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2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

2015: GRAN AÑO PARA LA LITERATURA DEPORTIVA

Ahora, mientras veo la lista de libros de temática deportiva que leí durante 2015, me doy cuenta de que hubo títulos bárbaros. También reediciones. Otros los utilicé por trabajo, aunque se publicaron en años anteriores. Y no faltaron los que releí simplemente por el placer de hacerlo. A continuación va esa lista por dos motivos: el primero, compartirla con ustedes; el segundo, recomendarles cualquiera de ellos.

El primer libro de deportes que leí en 2015 fue Historia del turf argentino, de Roy Hora. Entrevisté a su autor para la revista Nueva y me encontré, entre los leído y lo que él me contó, con un mundo tan desconocido hasta entonces como interesante. Seguí con el Con el corazón en la Boca, donde escritores identificados con la camiseta auriazul le dieron rienda suelta a la pasión xeneize. Para fanáticos, ideal. Para no fanático, recomendable.

Gran libro me pareció Pistorius, la sombra de la verdad, del inglés John Carlin. En esta entrevista el autor contó qué lo llevó a escribirlo y qué impresión le quedó del corredor sudafricano condenado por matar a su pareja. También por trabajo disfruté de El caño más bello del mundo, de Diego Tomasi. Se trata de un gran homenaje a Juan Román Riquelme. Muy bueno.

El título es Desafiar al cuerpo (de Federico Bianchini), pero sus protagonistas lo que más desafiaron fue a la muerte. En esta entrevista, habla el propio autor.

Leí tres libros de de tenis. Uno de ellos es Sin red, de Sebastián Fest, a quien entrevistamos en este portal. La primera parte del reportaje se puede leer acá y la segunda, en este link. En un gran trabajo cuenta cómo creció y hasta dónde llegó la rivalidad Federer-Nadal. Después de años, llegó al país la traducción de lo que se considera para muchos como la Biblia tenística en materia literaria: Ganar, de Brad Gilbert. Cuenta con una gran traducción que hace más amena su lectura. Es algo así como la autotoayuda del tenis. Ni que hablar de Open, de André Agassi, que llegó al país en idioma español en marzo pasado. Está buenísimo. No se lo pierdan. Lo que cuenta Agassi, por momentos, les pondrá la piel de gallina.

Tarde, claro (pero peor es no hacerlo), me sumergí en esa joya periodística que es El combate, de Norman Mailler. Librazo sobre la pelea que el 30 de octubre de 1974 mantuvieron en Zaire (hoy República Democrática del Congo) George Foreman y Cassius Clay. En el invierno, y después de varios años, releí Literatura de la pelota, de Jorge Santoro. Mis charlas con Ariel Scher suelen giran alrededor de ese trabajo fundamental para el periodismo deportivo. La literatura deportiva tuvo otra joyita en 2015: El pase y otros relatos de goles olvidados, del periodista Marcos Villalobo.

Por razones laborales incursioné en Fútbol para todos, de Bernardo Vázquez y David Cayón, donde cuentan detalles de la gran apuesta kirchnerista. Para escribir una nota sobre el escándalo FIFA leí La caída del imperio (Andrew Jennings), Pasó de todo (Alejandro Casar González) y Mafia-FIFA (Thomas Kistner). Y por otros trabajos también leí Los once caminos al gol (Marcelo Bielsa – Eduardo Rojas) y Los 11 poderes del líder (Jorge Valdano): autoayuda total. Hay nombres que venden.

Gran año deportivo y literario para el rugby. Lo demostró Jorge Búsico -maestro de periodistas- con El rugido, una formidable historia sobre el surgimiento de Los Pumas. Lo confirmó Claudio Gómez con Maten al rugbier, imperdible y detallado trabajo sobre la dictadura. Y cerró el año Alejandro Cánepa con Fuera de juego, una original propuesta en la que esta actividad es mirada desde diferentes ámbitos sociales.

Me gustó lo que dice sobre el fútbol y el boxeo Andrés Calamaro en sus memorias, Paracaídas & vueltas. No es un libro de deportes, pero no está de más hallar conceptos del tema por parte de uno de los músicos más notables que tenemos. Me sorprendió, por otro lado, las alusiones al fútbol que disparó en La isla de la infancia Karl Ove Knausgard++, quien además mencionó un viaje por Google en el que describe sus sensaciones al “visitar” la cancha de River. Llamativo, al menos.

Los periodistas Alfredo Ves Losada y Andrés Eliceche apelaron a la biografía al escribir El jefe, sobre Javier Mascherano. En la misma línea cerró el año el periodista Diego Borinsky, con Gallardo Monumental, gran trabajo sobre el director técnico de River. Lograron una bio detallada, eficiente. Carlos Tevez también tuvo sus propios libros. Uno es Volvió Carlos – el jugador del pueblo, con textos de Nicolás Coppa; el otro, Corazón Apache, de Sebastián Varela del Río. Historia hay, y mucha, en La cancha peronista, de Raanan Rein, una copilación de casi 300 páginas en la que distintos intelectuales refieren a los vínculos entre el fútbol y Perón.

Hay dos libros que no puedo dejar de recomendar entre los aparecidos en 2015. Uno de ellos es La Final, de Ariel Estévez, sobre el partido definitorio entre River y Boca en 1977 en el estadio de Racing. Es genial. En la misma posición ubico Carceleros, de Marcelo Izquierdo, quien cuenta la historia de un club de ascenso como Lamadrid. No pueden dejar de leer este trabajo en el que se mezcla el sentimiento por la pertenencia al barrio con los vecinos y la misma historia argentina, aludiendo además a tiempos violentos en que el General Lamadrid luchaba contra su propia muerte en situaciones y territorios hostiles.

Empecé riendo con Messi es un perro, una serie de relatos -no todos futboleros- de Hernán Casciari (¡qué bien escribe, por Dios!), y seguí de la misma manera con La suerte del campeón, del escritor y músico Zambayonny. Los últimos días del año me encontraron analizando al periodismo deportivo gracias al genial libro del maestro Walter Vargas, quien escribió sobre el pasado, presente y futuro de la profesión en Periodistas Depordivos. En este párrafo incluyo la reedición de un clásico del periodismo deportivo: Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores. Un imperdible para todo periodista.

Para el final, autobombo: 2015 fue el año en el que salió mi libro La Palabra Hecha Pelota – catorce charlas sobre fútbol, en el que referentes de distintos ámbitos culturales hablan de cómo los marcó este deporte. ¿Cómo me voy a privar de estar en esta lista?

PABLO ALABARCES: ROCK, FÚTBOL Y AGUANTE

PABLO ALABARCES: ROCK, FÚTBOL Y AGUANTE

El sociólogo, uno de los más prestigiosos del país, es uno de los entrevistados en el libro La Palabra Hecha Pelota (Galerna), donde refiere a diversas temática de su especialidad en vinculación con el fútbol. A continuación, la parte en la que charlamos sobre rock nacional, barras, hinchas y “aguante”.

Por Alejandro Duchini @aleduchini

-Estabas trabajando en otro aspecto de la cultura popular, que era el rock. Incluso escribiste libros al respecto. ¿Cómo se cruzan el rock y el fútbol en tus estudios?

-Es una historia compleja. Porque hasta la llegada de la democracia los estudios de cultura popular se hacían en clave peronista, a través de los grandes intelectuales peronistas, como Aníbal Ford, Jorge Rivera y Eduardo Romano. Lo que les preocupa a ellos, hasta el año 85, aproximadamente, es en realidad la cultura de masas: el radioteatro, la radio en general, el periodismo, la gauchesca, la poesía popular oral, algo del cine; de la música popular, el tango. El rock no les interesa. Quien aparece entre el 83 y el 85, en otra serie, porque no era peronista, es el sociólogo Pablo Vila, que inventa los estudios de sociología sobre música popular en Argentina. Se empieza a estudiar al rock nacional con la llegada de la democracia. Pero igual hay mucha otra música popular a la que nadie le da bolilla: hay que esperar veinte años para que se trabaje en la cumbia, en el folclore. Pero sigue sin prestársele atención al deporte. En los 90 empiezan las investigaciones sobre fútbol: las hacemos, en paralelo, Julio Frydenberg y yo. Nos conocimos recién en el 95 o 96 y en el 98 sacamos el libro Deportes y Ciencias Sociales. Ya desde el 2000 aparece toda una generación nueva de gente que empieza a estudiar al deporte y comienzan a tener circulación los trabajos de Archetti. De hecho, sus primeros trabajos se publican en 2001. Muy tarde. Entre otras, se publican en la revista Punto de Vista, de Beatriz Sarlo.

tapa la palabra hecha pelota-¿La cultura del aguante pasa del rock al fútbol o al revés?

-No está claro dónde empieza. Está claro, sí, que hoy se encuentra en ambos campos. No sólo en el del rock, sino en todo el campo de la música popular. Aparece en la cumbia y en el concierto de rock. No me animaría a decir que surgió en el rock y pasó al fútbol, sino más bien que pasó del fútbol al rock. Lo claro es que a finales de los 80, comienzos de los 90, rock y fútbol iban por carriles separados. Inclusive en el 81, cuando viene Queen a la Argentina, Maradona sube al escenario y eso, entonces, dio mucho de qué hablar. Era algo por demás sorpresivo. Maradona es como el puente. Es una especie de primer rockero futbolista, el primer ídolo futbolístico que tiene el rock. Ahí empiezan lazos comunicantes muy fuertes. Por más que el fútbol tomaba canciones de rock, el rock no podía futbolizarse. Había salvedades: Spinetta tocaba con una camiseta de la Selección o de River, por ejemplo, pero no se sabía de qué club eran hinchas los rockeros. Después todos se vuelven maradonianos. En el Mundial del 94 se produce aquella visita a la concentración argentina de Fito Páez y Andrés Calamaro para cantar con Maradona. Y ya se trata de un circuito aceptado. En el 95 recuerdo haber publicado una nota breve en una revista de la facultad afirmando que había una confluencia en el sentido de que los nuevos públicos eran más futboleros y rockeros. Sin embargo, creo que falta aún hacer un trabajo más minucioso sobre el tema.

-¿Cuáles son las bandas que mejor reflejan ese pasaje fútbol-rock? ¿Los Violadores? ¿Los Redonditos de Ricota? ¿Otra?

-Ambos grupos son contemporáneos. Los dos surgen durante la dictadura. Y en los 90 aparece la reivindicación de Maradona, que cumplía con todos los requisitos: “irreverente”, “drogón”; y la condena moral del uso de la droga en el rock no iba. “Le hizo un gol a los ingleses con el fucking meñique y encima es bostero”, dijo Juanse, con onda de que era el rockero perfecto. Como te decía, Maradona fue el gran puente en todo esto. Poco antes, en los finales de los 80, la sociedad argentina estaba cambiando a los santos piques. En eso, cambiaban también los públicos. Creo que entre mediados de los 80 y comienzos de los 90 hay un cambio de público en un sentido más rico. El fútbol tiene un público más rico, ya no es un fenómeno de clases medias y populares sino también de clases altas. Los más jóvenes son más rockeros en ese cambio generacional. Eso permite una transferencia más fuerte. En los 80 también empieza a crecer la cumbia, lo que se verá recién unos años más tarde. Hoy eso se refleja en lo que escuchan los futbolistas que vienen de orígenes más populares, en las canciones de las canchas.

CALAMARO, LA MÚSICA DE MIS AÑOS

CALAMARO, LA MÚSICA DE MIS AÑOS

Alejandro Duchini

A veces el periodismo me permite cruzar con personas con las que, de otro modo, jamás me sentaría a conversar o, como me pasó con Andrés Calamaro, a intercambiar mails. Gracias a mi trabajo, una vez pasé una tarde tomando cervezas con Ricardo Darín, en otra ocasión desayuné con Ernesto Sábato en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires, almorcé con Ricardo Bochini -mi héroe de la infancia- y conversé -hasta bien entrada una madrugada rosarina de 1998- con Sandro, quien volvía a los escenarios tras una larga ausencia.

Hubo otros casos, pero los primeros que me salen son éstos. Los recuerdo ahora que la revista Nueva acaba de publicar el reportaje que le hice a Calamaro, uno de mis ídolos musicales, a propósito de su libro de memorias. Es, al fin de cuentas, un gusto personal que se corona con el hecho de que ese reportaje sea la tapa de la edición de este domingo 4 de octubre de 2015.

La nota se hizo hace unos meses pero diversos contratiempos la fueron postergando. Incluso, en algún momento estuvo a punto de naufragar. Una cuestión de divismo, fotos y malos entendidos la puso en peligro. Ya me había resignado a que no se publique cuando me dijeron que eso se había resuelto y que saldría sin problemas. La pueden leer acá.

Calamaro es, como músico y cantante, de los más grandes que tiene el país y de los que más me gustan. Miguel Abuelo, Luis Alberto Spinetta y Charly García, junto a él, integran ese seleccionado de artistas de la música que me acompañaron siempre, que me ayudaron a pensar y sentir y que aún hoy me salvan cuando necesito ponerle alguna melodía a mis malos o buenos días. “Canciones de dolor real, pero canciones, no más”, como canta Andrés.

Las canciones de Calamaro estuvieron en diferentes momentos de mi vida. Desde que dejé la infancia para asomarme a la adolescencia hasta ahora. Apareció en el 82 con Mil Horas. No es su mejor tema, pero dejó huella. Ahí descubrí a Los Abuelos de la Nada. Conocí enseguida otras canciones como Sin Gamulán o Costumbres Argentinas que me encantaban en aquellos años de comienzos del secundario. Lo odié cuando dijo que se iba de Los Abuelos y lo volví a querer cuando en el invierno del 88 se apareció en el programa Feliz Domingo para hacer una gran versión en vivo de Mariposas de Madera: era su homenaje a horas de conocerse que Miguel Abuelo había muerto.

Por esos tiempos editó Por mirarte, que tenía unos temas geniales. El mismo Por mirarte es, tal vez, uno de los mejores de amor del rock nacional. Aquel disco lo terminaba cantando algo hermoso junto a León Giecco: Me olvidé de los demás. Sin saber qué decir y Los dientes apretados eran otras dos canciones hermosas. Un año después viajaba a Bariloche con mis compañeros del colegio. Fue el peor viaje de mi vida. Mi división era horrible, nos odiábamos entre todos y en Buenos Aires quedaba uno de esos amores que, en la adolescencia, parecen irreemplazables y eternos. Cada vez que escucho Ni hablar recuerdo ese invierno y el desfile de canciones agridulces de ese disco. Pasemos a otros tema, Ni hablar, Adiós, amigos, adiós y Señal que te he perdido son algunas. Lo cierra con una de las mejores que hizo en toda su carrera: Dos Romeos.

Después llegaron los 90 y lo fui a ver a varios recitales. Recuerdo uno en Cemento, con Los Rodríguez. Fue impresionante. Tanto por lo que tocó como por lo que me aplastó aquella multitud. De suerte no me quebraron un hueso. Yo era joven e irrompible. Y flaco. Por esos años me lo crucé en la cancha de Independiente, después de que el Rojo ganara un partido de Supercopa. Lo ví en el vestuario y le hice una nota en la que él elogiaba los méritos goleadores de Sebastián Rambert. Fueron los últimos buenos años de Independiente y de Rambert, que empezó a diluirse como una canción de Vilma Palma.

Cuando se publicó Alta suciedad ya era un gran admirador suyo. De ese disco se me había pegado una canción que decía “con el crudo en las bodegas volveré a buscar todo el tiempo vivido que hemos perdido sin protestar…”. Se llama Donde manda marinero y mi viejo la escuchaba en el hospital Durand, donde estaba internado. “Me gusta mucho lo que dice esa canción”, me dijo. Sólo por ese comentario no la voy a olvidar jamás. No lo esperaba porque él era de esos tangueros que creían que los rockeros éramos blanditos y faloperos y que la música se había detenido la noche en que murió Gardel.

Mis 90 los terminé viviendo lejos de Buenos Aires y escuchando Honestidad brutal. En esa época viajaba mucho en ruta y ese disco se hizo compañero. Salto al 2006, cuando editó El palacio de las flores, junto a Litto Nebbia. Allí hay un tema que se llama El tilín del corazón. “Recién acabamos de empezar a correr, no se puede parar”, cantaba. Esa canción la escuchaba mientras me divorciaba y mi ex empezaba a odiarme y a tirarme a la calle libros, cds y ropas. Pude rescatar casi todo y esconderlo de sus garras en el baúl de un auto. Poco después, ya viviendo solo, no dejaba de escuchar La lengua popular. Fue el primer material de Calamaro que compartí con mis hijos Ludmila y Santiago.

On the rock apareció en un momento en el que mi vida hacía un giro tremendo, esperado y necesario. Salvador, sobre todo. Pude empezar de nuevo. Me di cuenta de eso poco después de que la Selección quedara eliminada del Mundial de Sudáfrica y en el momento en que Andrés, sobre el escenario del Luna Park, arrancaba su recital con Los divinos. Llevaba anteojos de sol y vestía de negro, con una guitarra enorme. Imaginé que me miraba. Preferí creer que detrás de esas gafas me aconsejaba con aquello de que “cuando uno se despierta, y ya no es indiferente. Y no existen los destinos, ni siquiera los divinos”. Yo era uno más entre esa multitud de un lunes frío pero opté por sentirme único, el amigo del protagonista de la fiesta. Esa vez fui feliz escuchando y viendo a Calamaro.

Ni imaginaba que a fines de 2013 llegaría a mi casa, la noche de mi cumpleaños, y en la puerta del departamento del piso 12 habría un cartel que decía “cuando no estás, la casa vacía se pregunta cuándo volverás”. Del otro lado me esperaba la autora de ese mensaje, Marian, con el disco Bohemio de regalo y una panza enorme en la que crecía Malena. Por eso Bohemio, además de ser un disco de Calamaro, es también el de Male, que nacería en las primeras horas del 2014.

Meses después Independiente regresaría a Primera, llegaría otro Mundial, el seleccionado volvería a perder una final (con Alemania, como de costumbre) y Male empezaría a caminar y a decir “papá”.

Y, como siempre, Andrés Calamaro le seguiría poniendo música a mi vida.

EL DEPORTE TIENE LA PALABRA

EL DEPORTE TIENE LA PALABRA

Por Alejandro Duchini

Casi puntualmente, desde hace unos meses, mi colega y amigo Ariel Scher me escribe un escueto mensaje por Facebook. Por ejemplo, “Una de box, Ale. Gran abrazo“. Eso es todo. A través de ese link sé que me espera una historia maravillosa. Siempre la protagonizan deportistas y escritores. Porque en algún punto de esos textos, siempre, el deportista y el escritor sabrán encontrarse. Todo gracias a la calidad del gran Scher, uno de los entrevistados en mi reciente libro, La palabra hecha pelota (Galerna), y autor de, entre otros libros, Contar el juego, sobre el que ya hablamos acá.

Bajo el título “Firpo-Dempsey, de literatura”, se lee que aquella pelea del “14 de septiembre de 1923, en el legendario Polo Grounds de la todavía más legendaria Nueva York no había sucedido nunca”. Agrega: “No existió, pero fue necesario hacer existir a esa pelea porque a la literatura argentina le faltaba un gran tema del que escribir para siempre. Y justificó: “¿Acaso alguien cree que el gran Cortázar hubiera sido el gran Cortázar si su frustración por la presunta derrota de Firpo frente a Dempsey no le hubiera roto las ingenuidades de la niñez?”.

No conocí a nadie que escriba y sepa sobre literatura y deportes como Scher. Después de cada punto final me pasa lo mismo: me quedo con ganas de más. Lo bueno es que al otro día aparecerá un nuevo mensaje, escueto, con otro link, y esta historia volverá a repetirse.

Fútbol, boxeo, tenis, rugby, ajedrez. A la actividad que sea Ariel le encuentra la vuelta para contar . Le envidio y le admiro la cantidad de libros que leyó. También su intuición para marcar en cada uno de ellos el párrafo que servirá para encajar de manera perfecta y hacer funcionar un texto como un relojito. Encuentra en Cortázar, Borges o Soriano la perlita literaria que se cruza con un hecho deportivo. Así, desde el deporte, enseña literatura. Y hace literatura.

Ariel me deslumbró hace poco con un texto sobre el increíble Isidoro Blaisten que me llevó, enseguida, a un poema escrito por el mismo Blaisten sobre otro grande, José María Gatica. Me lo avisó por el mensaje: “Blaisten, Ale”. Así, como siempre. Le contesté entonces que había leído, hacía unos años, “Cerrado por melancolía”, y recordé que ese libro me había parecido maravilloso. Lo tengo aún en mi memoria porque me marcó en una época particular de mi vida, en la que vacacionaba, después de mi divorcio, con mis hijos todavía muy pequeños. Ellos dormían hasta tarde y yo leía desde temprano. Uno de los cuentos homenajea a César Pavese y esa frase que siempre me pareció demoledora: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Frase a la que, a su vez, Andrés Calamaro y Los Animalitos le pusieron música con una canción divina que se titula, también, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Monzón, Bonavena, Alí, Locche, Frazier, Tyson y Mayweather desfilan en sus crónicas de boxeo. La lista de futbolistas es infinita. Junto a ellos, cómplices, asoman por la ventana de cada relato Bioy Casares, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal y Juan Filloy. Dan ganas de releer a esos autores y descubrir a otros. Porque lo que hace Ariel es eso: invitarnos al conocimiento. Hacernos descubrir a los más grandes.

Racing, Marechal y San Lorenzo fueron protagonistas a horas de un partido entre ambos por la Copa Argentina. Le escribió también al poeta Héctor Negro, al que recordó por su fallecimiento con una pasión tan bien transmitida:

Al Mundial de Rugby le puso literatura, como hizo con el tenis, bajo el título “Los tenistas de la cancha versus los tenistas de la literatura”.

“El clásico de Avellaneda, Ale”, me escribió una tarde de la semana anterior. Entonces tituló “Borges, Braceli y el clásico de Avellaneda” y después de leer  no sólo me quedé admirado sino que me pregunté cómo era posible que lo haya hecho de nuevo. Encima, tan bien.

Cada tema deportivo, de lunes a viernes, aparece en su muro de Facebook. Se lo nota apasionado, al amigo Ariel, quien sabe cómo transmitir esa pasión. El de Eduardo Galeano es otro ejemplo.

Sus textos se me ha convertido en lectura obligada. No me refiero, claro, a un tipo de obligación resignada. Si no a aquella apasionada. Porque la espero para disfrutar y conocer. Para saber algo más de deporte y literatura. Por eso, cada vez que en la ventanita del mensaje me aparece algo como “Arlt, Ale”, siento que me invita a viajar hacia un mundo privilegiado. ¿Qué otra cosa es, sino un privilegio, aquello que nos ofrece la buena literatura? Sobre todo cuando el que la hace, el que la regala, es el genial Ariel Scher.

FÚTBOL, BOXEO Y TOROS, EL LADO DEPORTIVO DE CALAMARO

FÚTBOL, BOXEO Y TOROS, EL LADO DEPORTIVO DE CALAMARO

Andrés Calamaro acaba de publicar un libro titulado Paracaídas & vueltas (Planeta), una suerte de diarios íntimos, como él mismo lo define. Se trata de un trabajo que recomiendo, tanto para quienes son seguidores como para aquellos que no lo conozcan demasiado o quieran saber algo más de él. El libro está buenísimo para quien opte por alguna de estas posibilidades.

A Calamaro se lo puede criticar por miles de cosas y defender por otras tantas. Pero lo concreto es que en este caso difunde ideas y pensamientos propios. Habla de música, de Miguel Abuelo, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Ceratti, Bob Dylan, de los amigos, publica crónicas escritas hace ya tiempo y otras más actuales. La temática es diversa. Desde su comodidad en determinados ambientes hasta su necesidad de farmacias para dormirse. Y hay lugar para el deporte, de lo que hablaremos a continuación.

Antes hay que aclarar que no es un súper fanático del fútbol ni del boxeo, que son las actividades a las que hace mención en Paracaídas & vueltas. Sí lo es de la tauromancia, a la que defiende a pesar de las críticas que eso le genera.

Una de las menciones tiene que ver con el Mundial ‘78: “Con miles de personas muriendo o sufriendo torturas mientras se gritaban goles”, escribe. Ahí hace hincapié en el papel de los integrantes del plantel holandés al recibir información de manos de las Madres de Plaza de Mayo sobre lo que sucedía en el país. “Mientras aquí nos enseñaban a cantar El que no salta es un holandés y nosotros repetíamos como payasos patéticos, ebrios de fútbol imperdonable”, escribe.

calamaro 4Un ángel con las alas heridas se titula el texto dedicado a Diego Maradona. Abundan los elogios. Como por ejemplo, al escribir que “Diego son mil imágenes guardadas en las sonrisas de los humildes, en los rincones lejanos del mundo donde saben decir Maradona en doscientos idiomas y siempre les alegra el corazón”. Y que “es un rebelde que se reinventa en su mejor modelo posible para cantar las cincuenta convertido en abuelo de un varón con genética de número diez”. Y también: “Que es mi amigo, que siempre estuvo cuando necesité la compañía de un compadre para reír o para sufrirla juntos, que lo vi bailar brillando algunos cumpleaños atrás”. O: “Merece los versos del Martín Fierro y Atahualpa Yupanqui, que a veces parecen algunos escritos para él”. Todo esto es parte de un largo texto firmado el 30 de octubre de 2010.

calamaro ortegaAriel Ortega también tiene su versión de Andrés Calamaro. El beso de todos es el título del texto. Lo hizo para el prólogo del libro No alcanzan las palabras y lo revive en estas páginas. “Ariel ES la gambeta”, lo describe. Después cuenta el momento en el que, hace dos años, en su partido despedida en el Monumental, irrumpió junto a las hijas del  futbolista: “Me parecía fundamental y sincero: desearle suerte para la vida que empieza cuando el último partido termina, transmitirle el cariño del pueblo y darle un beso de varón. El beso de todos”.

Hay tauromancia, una pasión de Calamaro. La refiere junto al boxeo cuando cuenta su visita en España al torero José Antonio Morante Camacho. “Acompañé a José a su entrenamiento de boxeo. José volvía de unos días en la playa con su familia, con ganas de entrenar. Llegó el Rubio e hicieron cinco rounds de guantes sin tocarse la cara pero con ganas. Se dieron lindo. Me quedé mirando las fotos de boxeadores locales de la época, alguna foto dedicada por un campeón y los torneos locales anunciando peleas semiprofesionales y amateurs. No pude menos que pensar en Miles Davis (sospechado de practicar el boxeo en algún momento) y principalmente en Bob Dylan, que a sus setenta y tres lo sigue practicando incluso en las giras.

Hay además una mención a unos amigos del Globo: “Son herederos del barrio, hinchas de Huracán, tangueros y burreros. Dueños de caballos de carreras. Los mejores. Gente sencilla, unida por lazos blindados”.

Hace unos días, cuando lo entrevisté para una nota que saldrá en revista Nueva, le pregunté por sus gustos deportivos. Le pedí que me diga con qué se quedaba entre el fútbol y el boxeo. Y me respondió: “Sinceramente: no soy un entendido. No tengo la sensibilidad. Me gustan las buenas peleas más que el boxeo, tengo que ser sincero. Filosóficamente me gusta, pero no soy un verdadero aficionado. Lo mismo con el fútbol. No me gusta tanto el fútbol como los partidos extraordinarios. Pero tengo amistad y respeto con gente del fútbol; en esos términos estoy adentro”.