Siempre hay una excusa para leer a Cortazar

Escrita por en Notas

Leer a Julio Cortázar a cien años de su nacimiento me provoca el mismo placer que se siente ante el descubrimiento de alguno de sus libros. Tanto de cuentos como de novelas. En mi caso, empecé por el más clásico: Rayuela. Todavía me acuerdo de aquella adolescencia en que me deslumbraba imaginar París a través de un argentino de apellido Oliveira divagando por calles descriptas de tal manera que parecían porteñas. Recuerdo esa primera frase que me deslumbró de entrada y que todavía me sale de buenas a primeras: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Y junto a Oliveira aparecía La Maga, aquella musa inspiradora que debe ser una de las mujeres más conocidas de la literatura argentina. Rayuela es un mamotreto de más de quinientas páginas que llevaba con orgullo en el colectivo. Con las ínfulas de esa edad, me sentía observado por otros pasajeros que, en realidad, jamás se habrán fijado en mí ni en el libro de tapa negra que había editado Sudamericana. Sin embargo, orgulloso, lo devoraba con una lapicera en la mano con la que marcaba las frases que me gustaban. Mantengo esa costumbre de marcar, pero nunca la utilicé tanto como con esa novela a la que suelo volver.

“(…) y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico”, “¿quién estaba de vuelta de sí mismo, de la soledad absoluta que representa no contar siquiera con la compañía propia, tener que meterse en el cine o en el prostíbulo o en la casa de los amigos o en una profesión absorbente o en el matrimonio para estar por lo menos solo-entre-los-demás?” y “¿Qué punto de comparación tenés para creer que nos ha ido bien? ¿Por qué hemos tenido que inventar el Edén, vivir sumidos en la nostalgia del paraíso perdido, fabricar utopías, proponernos un futuro?”, son algunas de ellas. Ahora, libro en mano, veo que hay muchas más.

Después leí el genial El perseguidor, que está en el libro de cuentos Las armas secretas. Es el relato perfecto. Lejos, de los mejores. En memoria de Charlie Parker, incluye aquella frase memorable “esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”. Y también escribió una escena que transcurre en un subte y que aún me parece tremenda. El perseguidor puede leerse en la web, pero por los demás cuentos que incluye ese trabajo bien vale pasar por una librería y leer también Cartas de mamá, Los buenos servicios, Las babas del diablo (otro formidable) y Las armas secretas.

Desconozco si se conseguirán aún los dos volúmenes de cuentos completos que publicó Alfaguara en 1992, con prólogo de Mario Vargas Llosa. Cada uno es un ladrillo de literatura pura. De la mejor. Intentar conseguirlo se justifica ampliamente. Porque están el mencionado Las armas secretas, La otra orilla (imperdible Las manos que crecen), Bestiario (Casa tomada y Las puertas del cielo, entre otros), Final de juego, Historias de Cronopios y de famas, Todos los fuegos el fuego (algunos: La autopista del sur, La salud de los enfermos, La isla a mediodía y El otro cielo), Último round, Octaedro, Alguien que anda por ahí (que incluye el imperdible La noche de Mantequilla, uno de los más preciosos relatos sobre boxeo), Un tal Lucas, Queremos tanto a Glenda (“esa necesidad de inventariar el pasado que crece con la soledad y el hastío” suelta en Historias con migalas; o “llevamos tanta sangre en los recuerdos que a veces uno se siente culpable de ponerles límites, de manearlos para que no nos inunden del todo”, en Recortes de prensa) y Deshoras (“una y otra vez volvía a cosas que otros habían aprendido a olvidar para no arrastrarse en la vida con tanto tiempo en los hombros”, escribe en el cuento que da nombre al libro).

Entre su novelística brillante, además de Rayuela se destacan Los premios, una historia que describe con ironías a personajes con sueños perdidos y dejos de melancolía y que todavía resulta actual. “Me paso la vida sin hacer nada útil, cultivando unos pocos amigos, admirando a unas pocas mujeres, y levantando con eso un castillo de naipes que se me derrumba cada dos por tres”, dice Medrano, uno de los personajes. El estilo de escritura de Cortázar no sólo es innovador sino poético. Tanto como la idea de hacer un diario de su viaje en combi de París a Marsella con su mujer, Carol Dunlop. “Todo hombre o mujer que quiere realmente vivir su vida en vez de contentarse con mirarla mientras pasa, corre el riesgo de perderla a cada momento”, se lee. “Cada uno a su manera, el pasado nos había enseñado la inutilidad profunda de ser serios, de apelar a la seriedad en los momentos de crisis, de agarrarse por las solapas y exigir conductas o decisiones o renuncias”, escribe en 62/Modelo para armar, una novela fuera de lo común. También en cierto sentido es distinta Libro de Manuel, que le valió bastantes polémicas.

Otros libros fuera de lo común son Último round y La vuelta al día en ochenta mundos, que recientemente acaba de publicar Siglo Veintiuno en dos ediciones similares a las originales.

Para conocer al Cortázar que va más allá del escritor, hago cuatro recomendaciones. Una debe ser inhallable. Se trata de una recopilación de reportajes bajo el título Confieso que he vivido y otras entrevistas, de LC Editor. Son entrevistas buenísimas compiladas por Antonio Crespo. Allí, le responde al recordado Hugo Guerrero Martinheitz, Elena Poniatowska y Martín Caparros, entre otros. Habla de su pasión por el boxeo, deporte al que defiende de las críticas, y de su admiración por Celine, Borges y Sabato, aunque cuenta que fue Roberto Arlt quien mayor incidencia tuvo en él. Si se puede conocer a alguien a través de lo que dice en reportajes, también se logra lo mismo con las biografías. Hay una muy buena escrita por Mario Goloboff, editada por Continente. Se titula Julio Cortázar – la biografía. Es muy completa. Tanto como la que acaba de editar este año Alfaguara, con motivo de los treinta años de su fallecimiento. Cortázar de la A a la Z es formidable. Prolija, con una presentación excelente, abarca fotos increíbles (incluso una del walkman Toshiba de su propiedad), tapas de libros, imágenes de cartas, textos del propio Cortázar y otros que lo refieren. Este es uno de esos libros de los que nadie se arrepentirá si lo que quiere es meterse aún más en el mundo Cortázar. Y por último no quiero dejar de lado un material inédito que la misma Alfaguara ha publicado recientemente: Clases de literatura. Son las exposiciones del escritor en California, en 1980. Habla de todo: del erotismo, del humor, del origen de algunos de sus escritos. De lo que sea. Un Cortázar puro.

Revolviendo en estos materiales mencionados, recordando las historias y puntualmente algunas frases suyas, y releyendo los libros que hablan de él, uno no puede menos que sentir cuánto más prestigiosa puede ser cualquier biblioteca que tenga algo de Cortázar.

(Esta nota fue publicada originalmente en el suplemento literario del diario La Gaceta, de Tucumán, el domingo 24 de agosto de 2014, con motivo de los cien años del nacimiento de Julio Cortázar).

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