Sufrimiento

Escrita por en Notas

Es muy loco, pero uno por lo general sufre por cosas importantes. Mal de amores, la muerte de un ser querido, una traición. Hay muchos motivos coherentes para sufrir. Sin embargo, ahora mismo, en un bar de pueblo que lo único que tiene en común –y hasta ahí nomás- con el club de mis amores es el nombre, Rojas, yo estoy sufriendo. Es domingo 8 de junio de 2014. El lugar está casi vacío. Ahí andan la mujer que atiende, el tipo que cocina, mi hijo Santiago y yo. Tan desolado está todo que hasta tuve que pedir si por favor ponían el partido de Independiente ante Patronato en un plasma gigante. Son casi las tres de la tarde. Afuera está el sol pero hace frío. Yo pensaba estar en la cancha en este momento. Pero quería ver a Santi, que vive a 300 kilómetros de Buenos Aires. Así que armé el plan más o menos para no perderme nada: el Rojo por tevé y la compañía de mi hijo. Pocas cosas me dan más placer en la vida que ésas.

 

rojasEn unos minutos empezará el partido y si ganamos volveremos a Primera. Está todo dado como para que así sea. Hay desde la semana anterior, cuando le ganamos a Instituto en Córdoba, mucha euforia. En el fondo damos por descontado que le vamos a ganar al débil Patronato. Si, en cambio, Huracán gana y nosotros empatamos, jugaremos un partido para ver cuál de los dos asciende. Y si perdemos y Huracán gana, seguiremos en el fútbol de los sábados, que ahora también es de los domingos. Y de los viernes. Y de los lunes. Así que, bueno, estoy nervioso. Es apenas fútbol, pero me duele la panza, en la parrilla casi no comí y el café que hay frente a mí se enfría porque no tengo ni ganas de tomarlo. Pero algo había que pedir para justificar el lugar.

 

No entiendo cómo puede ser que sufra, pero me pasa. Desde hace un año me pasa. El último campeonato en Primera lo padecí con derrotas y contando puntos. Pero el día que perdimos con River 2 a 0 me di cuenta de que ya no había nada que hacer: nos íbamos a la B. Me acuerdo de que cuando nos hicieron el segundo gol en el Monumental agaché la cabeza y empecé a moquear como si fuese un nene de 6 años. A mi lado, en la cancha, mientras los barras del Rojo rompían y arrojaban sillas, estaba mi esposa. “¿Estás jodiendo?”, me preguntaba. Yo no quería mirarla para que no me viera llorar, pero no aguanté más y largué toda la bronca. Ella me abrazó y unos minutos después se me pasó. Pensé en mi viejo, que me llevaba a la cancha desde muy chico; en mi padrino, al que quiero tanto y con el que sigo hablando del Rojo antes y después de cada partido. Me acordé, como si fuese una película corta pero intensa, de las buenas cosas que viví gracias al fútbol.

 

2Al sábado siguiente perdíamos con San Lorenzo y yo veía esa derrota del descenso por televisión, junto con Santi y mi hija mayor, Ludmila, a quienes había traído desde su pueblo para que celebremos el Día del Padre. Yo intentaba encontrar algo de aire por ese lado. Ahora, mientras escribo esto, también estamos a horas de un nuevo Día del Padre, fecha que no me interesa demasiado. Más que en el próximo domingo, me da por pensar en cuántas cosas me pasaron este año con el Rojo en la B.

 

Durante estos meses el fútbol me dio más tristezas que alegrías. Sufrí más que si hubiese quedado encerrado en una habitación de dos por dos con nueve vikingos con hambre sexual. Pero también me pasaron cosas buenas, que fueron más allá de Independiente. Es que en aquel invierno en el que descendimos, ya era padre por tercera vez. En la panza de Marian iba creciendo Malena. Todavía no sabíamos si era ella o él, pero era. Llegó la primavera y nos confirmaron el sexo y el Rojo seguía a los tumbos. Decidimos su nombre casi enseguida. Había dos o tres alternativas pero cuando tiramos “Malena” nos dimos cuenta de que ahí estaba. No buscamos más. Soportamos un problema en su salud y nos preocupamos. Pasamos dos fines de semana con un miedo tremendo, cuidando esa panza que a pesar de todo crecía. Marian tuvo que hacer reposo y pasar los calores de noviembre y diciembre casi encerrada. Salió poco a la calle pero no le importó. Le encontró la vuelta a la situación y empezó a armar chichoneras para la cuna, pajaritos para colgar que hoy son la locura de Malena cuando se acuesta y almohadones en los que ahora apoya su cabeza de cinco meses.

 

//////////

 

Ahora es miércoles 11. Esta tarde, cuatro días después del empate con Patronato, tuvimos que definir el ascenso con Huracán. Jugamos en La Plata un partido difícil que ganamos 2 a 0 y se hizo más épico por la lluvia. Volvimos a Primera y estoy feliz. Siento una emoción tremenda, como si con este regreso a Primera me estuviese sacando la angustia acumulada durante un año. No hay razonamiento que explique cómo te puede cambiar el estado de ánimo un partido de fútbol. Son cosas que pasan.

 

Veo a cientos de hinchas llorar mientras me llega al teléfono una foto de Malena con un babero del Rojo. Fue una de las primeras cosas que le compré cuando supe que iba a tener otro hijo. El equipo de fútbol no se negocia. Podrá en el futuro elegir la religión y hasta su inclinación sexual, pero espero que no tenga dudas en el club. Que sea del Rojo. Así que ahí anda, frente a la pantalla de la tele, junto con su mamá. Algún día entenderá todo lo que me genera mirarla en este momento. Me hace muy bien verla en esa foto, a sus cinco meses, tan chiquita, tan en su mundo.Recién ahora siento que, por fin, se terminó un mal año. Alguna vez le contaré entre risas que cuando la gestamos estábamos por descender y que nació con Independiente en la B, pero que ahora eso es un mal recuerdo. No tan malo como aquel marzo en que tuvimos que internarla de urgencia por un problema de salud que nos dio un miedo que todavía nos dura. Ahora está mejor pero hay que cuidarla. Recuperó el peso perdido y cada mañana, al despertarse, lo primero que hace es sonreírme. Es genial cruzar nuestras miradas al empezar el día. Ahí, en los ojos, es donde nos encontramos cada vez. Y me hace tan bien.

 

Mi teléfono no para de sonar. Me llaman amigos para saludarme. Otros me escriben mensajes. Ellos saben que soy de los que padecen el fútbol. Pero de todos los llamados, el que más me gusta es el de Antonio, mi padrino. Con él y con mi papá iba a la cancha desde mis cinco o seis años. En los 70 y 80 el Rojo ganaba todo. Y en cada partido disfrutaba del Pindapoy que me compraba mi viejo y del choripán con Coca Cola a la salida, mientras caminábamos por Alsina, hasta la avenida Mitre, donde se estacionaba el auto. Siempre sentí que Antonio es como mi segundo padre; pero desde que murió papá siento que ocupa un lugar similar, aunque no sea el mismo.

 

Este año, después de cada partido, nos llamábamos para lamentar la derrota o entusiasmarnos con una victoria. Ya sé: fueron más los lamentos. Cada vez que hablo con él siento que tengo un padre. “¡La concha de su madre!”, me dice esta tarde de junio mientras hablamos del ascenso. “¡Por fin se nos dio!”, suelta con una alegría que percibo a través del celular. Este año mi padrino fue más padrino que nunca. Independiente, en la buena y en la mala, volvió a unirnos. En cada partido encontramos una excusa para fortalecer el vínculo. Porque aunque no nos veamos, los dos sabemos que estamos. Eso es lo mágico del fútbol. Uno encuentra en ese deporte una excusa para llegar a alguien. Podés encerrarte en un ascensor con un desconocido y es posible que salga una charla a partir del fútbol. No es lo mismo que te hablen del tiempo, de la lluvia que amaga y no viene o del día pesado. Si alguien te suelta un “¡qué calor!” sabés que es apenas un comentario al que le puede seguir otro similar y no pasa de ahí. Pero cuando se empieza a hablar de la pelota, ya no se para. Maradona, Messi, el Mundial son palabras que unen. Basta con armar una frase y listo, ya se entabla una charla.

 

Entre Antonio y yo, las palabras en común son varias. Independiente, Bochini, cancha, Libertadores, Copa. Con eso nos alcanza para empezar y colgarnos en diálogos largos. Después, por decantación, hablamos de la vida. De los hijos, del trabajo, de los proyectos. Me hace muy bien saber que él está. Por ejemplo, que haya ido a la clínica a ver a Malena cuando nació fue, sin dudas, una de las mejores sorpresas que tuve en lo que va de este año que recordaré como el de la B. Sentir su presencia, que pueda ver a una hija mía y besarla fue como un golazo de mitad de cancha. En ese enero de su nacimiento ni sospechábamos todavía que íbamos a padecer tanto para volver a Primera. Casi no hablamos de fútbol porque Male acaparó todo tipo de charla. Recién al despedirse dijimos algo de Independiente. Es imposible que entre nosotros no surja el tema, aunque sea al pasar.

 

También vivimos el campeonato a través de mensajes de texto que nos mandábamos mientras se jugaban los partidos. Una vez le escribí en un entretiempo y como ganamos lo hicimos costumbre. Hasta que perdimos. Fuimos aferrándonos a cualquier cosa que nos ayudara a creer que nos hacía ganar. “¡Este equipo es una mierda! No le podemos ganar a nadie”, le escribía en medio de cada partido desde aquella vez en que le puse eso y ganamos. La queja era una especie de cábala. Si jugábamos bien, igual se lo escribía. Si perdíamos, de paso le transmitía lo que pensaba. Pero llegó un momento en que dejamos de ganar y perdimos tantas chances de ascender que eso, obviamente, ya no era efectivo. Era tan realista que preferí no recordárselo más. Dejamos los mensajitos y pasamos a quejarnos después de cada derrota. Él se quejaba de algunos jugadores y yo de otros y no se salvaba nadie. Yo me volví más pesimista todavía. Como el domingo pasado, después del empate con Patronato. Porque teníamos todo para ascender y sin embargo nos alcanzó Huracán y se forzó el partido definitorio.

 

Esa tarde Antonio también me llamó. Como contaba antes, yo estaba en Rojas. Durante el llamado puteamos por la forma en que se habían dado las cosas. Porque estaban dadas las cosas para volver a Primera y nada, desperdiciamos la chance. Santiago escuchaba la charla y se reía. Él no es de Independiente sino de Boca, dice. Tiene 8 años. Cuando cortamos me preguntó quién era Antonio. “Mi padrino”, le expliqué mientras me miraba como sin entender. “Es como un segundo padre. En mi caso, al morirse mi papá, Antonio es como si fuera mi padre”.

-¿Qué, cuando se muere un papá se firma un contrato para tener otro padre?

-No. No se firman contratos. Uno elige en la vida tener un padrino. Y yo lo elegí a Antonio, más o menos cuando tenía tu edad. Mi papá todavía vivía cuando lo elegí.

-A mí me gustaría poder elegir a mi padrino.

-Vos ya tenés uno: el de bautismo. Pero igual podés elegir otro. Cuando quieras. Será alguien a quien vas a querer mucho y que te va a querer mucho.

-¿Y vos a Antonio lo querés?

-Muchísimo. Porque además es del Rojo.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page