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UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

Por Alejandro Duchini.- Una buena canción sobre la amistad podría ser Adiós, amigos, adiós, de Andrés Calamaro. Está en su mejor disco, Nadie sale vivo de aquí, con el que despidió los años 80 y se despidió, además, de una Argentina que no le daba pelota. Se fue a España, armó Los Rodríguez y volvió con la frente en alto en los 90. Aquel disco es de 1989, año en que yo terminaba la escuela secundaria. Recuerdo que mi canción del viaje a Bariloche fue Ni hablar, tema de difusión con el que abría el Lado B. Adiós, amigos, adiós cerraba el Lado A. Era una canción de borracheras, acorde a los tiempos de una adolescencia como la nuestra, testigos de la explosión del rock nacional. Soy de los que crecieron con Serú Girán, el mejor García, Soda Stereo, Zas, Virus, Sumo y Los abuelos de la nada, entre otras bandas. Padecimos el miedo a la dictadura, sufrimos con Malvinas y celebramos a Alfonsín y al mejor Maradona.

Con la voz pastosa, como patinada (tal vez al grabarla Calamaro estaba borracho de verdad), la canción invitaba a la esperanza del nuevo día. Aquella esperanza que sigue al descontrol que terminó. Con mis amigos del barrio, en Liniers, nos identificaba aquello de “esta vez soy yo / que se queda en silencio y en soledad” y que “no importa pues sé que la noche / no tiene principio ni tiene final”. Nos pasaba eso que decía Calamaro: “La fiesta ya terminó / adiós, amigos, adiós / déjenme solo / que alguien seguro compartirá el ultimo trago”.

1989 fue un año que tuvo sus cosas buenas porque no sólo terminaba el colegio, sino que Independiente había sido campeón. No sabía aún qué carrera universitaria o terciaria seguiría porque tenía que rendir casi 15 materias entre diciembre y marzo. Recién logré el título secundario en abril, cuando aprobé Filosofía. Me seguí viendo apenas con un puñado de compañeros pero no establecimos una amistad duradera, así que en poco tiempo más, si te he visto no me acuerdo. Mis amigos eran los del edificio. Todavía nos vemos, más viejos, separados algunos, padres otros, con primera novia en un caso, con segunda esposa en otros. Pero amigos.

A veces me encuentro con Alejandro Castelao. Vivía en la casa de arriba de la mía, en un edificio en Mataderos. Su mamá sigue ahí. Yo no puedo ni quiero volver al barrio. Alejandro fue el primer amigo que tuve. Un sábado a la tarde de esos de siesta barrial, a nuestros 7 u 8 años, creo, le desinflamos la rueda trasera al taxi de un vecino. Nos turnamos para poner el dedo en la válvula. Era felicidad pura ver cómo bajaba lenta pero sin pausas la rueda. Nos miramos, sonreímos y seguimos desinflando. Le dimos hasta que quedó bien chata contra el pavimento. En el momento en que terminamos nuestra obra de arte percibimos la sombra del dueño del coche, un tipo bigotudo y altísimo que nos conocía y que además era policía. Se apareció de la nada y lanzó una puteada. No necesitamos decirnos nada para salir disparados de ahí. Corrimos hacia la misma esquina. Nos detuvimos al asegurarnos de que no nos seguía: se habría quedado viendo lo de la rueda. No olvido la manera en que nos miramos. Cómo si con los ojos dijésemos “estamos a salvo, amigo”. Me recuerda a una frase de Dolina que leí en su Libro del fantasma: “A veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa ‘atención, muchachos, que no me he olvidado de nada'”.

El periodismo me dio tantísimos amigos. La lista, lejos de terminarse, aumenta. Uno de ellos, Pedro Fermanelli, esta semana presentó su libro, La final bastarda, que escribió junto al colega Marcelo Benini. Fueron tres años de laburo, más de 120 entrevistas. Lo publicaron de manera independiente. Pusieron una fortuna de sus bolsillos. “Compren libros”, pidió mi amigo durante la presentación. “No importa que sea el que escribimos nosotros. Compren el libro que sea, pero apoyen a la cultura”, dijo. También por eso es mi amigo.

Y porque una noche de julio de 2014, cuando los dos acabábamos de ser padres, vino con su esposa y su hijo Matías a cenar a mi casa. Hacía un frío del demonio cuando, ya bastante tomados y de madrugada, nos fuimos al balcón y nos sentamos a fumar porro. Nos quedamos fumando, chupando frío y sin hablar. Ahí recordé una vez más aquella vieja canción de Calamaro que hablaba del silencio y de que siempre hay un amigo con el que compartir el último trago.

LA REVISTA DE ANA

LA REVISTA DE ANA

Por Alejandro Duchini.

Este domingo será el último en el que podrá leerse la revista Nueva en papel, acompañando a unos cuantos diarios del interior. La semana pasada se anunció su sorpresivo cierre, después de 27 años. No se sabe si continuará on line ni qué pasará con sus trabajadores. En lo personal, la noticia no sólo me duele por la incertidumbre de mis compañeros, además de la mía, ya que colaboro desde hace catorce años. También me duele porque Nueva era una revista en la que se podía hacer periodismo.

Su decadencia, acentuada por la crisis económica y los cambios de hábito en la lectura de medios de comunicación, empezó hace unos años, cuando se fue Ana Costa Méndez, su editora histórica. Llegó el momento de la jubilación y adiós. Desconozco si ella no quiso seguir o si le ofrecieron que, a pesar de la edad, continuara al frente de la redacción. Lo cierto es que con su alejamiento, Nueva perdió un nivel que la hacía respetable en un mercado gráfico que empezaba a decaer.

Ana Costa Méndez tenía ojo clínico para la edición de textos. Sabía cómo encarar las notas, cómo hacer interesante el enfoque de una crónica y qué coma o qué frase cambiar en el texto. Y tenía algo que no todos los editores tienen: respeto por el trabajo ajeno. Leía las notas y si algo le parecía que debía cambiarse, llamaba al autor y hacía la sugerencia. No solía meter mano en textos ajenos sin consentimiento. Eso es algo invalorable. Después, cuando el artículo se publicaba, todos quedábamos conformes.

Lamenté muchísimo su partida: Ana sabía, desde su humildad y gracias a su extensa trayectoria, enseñar. Nos conocimos a mediados de los 2000. La llamé y de la nada me ofrecí para colaborar. Me pidió un sumario, se lo mandé y de ahí me aceptó dos entrevistas: una a Marcos Carnevale y otra a Lito Cruz. Yo venía del palo de Deportes, pero aquellas colaboraciones me sirvieron para abrir el abanico periodístico.

No recuerdo la lista de entrevistados desde entonces. Pero Nueva me permitió conocer gente maravillosa y tratar con otros con los que apenas se cumplía el ritual de la pregunta y la respuesta. Me dí el gusto de entrevistar al gran León Giecco en una oficina de Palermo y a mis ídolos Andrés Calamaro y Cachorro López. Me faltó Spinetta. Me emocioné con Osvaldo Laport: fui a conversar con cierto prejuicio y me retiré después de charlar dos horas con un tipazo al que ví llorar por un problema personal. Me reí y tomé unas cuantas cervezas con Ricardo Darín: él no debe recordarme después de tantas entrevistas que dio, pero yo no me olvido más de aquel encuentro. Hablé un largo rato con Matías Almeyda, cuando se retiraba del fútbol, y me dejó mucho más que frases hechas. No hace mucho pasé una mañana con Topa, el ídolo de mi hija Malena, que me acompañó y se sacó fotos con él. Hice notas a través del Skype con la escritora argentina Samanta Schwebling, quien vive en Alemania. De escritores hubo más: Carlos Ruíz Zafón, Ángela Pradelli, Arturo Pérez Reverte y el gran Tomás Abraham son algunos que recuerdo ahora.

La lista de deportistas se me hace larga y difícil de recordar: Gustavo Fernández, Fabricio Oberto y Cachito Vigil son algunos que me fueron enseñando que un reportaje no sólo es para conocer al otro sino que también puede ser una llave para meterse en el alma de las personas. En este sentido, no quiero olvidarme de una historia sobre Javier Saviola, que me significó una comunicación suya que me emocionó. A ellos -y a todos-, gracias. Y sobre todo al recordado artista Adolfo Nigro, quien me recibió en su casa, me mostró sus obras, me invitó a almorzar al lado de su obra y me regaló un dibujo hermoso para mi hija. Nigro falleció hace poco, pero siempre estará.

En algún momento Ana me ofreció trabajo permanente en la redacción, pero entonces yo editaba desde las 6 de la mañana Deportes en Infobae.com y preferí seguir como colaborador. Así que nunca dejamos de contactarnos. Casi siempre hablábamos por trabajo, pero a veces me llamaba para preguntarme cómo estaban mis hijos o cómo sobrellevaba mi divorcio conflictivo. Ella fue alguien en quien confié. Del mismo modo que también fue una de las primeras personas en saber que volvía a enamorarme y que empezaba de nuevo. “Se te nota en la cara y en la forma de escribir que estás bien”, solía decirme. Tenía razón.

Una vez, cerca del 2012, me preguntó a través de un mail si quería hacerle un reportaje a Hernán Piquín, el bailarín del que todos hablaban por su participación en el programa de Marcelo Tinelli. Soberbio, como si lo mío fuese sólo la intelectualidad y esa propuesta me degradara, le contesté con un simple “quién es Piquín”. De todos modos quise hacer la nota, pero no la conseguí. Ahora Piquín estará bailando por el mundo mientras yo escribo que perdí un trabajo. La soberbia no es buena consejera.

Nunca le pude decir a Ana cuánto la aprecio. Supongo que lo debe saber; y si no, aprovecho estas líneas para que lo sepa. Mi participaciones en Nueva se hicieron más esporádicas cuando se fue. Siento que desde entonces se perdió algún encanto. Posiblemente el encanto de hacer periodismo, de elegir temas que a mi me gustan y sentarme a escribir con la libertad, con el orgullo de ver, cada domingo, mi firma al final de determinada nota.

Como les contaba, el domingo que viene será el de la última aparición de Nueva en papel. No siento melancolía ni nada parecido ante el fin de un ciclo. De alguna manera, esa revista que quiero empezó a ser pasado cuando Ana Costa Méndez se fue. En todo caso, me quedé con la sombra del recuerdo. Un muy buen recuerdo.

SUDÁFRICA 2010

SUDÁFRICA 2010

Por Alejandro Duchini.

Hace casi tres mundiales estaba tirado en el sillón de tres cuerpos de mi casa de divorciado y lo único que me importaba era ver el partido inaugural entre Sudáfrica y México. Era el viernes 11 de junio de 2010 y esa semana acababa de quedarme sin trabajo. Había dejado mi puesto de editor de la sección deportiva de un conocido medio de comunicación. En los meses siguientes estaría en problemas porque tenía que seguir pagando el alquiler, la comida, la cuota alimentaria de mis hijos Santiago y Ludmila y, en lo posible, mantener el auto para viajar 300 kilómetros para visitarlos en el pueblo en el que vivían. El panorama era desalentador. Yo mismo no podía creer que el lunes anterior hubiese tomado esa decisión: hasta entonces me daba miedo de sólo pensar en la posibilidad de ser un desocupado. Pero ese viernes a la mañana yo era feliz porque empezaba un Mundial.

Aún hoy no entiendo cómo era posible mi estado de ánimo en aquellos días en que todo perfilaba para mal. Cuando uno está en medios que funcionan como picadoras de carne o comecerebros, trabaja a un ritmo inhumano y vive a una velocidad que roza la locura. Es como quedar inmerso en una realidad paralela y ficticia. En esas redacciones lo primero que te hacen creer es que te debés al trabajo de pies a cabeza. Lo segundo, que sin ese empleo no sos nada. Después, cuando te vas, te das cuenta de que el mundo es más ancho.

Lo que más satisfacción me daba irme de ahí era que no tendría que lidiar con aquel jefe de mente militar que llegaba cada mañana con un humor de perros y se iba peor aún. Un tipo que controlaba las veces que íbamos al baño y que hacía cualquier cosa para congraciarse con el dueño de la empresa. Un Doug Stamper (perdón por la comparación, querido Doug). Nunca nos llevamos bien. Nuestras discusiones eran constantes e infértiles. Hasta que la convivencia se volvió imposible.

El lunes 7 de junio de 2010 mandé el telegrama. Hacía tiempo que venía pensando en irme. Sólo que no me animaba. Esa vez pude llevar a cabo lo que quería en vez de que esperar a que lo decidieran otros. Faltaban días apenas para que empiece el Mundial sobre cuya cobertura se trabajaba desde unas semanas antes. Obviamente, yo no estaba anotado ni como corresponsal frente al televisor. De encargado de la sección deportiva había pasado a ser algo así como el tercer arquero, el que nunca entra, salvo que el titular se quiebre una pierna y al suplente se le muera la madre.

Ése lunes fui a trabajar como siempre: en mi bolsillo guardaba el texto que me había escrito mi abogado para enviar el telegrama. Sólo pensaba en si me animaría, tras la jornada laboral, a dar el paso para irme. Quería saber si de verdad había un precipicio después de ese trabajo. Pero al mismo tiempo me aterraba quedarme sin ingresos. El tema es que ya no daba más de tantos frentes que tenía: mi ex esposa ponía a mis hijos en mi contra, se negaba a dividir los bienes y no dejaba de llamarme para inventarme problemas de salud de los chicos. Y encima de eso tenía que soportar a aquel jefe. Definitivamente las cosas no iban bien. Necesitaba sacarme todo eso de encima.

Así que tomé aire, me fui después del mediodía directo al correo y envié el telegrama. Desde la mañana siguiente no tendría que levantarme a las 5 de la madrugada. No tendría que contar en silencio y hasta veinte para no pelearme con aquel tipo. Tampoco me dirían que ir al baño cuatro o cinco veces en una jornada laboral era abusar del empleador.

Por el contrario, lo primero que hice como desocupado fue irme por la noche al Luna Park a ver a Andrés Calamaro presentando su disco On the rock. Aún lo recuerdo, a unos metros de mí, sobre el escenario, tocando la guitarra y cantando “cuando el cántaro se rompe / y no hay monedas en la fuente / cuando uno se despierta / y ya no es indiferente / Y no existen los destinos / ni siquiera los divinos / desafinan los metales / sin principios ni finales / La ciudad se queda sola / y nadie me da bola / Hoy es hoy, ayer fue hoy, ayer…”. Enseguida la banda empezó a sonar a pleno y yo a saltar con la multitud. Esa noche me sentí tan bien como me sentiría el viernes siguiente, cuando Sudáfrica y México empataran 1 a 1 y lo mirara desde el sillón de aquel departamento que dejaría unas semanas más tarde.

Justo un mes después, el 11 de julio, miraba la final en la casa de una mujer con la que hicimos el amor a poco de que terminara el tiempo suplementario y pasasen a los penales. Lo recuerdo entre otras cosas porque hacía mi propio gol en el momento en que Iniesta hacía el de los españoles ante Holanda. De fondo -como perdido, detrás de mi placer- escuchaba al relator de turno repitiendo algo así como “España campeón del mundo, España campeón del mundo… Gooooooooooollllllllll”. Esa tarde también fui feliz porque en esas horas esa mujer y yo acordamos vivir juntos en su departamento. De hecho, estamos juntos hasta hoy, aunque nos mudamos y tuvimos una hija. El auto no lo tuve que vender.

A pocos días de aquel España-Holanda tendría tres ofertas de empleo. Literalmente, empecé de nuevo. Aprendí que nadie tiene por qué estar donde no quiere y que la libertad no debería negociarse. Menos a cambio del miedo. Doné casi toda mi ropa en un intento por despojarme de lo que llamaría desde entonces “mi vida anterior”. Me quedé casi sin ropa: lo mínimo, lo indispensable. Compré un par de remeras en liquidación, pantalones, medias, un buzo y listo. Y como escribe Paul Auster en su genial El palacio de la luna, que leí al borde de mis veinte años y no olvidé nunca, “había llegado al fin del mundo, más allá no había más que aire y olas, un vacío que llegaba hasta las costas de China. Aquí es donde empiezo, me dije, aquí es donde mi vida comienza. Me quedé en la playa largo rato, esperando a que se desvanecieran los últimos rayos del sol. Detrás de mí, el pueblo se dedicaba a sus actividades, haciendo los acostumbrados ruidos de la norteamérica de fin de siglo. Mirando a lo largo de la curva de la costa, ví cómo se escondían las luces de las casas, una por una. Luego salió la luna por detrás de las colinas. Era una luna llena, tan redonda y amarilla como una piedra incandescente. No aparté mis ojos de ella mientras iba ascendiendo por el cielo nocturno y sólo me marché cuando encontró su sitio en la oscuridad”.

A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

Por Alejandro Duchini.

Para mí, Cosas mías (el último disco de Los abuelos de la nada) fue un gran trabajo, más allá de las diferencias musicales de estos nuevos Abuelos con los anteriores, que tenían en sus filas a Andrés Calamaro, Cachorro López, Daniel Melingo y Gustavo Bazterrica, entre otros. Tal vez incida en mi opinión una cuestión sentimental: Miguel Abuelo fue uno de mis ídolos de la adolescencia, junto con Ricardo Bochini, al que arrastraba desde antes, cuando mi papá me llevaba a la cancha a ver a Independiente.

Conocí a Los abuelos por Mil horas, que a comienzos de los 80 pasaban todo el tiempo en las radios. Recuerdo que yo tenía una portátil, de ésas con un solo parlante (¡qué viejo estoy!), y que mi hermana Gabriela, entonces de 13 o 14 años, se volvía loca con las canciones de Los abuelos. Para las adolescentes de aquellos tiempos, Calamaro era el sex symbol; ahí era donde le sacaba varios cuerpos de ventaja a Miguel Abuelo. El tema es que cuando mi hermana reaccionaba, feliz, ante Mil horas, yo, de pura maldad, hacía valer mi propiedad y le cambiaba el dial. Empezaba una trifulca familiar que se cortaba con la orden de mis padres de que no hubiese radio para nadie. En algún punto yo ganaba esa guerra absurda por la que aprovecho para disculparme. Pero con el tiempo me empezaron a gustar todas sus canciones, como No se desesperen, Mundos inmundos, Sintonía americana (particularmente) y Así es el calor. Pero Himno de mi corazón me partió la cabeza. Era la mejor canción nacional que había escuchado. La letra y la música me parecían geniales. Mis viejos me regalaron el casette y yo no dejaba de escucharlo cada noche, en mi cama, a través de un walkman amarillo marca Unicef, que funcionaba con dos pilas que se gastaban cada tres o cuatro pasadas. Era un presupuesto.

Mis padres no me dejaron ir al Ópera a ver la grabación del disco en vivo porque era chico. Lo compensé con el alquiler del VHS del recital. Al separarse Los abuelos me entristecí y cuando Miguel anunció que volvían me asaltó una enorme expectativa. Para mi cumpleaños, mis compañeros del colegio me regalaron el casette y me pasé el fin de semana escuchándolo sin parar. Ya no eran los mismos Abuelos pero me gustaban igual. Es que la magia de Miguel seguía intacta. En 1987, ya sin la masividad de tiempos mejores, se presentaron en un teatro de Flores: creo que era el Fénix. En los días previos conseguí el número de teléfono de la casa de Miguel y lo llamé tras superar esa mezcla de timidez y nervios que sentía. Recuerdo que me atendió de muy buen humor y hablamos un rato largo de sus canciones, de lo lindo que es tocar en vivo y de otras cuestiones musicales. Sin darme cuenta, fue el primer reportaje que hice en mi vida.

Un domingo a la mañana, en marzo de 1988, me enteré de su muerte a través de la tapa de Clarín. Guardé el recorte en una carpeta en la que solía colocar noticias que me llamaban la atención: títulos de Independiente, triunfos de la Selección o recitales que me gustaban. Sentí un vacío enorme porque la música de Miguel me había acompañado, y mucho, hasta entonces. Incluso Cosas mías fue el disco que más escuché en los tiempos en que se moría mi vieja, entre fines de 1986 y principios del 87.

Para los 10 años del fallecimiento de Miguel yo trabajaba en la revista Flash, que pertenecía al diario Crónica. El director, Tito Jacobson, me encargó una nota a Gato, el hijo de Miguel Abuelo, quien por entonces había intentado reflotar -sin éxito- el grupo de su padre. Nos encontramos en la plazoleta Miguel Abuelo, en Palermo. Esa tarde Gato apareció con Chocolate Fogo. Traían cerveza y no dejaron de tomar mientras hablaban de su padre y tío, respectivamente. El fotógrafo -el gordo Gardella- sacó muchísimas imágenes y cuando terminamos los acercamos en su Volkswagen Gol hasta Puente Pacífico: “Este es mi barrio. Éstas son mis calles”, repetía Gato. Chocolate, más tranquilo, dijo algo que no olvidé más: “Miguel está presente en su ausencia”. Lamentablemente no tengo copia de esa entrevista.

Treinta años después, me parece increíble estar a un click de aquellos personajes que le pusieron música a mi vida y que entonces eran inalcanzables. A través de Facebook podría contactar a Juan del Barrio y a Willy Crook, quien también integró la banda en su última época. El año pasado conseguí entrevistar a Andrés Calamaro, ya sin aquellos resquemores que tenía porque se había ido de Los abuelos. En 2001 tomé una cerveza en un bar de Almagro con Gustavo Bazterrica. Le hice una entrevista que me acercó mucho a la figura de Miguel. Me recitó de memoria la letra de una canción que le dedicó. Se titulaba Expedición mágica y, entre otras cosas, decía “Genio, mago, títere, artista, rey, bufón, paladín del canto y del humor / Siempre de tu pluma un verso fue un rayo de sol”. En 2014, entrevisté a Cachorro López porque se cumplían treinta años de la aparición de Himno de mi corazón. “¿Ya treinta años?”, me preguntó cuando le recordé por qué quería hacer la nota.

No sé qué será de la vida de Gato. La última vez que lo vi fue en el 2009, poco después de que fuese detenido en España, acusado de robo: yo caminaba a eso de las dos de la tarde por Godoy Cruz y Charcas, en la zona de Pacífico, y él tomaba vino con una barra de personas de diversas edades. Lo reconocí al instante pero él a mí ni me registró. Sentí que no tenía sentido detenerme a explicarle que lo había entrevistado unos años antes. Lo primero que recordé al verlo fue eso de que aquellas, las de Puente Pacífico, eran sus calles. Las de Palermo, en verdad. Igual que su padre, Miguel Abuelo.

MUÑEQUITOS DE TORTA

MUÑEQUITOS DE TORTA

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Éramos muy chicos, jugábamos a la pelota en la calle y con eso nos alcanzaba para sentir que la cosa estaba bien. Si ganábamos, todos felices. Si perdíamos, el mundo se nos venía abajo y no levantábamos cabeza hasta jugar la revancha. Y ganarla.

‘Tenemos de genios lo que conservamos de niños’, escribió Baudelaire. La frase alude al origen de la creatividad pero también al optimismo con que solemos recordar una etapa no siempre feliz”, leí en Balón dividido, un gran libro del escritor mexicano Juan Villoro. Al respecto, agrega que “muchas veces concebimos la niñez como una arcadia donde todo es placentero. Gracias a la nostalgia, aquellos años que acaso fueron terribles se convierten en un campo que reverdece a medida que nos alejamos de él”.

Si la señorita Viviana, nuestra maestra de cuarto grado, nos viera hoy, a más de treinta años, tal vez no haría lo mismo que hizo cuando se casó. En ese momento, nos eligió a Pablo Apestandello y a mí como monaguillos de su ceremonia religiosa. Nos pidió que no les digamos a nuestros compañeros porque los quería sorprender. Lo logró. Aún recuerdo la cara de sorpresa de Fabián Ortiz minutos antes de que ella irrumpiera con su flamante marido aquel sábado en la iglesia. Parado junto a su madre, Fabián no hacía más que mirarnos y señalarnos como si fuésesmos dos delincuentes en el banquillo de los acusados. Habíamos cometido el delito de callar y ahora parecíamos dos ridículos con la sotana puesta. Literalmente. Para cuando llegaron los demás chicos del grado, ya éramos lo más importante de la noche. Dos muñequitos de torta parados en el palco del Señor. La mujer barbuda del circo. Estábamos fritos: en la semana nos iban a dilapidar. Inventarían que éramos los preferidos. Un típico pecado de tiempos colegiales que ningún alumno quisiera atravesar.

Todavía me acuerdo de que en los días previos hubo dos ensayos. Había que practicar muy bien: no sea cosa que nuestra injerencia tan determinante echara a perder la ceremonia. Así que fuimos con nuestras madres y practicamos. El cura nos exigió en tono solemne que le prestáramos mucha atención, que él nos iba a enseñar sus secretos para que todo salga perfecto. Se trataba de algo sumamente complicado, nos advirtió. Ante tamaña responsabilidad, estábamos más que asustados. Casi que el éxito de la noche dependía de nosotros. Lo que había que hacer era quedarnos a su lado y cuando él nos diera una orden extender unos platitos de plata (creo que se llaman patena) muy lindos hasta cerca de la pera de cada uno que comulgara. En esos momentos, y sobre todo cuando tuvimos que hacerlo en el casamiento, aquello nos provocaba unos nervios tremendos. Nunca me gustaron demasiado las exposiciones. A Apestandello tampoco. Además, sufría de hemorroides y cada vez que se ponía nervioso le venían unos dolores que le impedían hasta quedarse parado. Por eso lo cargábamos en el colegio. Porque cuando le agarraban se sentaba como torcido, de costado, y ponía una cara de dolor que daba miedo. Apretaba los dientes, entrecerraba los ojos y hacía unas muecas que por momentos parecía Mr. Bean. Yo esperaba que de un momento a otro me dijese que le había agarrado de nuevo, que le dolía el culo, que aunque había que quedarse derechitos en el altar, él no podría disimular las molestias y tendría que encorvarse, hacer algún movimiento que le alivianara al menos un poco. Si eso pasaba, seguramente debería irse y yo me quedaría solo con ese cura perfeccionista y ante la mirada de los demás chicos. Pero no le ocurrió nada de eso. Ni nos hablamos. Apenas nos miramos como diciendo “¿qué carajo estamos haciendo acá?”. Por delante teníamos la difícil misión de honrar a la maestra y a nuestros padres, que estaban ahí, a unos metros. Tal vez para sentirse orgullosos de sus hijos, algo que no se iba a repetir.

Pero también, cuando bajásemos del altar, todo volvería a su normalidad. El rico a su riqueza, el pobre a su pobreza y nosotros al fútbol para sentirnos chicos felices. Después, el lunes, vino lo peor: las cargadas de los compañeros por ser los elegidos. Sabíamos a qué nos exponíamos. Pero eso no viene a cuento ahora.

Lo que quiero contar es que en esos años, parecíamos felices. O al menos así nos veían los adultos. Porque aún recuerdo que en uno de esos ensayos mi mamá le preguntó a la señorita Viviana por qué nos elegía. “Porque siempre los veo sonrientes, alegres”, fue su respuesta. Pero pasaron los años. Más de treinta. Y la vida.

Pasamos de grado y a la señorita Viviana -señora, en realidad- no volvimos a verla. De Pablo Apestandello ya no sé nada. Hace mucho que no lo veo pero tengo entendido que no le fue bien. Que tampoco se ríe como en aquellos años. Me acuerdo de todo eso porque hace poco me encontré de casualidad con un ex compañero en común y me contó que Apestandello andaba deprimido, gordo y empastillado. También me dijo que había estado internado.

La última vez que vi a Apestandello me había llevado una sorpresa enorme porque su obesidad y la pelada contrastaban con la delgadez y los rulos de los tiempos en que éramos amigos y monaguillos en aquel casamiento. Tampoco reía ni se sacaba las manos de los bolsillos de un pantalón enorme. Yo trataba de disimular mi asombro. No sé si lo logré. Recuerdo que nos cruzamos de casualidad en la puerta de su negocio. Después de intercambiar recuerdos de rigor, me mostró, con aire de suficiencia, un desodorante Axe que llevaba en la guantera de su auto. Era para perfumarse en caso de que se encontrara con su amante después de una jornada laboral. Ahí entendí que poco y nada me interesaban sus trampas. Tampoco qué hacía con el resto de su vida. Desde o hacia dónde iba. Todavía lo veo sonriente, como diciendo “¡mirá qué loco soy!”. Ya no teníamos nada en común. Esa es mi última imagen suya. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, dejamos de ser amigos? ¿Cuándo nos volvimos, como decía aquella vieja canción de Andrés Calamaro que solíamos escuchar juntos, “dos viejos desconocidos”?

Nos encontramos por primera vez en el colegio y desde entonces compartimos música y fútbol. En nuestra preadolescencia se fanatizaba con Charly García y yo con Los abuelos de la nada. Nos encerrábamos en mi habitación y durante tardes enteras escuchábamos música en un doble casetera que me habían regalado mis viejos. Él era hincha de River y yo de Independiente pero teníamos en común a Chicago, que era de nuestro Mataderos. A veces íbamos juntos a la cancha. Jugábamos muchísimo a la pelota en la plaza que aún está frente al Hospital Santojanni, en Liniers. Pero todo aquello se diluyó. Crecimos, cada uno se casó, tuvimos hijos y nos fuimos alejando. Hasta que nos encontramos aquella última vez. Tan distintos. Nos decíamos amigos pero ya no lo éramos. Tal vez nunca lo fuimos. Es posible que sólo hayamos compartido grandes momentos, inquietudes, canciones y goles. Es muy común confundir la palabra amistad.

Aquel conocido en común que me contó lo de Apestandello me dejó pensando; sobre todo por lo de su internación. ¿Cómo pudo pasar?, me pregunté. Entonces recordé aquel invierno de hace más de treinta años, cuando la señorita Viviana nos veía sonrientes y alegres y nos elegía para darle luz a su casamiento. Me pregunté qué diría ahora, si nos viera.

En mi cabeza, nos vi duritos mientras nuestros compañeros entraban a la iglesia y nos descubrían parados y temerosos sobre el altar. Como dos muñequitos de torta.