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CASCIARI EN EL GRÁFICO

CASCIARI EN EL GRÁFICO

Por Alejandro Duchini

La edición de El Gráfico de septiembre, la que tiene en su tapa a Marcelo Gallardo posando con la Copa Libertadores, cuenta con una larga entrevista que le hice al escritor y periodista Hernán Casciari. El tema es el fútbol. Desde España, donde vive, habla de la suerte que tiene de ser contemporáneo de Messi y vivir a poca distancia del Camp Nou. También opina sobre cómo se ve el fútbol argentino desde allá y de las ilusiones que se hizo de ver una final intercontinental, en Japón, entre su querido Barcelona y su queridísimo Racing. Pero los de Avellaneda quedaron afuera de la Copa y el viaje no podrá ser. Lo que sí fue es la charla, de la que a continuación publico algunas de sus declaraciones. Para leerla completa, ya se encuentra en los kioscos El Gráfico. O pueden esperar a que dentro de unas semanas la suban a la web de la revista.

“(…) Escribí una columna que se titula Bienvenido al club, en la que mi abuelo y mi viejo me dejan entrar a ese club selecto de quienes al menos vieron dos veces a Racing campeón. Un club selecto, al que suponía complicado acceder. Por supuesto me faltan los títulos internacionales. Cuando Racing tenía todavía posibilidades en la Libertadores fantaseé con una eventual final contra el Barcelona en la Intercontinental, en Japón. Se lo conté a mi mujer. Le dije: “Si pasa eso, seguro en diciembre vamos a verlo”. “¿Para quién hincharías?”, me preguntó. Ahí descubrí que sería la única vez que hincharía en contra de Messi. O sea, iría por Racing. Sería la primera vez que mis dos equipos podrían enfrentarse. Me pareció loco. Hasta habíamos averiguado cuánto salían los hoteles en Japón, el precio de las entradas. Pero no se dio. Nos quedamos sin Copa Libertadores y todo hizo plop, como una pompa de jabón”.

“Del 2006 al 2010 me enamoré del Barcelona, que vivió en ese tiempo su mejor época. En ese entonces era un contraste tremendo con aquel fútbol argentino, porque además de verlo en mala calidad había barras que paraban los partidos cuando subían al alambrado, el juego era trabado, se cortaba la luz. Era muy bestia el contraste. Fue una época muy oscura del fútbol argentino y una época muy bestia del español, con Guardiola y Mourinho enfrentados, más Messi y Cristiano. Entonces, un poco me desencanté, porque es difícil a 12 mil kilómetros aguantar ese fútbol sólo por esos 90 minutos que generalmente no eran buenos. Ahora cambió”.

“Racing no es el eje por el que miro fútbol argentino. Me gusta mucho mirar un Boca lo que sea o un River lo que sea. En algunos momentos me da por mirar a un jugador determinado, como (Ignacio) Scocco. Es una cuestión de ver un espectáculo. Un espectáculo que dure 90 minutos, que no se suspenda porque un pibe entra a la cancha con una navaja, que no se suspenda por una patada, que no se suspenda por un gas pimienta. Que el espectáculo no sea eso. Ahora me parece que está mejorando”.

“Algunos jugadores tienen la generosidad de volver, como Carlitos Tevez, que a sus 31 años decide regresar cuando aún puede ganar mucho dinero en Europa. Él le pone color a algunos partidos. De hecho, creo que Calleri se animó a hacer aquella rabona porque estaba Tevez en la cancha. Un Tevez mejora también a los demás. Le doy más bola a eso que al fixture o a la tabla de posiciones”.

“En mi cuenta de Twitter, jugando a decir cosas sobre fútbol que no son de fútbol, el otro día escribí “si el hincha sabe cuánto gana cada jugador, es liga española. Y si el hincha sabe a quién se coge un jugador, es liga argentina”. Para mi es así. Acá se habla mucho de dinero y allá muchísimo de lo otro”.

“Hice una especie de síntesis literaria, no hace mucho, en la que decía que de Messi, igual que de Borges, uno lo que admira es la perfección. En Cortázar, como en Maradona, lo que se admira es la rebeldía. (…) Messi lo que tiene es que parece que no le costara nada hacer lo que hace. Lo mismo pasa cuando leés un párrafo perfecto de Borges. ¿Cómo carajo hizo para meter ese adjetivo que a mi jamás se me habría ocurrido y que quede tan perfecto, como si no le costara?, se pregunta uno. En cambio, a Maradona parece que todo le hubiese costado. Cada cosa que hizo, cada hazaña, cada leyenda, le costó. Con Cortázar siempre tuve esa sensación: que no le resultaba fácil escribir. Que las genialidades eran hijas de una epopeya que incluso lo trascendía a él mismo y que no tenía que ver con su perfección sino con lo contrario, con lo que le faltaba”.

“Para mí, el fútbol siempre fue una excusa para otra cosa. Hay algo que estoy escribiendo ahora que dice así: “Hace cuarenta años que el fútbol no me importa. Empezó a no importarme cuando mi padre me dijo, en septiembre del 75, que su única ilusión era que yo fuera hincha de su club de fútbol. Yo tenía 4 años y sólo buscaba una cosa: tener tema de conversación con mi padre. Si él me hubiera dicho ‘mi ilusión es que te gusten los carros alemanes de la marca Panzer’, yo hoy miraría todos los sábados documentales sobre la Segunda Guerra para sentirme cerca de mi padre que ya se murió, sin sentir empatía ni por la guerra ni por los tanques”. En realidad es una conexión que tengo hacia recuerdos que sí me importan. (…) El fútbol es siempre una conexión a ser más feliz en Barcelona porque vivo acá, a haber tenido temas de conversación con mi viejo, a forrear a Chiri porque le ganamos a River. A cosas que tienen que ver con otras que son más importantes. O sea, el fútbol me chupa un huevo”.

ORIÓN NO LE PEGÓ A NADIE… PORQUE NO JUGÓ

ORIÓN NO LE PEGÓ A NADIE… PORQUE NO JUGÓ

Por Alejandro Duchini

Recuerdo de mis tiempos de quinto año a Extra Large, un compañero alto y flaco que cuando se enojaba no hablaba. Pegaba. Así, directamente. Una tarde, mientras se hacía de noche y la clase de gimnasia, fuera del horario escolar, llegaba a su fin, XL se la tomó con otro de una división menor. El pecado que había cometido el más chico, que también era grandote, fue enojarse por una jugada en un partido y lanzarle con la mano la pelota a la cara. El silencio, les juro, se escuchó. Nadie dijo nada. Todos miramos a XL avanzar a paso lento y decidido hacia su futura víctima. No dudó en hacer lo de siempre: le pegó un trompazo mientras el otro volvía sobre sus pasos. Pero ya era tarde. Había sido alcanzado de tal manera que terminó sentado, groggy, al lado de la pelota. Los ecos del trompazo deben resonar aún entre las paredes de aquel patio escolar.

El profesor, que respetaba demasiado a nuestro compañero porque conocía su mal genio, dudó. En su duda se notaba miedo. De repente, y por una boludez, había quedado desnudo ante sus alumnos, que lo mirábamos expectantes por saber qué haría. No podía quedarse como nosotros, meros espectadores. Tenía que imponer su autoridad. En milésimas de segundos. Pero cómo hacerlo cuando sabía que el otro estaba enojado y no tendría problemas en darle también a él una trompada. Si eso pasaba, habrá pensado, no le quedaría ni un mínimo de respeto ante quienes observábamos. Humillado, tendría que renunciar; buscarse otro colegio donde enseñar. Estaba perdido y desde esa posición alcanzó a murmurar un “¡noooo!”. Fingió una fuerza que no tenía pero que era su obligado manotazo de ahogado. Cuando XL lo miró como un Rambo acorralado, con ojos furiosos, a nuestro profesor ya no le quedaba nada de valor, si es que alguna vez lo había tenido. Era un treintañero a merced de un pibe de barrio. Creo que le tuvimos lástima. Nadie quería estar en sus zapatillas. Si teníamos, le habríamos convidado mate. Lo hubiésemos invitado a que se siente a un costado mientras llorara su impotencia. Hasta lo palmearíamos para consolarlo. Alguno le hubiese dicho “ya está, ya pasó”. Otro lo animaría a seguir como si no hubiese ocurrido nada. No faltaría el que le indicara qué otras escuelas podían ser su alternativa para el futuro. En el barrio había varias.

Pero no fue así. No hubo mate ni consuelo ni palmada. Hubo silencio. El profesor no avanzó. Nuestro compañero, tampoco. Se miraron un segundo eterno y como los demás éramos tan valientes fuimos a consolar al más chico, que nos miraba desde el piso y no sabía si correr o quedarse refugiado en nosotros. Cuando el profe intentó algún otro gesto estéril, XL ya se había alejado de la escena del crimen. Tomó su campera y se fue del colegio. Tal vez a fumar a la vereda, donde se le sumarían los de su grupo más cercano.

Nadie quería tener problemas con XL, un John Wayne del lejano oeste pero en el Mataderos de finales del Siglo XX. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa más que de esa trompada para la historia y del temor que demostró el profesor con su cara pálida y su voz aflautada por el miedo. No recuerdo si XL fue sancionado ni qué fue de su víctima. Pero sí me acuerdo del terror de otro compañero que unos meses antes se había acostado con la novia de XL. En ese momento se le aparecieron, luminosos, todos los fantasmas juntos. Aquella infidelidad era un secreto a voces pero antes de que la sangre llegase al río (y a oídos de XL), este muchacho desapareció. No venía bien con las notas, como casi todos, pero su caso era en extremo perdido. La mayoría sabíamos que aprobaríamos en diciembre o a más tardar en marzo. Pero él sólo iba al colegio a pasar el rato para no quedarse en su casa. Entregaba las pruebas en blanco y su destino ni siquiera eran las previas. Su futuro no estaba en el estudio, definitivamente. Así que abandonó la escuela y como era amigo lo veíamos cada fin de semana pero en otros ámbitos. Después llegó el verano del ’90, todos rendimos con mejor o peor suerte nuestras materias y muchos no volvimos a vernos.

Aquella anécdota me vino a la cabeza desde el fondo de los tiempos poco después de ver a Agustín Orión salir como un asesino contra Lucas Gamba, el jugador de Unión. Porque cuando alguien irrumpe con tanta violencia termina aguando cualquier fiesta. Eso pasa en todo ámbito. Pienso que eso no es guapeza. Aquella vez del colegio, XL agachó la cabeza y se retiró consciente de que no fue buena su reacción. Pero Orión, que tiene años en el fútbol, se quedó tirado en el suelo como si la víctima fuese él. Buscaba salvarse y, de paso, que sancionen al rival. Ni Boca ni un juego merecen a alguien que hace estas cosas. Alguien que sale a lastimar. Hay tanta bronca en esa salida que uno no sabe quién es peor: si él o el Gato Sessa. Y si te comparan con Sessa quiere decir que no estás haciendo las cosas muy bien.

Orión es el mismo que camina a lo matón. El que ordena a sus compañeros que saluden a la barra. El que quiebra a Carlos Bueno, de San Martín de San Juan. El que le rompe los ligamentos a su compañero Leandro Paredes en una práctica. El que le da un cabezazo a Juan Ignacio Dinenno, de Temperley. Pero nadie lo para.

Al menos queda el consuelo de los silbidos de algunos hinchas en la cancha que reprobaron el gesto. Que entendieron que ahí se perjudicaba a un equipo. Que Boca es más grande que un solo jugador que ni siquiera es ídolo. Otros recordarán, de una lista enorme, a guapos de verdad, como Blas Armando Giunta, Ubaldo Rattín, el Patrón Bermúdez o el mismo Carlos Tévez. Eran-son tipos que iban duro a la pelota, que no regalaban nada. Pero carecían de mala fe. Guapos de verdad.

No volví a ver a XL ni a casi nadie de aquella división. Un ex compañero me contó hace un tiempo que -canosos, panzones, pelados, divorciados, solos y solas- se juntan a través de Facebook para, casi treinta años después, aferrarse a un pasado del que ya no queda nada. Apenas, tal vez, algunos recuerdos. Como el de esa trompada que aún debe resonar entre las paredes del enorme patio de aquella escuela.

 

Otra vez con Tévez

Otra vez con Tévez

En las últimas horas se difundió una entrevista que el jugador argentino le dio a la cadena británica Sky Sports. Los medios se hicieron eco de esa nota. Pero con sorna. Se reían de su inglés.

Hace ruido que se burlen de eso. Cansa que se rían de alguien que se hizo bien de abajo; alguien que aunque tenga la posibilidad de utilizar un traductor o directamente no dar notas o sólo hablar en castellano, haya optado por aprender.

A esta altura poco importa si lo hace bien o no. El asunto es otro. La burla con mala leche, es el asunto. En muchos casos, hecha por periodistas que ni siquiera saben escribir en castellano. Y cuando se mezcla la ignorancia con la mala leche salen estas cosas.