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DE ALBAÑIL A GOLEADOR

DE ALBAÑIL A GOLEADOR

Símbolo de un Atlético de Tucumán que se consagró en la B Nacional y ahora busca afianzarse en Primera, el goleador Luis “Pulguita” Rodríguez habla de su infancia humilde, de sus mejores goles y del día en que Maradona la convocó a la Selección.

POR ALEJANDRO DUCHINI

El jugador más representativo del fútbol tucumano actual nació hace 31 años en la ciudad de Simoca, donde todavía vive junto a sus casi 10 mil vecinos. Luis Miguel Rodríguez, Pulguita, juega en Atlético Tucumán, para cuyos hinchas es el ídolo. Esos 50 kilómetros de distancia entre la capital provincial y su lugar en el mundo los recorre todos los días para entrenar. Pero vale la pena: “Porque puedo estar con mi gente. Allá soy uno más”, explica durante esta charla (publicada en el número de abril de 2016 de la revista El Gráfico). Habla pausado y en tono bajo, como si fuese proporcional a su contextura física. Dice lo justo y luego calla, a la espera de la siguiente pregunta. Casi no se ríe. Incluso le cuesta hacerlo cuando se lo pide el fotógrafo. A unos metros, Cristian Menéndez, su compañero en el plantel, lo fotografía desde su celular y lo carga como si fuese un modelo de revista. Ahí es cuando al fin se ríe. Luego, ya en confianza, irá soltándose cada vez un poco más.

Pulguita Rodríguez ronda la barrera de los 100 goles en la historia del club. El máximo goleador es Juan Francisco Castro, con 119. Lo apodaban Kila y jugó en los 70. Sin embargo, Rodríguez comenta que alcanzarlo no es su sueño. Tiene otros, de los que también habla con esta revista. Cuando refiere a sus tantos se le ilumina la mirada al recordar el que le hizo desde mitad de cancha a Independiente, en Avellaneda, en febrero de 2014. Era un partido por la B Nacional y el Decano ganó 3 a 1. El suyo fue el segundo. Un golazo. Dejó muda a toda una cancha y asombrado al mundo del fútbol. Imposible no recordar cómo aquella pelota parecía meterse en cámara lenta en el arco vacío.

Su infancia fue como la de muchos en el fútbol: humildad (o pobreza), trabajo -albañil, pintor- para ayudar a los padres y familia numerosa. Nueve hermanos. Hoy son ocho. “Uno falleció”, explica antes de rebobinar hacia aquella vez en que Pocholo -como identifica a su papá- pudo regalarle un par de botines para que no siga jugando descalzo. Mucho después vendrían los enojos con el fútbol, el debut en Primera, la citación de Diego Maradona para la Selección y ese rompecabezas que se acomodó de manera tal para que se convierta en el ídolo de Atlético, el club que representa a toda una provincia en el fútbol más importante de la Argentina.

-Ascendieron, medio Tucumán pareció explotar de alegría, ahora andan bien en el torneo de Primera y la cancha les queda chica. Además, le ganaron a Racing y a Boca ¿Qué más pueden pedir?

-La verdad es que el grupo está pasando por un muy buen momento. Uno, como jugador, trata de acompañar eso que se vive. Cuando un equipo juega bien, es más fácil para cada futbolista hacer lo que pretende y lo que mejor sabe. Se están dando varias cosas.

-En lo personal, te convertiste en un símbolo para el hincha de Atlético.

-No lo voy a negar. Pero también es cierto, como decía recién, que el buen momento que uno pueda atravesar tiene mucho que ver con cómo le salen las cosas al equipo. En ese sentido, los hechos se acoplaron como para que nos vaya bien a todos.

-¿El goleador nace o se hace? ¿Cuánto tiene que ver la intuición en el área? Porque solés estar en el lugar donde cae la pelota.

-Me gusta hacer goles. Y cuando aquello que te gusta además te sale, todo parece salir aún mejor. Pero detrás de cada gol siempre hay un trabajo previo. A veces se da que me encuentro en la posición ideal como para rematar. Eso es mucha práctica. En los entrenamientos uno ve cómo le puede pegar en determinado momento o se fija dónde caen los rebotes del arquero del equipo con el que vamos a jugar. Se estudian las situaciones que se dan o se podrían dar en los partidos. Claro que también uno debe tener intuición. Y algo que tampoco hay que dejar de lado es el hecho de aprender mirando mucho a los que hacen goles. Unas cuantas veces anoté de tiro libre, aprovechando que desde afuera del área tengo un remate preciso. Lo demás es práctica.

-¿Cómo llevás la condición de ídolo del hincha de Atlético?

-Tranquilo. Llevo mucho tiempo en el club y eso hace que me conozcan más y me identifique con los colores. En lo personal, lo manejo con cierto equilibrio. Actualmente vivo en mi ciudad, Simoca, porque me es más sencillo salir a comer o a pasear. En esas calles soy uno más. No pasa lo mismo en Tucumán porque estamos en Primera y eso significa otra exposición. Me paran, me piden autógrafos, una foto. Tal vez es medio tedioso para mi señora, Paula, el hecho de que me paren a cada rato, me saluden y esas cosas. Me gusta y hasta estoy acostumbrado, pero me quita cierta intimidad. Mi hijo, Bautista, tiene un año y cuatro meses. Entonces uno, por ellos, trata de resguardarse.

-Estuviste a punto de pasar a Belgrano de Córdoba. ¿Qué te significó que no haya prosperado ese cambio?

-Esa posibilidad se cayó por detalles, pero cuando decidí quedarme en Atlético sabía que iba a tener seis meses de mucha presión porque no habíamos conseguido el ascenso cuando estaba aquella posibilidad de los diez equipos. Y en esa situación puntual el hincha tenía mucha esperanza de logremos ascender. En lo personal tomaba muchos riesgos al quedarme, porque exponía todo lo que había conseguido en el club. No llegar a Primera iba a significar una frustración muy grande. Pero quise tomar ese riesgo y pelearla. Nos fue muy bien. Salimos campeones y volvimos a la máxima categoría.

-¿Y ahora, qué?

-Ahora pretendo que Atlético se quede en Primera División. Que el equipo, el cuerpo técnico y los hinchas puedan estar tranquilos. Ese es el objetivo de todo el plantel.

-A tus 31 años, ¿qué te gustaría para tu carrera?

-Hay ofertas para irme afuera. Cosas que antes no se dieron porque Atlético no puede salir a contratar a nadie y me pidieron que me quede al menos hasta junio. Mi deseo personal pasa por ayudar a que el equipo se afiance en Primera. Después, sí, me gustaría irme al extranjero. Tengo plena conciencia de que a mi edad es medio complicado pasar a un equipo grande, pero no es imposible. Entiendo que nos tiene que ir muy bien, y más en lo personal, para que esas posibilidades aparezcan. Pero todo pasa por tener la suficiente tranquilidad como para saber encarar las chances que se presentan.

-De momento se están dando dos hechos fundamentales: tanto vos como el equipo atraviesan un buen momento.

-Si, es cierto. Estamos bien. En el juego colectivo, andamos sólidos. Tuvimos un comienzo en el torneo que sólo nosotros lo creíamos. Eso se debió a que se pudo mantener la base del plantel, algo que resultó fundamental. En ese punto hay que destacar el mérito de los dirigentes. Además, los chicos que llegaron se adaptaron rápido y bien al grupo. Lo fundamental es disfrutar de este presente en Atlético.

UN LUGAR EN EL MUNDO

-¿Podría decirse que Simoca es tu lugar en el mundo?

-Totalmente. Es tranquilo, puedo salir a caminar por sus calles. De hecho, voy caminando a los restaurantes o a la casa de mis viejos. Es el lugar en que me vieron crecer. Donde todo lo que hago pasa como desapercibido. Para los vecinos soy un simoqueño más y no el jugador de fútbol. Nadie me pide fotos ni autógrafos y me muevo con total anonimato. Uno también necesita eso. Las dos cosas son buenas: tanto sentirte querido por la gente como mantener privacidad. Y además estoy a sólo 50 kilómetros de la capital, por lo que puedo ir a entrenar sin problemas.

-Solés hablar de tu familia…

-Es que soy muy familiero. Ya desde chico, Pocholo y Bety, mis padres, me acostumbraron así. Inclusive, cuando pensaba en ser jugador de fútbol profesional era para ayudarlos en su economía. De chico trabajaba con mi papá y con mi cuñado. Teníamos una situación complicada. los varones de la familia ayudábamos con el trabajo y las mujeres en la casa hacían los que podían. Llegué a trabajar de pintor y de albañil. Éramos nueve hermanos. Falleció uno. En la familia somos muy unidos. Cuando alguno tiene un problema, estamos todos para ayudar. Y hoy, incluyo, pienso que mis ingresos son para asegurarle un buen pasar a mi esposa y a mi hijo. No quiero que les falte nada. Eso me lo sembraron mis padres desde chico y ahora lo vivo con Bauti.

-Hay una historia de esfuerzo detrás de un par de botines que te compraron a los 10 años.

-Cuando estaba a punto de cumplir 11. No sé cómo, pero me los pudieron comprar. Porque económicamente la familia estaba muy mal en ese momento. Había un solo par de botines y me quedaban chicos. Yo sabía que mientras pudiera jugar con esos, tenía que hacerlo. A pesar de que me apretaban los pies. Por eso a veces me los tenía que sacar. Anduve así como cinco meses. Las ganas que tenía de conseguir un nuevo par de botines, más cómodos, de mi número, eran impresionantes. No me olvido más de eso. Aquello me marcó tanto que ahora, cada vez que compro zapatillas, me acuerdo de aquello.

-¿Aprendiste de eso?

-Si, por supuesto. Hoy le doy más valor a todo lo que consigo o pueda conseguir. Porque me costó muchísimo cada cosa que tengo. Cuando se sufre en la infancia, lo que se logra después se valora y se cuida el doble. Uno no se olvida de aquello.

-Recién, al mencionar a tu hijo, te emocionaste.

-Pienso mucho en él. Trato de hacer las cosas lo mejor que pueda, tanto en lo deportivo como en mi vida privada. Quiero dejar lo mejor de mí en cada partido, en cada entrenamiento, en cada año. Que mi hijo sepa que tuvo un padre que jugó bien y que se portó bien, dentro y fuera de la cancha. Y que no sea yo quien le tenga que decir quién soy o qué hice. Que se sienta orgulloso del padre que tiene, porque hoy, con la tecnología que existe, podrá ver los goles. O por ahí se encuentra con alguien mayor que le dice que su padre hizo cosas muy lindas por Tucumán. Eso es lo que pretendo respecto de mi hijo.

SU MEJOR GOL

-Si Bautista te pide que le cuentes un gol, ¿de cuál le hablarías?

-Del que le hice a Independiente, en su cancha, casi desde el medio campo, con un pelotazo de sobrepique (febrero de 2014, por el Nacional B). Ganamos 3 a 1. También aquel contra Santamarina, el día del 4 a 1 (diciembre de 2014, por el ascenso), cuando le metí un caño a un defensor de ellos y se le piqué al arquero. Otro que me gustó mucho fue uno a Boca, pero jugando con Newell’s. Por suerte, tengo varios. Pero el mejor es el de Independiente: no veníamos del todo bien y fue un desahogo, más allá de que ya estábamos ganando. Cuando vi que la pelota entró no sabía ni cómo festejarlo. ¡Un gol así…! Por lo general soy tranquilo, pero convertir en esa cancha…

-¿Cuál fue tu momento de mayor alegría en el fútbol?

-Lo más grande que conseguí fue estar en la Selección, convocado por Diego Maradona. Eso es lo que quiere todo jugador de fútbol cuando empieza, más allá de hacer plata, de jugar en un club grande o de irse afuera. El deseo siempre es estar en la Selección. Lo pude conseguir. Puedo decir que fue lo más maravilloso que viví en mi vida y que además estuve al lado del más grande de todos los tiempos y que hasta me dio charlas técnicas.

-¿Quiénes son tus ídolos?

-Ninguno en particular. Más que nada soy de mirar a aquellos jugadores que me pueden enseñar cosas buenas. En ese sentido, miraba mucho a Riquelme. Pero sobre todo a los que tienen un físico similar al mío, como Carlitos Tévez, el Kun Agüero. Pero no, no tengo un ídolo particular.

-¿Qué aprendiste de ser futbolista?

-A tener una vida más ordenada. El fútbol me dio amigos. Me enseñó a relacionarme con una clase social con la que uno, de chico, no tenía en cuenta. Me sacó de los vicios. Estoy agradecido por todo lo que me dio el deporte. Tengo amigos que están mal, en otra situación, y uno tiene que agradecer, entonces, que le haya ido bien.

-Y eso que en algunas ocasiones estuviste a punto de abandonar.

-Si, si. A los 17 años, para 18, estuve a punto de dejarlo. Había una mala experiencia. Me dejé llevar por un loco que tenía de representante, que me dijo que iba a jugar en Rumania. Había un contrato supuestamente ya arreglado y cuando tenía que cobrar no sé qué pasó. Nadie supo qué decirme. Me quedé tirado en una estación de tren sin conocer el idioma, sin plata, sin nada para comer. Como pude volví a casa y le dije a mi mamá que dejaba, que no quería jugar más. “Tengo que ir a trabajar”, le dije. Pero mis padres no querían que trabaje cuando jugaba para que esté bien descansado. Pero yo no quería jugar más.

-Hasta que apareció Walter, uno de tus hermanos, y te convenció de seguir.

-Se había dado lo de Racing de Córdoba. Jugué seis meses, ascendimos a la B Nacional, después me dieron a préstamo para la Liga B de Tucumán. Luego siguieron otros seis meses en el Racing cordobés en el Argentino y no me quisieron prestar más. Volví a sentir que no quería seguir jugando. Ahí fue que apareció Walter, que me dijo que tenía mi pase en su poder. Yo tenía ya 19 años, casi 20. “Vas a jugar en la liga tucumana”, me soltó después de llevarme a la fuerza en su auto. Entonces me incorporé al club UTA, donde anduve bien, formando parte de un muy lindo grupo de chicos tucumanos. Me hicieron sentir genial. Ahí me dieron ganas de seguir. “¿Cuánto querés ganar?”, me preguntó el presidente. “No sé, lo único que quiero es volver a jugar”, le dije. “400 pesos”, me tiró. No me sobraba la plata ni nada. Al contrario, me faltaba. Pero arreglé por 400 pesos. Estuve un año y de ahí llegué a Atlético. Venía de hacer muchos goles en la liga. Como 50. Las cosas se fueron dando muy bien, hasta ahora, que vivo este momento tan lindo.

-Encima, estás ahí no más de alcanzar la barrera de los 100 goles y afianzarte como el segundo goleador histórico de Atlético.

-Escucho que se habla mucho de eso, pero no siento ansiedad ni desesperación por llegar a esa cifra. En la calle la gente me habla de ese tema: “Te faltan tres” , “ahora dos…”, y así. “Mirá que cuando llegues a los 100…”, me dicen otros. Converso del tema con mi señora y siempre le digo que “es lo mismo. Si cuando llegue a los 100 hay que seguir haciendo goles”. Para mí es un número más. No digo que esté mal. Es lindo hacer 100 goles en un club, pero la verdad es que hay que hacer todos los posibles. ¡Si no sigo convirtiendo voy a tener que dejar el fútbol! Igual sé que se va a dar porque tenemos un gran equipo.

-¿Están para campeones?

-No. Estamos para salvar la categoría. Andamos cerca.

-Se te nota muy contento.

-!Claro! Vivo de lo que me gusta, me va bien, la gente de Atlético me quiere. Y encima hago goles.

“TODOS QUEREMOS QUE NOS VAYA BIEN”

“Esto es así: hoy sos el mejor y mañana te mandás un error y dejan de quererte”, opina Pulguita mientras se hace la sesión de fotos para El Gráfico. Su comentario viene a cuento de la situación que vivió el arquero de Independiente, el Ruso Diego Rodríguez, con los hinchas rojos, quienes manifestaron su disconformismo con su titularidad. Es que Rodríguez fue quien sufrió en carne propia aquel gol desde media cancha que él tan bien recuerda, en Avellaneda. “Cualquier rival que lo enfrente sabe que si tiene a su propia gente en contra va a estar nervioso y puede aprovechar eso. En realidad, los silbidos no hacen más que perjudicar a su equipo”, agrega.

“Esto es un trabajo. Todos queremos ganar. La gente tiene que entender que el jugador quiere que las cosas le salgan bien. Pero hay momentos en que el fútbol se vive de una manera demasiado loca, ¿viste? A veces las cosas se ponen muy crueles”, reflexiona.

Cuando se le pregunta por qué Atlético parece afianzarse en el torneo Transición, dice: “Porque cuando un grupo está unido puede hacer muchas cosas. Nosotros tiramos todos para adelante. Pasamos por buena y malas, pero siempre le damos para adelante”.

UNA SÓLIDA Y HUMILDE TRAYECTORIA

Luis Miguel Rodríguez, conocido como Pulguita por su contextura pequeña, nació en la ciudad tucumana de Simoca el 1 de enero de 1985. Aunque jugó en Racing de Córdoba -Argentino A- y Newell’s (en la temporada 2010-2011), se ha convertido en un referente de Atlético Tucumán, cuya hinchada lo idolatra.

Con la camiseta del club tucumano fue máximo goleador de las temporadas 2008-2009 y 2012-2013 de la B Nacional al marcar 20 goles en cada una. “Tiene una picardía muy parecida a la mía”, lo refirió Diego Maradona en 2009, cuando lo convocó a la Selección nacional que jugó un amistoso con Ghana, en Córdoba. Argentina se impuso 2 a 0 (ambos goles de Martín Palermo) y Pulguita ingresó en el segundo tiempo por Gabriel Hauche.

Tiene una muy buena y efectiva pegada con su pie derecho. Juega de volante ofensivo y de delantero. Una de las personas que también ha tenido influencia en su trayectoria fue Jorge Solari, quien en 2007 lo afianzó en el primer equipo de Atlético.

En el campeón de la B Nacional en 2008-2009 compartió plantel junto a Juan Manuel Azconzábal, su actual director técnico. Algunas lesiones lo tuvieron a maltraer, pero siempre pudo recuperarse. Hoy tiene luz propia en El Decano, que arrancó con importantes triunfos en el torneo Transición, como los que consiguió ante Racing (2 a 1) y Boca (en La Bombonera, 1 a 0).

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

CORAZÓN APACHE

CORAZÓN APACHE

El periodista Sebastián Varela Del Río -a cargo de la cobertura de Boca para el diario Clarín– acaba de publicar, a través de Aguilar, el libro Tevez, corazón apache. Lo que sigue es el prólogo escrito especialmente por el director técnico del delantero, Rodolfo Arruabarrena.

Por Rodolfo Arruabarrena

Entrenar a Carlos Tevez es un privilegio. Tuve la chance de vivir desde muy cerca todo esto que se ha generado con su retorno a Boca, que verdaderamente ha sido una revolución que día a día no deja de sorprenderme. Su vuelta jerarquizó el medio argentino y, además, nos brindó un salto de calidad enorme como plantel. Lo fascinante de su regreso es que lo hizo en un momento de plenitud y al club de sus amores, dejando de lado un sinfín de ofertas y poniendo por delante su gran ilusión de volver a vestir la camiseta de Boca. Como entrenador, soy un afortunado al tenerlo y puedo decir que su llegada me hizo feliz, porque Tevez me hace mejor técnico Carlos tiene una condición indisimulable que lo marca de principio a fin: nació con hambre. El que está en el fútbol y ha recorrido un camino sabe que hay un montón de jugadores con condiciones técnicas o con una habilidad sorprendente, pero que hay pocos que tengan la capacidad de seguir queriendo más siempre. Allí está la diferencia entre los que no llegan, o los que llegan y no progresan, y los grandes de verdad. Tevez luchó contra todo y le ganó a la vida. Con su hambre de gloria, se terminó por comer la cancha. En cada lugar y ante cada objetivo, Carlos no descansó hasta conseguirlo. Vivió detrás de una pelota y fue conquistando el mundo.

Hablar con él es enriquecerse, porque si algo bueno ha hecho es convertirse en una esponja que absorbió conocimientos en un montón de países. De Brasil, Inglaterra, Italia y al mismo tiempo del mundo, Carlos fue sacando siempre lo mejor. Progresó en su juego, que desde su aparición en primera ya era increíble, cambió su alimentación y su manera de entrenar, se erigió como líder desde el ejemplo. Hoy los chicos que llegan al fútbol necesitan referenciarse en un protagonista de la estatura deportiva de Carlos. Cuando aparece alguien así, hay que abrir los oídos y escuchar, porque es una experiencia que sirve para toda la vida.
El valor de la historia de Tevez radica en que él jamás ha cambiado su esencia, pero a la vez logró todas las conquistas necesarias para vencer a lo largo y ancho del planeta fútbol.

Carlos es el símbolo de que el deporte es un lugar en el que el trabajo duro abre camino hacia las oportunidades. Eso, viniendo del lugar desde el que él vino, sin dudas es su mejor y más magistral triunfo.

BATMAN, ROBIN Y FILLOL

BATMAN, ROBIN Y FILLOL

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

El pasado ya no irrumpe de repente y a través de los recuerdos. Ahora también lo hace mediante Facebook. Lo peor es que lo hace sin pedir permiso. De puro prepotente. Hace unos días, buscando una foto particular, encontré otra que no sabía que tenía. Es ésta. Alejandro y HéctorEs del fondo de los tiempos. Yo soy el más bajo, el de pelo redondo que, con las media blancas, parece un muñequito de torta. El jardinerito tampoco me favorece. Debo tener cuatro o cinco años y estoy acompañado por Héctor, mi primer amigo. Es quien lleva una remera de Batman y Robin como las que siempre quise pero que jamás me compraron. Será curioso, pero no olvido ese dibujo a pesar de que pasaron décadas y personas y casas y la memoria empieza a nublarse. Élida, mi mamá, solía ponerme remeras con dibujitos de ositos y cosas así. Cuando me perfumaba me decía algo como “ahora le ponemos perfume al osito” y yo me quedaba contento. No solían comprarme remeras de súperhéroes. A lo mejor porque las compraban unisex para ahorrarse unos pesos. Tal vez habían sido de mi hermana y, como todo hermano menor, no pude evitar ese karma de estar obligado a usar la ropa del mayor. Así que ahí ando: sonriendo, envidiando a Héctor por lo bajo y mostrando mis medias blancas como una especie de Ñoño en El Chavo, sólo que con unos kilos menos.

Héctor anda vivito y coleando. Sigue trabajando en su propio bar, en San Telmo. Hace poco nos encontramos. Yo iba por Bolívar cuando escuché un “Duchiniiiiiii”. Me di vuelta y apareció con una bandeja, una taza de café vacía y una sonrisa. Me invitó a tomar algo y hablamos de la vida. Entonces no recordaba que existía esta foto.

Es unos meses mayor. Los cumple en julio y yo en noviembre. Su nombre completo es Héctor Alejandro y el mío Alejandro Héctor, en ese orden. Vivíamos en el mismo edificio, en Mataderos. Mi casa -donde nos fotogafiaron- estaba en la planta baja y la de él justo arriba de la mía. La ventana de su cocina daba a mi patio, así que nos comunicábamos por ahí. Cuando no teníamos nada que hacer, nos llamábamos y hablábamos. Hasta los 9 o 10 años, cuando me mudé. Extrañé ese barrio pero sobre todo a él, porque empezamos a vernos menos y los primeros amigos son los que nos marcan. Hubo un reencuentro en el secundario, pero él se fue antes de tiempo porque sus notas eran aún peores que las mías y volvimos a separarnos. Hasta ahora, que muy de vez en cuando nos encontramos cuando paso por su bar. Pero hay más: desde hace unos meses somos amigos de Facebook, aunque no nos sirve de mucho porque yo lo utilizo apenas para subir mis notas y desconozco qué uso le da él. No hay caso, las redes sociales no pueden reemplazar a la vida real.

Atrás nuestro, en la vieja foto, hay una estufa a leña que era la panacea en los inviernos. Yo me sentaba al lado y dejaba de sentir frío. Era mi lugar preferido en la casa. Después pasó lo de la mudanza. Nunca más volvimos a tener domicilio estable y por lo tanto lo que extrañaba era aquella seguridad del techo propio. Y a los amigos, más allá de que llegaron otros.

En la cuadra éramos muchísimos chicos. Solíamos jugar al fútbol en la vereda y cuando nos hicimos un poco más grandes podíamos agregar la calle como parte de la cancha. Entonces no pasaban tantos autos como ahora. Él era de River y yo de Independiente. Pero los dos admirábamos al Pato Fillol. Ahora que veo esa foto me acuerdo de que Héctor una vez me mintió. Nunca le dije que descubrí su mentira ni que tuve que hacer un esfuerzo enorme para no enojarme. Por el contrario, callé durante casi cuarenta años. Hasta hoy. Porque ahora lo voy a contar. Que todo el mundo sepa que Héctor, a sus 6 o 7 años, me mintió.

Un domingo después del Mundial ‘78 Fillol formaba parte de las actividades en la feria de La Rural. Había promociones por todos lados y casi no se hablaba de otra cosa. El Pato venía de consagrarse con la Selección. Tal vez haya sido a comienzos del 79. No lo recuerdo con exactitud. La idea era que atajara penales a los chicos. Cualquiera soñaba en esos tiempos no sólo con patearle una pelota, sino aunque sea con estar a su lado. Ni hablar de hacerle un gol o conseguir un autógrafo. Estoy hablando del mejor arquero argentino de todos los tiempos. Tocarlo, verlo personalmente, era lo máximo a lo que cualquiera podía aspirar. Es como que un pibe hoy se saque una foto con Tevez. Sólo que en mi infancia no existían las selfies ni podías ver a tu ídolo con sólo entrar a Google o en esos programas de tele en los que pasan 24 horas de fútbol. A Fillol se lo veía en algún que otro reportaje o en las fotos de los diarios y de El Gráfico. Y pará de contar. Así que Héctor se apareció de buenas a primeras y me dijo sin ponerse colorado: “Ayer estuve en La Rural y ¡le pateé un penal a Fillol!”. Me mintió tan pero tan bien que enseguida agregó: “Lástima que me lo atajó”, como para dar más realismo. Porque sabía que ni yo ni ninguno de los pibes, cuando contara su hazaña, iba a creer que le hizo un gol al Pato. Para que no se sienta mal, lo consolé: “No importa, Héctor. No es fácil hacerle un gol al mejor del mundo. Pensá que por lo menos pudiste patearle un penal”.

Después volví a casa contento porque no pudo hacerle el gol que sí le haría yo cuando me llevaran a La Rural. Toqué timbre y entré a los gritos, pidiéndole a mi mamá que demuestre su amor por mí llevándome a patearle un penal al Pato Fillol. “Héctor estuvo ayer y no pudo hacerle el gol, ma. Yo quiero ir y hacérselo”, le pedí.

-¿Cuándo decís que fue?-, me preguntó.

-Ayer.

-Ah, mirá vos. Porque en la radio están diciendo que piden disculpas porque por un tema personal no pudo ir. Que se pasó para otro día….

Me quedé helado. Tuve ganas de volver a la calle y decirle que era un mentiroso. Quería incendiarlo delante de todos. Que sepan que mentía. Pero no. Me quedé en mi pieza pensando en que yo sí iría a La Rural a patear el bendito penal y le haría el gol al Pato. Mi grito eufórico se escucharía desde Palermo a Mataderos. Pero de momento no dije nada. Pasaron los años. Mascullé aquella bronca durante casi cuatro décadas. En silencio. Ya llegaría el momento. Lo que no imaginaba es que algún día aparecería un muro llamado Facebook, en cuya trampa caeríamos creyendo que los contactos son amigos, y que allí podría exponerlo y contar que me mintió. Que Fillol no estuvo esa tarde en La Rural y que por lo tanto él no le pateó ningún penal. Que los “me gusta” serían su cruz. Y que hay una foto vieja que, desde el pasado, despertaría éste, mi grito silencioso.

CRÓNICA DE LA VIDA DE TEVEZ

CRÓNICA DE LA VIDA DE TEVEZ

“Carlos Alberto Martínez recibió el apellido de su madre, Fabiana. La misma situación que habían vivido Juan y Patricia, sus dos hermanos de sangre. El padre, Juan Alberto Cabral, no quiso reconocerlos, y nunca entabló relación con sus hijos. Por eso, cuando a los 5 años Carlitos recibió la noticia de la muerte de Cabral, no se inmutó y siguió jugando a la pelota con amigos. Ni siquiera lo sorprendió la manera en que había fallecido: víctima de 23 balazos policiales, luego de un intento fallido por robar una cafetería. Con Fabiana tampoco le fue bien. Su madre biológica decidió darlo en adopción cuando Carlos tenía tan sólo 6 meses. Se lo dio a su hermana, Adriana Noemí, que vivía con ellos. En un hogar donde gobernaba la simpleza, esa decisión se tomó sin demasiados cuestionamientos. Adriana todavía no tenía hijos -luego llegarían cuatro-, pero con su marido había aprendido a cuidar niños ocupándose de sus sobrinos. Ese señor, la pareja de Adriana, se llamaba Segundo Raimundo Tevez, y es el hombre a quien Carlitos aprendió a llamar ‘papá’”.

Este párrafo está al comienzo del libro Volvió Carlitos – el jugador del pueblo, que editorial Atlántida publicó hace algunas semanas. Fue poco antes de que el equipo del Vasco Rodolfo Arruabarrena se consagrara campeón del torneo y de la polémica Copa Argentina. Los textos son de Nicolás Coppa y la coordinación autoral de Juan Pedro Reca. Son 116 páginas divididas en diez capítulos.

En ellas se recorre, de manera cronológica, la vida de uno de los máximos ídolos de la historia de Boca. Va desde su durísima infancia hasta su regreso al club. Los primeros partidos con los pies desnudos, el “accidente doméstico que casi termina con su vida” y que le provocó cicatrices que aún tiene, el debut en el xeneize, su llegada al fútbol brasileño y al europeo después. No falta nada. Tampoco el recuerdo de sus visitas al programa de Susana Giménez. Su paso por el Vaticano y su idolatría por Carlos La Mona Jiménez también aparecen. Sus hijos. La Familia: esposa, hijos. Romances. Y aquella escena que hoy todavía causa vergüenza ajena cuando se produjo aquel recordado diálogo tras saberse de su romance con la modelo Natalia Fassi, en 2004, cuando ella tenía 27 y él 20. Se lee:

“Los entrenamientos de Boca comenzaron a verse invadidos por fotógrafos y periodistas dedicados a la farándula y el espectáculo. Incluso los noticieros mandaban móviles para poder tener la palabra de Carlitos. Uno de ellos quedó guardado en el archivo, y sirve como resumen para recordar lo que se decía y lo que Tevez tenía para decir al respecto. De un lado, Enrique Llamas de Madariaga, en ese entonces conductor del servicio informativo de América. Del otro lado, Carlitos. Llamas presenta la nota, y en su primera pregunta dispara:

-Vos no sos tan lindo, ¿no es cierto? Decime una cosa… ¿Cómo hiciste para conseguir una novia tan linda?

-No hace falta ser lindo, papá… Es lo que uno tiene adentro, en el corazón. Eso es lo que enamora a una mujer.

-Pero me parece muy bien…

-¿Te va mal a vos, ‘mostro’?

-No, ja ja.

Volvió Carlitos no es un libro de opiniones ni análisis. Tampoco hay declaraciones exclusivas por parte del jugador. Es, en todo caso, una crónica que sirve para conocer los momentos más importantes de la vida de quien volvió para ser campeón -nada más y nada menos- que con Boca.