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OTRO ENCUENTRO ENTRE EL BOXEO Y LA VILLA

OTRO ENCUENTRO ENTRE EL BOXEO Y LA VILLA

El 4 de enero, el día de su cumpleaños, el ex boxeador Jesús Romero, vecino de la Villa 1.11.14 del Bajo Flores, fue entrevistado por pibas y pibes que viven en la parroquia Santa María Madre del Pueblo. La charla -en el marco del Ciclo de Entrevistas de la radio El Encuentro- fue en el Centro de Día “La Otra Base de Encuentro”, donde se trabaja con chicos en situaciones de consumo problemático de diferentes sustancias.

Si quieren escuchar la entrevista completa, pueden hacer click acáQuienes quieran conocer más de Romero, y por ende de qué hablamos cuando hablamos de cosas que pasan en el Bajo Flores, pueden leer la siguiente crónica, publicada en agosto de 2017 en la revista El Gráfico.

UN VERDADERO RING DE LA VIDA

Boxeador destacado entre los 70 y los 80, Jesús Romero siempre vivió en la zona del Bajo Flores, a donde llegó desde Chaco con sólo 9 años. Ahora tiene un gimnasio cuyo propósito es sacar a los chicos de la calle y darles un plato de comida a través del comedor comunitario de su esposa.

“Cuando boxeaba me ofrecieron un departamento en la zona de Cabildo y Juramento, en Belgrano. En Moldes al 2200, para ser un poco más exacto. Dije que no. Mi mundo, mi vida, están acá”, dice Jesús Eugenio Romero, destacado boxeador argentino de los 70 y 80, en la puerta de su gimnasio. Ese mundo y esa vida que refiere son las calles del Bajo Flores. Barrio Rivadavia I. Es la zona de la conocida 1.11.14. Llegó a fines de 1963, a sus 9 años. Sus padres lo habían dejado al cuidado de la abuela paterna, en Chaco. Ya apasionado por el boxeo y con el sueño de conocer el Luna Park y ser boxeador, dejó una carta a su familia en la que avisaba que se marchaba a Buenos Aires. Se subió a un tren, llegó a Retiro y de ahí se tomó un colectivo “hasta el final” del recorrido.

-¿Pero a dónde vas?-, le preguntó el colectivero del 139.

-Hasta dónde me alcance la plata- contestó mientras entregaba un puñado de billetes y a cambio el chofer le cortaba su destino en forma de boleto.

Se bajó en esa zona de Flores que no era lo que es hoy: tal vez la más marginal de la ciudad de Buenos Aires. “Picante”, la define Romero.

En ese Chaco-Buenos Aires apenas había comido un sandwiche de milanesa. “Te imaginás cómo estaba”, le comenta a El Gráfico. Al llegar al barrio, ofreció a un comerciante ayudarlo con el traslado de garrafas. Cuando le quisieron pagar con plata, dijo que no: quería comida: se devoró en minutos unas medialunas acompañadas de un café con leche. Después contó su historia a los policías de la zona y lo dejaron dormir en la comisaría local. “Si querés ser boxeador, te vas todos los días a correr al Parque Chacabuco y te olvidás de la joda. Nada de fumar ni esas cosas”, le advirtieron. Su primer negocio en Buenos Aires estaba hecho. Romero todavía se acuerda de los nombres de algunos de esos policías: Patalano, Beguil, Bravo y Sampedro.

Nunca más se fue del barrio en el que tiene su gimnasio desde 2009. “Jesús Romero – gimnasio – team boxing”. Todos los días da clases de boxeo a chicos que intenta rescatar de las drogas. A veces saca un campeón, como el welter Víctor Hugo Velázquez, en 2014. También a veces salva a un chico de la calle. El Bajo Flores siempre es noticia por hechos policiales. Que el paco, que los tiros, que los narcos bolivianos, que los narcos paraguayos y que los narcos argentinos.

En la mañana del sábado 13 de mayo el Bajo Flores es un mundo en el que se mezcla todo: chicos “colocados” a plena luz del día y a metros de un comedor comunitario en el que algunos jóvenes inventan actividades lúdicas para algunos chiquitos. Pibes que entrenan boxeo a las órdenes de Romero y sus ayudantes y pibes que en la plaza de enfrente patean una pelota. A metros, en la casa de Romero, funciona un comedor comunitario (Santa Rita, se llama) que maneja su esposa, Ana Toloza, que se levanta a las 3 de la mañana para preparar la comida. Son 200 viandas diarias. Pueden ser más. “Sin ella, esto no funcionaría”, elogia Romero. “Nosotros, con salvar a un par de pibes de las drogas, de la calle, estamos hechos. A veces se puede, a veces no. Es una pelea constante. Los veo entrenar y me acuerdo de mí cuando tenía 8 o 9 años”.

DÍGANME RINGO

Esta nota comenzó en el destacamento de Gendarmería en Cobo y Curapaligüe. “Me esperan ahí, justo en la esquina, que los voy a buscar y entramos al barrio”, anuncia Romero un día antes del encuentro. Cuando llega lo acompaña un perro negro y grande que mete miedo pero que resulta más bueno que Lassie. Se llama Ringo. Obvio homenaje a Bonavena, uno de los boxeadores que admira Romero. Cuando con el fotógrafo Emiliano Lasalvia emprendemos el camino hacia el gimnasio, Ringo ya se nos hizo amigo.

Dos cuadras hacia adentro, en una cortada, está el gimnasio de Romero. En Camilo Torres y Tenorio 2081. En la calle, un grupo de jóvenes entrena soga y tira golpes. Adentro, un ring de tamaño reglamentario y unas cuantas máquinas de entrenamiento. Sobre una bici fija, una piba de no más de 20 años pedalea y pedalea con tanta intensidad que pareciera intentar llegar a los Estados Unidos. Si quisiera seguirle el ritmo, no llegaría a Caballito, piensa este cronista. Habrá que ver eso de volver a correr aunque sea dos o tres veces a la semana.

En ocasiones llegó a tener 300 chicos inscriptos. En otras, 200. Y alguna vez, sólo asistieron 5. “Hay pibes que reciben casa y comida. Tengo una habitación chiquita, con cuchetas. Pero el que se queda tienen que entrenar. Entrenar en serio”, avisa.

Algo que llama la atención son los ojos claros de Karina Celeste Gómez. A sus 33 años tiene una belleza que eclipsa y un pasado complicado que supera cada día. “Fui adicta, toqué fondo”, explica. “La noche”, suelta después, como si ese “la noche” alcanzara para entender qué le pasó. Tiene razón: no hace falta aclarar. La pelea por salir es constante.

Karina practica boxeo con Romero desde hace siete años. Tiene dos hijos (Valentina, de 17, y Lorenzo, de 3) y marido, Carlos, que “también está ‘limpio’”. “Me salvó el deporte. Me salvó el boxeo”, cuenta quien además es profesora de danza árabe. Dice que siempre le interesó hacer actividad física. Su caso llegó a la portada de una revista europea como historia de superación. Hoy tiene licencia amateur y participa de exhibiciones. Su anhelo era formar una familia. “Lo conseguí”, dice con una sonrisa enorme. Y luego: “Es muy importante salir del mundo de la noche, de las drogas, sobre todo viviendo acá, en el mismo barrio en el que todo eso pasa por al lado tuyo como si nada”.

“Mirá qué lindo eso”, señalará unas horas después Romero, cuando caminando las calles del barrio volvamos a ver a unos metros a Karina con su pareja y su hijo más pequeño.

EL LUNA, LA MECA DEL BOXEO

Jesús Romero nació el 4 de enero de 1954 en el departamento jujeño de Abra Pampa. Plena puna. 3.500 metros sobre el nivel del mar. Cerca de la frontera con Bolivia. En invierno las temperaturas pueden descender a los 22 grados bajo cero. “La Siberia argentina”, se iba a llamar antes de llamarse Abra Pampa. Vicente, el papá de Romero, era gendarme. Esther, su mamá, ama de una casa en la que había trece hijos, contando a Jesús. Cuando a su padre lo trasladaron a La Quiaca, a Jesús lo llevaron a vivir con la abuela paterna en Villa Ángela, Chaco. A los 8 años empezó a ir al gimnasio El litoral. Las historias de boxeo y boxeadores que escuchaba se le hicieron pasión. Ahí supo que quería ser boxeador. Entonces ocurrió aquello de venir a Buenos Aires. En su bolso, recuerda todavía, había “poca ropa y un par de guantes chiquitos”. “Aún los tengo esos guantes”, comenta.

Ya en el Bajo Flores, los policías lo vincularon con gente del Club Unidos de Pompeya. Arnaldo Romero era su profesor. “Uno de los mejores que tuve”, recuerda. Como también se acuerda del maestro de boxeadores Paco Bermúdez, quien en una visita al Chaco le dio el primer gran consejo de su vida: “El que quiere ser boxeador tiene que ir al Luna Park”. Por eso vino a Buenos Aires.

“Pude conocer el Luna. Y a Tito Lectoure, una persona maravillosa”, define Romero. De aquellos años como boxeador guarda los mejores recuerdos. Desde el 72 empezó a prepararse para el profesionalismo, al que llegó avalado por títulos juveniles. En el 76 empezaron los triunfos importantes. Primero le quitó el título argentino liviano a Oscar Méndez y luego el sudamericano al paraguayo Sebastián Mosquera. El 15 de mayo de ese año debutó oficialmente en el Luna. Fue con un triunfo ante Hugo Amílcar Díaz. Durante su carrera, que terminó con una derrota ante Alberto Cortés el 6 de agosto del 88 en la Federación de Box, enfrentó a varios importantes. Lorenzo García, entre ellos. 63 triunfos (16 por ko), 10 derrotas y 11 empates. También se codeó con grandes entrenadores. “Exigente y de buena madera”, dice sobre Santos Zacarías: “Siempre lo voy a extrañar. Un maestro, un consejero. Enérgico cuando había que ser enérgico”. No escatima elogios hacia Amílcar Brusa: “Entrené con él y con Monzón. Hacíamos exhibiciones”.

Por el boxeo recorrió varios países. Australia, Brasil, Bolivia, Sudáfrica, Uruguay, Francia, Italia: “Conocí el mundo. No me fue mal en lo económico, pero tampoco es que gané como para despilfarrar. Pero lo más importante es que el boxeo también me dio una familia”. “No me quisieron pelear por el título mundial. Dicen que yo era un boxeador difícil”, lamenta.

Y del gimnasio nos lleva a su casa-comedor comunitario.

DONDE LAS CALLES NO TIENEN NOMBRE

Romero da un rodeo y camina hacia su infancia. Le muestra a El Gráfico cada rincón del barrio que marcó su vida. “Acá vivía Ana cuando nos conocimos”, señala la casa que, de dos pisos, se ubica en el número 782 de una calle que, a primera vista, no tiene nombre. Los números no van en pares de una vereda e impares en la de enfrente. Acá todo es correlativo: 782, 783 y 784. Se casaron en el 81.

“Este pibe te puede contar lo que le dio el deporte”, suelta mientras señala a un muchacho que camina hacia nosotros. Se llama Javier Horacio Castro y tiene 41 años. Es docente de una escuela del barrio. Hace siete años tuvo un ACV: hemiplejia, internaciones, recuperación médica y domiciliaria. “No alcanzaba: venían a mi casa una vez por semana y a la hora se iban. Así nunca me iba a recuperar”, explica Javier mientras Romero escucha. Siguieron tres derrames cerebrales -el último en diciembre- a raíz de una esclerosis múltiple. “La pasás mal. El cuerpo la pasa mal”. Padre de cuatro chicos y con una esposa que -se ríe al mencionar- se llama María Eugenia Vidal (pero no gobierna la provincia de Buenos Aires), Romero lo invitó al gimnasio. “Jesús me venía a buscar, me llevaba, me recomendaba ejercicios. Así empecé a salir de mi casa, a relacionarme de nuevo con la gente, porque cuando te pasa algo así todo te da vergüenza. Me sentí muy contenido por el grupo de gente. Así me recuperé”, explica. “Ahora voy al gimnasio todos los días, hago cada vez más ejercicios y cuando estoy bien ayudo a guantear”, se ríe. “No queda otra que tomarse las cosas con humor, hermano”, concluye.

Volvemos con Romero a la casa. Como en todos lados, abunda el fútbol. Nos cruzamos con una adolescente que luce una camiseta de Chicago. A un lado de la casa de Romero hay pintado un enorme escudo de Independiente. Para ratificar sentimientos, del otro lado se repite el escudo del Rojo. Romero es de Racing. La diablura la hicieron sus hijos, que le salieron de la contra.

Ellos y un numeroso grupo de amigos esperan a El Gráfico en la casa. “¿Qué te pareció el barrio?”, pregunta alguien y, sin esperar respuesta, suelta: “Es cierto que este es un lugar conflictivo, pero no tanto como lo pintan. ¿Sabés qué pasa? Hay mucho prejuicio”. Romero interviene: “Nosotros hacemos que el barrio sea un poco menos conflictivo”. La World Boxing Organization (WBO) seleccionó a su gimnasio como una de las 20 instituciones deportivas a nivel mundial por su acción social y comunitaria. En abril, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció como ciudadano ilustre del Bajo Flores.

DESTINO ESCRITO

Pero de pronto Romero parece quedado en el tiempo. Se detiene y cuenta una anécdota que ya contó en otras entrevistas. Los ojos se le humedecen. Hay algo que le emociona aún más que un pibe que se libera de las drogas o que una chica que sale del infierno y arma su familia o que un maestro que gracias a su gimnasio se recupera de un ACV. Lo que lo emociona más que todo es el recuerdo de su madre, que sale sin que medie pregunta. “Yo tenía 18 años cuando en un partido de fútbol un pibe más grande se me plantó para pelearme. Le pegué una trompada tan fuerte que lo dejé tirado. Después nos hicimos amigos. Recuerdo que lo acompañé al Hospital Piñeyro porque iba a visitar a una tía que tuvo un accidente. Cuando llegamos la mujer me miró de una forma rara y me dijo ‘¡Tito!’. ‘¿Y usted cómo me conoce?’, le pregunté. ‘¡Cómo no te voy a conocer si te parí!’, me dijo. ¡La tía de mi amigo era mi mamá, que no me veía desde hacía diez años!”. Entonces Romero vuelve a meter el dedo en su propio Vietnam y no puede creer que el destino haya sido eso. Que el destino haya sido, al fin de cuentas y sin saberlo hasta entonces, que sus padres vivieran en Ciudad Oculta, otro barrio marginal y cercano al suyo. “Después pude comprarles un terrenito”, cuenta, orgulloso, casi al pasar. Es ahí cuando se saca los anteojos, se seca las lágrimas y dice que a los chicos siempre les pide que valoren a la madre: “Los padres son importantes, pero la madre es la madre. No hay como la madre”. “No tengo dudas de que hay un destino escrito”, sentencia.

A veces volvemos al lugar en el que empezamos.

LA HISTORIA DE BOXEO DE ALMUDENA GRANDES

LA HISTORIA DE BOXEO DE ALMUDENA GRANDES

Por Alejandro Duchini.

Una de las más lindas historias de boxeo que leí la acaba de escribir la española Almudena Grandes para su nuevo libro, Los pacientes del doctor García (Tusquets, casi 800 páginas), que recomiendo. El boxeador que la protagoniza es El tigre de Treviño; en realidad, Adrián Gallardo Ortega. Un soldado del ejército del dictador Francisco Franco que se destaca en esas filas por su condición de peleador. El momento máximo de su vida llegará a través de una victoria tramposa ante Alfonso Navarro, cuya sombra lo amenazará toda su vida.

La cosa es más o menos así: Gallardo nunca dejará de ser un pobre tipo, que vivirá siempre como un pobre tipo y que morirá como un pobre tipo. Pero a su jefe, el capitán Ochoa, eso no le importa. Menos cuando tiene que pelear por el honor del ejército en una gabarra, ante Navarro.

“Vamos a ver, chaval… -se sentó a su lado, rodeó sus hombros con un brazo, le dedicó una sonrisa afectuosa y siguió hablando casi en un susurro-. Tú ya sabes que vas a ganar este combate, ¿verdad?”, le dice.

“-Yo voy a hacer todo lo que pueda, mi capitán, se lo prometo.

-Si, lo sé, pero no estoy hablando de eso. Tú tienes que ganar, ¿lo entiendes, Tigre? Y vas a ganar por ya me he encargado yo de eso. La grada está en el muelle, las dos esquinas le dan espalda al público, y desde los barquitos fondeados en la ría no se verá bien el ring porque la gabarra es más alta. Así que sólo hace falta que hagas lo que yo te diga, ¿de acuerdo?”.

Empieza la pelea y Navarro le daba una paliza. Pero en el quinto round, Gallardo le metió una trompada “justo en los huevos” y el otro cayó “a plomo, en un instante, igual que un árbol recién talado”.

Sigue Almudena: “No iba a levantarse. El Tigre de Treviño sabía que no iba a levantarse y el árbitro lo sabía tan bien como él, pero hizo el teatro de contar hasta diez, alejó con una mano al entrenador de Navarro cuando pretendió acercarse a preguntar qué había pasado, cogió el brazo derecho de su rival y lo levantó en el aire”. “Ese fue el instante culminante de la existencia de Adrián Gallardo Ortega”, agrega Grandes.

Gallardo fue aplaudido y felicitado. Se sintió tan ganador que se olvidó de que la victoria estaba acordada por las autoridades de un ejército que necesitaba un campeón para vencer al representante falangista.

Eso es apenas el comienzo de la dura existencia de Gallardo. Aunque la novela es buenísima, lo que tiene que ver con Gallardo es genial.

Los amantes del deporte encontrarán en Los pacientes del doctor García ajedrez (un reloj que acompaña a Guillermo, el protagonista) y fútbol (el Atlétic de Madrid como hilo conductor entre dos hermanos y un padre poco futbolero que mira esa unión).

En un hotel del centro, cuando hace un par de semanas la entrevisté para La Gaceta, Almudena Grandes me contó acerca de por qué hay boxeo en Los pacientes del doctor García: “Necesitaba contar cómo Adrián acaba siendo un juguete roto de sus errores. Se convierte en lo que no es. Se equivoca y a fuerza de equivocarse se deja llevar por la vida hasta un lugar en el que nunca había estado. El boxeo es una forma de desencadenar”.

Para la escritora, la historia de Gallardo nace en una noche de copas, en Bilbao. “Hace cuatro o cinco años los libreros de Bilbao me dieron un premio y me invitaron a comer. Pero antes me dijeron ‘vamos de chiquitos’, o copas de vino, por la Calle del Perro. ¡Los llaman chiquitos pero te coges unos pedos del 14! En un bar había una foto que me alucinó: un combate de boxeo en el agua: el cuadrilátero sobre una gabarra, el agua alrededor y dos boxeadores peleando. En Bilbao se acostumbraba hacer combates de boxeo en gabarras, con una grada para el público en el muelle. Cuando ví esa imagen dije ‘pues, que Adrián boxee’”, me dice.

“El boxeo es en el fondo una cosa tan brutal que encajaba muy bien con la esencia de mi personaje. Tengo la sensación de que los boxeadores son nobles. Alguien astuto y retorcido no va en el boxeo. Porque esa brutalidad necesita nutrirse de inocencia. Entonces empecé a investigar y lo metí como boxeador. Aprendo un montón de cosas cuando escribo”.

Si pueden, no se pierdan la historia de Gallardo.

CORTÁZAR Y EL BOXEO

CORTÁZAR Y EL BOXEO

Cuando Ariel Scher me dijo “hablá con Diego Tomasi, que es uno de los tipos que más sabe de Cortázar”, no tuve dudas. Enseguida le pedí que escribiera algo sobre el genial escritor. Lo que sea, lo que se te ocurra, le dije al autor de El caño más bello del mundo, un libro dedicado a Riquelme. Y Tomasi, que hace dos años publicó el recomendable Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar, se despachó con los siguientes textos, que se agradecen.

Por Diego Tomasi

Cortázar descubrió la radio y el boxeo esa noche de 1923 en la que Firpo no le ganó a Dempsey porque no tenía que ser, porque esa pelea estaba más destinada a ser una escena literaria que una competencia justa. Y esa decepción, esa tristeza transmitida por radio, convirtió a Cortázar, a eses niño de nueve años, en un ardiente seguidor del deporte de los puños.

Cuando se volvió adulto y porteño, Cortázar fue a ver boxeo todo lo que pudo. Iba al Luna Park. No importaba tanto quién peleaba. Importaba que hubiera pelea. No eran pocas las veces que iba a la tribuna con un libro debajo del brazo, como un esteta. Leía en los intervalos. Algún personaje suyo, después, hacía lo mismo, y así los límites entre ficción y realidad terminaban borrándose.

En la literatura de Cortázar hay múltiples referencias al boxeo y a boxeadores, y no es ilógico, en ese sentido, que uno de sus libros más estéticamente valientes y juguetones se llame Último round.

En sus cartas, Cortázar deja constancia de su gusto por el boxeo. A menudo escribe a amigos y, en medio de una discusión sobre arte o sobre cine, pregunta si han visto pelear a tal o cual boxeador. O comenta una pelea que vio en París. O simplemente elige una imagen boxística para contar cualquier experiencia mundana. En algún sentido, su vínculo con el boxeo fue similar al de otros escritores que han escrito sobre ese deporte, pero en su caso lo singular es que no hay manera de pensarlo a él, que nunca levantó siquiera un brazo (y cuya actividad deportiva más significativa fue jugar al ping pong con su ahijado en la mesa del living de su casa en la calle Artigas) sin pensar en dos guantes, en una piña bien puesta, en una campana sonando.

La última visita de Cortázar al Luna Park

El día 7 de abril, la revista El Gráfico, a través de Alberto Perrone, invitó a Julio Cortázar a asistir a una pelea de boxeo en el Luna Park. Hacía décadas que el escritor no iba al mítico estadio ubicado en Bouchard y avenida Corrientes. Cortázar aceptó, y fue con Perrone y con el periodista Gabriel Díaz. Ese día peleaba Miguel Ángel Castellini con el estadounidense Doc Holliday, por el título mundial en la categoría super welter. Castellini ganó por puntos.

Al día siguiente, Cortázar escribió un párrafo sobre la pelea, que El Gráfico publicó en su edición del 10 de abril de 1973, con el título Un triunfo con algunas nubes. Decía la nota: “Como es lógico, el público fue a ver ganar a Castellini. Como también es lógico, Castellini ganó. La única cosa ausente en tanta lógica fue lo que justifica y da su auténtica belleza al deporte: la alegría. A la victoria del argentino le faltó todo, salvo la fuerza del punch, y ni siquiera éste pudo definir una situación que por lo menos dos veces se volvió crítica para Doc Holliday. Fue una victoria chata, sin nada que permitiera festejarla como se esperaba. Frente a Castellini hubo un hombre que en buena ley deportiva merecía los aplausos que tan sin ganas cosechó el vencedor. Pero Doc Holliday fue además otra cosa: el símbolo amenazante del futuro. Si Castellini no aprende todo lo que le falta aprender, de nada le valdrán las interminables instrucciones que le gritaba Ringo Bonavena”. A Cortázar no le había gustado la pelea, y se notaba.

Y así fue como, tantos años después, un estadio mítico y un escritor consagrado volvieron a encontrarse, y ya no volverían a hacerlo.

Acerca de Torito, de Julio Cortázar

El verdadero personaje de Torito no es Justo Suárez, sino el lenguaje.

Es marzo de 1966. La francesa Laure Guille-Bataillon pretende traducir el cuento Torito a la lengua de Proust. Julio Cortázar, con la cordialidad y calidez que caracterizan sus cartas, se niega. Ella siente curiosidad por saber qué motivos tiene el escritor argentino, cuya obra está siendo traducida a muchos idiomas desde hace muchos años (tanto más desde la publicación de Rayuela en 1963), para negarse.

Entonces, Cortázar dice la frase. Dice: “En ese cuento el verdadero personaje es el lenguaje y sólo el lenguaje. La historia del boxeador está lejos de ser interesante, es siempre la crónica vulgar del pobre tipo al que ponen por las nubes para precipitarlo en la ruina”.

Y explica que, en 1951, cuando escribió el cuento, él buscaba escandalizar a ciertos lectores argentinos que, creyéndose sofisticados, decían despreciar la lengua de los seres de los suburbios. “Fue un desafío y gané mi modesta batalla”, escribe a Guille-Bataillon.

Torito, en su ritmo, en su estructura y en su lenguaje, es único en la literatura de Cortázar, pero no es aislado. Es parte de su búsqueda permanente acerca de las posibilidades infinitas que dan (o pueden dar) las palabras. Siempre tan mágicas, ellas.

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

RALLY: EL PODER DEL DINERO

RALLY: EL PODER DEL DINERO

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

“Una lista negra de 64 víctimas entre pilotos, técnicos, periodistas y público”, tituló el diario La Nación una nota sobre las muertes en el Rally Dakar. Y agregó que “en sus 37 años de existencia, la competencia promedia casi 1,7 decesos por realización; desde que se corre en América del Sur, la cifra apenas desciende a 1,5”. Sobre su final, añade que “llamativamente, los competidores abarcan apenas un 40% de los fallecimientos, aunque sí componen el grupo mayoritario. Los pilotos y copilotos suman 26 de las 64 víctimas fatales de los 37 años de Dakar; las otras 38 corresponden a varios grupos: los espectadores, que fueron 13 y representan un 20%; los periodistas, que tuvieron ocho bajas (12%), los asistentes de los equipos y los organizadores, que alcanzan a tres en cada caso (casi 5%), y quienes no estaban afectados a la carrera pero murieron como consecuencia indirecta de ella (por ejemplo, en accidentes en vía pública durante tramos de enlace), que totalizan 11 (17%)”.

La semana pasada, en su muro de Facebook, la periodista Fernanda Jara subió unas fotos impresionantes que reflejan el nulo respeto por la vida ajena por parte de los organizadores. Días después, en el diario La Nación, el experimentado Pablo Vignone publicó una nota tremenda, genial, titulada La otra cara de un rally insensible y destructor. En 2009, Ezequiel Fernández Moores también advirtió sobre el tema en el mismo matutino. Su columna puede verse al final de este portal.

Las muertes en esta carrera son moneda corriente. No sorprenden. Nadie se queja. Se toman como un eslabón más en los hechos que se suceden alrededor de máquinas carísimas, anunciantes de primer nivel y pilotos casi siempre millonarios. No ocurre lo mismo con el boxeo, que, por el contrario, es sumamente criticado. ¿Por qué provoca enojos que dos tipos se peguen sobre un ring y no que se maten pilotos, mecánicos y espectadores que compiten en una carrera que, además, ha demostrado que daña el medio ambiente? ¿Por qué los que gritan a veces se callan cuando el automovilismo genera víctimas fatales?

Creo que todo pasa por lo comercial, es decir, los sponsors. Quienes apoyan al Dakar tienen intereses creados y mueven un mercado que el boxeo ni a palos, salvo en Las Vegas. Y como la prensa está encapsulada dentro de las Empresas, a estas les conviene tapar, atenuar, o justificar todo cuanto allí ocurre, que si fuera dentro del boxeo, huérfano de sponsors, de extracción pobre y marginal, lo destrozarían. Básicamente es por eso”, sintetiza Gustavo Nigrelli, a mi gusto uno de los periodistas que más conoce de pugilismo en el país.

A través de un correo electrónica, agrega: “Retóricamente te van a decir que el objetivo del rally es llegar a la meta y del boxeo es destruir, y que se premia golpear, dañar, o destruir al rival. Y no es así. Si fuera así se permitiría subir con un palo, pegar patadas, o todo tipo de golpes, y no habría zonas vedadas. Si tiro a mi rival podría seguirle pegando en el piso, mientras que la regla exige que te vayas a un rincón y le des 10 segundos para que se recupere, y sólo si lo hace puede seguir peleando, si no no. Simplemente es un deporte de contacto por excelencia, y representa lúdicamente una pelea sin armas, donde hacemos “como si” nos peleáramos, nos vamos a pegar como consecuencia de ello, tratando de no dañarnos (por eso los guantes, si no sería a puño limpio), pero en realidad no nos estamos peleando en serio, porque de lo contrario al sonar la campana la seguiríamos, y no es así. Ambos paran cada vez que hay alguna orden, cosa que jamás ocurriría en una pelea en serio. Esto último es más o menos la explicación filosófica que rebate el argumento ideológico que quieren imponer los abolicionistas, que han perdido la batalla, pero ganado la guerra, porque consiguieron demonizar al boxeo al punto de que culturalmente no sea aceptado ni apoyado por las grandes empresas”.

“A fin de cuentas, que haya muertos con o sin intención, con o sin objetivos, está pésimo igual, y es tan grave una cosa como otra. Pero en el rally muere un espectador, que no fue a competir, sino a mirar. En el boxeo, si pasa algo le pasa al que lo practica. No obstante, acá no hay un accidente fatal desde el ’69, cuando murió Paladino en el Luna Park. Hablo de Buenos Aires. Y el boxeo va a la cola de deportes riesgosos en las estadísticas, detrás de muchos. Acá murieron más futbolistas que boxeadores ejerciendo su actividad“, me suelta con el aval de los números.

“Discutamos el tema, pero discutamos sin hipocresía”, pide Walter Vargas cuando le pregunto por esta cuestión. Vargas también es especialista en boxeo. Relata peleas. Además, sabe mucho de fútbol. Es un gran periodista que acaba de publicar un libro que, por lejos, recomiendo, sobre todo para estudiantes de periodismo y hombres de prensa que necesiten enderezar el rumbo: Periodistas depordivos. Después destaca la nobleza del deporte de los puños y cita un par de frases de uno de los mejores libros de temática deportiva que existen: Del boxeo, de Joyce Carol Oates. Otro libro que no hay que perderse.

Vargas defiende al boxeo. Pero eso no le impide ejercer el análisis. “A veces, el mal de este deporte está en sus propios integrantes, como un manager que manda a pelear a un tipo o lo hace seguir cuando no puede más para sacar alguna ventaja, como dinero“, dice. “Se trata del primer deporte antropológico de la humanidad. Muchos creen que es el atletismo pero dos tipos, antes de hacer carreras, empezaron por golpearse”, sintetiza.

En lo personal, me gusta el boxeo. En conocimientos no estoy a la altura de Nigrelli ni de Vargas. Pero lo disfruto porque veo en los boxeadores cierto arte que sólo encuentro en el fútbol. También percibo emoción y respeto, dos cualidades humanas muy necesarias. Hay, sobre el ring, dos tipos que se pegan pero sólo por deporte. Después se darán un abrazo. Entiendo que en los combates hay honestidad. No me gustan, por el contrario, aquellas actividadades que, avaladas por el poder del dinero, arrasan con todo. Inclusive con la vida ajena.