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CUARENTA AÑOS SIN BONAVENA

CUARENTA AÑOS SIN BONAVENA

El 22 de mayo de 1976 asesinaban en la puerta de un cabaret de los Estados Unidos a Ringo Bonavena. Cuarenta años después, su figura sigue entre las más populares de nuestro deporte.

No cualquiera tiene un velatorio multitudinario: cerca de 150 mil personas desde el Luna Park a Chacarita, según las crónicas de la época. No cualquiera tiene un libro biográfico que aún hoy despierta interés ni cualquiera tiene, a cuarenta años de su muerte, bandas de rock que le dedican canciones y discos. No cualquiera llega a pelear con Muhammad Alí, el mejor de todos los tiempos, y encima en el Madison Square Garden. No cualquiera es mito. No cualquiera es Ringo Bonavena.

Su vida tuvo todos los condimentos. Como si fuera poco, y para alimentar la leyenda, su muerte fue violenta. Lo asesinaron el 22 de mayo de 1976 en la puerta de un burdel de Reno, Nevada, en los Estados Unidos. El disparo lo hizo Willard Ross Brymer, el guardaespaldas del mafioso Joe Conforte. Antes hubo una infancia humilde y una madre que amasaba los ravioles más clásicos de la historia. Hincha de Huracán, una tribuna del Ducó lleva su nombre. Frente a la sede del club lo recuerda una estatua de dos metros. Batió récords de venta de entradas en el Luna Park y de audiencia en la televisión. Fue charlatán y querido; prototipo del porteño: reo, fanfarrón y familiero. También, el primer mediático. Trabajó en teatro, grabó un disco e hizo reír en la televisión. A cuarenta años de su muerte aún es inolvidable.

EL PADRE

“Yo estaba jugando a la pelota en la calle y un albañil le dice a mi amigo ‘acaba de morir Bonavena’. Viene mi amigo y me dice que lo mataron en Reno. No lo podía creer. Mi viejo había hablado con mi mamá el día antes y se estaba por volver. Se tenía que tomar el avión, nada más”, recuerda hoy uno de sus hijos, Natalio. Tiene 47 años y es contador. Ya es más grande que su papá, que murió a los 33. Entonces, él tenía sólo 8. “El luto lo hice hasta más o menos mis 35.”, agrega. Aparte de la historia paterna, tiene dos vínculos con el boxeo y ambos son alejados: su hijo mayor, Giuliano (22 años) lo practicaba, pero dejó. Los otros dos, Franco (20) y Stéfano (18), juegan al rugby. La otra vinculación es como seguidor de Lucas Matthysse. “Pero desde que se ‘cayó’, ya no miro tanto”, explica.

“Casi todos recuerdan al deportista, pero yo lloro a mi papá. Esa es la diferencia: a mí se me murió mi papá”, dice Natalio. No esquiva las historias que se gestaron alrededor de la figura de su padre: “Aprendimos a convivir con los rumores. Siempre se dijeron cosas. Sabíamos, por ejemplo, que en los Estados Unidos se casó por el tema de los papeles para conseguir trabajo”. Se refiere a Cheryl Anne Rebideaux, una de las trabajadoras del célebre Mustang Ranch. Conocida como Daisy y de 24 años, se había casado con Ringo el 19 de febrero del 76. El matrimonio fue anulado. Y a ella se le perdió el rastro.

“Era un tipo simpático. Pintón, buen deportista, conversador. ¡Las tenía todas! Encima lo había puesto de mal humor nada menos que a Alí. Yo siento orgullo por mi papá. Claro que tenía sus cosas, pero era un tipo normal”, lo recuerda Natalio.

Hoy, la familia más directa de Ringo se compone por su ex esposa, Dora, quien a sus 72 años vive en Parque Chacabuco, y su otra hija, Adriana, de 52 años, quien también le dio tres nietos. “Mi abuela murió en el 87”, recuerda Natalio sobre Dominga, la mujer que se hizo célebre por el cariño que le expresaba el boxeador. “Mi vieja se volvió a casar y volvió a enviudar. Yo siempre la cargo con eso. Le digo que no se case más porque va a seguir matando maridos”, se ríe Natalio, mostrando el humor como herencia paterna.

EL BOXEADOR

“No sólo lo vi pelear. En el año 60 hice guantes con él. Bonavena fue un producto de la época. No sólo fue un ídolo deportivo sino también popular. Por su porteñismo, por su viveza. Por algo hasta le hicieron grabar un disco y llegó a la tele. Fue un gran boxeador que marcó una época. Fue el más carismático en los pesados de nuestra historia. Sin dudas. Más que Firpo, el iniciador de la categoría. Ringo trascendió el boxeo. Será casi imposible o muy difícil tener otro como él, tan poderosa”, resume el presidente de la Federación Argentina de Box, Luis Romio, en charla con esta revista. Continúa: “Bonavena era de porte natural. Era un tipo tan fuerte que te tocaba y te dolía. Una vez me pegó un derechazo en el pecho que todavía me duele. Bonavena te podía noquear con una mano. Tenía el problema del desplazamiento. Eduardo Corletti no quería guantear con él porque Bonavena se la tenía jurada después de que le dieran ganada una pelea que no había ganado. Bonavena tenía claro que para pegar hay que recibir. Así es el boxeo. Hay boxeadores que son cuidadosos al recibir. Pero Ringo iba al frente”.

Romio recuerda cuando lo suspendieron tras morder en la tetilla a Lee Car en el Panamericano de 1963: “Lo mordió por impotencia. El otro se le escapaba. Ringo quería pelear. Estuvo bien suspendido”. Después dice: “Trascendió porque estaba el Club del Clan, con eso del rock en castellano. Dejaron de estar los cajetillas de Santa Fe y Callao y apareció el porteñismo, del que Ringo fue un prototipo. Vivo, veraz, con familia constituida, como los Campanelli. Es un momento histórico en una Argentina muy politizada. Él fue representante de aquellos años. Aparece la televisión: hasta los 60 no había tele. ¿A quién no le gusta trabajar en el Tabaris? A todos. Bueno, él llegó a eso. Trabajó con Zulma Faiad. Una vez hasta se presentó en la Federación sólo para cantar el famoso Pío Pío. La cola de gente llegaba hasta la esquina”. Y además: “Nos guste o no, representaba a nuestro deporte de una forma distinta a los Loche o Goyo Peralta. Invitaba a todos a comer a la casa. Yo fui también a comer a su casa con Dominga. Aquella era una familia. Iba más allá de los famosos ravioles”.

El ex campeón del mundo Marcelo Domínguez practicó con los hermanos Juan y Bautista Rago, entrenadores de Ringo. “Me contaban siempre cosas de Bonavena. Aprendieron muchísimo de él. Ganaron experiencia: ‘Esto me lo contó Bonavena, aquello lo ví en Bonavena’, decían. Aprendieron a tener calle con Ringo”, explica Domínguez. Y sigue: “Ringo supo copiar de uno y de otro. Además estuvo en el momento exacto de los mejores pesados. Fue un adelantado para Argentina. Un tipo pillo que trajo para acá todo lo que aprendió afuera”.

“Un día, en el Luna Park, sentado junto a Tito Lectoure viendo Los seis días en bicicleta, me palmeó la rodilla y me dijo que nací 20 años más tarde: ‘Con vos, Galíndez y Ringo, ¿sabés la que hubiésemos hecho acá, no?’. Que te digan eso, y nada menos que Lectoure, es muy fuerte. Nunca se olvidará a Bonavena”, comenta Domínguez.

EL FUTBOLERO

“Somos del barrio, del barrio de La Quema, somos del barrio de Ringo Bonavena”, entona el ya clásico canto tribunero Alejandro Rossi, jefe de prensa de Huracán e impulsor de la idea de que la tribuna local del Ducó se llame Ringo Bonavena. Su idea empezó hace diez años, cuando conducía junto a sus colegas Gustavo Blanco y Eduardo Bernasconi un programa partidario que se llamaba A todo globo. “Pensábamos que a un sector de la cancha había que ponerle su nombre. Porque el hincha se identifica con él. Bonavena no fue dirigente sino un boxeador que representaba al hincha. En todos lados se lo relaciona con Huracán. Entonces empezamos a juntar firmas en los partidos y en la sede”, dice. Después: “Fui al colegio con su hijo, Ringuito. O sea, tengo también un vínculo personal con Ringo. No lo conocí en persona pero sí conocí a su familia, incluyendo a Dora. Tiene mucha vinculación con la sangre quemera”.

“Ringo entrenó en el gimnasio de Huracán, iba a ver al equipo del 73, dio la vuelta, era socio e hincha, al igual que su familia, y además su hijo y sus nietos van a la cancha a ver al equipo”, explica sobre la identidad futbolera de Bonavena. Y para que no queden dudas: “Hay una placa de homenaje en el frente de la sede. En la plaza de enfrente se levantó un monumento a Ringo. Más allá de que vivía en el límite de Boedo y Parque Patricios, lo respetaban todos. Hasta los de San Lorenzo. No fue campeón del mundo, pero siempre lo reconocieron. Está a la altura de Masantonio. Va más allá del fútbol. Si le preguntás a cualquiera, saben quién es. Porque siempre está”.

EL MEDIÁTICO

Ringo supo promocionarse y eso le abrió el camino para llegar a la televisión, al disco y al teatro. Actuó con Pepe Biondi, uno de los comediantes más importantes de la historia de la tevé argentina. Con el grupo uruguayo Los Shakers grabó un disco de cuatro canciones. Entre ellas, la famosa Pío pío pa, que Crónica TV promociona para anunciar la primavera. También participó en dos películas nacionales: Muchachos impacientes y Pasión dominguera. Además actuó en la calle Corrientes junto a Zulma Faiad.

“No está muerto aquel que es tan recordado. Pasaron cuarenta años y nadie lo olvida” es lo primero que dice la actriz y vedette Zulma Faiad, ícono del teatro de revistas desde los años 60 en adelante. “Era un chico grande”, lo define. Luego enumera: “Espontáneo, puro, buena persona y bravo al mismo tiempo, inteligente, con calle, gracioso, valiente, fiel a sus amigos, dulce, inocente, provocador”.

“Me cuidaba. Era como mi guardaespaldas. Yo salía del teatro y él iba a mi lado. Nos hicimos muy amigos. Una vez me trajo de los Estados Unidos una crema especial que había conseguido para que yo baje de peso. Estaba convencido de que me iba a servir. Llegué a comer con su mamá. Me acuerdo de cuando hacíamos La lechuguita y el pato volador, con el Pato Carret. Ringo actuaba y una vez calculó mal y tiró al Pato para otro lado, Nos tentamos tanto que no podíamos parar de reírnos. ¡Qué risa! También me acuerdo de aquella noche de sábado en que hacía playback con el Pío pío y la cinta se rompió y se ralentizó. El teatro estaba repleto. Todos lo burlaban y él se quería bajar a trompearlos”, añora.

“Había que tener huevos para pelearle a Cassius Clay. De esa noche recuerdo su bravura. Tenía pie plano y se la aguantaba. Era un tipo digno. Para él estaba primero la Argentina y después lo demás. En esos años había más amor a la patria y menos fanatismos. Tenía sus bases claras”, sigue su elogio Faiad hasta que baja la voz y rememora los días en que lo asesinaron: “No pude ir al velorio porque estaba destrozada. Esos tipos eran rufianes y él creía que se trataba de un juego. Nunca pensó que lo iban a matar. Todos estamos más solos de lo que creemos”.

DESDE LA MÚSICA

“Aguante Bonavena, aguante Bonavena” canta en el estribillo del tema Aguante Bonavena el líder de Almafuerte, Ricardo Iorio. “Pegue Ringo es lo que clama ardida la afición le sonríe de reojo la Virgen del knock out sáquemelo del ring grita un Luna Park”, suelta Walas, del grupo Massacre, en La virgen del knock out, que pertenece a un disco titulado Ringo, también dedicado a Bonavena. El barrio en sus puños se llama el álbum que el grupo Las pastillas del abuelo editó en 2014, donde el boxeador es protagonista. También aparecen Spinetta, Nebbia y Galíndez. El inspirador del trabajo fue el poeta Alberto Sueiro. Estas canciones formaron la base de una obra de teatro para ciegos. Juan Piti Fernández, el cantante, le dice a El Gráfico: “Sueiro es hincha de Huracán y nos acercó en profundidad la historia de Bonavena. Hasta entonces no me había enamorado del todo, como me pasa ahora. Me sedujo eso de los ravioles de Dominga, el amor del tipo por el barrio, que haya sido fanfarrón y al mismo tiempo tan humilde, confianzudo, caradura, con una guapeza impresionante. Alguien que no tenía estudios pero sabía cómo manejarse”. Y luego: “Para mí, sus aportes fueron heroísmo al deporte y humanismo a la cultura en general. Sin dudas, un tipo interesante en todo sentido”.

SU BIÓGRAFO

¿Por qué se hizo tan popular Ringo? ¿Por su muerte violenta, por su carrera como boxeador, por su  pelea con Muhammad Alí o por su vida privada?, le pregunta esta revista a Ezequiel Fernández Moores, autor del libro Díganme Ringo, una biografía sobre Bonavena que se publicó en los 90 y que hace unos meses se reeditó. “Seguramente todo tiene que ver con todo. Me cuesta decir algo puntual. La pelea con Alí y su muerte son los hechos que surgen de inmediato, pero salta también su personalidad más que su vida privada. Eso de porteño fanfarrón”, opina. “Nos guste o no, es un espejo. A veces a los espejos del deporte se los agranda tanto que terminan deformando. Hablo de lo bueno y de lo malo que la imagen devuelve. Porque hay algo increíble en el hecho de que a un tipo al que le elogiamos su viveza haya muerto de manera tan ridícula, tan al pedo, abriéndole el pecho al mafioso para que le ponga la bala. Termina perteneciendo a los héroes trágicos. Hay algo que tiene tiene que ver con esa argentinidad o porteñidad en la que también el antihéroe tiene un lugar más importante que el héroe. Me refiero a la tragedia”, agrega. Al preguntarle por qué lo eligió como personaje de un libro, contesta: “Porque era popular, porteño y porque tenía contrastes: una parte de Buenos Aires lo amaba y otra lo odiaba. Esa división que generaba reflejaba lo que era: un tipo querible, que tenía todo lo que puede tener un porteño en cuanto a cierta espontaneidad: calle, calidez. Pero también todo lo que se le puede reprochar a esa cosa del porteño piola, que arriesga tanto que a veces desbarranca”.

“A cuarenta años de su muerte resalto su vigencia. Ringo parecía simbolizar mucho de la cultura del aguante, que hoy se continúa en nuevas generaciones. Peleaba en situaciones desventajosas, por sus pies planos, porque técnicamente era limitado, y sin embargo enfrentaba a tipos más potentes, más grandotes y más técnicos. Venía de la periferia y llegó a la luna en serio: porque del Luna Park se fue a la luna que significaba el Madison Square Garden, nada menos. Con todo en contra, él se la bancaba”, dice Fernández Moores.

Después invita a reflexionar: “‘Ringo fue mediático antes de que se inventara esa palabra’, dice Martín Becerra en el libro. Me pregunto qué sería hoy de él si estuviese. Porque fue un pionero. Porque esa palabra simboliza poco menos que el reinado de nuestra vida social, o de la que se nos vende, por lo menos. ¿Qué sería pasar de la tapa de Crónica a Crónica TV? Porque antes Crónica vendía un millón de ejemplares los domingos. Hoy ya no se lee papel, casi no se leen los diarios y conocemos más a Crónica TV que al diario. Estos son tiempos en que muchos mueren por sus dos segundos de fama. Algunos hasta entregan a la madre y los medios compran eso. La jungla se ha convertido de tal modo que lo de Ringo, que antes era una picardía, hoy no sé qué nos causaría. Ringo se hizo a sí mismo: no tenía agentes ni página web ni sponsors ni el aparataje que tiene ahora un ídolo popular. Hoy, las mismas picardías de entonces tendrían un valor distinto porque serían fabricadas por un agente de relaciones públicas. Se perdió la espontaneidad”.

PERFIL

Oscar Natalio Bonavena, Ringo, nació en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1942. Boxeaba en Huracán pero su carrera profesional la inició en los Estados Unidos, luego de que lo suspendieran por morder a un rival. Su pelea más importante fue ante Muhammad Alí, el 7 de septiembre de 1970, en el Madison Square Garden. Antes del combate, Ringo supo cómo promocionarse. Lo hizo tratando de cobarde al mejor boxeador de todos los tiempos. La victoria fue para Alí, aunque Ringo lo guapeó durante quince rounds.

Peleó dos veces con Joe Frazier. Su gran rival fue Gregorio Goyo Peralta, con quien protagonizó uno de los choques más recordados de nuestro boxeo al vencerlo en un Luna Park colmado en septiembre de 1965. Su último combate fue el 26 de febrero de 1976 ante el norteamericano Billy Joiner. Todavía soñaba con la revancha ante Alí. Pero no había tiempo para más. Sin dinero y solo en los Estados Unidos, y a punto de regresar a la Argentina, lo mataron de un balazo en la puerta del cabaret Mustang Ranch, en Reno, Nevada, Estados Unidos, el 22 de mayo de 1976. El disparo lo hizo Ross Brymer, el guardaespaldas del propietario, el mafioso Joe Conforte. Se rumoreaba que su esposa y socia, Sally Conforte, era su amante. Además, entre Brymer y Ringo había problemas personales. El asesino estuvo preso pero en menos de dos años quedó libre.

Ringo fue velado en el Luna Park el 29 de mayo y sepultado en Chacarita. Hay quienes dicen que lo despidieron 100 mil personas. Otros hablan de 150 mil. Lo concreto es que, a cuarenta años de su muerte, nadie lo olvida.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?