Seleccionar página
IMPERDIBLE BIOGRAFÍA DEL TURCO GARCÍA

IMPERDIBLE BIOGRAFÍA DEL TURCO GARCÍA

Por Alejandro Duchini.

Las biografías de los deportistas suelen ser formales. Muy parecidas unas a otras. Pero “Este soy yo”, la del ex jugador de Huracán y Racing Claudio García, que acaba de publicar editorial Planeta, saca una gran ventaja en el género. Quien pensó en él como personaje, sin dudas tuvo una idea brillante. Porque encontró en García a alguien que supo dotar de humor a la parte de su vida que se lo merecía y contar con seriedad la más triste.

Más allá de sus goles y provocaciones dentro de la cancha entre los años 80 y 90, cuando jugaba, el Turco es conocido en el ambiente futbolero por su adicción a las drogas. Que es un tema que tienta a cualquier editorial. Pero en estas casi doscientas páginas no se apela al golpe bajo ni ejemplificador. Por el contrario, el libro se podría dividir en dos partes. En la primera se cuenta su paso desde la niñez hasta el retiro; la otra tiene que ver con el descontrol y la lucha por salir.

La forma en que el ex futbolista y actual descubridor de talentos de Racing describe lo que le pasaba sacará una sonrisa al lector. Y habrá varias en el camino. Así como está contada su vida, “Este soy yo” se asemeja a una buena novela, porque se lee como tal. Es una historia de ascenso, caída y lucha por reencaminarse. García escupe todo. Y muestra que la vida del jugador de fútbol no es tan bella como creemos. Sobre todo tras el retiro. Ahí aparecen las drogas duras, la adicción, la desesperación por conseguir cocaína, las visitas en madrugadas a las villas donde se ha convertido en un cliente habitual. También las noches en que, colocado, se acostaba con prostitutas, se trompeaba con algunos -incluyendo futbolistas a los que dirigía- y se quedaba solo durante días en su casa para pasarse de merca.

Hay una pareja -Mariela- que lo banca, recuerda García. Un hijo al que no acompaña y a quien le pide disculpas desde este libro que, tal vez, sea una forma de redimirse. Y hay también alguien que lo encamina hacia la recuperación. Esa experiencia positiva le sirve ahora para aconsejar que el de las drogas es un camino triste y casi siempre sin retorno.

A continuación, algunos pequeños textos de “Este soy yo”.

“Mi historia no empieza como la de muchos futbolistas. No tengo fotos en las que duermo abrazado a la pelota ni en las que soy la mascota de un club de baby fútbol. Tampoco los domingos pegaba la oreja a la radio portátil para escuchar los partidos. El fútbol recién apareció en la segunda parte de mi infancia, cuando nos mudamos a Lugano 1 y 2. Yo tendría 8 o 9 años. Antes habíamos vivido en Fiorito, a seis cuadras de la casa de Diego Maradona, pero yo no tuve nada que ver con los Cebollitas. A él siempre lo jodo con que mi casa era más linda porque tenía vista al mar. Al Riachuelo, en realidad”.

“Cuando la selección argentina ganó el Mundial del 78 nos fuimos de Lugano con los camiones a festejar al Obelisco. En vez de campera, yo llevaba una frazada y, no me olvido más, me tiré arriba de una vidriera y me llevé un Grundig. Veo las teles finitas de ahora y me río. ¡Este era recontra pesado! Cuando llegué, agotado, a mi casa, mi viejo me quería matar. Y le dije: ‘Si no querés que salga a chorear con un fierro, dejá el Grundito acá. Esto fue un descuido’. Hasta ese momento, para ver en colores, yo ponía el celofán delante de la tele. Si ponía azul, veía todo azul. Lo cambiaba y ponía uno rojo y veía todo rojo. Veía colores pero de a uno. Igual se me armó flor de quilombo con mi viejo y le prometí que nunca más iba a robar nada y le cumplí: nunca más toqué nada. Las opciones eran chorro o vivir del fútbol, laburar nunca”.

“En las canchas que estaban entre los edificios empecé a jugar a los 11 o 12 años. Era muy amigo de Roberto y Rubén Juntade, que son los que hoy enseñan a manejar en el Autódromo. Ellos me pusieron Turco. Yo me desesperaba cuando jugaba y les decía “dejala, dejala”, y de decirlo tan rápido me salía ‘jala, jala, jala’. ‘Parecés un turco’, me jodían. Y de ahí quedó”.

“Yo estaba jugando al truco con unos jubilados en Lugano. Cuando necesitaba unos mangos, jugaba contra ellos porque les miraba en el reflejo de los anteojos las cartas que tenían”.

“Terminó el primer tiempo, uno a cero abajo, nos fuimos al vestuario. Mientras Houseman se fumaba un cigarrillo, Vigo hablaba y pasaban los minutos y yo por dentro decía ‘este viejo me dijo que me iba a poner y no me pone’, estaba re-caliente. Termino de decir eso y escucho: ‘Nene, caliente’. ¡No me podía levantar! me faltaba el aire, me ahogué, no sé si era ataque de pánico o qué. Empecé a calentar en el vestuario y cuando salimos me llevé puesta la tapa del túnel, que era de chapa, y me hice un tajo en la espalda. No necesité puntos pero cómo me dolía. Así y todo salí a jugar”. (De su debut en la Bombonera, contra Boca. Esa tarde le hizo un gol a Hugo Gatti. Huracán perdió 3 a 1).

“Cuando entré un poco más en confianza, era un planazo ir a la concentración, la pasaba mejor que en mi casa. Teníamos pool, flipper, jugábamos a las cartas, mirábamos la tele. A la noche me levantaba con un hambre tremendo. Teníamos una heladera tipo comercial que tenía jamón, queso, frutas, de todo. Yo el jamón lo conocía de las revistas, nomás, la fruta en casa era artificial y se usaba de centro de mesa. Me levantaba y cuando no me veía nadie me comía 3 o 4 fetas de jamón, tomaba un vaso de Coca, no lo podía creer”.

“A la gente de la Academia me la gané no tanto con goles, como se esperaba de un delantero, sino con ganas, con huevo. Como los que tuve en la 6ta (fecha) para ponerme el buzo horrible del Goyco. !Qué mal gusto que tenía Sergio Goycochea para la ropa! Lo echaron cuando iban 21 minutos del segundo tiempo, no teníamos más cambios y alguien tenía que ir al arco”.

“Mucha gente habla del código de fútbol, del vestuario. Eso es una mentira. Los códigos del vestuario son los mismos que tiene cualquiera en un bar. Son los de la vida”.

“Lo más divertido de ese viaje me pasó con el Loco Enrique. Fuimos a comprar alhajas y justo se escuchó la sirena que indica que es la hora de rezar. Ellos dejan todo, donde sea, se arrodillan en el piso y empiezan con su ritual. Delante nosotros teníamos las alfombras con los dijes de oro. Con el Loco nos miramos y no lo podíamos creer. Los dos veníamos bien de abajo, habíamos pasado hambre y sabíamos que no teníamos que afanar nada. Pero estaba muy tentador. ‘Ezto ez todo para nozotroz’, me decía él. Lo tuve que frenar un poco porque andá a saber cómo reaccionaban ellos si se daban cuenta. Era divino el Loco, ¡cada salida tenía!” (De su paso por Arabia, con la selección argentina).

“Una obsesión. La droga para mí fue eso. Todos los días pensaba en cómo conseguir plata para tomar cocaína. Pensaba si me iba a alcanzar. Cuánto me iba a durar. Una enfermedad total. La cocaína era mi vida”.

“Esos años fueron los peores. Mi señora empezó a verme distinto, yo tomaba a escondidas. Nunca blanqueé con ella hasta que me descubrió tomando en el baño. No sabía qué decirle”.

“La adicción la divido en tres etapas. Primero, la del disfrute. Me encantaba ir a comprar, esperar a que llegaran las minas, salir, divertirme. Después vino la etapa en la que se la tenía que caretear a mi mujer Ya empezó el sufrimiento de querer tomar a cada rato. Sentía que tenía que estar con el nene, pero yo quería tomar cocaína. Me iba al baño, me mojaba la cara, la quería pilotear cuando salía pero nada servía. Ella se daba cuenta. Seguía el disfrute pero solamente cuando estaba lejos de ella y del bebé. La tercera época fue cuando ya no me importaba nada: no iba a su casa, no le atendía el teléfono a mi mujer a la noche. Sólo pensaba en la cocaína”.

“Mi situación sólo empeoraba. Mucha guita se me fue en el vicio, pero mucho más en los gastos extra: nafta, hoteles, minas, lo que fuera. Ya no tenía ocupaciones, ni actividades, ni ingresos”.

“Si tenés la suerte de recuperarte, como la tuve yo, hay cosas que ya perdiste, como ver caminar a tu hijo por primera vez. A Yamil el primero que le hizo patear una pelota fue su abuelo. Eso me duele pero prefiero no encerrarme en ese dolor”.

TODO UN PALO, YA LO VES

TODO UN PALO, YA LO VES

Por Alejandro Duchini

El seleccionado argentino es una consecuencia. No podemos aislar al equipo de lo que sucede en el entorno de una AFA que hace dos años suspendía su elección presidencial por una irregularidad tremenda. Tenemos los mejores jugadores y los peores dirigentes. Los destinos de nuestro fútbol siguen en manos de grondonistas. Los torneos se definen en base a los acuerdos televisivos. Los calendarios de los campeonatos locales se emparchan en vez de programarse. La selección tuvo tres técnicos en las eliminatorias de Rusia 2018. Cada uno con su estilo. El último, Jorge Sampaoli, es más un manotazo de ahogado que un plan a largo plazo. En algún punto me recuerda a cuando en Independiente se hacían cambios a lo loco para evitar un descenso inevitable.

Sin embargo, para un importante sector de la sociedad es más fácil apuntar -y para colmo con odio- a los jugadores. Se dice que Messi es pecho frío, que no le importa el país y que no canta el Himno. Se burlan de Higuaín cuando en Italia es uno de los jugadores mejor pago y no para de hacer goles. ¡Cuántos que lo insultan envidian su vida! Del Kun Agüero no sólo se afirma que juega porque es amigo de Messi; también nos olvidamos de que la rompe en Inglaterra. Icardi debe ser el tipo que más ganas tiene de triunfar en la selección. La lista podría seguir pero creo que para el caso con estos ejemplos estamos. Es cierto que ninguno de ellos anda bien cuando se pone la celeste y blanca. Ahora, ¿su bajo rendimiento justifica el odio? ¿Tiene alguien derecho a odiar por un partido de fútbol? ¿Se puede ser tan necio como para negar que un equipo de fútbol es producto de su dirigencia?

Esta semana vi y leí cosas increíbles. Un periodista de cuarta cancherea como si fuese un relator de la popular, olvida su rol de comunicador y compara este presente magro con los mejores momentos de Maradona. Huevo, pide. Y trata poco menos que se ladrones a los jugadores del plantel actual. Hay quienes toman en solfa el tema porque creen que no está mal que un periodista se haga el hincha. No creo que todos nuestros hinchas sean así. ¿O es esa la imagen que se pretende imponer del futbolero promedio argentino?

Por las redes sociales, un tipo común -quiero creer que es una broma de alguien que inventó un audio y lo viralizó-, otro cuyo nivel intelectual parece tan bajo como el del periodista aludido, dice que hay que armar un equipo con gente de la calle. Gente que ponga, de nuevo, huevo. También circuló una foto de Maradona y compañía discutiendo en un vestuario (parece que sobre fútbol); se la contrapone con otra de los futbolistas de ahora, leyendo sus teléfonos celulares, también en un vestuario, como ajenos a todo. Pasaron veinte años entre ambos equipos. ¿Vamos a censurar que usen teléfonos? ¿Alguien puede pensar que un tipo piense menos en sus obligaciones por usar un WhatsApp? ¿Tendríamos que condenar a cada persona que en su empleo o en la calle se mensajea con otros? Me pregunto si tenemos derecho a condenar a los demás por lo que cada uno de nosotros hace a diario.

Parte del periodismo que se vio en estos días demuestra que el nivel de esta comedia está en franco descenso. El título de Clarín de este domingo es una muestra: “Las penas son de nosotros, los goles son ajenos”, en alusión a Messi y su rendimiento del fin de semana en la liga española. Sumar al mal clima y a la deformación intelectual es el camino que eligen algunos.

A fines del año pasado, Claudio Borghi sostuvo en una entrevista que “Para Argentina sería bueno no ir al Mundial y empezar de nuevo”. Esta semana, Juan Carlos Martín, el entrenador de la nadadora Delfina Pignatiello, una de las grandes promesas del deporte de nuestro país, me decía que “los argentinos nos quejamos hasta de un segundo puesto. ¡No nos conforma un segundo puesto!”. Y me ejemplificó con Julieta Lema. Me contó que a pesar de no ser primera en el Mundial le ofrecieron, desde una universidad de los Estados Unidos, que se vaya a estudiar y entrenar allá. A veces es fácil darse cuenta por qué algunos países tienen mejores resultados que el nuestro.

Uno de los mejores conceptos sobre lo que nos pasa lo encontré fuera del periodismo. El ex futbolista y escritor Kurt Lutman escribió en su muro de Facebook: “¿Por qué no gana Argentina? Por culpa nuestra. Por culpa de los que miramos. Porque le exigimos que ganen aunque no disfruten. Porque desconocemos que la mayor potencia del humano NO es bajo presión, sino en un clima de distensión. Porque desconocemos que HACER POR HACER y JUGAR POR JUGAR es la llave al infinito. Porque estamos acostumbrados que así nos traten en el laburo. Porque así nos tratamos a nosotros mismos aún cuando el patrón se fue a su casa y quedamos solos. Pero ésta es una buena noticia. Yo nunca crecí tanto como cuando me dí cuenta que la idiotez se había apoderado de mí. Pasé de ser un idiota a SABER que lo era. Al virus del capitalismo futbolero nos lo inocularon a todos. El paso del hincha al VERDUGO. Éste idiota que escribe lo tiene a nivel células y necesita darse batalla todos los días. Pero hay otra buena noticia. Somos infinitos y podemos transformarnos en lo que queramos. Aviso con tiempo que me chupa un huevo clasificar al mundial si los jugadores que me representan no disfrutan dentro de la cancha. Yo ya no quiero convertirme en patrón de nadie (lo hice durante mucho) ni exigir eficiencia, porque al que quiera exigirme lo mismo le corto las manos. Salu Messi, juegue, sólo juegue pibe…”.

Este texto de Lutman me recordó otro de Eduardo Galeano, que publicó en su brillante Días y noches de amor y de guerra y que grafica por qué algunos descargan sus frustraciones sobre los futbolistas. “El sistema que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro”.

Mientras podemos elegir qué queremos hacer o ser o decir, otros seguirán llenando horas de televisión y radio y páginas de lectura acerca de si conviene jugarle a Perú en River, en Boca o en Central. Y aunque parezca increíble, ése es un tema al que unos cuantos le dan importancia.

“PAPÁ, SOY DE BOCA”

“PAPÁ, SOY DE BOCA”

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Imágenes: Nicolás Borojovich

Mi ex esposa y madre de mis dos hijos mayores es una persona de palabra. A pocos días de separarnos me prometió que haría lo posible para que ellos no me quieran. Me lo gritó después de una discusión, cuando yo me iba de la que había sido mi casa. “Voy a hacer todo para que los chicos te odien”, gritaba mientras me alejaba y me taladraba con su voz. Se ve que en verdad se ocupó del tema porque tres años después Ludmila dejó de hablarme. Tenía 9 cuando me mandó un mensaje en el que me pedía que me alejara de sus vidas, que yo era un escollo para ella, su hermano y su mamá. Años después, cuando cumplió 15, lo único que supe de su fiesta fue el nombre del salón.

Santiago, más chico, solía hablarme a pesar de que le decían que yo era como un Darth Vader sin retorno. Aunque a veces se enojaba por nada y ni el teléfono me atendía. Inclusive, manejaba 250 kilómetros para visitarlo en su pueblo y al llegar me decía que no me quería ver. Resignado, me volvía sintiendo que era Han Solo sin Leia ni Chewbacca y rezaba para que el Halcón Milenario no me dejara a pie en aquellas rutas desoladas.

Pero hay un detalle en el que quiero detenerme. Tiene que ver con esa estocada que los padres futboleros, cuando recibimos, sabemos que es poco menos que una herida de muerte. Se trata de la maldición de que a un hijo lo hagan hincha de otro club. ¡Ah! ¡No hay golpe peor! Es como que tu propio ego te moje la oreja.

Jamás olvidaré la sonrisa de Santiago aquel sábado a la tarde en que al pasar a buscarlo salió de su casa con una camiseta de Boca. Era una Nike nuevita, sin número ni nombre. Tampoco tenía dedicatoria: bien podrían haberle puesto -reluciente y en la espalda- algo así como “Para papá. Con cariño”. Al menos en eso hubo piedad.

Lo miré y no pude disimular mi asombro. Pensé varias cosas en escasos segundos. Entre ellas, hacernos un ADN. ¿Será hijo natural mío ese chico igual a mí, que tiene mis mismos rasgos y del que todos dicen que de cara somos idénticos? ¿Será posible que me salga bostero, cuando la herencia indicaba otra cosa?

Yo había planificado de manera meticulosa cómo manejar el tema del club de fútbol con cada uno de mis hijos. Pero se ve que no hice bien los deberes. No contaba con que del otro lado había una fundamentalista del mal tan dispuesta a todo. A Ludmila le conseguí una mamadera con el escudo del Rojo en plena gestación. Fue la primera que utilizó. Encima, fue testigo directa del título de 2002. Ella también tenía su camiseta, que se la compré en la cancha, tras un partido que se jugó un sábado a la noche cuando el campeonato era casi un hecho. Al nacer, Santiago ya tenía remera y calzón para cuando dejara los pañales. Después fue el turno de la pelota. Era una Umbro número cinco que le regalé para un cumpleaños. Ahora la tengo guardada en un placard, desinflada y a la espera de que alguna vez cambie de idea. A Malena, primera hija de mi matrimonio actual, la recibimos con gorrito y babero del CAI. Están las pruebas: los luce en sus primeras fotos, en la clínica. También recibió su roja ropa alusiva.

AleWarhol03Como la infancia de Santi fue de vacas flacas en cuanto a resultados deportivos, cuando venía a mi casa en Buenos Aires a pasar su fin de semana ponía manos a la obra a lo planificado. Le hacía ver videos de Bochini sin decirle que eran del tiempo en que yo tenía su edad. Le mostraba a los jugadores de los ochenta dando vueltas olímpicas: después de algunos minutos paraba, ponía cara de agotado y le decía que seguiríamos después porque me mareaba de tantas vueltas. Antes me aseguraba de que las imágenes fuesen a color. Le cantaba canciones futboleras y le mostraba a la hinchada roja envuelta en banderas y celebrando títulos del pasado. Los parlantes a un volumen relativamente alto hacían más épico el momento. Como el estadio había sido demolido y en su lugar sólo había escombros, le mostraba fotos de cuando estaba habilitado. En ellas, siempre lleno de hinchas. Le decía que la cancha de River la habían reconstruido unos militares asesinos y que a la de Boca le faltaba un pedazo. Que la de Racing había estado embrujada y que la de San Lorenzo no se sabía dónde estaría ubicada en el futuro. Si Independiente perdía, en vez de noticieros le ponía los canales con dibujitos. Así, vio casi todos los capítulos de los Backyardigans. Si ganaba, celebrábamos con Coca Cola, hamburguesas de McDonalds, helados y lo llevaba a PlayLand. Si quería cine, también. Pero en esos años se hizo habitual comer milanesas, carne al horno y patitas de pollo compradas en Carrefour.

A medida que crecía, le compraba otra camiseta roja acorde a su tamaño. También trataba de que no faltaran en casa los productos que se publicitaban sobre el pecho de los jugadores. Hubo un tiempo en que se promocionaba a Ibupirac. Me inventaba dolores de cabeza que me curaba con esas capsulitas. “¡Qué bien me siento ahora, Santi!”, le decía. “Tomé la pastilla de Independiente y estoy genial. Vamos a la plaza”, lo invitaba con una vitalidad demasiado exagerada. A partir de ese momento no dejaba de sonreírle. ¡Up! La vida color de rojo.

AleWarhol02Pero ahora estamos en su pueblo y el panorama es desalentador.

-¿Qué hacés con esa remera, enano? Si vos sos del Rojo…-, fue lo único que me salió.

-No, soy de Boca. Mamá me dijo que te ibas a poner contento de verme con esta camiseta.

Él sonreía y yo lo miraba perplejo. Pensé en mis esfuerzos por hacerlo de Independiente. ¡Tanta planificación para nada! ¡Diablos! Iluso, yo, que imaginaba que él continuaría el camino iniciado por mi papá. Que soñaba con que alguna vez iríamos juntos al Libertadores de América y celebraríamos un título de campeón, abrazados como solo un padre y un hijo se pueden abrazar en una cancha.

¡No! Al contrario. Lo imaginé frente en el probador de una casa de deportes luciendo la de Riquelme. Me pregunté si se habría llegado a probar aquella suplente de color rosa. ¿Con cuál de todas las combinaciones de camisetas modernas creadas por la historia y reafirmadas por el mercado habrán planeado este crimen? ¿Con qué color querían pintar la escena de mi asesinato? ¿Qué flores mandarían a mi entierro? ¿Azules, amarillas?

Hice como si nada y nos subimos al auto. Tal como le había prometido el día anterior, fuimos al cine. En el viaje casi no hablamos. Mi cabeza era una coctelera de amargura y bronca. No me salían palabras. Dios y el diablo definían a penales mi destino mental.

Hasta que llegamos, estacioné y le dije que tenía que cambiarse la remera para ir a ver la película. Así que le alcancé una con el escudo de Superman, comprada unos días antes y prolijamente guardada en el baúl del coche.

-Ponéte ésta, campeón, que está buenísima y es nueva. Te la compré para que la estrenes hoy.

-No, papá, voy con la de Boca-, me dijo.

-No, con la de Boca, no. No podés entrar al cine llevando una de Boca. Ponéte ésta.

-No.

-Si.

-Entonces no bajo. No voy.

-Bueno, como quieras. No vamos al cine. Nos volvemos.

-Bueno, dame la de Superman.AleWarhol04

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

Por Alejandro Duchini.

No sé si se le debemos más a la casualidad o a la causalidad. Debería haber una escuela que enseñe eso. “No existe una escuela, que enseñe a vivir”, cantaba, con razón, Charly García. Recuerdo que fue el 2 de noviembre del 97 cuando me enteré de que mi papá tenía una enfermedad incurable. No recordaría esa fecha exacta si no fuera porque ese día Independiente perdió con San Lorenzo. Como tampoco me acordaría de aquella en la que se murió si no fuese, de nuevo, por el fútbol. Sé que fue el 14 de abril del 98 porque a la noche siguiente volvimos a jugar con San Lorenzo. Pero ésa vez ganamos 3 a 1. Se cierra un círculo, pensé. Y había revancha. Nunca supe si era casualidad o causalidad ni si San Lorenzo tendría algo que ver en ese, nuestro propio círculo.

“La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo”, escribió George Simenon, uno de los mejores escritores de policiales. A fines de los 90 yo devoraba sus libros: entre otros, La nieve estaba sucia, Los anillos de la memoria y El hombre que miraba pasar los trenes, con el que lo descubrí y me deslumbró.

Hoy es 2 de noviembre. Normalmente, debería guardar la melancolía para el 14 de abril o por esos días. Pero ahora me ataca esta necesidad de escribir. Tal vez porque lo que más me marcó fue aquel momento en que supe que no había vuelta atrás. Ahí empezó y terminó todo. El resto fue tiempo de descuento.

Estaba en el pueblo de Rojas y había visto aquel partido por la televisión. Cuando terminó lo llamé para hablar de la derrota. Mi papá fue mi primer y mejor compañero de cancha. Me llevaba de muy chiquito a Avellaneda. Cuando decidió no ir más, comencé a ir solo, pero no era lo mismo. Podía ir con amigos pero lo que a mí me gustaba era comentar el partido con él, volver en el Torino escuchando a Víctor Hugo por la radio y pensar qué podía pasar en las fechas siguientes con la tabla de posiciones del campeonato. Pero él no pudo pagarse la platea y prefirió seguir viéndo al Rojo en su casa de soltero. A veces lo veíamos juntos y otras lo llamaba cuando volvía de Avellaneda y pasábamos un buen rato hablando de jugadores, cambios y tácticas. Después a él se le empezó a notar cada vez más la vejez porque sólo hablaba de antiguas glorias. Así que aquel domingo lo llamé y me atendió su pareja, Rosario. No sé por qué pero intuí que las cosas no andaban bien. Ella debió haberme dado algún indicio que no recuerdo y cuando me pasó con él, me dijo, a quemarropa: “Tengo leucemia”. No sé qué más hablamos, ni si seguimos la charla. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Me fui a llorar a la abandonada estación del tren de ese pueblito perdido de la provincia de Buenos Aires y al día siguiente lo acompañé al Hospital Durand. Su doctor tenía el mismo apellido que una gloria de San Lorenzo: Rendo.

Los seis meses siguientes fueron demasiado complicados. Mi pareja de entonces se fue de casa. Me refugié en mis amigos, en el trabajo y en la lectura. Y en el fútbol, claro. Independiente amagaba, como solía hacer, y después se quedaba. Lo que contaba era la ilusión. O el futuro del próximo campeonato.

La noche en que murió mi papá estaba en Mendoza y vine lo antes posible: un vuelo a la mañana siguiente. No había pasaje pero le dije al empleado: “Se murió mi viejo”. Alcanzó para que me consiguiera lugar en el avión. En Aeroparque me tomé un taxi hasta el Durand y en el camino el chofer escuchaba el comentario del amistoso de la Selección contra Israel. Ni me acuerdo del resultado. “En unos meses más se jugará el Mundial de Francia y mi viejo se lo va a perder”, pensaba. Tanto los días que pasaba en su casa como aquellos en que estuvo internado, al visitarlo hablábamos de cómo se preparaba el equipo para Francia. No le gustaban los jugadores ni el técnico, Daniel Passarella. Le encantaba, eso sí, Batistuta. Pero no podía entender cómo era que jugaba el Piojo López. “Yo tampoco, papá”, lo consolaba. Ese era su problema. El Piojo López.

Pasaron 19 años de aquello. Aún me parece que fue ayer no más. Si pienso en lo mucho que hubo en el medio, no lo puedo creer. Me gustaría decirle a mi viejo que ahora uso anteojos para leer, que en días cumpliré 45 y que cuando me muevo me doy cuenta de que la agilidad es un recuerdo. Ya no juego a la pelota y mi deporte es la bicicleta. Fija. No sea cosa que me lastime. Pero la abandoné. Volví  a las artes marciales. También le contaría que me estoy quedando pelado, como él. Justo en estos días, que siento el paso del tiempo, leí un poema de Luis Chaves que se llama Huso horario y dice “¿Qué vamos a hacer con la rima interna / ahora que somos los viejos de / quienes nos reíamos? Ahora que se activaron / los efectos secundarios / de todo lo que nos metimos / el milenio anterior”.

Tengo tres hijos, me separé y volví a casarme, le diría a mi papá. Ludmila ya tiene 16, Santiago 10 y Malena casi 3. Conservo aún la colección de 600 revistas El Gráfico que heredé de él. Ringo Bonavena, Carlos Monzón, Gatti y tantos más en las tapas. También sus odiados Boca y River. Y, por supuesto, aquellas con Independiente campeón de todo: partidos memorables, golazos, hazañas e ídolos. Pero ninguno como Bochini. A lo sumo un Agüero, pero no le hace ni sombra.

img_20161029_1536233281En estos años cumplí mi sueño de entrevistar al Bocha. La nota fue tapa de Crónica, en el 99, cuando se cumplieron veinte años de aquel partido que le ganamos al River de Fillol (¡qué arquero, por Dios!) con dos goles suyos y que siempre recordábamos porque esa noche de enero del 79 estuvimos ahí, en Avellaneda, y gritamos y nos abrazábamos como sólo en la cancha nos salía. Me hubiese gustado que mi papá vea mi nombre en ese reportaje, que no fue el único pero tuvo el simbolismo de ser el primero.

Si por un rato fuera posible hablar con él, no le diría que nos fuimos a la B. Ni que su nieto Santiago usa camisetas de Boca y me dice que no quiere saber nada con Independiente. ¿Para qué? Tal vez haría como con Malena, que le pongo videos de Youtube de viejos partidos en los que el Rojo siempre ganaba. “Ganamos, ¿viste?”, le digo. Una mentira piadosa, para entusiasmarla. Y ella se ríe y yo soy feliz.

EN EL NOMBRE DEL PADRE (Y DE CORBATTA)

EN EL NOMBRE DEL PADRE (Y DE CORBATTA)

Por Alejandro Duchini

Alejandro Wall no sólo eligió una buena historia para contar. Además supo cómo contarla. Y para contarla salió a conocerla. Evitó tocar de oído, gambeteó la tentación del dato de la web. Por eso quedó tan bueno Corbatta – el wing, que se publicó a principios de septiembre a través del sello Aguilar y cuenta la vida del ídolo racinguista que además jugó en Boca, en la Selección y en el fútbol colombiano pero dilapidó su carrera. Wall habla de un fantasma para referir al ídolo de su papá y, a la vez, al héroe misterioso de su propia infancia, cuando iba a la cancha a ver a Racing y el padre le contaba de aquel tipo que era viejo a los 40, que alguna vez tocó el cielo con las manos pero terminó viviendo debajo de una tribuna del Cilindro, borracho y sin un peso.

El mérito de Wall está tanto en la escritura como en el trabajo previo. Empieza por aclarar datos que se suelen pasar por alto pero que son importantes. Como el del nombre. Juega con el Omar Orestes, el Orestes Osmar y otras posibilidades. Finalmente dice que fue anotado como Oreste Osmar. Sé de su puntillosidad por el dato exacto. Lo hizo en su momento con el nacimiento de Dante Panzeri, lo repite ahora con Corbatta. Pero además sale a recorrer los lugares de Argentina por los que anduvo Corbatta. Se fue al sur del país, donde intentaba continuar su carrera en equipos de liga. De allí consiguió testimonios emotivos sobre aquellos tiempos; por momentos Corbatta parece ser un personaje de Osvaldo Soriano. Viajó a Colombia y realizó entrevistas a vecinos, dirigentes y ex compañeros que compartieron algo con él. Recorrió la Provincia de Buenos Aires para sacar datos de los orígenes. Se contactó con los hijos y familiares y derribó algunos mitos. Entre ellos, el más común: el de su muerte en el Fiorito y hasta el otro que lo hace morir en la misma cancha. Wall cuenta que murió en un hospital de La Plata y no estaba solo sino acompañado por sus hermanas. Sólo le faltó viajar a Noruega, donde vive una de sus hijas.

Corbatta El WingHay una escena sobre el final que no deja indemne al lector. Es cuando, a través del recuerdo de un ex compañero, lo describe lleno de sangre, tirado en una cama, después de un accidente automovilístico. No estaba grave pero la escena pinta el panorama. Igual que cuando Wall hace la mejor comparación: “Era 1985. Racing estaba en la Primera B. Miguel Ángel Brindisi Había jugado el último año en el equipo, antes de retirarse. Horacio Matuszyczk era otro delantero de Racing. Corbatta también podía actuar, por entonces, como una metáfora del club. Racing era el Corbatta del fútbol argentino, un equipo grande, con gloria, que se había derrumbado. Los peores años del wing derecho también fueron los peores años del club. Ver a Corbatta era como ver a Racing”.

Las citas de entrevistas de otros periodistas es otro gran aporte al libro. Por ejemplo, aparece la legendaria de Rodolfo Braceli, que la pueden encontrar en el genial De fútbol somos, titulada La gloria y la desolación. Braceli describe a Corbatta y su ambiente pobre y resignado como nadie. La otra nota que se menciona es una que mi amigo y colega Cacho Lemos le hizo para el diario La Razón para sus 50 años. La recuerdo particularmente porque Lemos es de Racing y Corbatta era su ídolo y me contó -a fines de los 90- de su dolor al verlo tan venido a menos. Sin saberlo, Cacho entrevistó esa vez a alguien que ya estaba del otro lado. Y que no tenía retorno.

Corbatta tuvo muchas posibilidades de reiventarse. Pero nunca pudo; o no quiso. O no supo cómo hacerlo. Se casó, se separó, se cayó, volvió a casarse. Hubo gente que quiso ayudarlo, pero él siguió encerrándose en sí mismo. Wall cuenta cómo ocurrió todo eso.

Van algunos textos de “Corbatta – el wing” que me llamaron la atención:

“El tabaco se convirtió en una adicción temprana para Corbatta. Y el alcohol era algo habitual”.

“Era petisito y quizá no tuviera todo el entrenamiento necesario, pero enseguida te dabas cuenta de que le pegaba a la pelota como los dioses y que era muy pícaro. Eso, sobre todo eso” (Juan José Pizzuti, en una entrevista con el autor).

“Y así como en esos días algunos de sus amigos se preocuparon por el alcohol, para otros la verdadera tragedia de Corbatta, el muro que nunca pudo derribar, fue no haber aprendido a leer y escribir”.

“El analfabetismo, la pobreza y el alcohol formaron la santísima trinidad del mito, el dogma sobre el que se construyó la empatía con Corbatta”.

“Es que Oreste -concluyó Ardizzone- no quería que fuésemos testigos de su derrumbe, de su caída, de esa fama de grotesco bufón que había adquirido por las canchas, por las calles, hasta ser motivo de burla”.

Pero tal vez lo que mejor resuma la idea de Wall sobre Corbatta esté en el final del libro. En esa frase dicha en un contexto histórico que sorprende: “Rajemos de acá”, dice Corbatta. No sólo se refiere a la golpeada Argentina de los 70. A lo mejor sin saberlo se refiera a sí mismo.