SIN VÍCTOR HUGO

Escrita por en Destacadas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

(Gracias, Ariel Scher, por la pequeña pero no menos importante corrección)

“El gran narrador de las gestas argentinas es uruguayo. (…), Víctor Hugo es una leyenda de la radio que habla con autoridad de ópera, tango o futbol”. La presentación la leí en un libro genial del escritor mexicano Juan Villoro: Balón Dividido tiene columnas en las que este también periodista demuestra su pasión y calidad para referirse al fútbol. “Barrilete cósmico” se titula ésta que refiere a Víctor Hugo Morales, la radio y el gol de Diego a los ingleses.

Pienso en ese texto ahora que estoy en la ruta, un domingo a la tarde en el que juegan el clásico Independiente y Racing. Tenía entradas pero las dejé en el olvido. Había quedado con mi hijo, Santiago, en viajar a su pueblo a pasar el día juntos y entonces no llegaba a la cancha. El regreso, sabía, me encontraría en el camino. Así que ahí ando: encerrado en el auto con la radio encendida para saber cómo van las cosas por Avellaneda.

Hace años que no me gusta escuchar partidos por radio. Lo hago sólo en este tipo de situaciones. Se me ha vuelto algo depre. Tal vez porque los relatos radiales me llevan a mi infancia, a tiempos que recuerdo felices porque remiten a Héctor, mi papá, y a Antonio, mi padrino, cuando escuchábamos juntos los partidos, o los comentarios previos y posteriores mientras íbamos o volvíamos de la cancha. Entonces Independiente ganaba todo y eso ya no sucede. Siempre escuchábamos a Víctor Hugo, el mejor. Ayer y hoy.

Recuerdo eso mientras cambio de una radio a otra y todas me provocan aburrimiento y sueño. Paso por una y nada: una voz que imposta emoción. Pruebo con otra y necesito un Valium y estoy por la tercera y el que comenta es Luis Alberto Islas, una gloria del arco rojo. Nada me entusiasma. Otra estación que busco es Continental: Mariano Closs está ante el micrófono que utilizaba Víctor Hugo.

Y en tanto busco lo que no voy a encontrar, tomo conciencia de que, por primera vez desde aquellos comienzos de los años 80, cuando la radio era la única forma de enterarte al momento de cómo iban los partidos, ¡no hay relatos de Víctor Hugo!

No quiero referirme a cuestiones políticas. No me interesa, en este comentario, discutir si se vendió al kirchnerismo ni si Clarín -al que siempre atacó- le pasó factura. Simplemente quiero destacar que los futboleros nos estamos perdiendo al mejor. Al tipo que hizo escuela. Al hombre por el que muchos entramos al periodismo. A quien le dio cultura de la buena al ambiente del fútbol. Al que cambió la radio. Víctor Hugo es el tipo que nos dibujó, con palabras, lo que soñábamos mientras escuchábamos sus relatos. ¿Quién pudo relatar mejor que él el gol de Diego a los ingleses? ¿A quién se le habría ocurrido aquello de “barrilete cósmico” para dejar un sello que va más allá de una victoria?

“¿Era posible describir el delirio en tiempo real? Ante el micrófono, Víctor Hugo Morales, arrebatado por la emoción, cedió al flujo de su conciencia. Pocos locutores tienen un temple tan controlado y pocos saben enloquecer tan bien cuando vale la pena. Transcribo las palabras del rapsoda: ‘Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Puede tocar para Burruchaga… Siempre Maradona. ¡Genio, genio, genio! Ta, ta, ta, ta, ta… ¡Goooool!, ¡goooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo, viva el futbol! ¡Golaaaazo! ¡Diegooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme, Maradona en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos: barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2-Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol! Diego Armando Maradona. Gracias, Dios, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0’. De inmediato, el cronista advierte que algo se insinúa con poderosa inminencia (‘arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…’). Consumada la proeza, da con un calificativo impar: ‘barrilete cósmico’. En Argentina, ‘barrilete’ es cometa, papalote”, recuerda Villoro en la columna que les referí.

Cuando Víctor Hugo empezó a transmitir en nuestro país, pateó el tablero. Hasta entonces el único relator era José María Muñóz, una biblia del relato que no iba más allá de la pelota. Claro que si tenía que cruzar los límites no le importaba hacerlo a cualquier precio. Como cuando en el apogeo de la dictadura militar mandó a festejar a los hinchas argentinos la victoria del mundial juvenil del 79 a Plaza de Mayo, para demostrar a los visitantes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que el nuestro era un país feliz.

Víctor Hugo llegó, recuerdo, con un programa que se llamaba Sport 80 e iba por Radio Mitre el año en que Boca salió campeón con Maradona. Me hacía ver el partido que escuchaba en la radio y me provocaba una parálisis emotiva cuando empezaba con su original “ta ta ta ta…”, que no era otra cosa que el gol cantado. Como diciendo “está está está está el gol”. Y después, como un desaforado, largaba ese tremendo grito de “gooooooooooooooooollllll” en el que dejaba el alma y la vida. Nunca olvidaré su relato en el gol de Hugo Perotti al Ferro de Carlos Griguol, cuando La Bombonera se vino abajo. Su “ta ta ta ta” al momento en que Perotti quedó solo para definir ante Carlos Barisio fue mágico. Yo estaba lavando el Torino con mi papá en la vereda de la casa de mi abuela cuando nos quedamos detenidos en el tiempo para saber si era gol o no. Y fue. Boca, desde ahí, se sacó al rival más duro de encima y se encaminó hacia el título. También recordaré por siempre aquella tarde de radio en la que Juan Ramón Carrasco, un gran jugador uruguayo de Racing, pateó un tiro libre que era casi gol y Morales relató así: “¡Goooooooooooyén!”. Aquel gol que había sido durante las milésimas de segundos de su relato dejó de serlo por una volada espectacular de Carlos Goyén, el arquero rojo. También recuerdo uno nocturno que Ricardo Bochini le hizo a Estudiantes, cuando la rivalidad de los 80 entre ambos era increíble. “No quiero ver más fútbol por un año, señores”, se despachó para explicar que ahí, en el gol de Bocha, había más que suficiente.

El 25 de mayo de 1989 lo recuerdo por dos hechos: cumplía años mi papá y fuimos a la cancha de Ferro a ver el partido contra Deportivo Armenio. Esa tarde fuimos campeones después de ganar 2 a 1. Mi cuñado me grabó el relato. En un TDK que ya no tengo había quedado la voz de Víctor Hugo diciendo, mientras la hinchada invadía el campo de juego, “Independiente es el enorme campeón 1988-89. ¡Qué lástima que la vuelta olímpica no la vamos a poder ver porque la gente trepa el alambrado…!”. Esa parte de la grabación la escuché miles de veces.

Hay tanto para recordar de Víctor Hugo. Lo de México, claro, fue lo máximo. Una obra de arte para el museo del relato radial. Un cuento. ¡Eso! Que dejes de hacer lo que estabas haciendo para que alguien, en este caso Víctor Hugo, te cuente de manera mágica lo que pasa en una cancha de fútbol, a miles de kilómetros. “Fiel a su nombre, Víctor Hugo improvisa relatos clásico. Su mérito está en las muchas cosas dispersas que vincula de golpe y en su singular carácter: en el momento justo, sabe perder los nervios”, agrega Villoro.

Pero ya pasaron treinta años de aquello. En el medio hubo más genialidades suyas, aunque el “ta ta ta ta” fue desapareciendo a medida que su voz se manifestaba con otros recursos. De hecho, para que el partido de tu equipo fuese el más importante de la fecha, alcanzaba con que lo transmitiese Víctor Hugo. O sea, él lo certificaba con su presencia. Pero en todo este tiempo de imitadores, nadie pudo llegarle ni a los talones.

Pienso eso mientras en la Autopista del Oeste, con un tráfico del demonio y varado a la altura de Moreno desde hace un buen rato, grito en mi más absoluta soledad el 1 a 0 de Fernández a la Academia. Faltan cinco minutos para que el clásico termine y los goles que se festejan sobre la hora son los más felices. Sobre todo cuando el rival es Racing. En la cancha uno siempre tiene un desconocido o un amigo para abrazarse. Pero yo estoy solo, aunque feliz.

“El 22 de junio de 1986 Diego Armando Maradona dejó sin palabras al planeta, pero no a Víctor Hugo Morales”, cierra Villoro su formidable crónica. También yo me quedo sin palabras. Sigo varado adentro de mi coche. El tránsito, literalmente, no avanza. Casi cuando el partido está por terminar, Lisandro López hace un golazo. Racing empata. Yo continúo solo. A las puteadas.

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