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NO TAN HEROICO

NO TAN HEROICO

Por Alejandro Duchini.

El sábado pasado murió Héctor Ricardo García, creador de Crónica y, según varios, héroe del periodismo argentino. Así lo destacaron en diversos medios de comunicación. Con algunas apreciaciones certeras y otras exageradas, ex empleados suyos y colegas siguieron la misma línea. Recordaron que alguna vez García les prestó plata, que les dio un consejo o un trabajo y que era un gran laburante. Todo eso es tan cierto como que García fue un genio del periodismo. Tremendo genio. Pero.

También es verdad que a mediados de los 90, mientras manejaba su Mercedes Benz lujoso que estacionaba en el primer piso del enorme edificio en Puerto Madero, donde estaba la redacción del diario, empezaba a pagar los salarios en cuotas, no hacía los aportes de jubilación y obra social y aún viajaba en avión personal. Se fijaba si la foto de tapa de Susana Giménez de Crónica o de la revista Flash estaban buenas. Un profesional de la hostia, como dicen. Mientras él estaba en esos detalles, los empleados del diario andábamos en asambleas y sin plata para llegar a fin de mes. Sobre todo aquellos que tenían a Crónica como único ingreso salarial. A veces juntábamos para que un compañero pueda viajar en colectivo o tren de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Otras, le dábamos para el morfi. Después vinieron meses de despidos, más incumplimientos, juicios y matones en la puerta de Garay y Azopardo: “Vos no entrás”, “vos sí…”.

Aquellos tiempos de Crónica fueron duros pero solidarios. Se afianzaron amistades y nos dimos cuenta de quiénes eran los alcahuetes de turno. Algunos de ellos, me cuentan, siguen en el mismo diario, ahora en manos del Grupo Olmos.

La muerte enaltece. Y es una posibilidad de revisar la historia. García fue un gran periodista. También tuvo gestos altruistas. De eso no hay duda. Tampoco hay duda del daño que hizo.

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

SAN LORENZO: 35 AÑOS DESPUÉS

Por Alejandro Duchini

Fotos: Nicolás Borojovich

Pocas veces un club de fútbol de los grandes estuvo tan mal como San Lorenzo entre fines de los 70 y principios de los 80. En esa época, perdió su histórico Gasómetro, sobre avenida La Plata. El último partido se jugó el 2 de diciembre del 79. Entonces tuvo que irse de Boedo. El desarraigo barrial fue tremendo. Una herida que no cicatrizó y que tal vez jamás cicatrizará. En ese estadio había, además de historia y goles, espectáculos de toda índole: boxeo, atletismo y hasta catch. Martín karadagián llegó a pelear ahí.

San Lorenzo se quedó sin figuras y sin goles. Apeló al Toto Lorenzo pero no alcanzó. En la última fecha del campeonato de 1981 -el que Boca ganó con Maradona, Brindisi y Perotti- perdió la categoría. Argentinos Juniors -su rival en la pelea por no descender- le ganó 1 a 0 y se puso arriba en la tabla por un punto. Con el empate, San Lorenzo se salvaba.

El Gasómetro era entonces un lugar abandonado, con pasto alto y tribunas rotas que se desarmaron para que Carrefour levante su supermercado. “En vez de cancha tenés changuito”, se burlaban las hinchadas rivales.

Las canchas en las que fue local en el ascenso fueron las de Vélez, Boca y River. Había empezado en Ferro, pero le quedó chica. Fue una revolución. San Lorenzo renació. Llenó tribunas y plateas a más no poder. Liniers se identificó con el azul y rojo. El Toto Lorenzo se fue a mitad de campeonato y lo reemplazó José Yudica.

El equipo era tremendo. Pero se destacaba Rubén Darío Insúa, un volante genial que hizo el gol de penal con el que San Lorenzo logró el ascenso ante El Porvenir, en River, el 6 de noviembre de 1982, hace 35 años.

Al año siguiente casi consigue el campeonato Metropolitano, que lo perdió ante un Independiente increíble dirigido por Pastoriza y comandado por Bochini. Ese San Lorenzo tenía como técnico al Bambino Héctor Veira. Caso raro el del Bambino: los medios de (des) comunicación le dan todavía lugar para que haga chistes y comente fútbol aún cuando estuvo en la cárcel por abusar de un menor de edad. Como sociedad, deberíamos pensar un poquito más en eso.

San Lorenzo marcó historia de la buena. No tuvo cancha pero sus hinchas llenaron cualquier lugar en el que jugaba el equipo. En los 90 levantó su estadio en la Ciudad Deportiva, en el Bajo Flores, y hasta fue campeón en el 95, dirigido de nuevo por Veira. También ganó su primera Copa Libertadores. Ahora sueña con volver a Boedo.

Es, San Lorenzo, uno de los equipos con mejor literatura del fútbol argentino. Por lejos. Entre sus hinchas estaba nada menos que el gordo Osvaldo Soriano, quien sufrió desde el exilio aquella campaña del descenso. Una de sus mejores notas la hizo con su ídolo, José Sanfilippo, a quien entrevistó entre las góndolas mientras le contaba que donde estaba la leche había mandado un centro o donde cortaban la carne había hecho otra cosa. El gran Horacio Convertini, el genial Fabián Casas y el autor de policiales Marcelo Luján son también algunos de sus hinchas que andan entre las letras. Mis colegas Fabián Galdi y Alberto Dean, grandes periodistas que se formaron en la vieja redacción de Crónica, también tienen su corazón azulgrana. Dean escribió uno de los mejores libros sobre el club: San Lorenzo querido – 100 años de pasión. Pero hay más. No se pierdan, aunque sean de Huracán o de cualquier otro, San Lorenzo de los milagros, donde Román Perroni recorre “el fenómeno social de 1982”. Abundan detalles y sobra emoción. Pablo Lafourcade tituló Ningunos Santos a su investigación sobre los descalabros que casi dejan a San Lorenzo en su segundo descenso, hace pocos años. Un equipo de hinchas-escritores (Casas y Convertini, entre ellos) dieron vuelo a la pasión con Cuentos cuervos. Y si quieren más melancolía, hace unos meses se publicó Los tesoros del Gasómetro, una gran investigación en la que su autor, Pablo Calvo, recuerda la vieja cancha y sueña con el regreso.

Hace 35 años, entonces, San Lorenzo resurgía de sí mismo. Volvía a nacer con canchas llenas y buen fútbol. Fue un caso único, inolvidable, que provocó admiración en los hinchas de cualquier otro equipo. “Cuervo, mi buen amigo, está campaña volveremo’ a estar contigo, te alentaremo’ de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón, no me importa lo que digan, lo que digan los demá’…”, cantaba la hinchada cuerva cada sábado. Y San Lorenzo volvió a su lugar: la Primera.

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

Por Alejandro Duchini.

No sé si se le debemos más a la casualidad o a la causalidad. Debería haber una escuela que enseñe eso. “No existe una escuela, que enseñe a vivir”, cantaba, con razón, Charly García. Recuerdo que fue el 2 de noviembre del 97 cuando me enteré de que mi papá tenía una enfermedad incurable. No recordaría esa fecha exacta si no fuera porque ese día Independiente perdió con San Lorenzo. Como tampoco me acordaría de aquella en la que se murió si no fuese, de nuevo, por el fútbol. Sé que fue el 14 de abril del 98 porque a la noche siguiente volvimos a jugar con San Lorenzo. Pero ésa vez ganamos 3 a 1. Se cierra un círculo, pensé. Y había revancha. Nunca supe si era casualidad o causalidad ni si San Lorenzo tendría algo que ver en ese, nuestro propio círculo.

“La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo”, escribió George Simenon, uno de los mejores escritores de policiales. A fines de los 90 yo devoraba sus libros: entre otros, La nieve estaba sucia, Los anillos de la memoria y El hombre que miraba pasar los trenes, con el que lo descubrí y me deslumbró.

Hoy es 2 de noviembre. Normalmente, debería guardar la melancolía para el 14 de abril o por esos días. Pero ahora me ataca esta necesidad de escribir. Tal vez porque lo que más me marcó fue aquel momento en que supe que no había vuelta atrás. Ahí empezó y terminó todo. El resto fue tiempo de descuento.

Estaba en el pueblo de Rojas y había visto aquel partido por la televisión. Cuando terminó lo llamé para hablar de la derrota. Mi papá fue mi primer y mejor compañero de cancha. Me llevaba de muy chiquito a Avellaneda. Cuando decidió no ir más, comencé a ir solo, pero no era lo mismo. Podía ir con amigos pero lo que a mí me gustaba era comentar el partido con él, volver en el Torino escuchando a Víctor Hugo por la radio y pensar qué podía pasar en las fechas siguientes con la tabla de posiciones del campeonato. Pero él no pudo pagarse la platea y prefirió seguir viéndo al Rojo en su casa de soltero. A veces lo veíamos juntos y otras lo llamaba cuando volvía de Avellaneda y pasábamos un buen rato hablando de jugadores, cambios y tácticas. Después a él se le empezó a notar cada vez más la vejez porque sólo hablaba de antiguas glorias. Así que aquel domingo lo llamé y me atendió su pareja, Rosario. No sé por qué pero intuí que las cosas no andaban bien. Ella debió haberme dado algún indicio que no recuerdo y cuando me pasó con él, me dijo, a quemarropa: “Tengo leucemia”. No sé qué más hablamos, ni si seguimos la charla. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Me fui a llorar a la abandonada estación del tren de ese pueblito perdido de la provincia de Buenos Aires y al día siguiente lo acompañé al Hospital Durand. Su doctor tenía el mismo apellido que una gloria de San Lorenzo: Rendo.

Los seis meses siguientes fueron demasiado complicados. Mi pareja de entonces se fue de casa. Me refugié en mis amigos, en el trabajo y en la lectura. Y en el fútbol, claro. Independiente amagaba, como solía hacer, y después se quedaba. Lo que contaba era la ilusión. O el futuro del próximo campeonato.

La noche en que murió mi papá estaba en Mendoza y vine lo antes posible: un vuelo a la mañana siguiente. No había pasaje pero le dije al empleado: “Se murió mi viejo”. Alcanzó para que me consiguiera lugar en el avión. En Aeroparque me tomé un taxi hasta el Durand y en el camino el chofer escuchaba el comentario del amistoso de la Selección contra Israel. Ni me acuerdo del resultado. “En unos meses más se jugará el Mundial de Francia y mi viejo se lo va a perder”, pensaba. Tanto los días que pasaba en su casa como aquellos en que estuvo internado, al visitarlo hablábamos de cómo se preparaba el equipo para Francia. No le gustaban los jugadores ni el técnico, Daniel Passarella. Le encantaba, eso sí, Batistuta. Pero no podía entender cómo era que jugaba el Piojo López. “Yo tampoco, papá”, lo consolaba. Ese era su problema. El Piojo López.

Pasaron 19 años de aquello. Aún me parece que fue ayer no más. Si pienso en lo mucho que hubo en el medio, no lo puedo creer. Me gustaría decirle a mi viejo que ahora uso anteojos para leer, que en días cumpliré 45 y que cuando me muevo me doy cuenta de que la agilidad es un recuerdo. Ya no juego a la pelota y mi deporte es la bicicleta. Fija. No sea cosa que me lastime. Pero la abandoné. Volví  a las artes marciales. También le contaría que me estoy quedando pelado, como él. Justo en estos días, que siento el paso del tiempo, leí un poema de Luis Chaves que se llama Huso horario y dice “¿Qué vamos a hacer con la rima interna / ahora que somos los viejos de / quienes nos reíamos? Ahora que se activaron / los efectos secundarios / de todo lo que nos metimos / el milenio anterior”.

Tengo tres hijos, me separé y volví a casarme, le diría a mi papá. Ludmila ya tiene 16, Santiago 10 y Malena casi 3. Conservo aún la colección de 600 revistas El Gráfico que heredé de él. Ringo Bonavena, Carlos Monzón, Gatti y tantos más en las tapas. También sus odiados Boca y River. Y, por supuesto, aquellas con Independiente campeón de todo: partidos memorables, golazos, hazañas e ídolos. Pero ninguno como Bochini. A lo sumo un Agüero, pero no le hace ni sombra.

img_20161029_1536233281En estos años cumplí mi sueño de entrevistar al Bocha. La nota fue tapa de Crónica, en el 99, cuando se cumplieron veinte años de aquel partido que le ganamos al River de Fillol (¡qué arquero, por Dios!) con dos goles suyos y que siempre recordábamos porque esa noche de enero del 79 estuvimos ahí, en Avellaneda, y gritamos y nos abrazábamos como sólo en la cancha nos salía. Me hubiese gustado que mi papá vea mi nombre en ese reportaje, que no fue el único pero tuvo el simbolismo de ser el primero.

Si por un rato fuera posible hablar con él, no le diría que nos fuimos a la B. Ni que su nieto Santiago usa camisetas de Boca y me dice que no quiere saber nada con Independiente. ¿Para qué? Tal vez haría como con Malena, que le pongo videos de Youtube de viejos partidos en los que el Rojo siempre ganaba. “Ganamos, ¿viste?”, le digo. Una mentira piadosa, para entusiasmarla. Y ella se ríe y yo soy feliz.

A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

Por Alejandro Duchini.

Para mí, Cosas mías (el último disco de Los abuelos de la nada) fue un gran trabajo, más allá de las diferencias musicales de estos nuevos Abuelos con los anteriores, que tenían en sus filas a Andrés Calamaro, Cachorro López, Daniel Melingo y Gustavo Bazterrica, entre otros. Tal vez incida en mi opinión una cuestión sentimental: Miguel Abuelo fue uno de mis ídolos de la adolescencia, junto con Ricardo Bochini, al que arrastraba desde antes, cuando mi papá me llevaba a la cancha a ver a Independiente.

Conocí a Los abuelos por Mil horas, que a comienzos de los 80 pasaban todo el tiempo en las radios. Recuerdo que yo tenía una portátil, de ésas con un solo parlante (¡qué viejo estoy!), y que mi hermana Gabriela, entonces de 13 o 14 años, se volvía loca con las canciones de Los abuelos. Para las adolescentes de aquellos tiempos, Calamaro era el sex symbol; ahí era donde le sacaba varios cuerpos de ventaja a Miguel Abuelo. El tema es que cuando mi hermana reaccionaba, feliz, ante Mil horas, yo, de pura maldad, hacía valer mi propiedad y le cambiaba el dial. Empezaba una trifulca familiar que se cortaba con la orden de mis padres de que no hubiese radio para nadie. En algún punto yo ganaba esa guerra absurda por la que aprovecho para disculparme. Pero con el tiempo me empezaron a gustar todas sus canciones, como No se desesperen, Mundos inmundos, Sintonía americana (particularmente) y Así es el calor. Pero Himno de mi corazón me partió la cabeza. Era la mejor canción nacional que había escuchado. La letra y la música me parecían geniales. Mis viejos me regalaron el casette y yo no dejaba de escucharlo cada noche, en mi cama, a través de un walkman amarillo marca Unicef, que funcionaba con dos pilas que se gastaban cada tres o cuatro pasadas. Era un presupuesto.

Mis padres no me dejaron ir al Ópera a ver la grabación del disco en vivo porque era chico. Lo compensé con el alquiler del VHS del recital. Al separarse Los abuelos me entristecí y cuando Miguel anunció que volvían me asaltó una enorme expectativa. Para mi cumpleaños, mis compañeros del colegio me regalaron el casette y me pasé el fin de semana escuchándolo sin parar. Ya no eran los mismos Abuelos pero me gustaban igual. Es que la magia de Miguel seguía intacta. En 1987, ya sin la masividad de tiempos mejores, se presentaron en un teatro de Flores: creo que era el Fénix. En los días previos conseguí el número de teléfono de la casa de Miguel y lo llamé tras superar esa mezcla de timidez y nervios que sentía. Recuerdo que me atendió de muy buen humor y hablamos un rato largo de sus canciones, de lo lindo que es tocar en vivo y de otras cuestiones musicales. Sin darme cuenta, fue el primer reportaje que hice en mi vida.

Un domingo a la mañana, en marzo de 1988, me enteré de su muerte a través de la tapa de Clarín. Guardé el recorte en una carpeta en la que solía colocar noticias que me llamaban la atención: títulos de Independiente, triunfos de la Selección o recitales que me gustaban. Sentí un vacío enorme porque la música de Miguel me había acompañado, y mucho, hasta entonces. Incluso Cosas mías fue el disco que más escuché en los tiempos en que se moría mi vieja, entre fines de 1986 y principios del 87.

Para los 10 años del fallecimiento de Miguel yo trabajaba en la revista Flash, que pertenecía al diario Crónica. El director, Tito Jacobson, me encargó una nota a Gato, el hijo de Miguel Abuelo, quien por entonces había intentado reflotar -sin éxito- el grupo de su padre. Nos encontramos en la plazoleta Miguel Abuelo, en Palermo. Esa tarde Gato apareció con Chocolate Fogo. Traían cerveza y no dejaron de tomar mientras hablaban de su padre y tío, respectivamente. El fotógrafo -el gordo Gardella- sacó muchísimas imágenes y cuando terminamos los acercamos en su Volkswagen Gol hasta Puente Pacífico: “Este es mi barrio. Éstas son mis calles”, repetía Gato. Chocolate, más tranquilo, dijo algo que no olvidé más: “Miguel está presente en su ausencia”. Lamentablemente no tengo copia de esa entrevista.

Treinta años después, me parece increíble estar a un click de aquellos personajes que le pusieron música a mi vida y que entonces eran inalcanzables. A través de Facebook podría contactar a Juan del Barrio y a Willy Crook, quien también integró la banda en su última época. El año pasado conseguí entrevistar a Andrés Calamaro, ya sin aquellos resquemores que tenía porque se había ido de Los abuelos. En 2001 tomé una cerveza en un bar de Almagro con Gustavo Bazterrica. Le hice una entrevista que me acercó mucho a la figura de Miguel. Me recitó de memoria la letra de una canción que le dedicó. Se titulaba Expedición mágica y, entre otras cosas, decía “Genio, mago, títere, artista, rey, bufón, paladín del canto y del humor / Siempre de tu pluma un verso fue un rayo de sol”. En 2014, entrevisté a Cachorro López porque se cumplían treinta años de la aparición de Himno de mi corazón. “¿Ya treinta años?”, me preguntó cuando le recordé por qué quería hacer la nota.

No sé qué será de la vida de Gato. La última vez que lo vi fue en el 2009, poco después de que fuese detenido en España, acusado de robo: yo caminaba a eso de las dos de la tarde por Godoy Cruz y Charcas, en la zona de Pacífico, y él tomaba vino con una barra de personas de diversas edades. Lo reconocí al instante pero él a mí ni me registró. Sentí que no tenía sentido detenerme a explicarle que lo había entrevistado unos años antes. Lo primero que recordé al verlo fue eso de que aquellas, las de Puente Pacífico, eran sus calles. Las de Palermo, en verdad. Igual que su padre, Miguel Abuelo.

EL PARTIDO DE ANDRÉS BURGO

EL PARTIDO DE ANDRÉS BURGO

Por Alejandro Duchini.

El periodista acaba de publicar El partido, un libro en el que cuenta, de manera original y magistral, todo lo que sucedió alrededor del Argentina-Inglaterra en México 86, hace ya 30 años.

Lo bueno que tiene la llamada literatura deportiva es que, como el fútbol, de vez en cuando sale un partidazo. O un librazo. Pienso en eso después de terminar la lectura de El partido (Tusquets), el último libro del periodista Andrés Burgo, que trata sobre todo lo que rodeó al Argentina-Inglaterra de México 86. Hay libros que no se leen sino que se devoran. Este es el caso.

Se lo digo mientras tomamos un café en El Galeón. Nos juntamos porque la idea es entrevistarlo para La Gaceta pero la verdad es que hablamos más allá de los términos supuestamente periodísticos. Eso es lo que tiene de bueno la charla: que es informal. Y esas terminan siendo las mejores entrevistas.

Burgo me dice en un momento que escribir sobre ese Argentina 2-Inglaterra 1 le significó un viaje a su infancia. Que aquellos jugadores eran sus héroes y que colgaban de los pósters de su habitación. Me cuenta también que cumplió un sueño al juntarse con algunos de ellos. Para verlo a Garré, por ejemplo, viajó unos 150 kilómetros. A Bilardo y Ruggeri los entrevistó en Palermo, donde trabajan. Con otros hubo intercambios de mails. Incluyendo dos jugadores ingleses. No pudo entrevistar a Maradona, pero cuando uno termina de leer el libro entiende que eso no es lo más importante. La voz de Diego no hubiera hecho mucho mejor de lo que es este producto final.

el_partido_andres_burgosOtra cosa que me gusta del buen periodismo que aportó Burgo con este libro es que rescató historias de personajes secundarios. “Que son los que más me interesan”, me cuenta después de hablar de, entre otros, del utilero Benros, quien falleció y no llegó a ver El partido publicado. Pero lo que más me sorprende de Benros es que (sobre) vivió sus últimos días en un geriátrico, sin un peso y pasando tardes en bares donde le invitaban rondas de café. También cuenta de un periodista que era capo de Crónica y que ahora es el casero de la AFA, en la calle Viamonte. Es increíble que personas que tan cerca estuvieron de aquella historia gloriosa, desde adentro o como testigos directos, hayan llegado a estos tiempos con apremios económicos. Tanto como que aquellos futbolistas campeones del mundo no sean millonarios. Lograron muchísimo más que jugadores actuales que con un pase a Europa tal vez ya se pararon para toda su vida.

Los personajes secundarios de Burgo no son sólo jugadores. Porque se tomó el trabajo de entrevistar a ex combatientes de Malvinas. Clase 62 que jugaban al fútbol y tuvieron que abandonar su carrera para combatir en el Atlántico Sur. “Por lo general, cuando se habla de aquella guerra se entrevista a Omar De Felippe. Yo quería hablar con otros que no hablaron nunca”, me explica. Así que aparecen nombres, historias. Uno, por ejemplo, que cuenta que le atajó en las inferiores un penal a Ruggeri.

El partido es una excusa para recordar aquella Argentina con democracia incipiente. Con un presidente como Alfonsín que quería echar a Bilardo pero no sabía cómo hacerlo y que después, con la gloria, lo recibió en la Casa de Gobierno. Es además la historia de la pelea entre Bilardo y Menotti, la de Passarella fuera del plantel campeón, la de Maradona convirtiéndose en genio y figura con dos goles increíbles. Es el recuerdo del relato de Víctor Hugo, aquel del barrilete cósmico que aún hoy sigue siendo inigualable. Es el viaje por una foto que delató una mano para hacer el primer gol y que derivó en un nombre inolvidable: la mano de Dios. Es la gestación de un plantel y el ocaso de estrellas que no pudieron esquivar las desgracias. “Después de las buenas siempre vienen las malas. Nadie tiene inmunidad. Ni siquiera los héroes. A estos tipos les pasó lo mejor, pero después le pasaron todas: lesiones, perder un dedo, adicciones, problemas de paternidad no reconocidas. Pero el pedacito de gloria no se los saca nadie. En cierta forma creo que todos los días un poquito se deben acordar de que jugaron ese partido”, me suelta Burgo. Y después, al hablar de las contradicciones entre lo ocurrió y cómo lo recuerdan sus protagonistas: “Es también un libro de cómo anteponemos nuestros recuerdos a lo que realmente pasó y cómo vamos cambiando nuestra visión de las cosas con el paso de los años de acuerdo a lo que queremos. La memoria es selectiva”.

Para Burgo, ese Argentina-Inglaterra fue el partido más importante de la historia del fútbol argentino. Más, inclusive, que la final contra Holanda, en el Mundial 78. “Porque tiene todo: el gol con la mano, Malvinas, los dos primeros goles con nombre propio: La mano de Dios y el del barrilete cósmico, la primera gran frase de Maradona (“lo hice con la mano de Dios”), el gran relato de Víctor Hugo Morales, La pelea Menotti-Bilardo, el periodismo y el fútbol. Todo”, me dice.

Y yo, que me sentí un privilegiado al leer su anterior libro, Ser de River, en el que cuenta sus viajes por todo el país para seguir al equipo de sus amores en pleno ascenso, pienso en que lo hizo de vuelta. Que otra vez Burgo aparece por el mundo editorial con una joyita.