SACHERI, EN LA PALABRA HECHA PELOTA

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El escritor Eduardo Sacheri fue el ganador del Premio Alfaguara de Novela 2016, por su novela La noche de la usina, que será publicada en breve. En tanto, va el siguiente texto, que es una parte de la entrevista que hizo para el libro La Palabra Hecha Pelota (Editorial Galerna, 2015), de Alejandro Duchini.

EDUARDO SACHERI

INDEPENDIENTE, SU VIEJO Y ÉL

El cuento que me hubiese gustado escribir se titula “Independiente, mi viejo y yo” y cuando lo leí en el libro “Esperándolo a Tito” me emocioné al sentir que su autor contaba mi historia. Porque también soy hincha del Rojo y porque mi viejo es el fútbol y las tardes y noches de cancha. Y porque Sacheri escribe con una simpleza que lo engrandece y provoca algo fuerte.

“Supongo que esos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida”, se refiere a una celebración de Independiente en la que el resultado deportivo no es más importante que la vivencia familiar.

Llegué a Sacheri a través de sus cuentos y una tarde un amigo me preguntó si había leído su novela “La pregunta de sus ojos”. La tenía en mi biblioteca, sin leerla, la empecé y no pude (ni quise) parar con esa historia con final inesperado.

Para entonces, Sacheri ya formaba parte de esa selección mía que se compone además con Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Rodolfo Braceli, Juan Sasturain y Ariel Scher, quienes lograron incorporar algo tan popular como el fútbol a historias de la vida diaria. Humanizarlo, en otras palabras.

En esta misma charla me habló del cuento “Señor Pastoriza”, que pertenece al libro “Un viejo que se pone de pie”. Yo lo había leído hacía varios años, pero unas horas después de despedirnos me recuerdo releyéndolo y sintiendo la misma emoción de entonces.

IMG_20160405_104741012_HDR-¿Tu infancia es el fútbol, Independiente, tu papá?

-El fútbol me llegó de muy chiquito a través de mi viejo. Tanto para jugarlo como para verlo y para hacerme hincha de un club, en mi caso, Independiente. De los primeros recuerdos de mi infancia está jugar al fútbol en la vereda de mi casa, con una pelota de básquet, con mi viejo. Era una pelota pinchada, porque no teníamos una de fútbol. Me acuerdo de que esa pelota de básquet pesaba una tonelada y mi viejo fue mi primer rival: uno contra uno. De Independiente, lo mismo: también gracias a mi viejo. Sobre todo a través de la televisión o escuchando la radio, porque desde Castelar teníamos pocas chances de ir a la cancha a verlo: quedaba en la otra punta del mundo, y sin auto no había muchas posibilidades de ir. Entonces mis primeros partidos de Independiente fueron como visitante, en la cancha de Vélez y en la de Ferro. Pero el primer partido que vi en una cancha de las de verdad fue en la de Deportivo Morón, porque precisamente, por la dificultad de ir a la del Rojo, y como vivíamos a diez cuadras de la de Morón, para que conociera una me llevaron a ver un Morón-Flandria.

Recuerdo la sorpresa que me significó ver un partido en colores. Porque para mí el fútbol era en blanco y negro. De aquella vez, una cosa que me llamó muchísimo la atención fue el pasto, esa enorme cantidad de pasto verde, porque el patio de mi casa era de baldosa y ningún campito del barrio tenía semejante tamaño como el de una cancha profesional. ¡Y las camisetas de los jugadores!: la blanca de Morón con raya roja y la amarilla de Flandria me resultaron inolvidables. ¡Los ruidos de la cancha! ¡Los gritos de los jugadores! Más todavía que el de la hinchada y el del público me maravilló el propio sonido del fútbol, el de adentro. El topetazo de los pies contra la pelota, los cambios de frente. Así fue mi primer partido. Y por eso es el que recuerdo: Morón-Flandria. Lo recuerdo más que uno de Independiente. Tendría 5 o 6 años, calculo. Alguna vez traté de determinarlo mejor con viejas estadísticas, porque recuerdo que ganó Morón 3 a 1. Debió ser en el 73 o 72, por ahí. Tratamos de confirmarlo con algún viejo hincha de Morón, de esos que tienen todos los datos, pero todavía no lo sé con certeza.

-¿Morón es tu segundo equipo?

-Siempre me importó tanto Independiente que no me quedó nunca sitio para un segundo club. Lo quiero a Morón, me encanta que le vaya bien, pero el sufrimiento por Morón me dura cinco minutos y por Independiente muchísimo tiempo más.

-Además de pelotear con tu papá en esos partidos de uno contra uno, ¿qué otros modos de jugar a la pelota recordás?

-A pesar de tener un hermano que me lleva diez años y una hermana que me lleva siete, nunca se dio de jugar a la pelota con ellos. De vez en cuando, con mi hermano, pero como había mucha diferencia para él no era divertido jugar al fútbol conmigo. Después empecé con algún amigo del barrio. Recién a los 10 comencé a jugar salvajemente al fútbol con los pibes del barrio, cuando realmente se armó una barra en número suficiente como para atrevernos a conquistar campitos, a conquistar la calle, esas cosas que se hacen cuando tenés un buen número de energúmenos como vos para que te respalde.

Esos amigos del barrio fueron muy importantes, porque aparecieron justo a partir de la muerte de mi papá. Yo tenía 10 años. Realmente fue en ese momento que empecé a tener a mis amigos afuera. Creo que si no hubiera tenido esa posibilidad, mi infancia se hubiera quedado muy trunca. Mi casa se había vuelto un lugar muy triste, muy silencioso, muy solitario. Porque mi vieja tuvo que empezar a laburar y mis hermanos empezaban la facultad y también tenían que trabajar. Por suerte, tener a los pibes me garantizó unos años más de niñez, que no es poco.

-¿Esa es la barra que describís en Papeles en el Viento?

-No. En realidad, esa barra del barrio se desintegró rápidamente, cuando teníamos 15 o 16 años. Se fueron mudando. Lamentablemente, quedaron muy poquitos y la vida nos fue alejando. Nos vemos muy poco. Me queda, y creo que nos queda, un gran cariño recíproco, pero es ese cariño distante que uno siente por quienes ya no tiene. Mis amigos son los que me hice en el colegio secundario o, sobre todo, en la universidad. Esos son, en mi caso, los amigos que me quedaron para el resto de mi vida. Ahí te contesto la pregunta. Los de Papeles en el Viento son una mezcla de mis amigos de los diferentes momentos. No me pasó eso de conservarlos toda la vida.

-¿El fútbol se convirtió en un refugio ante la muerte de tu papá?

-Fue muy fuerte porque en un grupo de pibes de aquella época, tu lugar en la barra tenía mucho que ver con tu sitio en el fútbol. Si eras buen jugador o aportabas algo fuerte, naturalmente era más fácil que te aceptaran, que te asimilaran, que te quisieran, que te valoraran en el resto de las cosas. Entonces creo que si no me hubiera gustado el fútbol, me hubiese costado mucho más.

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