MI PAPÁ Y SU CÍRCULO CON SAN LORENZO

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini.

No sé si se le debemos más a la casualidad o a la causalidad. Debería haber una escuela que enseñe eso. “No existe una escuela, que enseñe a vivir”, cantaba, con razón, Charly García. Recuerdo que fue el 2 de noviembre del 97 cuando me enteré de que mi papá tenía una enfermedad incurable. No recordaría esa fecha exacta si no fuera porque ese día Independiente perdió con San Lorenzo. Como tampoco me acordaría de aquella en la que se murió si no fuese, de nuevo, por el fútbol. Sé que fue el 14 de abril del 98 porque a la noche siguiente volvimos a jugar con San Lorenzo. Pero ésa vez ganamos 3 a 1. Se cierra un círculo, pensé. Y había revancha. Nunca supe si era casualidad o causalidad ni si San Lorenzo tendría algo que ver en ese, nuestro propio círculo.

“La fecha más importante en la vida de un hombre es la de la muerte de su padre. Es cuando no tienen más necesidad de él que los hijos comprenden que era el mejor amigo”, escribió George Simenon, uno de los mejores escritores de policiales. A fines de los 90 yo devoraba sus libros: entre otros, La nieve estaba sucia, Los anillos de la memoria y El hombre que miraba pasar los trenes, con el que lo descubrí y me deslumbró.

Hoy es 2 de noviembre. Normalmente, debería guardar la melancolía para el 14 de abril o por esos días. Pero ahora me ataca esta necesidad de escribir. Tal vez porque lo que más me marcó fue aquel momento en que supe que no había vuelta atrás. Ahí empezó y terminó todo. El resto fue tiempo de descuento.

Estaba en el pueblo de Rojas y había visto aquel partido por la televisión. Cuando terminó lo llamé para hablar de la derrota. Mi papá fue mi primer y mejor compañero de cancha. Me llevaba de muy chiquito a Avellaneda. Cuando decidió no ir más, comencé a ir solo, pero no era lo mismo. Podía ir con amigos pero lo que a mí me gustaba era comentar el partido con él, volver en el Torino escuchando a Víctor Hugo por la radio y pensar qué podía pasar en las fechas siguientes con la tabla de posiciones del campeonato. Pero él no pudo pagarse la platea y prefirió seguir viéndo al Rojo en su casa de soltero. A veces lo veíamos juntos y otras lo llamaba cuando volvía de Avellaneda y pasábamos un buen rato hablando de jugadores, cambios y tácticas. Después a él se le empezó a notar cada vez más la vejez porque sólo hablaba de antiguas glorias. Así que aquel domingo lo llamé y me atendió su pareja, Rosario. No sé por qué pero intuí que las cosas no andaban bien. Ella debió haberme dado algún indicio que no recuerdo y cuando me pasó con él, me dijo, a quemarropa: “Tengo leucemia”. No sé qué más hablamos, ni si seguimos la charla. Sólo sé que el tiempo se detuvo. Me fui a llorar a la abandonada estación del tren de ese pueblito perdido de la provincia de Buenos Aires y al día siguiente lo acompañé al Hospital Durand. Su doctor tenía el mismo apellido que una gloria de San Lorenzo: Rendo.

Los seis meses siguientes fueron demasiado complicados. Mi pareja de entonces se fue de casa. Me refugié en mis amigos, en el trabajo y en la lectura. Y en el fútbol, claro. Independiente amagaba, como solía hacer, y después se quedaba. Lo que contaba era la ilusión. O el futuro del próximo campeonato.

La noche en que murió mi papá estaba en Mendoza y vine lo antes posible: un vuelo a la mañana siguiente. No había pasaje pero le dije al empleado: “Se murió mi viejo”. Alcanzó para que me consiguiera lugar en el avión. En Aeroparque me tomé un taxi hasta el Durand y en el camino el chofer escuchaba el comentario del amistoso de la Selección contra Israel. Ni me acuerdo del resultado. “En unos meses más se jugará el Mundial de Francia y mi viejo se lo va a perder”, pensaba. Tanto los días que pasaba en su casa como aquellos en que estuvo internado, al visitarlo hablábamos de cómo se preparaba el equipo para Francia. No le gustaban los jugadores ni el técnico, Daniel Passarella. Le encantaba, eso sí, Batistuta. Pero no podía entender cómo era que jugaba el Piojo López. “Yo tampoco, papá”, lo consolaba. Ese era su problema. El Piojo López.

Pasaron 19 años de aquello. Aún me parece que fue ayer no más. Si pienso en lo mucho que hubo en el medio, no lo puedo creer. Me gustaría decirle a mi viejo que ahora uso anteojos para leer, que en días cumpliré 45 y que cuando me muevo me doy cuenta de que la agilidad es un recuerdo. Ya no juego a la pelota y mi deporte es la bicicleta. Fija. No sea cosa que me lastime. Pero la abandoné. Volví  a las artes marciales. También le contaría que me estoy quedando pelado, como él. Justo en estos días, que siento el paso del tiempo, leí un poema de Luis Chaves que se llama Huso horario y dice “¿Qué vamos a hacer con la rima interna / ahora que somos los viejos de / quienes nos reíamos? Ahora que se activaron / los efectos secundarios / de todo lo que nos metimos / el milenio anterior”.

Tengo tres hijos, me separé y volví a casarme, le diría a mi papá. Ludmila ya tiene 16, Santiago 10 y Malena casi 3. Conservo aún la colección de 600 revistas El Gráfico que heredé de él. Ringo Bonavena, Carlos Monzón, Gatti y tantos más en las tapas. También sus odiados Boca y River. Y, por supuesto, aquellas con Independiente campeón de todo: partidos memorables, golazos, hazañas e ídolos. Pero ninguno como Bochini. A lo sumo un Agüero, pero no le hace ni sombra.

img_20161029_1536233281En estos años cumplí mi sueño de entrevistar al Bocha. La nota fue tapa de Crónica, en el 99, cuando se cumplieron veinte años de aquel partido que le ganamos al River de Fillol (¡qué arquero, por Dios!) con dos goles suyos y que siempre recordábamos porque esa noche de enero del 79 estuvimos ahí, en Avellaneda, y gritamos y nos abrazábamos como sólo en la cancha nos salía. Me hubiese gustado que mi papá vea mi nombre en ese reportaje, que no fue el único pero tuvo el simbolismo de ser el primero.

Si por un rato fuera posible hablar con él, no le diría que nos fuimos a la B. Ni que su nieto Santiago usa camisetas de Boca y me dice que no quiere saber nada con Independiente. ¿Para qué? Tal vez haría como con Malena, que le pongo videos de Youtube de viejos partidos en los que el Rojo siempre ganaba. “Ganamos, ¿viste?”, le digo. Una mentira piadosa, para entusiasmarla. Y ella se ríe y yo soy feliz.

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