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CORTÁZAR Y EL BOXEO

CORTÁZAR Y EL BOXEO

Cuando Ariel Scher me dijo “hablá con Diego Tomasi, que es uno de los tipos que más sabe de Cortázar”, no tuve dudas. Enseguida le pedí que escribiera algo sobre el genial escritor. Lo que sea, lo que se te ocurra, le dije al autor de El caño más bello del mundo, un libro dedicado a Riquelme. Y Tomasi, que hace dos años publicó el recomendable Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar, se despachó con los siguientes textos, que se agradecen.

Por Diego Tomasi

Cortázar descubrió la radio y el boxeo esa noche de 1923 en la que Firpo no le ganó a Dempsey porque no tenía que ser, porque esa pelea estaba más destinada a ser una escena literaria que una competencia justa. Y esa decepción, esa tristeza transmitida por radio, convirtió a Cortázar, a eses niño de nueve años, en un ardiente seguidor del deporte de los puños.

Cuando se volvió adulto y porteño, Cortázar fue a ver boxeo todo lo que pudo. Iba al Luna Park. No importaba tanto quién peleaba. Importaba que hubiera pelea. No eran pocas las veces que iba a la tribuna con un libro debajo del brazo, como un esteta. Leía en los intervalos. Algún personaje suyo, después, hacía lo mismo, y así los límites entre ficción y realidad terminaban borrándose.

En la literatura de Cortázar hay múltiples referencias al boxeo y a boxeadores, y no es ilógico, en ese sentido, que uno de sus libros más estéticamente valientes y juguetones se llame Último round.

En sus cartas, Cortázar deja constancia de su gusto por el boxeo. A menudo escribe a amigos y, en medio de una discusión sobre arte o sobre cine, pregunta si han visto pelear a tal o cual boxeador. O comenta una pelea que vio en París. O simplemente elige una imagen boxística para contar cualquier experiencia mundana. En algún sentido, su vínculo con el boxeo fue similar al de otros escritores que han escrito sobre ese deporte, pero en su caso lo singular es que no hay manera de pensarlo a él, que nunca levantó siquiera un brazo (y cuya actividad deportiva más significativa fue jugar al ping pong con su ahijado en la mesa del living de su casa en la calle Artigas) sin pensar en dos guantes, en una piña bien puesta, en una campana sonando.

La última visita de Cortázar al Luna Park

El día 7 de abril, la revista El Gráfico, a través de Alberto Perrone, invitó a Julio Cortázar a asistir a una pelea de boxeo en el Luna Park. Hacía décadas que el escritor no iba al mítico estadio ubicado en Bouchard y avenida Corrientes. Cortázar aceptó, y fue con Perrone y con el periodista Gabriel Díaz. Ese día peleaba Miguel Ángel Castellini con el estadounidense Doc Holliday, por el título mundial en la categoría super welter. Castellini ganó por puntos.

Al día siguiente, Cortázar escribió un párrafo sobre la pelea, que El Gráfico publicó en su edición del 10 de abril de 1973, con el título Un triunfo con algunas nubes. Decía la nota: “Como es lógico, el público fue a ver ganar a Castellini. Como también es lógico, Castellini ganó. La única cosa ausente en tanta lógica fue lo que justifica y da su auténtica belleza al deporte: la alegría. A la victoria del argentino le faltó todo, salvo la fuerza del punch, y ni siquiera éste pudo definir una situación que por lo menos dos veces se volvió crítica para Doc Holliday. Fue una victoria chata, sin nada que permitiera festejarla como se esperaba. Frente a Castellini hubo un hombre que en buena ley deportiva merecía los aplausos que tan sin ganas cosechó el vencedor. Pero Doc Holliday fue además otra cosa: el símbolo amenazante del futuro. Si Castellini no aprende todo lo que le falta aprender, de nada le valdrán las interminables instrucciones que le gritaba Ringo Bonavena”. A Cortázar no le había gustado la pelea, y se notaba.

Y así fue como, tantos años después, un estadio mítico y un escritor consagrado volvieron a encontrarse, y ya no volverían a hacerlo.

Acerca de Torito, de Julio Cortázar

El verdadero personaje de Torito no es Justo Suárez, sino el lenguaje.

Es marzo de 1966. La francesa Laure Guille-Bataillon pretende traducir el cuento Torito a la lengua de Proust. Julio Cortázar, con la cordialidad y calidez que caracterizan sus cartas, se niega. Ella siente curiosidad por saber qué motivos tiene el escritor argentino, cuya obra está siendo traducida a muchos idiomas desde hace muchos años (tanto más desde la publicación de Rayuela en 1963), para negarse.

Entonces, Cortázar dice la frase. Dice: “En ese cuento el verdadero personaje es el lenguaje y sólo el lenguaje. La historia del boxeador está lejos de ser interesante, es siempre la crónica vulgar del pobre tipo al que ponen por las nubes para precipitarlo en la ruina”.

Y explica que, en 1951, cuando escribió el cuento, él buscaba escandalizar a ciertos lectores argentinos que, creyéndose sofisticados, decían despreciar la lengua de los seres de los suburbios. “Fue un desafío y gané mi modesta batalla”, escribe a Guille-Bataillon.

Torito, en su ritmo, en su estructura y en su lenguaje, es único en la literatura de Cortázar, pero no es aislado. Es parte de su búsqueda permanente acerca de las posibilidades infinitas que dan (o pueden dar) las palabras. Siempre tan mágicas, ellas.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?