SUDÁFRICA 2010

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.

Hace casi tres mundiales estaba tirado en el sillón de tres cuerpos de mi casa de divorciado y lo único que me importaba era ver el partido inaugural entre Sudáfrica y México. Era el viernes 11 de junio de 2010 y esa semana acababa de quedarme sin trabajo. Había dejado mi puesto de editor de la sección deportiva de un conocido medio de comunicación. En los meses siguientes estaría en problemas porque tenía que seguir pagando el alquiler, la comida, la cuota alimentaria de mis hijos Santiago y Ludmila y, en lo posible, mantener el auto para viajar 300 kilómetros para visitarlos en el pueblo en el que vivían. El panorama era desalentador. Yo mismo no podía creer que el lunes anterior hubiese tomado esa decisión: hasta entonces me daba miedo de sólo pensar en la posibilidad de ser un desocupado. Pero ese viernes a la mañana yo era feliz porque empezaba un Mundial.

Aún hoy no entiendo cómo era posible mi estado de ánimo en aquellos días en que todo perfilaba para mal. Cuando uno está en medios que funcionan como picadoras de carne o comecerebros, trabaja a un ritmo inhumano y vive a una velocidad que roza la locura. Es como quedar inmerso en una realidad paralela y ficticia. En esas redacciones lo primero que te hacen creer es que te debés al trabajo de pies a cabeza. Lo segundo, que sin ese empleo no sos nada. Después, cuando te vas, te das cuenta de que el mundo es más ancho.

Lo que más satisfacción me daba irme de ahí era que no tendría que lidiar con aquel jefe de mente militar que llegaba cada mañana con un humor de perros y se iba peor aún. Un tipo que controlaba las veces que íbamos al baño y que hacía cualquier cosa para congraciarse con el dueño de la empresa. Un Doug Stamper (perdón por la comparación, querido Doug). Nunca nos llevamos bien. Nuestras discusiones eran constantes e infértiles. Hasta que la convivencia se volvió imposible.

El lunes 7 de junio de 2010 mandé el telegrama. Hacía tiempo que venía pensando en irme. Sólo que no me animaba. Esa vez pude llevar a cabo lo que quería en vez de que esperar a que lo decidieran otros. Faltaban días apenas para que empiece el Mundial sobre cuya cobertura se trabajaba desde unas semanas antes. Obviamente, yo no estaba anotado ni como corresponsal frente al televisor. De encargado de la sección deportiva había pasado a ser algo así como el tercer arquero, el que nunca entra, salvo que el titular se quiebre una pierna y al suplente se le muera la madre.

Ése lunes fui a trabajar como siempre: en mi bolsillo guardaba el texto que me había escrito mi abogado para enviar el telegrama. Sólo pensaba en si me animaría, tras la jornada laboral, a dar el paso para irme. Quería saber si de verdad había un precipicio después de ese trabajo. Pero al mismo tiempo me aterraba quedarme sin ingresos. El tema es que ya no daba más de tantos frentes que tenía: mi ex esposa ponía a mis hijos en mi contra, se negaba a dividir los bienes y no dejaba de llamarme para inventarme problemas de salud de los chicos. Y encima de eso tenía que soportar a aquel jefe. Definitivamente las cosas no iban bien. Necesitaba sacarme todo eso de encima.

Así que tomé aire, me fui después del mediodía directo al correo y envié el telegrama. Desde la mañana siguiente no tendría que levantarme a las 5 de la madrugada. No tendría que contar en silencio y hasta veinte para no pelearme con aquel tipo. Tampoco me dirían que ir al baño cuatro o cinco veces en una jornada laboral era abusar del empleador.

Por el contrario, lo primero que hice como desocupado fue irme por la noche al Luna Park a ver a Andrés Calamaro presentando su disco On the rock. Aún lo recuerdo, a unos metros de mí, sobre el escenario, tocando la guitarra y cantando “cuando el cántaro se rompe / y no hay monedas en la fuente / cuando uno se despierta / y ya no es indiferente / Y no existen los destinos / ni siquiera los divinos / desafinan los metales / sin principios ni finales / La ciudad se queda sola / y nadie me da bola / Hoy es hoy, ayer fue hoy, ayer…”. Enseguida la banda empezó a sonar a pleno y yo a saltar con la multitud. Esa noche me sentí tan bien como me sentiría el viernes siguiente, cuando Sudáfrica y México empataran 1 a 1 y lo mirara desde el sillón de aquel departamento que dejaría unas semanas más tarde.

Justo un mes después, el 11 de julio, miraba la final en la casa de una mujer con la que hicimos el amor a poco de que terminara el tiempo suplementario y pasasen a los penales. Lo recuerdo entre otras cosas porque hacía mi propio gol en el momento en que Iniesta hacía el de los españoles ante Holanda. De fondo -como perdido, detrás de mi placer- escuchaba al relator de turno repitiendo algo así como “España campeón del mundo, España campeón del mundo… Gooooooooooollllllllll”. Esa tarde también fui feliz porque en esas horas esa mujer y yo acordamos vivir juntos en su departamento. De hecho, estamos juntos hasta hoy, aunque nos mudamos y tuvimos una hija. El auto no lo tuve que vender.

A pocos días de aquel España-Holanda tendría tres ofertas de empleo. Literalmente, empecé de nuevo. Aprendí que nadie tiene por qué estar donde no quiere y que la libertad no debería negociarse. Menos a cambio del miedo. Doné casi toda mi ropa en un intento por despojarme de lo que llamaría desde entonces “mi vida anterior”. Me quedé casi sin ropa: lo mínimo, lo indispensable. Compré un par de remeras en liquidación, pantalones, medias, un buzo y listo. Y como escribe Paul Auster en su genial El palacio de la luna, que leí al borde de mis veinte años y no olvidé nunca, “había llegado al fin del mundo, más allá no había más que aire y olas, un vacío que llegaba hasta las costas de China. Aquí es donde empiezo, me dije, aquí es donde mi vida comienza. Me quedé en la playa largo rato, esperando a que se desvanecieran los últimos rayos del sol. Detrás de mí, el pueblo se dedicaba a sus actividades, haciendo los acostumbrados ruidos de la norteamérica de fin de siglo. Mirando a lo largo de la curva de la costa, ví cómo se escondían las luces de las casas, una por una. Luego salió la luna por detrás de las colinas. Era una luna llena, tan redonda y amarilla como una piedra incandescente. No aparté mis ojos de ella mientras iba ascendiendo por el cielo nocturno y sólo me marché cuando encontró su sitio en la oscuridad”.

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