantara sus poesías y en castellano, y ése no era el acuerdo que habíamos establecido. Sólo habíamos hablado de su participación en el material cantado en inglés, debido a sus conocimientos del idioma y de poesía inglesa. Pero a mí no me gustaban los poemas que él aspiraba a que yo musicalizara”.

Hay un mito alrededor de su canción El anillo del capitán Beto. Se dice que está dedicada a Norberto Alonso. Sobre todo porque en su letra habla de “un banderín de River Plate” y de un “Beto”. Spinetta lo desmintió. En el libro Martropía – conversaciones con Spinetta, habla largo sobre el tema con el autor, el periodista Juan Carlos Diez. Entre otras cosas le dice sobre el supuesto Beto: “No lo llegué a conocer aunque intuía que tenía que existir un tipo así”. También ficcionaliza: “Dejó de ser colectivero una noche en que la cana quiso usar su colectivo para llevar pibes detenidos, a la salida de un concierto del Flaco Spinetta. El motor se paró porque, en Beto, hombre y máquina se conjugaban. Bajó y le dijo a los canas: ‘No me arranca más’. (…) Se dio cuenta de que estaba todo podrido y como argentino no lo quería permitir”. Y luego: “Escuchaba a Gardel, era hincha de River y le gustaban las plantas. Religioso el hombre, con su estampita de San Cayetano en el colectivo”.

Uno de sus temas más lindos, al menos para mí, es La bengala perdida, de su disco Tester de violencia, de 1988. El título de este trabajo está inspirado en dos libros de Foucault: Historia de la sexualidad y Vigilar y castigar. “Estaba en el Festival de La Falda en un clima de mucha violencia. La gente estaba separada del escenario por una reja, nunca vi una cosa igual. Eran leones y romanos. En medio de esto Fito Páez salió a tocar y yo le dije: ‘Loco, vos sos un tester de violencia´, y él me contestó: ‘Sí, todos lo somos’. Yo ya estaba escribiendo con esa terminología lo que después serían El cuerpo como lacrimal y El torrente de espera. Los dos textos que son el eje de donde nace Tester de violencia”, le cuenta a Diez. Y La bengala perdida está dedicado a las barras bravas del fútbol a partir de la muerte de Roberto Basile (25 años), un hincha de Racing que, en la cancha de Boca, el 3 de agosto de 1983, recibió desde la tribuna local una bengala marina que le impactó y lo dejó sin vida en el acto. Aquella fue la cuarta bengala de la noche. El partido se jugó igual. Los responsables recibieron penas benévolas y no tardaron en recuperar la libertad. En ese tema Spinetta canta cosas como “adentro queda un cuerpo / la bengala perdida se le posó / allí donde se dice gol”, “de las tribunas se puede regresar / tan sólo hace falta ser de masa gris” y “por un color, sólo por un color / no somos tan malos / todo va a estallar”.

Spinetta marcó mi vida. En mi adolescencia, cuando escuché por primera vez Ludmila, me dije que si tenía una hija le pondría ese nombre: hace 16 años que cumplí la promesa. Después de mi separación, una tarde en la que hice dormir a Santiago, que entonces tenía nueve meses, le canté Plegaria para un niño dormido. Y Malena, que tiene 3 años, desde los 2 canta Muchacha y Alma de diamante. No exagero; tengo videos. Anoche, justamente, me pidió, para irse a dormir, que le cante Muchacha en la oscuridad de la habitación. La empezamos juntos y la terminé solo porque la venció el sueño.

El fondo de pantalla de mi computadora tiene una imagen de Spinetta. En el 92, en un Musimundo de Florida, compré Peluson of Milk porque en el sobre interno del cassette leí la letra de Cielo de ti y quedé maravillado: sólo Spinetta puede dedicar algo tan lindo a una hija. Cada una de sus canciones dejó algún sello en mí. Siempre en la pared, Bajan, la versión hermosa del tango Grisell junto a Fito Páez, Durazno sangrando, Yo quiero ver un tren, Camafeo. Siempre vuelvo a Spinetta.

El Flaco supo, también a través del deporte, pintar a nuestra sociedad y a cada hombre, a cada mujer, como sólo los grandes artistas pueden hacerlo. Sus canciones, sus letras, son la mejor prueba.

 

CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

CUARENTA AÑOS DE UNA NOCHE DEL DIABLO

El 10 de enero de 1979, Independiente y River jugaron una final del Nacional del año anterior. Fue un partidazo, con formidables actuaciones de Bochini, que hizo los únicos dos goles, y Fillol, que evitó una goleada.

Por Alejandro Duchini

El miércoles 10 de enero de 1979 se jugó una final inolvidable del fútbol argentino. Era de noche y en Avellaneda disputaban la revancha del Nacional del 78 el Independiente de Baley, Villaverde, Trossero y Bochini y el River de Fillol, Passarella, Merlo y Alonso. El técnico Rojo era Pastoriza y el millonario, Labruna. En la ida habían terminado 0 a 0 pero en éste definitorio ganó Independiente 2 a 0, con goles de Bochini.

El fútbol argentino acababa de ser campeón del mundo y, para que tengan una idea, la base del equipo de Menotti era River. Para que tengan otra idea más, Ubaldo Matildo Fillol -tal vez el mejor arquero de la historia del fútbol argentino- venía con una racha de actuaciones espectaculares. Desde el 73 al 83 fue el arquero indiscutido del millonario. Pero del otro lado estaba nada menos que Ricardo Bochini, que esa noche hizo los dos goles. El primero a los 19 minutos, tras un pase de Fren que el Bocha definió de derecha, cruzado, ante Fillol. Larrosa, Fren y Barberón armaron la jugada para el otro gol, a los 11 del segundo tiempo, con definición espectacular de Bochini.

“Los dos goles contra River en la final del Nacional 78 pertenecen al mejor partido que jugué en toda mi carrera, al menos lo recuerdo así, por las cosas que hice, por el rival, porque definía un título. El primero fue bueno, pero el segundo lo grité con el alma. Fue un gran toque de primera, de sobrepique, en una pelota que me bajó Barberón; anticipé a todos y la metí junto al palo. Fue tan rápido que el Pato Fillol quedó parado, sorprendido, no pudo reaccionar. Lo grité como pocas veces, porque el 2 a 0 nos aseguraba el campeonato”, le dijo Bochini al periodista Jorge Barraza hace dos años para su autobiografía Yo, el Bocha.

Bochini recordó también que “la gente de Independiente debe haber sentido mucho orgullo esa noche, por la forma en que salimos a jugar una final, a arrasar y nada menos que contra River, por cómo ganamos, por el fútbol que desplegamos. Fue sensacional ese título”.

Por su nivel de juego, la revista El Gráfico tituló “Independiente sacó campeón al fútbol” y su competencia, la Goles, fue con un “Independiente campeón por más glóbulos rojos”. En referencia a Bochini, el maestro de periodistas Osvaldo Ardizzone escribió en Goles que “pocas veces, o, tal vez, excepcionalmente, uno puede admitir la importancia de un solo jugador para decidir un partido” y que “Independiente con un jugador como Bochini podría ser la explicación del partido. Lo que determinó esa abrumadora superioridad que, en la red, debió concluir por más goles. Sólo la capacidad de Fillol pudo impedirlo”.

El Gráfico criticó a River porque “le faltó valentía para encarar el partido de la única manera que puede hacerlo: agrediendo, atacando”. Y en el mismo comentario de Carlos Ferreira agregó que “Independiente debió golear. Su superioridad fue absoluta, total, apabullante”.

Como era habitual entonces, El Gráfico convocó a Bochini al día siguiente al viejo estadio de la doble visera para rehacer las fotos de los goles. Con camisa dentro del pantalón oxford clarito, y ya sin público, doce horas después de los festejos, el Bocha se prestó a una producción fotográfica en la que el periodista Juan José Panno arranca escribiendo que “los hinchas del fútbol llegan a la cancha frotándose las manos, en el clásico gesto del gozo a cuenta, porque saben que cuando llegue la hora les serán concedidos todos los deseos: juega él”. La foto era un Bochini saliendo de una lámpara, con el título “Bochini, el genio de la lámpara”.

Omar Pastoriza, referente de la historia roja, invitó a sus dirigidos a celebrar el título en su pizzería, la entonces célebre La gata Alegría. Él mismo se encargó de servir pizzas y cervezas al plantel campeón. “Jugamos el partido decisivo con la tranquilidad de saber que no era cuestión de vida o muerte, y que si perdíamos nadie iba a volverse loco”, dijo. Una cuestión de principios.

Ángel Labruna, responsable desde el 75 de un River que se había vuelto imparable para recuperar su lugar en la historia, nunca se andaba con vueltas. “Abatido”, según Goles, disparó: “Esto que acaba de ocurrir es el monumento a la injusticia. Jugamos tan bien todo el campeonato. Fuimos los mejores de todos, los que dimos mejor espectáculo, los que perdiendo dejamos a todos contentos (…) Es decir, que por el sólo hecho de no jugar bien dos, nada más que dos, perdemos el campeonato”. “Estos campeonatos cortos son la muerte. En los de largo aliento es dónde se ven los pingos”, agregó. Y: “Hice que lo tomaran en zona (a Bochini). Si no dio resultado es porque Bochini se las ingenió para superar las marcas”.

Norberto Outes, que hizo 14 goles (Reinaldi, de Talleres de Córdoba, fue el goleador con 16), se llevó tras el partido el buzo de Fillol. “Se lo pedí porque es un verdadero fenómeno”, se justificó. Con sus atajadas, Fillol evitó que la diferencia fuera mayor. Pero del otro lado del arco estaba otro arquerazo: el Chocolate Baley, suplente del Pato en el Mundial 78.

Aquel Independiente ganó 13 de los 20 partidos jugados, empató 5 y perdió 2, con 41 goles a favor y 20 en contra. Por eso el corolario fue la gente saltando la vieja fosa para dar la vuelta olímpica con sus jugadores y quitarles la ropa -una costumbre ya vieja en nuestro fútbol-. Sus hinchas vivían tiempos de gloria. No era para menos: tenían a Ricardo Enrique Bochini.

SÍNTESIS

Independiente (2): Héctor Baley; Rubén Pagnanini (Horacio Insaurralde), Hugo Villaverde, Enzo Trossero y Osvaldo Pérez; Omar Larrosa, Carlos Fren y Ricardo Bochini; Antonio Alzamendi (Fontana), Norberto Outes y Alejandro Barberón. DT: José O. Pastoriza.

River Plate (0): Ubaldo Fillol; Eduardo Saporiti, José L. Pavoni, Daniel Passarella y Héctor López; Juan J. López, Reinaldo Merlo y Norberto Alonso; Pedro González (Rubén Galletti), Leopoldo Luque y Oscar Ortiz. DT: Angel Labruna.

Cancha: Independiente.

Árbitro: Jorge Romero


HACE 40 AÑOS

El fútbol argentino de entonces tenía una dirigencia que anunciaba el declive que vivimos en la AFA actual. Alcanza como ejemplo que uno de los temas del momento era que se especulaba con la renovación del contrato de César Luis Menotti al frente del seleccionado, aún cuando seis meses antes se había conquistado el Mundial en nuestro país. En lo deportivo, también era noticia el debut de Carlos Reutemann como segundo piloto de Lotus (Mario Andretti era el primero), tras su paso por Ferrari. Pilotos como Didier Pironi, Niki Lauda, Nelson Piquet, Gilles Villenueve y James Hunt se aprestaban a disputar el el Gran Premio de la República Argentina el 21 de enero. Hugo Porta se ubicaba en el quinto lugar del ranking mundial de jugadores de rugby que publicaba el semanario francés Midi Olympique. Y el seleccionado juvenil de fútbol le ganaba 4 a 0 a Perú (dos de Hugo Álvez, uno de Diego Maradona y otro de Ramón Díaz) en el Centenario de Montevideo, en el Sudamericano Juvenil que sería la base para el título mundial que en septiembre del 79 lograría en Japón, conducido por el todavía cuestionado Menotti.

EL GRÁFICO

EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

Cuando era chico y la economía de casa se fue a pique, sólo hubo una cosa que nos acompañó en todas las mudanzas: la colección de revistas El Gráfico que desde los años 50 había juntado Héctor, mi papá. Tras perder la casa y empezar el peregrinaje de alquileres, cada mudanza implicaba encontrar un lugar para tantos El Gráfico, a los que sumaban algunos ejemplares de su hermano menor, Goles. Crecí viendo las tapas del Independiente de los 70. Y a veces viajaba en el tiempo para saber de Fórmula Uno, ciclismo y, sobre todo, boxeo. Cada vez más amarillos, lo primero que se buscaba en cada nueva casa era un lugar donde guardarlos. Cuando empecé a estudiar periodismo Héctor me recomendaba que aprenda de las lecturas de Panzeri, Frascara, Borocotó, Ardizzone, Juvenal y tantos otros. Y yo, al igual que los de mi generación, lo que más quería era trabajar en El Gráfico.

A fines de los setenta aprendí a leer con El Gráfico. Mis héroes eran Bochini, Trossero, Baley y Alzamendi. Leía sus historias y quería ser como ellos cuando jugaba a la pelota en las veredas de la calle Guardia Nacional, en Mataderos. Nunca voy a olvidar la edición de la noche en que fuimos campeones con ocho jugadores en Córdoba, ante Talleres. Nos habían expulsado a tres, Bocanelli hizo un gol con la mano, el árbitro Barreiro se ensañó con nosotros y Bochini hizo justicia y ganamos el Nacional. Ese El Gráfico lo tengo todavía, como un reliquia a la que vuelvo cada tanto.

Después Héctor se quedó viviendo solo y en cada mudanza cargaba su colección de revistas. Hace casi veinte años murió sin dejar herencia, salvo las revistas. Cuando fui a su departamento a hacer limpieza y devolver las llaves a la dueña, junté los ejemplares y me los llevé a mi casa. Desde entonces, esa torre de historias deportivas también a mí me acompañó a todos lados.

Tengo 46 años y viví, si no conté mal, en 14 casas. ¡14 casas! Una bestialidad. Y como además soy masoquista, me puse a ordenar de manera cronológica cada El Gráfico a la semana de la muerte de mi papá. Ahí, viendo las revistas, que era una manera de ver a mi papá, fue cuando realmente lloré su muerte. Porque entendí que esos El Gráfico eran, sobre todas las cosas, mi viejo.

Años después, tras separarme, volví a buscar libros. A mi ex esposa le agarró una locura tal que empezó a tirar, literalmente, las revistas a la vereda. Ludmila, que tenía seis años, me ayudó a meterlas en el baúl del Corsa. Como vivía solo, trabajaba todo el día y andaba más en el auto que en mi casa, quedaron ahí un tiempo largo. Hasta que conseguí una valija y entraron conmigo a cada casa en la que viví.

Hace unos años, en un intento por sacame la melancolía de encima, los puse a la venta en Mercado Libre. Las ofertas fueron tan irrisorias que no valía la pena. Saqué el aviso y los guardé de nuevo en un placard. Una opción que pensé fue reciclarlos y hacer con ellos una mesa para recordar a mi viejo. También la descarté. Hace unos cuatro años, Mirila -la madre de mi esposa- me hizo lugar en un sótano de su casa. Los puse dentro de bolsas y ahí quedaron. Salvo algunos que están en mi biblioteca, como los de la hazaña de Córdoba. O el del partido homenaje a Bochini. O el de la Intercontinental del 84.

En 2012, Diego Borinsky publicó mi primera nota en El Gráfico. Trataba sobre el narco y el fútbol en México. Desde ahí, empecé a colaborar de manera asidua. Elías Perugino, quien manejaba la revista, aceptó una propuesta mía para hacer, en cada número, una entrevista a escritores, músicos o actores que hablaran de fútbol. Hernán Casciari, Tomás Abraham, Horacio Convertini, Quique Ferrari, Hugo Arana, Iván Noble, Martín Kohan, Martín Caparrós y más me hablaron de sus pasiones futboleras. Fue una experiencia genial hablar con esos tipos sobre fútbol. Sacarlos de sus campos habituales para que se muestren como hinchas. Eso duró un tiempo interesante. Lo que siguió fueron informes de fútbol y boxeo y entrevistas a jugadores y boxeadores. No soy un capo del boxeo, pero sentarme a hablar con boxeadores fue un gran aprendizaje. Con Maravilla Martínez tomamos un café en Puerto Madero, con el Zurdo Vázquez mateamos una larga noche en su casa de San Cristóbal y nos sacamos fotos (no suelo hacerlo) mientras me hablaba de su miedo a la soledad. Con El Chino Maidana me reí por su frescura para contarme, hace unos meses, cómo es su vida en Margarita, Santa Fe, donde se levanta a cualquier hora y se pasa el día pescando o jugando al fútbol con amigos. Cero problemas.

Me encontré con jugadores humildes como Wanchope Ábila, Martín Campaña y la Pulguita Rodríguez. Hubo otros, en cambio, que hicieron dos goles y se creían que por manejar una 4 x 4 eran los reyes del mundo.

Gracias a El Gráfico, a fines del año pasado recibí un Premio ADEPA en la categoría Deportes por un recorrido que hice por la villa 1.11.14 junto al ex boxeador Jesús Romero, quien se dedica a sacar a chicos de las drogas a través del deporte.

Este domingo escribí contra reloj la historia del secuestro de Fangio, en Cuba, del que el 23 de febrero se cumplirán sesenta años. Con lectura de libros y entrevistas armé un rompecabezas de esas horas. Quedé en entregar el artículo el lunes a la mañana. Llegué a la meta. 24 horas después me enteré del cierre de El Gráfico a través del diario La Nación. No sé qué será de esa nota. Tal vez se publique en algún otro medio.

Me hubiese gustado que Héctor vea mis firmas en El Gráfico. Que sepa que aunque la revista no era la que fue hasta los 90 (cuando el fútbol por cable le empezó a restar importancia; después internet la fulminó), su hijo firmaba nada menos que en el emblema del periodismo deportivo. Seguro me hubiese encontrado defectos. Hasta me habría llamado para preguntarme por qué no hice tal pregunta o por qué olvidé algún dato. Tal era su sentido de la perfección. Pero sé que en su soledad se hubiese sentido orgulloso de ver mi nombre en esa revista como yo me sentía orgulloso de él en mi infancia, cuando cada lunes se aparecía por casa con un nuevo número de El Gráfico.

MONZÓN

MONZÓN

Por Alejandro Duchini

 

“La anécdota de verano que más recuerdo en mi vida es aquella que también recuerdan muchos por haberla contado tantas veces. Fue aquella que sucedió en Mar del Plata, cuando me escapé en el baúl de un auto ante la llegada de ‘El hombre’ a la casa de Susana. Fue el verano con más estrés que viví, pero también el que a la distancia recuerdo con más simpatía. Hacía rato que venía pasando las noches ahí, en la casa de Susana. Era una casa muy grande y allí trabajaba mi amigo Adrián, albañil, y mi gran salvador. Un día, mi amigo estaba en el patio cuando vio que llegaba el auto de ‘El hombre’, en aquel entonces, pareja de Susana. Vio que hacía luces en la puerta de entrada. Entonces, Adrián subió corriendo al primer piso para avisarme y sacarme de los pelos de la casa. Con susto, nos tiramos por una de las ventanas de atrás, caímos en las cajas de los tubos de gas y de ahí al suelo sin más escalas. Adrián me metió en el baúl de mi auto y él se subió a conducirlo. ‘Adónde vas con ese auto?’, le preguntó ‘El hombre’. ‘Me lo prestó un amigo’, atinó a decir Adrián, mientras yo me moría de calor y de claustrofobia en el baúl. En la esquina paramos y del miedo salimos corriendo hasta la calle Santa Fe, dejando el auto en una esquina. Me gusta mucho contar esta anécdota porque me remonta a aquella Mar del Plata de la temporada 79-80”. La anécdota se la contó Cacho Castaña al diario La Nación y la cita el periodista Carlos Irusta en su gran Monzón – la biografía definitiva, que por estos días publicó la editorial Planeta a través de la revista Un caño.

Irusta recuerda la relación entre Carlos Monzón y Susana Giménez. Entonces, Monzón ya era una celebridad que iba más allá del boxeo. La farándula se volvió su hábitat natural. Alain Delón, Jacqueline Bisset (el amor imposible de mi viejo), los mejores trajes del mundo, los hoteles con la mayor cantidad de estrellas posibles. Monzón ya es El macho. Tiene fama de semental. Y dinero en el banco. Propiedades. Atrás queda el Monzón sobre el que habla Irusta en las primeras páginas, el que creció en la pobreza extrema en Santa Fe: “Se tuvo que hacer respetar en base a sus puños. Y la vida lo fue marcando. Un comisario le hizo meter las manos en agua hirviendo, porque fue acusado de haber robado el puchero de una vecina. O la muerte de su hermanito, Edgardo, su preferido. ‘Mi mamá lo llevó al Hospital de Niños -recordó en su libro Mi verdadera vida-, y lo tuvo en brazos como cuatro horas hasta que lo atendieron. El pibe se derretía de fiebre. Nadie aparecía para revisarlo, a lo mejor porque éramos de piel oscura, de Barranquitas. Digo con pena y bronca que lo dejaron morir en el Hospital de Niños de Santa Fe. Y ese era un motivo para que yo tuviera ganas de pegarle a cualquiera que pasara a mi lado”.

Monzón, quien murió trágicamente el 8 de enero de 1995, mientras conducía un auto en Santa Fe para regresar a la cárcel, en la que cumplía libertad con salidas transitorias por la muerte de su pareja, Alicia Muñiz, es elegido en encuestas entre los mejores deportistas de la historia argentina. Maradona, Vilas, Fangio, Ginóbili y De Vicenzo ocupan los otros lugares. Los históricos se niegan todavía a subir a ese grupo a Messi. Sin embargo, cuenta Irusta, nunca tuvo en el Luna Park la convocatoria de otros colegas, como Ringo Bonavena, con el que compartía cenas y viajes pero siempre con un halo de tensión. Hay partes del libro que llevan a la sonrisa. Como las que cuentan acerca de las cargadas de Ringo a Monzón. Una de ellas estuvo a punto de terminar en una pelea en un restaurante. Y si Monzón está entre los mejores del deporte, Irusta está entre los mejores del periodismo especializado en boxeo. Sin dudas. Es más, sus conocimientos no sólo pasan por lo estadístico, sino también por su experiencia como testigo de las peleas de primer nivel. Y en el caso de Monzón, van por el recuerdo de su relación. Lo entrevistó varias veces para El Gráfico y cubrió sus entrenamientos. Pero nunca fueron amigos. Monzón, cuenta, era terco. En ese sentido, hay una entrevista genial de Rodolfo Braceli en la que lo describe de manera formidable.

Irusta, divide el relato dos partes. La primera, la que tiene que ver con lo deportivo. Su ascenso, su momento de gloria. La segunda, a partir de la filmación de La Mary, la película que protagonizó junto a Susana Giménez y que fue el punto de partida para una relación que combinó sexo y violencia. Hay más mujeres. Y otro punto álgido: el del verano del 88, cuando en Mar del Plata mató  su ex pareja Alicia Muñiz y fue condenado a prisión. Por esos tiempos moriría su amigo Alberto Olmedo, en la misma ciudad y también de forma trágica.

La cárcel, cuenta Irusta, lo cambia. Lo vuelve más sumiso. Ya no es quien da las órdenes; ahora los guardiacárceles la marcan la cancha. Las páginas que el autor dedica a su muerte son imperdibles. No sólo porque dejan en claro cuántas paradojas hay en la vida. Ni porque ratifican ese morboso y vendedor destino de los boxeadores: nacer pobres, hacerse ricos y terminar en la ruina. Son imperdibles porque Irusta utiliza las palabras justas para contar una vida. Porque Irusta nos deja, como lectores, con más preguntas que respuestas. Y, sobre todo, porque retrata un país que vivió al ritmo de un chico pobre, morochito y del interior; alguien que creció, trascendió fronteras, llegó a la cima y se estrelló contra su destino.

MALDONADO, DEPORTE Y COMPROMISO

MALDONADO, DEPORTE Y COMPROMISO

Por Alejandro Duchini.

“Tiene que haber un compromiso con la vida. Represento a una comisión en la que hay gente que piensa de diferente manera. De todos modos no planteé el tema como una discusión política a favor o en contra del Gobierno, sino como una apuesta a la vida para que no haya más desaparecidos. Tenemos una plantel con personas que estuvieron de acuerdo con apoyar este reclamo. Ante cualquier desaparición saldría a comprometerme para que haya justicia por alguien que sufra algo similar”. Esto me decía sobre su postura ante el caso de Santiago Maldonado el presidente de Temperley, y también cineasta, Alberto Lecchi la semana pasada, mientras tomábamos un café por una entrevista que me encargaron para la revista El Gráfico de noviembre.

Lecchi es alguien comprometido con los reclamos sociales. Estuvo en la Plaza de Mayo cada vez que se hizo una marcha para pedir por Maldonado desde su desaparición, el 1 de agosto. “Me siento orgulloso del plantel que tenemos. Jugadores muy unidos. Hay muchachos que tienen un programa de radio con los que intercambio libros y charlas (Ignacio Bogino y Leonardo Di Lorenz conducen Final de juego, los martes de 20 a 22 por FM Urbe 97.3, de Lomas de Zamora; antes también estaban sus colegas Gastón Bojanich y Leo De Bortoli). Y otros no tienen programa de radio pero están comprometidos. No fue problemático tomar la decisión de salir a reclamar. Fue una decisión unánime, y rapidísima”, recordó sobre el 27 de agosto, cuando el equipo salió a la cancha con una bandera en la que se leía “Aparición con vida de Santiago Maldonado ya”. El partido lo ganó River, 1 a 0. Pero fue lo de menos. Lo importante fue el mensaje que se repitió en varias canchas, aunque podría haber sido mayor. Los jugadores de San Lorenzo hicieron lo mismo ante Racing. Y los hinchas de River reclamaron desde la popular en el encuentro ante Banfield.

“Hay de todo en el fútbol: en el deporte pasa lo mismo que en la sociedad, como en el cine, donde hay directores que se comprometen y otros que no. Hay un director que ganó el Oscar y podría llamar a conferencia de prensa para decir cosas en favor de la industria y nunca lo hizo. Es lo que pasa en todo el país. ¿Cuántos se comprometen con causas sociales? Si hubiese más gente comprometida habría cosas que no sucederían”, opina el directivo de Temperley que a fin de año dejará de serlo.

La semana pasada, cuando Messi y sus compañeros de la selección aseguraron la clasificación argentina al Mundial con el 3 a 1 ante Ecuador, fue un alivio ver una bandera con el mismo reclamo. La pelea contra la impunidad traspasaba fronteras.

Arquero del Tigres, de México, Nahuel Guzmán, convocado para el seleccionado, apareció en Ezeiza con una remera desde la que también se preguntaba dónde está Santiago Maldonado. En la previa del choque con Uruguay, el entrenador Jorge Sampaoli no escapó al tema. “Por mi generación y todo lo que viví, molesta que lo de Santiago Maldonado no esté resuelto. Apoyamos desde acá por su aparición”.

“Me duele que Argentina parezca estar adormecida. El pueblo tendría que salir a la calle y hacer una manifestación increíble. No puede ser que volvamos a los años donde nos secuestraban y mataban, y nadie se animaba a decir nada. Yo nunca vi a un presidente que haya viajado tanto, como este. Viaja más que un jugador de fútbol… Pero bueno, todos tenemos que hacernos cargo, y pensar bien a quién votamos. Lo del voto castigo no sirve. Hoy hay tantos corruptos, como los hubo antes, como los hubo siempre. Argentina no ha cambiado nada. Eso es un cuento como el de Caperucita…” es el texto que, por estas horas y redes sociales mediante, difundió Diego Maradona.

El ambiente deportivo no estuvo (ni está) prendado exclusivamente de la pelota. Hubo jugadores, dirigentes, hinchas y periodistas que se sumaron al reclamo que mantiene en vilo al país y que en estas horas tiene un nuevo capítulo con la aparición de un cuerpo que, supuestamente, es el de Maldonado.

Al mismo tiempo hubo -hay- una camada de jugadores que hicieron silencio y no se comprometieron, hinchas que se volvieron repetidores de los medios de des-comunicación, dirigentes que pusieron trabas ante la inminencia de un reclamo y periodistas que dejaron muy mal parado al periodismo: corrieron tras la primicia sin importarles nada: el martes 17 el tema era quién anunció primero que apareció un cuerpo en el río Chubut; el miércoles 18, la meta estaba en quién afirmaba primero si era Santiago Maldonado. En el medio, morbo. Un canal mostró las fotos de las manos, un periodista exageró gestos por parte de quien manejaba el coche que lo trasladaba. Entre los politicos, ni hablar del mal gusto, la soberbia y la vergüenza ajena que causó Elisa Carrió al comparar el tema con Walt Disney ni los Leuco, que le contestaron con un “claro”.

Señalar estos hechos sirve para comparar y comparar sirve para entender que hay quienes intentan hacer las cosas bien. A veces no salen, pero sigo apoyando a los que intentan. No me quedo en el resultado ni me olvido de los otros, los que por egocéntricos se vuelven sicarios. Pero como me dijo ayer el escritor mexicano Benito Taibo, de visita en Argentina, lo bueno es que haya lugar para creer. “Más que optimismo prefiero llamarlo esperanza. Acaba de suceder un terremoto en México. La sociedad mexicana casi entera pensaba que los de las nuevas generaciones, los millennials, eran egoístas, llenos de resabios, y que no tenían la vista hacia el futuro. Pero ellos fueron quienes salieron a la calle a salvar vidas de desconocidos, a dejar lo mejor de sí mismos. Eso es esperanzador”, ejemplificó Taibo. Y después: “La sociedad civil organizada es la única que podrá cambiar a la sociedad actual, porque ya sabemos que los partidos y los políticos no harán nada. Las sociedades saben qué necesitan y qué les conviene”.